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Del divino Hacedor la
providencia,
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Con piedad infinita, a males
tantos,
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Como esta vida amargan
lastimera,
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Por
aplicar consuelos que la alienten,
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Dejarnos, generosa, quiso en
ella
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Dos benéficos seres, para
siempre
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Amables
habitantes de la tierra,
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Que fuesen nuestro alivio en las
fatigas,
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Y tesoro insondable en la
indigencia.
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El blando Sueño es uno. La
Esperanza
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Consoladora es otro. Cuando
llegan
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A
probar los mortales, de su cuerpo
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Lánguido
y abatido la flaqueza;
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Luego
que ya sus órganos rendidos,
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Sin tono sus resortes y sin fuerza,
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Desfallecer se sienten, con la
calma
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Más
saludable, entonces, y serena,
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De su naturaleza acude el uno,
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Al socorro feliz, que la recrea,
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Consigo al mismo tiempo, un
grato olvido
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Llevándole
de cuitas que la aquejan.
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|
Nuestros deseos siempre, el
otro, inflama.
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|
Del hombre el corazón siempre
alimenta;
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Y
aun cuando nos engaña, con placeres
|
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|
Nos
brinda verdaderos y sustenta;
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Sin que al mortal querido, a
quien el Cielo
|
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|
Propicio se lo envía, jamás
pueda
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|
Inspirar
falsos gozos. De Dios nuncio,
|
|
|
Su
apoyo entonces trae y sus promesas,
|
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|
Y es tan puro e infalible como
él mismo.
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|
Requiérelos
Luis. De Enrique cerca
|
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|
Al uno y otro llama. «Venid,
dice,
|
|
|
A mi hijo acostaos, fiel
pareja;»
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|
|
Y
el apacible Sueño, que le escucha
|
|
|
De
la secreta hondura de sus cuevas,
|
|
|
A las frescas umbrías
blandamente
|
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|
Su paso enderezando, a Enrique
encuentra,
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|
|
Y del viento, a su vista, calla
el silbo,
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|
|
Y el inquieto murmullo se
sosiega.
|
|
|
Los
fortunados Sueños, hijos caros
|
|
|
De la Esperanza, en torno revolean
|
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Del
durmiente, y al Héroe en fin cubriendo
|
|
|
Con su amapola, oliva y laurel
mezclan.
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|
Su
diadema, Luis, tomando entonces,
|
|
|
Del Vencedor, él mismo, en la
cabeza
|
|
|
Colócala, y le dice. «Reina,
triunfa,
|
|
|
Y
sé en todo hijo mío. Ya en ti resta
|
|
|
Cifrada únicamente la esperanza
|
|
|
De mi linaje todo: pero piensa
|
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|
Que el trono no es, Borbón, no
es lo bastante.
|
|
|
De
los presentes todos, de la herencia
|
|
|
De Luis, lo más leve, no lo
dudes,
|
|
|
Lo menos importante, es su
diadema.
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|
|
Es
un laurel amargo y marchitable,
|
|
|
Una gloria es, Enrique, muy
pequeña,
|
|
|
La
de Conquistador, de Rey, y de Héroe.
|
|
|
A no alumbrarte el Cielo, nada
hubiera
|
|
|
Hecho
aún en pro tuyo. Esos honores,
|
|
|
Esa mundana pompa, todo queda
|
|
|
En
un estéril bien, que frágil premio
|
|
|
A virtudes humanas sólo prestan.
|
|
|
Brillo
arriesgado son, que pasa y huye
|
|
|
A
par de la inquietud, su compañera,
|
|
|
Y que presto, por fin, la muerte
acaba.
|
|
|
Otras
glorias, Borbón, más duraderas,
|
|
|
Otro imperio más sólido y
estable,
|
|
|
Más
para tu instrucción, que recompensa,
|
|
|
A
descubrirte voy en este día.
|
|
|
Ven: obedece, y sígueme por
sendas,
|
|
|
Que nuevas te serán. Al alto
seno
|
|
|
De
la Divinidad conmigo vuela
|
|
|
Y
llena, hijo dilecto, tus destinos.»
|
|
|
Así dice: y con rápida presteza,
|
|
|
En un carro, uno y otro, luminoso,
|
|
|
Los
campos de los aires atraviesan;
|
|
|
No de distinto modo, que en la
noche,
|
|
|
Del un polo hasta el otro de la
tierra,
|
|
|
Correr
se ven relámpagos y rayos,
|
|
|
Que la atmósfera hienden; y a
manera,
|
|
|
Que muy lejos allá de su alta
cima,
|
|
|
Admirada y confusa vio esta
esfera,
|
|
|
Como ardorosa nube arrebataba
|
|
|
De Eliseo a los ojos, la
presencia
|
|
|
Del Señor, elevándole en carroza
|
|
|
De
fuego celestial en llama envuelta.
|
|
|
En el brillante centro de ese espacio,
|
|
|
Do en la noche la vista absorta
observa
|
|
|
Esos
etéreos globos, que matizan
|
|
|
Del cielo, con su luz, la región
bella,
|
|
|
Globos, que ya ocultarnos no han
podido
|
|
|
Su
curso y sus distancias, la lumbrera
|
|
|
Luce mayor del día, que la mano
|
|
|
Encendió
de Dios propio, y de sí mesma
|
|
|
Sobre su eje inflamado en torno
rota.
|
|
|
Sin
fin de luz torrentes parten de ella,
|
|
|
Y color: al mostrarse, aliento y
vida
|
|
|
Derrama
en la común naturaleza.
|
|
|
Los
días y estaciones de los años,
|
|
|
A
los diversos mundos, que le cercan,
|
|
|
Flotando en su contorno,
distribuye.
|
|
|
Sujetos
estos astros a las reglas
|
|
|
Que su armonía fundan, y a las
leyes
|
|
|
Que precisan su giro y los
apremian,
|
|
|
Mutuamente se atraen incesantes,
|
|
|
Incesantes
se evitan y se alejan;
|
|
|
Y sirviéndose a un tiempo entre
sí mismos
|
|
|
De un apoyo perpetuo y norma cierta,
|
|
|
Recíprocos
se envían y traspasan
|
|
|
La
clara luz que aquél a todos presta.
|
|
|
Más allá de su curso, allá muy
lejos,
|
|
|
En
espacio en que nada la materia,
|
|
|
Y
que Dios solo abraza, inmensos soles,
|
|
|
Grandes mundos, sin fin la
permanencia
|
|
|
De su morada fijan luminosa.
