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De
los Estados en París reunidos,
|
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Atónita y confusa la Asamblea,
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Aquel orgullo, de que inflada
estaba
|
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Al principio, a este tiempo ya
perdiera.
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De
Enrique al solo nombre, los Ligados,
|
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De
horror y espanto llenos, que quisieran
|
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Un Monarca elegirse, ya en
olvido
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Parecían poner. Nada pudiera
|
|
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De su furor fijar la
incertidumbre;
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Y
en medio del temor y la flaqueza,
|
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No osando coronar, y aún mucho
menos
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Destituir al tirano, se
abatieran
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A confirmar, en tanto, por edictos
|
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|
De la más vergonzosa
complacencia,
|
|
|
El
poder y lugar de que gozaba,
|
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|
Sin
que de los Estados le vinieran.
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De Teniente del Reino, aunque sin jefe 77
|
|
|
El
que nombre usurpó, Rey sin diadema,
|
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|
Conservado hubo siempre en su
partido,
|
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|
Del poder más supremo la
influencia.
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Un obediente pueblo, de que,
astuto,
|
|
|
Ser apoyo afectaba con destreza,
|
|
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Gustoso, combatir y dar la vida
|
|
|
Por su causa y persona, le
ofreciera.
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|
|
De
nuevas esperanzas, de este modo,
|
|
|
El pecho rebozando de Mayenne,
|
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|
A Consejo convoca, y congregados
|
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|
Rápidamente en él a contar
llega,
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|
|
Cuantos bravos caudillos,
orgullosos,
|
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|
Vengar resuelto habían sus
querellas.
|
|
|
Los
Canillacs, los Chatres y San-Poles,
|
|
|
Los
Brisacs, los Nemours, y los Lorenas
|
|
|
Y
aun Joyeuse, el voluble, acuden prontos.
|
|
|
La venganza, la rabia y la
braveza,
|
|
|
La desesperación, y el fiero
orgullo,
|
|
|
En
sus rostros pintados se demuestran.
|
|
|
Con un trémulo paso, algunos de
ellos,
|
|
|
Exhaustos
de la sangre que vertieran
|
|
|
En mortales peleas, caminaban:
|
|
|
Pero esta sangre misma que
corriera,
|
|
|
Estas
mismas batallas y derrotas,
|
|
|
Estas heridas mismas, aún
abiertas,
|
|
|
Los
excitaban más, y enfurecían
|
|
|
Al vengador desquite de su
afrenta.
|
|
|
Cada cual, de Mayenne, como un
rayo,
|
|
|
A colocarse al lado parte
apriesa,
|
|
|
Y dél, espada en mano, en torno
puestos,
|
|
|
Vengar
juraron todos sus ofensas;
|
|
|
Así sobre las cumbres del
Olimpo,
|
|
|
Y
de Tesalia en campos, se fingiera
|
|
|
Allá un tiempo, la impía y audaz
tropa
|
|
|
De
los soberbios hijos de la Tierra
|
|
|
Amontonando rocas sobre rocas,
|
|
|
Y a
los Cielos braveando, en su demencia,
|
|
|
Con la esperanza estólida
embriagados,
|
|
|
De
destronar los Dioses de su esfera.
|
|
|
Al momento, entreabriéndose una nube,
|
|
|
La Discordia a la vista se le
ostenta,
|
|
|
Sobre un carro flamígero
montada.
|
|
|
Ánimo,
sus, les dice, que ya llegan
|
|
|
A auxiliaros, franceses. Ya es
forzoso
|
|
|
El vencer o morir. Voz
halagüeña,
|
|
|
A la cual, el primero se levanta
|
|
|
Parte corriendo Aumale, y al ver
cerca
|
|
|
Las relumbrantes lanzas
españolas,
|
|
|
«Ahí
tenéis, exclamó, ved de la Iberia
|
|
|
El auxilio rogado largo tiempo,
|
|
|
Y siempre diferido al ansia
nuestra.