|
|
|
Por
un piélago tal de luz excelsa,
|
|
|
De tan glorioso Padre al mortal
hijo
|
|
|
Franquear plugo a Dios sublime
senda.
|
|
|
Aún
más y más allá de cielos tantos,
|
|
|
De
ellos formó el Señor su residencia.
|
|
|
Aquí ha sido, a do el Héroe fue siguiendo
|
|
|
Su conductor celeste. Aquí se
crean
|
|
|
Los
diversos espíritus que animan
|
|
|
Nuestros
mortales cuerpos, y que pueblan
|
|
|
Del universo mundo las regiones.
|
|
|
De
la muerte a los cortes, por fin, sueltas
|
|
|
De su prisión grosera nuestras
almas,
|
|
|
Engolfadas aquí por siempre
quedan.
|
|
|
Inexorable
Juez e incorruptible,
|
|
|
Aquí trae a sus pies, aquí
congrega
|
|
|
Los espíritus todos inmortales,
|
|
|
Que su divino soplo a bien
tuviera
|
|
|
A su imagen crear. El Ser es
este,
|
|
|
Que infinito se ignora y se
confiesa,
|
|
|
Y a
quien bajo de nombres los más varios,
|
|
|
Sirve toda nación y reverencia.
|
|
|
Él desde el alto Empíreo escucha
atento
|
|
|
Nuestros
humildes votos y querellas.
|
|
|
Él
de nuestros errores disimula,
|
|
|
Y con lástima el cúmulo
contempla,
|
|
|
No
menos que la idea y los retratos,
|
|
|
Llenos
de insensatez y de indecencia,
|
|
|
Que
del hombre curioso, en sus delirios,
|
|
|
La mísera ignorancia y la
soberbia,
|
|
|
De su sabiduría incomprensible
|
|
|
Con sobrada piedad audaz
inventa.
|
|
|
La
Muerte, cerca dél, pensión del hombre,
|
|
|
Y del Tiempo fugaz hija funesta,
|
|
|
De
la mansión efímera y penible
|
|
|
Del Universo entero, a sus pies
lleva
|
|
|
Los habitantes todos, no
exceptando
|
|
|
Clase, edad, ni nación. Él allí
mezcla
|
|
|
A un tiempo con los Bonzos los
Bracmanes,
|
|
|
Discípulos profanos del sistema
|
|
|
Del filósofo chino el gran
Confucio.
|
|
|
Con ellos también trae a su
presencia,
|
|
|
Los fieles misteriosos sucesores
|
|
|
De
los antiguos sabios de la Persia,
|
|
|
Que
aún en secreto adictos a Zoroastro,
|
|
|
Con ciega obstinación siguen su
escuela.
|
|
|
Pálidos
moradores de las frías
|
|
|
Regiones, do los témpanos
congelan
|
|
|
Y
esos piélagos sitian hiperbóreos,
|
|
|
Y
los que allá, de América en florestas,
|
|
|
Son
errantes y míseros esclavos
|
|
|
Del invencible error. A la
derecha
|
|
|
Busca en balde de Dios, con
vista vaga,
|
|
|
Atónito el Dervís a su profeta:
|
|
|
Y con ojos no menos penitentes
|
|
|
Que sombríos, en vano allí se
precia
|
|
|
De
sus votos el Bonzo y sus tormentos.
|
|
|
Al instante ilustrados, allí esperan
|
|
|
En
silencio estos muertos y temblando,
|
|
|
De su eterno destino la sentencia;
|
|
|
Y Dios, que a un mismo tiempo lo
ve todo,
|
|
|
Lo escucha y lo conoce, o los
condena,
|
|
|
O los absuelve de una sola
ojeada.
|
|
|
No se dirige Enrique, no se
acerca
|
|
|
Hasta el lugar aquel, trono
invisible,
|
|
|
De
donde a cada instante parten rectas
|
|
|
Del tremebundo Juicio de Dios
propio,
|
|
|
Aquellas decisiones sempiternas,
|
|
|
Que
de mortales tantos preveer osa
|
|
|
El indiscreto orgullo y la
demencia.
|
|
|
«¿Cual será, Borbón diz, consigo
hablando,
|
|
|
Cual
de Dios la balanza justiciera
|
|
|
Sobre aquestos ilusos o ignorantes?
|
|
|
¿Castigarlos él, porque tuvieran
|
|
|
Distraídos sus ojos o cerrados
|
|
|
A aquella misma luz, que le
pluguiera
|
|
|
De
ellos tanto arredrar? ¡Qué! ¿Dios podría,
|
|
|
Cual un Señor injusto, sin fin
penas
|
|
|
Por la ley del cristiano
fulminarles,
|
|
|
De
que nunca han podido haber conciencia?
|
|
|
Pero no: Dios crionos. Él sin
duda,
|
|
|
Salvarnos quiere a todos. Él
enseña,
|
|
|
Él,
por todo nos habla, y él en todo
|
|
|
Humano corazón, sin diferencia,
|
|
|
De la naturaleza la ley graba;
|
|
|
Ley siempre pura y fiel, siempre
una mesma.
|
|
|
Por esta ley, sin duda, al
gentil juzga;
|
|
|
Y si un alma en su error abrigó
buena,
|
|
|
Cualquier gentil también
cristiano ha sido.»
|
|
|
En
tanto, que del Héroe así se arriesga
|
|
|
La confusa razón, sobre un
misterio
|
|
|
A
fijar sus miradas indiscretas;
|
|
|
Al pié se deja oír del mismo
trono
|
|
|
Una voz, a la cual, el Cielo
tiembla,
|
|
|
Y
del Orbe los ejes se estremecen.
|
|
|
Sus
terribles acentos se asemejan
|
|
|
A los del trueno aquel, que ha
retumbado
|
|
|
Sobre el monte Sinaí, cuando a
la tierra
|
|
|
Desde su cumbre un tiempo Dios
hablara.
|
|
|
Para
oírla las harpas mudas quedan
|
|
|
De su coro inmortal, y a
repetirla
|
|
|
En su curso los astros se dan
priesa.
|
|
|
«Guárdate temerario, de guiarte,
|
|
|
De tu sola razón por turbia
estrella.
|
|
|
Dios para amarle sólo te ha
criado,
|
|
|
Y no para que osado te
atrevieras
|
|
|
A querer comprender sus altos
juicios.
|
|
|
Invisible a tus ojos, con fe
ciega
|
|
|
Reine
en tu corazón. Él la injusticia
|
|
|
Confunde riguroso; y si dispensa
|
|
|
Al no advertido error de los
mortales,
|
|
|
Con paternal dulzura su
indulgencia,
|
|
|
También juzga y castiga el
voluntario.
|
|
|
Abre mortal los ojos, cuando
llegan
|
|
|
Los
rayos de su luz a iluminarte.»
|
|
|
En
este instante, Enrique, por la fuerza
|
|
|
De un recio torbellino
arrebatado,
|
|
|
De aquel inmenso espacio la
carrera
|
|
|
Veloz atravesando, a una morada
|
|
|
Transportado se vio la más
negra,
|
|
|
Más informe, selvaje, y
horrorosa,
|
|
|
Del caos primitivo especie
horrenda,
|
|
|
Impenetrable siempre, cual de
hierro,
|
|
|
A
los brillantes rayos y centellas
|
|
|
De
aquellos soles todos, que fulgentes,
|
|
|
Del Altísimo son obras maestras,
|
|
|
Y
como él bienhechoras. Sobre suelo,
|
|
|
Que espantoso los ángeles
detestan,
|
|
|
El germen no ha querido de la
vida
|
|
|
Derramar nunca Dios. La Muerte
fiera,
|
|
|
Ella sola, el Horror con el
Desorden
|
|
|
Y eterna Confusión, la residencia
|
|
|
De su lóbrego imperio allí
parecen
|
|
|
Haber establecido. ¡Qué
querellas!
|
|
|
¡Qué
de aullidos, O Dios, tan espantables!
|
|
|
¡Qué
torrentes de humo, y qué de hogueras!
|
|
|
«¿Qué
formidables monstruos, Borbón dice,
|
|
|
Vuelan
por estos climas? ¿Qué cavernas
|
|
|
Se
entreabren encendidas a mis plantas?»
|
|
|
«A tu vista: ¡hijo mío! están
las puertas
|
|
|
Del perdurable abismo, que la
mano
|
|
|
Excavó
de Dios propio justiciera,
|
|
|
Para eternal estancia del
Delito.
|
|
|
Ven, hijo mio; sígueme. Las
sendas,
|
|
|
Fáciles
por demás, anchas y llanas,
|
|
|
Están de esa mansión por siempre
abiertas.»
|
|
|
Y de súbito al pórtico caminan
|
|
|
Del horroroso Infierno, do se
encuentra 54
|
|
|
Verdinegra la Envidia, que al
obscuro,
|
|
|
Con torva vista de través ojea,
|
|
|
Y de su horrenda boca mil
venenos
|
|
|
Arroja
de laurel sobre diademas.
|
|
|
El resplandor del día, entre las
sombras,
|
|
|
Sus centellantes ojos atormenta.
|
|
|
Triste amante de muertos, a los
vivos
|
|
|
Con maléfico horror mira y
detesta.
|
|
|
Percibe el monstruo a Enrique, y
asustada,
|
|
|
Se
desvía y suspira. Cerca de ella,
|
|
|
El
Orgullo se admira y se complace.
|
|
|
Con mirar abatido, y faz
cubierta
|
|
|
De una amarilla tez,
desmadejada,
|
|
|
Allí
renquea enclenque la Flaqueza;
|
|
|
Tirana, que a los crímenes
cediendo,
|
|
|
Las virtudes destruye o
desalienta.
|
|
|
Altanera, feroz, y sanguinaria
|
|
|
La Ambición, deslumbrada, loca e
inquieta,
|
|
|
De
panteones, de tronos y de esclavos
|
|
|
Por do quiera rodeada, allá se
ostenta.
|
|
|
La blanda Hipocresía, con sus
ojos
|
|
|
De
dulzura colmados y terneza,
|
|
|
El Cielo muestra en ellos, y el
Infierno
|
|
|
De su pecho en el fondo oculto
lleva.
|
|
|
Su bárbara doctrina, sus
furores,
|
|
|
Sus
máximas impías y sangrientas
|
|
|
Por do quiera pregona el Celo
falso;
|
|
|
Y
el Interés, por fin, pasión funesta,
|
|
|
De
los crímenes todos fatal madre,
|
|
|
Por
entre aquellos monstruos serpentea.
|
|
|
Del mortal corrompido estos tiranos
|
|
|
Sin pudor y sin freno, a la
presencia
|
|
|
Sorpréndense
de Enrique y se confunden.
|
|
|
No le vieran jamás. Tan vil
ralea,
|
|
|
Jamás
de su alma noble, que nutrida
|
|
|
Fuera por la Virtud, cerca
estuviera.
|
|
|
¿Qué mortal, se decían, por un
justo
|
|
|
Del Cielo conducido, aquí se
llega
|
|
|
A insultarnos aún y perseguirnos
|
|
|
En esta inmensa noche, de horror
llena?
|
|
|
De
espíritus inmundos por en medio,
|
|
|
Avanzábase absorto a marcha
lenta
|
|
|
Bajo profundas bóvedas el Héroe.
|
|
|
Luis su paso guía. «Más... ¡que
observa
|
|
|
Mi vista, Cielo santo! ¡El
asesino
|
|
|
De
Valois! ¿Monstruo tal, tan atroz fiera,
|
|
|
Se presenta a mi vista, excelso
Padre?
|
|
|
Él empuñado aún, sangriento
lleva
|
|
|
El parricida acero, que en su
mano,
|
|
|
A poner, sedicioso, se atreviera
|
|
|
El
villano y anárquico consejo
|
|
|
De
aquellos Dez-y-seis ¡oh Providencia!
|
|
|
Mientras
que allá en París, de un clero indigno
|
|
|
La piedad más sacrílega y
cruenta,
|
|
|
De retratos del pérfido se
atreve
|
|
|
A afrentar sus altares; que allá
ciega
|
|
|
Le invoca ya la Liga, y que, al
fin, Roma
|
|
|
Le ensalza por su parte y loor
le presta,
|
|
|
Entre
horrores aquí, y entre tormentos,
|
|
|
El infierno, más justo, le
reprueba.»
|
|
|
«Hijo
mio, Luis dícele entonces,
|
|
|
Otras más justas leyes y severas,
|
|
|
En
el lugar, que miras, a los reyes
|
|
|
Persiguen
y magnates. Mira aquella
|
|
|
Multitud
de tiranos y opresores,
|
|
|
A
quienes allá en vida se les dieran
|
|
|
Adoraciones mil. Cuanto más
fieros
|
|
|
Y
potentes el mundo los sufriera,
|
|
|
Tanto más el Dios justo los
humilla,
|
|
|
Penando en este puesto la
insolencia
|
|
|
Ya
de sus propias obras, ya de cuantas
|
|
|
Dejaron sin vengar, o tal vez
fueran
|
|
|
Por
ellos permitidas. Ya la muerte
|
|
|
Riquezas
les ha robado pasajeras,
|
|
|
Los
placeres, el fausto, y del infame
|
|
|
Venal adulador las
complacencias,
|
|
|
Que
a sus ojos de orgullo fascinados,
|
|
|
La verdad ocultaban con
destreza.