|
|
|
El Austria al fin, amigos, sus
falanges,
|
|
|
Su socorro a la Francia le
franquea.»
|
|
|
Dice:
y Mayenne, entonces, afanoso
|
|
|
A las puertas se avanza. Verse
deja
|
|
|
El extranjero auxilio de aquel
lado,
|
|
|
Do el fúnebre lugar se
reverencia,
|
|
|
Que
de nuestros monarcas, ya de antiguo,
|
|
|
Consagrara la muerte a tumbas
regias.
|
|
|
La
formidable masa de las armas,
|
|
|
Que
blandientes al aire centellean,
|
|
|
El oro refulgente, el lucio
acero,
|
|
|
Las
picas, que afiladas reverberan,
|
|
|
Los
cascos, los penachos, los arneses,
|
|
|
De la pompa el atruendo y la
soberbia,
|
|
|
Del
sol los mismos rayos parecían
|
|
|
En el campo retar a competencia.
|
|
|
De tropel a su encuentro el
pueblo acorre;
|
|
|
Y con una algazara y grita
fiera,
|
|
|
Al jefe, que en su auxilio
Madrid manda,
|
|
|
Colma
de bendiciones, y festeja.
|
|
|
Era el joven Egmond, tenaz guerrero:
|
|
|
De un padre generoso e infeliz,
era
|
|
|
El hijo más indigno y ambicioso. 78
|
|
|
De
Bruselas los muros nacer vieran
|
|
|
Al hijo de Egmond, a quien
cegara
|
|
|
De
la patria el amor, y la cabeza
|
|
|
Perdiera en un cadalso,
sosteniendo
|
|
|
Los sagrados derechos de los
belgas,
|
|
|
Sus
míseros patriotas, de los Reyes
|
|
|
Vejados
y oprimidos por la fuerza.
|
|
|
Ruin
hijo de Egmond, procaz soldado,
|
|
|
Áulico vil, al fin, adula y besa
|
|
|
Largo tiempo la mano que a su
padre
|
|
|
De un tirano poder víctima
hiciera.
|
|
|
A
destructores males de su patria,
|
|
|
Por política, infiel, servicios
presta;
|
|
|
Y al paso que a París lleva
socorro,
|
|
|
Cruel persecución trae a
Bruselas.
|
|
|
Como a un Dios tutelar, el rey
Felipe,
|
|
|
Del Sena le enviara a las
riberas
|
|
|
Con auxilio al rebelde, quien creía,
|
|
|
Del Rey llevar con él hasta las
tiendas,
|
|
|
A
su vez los terrores y la muerte.
|
|
|
Del temerario orgullo va las
huellas
|
|
|
El impetuoso joven ocupando.
|
|
|
¡Con
qué placer, gran Rey, de cerca observas
|
|
|
Su fantástica audacia! ¡Con qué
anhelo,
|
|
|
Tus
ansias el instante aguijonean
|
|
|
De un combate, del Cual, altos
destinos
|
|
|
Del Estado pendientes
consideras!
|
|
|
Del
Iton bien cercano a las orillas,
|
|
|
Y del Euro a las márgenes
amenas,
|
|
|
Un campo afortunado deja verse,
|
|
|
De la madre natura amor y
prenda;
|
|
|
Largo espacio de tiempo, por
fortuna
|
|
|
Supieran respetar furiosas
guerras,
|
|
|
Los
preciosos tesoros de que Flora,
|
|
|
Y el Céfiro halagüeño
embellecieran
|
|
|
Su dichoso distrito. Entre
furores
|
|
|
De
civiles discordias y contiendas,
|
|
|
Los sencillos pastores del contorno,
|
|
|
Correr vieran en calma y paz
serena
|
|
|
Sus
días y sus años, protegidos
|
|
|
Por la piedad del Cielo y su
pobreza.
|
|
|
De
bálago al abrigo de sus techos,
|
|
|
De la desaforada soldadesca
|
|
|
Desdeñar parecían la codicia.