|
|
|
Esta
verdad, Enrique, es la que ahora
|
|
|
Su suplicio aquí labra, la que
expuesta
|
|
|
A su vista está siempre, y que
sus vicios
|
|
|
Y
sus crímenes todos les recuerda.
|
|
|
Mira como a su voz esos
soberbios
|
|
|
Vanos conquistadores, mudos
tiemblan.
|
|
|
A los ojos del pueblo fueron
héroes;
|
|
|
A
los de Dios tiranos, plagas fieras,
|
|
|
Del Orbe entero azotes, que lo
afligen
|
|
|
Con bárbara crueldad; truenos,
centellas
|
|
|
Que
un día fulminaron, los abisman,
|
|
|
Y aquí por fin al mundo a su vez
vengan.»
|
|
|
Obscura galería cerca de ellos
|
|
|
De
reyes indolentes se presenta;
|
|
|
Fantasmas del poder sobre unos
tronos,
|
|
|
Que
envilecen sus vicios y pereza.
|
|
|
Cabe ellos, ansí mismo, el Gran
Enrique
|
|
|
Sus ministros despóticos
contempla
|
|
|
Y con horror mayor, de sus
delitos
|
|
|
En tan digno lugar, a mirar
llega,
|
|
|
Siniestros y venales consejeros,
|
|
|
Cuyas
avaras miras e impudencia,
|
|
|
Las
más sagradas leyes y costumbres
|
|
|
Sórdidas corrompiendo, en
almoneda
|
|
|
Exponer las primeras atentaron,
|
|
|
De
Temis y de Marte, con afrenta,
|
|
|
El ministerio augusto y los
honores,
|
|
|
Puras e inestimables recompensas
|
|
|
Del
mérito y virtud de nuestros padres.
|
|
|
«¿Y
habitaréis también región tan fea,
|
|
|
¡Dulces,
febles y mansos corazones,
|
|
|
Que
de mirto, arrayán y flores bellas
|
|
|
En
muelle y grato lecho recostados,
|
|
|
Sin hiel alguna amarga y sin
fiereza,
|
|
|
Entregados tan solo a los
placeres,
|
|
|
En
el ocio pasáis y negligencia,
|
|
|
Vuestros días inútiles, hilados
|
|
|
Por
las sensuales manos y halagüeñas
|
|
|
De la afeminación y la delicia?
|
|
|
¿Confundidos
seréis, en esta escena,
|
|
|
Con turbas de malvados ¡o
vosotros,
|
|
|
Benéficos
mortales, de la excelsa
|
|
|
Virtud
fieles amigos! que de duda
|
|
|
Por tan solo un instante o de
flaqueza
|
|
|
Agostado por siempre habéis el
fruto
|
|
|
De
años tantos de mérito y prudencia?»
|
|
|
No pudo el generoso y tierno Enrique
|
|
|
Tener
aquí sus lágrimas. «Si en esta
|
|
|
Del horror, exclamó,
mansión opaca,
|
|
|
Verdad es, que a parar a
hundirse vengan
|
|
|
Cada instante, sin número
infelices 55
|
|
|
De nuestra humana raza, y
siempre llenas
|
|
|
De
molestia y dolor sus breves horas,
|
|
|
Sin recurso ni fin de pena
inmensa
|
|
|
Seguidas han de ser, ¿La luz del
día
|
|
|
No haber visto jamás mejor no
fuera?
|
|
|
¡Dichosos
en tal caso los mortales,
|
|
|
Si
de sus madres antes perecieran
|
|
|
En el infausto vientre; o si al
Dios ese,
|
|
|
Que tan severo pintan, le
pluguiera
|
|
|
Al hombre arrebatar, sobrado
libre
|
|
|
Para no obedecerle, esa funesta
|
|
|
Infeliz libertad, ese albedrío!»
|
|
|
«No,
responde Luis, no Enrique creas,
|
|
|
Que
esas víctimas tristes, que así lloras,
|
|
|
Penas
aquí jamás sufran que excedan
|
|
|
Del crimen la medida; que el
Dios justo,
|
|
|
Que ha creado los hombres,
placer tenga
|
|
|
En desgarrar, cruel, la inmortal
obra
|
|
|
De
su mano y poder por excelencia.
|
|
|
Si es infinito Dios,
principalmente
|
|
|
Eslo,
Enrique, en sus premios y clemencias:
|
|
|
Pródigo
de sus dones, sus venganzas
|
|
|
Economiza blando; y si quimeras
|
|
|
Le
pintan de los hombres, como ejemplo
|
|
|
De
implacables tiranos, él se muestra
|
|
|
Un Dueño aquí benigno, un Padre
amante
|
|
|
Que
sus hijos corrige solamente.
|
|
|
Su mano vengadora y justiciera,
|
|
|
Con piedad inefable, del castigo
|
|
|
Embota dulcemente las saetas.
|
|
|
Su bondad no sabría los momentos
|
|
|
En
que del hombre cae la miseria,
|
|
|
Ni
sus rápidos gustos y deleites,
|
|
|
Que
inquietudes y tedios siempre infectan,
|
|
|
Y
que de leves culpas o veniales
|
|
|
En
limitados términos se encierran, 56
|
|
|
Castigar con tormentos tan
atroces,
|
|
|
Que, como él mismo, término no
tengan.»
|
|
|
Esto
de Enrique el Padre excelso dijo:
|
|
|
Y al instante, con rápida
presteza,
|
|
|
A
los faustos lugares vuelan ambos,
|
|
|
Donde feliz habita la inocencia.
|
|
|
Aquí
no existe ya de los Infiernos
|
|
|
La lobreguez horrible. De la
inmensa
|
|
|
Inmortal claridad día el más
puro,
|
|
|
En
tan bellas regiones luce y reina.
|
|
|
Velas
Enrique apenas, y a su aspecto,
|
|
|
Pasar al alma siente una paz
nueva,
|
|
|
Una extraña alegría. Las
pasiones,
|
|
|
Los
cuidados allí jamás inquietan
|
|
|
Del hombre el corazón. Allí
morando,
|
|
|
Derrama liberal a manos llenas
|
|
|
El tranquilo Deleite, con sus
gracias,
|
|
|
Dulzuras
mil benéficas y tiernas.
|
|
|
En estos climas es ¡o Amor! en
donde
|
|
|
Todo tu dulce imperio
experimenta.
|
|
|
No es este aquel amor, que
inflamar suele
|
|
|
La mundana molicie. Es una
bella,
|
|
|
Una divina antorcha, y del más
santo,
|
|
|
Más limpio y puro fuego sacra
tea.
|
|
|
El
hijo es de los cielos noble y puro,
|
|
|
Que a conocer no alcanza acá la
tierra.
|
|
|
Dél solo sin hastío para siempre
|
|
|
Aquí las almas
todas están llenas,
|
|
|
Que
gozando incesantes de las dichas,
|
|
|
Incesantes, a un tiempo, las
desean.
|
|
|
De
un eternal ardor en suaves llamas,
|
|
|
Delicias
sin pesares las afectan,
|
|
|
Gozan sin inquietudes del
reposo.
|
|
|
Reinando aquí con gloria verse
dejan
|
|
|
Los
príncipes virtuosos, que del mundo
|
|
|
Produjeron,
tal vez, felices eras.
|
|
|
Los héroes verdaderos aquí
moran.
|
|
|
Los verdaderos sabios aquí
alientan.
|
|
|
Sobre un trono sentados de oro
puro
|
|
|
Del Cielo en lo más alto de la
esfera,
|
|
|
El grande Clodoveo y Carlomagno,
|
|
|
Con oficioso amor atentos velan
|
|
|
Del sagrado oriflama de la
Francia
|
|
|
Sobre el ilustre imperio. Los
que fueran
|
|
|
Más
émulos y fieros adversarios,
|
|
|
Como amantes hermanos se
contemplan,
|
|
|
Desque
reunidos son en tal morada.
|
|
|
Luis
doce, el Prudente, en la floresta
|
|
|
Descuella
de los reyes, cual el cedro,
|
|
|
Y le impone su ley. La
Providencia,
|
|
|
Propicia
a nuestros padres, de los Cielos
|
|
|
Les
regaló este Rey, que acata y sienta
|
|
|
Consigo sobre el solio la
justicia.
|
|
|
Él dispensó benigno su
indulgencia;
|
|
|
Sobre los corazones ha reinado;
|
|
|
Y del pueblo las lágrimas, que
riegan
|
|
|
Sus
míseros hogares, pío enjuga.
|
|
|
De
Ambois a sus pies su gloria eleva: 57
|
|
|
Fiel ministro, que amó la
Francia solo,
|
|
|
Y que solo también fue amado de
ella.
|
|
|
De su Rey tierno amigo, en su
alto puesto,
|
|
|
Jamás
sus puras manos se le viera,
|
|
|
De
los pueblos en sangre ni en rapiñas
|
|
|
Manchar con injusticia ni
vileza.
|
|
|
¡Oh no imitados tiempos! ¡o
costumbres
|
|
|
Dignas de un acordar, que al
tiempo exceda!
|
|
|
El Pueblo era feliz. Su Rey
dilecto,
|
|
|
De la más alta gloria se
cubriera.
|
|
|
De
sus amables leyes, dulces frutos
|
|
|
Gozaba el ciudadano. ¡Ah!
Vuelvan, vuelvan
|
|
|
Bajo un otro Luis días tan
faustos!
|
|
|
Guerreros,
a lo lejos, se le ostentan,
|
|
|
Pródigos
generosos de sus vidas,
|
|
|
Cuyos valientes pechos
encendiera
|
|
|
El sagrado deber y no la furia.
|
|
|
Tales
De Foix, Tremvill, y Clison eran. 58
|
|
|
Tal
era Montmorenci; y el que un día
|
|
|
Osado
destructor de reyes fuera
|
|
|
E ilustre vengador, Gueselin: y
el fiero 59
|
|
|
El virtuoso Bayardo; y tú, ¡o
afrenta
|
|
|
Del Britano, bravísima Amazona, 60
|
|
|
Que del trono francés sostén
hicieran!
|
|
|
«A estos fuertes varones, dice
el Padre,
|
|
|
A
estos héroes, que aquí de cerca observas
|
|
|
Ya
en el Cielo morando, y que allá ilustres
|
|
|
Habitantes
un día de la tierra,
|
|
|
Sus
ojos deslumbraron, fueles cara
|
|
|
La virtud cual a ti; más de la
Iglesia
|
|
|
Hijos fieles, la amaron como
madre.
|
|
|
Su dócil corazón, con fe sincera
|
|
|
Buscó siempre, Borbón, la verdad
santa.
|
|
|
El mío fue su culto. ¿Porque
dejas
|
|
|
De
seguir sus heroicos ejemplos?»
|
|
|
Con lastimosa voz a Enrique apenas
|
|
|
Esto de amonestar Luis acaba,
|
|
|
Cuando delante de ambos, con
sorpresa,
|
|
|
Los celestes palacios del
Destino
|
|
|
Súbito se aparecen. Luis ordena,
|
|
|
Que
a sus sagrados muros marche Enrique;
|
|
|
Y
al momento de bronce sus cien puertas
|
|
|
A
sus absortos ojos quedan francas.
|
|
|
Sobre rápidas alas, nunca quietas,
|
|
|
Con insensible vuelo, el fugaz
Tiempo
|
|
|
De
aquel alcázar huye, y en él entra,
|
|
|
Y sin cesar un punto, a sembrar
parte
|
|
|
Sobre el suelo mortal, a manos
llenas,
|
|
|
El
cúmulo de males y de bienes,
|
|
|
Que asignar al Destino le
pluguiera.
|
|
|
Sobre un altar de duro y bronco
hierro,
|
|
|
Un libro indescifrable allí se
muestra,
|
|
|
Do de lo porvenir constantemente
|
|
|
La irrevocable historia se
escribiera.
|
|
|
Con presciencia infinita, del
Eterno
|
|
|
La mano en él cifró las ansias
nuestras,
|
|
|
Y
los graves pesares, con los leves
|
|
|
Placeres
de la vida. A esa soberbia
|
|
|
Esclava Libertad, vese allí
mismo
|
|
|
Por invisibles lazos prisionera.
|
|
|
Bajo un yugo escondido a los
humanos,
|
|
|
Y
que nada jamás habrá que pueda
|
|
|
Romper ni sacudir, a su alto
arbitrio
|
|
|
Sabe su autor divino someterla;
|
|
|
Más sin tiranizarla, asida
estando
|
|
|
Y a su suprema ley tanto más
presa,
|
|
|
Cuanto perpetuamente está a sus
ojos
|
|
|
Con misterio escondida su
cadena,
|
|
|
Y cuanto aun ella misma,
obedeciendo,
|
|
|
Por su elección procede,
delibera,
|
|
|
Y a
los propios destinos, veces varias
|
|
|
Ella misma su ley dictarles
piensa.