|
|
|
A cubierto de alarmas, aún no
oyeran
|
|
|
Del tambor y las armas el
estruendo.
|
|
|
Los campos enemigos allí llegan,
|
|
|
Y
la desolación por todas partes
|
|
|
Delante
de ellos marcha. Se consternan
|
|
|
Las riberas del Iton y del Euro.
|
|
|
Lleno el pastor de espanto, allá
en las selvas,
|
|
|
Amilanado todo, va a esconderse;
|
|
|
Y
su dulce mitad, y madre tierna,
|
|
|
Arrebatando en brazos y llorando
|
|
|
Sus
queridos hijuelos tras él lleva.
|
|
|
De
esos valles de encantos y gracias llenos
|
|
|
¡Infeliz habitante! no tus
quejas,
|
|
|
No a tu Rey esas lágrimas
imputes.
|
|
|
Si él las batallas busca o las
acepta,
|
|
|
Para darte la paz es solamente.
|
|
|
Dones y beneficios con largueza
|
|
|
Derramará su mano, en mejor
tiempo,
|
|
|
Sobre
vuestros hogares que hoy molesta.
|
|
|
Terminar vuestros males solo
quiere.
|
|
|
Él os ama cual padre, y os lamenta;
|
|
|
Y
en esta, en esta misma atroz jornada,
|
|
|
Por vuestro solo amor y bien
pelea.
|
|
|
Siéndole
tan preciosos los instantes,
|
|
|
Ya por todas las filas Borbón
vuela
|
|
|
Sobre un fogoso corcel, más que
el viento
|
|
|
Rápido y adiestrado en la
carrera,
|
|
|
Que embravecido todo y orgulloso
|
|
|
De aquel augusto peso que en sí
lleva,
|
|
|
Hinchando la nariz, y con pie
corvo
|
|
|
Excavando arrogante el ancha
arena,
|
|
|
Llamando estar parece los
peligros,
|
|
|
Y el fuego respirando de la
guerra.
|
|
|
Ya
brillan, cabe el Rey, cuantos campeones
|
|
|
De
su honor y su gloria socios fueran,
|
|
|
Y
de sus mismos lauros ya ceñidos.
|
|
|
El
anciano de Aumont, que las banderas 79
|
|
|
Siguiera con honor de cinco
Reyes;
|
|
|
Biron, de cuyo nombre el eco
siembra 80
|
|
|
En la enemiga hueste mil
alarmas;
|
|
|
Su
entonces joven hijo, de harto inquieta
|
|
|
Ardorosa y violenta bizarría,
|
|
|
Que
después... más entonces Biron era 81
|
|
|
Virtuoso
aún. Allá más lejos vienen
|
|
|
Los que al crimen tenían guerra
abierta
|
|
|
Y
declarado horror, y que la Liga
|
|
|
La misma Liga atónita respeta,
|
|
|
Por
más que los malquiera y los deteste,
|
|
|
Sully,
Nangí, Crillon, y el de Turena, 82
|
|
|
El
que en Sedan, después, la mano, el nombre,
|
|
|
Y la soberanía mereciera
|
|
|
De
la joven Buillón; soberanía
|
|
|
Infeliz, mal guardada, y bien
apriesa
|
|
|
Por Armando oprimida y
derrocada,
|
|
|
Apenas erigida a su grandeza.
|
|
|
Vese con esplendor alzarse entre
ellos
|
|
|
Cual palma, Essex, airosa y
altanera, 83
|
|
|
Que del país mezclando en los
jardines
|
|
|
A los frondosos olmos, que se
elevan,
|
|
|
Su noble y grave frente,
envanecida
|
|
|
De su extranjero tronco
gallardea.
|
|
|
Su engalanado casco centellaba
|
|
|
Con el rojo fulgor de que le
cercan
|
|
|
Adornos mil preciosos de oro
fino,
|
|
|
Y
el sartal de diamantes y preseas,
|
|
|
A
porfía brillantes caros dones,
|
|
|
Con que de su Señora a la
fiereza
|
|
|
Del de Essex el valor, o la
ternura
|
|
|
Más
bien, supremamente honrar pluguiera.
|
|
|
¡Ambicioso de Essex! Tú, ser a
un tiempo,
|
|
|
Un día conseguiste de tu Reina
|
|
|
Tierno
objeto de amor, y el firme apoyo
|
|
|
De
tus Reyes, también, y la defensa.
|
|
|
Algo allá más distante los
Tremvilles, 84
|
|
|
Los
Clermons y Feuquieres, se presentan,
|
|
|
Y
el infeliz De Nesle, y Lesdiguieres,
|
|
|
De
condición y estrella bien diversas;
|
|
|
Y el anciano De Elly, a quien ha
sido
|
|
|
Esta ilustre jornada tan
funesta.
|
|
|
De
heroicos varones tropa tanta,
|
|
|
Corre a apostarse, ufana, del
Rey cerca,
|
|
|
Y la seña aguardando, en su
semblante,
|
|
|
De
la victoria ya gloriosa y cierta
|
|
|
Presagios mil felices divinaba.
|
|
|
En
situación tan túrbida, Mayenne,
|
|
|
Su corazón sintiendo desmayado,
|
|
|
A hallar en él su esfuerzo en
vano anhela,
|
|
|
Ora fuese, que al cabo, de la
causa
|
|
|
La injusticia advirtiendo su
conciencia,
|
|
|
Recele gravemente, que propicio
|
|
|
Sus armas proteger el Cielo
quiera;
|
|
|
Ora, que el alma, en fin,
presentimientos,
|
|
|
Verdaderos anuncios tal vez
tenga,
|
|
|
De
los grandes reveses precursores.
|
|
|
Dueño no obstante aún de su
flaqueza,
|
|
|
Con simulado gozo, sabe el héroe
|
|
|
Encubrir
de su pecho duras penas.
|
|
|
Se reanima, se escita, y la
esperanza,
|
|
|
Que ya él mismo, marchita, no
sustenta,
|
|
|
Inspirar al soldado conseguía.
|
|
|
Junto
a él, lleno Egmond de la soberbia,
|
|
|
Del confiado orgullo, y la
arrogancia
|
|
|
Que de ordinario influye la
imprudencia
|
|
|
En juveniles años, impaciente
|
|
|
De
ejercer su valor; la marcha lenta
|
|
|
Del perplejo Mayenne acriminaba.
|
|
|
Hervía
su coraje; a la manera,
|
|
|
Que escapado del ancho y verde
seno
|
|
|
De
amenas praderías y risueñas,
|
|
|
Al eco retumbante de la trompa,
|
|
|
Que anima el fiero ardor de su
braveza,
|
|
|
En
los fértiles campos de la Tracia,
|
|
|
Inquieto e indócil bruto, en
quien humea
|
|
|
Un belicioso fuego, suelta al
aire
|
|
|
De su altanero cuello la crin
crespa,
|
|
|
Con anheloso aliento, por el
campo
|
|
|
Trepa, galopa, corre, a la lid
vuela,
|
|
|
De la rienda impaciente el freno
tasca,
|
|
|
La oreja eriza, y brinca por la
hierba;
|
|
|
Así Egmond parecía. Un furor
noble
|
|
|
Por
sus ojos brillando, llamas echa,
|
|
|
Y
en su animoso pecho late y arde.
|
|
|
Lisonjéase ya, ya se recrea
|
|
|
En
sus próximas glorias, y presume,
|
|
|
Que su altivo destino al triunfo
impera.
|
|
|
¡Ha infeliz! Él no sabe que el
orgullo,
|
|
|
La presunción fatal, y la
impaciencia
|
|
|
De su guerrero ardor y su
osadía,
|
|
|
Iban
de Ivri en los campos, con presteza
|
|
|
La tumba funeral a prepararle.