|
|
|
«¡Hijo
mío Borbón! el Padre dice,
|
|
|
La morada estás viendo, do
dispensa
|
|
|
A
los hombres, la Gracia, y sentir hace
|
|
|
Eficaces
auxilios. De esta esfera,
|
|
|
De esta celeste estancia, es de
do un día,
|
|
|
De su triunfante luz una
centella,
|
|
|
Descenderá a abrasarte, a
herirte el alma.
|
|
|
Dar no puedes, Enrique, prisa o
tregua
|
|
|
A este precioso instante, que tú
ignoras,
|
|
|
Y del cual, solo Dios, cual dueño,
ordena;
|
|
|
Más ¡cuán lejos aún está ese
día,
|
|
|
Ese
dichoso día, en que Dios quiera
|
|
|
En
la lista inscribirte de sus hijos!
|
|
|
¡Cuántas debilidades, con
vergüenza
|
|
|
Te
restan que sufrir! ¡cuán largo trecho
|
|
|
Que
caminar aún por falsas sendas!
|
|
|
De
la serie de días ¡o Dios mío!
|
|
|
Corte de este gran Rey, vuestra
clemencia,
|
|
|
Todos
los lamentables y menguados,
|
|
|
Que
de vos distrayéndole le alejan.»
|
|
|
«¿Más
que tropel aquí recorre aprisa
|
|
|
Esta vasta mansión? Él sale, él
entra,
|
|
|
Y sin cesar deslízase al
momento.»
|
|
|
De
esas sacras paredes, ves, que cuelgan,
|
|
|
Le
responde Luis, fieles retratos
|
|
|
De
los hombres, que en épocas diversas
|
|
|
Nacer deben al mundo. De los
siglos,
|
|
|
Que
aún están por venir, esas perfectas
|
|
|
Esas
vivas imágenes, que miras
|
|
|
Reducidas a un punto, aquí
congregan
|
|
|
De
los lugares todos las distancias,
|
|
|
Y
sin orden de tiempos, a las eras
|
|
|
Se
adelantan futuras. De los días
|
|
|
Llevan del hombre ya fija la
cuenta,
|
|
|
Que anterior a los tiempos, a
los ojos
|
|
|
Del Eterno, ab eterno está
completa.
|
|
|
Los instantes aquí marca el
destino
|
|
|
De su natal al uno y su
potencia;
|
|
|
De otro allá la opresión y
abatimiento,
|
|
|
Y
de todos acá las diferencias
|
|
|
A cada suerte adictas, sus
mudanzas,
|
|
|
Sus
virtudes, sus vicios, sus proezas,
|
|
|
Su fortuna, y por último su
muerte.
|
|
|
«Acerquémonos más; pues te
dispensan
|
|
|
Generosos
los Cielos, que conozcas
|
|
|
Y
los monarcas y héroes aquí veas,
|
|
|
Que
de tu augusta estirpe y de ti propio
|
|
|
Un tiempo nacerán. De ellos, se
ostenta
|
|
|
El primero, Borbón, tu digno
hijo, 61
|
|
|
Que
en la paz igualmente que en la guerra
|
|
|
La
gloria sostendrá de nuestras lises,
|
|
|
Largo tiempo del Íbero y del
Belga
|
|
|
Feliz triunfador; más sin que al
padre
|
|
|
Ni al hijo todavía igualar
pueda.»
|
|
|
Sobre flores de lis, en este
punto,
|
|
|
Sentados ve Borbón, del trono
cerca,
|
|
|
Dos
altivos mortales, que tenían
|
|
|
Todo un pueblo a sus pies entre
cadenas.
|
|
|
De púrpura romana revestidos,
|
|
|
Rodeados
de guardias ambos eran
|
|
|
De
soldados y corte. Los cree reyes;
|
|
|
«No te engañas, Borbón, en tus
sospechas.
|
|
|
Reyes
son, sin el título de tales.
|
|
|
Del estado y del príncipe se
ostentan,
|
|
|
Árbitros uno y otro. Mazarino,
|
|
|
Richelieu,
de memoria y fama eternas
|
|
|
Ministros de la Francia, de la
sombra
|
|
|
De
las aras humilde, hasta la mesma
|
|
|
Alta cumbre del solio,
felizmente
|
|
|
Se
dirigen los dos, los dos se elevan.
|
|
|
Hijos
de la política y fortuna,
|
|
|
Al despótico imperio con firmeza
|
|
|
Entrambos volarán sin detenerse.
|
|
|
Sublime
Richelieu, de un alma fiera,
|
|
|
Y
enemigo en sus odios implacable;
|
|
|
Flexible Mazarino, de alma
diestra,
|
|
|
Y
amigo solapado y peligroso,
|
|
|
Contrarios caracteres ambos
llevan.
|
|
|
Huye el uno con arte, y las
borrascas
|
|
|
Doblándose paciente, pasar deja.
|
|
|
A las airadas olas, su coraje
|
|
|
Opone siempre el otro en la
tormenta.
|
|
|
De
los príncipes todos de mi casa
|
|
|
Enemigos los dos, a su manera,
|
|
|
El pueblo por un lado los
admira,
|
|
|
Y por otro los odia y los
execra.
|
|
|
De
ambos serán, en fin, la fina industria
|
|
|
Los
osados esfuerzos y destreza,
|
|
|
Útiles a su Rey y a su Patria
|
|
|
Funestos
su poder y su influencia.»
|
|
|
¡O
tú menos que aquellos poderoso,
|
|
|
Menos vasto también en tus
empresas;
|
|
|
Tú,
en la segunda clase de los hombres
|
|
|
El primero, Colbert! de tu
carrera 62
|
|
|
Viene bajo los pasos, la
abundancia,
|
|
|
Hija
fiel y feliz de tus tareas,
|
|
|
A sembrar de riqueza el franco
suelo.
|
|
|
Bienhechor generoso, tú
desprecias
|
|
|
Los
insultos de un pueblo, que pagarte
|
|
|
Con
ultrajes tus dones vil intenta,
|
|
|
Sin dél saber tomar otra
venganza,
|
|
|
Que
el empeñarte más en que florezca
|
|
|
De fortuna colmado; semejante
|
|
|
Al héroe, a quien Dios mismo se
eligiera
|
|
|
Por digno confidente, que
nutría,
|
|
|
En
premio de dicterios y blasfemias,
|
|
|
Al siempre de Israel ingrato
pueblo.