|
|
|
De la Liga a las bélicas
hileras
|
|
|
Avanza el gran Enrique, y a las
suyas;
|
|
|
Que inflamaba su heroica
presencia
|
|
|
Tornándose: «Nacido habéis
franceses,
|
|
|
Y Yo soy vuestro Rey. Ved allí
cerca
|
|
|
Al pérfido enemigo. A él;
seguidme.
|
|
|
Vuestros
ojos jamás de vista pierdan
|
|
|
En
lo más empeñado y formidable
|
|
|
De
la atroz tempestad que nos espera,
|
|
|
Este blanco penacho que resalta
|
|
|
Flotando al aire, sobre mi
cabeza.
|
|
|
Vosotros le veréis, a todo
trance,
|
|
|
Del honor volar siempre por las
sendas.»
|
|
|
A
estas bellas palabras, que ya en tono
|
|
|
De
vencedor, el Rey les dirigiera,
|
|
|
Advirtiendo, con júbilo,
inflamada
|
|
|
De un nuevo ardor su tropa, al
frente de ella
|
|
|
Marcha
ya, de las huestes al Dios grande
|
|
|
Religioso invocando. Tras las
huellas
|
|
|
De ambos jefes a un tiempo,
velozmente
|
|
|
A la sangrienta lid correr se
observa
|
|
|
De uno y otro partido los
guerreros;
|
|
|
Así cuando violentos se
despliegan,
|
|
|
Y con rápido vuelo precipitan
|
|
|
De
los montes que Alcides dividiera,
|
|
|
Furiosos Aquilones, al momento,
|
|
|
De
dos profundos mares contrapuestas
|
|
|
Las encrespadas olas, a los aires
|
|
|
Con espumoso choque se sublevan;
|
|
|
A lo lejos allá la Tierra gime,
|
|
|
Huye el día; del Cielo el trueno
suena;
|
|
|
Y de susto temblando el
Africano,
|
|
|
Que desplomado se hunde el
mundo, piensa.
|
|
|
Ya
en uno y otro campo, dobles muertes,
|
|
|
Al mosquete reunida, feroz
siembra
|
|
|
La mortal y fendiente cimitarra.
|
|
|
Aquel
arma, que un día, de la guerra
|
|
|
Al mal Genio inventar plugo en
Bayona, 85
|
|
|
Para
que estragos suyos más pudieran
|
|
|
Del suelo exterminar la raza
humana,
|
|
|
Reúne a un mismo tiempo, invención
negra
|
|
|
Y del Infierno mismo digno
fruto,
|
|
|
Cuanto
en manos maléficas encierran
|
|
|
Hierro
y fuego, de bárbaro y horrible.
|
|
|
Ya
se baten y mezclan. La destreza
|
|
|
Asociada al valor, la horrible
grita,
|
|
|
El gemido, el terror, la rabia
ciega,
|
|
|
La
implacable y ferviente sed de sangre,
|
|
|
De ceder al contrario la
vergüenza,
|
|
|
La
desesperación, y en fin, la muerte,
|
|
|
De
fila en fila corren y se ceban.
|
|
|
Aquí persigue el uno al propio
padre.
|
|
|
Huyendo allí un hermano, muerto
queda
|
|
|
Por el impío brazo de otro
hermano.
|
|
|
Se estremece a tal ver
naturaleza,
|
|
|
Y
de su triste sangre, a pesar suyo,
|
|
|
Se hinche aquella fatal turbia
ribera.
|
|
|
Por entre picas tantas que
erizadas
|
|
|
Parecían formar espesas selvas;
|
|
|
Por medio de sangrientos
batallones,
|
|
|
Y
de enemigos cuerpos, que atropella,
|
|
|
Penetra, Enrique, avanza, y un
camino
|
|
|
A
sus valientes tropas a abrir llega.
|
|
|
Seguiale Morné con su frescura,
|
|
|
Con su calma de espíritu
perpetua,
|
|
|
Y
cual un Genio excelso y poderoso,
|
|
|
En torno de su Rey gira y le
vela:
|
|
|
Al modo, que allá un tiempo, de
la Frigia
|
|
|
En
los guerreros campos, se fingieran
|
|
|
Los
móviles eternos e invisibles
|
|
|
De
los etéreos Orbes, por la tierra
|
|
|
En
traje de mortales disfrazados,
|
|
|
Mezclarse
y combatir en las peleas;
|
|
|
Y del Dios verdadero, al mismo
modo,
|
|
|
Que
severos ministros, y tremendas
|
|
|
Celestes e impasibles
potestades,
|
|
|
Del oraje el relámpago y
centella,
|
|
|
En
medio de los aires circundados,
|
|
|
Con faz siempre impertérrita y
serena,
|
|
|
El
Universo agitan y estremecen.
|
|
|
Él de Enrique recibe, a do quier
lleva
|
|
|
Las
órdenes supremas, que emociones
|
|
|
Repentinas, intrépidas y fieras
|
|
|
Del alma de los héroes, al
momento
|
|
|
Cambian una batalla, y fijo
dejan
|
|
|
Su triunfante destino. Él a los
jefes
|
|
|
A trasladarlas corre con
presteza.
|
|
|
El caudillo las toma, y
velozmente
|
|
|
Al eco de su voz, con
impaciencia,
|
|
|
Las
bien disciplinadas prontas haces
|
|
|
Su obediente furor mueven y
arreglan.
|
|
|
Despliéganse ya raudos, se
dividen
|
|
|
Los
trozos de las huestes, ya se cierran,
|
|
|
Ya marchan en colunas
diferentes.
|
|
|
Un espíritu solo, un plan
gobierna
|
|
|
La acción de cada trozo y
movimientos.
|
|
|
Morné yendo y tornando, hacia el
Rey vuela.
|
|
|
Él le sigue y le escolta; y
golpes varios,
|
|
|
Que contra su persona el campo
asesta,
|
|
|
Más de una vez, hablándole, le
para.
|
|
|
Por lo demás, Morné, nunca en la
guerra,
|
|
|
A
sus manos estoicas, en sangre
|
|
|
De
sus tristes hermanos permitiera
|
|
|
Que
crueles e impías se mancharan.
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|
De su Rey solamente toda llena,
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Toda ocupada el alma, si su
acero
|
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Desenvainó, fue sólo en su
defensa.
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|
|
Su
singular valor, de los combates
|
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Declarado enemigo, no recela
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El arrostrar la muerte, más sin
darla.
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Ya el ánimo indomable de Turena,
|
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Rechaza
de Nemur, las huestes turba.
|
|
|
El de Elly, por do quier
arrastra y siembra
|
|
|
La
muerte y el terror. Elly, orgulloso
|
|
|
Con
treinta años de lides, recupera,
|
|
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De
marciales combates entre horrores,
|
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A
pesar de sus canas, nuevas fuerzas:
|
|
|
Un guerrero tan solo, a la
amenaza
|
|
|
De
sus golpes se opone en la palestra.
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Un
héroe joven es, que de sus días
|
|
|
A la amena y florida primavera,
|
|
|
En
funciones de Marte se estrenaba,
|
|
|
Con tan célebre acción como
sangrienta.
|
|
|
Del más grato himeneo el dulce
cebo,
|
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|
Venía de gustar el mozo apenas.
|
|
|
Del amor favorito, de sus brazos
|
|
|
De partir acababa. La vergüenza
|
|
|
De no ser hasta entonces sino
solo
|
|
|
Célebre
por sus prendas, y la fiera
|
|
|
Ambición de otra gloria, le
arrojaba
|
|
|
A
los fieros peligros de la guerra.
|
|
|
Su joven bella esposa, en aquel
día,
|
|
|
Los
Cielos acusando, y la crueleza
|
|
|
De
la batalla y Liga maldiciendo,
|
|
|
Su tierno esposo armó triste y
violenta.