|
|
|
«¡Qué escena allí a mis ojos se
presenta!
|
|
|
Más
bien ¡O Dios! de siervos, que vasallos,
|
|
|
¿Qué pomposa y magnífica
caterva,
|
|
|
De
rodillas, de un Rey tiembla a la vista, 63
|
|
|
Y a
sus pies humillada le venera?
|
|
|
¡Qué
respetos, qué honor, qué adoraciones!
|
|
|
Jamás otro algún Rey, cual este,
hubiera
|
|
|
Sus súbditos en Francia
acostumbrado
|
|
|
A
marcas de homenaje tan extremas.
|
|
|
Yo
le veo, cual tú, de fama y gloria
|
|
|
Animado al igual, otra
obediencia
|
|
|
Más rígida exigiendo; más
temido,
|
|
|
Y menos quizá amado. Si diversas
|
|
|
Mudanzas de fortuna soportando,
|
|
|
Le
considero Enrique, de soberbia
|
|
|
Sus
excesos repruebo en las felices,
|
|
|
Y
su constancia aplaudo en las adversas.
|
|
|
De veinte vastos pueblos la
alianza
|
|
|
Y
el formidable resto de las fuerzas
|
|
|
Desafiando
él solo, si es que en vida
|
|
|
El
renombre de Grande se adquiriera,
|
|
|
Aún más grande sin duda ha sido
en muerte.
|
|
|
¡O gran siglo de Luis! ¡Época
excelsa!
|
|
|
Siglo,
que de sus gracias, de sus dones,
|
|
|
Y
sus brillantes luces y riquezas,
|
|
|
Sin
límites un día colmar debe
|
|
|
Natura liberal. Tú, de las
bellas,
|
|
|
De
las útiles artes el decoro
|
|
|
Llevarás a la Francia. Con
sorpresa,
|
|
|
Sobre ti van a fijarse las
miradas
|
|
|
De
las edades todas venideras.
|
|
|
Del coro de las Musas el
imperio,
|
|
|
A fijar corre en ti su
residencia.
|
|
|
El lienzo por do quier se anima
y habla,
|
|
|
Y
los bronces y mármoles alientan.
|
|
|
¡Cuantos
sabios, en cónclaves augustos 64
|
|
|
Asociando su esfuerzo, en las
esferas
|
|
|
Del gran Orbe a estudiar vuelan
celestes,
|
|
|
A medir su distancia y masa
inmensa,
|
|
|
Y atrayendo la luz entre la
noche,
|
|
|
A
pesar de sus lóbregas tinieblas,
|
|
|
Con audacia sondar lo más
arcano,
|
|
|
Que en su seno escondió
naturaleza!
|
|
|
El presuntuoso Error huye a su
vista,
|
|
|
Y
en pos de la Verdad, dudas los llevan.
|
|
|
Y tú ¡feliz también hija del Cielo,
|
|
|
Poderosa Harmonía y hechicera,
|
|
|
Arte, que así puliste a Grecia y
Roma!
|
|
|
Yo
por do quier escucho de tu lengua
|
|
|
Encantadores tonos, soberanos
|
|
|
De nuestro corazón y nuestra
oreja.
|
|
|
Vosotros ¡o franceses animosos!
|
|
|
Vencer
sabéis, y ledos, de la guerra
|
|
|
Las hazañas cantar. Ya no hay laureles
|
|
|
Que
no ciñan de honor las sienes vuestras.
|
|
|
En vuestro feliz clima, nacer
veo
|
|
|
De
héroes un pueblo vasto. Cuales vuelan
|
|
|
A los combates noto los
Borbones.
|
|
|
Al través de mil fuegos, cual
penetra,
|
|
|
Miro al fiero Condé, que en
lances varios, 65
|
|
|
El terror y el apoyo se demuestra
|
|
|
De
su Rey y señor. De Condé, admiro
|
|
|
Generoso rival al de Turena, 66
|
|
|
Menos
brillante que él, si más prudente,
|
|
|
Y su igual cuando menos en
grandeza.
|
|
|
A
Catinat contemplo, que unir sabe, 67
|
|
|
Por un cúmulo raro, a nobles
prendas
|
|
|
Del guerrero, del sabio las
virtudes.
|
|
|
El compás en la mano, verse deja
|
|
|
Riéndose Vauban, sobre aquel
muro 68
|
|
|
Que su ingenio trazó, de la
impotencia
|
|
|
De ese horrísono estruendo con
que baten
|
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De
bronce rayos cien; y si en la guerra
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Invencible,
en la Corte desgraciado,
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Del Austria y gran Bretaña las
potencias,
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A un tiempo temblar hace
Luxemburgo.
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«Repara
allá en Denén, con qué braveza,
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Con qué audacia, Villars, el
trueno horrible 69
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Disputando a la augusta y
altanera
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Águila
de los Césares, es dueño
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Y
árbitro de la paz, que tras sí lleva
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De la Victoria el carro a las
naciones
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Y que, con gloria tanta, se
presenta
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Apoyo de su Rey no menos digno,
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Que
de Eugenio rival... ¿Qué joven llega,
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Qué Príncipe se acerca, en cuyo
rostro 70
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Brilla la majestad sin la
aspereza,
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Y que el honor del solio está
mirando
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Con ojos de desdén o
indiferencia?
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¡Cielos!
¿qué noche rápida a mis ojos
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Este Príncipe encubre, envuelto
deja?
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Incesante la muerte, dél en giro,
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Sin detenerse un punto revolea.
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Él cae al pie del trono, en el
momento
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De
instalarse sobre él. En él observa,
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De
todos los franceses, hijo mío,
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El Príncipe más justo. La
clemencia
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Algún día del Cielo, de tu
sangre
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Le hará nacer augusta. ¿Y flor
tan bella,
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Obra
tan digna ¡o Dios! de vuestras manos,
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No haréis más que mostrar, para
esconderla
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De
golpe a los mortales? ¡Cuánto un alma
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Tan virtuosa, en su bien obrado
hubiera!
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¡Cuán feliz fuera Francia en su
reinado!
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¡Cuál su paz, su abundancia y su
riqueza!
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Él,
por sus solas gracias y sus dones,
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Llevara de sus días grata
cuenta.
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Él su pueblo amaría. ¡O día
infausto
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De
alarma y de dolor! A los franceses,
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¡Cuántas
verter harás lágrimas tiernas,
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Cuando en la misma tumba, amontonados,
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Hijo, padre, mujer y esposo
vean!»
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Sale un vástago débil de las
ruinas 71
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De
aquel árbol fecundo, que así fuera
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Cortado
por el pie. De Luis los hijos,
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Que al sepulcro veloces
descendieran,
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Dejaron solamente a nuestra
Francia
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Un Monarca en la cuna, tan
expuesta
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Como dulce esperanza de un
Estado,
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En
vacilante y trémula existencia.
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Cuida
¡Fleuri prudente! de sus días.
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Sobre su tierna infancia atento
vela,
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Y
sus primeros pasos fiel conduce.
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Dignamente instituye y aconseja,
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De lo más noble y puro de mi
sangre,
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El precioso depósito, que resta.
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Aunque haya Rey nacido, a
conocerse
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A sí mismo, filósofo, le enseña.
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Que
aunque hombre, soberano y poderoso,
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Hombre
es al fin mortal, harás que sepa;
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Y que al verse Señor, ame a su
Pueblo,
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Porque amado también ser dél
merezca.
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Inspírale, que justo reflexione,
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Que no es Rey, ni ha nacido, ni
gobierna
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Sino para su Pueblo. Y tú, tú ¡o
Francia!
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La gloria y dignidad cobra
primera
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Bajo su fausto imperio; y esa
noche,
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Que
de sombras tu luz dejó cubierta
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Acaba de romper. A coronarte
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Otra vez con decoro y gracia
vuelva
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La
mano de las Artes provechosa,
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Que a abandonarte ya se daban
priesa.
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De
su profundo piélago en las grutas,
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Se pregunta el Océano y lamenta,
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¿Do
existen en el día, qué se hicieron
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Tus pabellones ¡Francia! que
solieran
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Flotar
sobre estas ondas? Del Euxino,
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De
la India, y del Nilo y sus riberas
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Y sus puntos, te llama allí el
comercio,
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Y
te abre sus tesoros. Guarda, observa
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El
orden y la paz, y la victoria
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No busques con afán. En las
querellas
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De
los reyes, ser árbitro le basta
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A
tu honor y tu gloria ¡Cuán funesta,
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Cuán cara te costó la de haber
sido
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El
espanto y terror de sus Potencias!
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De
este Monarca joven en seguida,
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Con esplendor un héroe se le
ostenta, 72
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A quien la atroz calumnia, allá
a lo lejos,
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De rabia ardiendo, ladra, y
sigue inquieta.
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Príncipe blando y fácil, más no
débil,
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Lleno
a un tiempo de genio y de vehemencia,
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Amigo con exceso de placeres,
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Y
no menos también de cosas nuevas;
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Del seno del deleite,
revolviendo
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La redondez inmensa de la
Tierra,
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Con su diestra política y
resortes
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Siempre
nuevos y fértiles, suspensa,
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Dividida la Europa y en paz
tiene;
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Al paso que a las Artes, que
fomenta,
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Sus vigilantes ojos
convirtiendo,
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De
gloria, de vigor y de luz llena.
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Para todos los cargos y destinos
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Nacido felizmente, en sí
concentra
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Los
talentos de todos: de soldado,
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De jefe y ciudadano. «Él un Rey
no era;
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Más con todo, hijo mío, enseña a
serlo.»
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De
una borrasca entonces turbulenta
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En
medio de relámpagos, de Francia,
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A
los aires flotando, se despliega
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El
insigne estandarte. De españoles
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Las huestes precediéndole
guerreras,
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Del Águila germana quebrantaban,
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En
los de sus Castillas, las cabezas.
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Absorto
Enrique, exclama: «¡Padre mío!
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¿Qué espectáculo nuevo se
presenta?»
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«Todo cambia ¡hijo mío! le
responde.
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Todo Enrique a su ocaso, por
fin, llega.
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Del Muy Alto adoremos y
aplaudamos
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El arcano saber y providencia.
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Del fuerte y poderoso Carlos
Quinto
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Extinguida la raza, ya la Iberia
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Reyes
viene a pedirnos de rodillas; 73
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Ya a la España da leyes, ya allí
reina
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Uno de nuestros nietos. Ya
Felipe...» 74
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A tan glorioso objeto, Enrique
queda
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De
júbilo arrobado, y de su mente
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Una dulce sorpresa se apodera.
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«Mitiga de ese gozo, el Padre
dice,
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El ímpetu primero, y la grandeza
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Teme,
hijo mío, aun de tal suceso:
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Teme, repito, sí; Madrid acepta,
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Del seno de París un dueño
aclama;
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Más quizá tanto honor, gloria es
tan bella,
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No poco para entrambos
peligrosa.
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¡O Reyes de mi casa y sangre
regia!
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¡O Felipe Borbón! o ¡caros
hijos!
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¡O España y Francia mía! El
Cielo quiera
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Podáis vivir unidas. ¿Hasta
cuando
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¡Políticos funestos! la cruel
tea
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De
las discordias públicas querría 75
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Encender vuestro bárbaro
sistema?» 76
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Dice:
y desde el momento, el Héroe nada
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Ve más de lo pasado, que una
envuelta
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Quimérica
mixtión de objetos varios
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Confusos
entre sí. Las puertas cierran
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Del templo del Destino; y de los
cielos
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A
sus ojos se eclipsan las esferas.
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Ya con rosada faz la fresca Aurora,
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Las
puertas en Oriente a abrir empieza
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Del palacio del Sol. Su negro
velo
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La noche va a tender sobre otras
tierras.
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Los
Sueños volteadores y medrosos,
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Húyense
con las sombras y se alejan.
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El
Príncipe adormido, en este instante
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De su arrobo dulcísimo
despierta;
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Y en el fondo del alma un nuevo
esfuerzo,
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Un divinal ardor experimenta.
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Inspiraban a todos sus miradas,
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Respetuoso terror y reverencia.
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Había
Dios su frente, de su misma
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Majestad sacrosanta con diadema
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De esplandecientes rayos
coronado;
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No de distinto modo que lo
hiciera
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Con aquel de Israel santo
caudillo,
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Ilustre vengador, cuando de
vuelta
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Del tonante Sinaí, donde las
tablas
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De la Ley del Eterno recibiera,
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De tal lleno de luz cercó su
rostro,
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Que
de sus resplandores con la fuerza
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Trastornados al verle los
hebreos,
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Envueltos
entre el polvo, sus pies besan,
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Sin
que mirarle osaran, ni sus ojos,
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De su cara el fulgor sufrir
pudieran.
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