|
|
|
Con un trémulo pulso e incierta
mano
|
|
|
La pesada coraza le prendiera,
|
|
|
Y con amargas lágrimas dejara
|
|
|
De un casco preciosísimo
cubierta,
|
|
|
Una
frente de gracias tan ceñida
|
|
|
Y a
sus amantes ojos hechicera.
|
|
|
Con cólera marcial, del novel fiero
|
|
|
El juvenil orgullo se endereza
|
|
|
Contra el anciano Elly. De polvo
y humo
|
|
|
Por
entre torbellinos, que los ciegan,
|
|
|
De
muertos, moribundos, y heridos,
|
|
|
Uno y otro al través, baten y
aprietan
|
|
|
De
sus fogosos brutos los ijares.
|
|
|
Apostados
los dos sobre la hierba,
|
|
|
Con la sangre teñida y aplanada,
|
|
|
Lejos
de do campean sus banderas,
|
|
|
Se lanzan, y se buscan a seguro
|
|
|
Y
arrogante galope los atletas.
|
|
|
De
sus cotas cubiertos y su sangre,
|
|
|
Enristradas
las lanzas, ya se encuentran,
|
|
|
Y
con choque espantoso, de repente
|
|
|
Se
arremeten entrambos y golpean.
|
|
|
La tierra retembló del bote al
ruido;
|
|
|
Y
las astas al golpe en trozos quibran;
|
|
|
Al modo que en cargado, ardiente
cielo,
|
|
|
Dos
formidables nubes, que acarrean
|
|
|
En
su seno los truenos y la muerte,
|
|
|
Chocándose
en los aires, corren, vuelan
|
|
|
Sobre el furioso viento; de su
horrible
|
|
|
Conmistión los relámpagos
revientan;
|
|
|
De allí se forma el rayo, y los
mortales,
|
|
|
A su vista y estruendo de horror
tiemblan.
|
|
|
Ya
sus brutos dejando lejos de ellos,
|
|
|
Por un súbito esfuerzo, se
conciertan.
|
|
|
En bajarse a buscar muerte
distinta.
|
|
|
Ya
pie en tierra, se vibran, ya centellan
|
|
|
Los
funestos aceros en sus manos.
|
|
|
Acorre la Discordia turbulenta,
|
|
|
Y
con ella ligados de consuno,
|
|
|
El rabioso Demonio de la guerra,
|
|
|
Y la pálida parca ensangrentada,
|
|
|
Al lado de ambos héroes se
presentan.
|
|
|
¡O míseros, o ilusos
combatientes!
|
|
|
Suspended de esa lucha, de esa
ciega
|
|
|
Precipitada cólera los golpes:
|
|
|
Pero la irresistible oculta
fuerza
|
|
|
De
fatales decretos del destino,
|
|
|
Más
su furor enciende y los obceca.
|
|
|
En el contrario pecho, abrir al
alma
|
|
|
Intenta cada cual fúnebre
puerta,
|
|
|
En el pecho, que entrambos no
conocen.
|
|
|
A
los aires resalta, en cascos vuela
|
|
|
La acerada armadura que les cubre.
|
|
|
A redoblados tajos de su
diestra,
|
|
|
Lumbres al viento arrojan las
corazas.
|
|
|
Sangre, que a borbotones corre
suelta
|
|
|
De sus hondas heridas,
rebotando,
|
|
|
Su fiera mano mancha y bermejea.
|
|
|
Los formidables filos deteniendo
|
|
|
Sus
cascos y broqueles con destreza,
|
|
|
Golpes
mil aún le paran y le cubren,
|
|
|
De una muerte más pronta los
libertan.
|
|
|
De resistencia tanta absortos
ambos,
|
|
|
Admira, cada cual, honra y
respeta
|
|
|
De
su rival el ánimo y esfuerzo.
|
|
|
De
Elly mano más firme, y más certera,
|
|
|
Al joven generoso al fin
derriba,
|
|
|
De
un malhadado golpe a sus pies echa.
|
|
|
Sus vivos bellos ojos, para
siempre
|
|
|
De
la luz a los rayos ya se cierran.
|
|
|
Sobre el sangriento polvo ya su
casco
|
|
|
Arrastrando y rodando va dél
cerca.
|
|
|
Ya de Elly ve su rostro ¡Qué
lamentos!
|
|
|
Le ve, le abraza, ¡ay Dios!
¡...su hijo era.
|
|
|
Inundados
en lágrimas los ojos,
|
|
|
El desdichado padre ya la
horrenda,
|
|
|
La parricida espada vuelto
habría
|
|
|
Contra su corazón, si a tan
extremas
|
|
|
Muestras de su dolor, su brazo
alzado
|
|
|
Deteniendo, el suceso no
impidieran.
|
|
|
Parte trémulo todo; corre
huyendo
|
|
|
De una playa de horror y espanto
llena.
|
|
|
Su criminal victoria abominando,
|
|
|
Llórala eternamente, la detesta.
|
|
|
A la Corte, a los hombres, y a
la gloria
|
|
|
Para siempre renuncia, y solo
anhela,
|
|
|
Prófugo de sí mismo, al fin del
Orbe
|
|
|
Ir a esconder su tedio y dura
pena
|
|
|
En un triste desierto. Allí, del
punto,
|
|
|
En
que su luz el sol torna a la tierra,
|
|
|
Hasta
que de las ondas cristalinas
|
|
|
En el piélago a hundirla tibia
llega,
|
|
|
A los enternecidos dobles ecos
|
|
|
De
los montes, los valles y las selvas,
|
|
|
Hacían repetir acentos tristes
|
|
|
De su acerbo dolor y su
querella,
|
|
|
El
nombre, el triste nombre de su hijo.
|
|
|
Del héroe en la agonía postrimera,
|
|
|
Guiada del terror la nueva
esposa,
|
|
|
Con una errante vista y planta
incierta
|
|
|
Se acerca y llega, en fin, al
campo infausto,
|
|
|
Do pavorosa busca, y ve... ¡Qué
escena!
|
|
|
Entre
el montón de muertos,... ve a su esposo.
|
|
|
¿Eres
tú caro amante?... más sus tiernas
|
|
|
Cariñosas palabras, que
interrumpen
|
|
|
Sollozos mil, tristísimas
endechas,
|
|
|
Que al viento el labio arroja
mal formadas,
|
|
|
Del esposo adorado ya no afectan
|
|
|
El exánime oído. Ella aún sus
ojos
|
|
|
Ver
quiere, y vuelve a abrir. Ella aún aprieta
|
|
|
Con sus últimos ósculos su boca,
|
|
|
Aquella boca, que idolatra aun
yerta;
|
|
|
Ella el cadáver pálido y
sangriento
|
|
|
Entre
sus brazos trémulos sustenta;
|
|
|
Los
ojos clava en él; sobre él suspira;
|
|
|
Estréchale a su seno, y muerta
queda.
|
|
|
¡Padre,
esposa y familia deplorables!
|
|
|
¡Ejemplo lastimero, que
amedrenta,
|
|
|
Y
la imagen ofrece de unos tiempos
|
|
|
De tal ferocidad y tanta mengua!
|
|
|
Pueda el recuerdo triste y
espantoso
|
|
|
De
tan mísera y trágica pelea,
|
|
|
De todos nuestros nietos más
remotos
|
|
|
Lástimas excitar. Lágrimas pueda
|
|
|
Arrancar
de sus ojos saludables,
|
|
|
Porque
crímenes tales y fierezas
|
|
|
De
sus padres, jamás a imitar lleguen.
|
|
|
Más ¿quién cielos la Liga así dispersa?
|
|
|
Qué héroe puede, o qué Dios,
darle tal rota?
|
|
|
Biron
el joven es, cuya braveza,
|
|
|
Por entre atropellados
batallones
|
|
|
Denodado consigue abrirse senda.
|
|
|
Y el orgulloso Aumale, que la
fuga
|
|
|
De
los suyos infame a mirar llega,
|
|
|
De cólera bramando, «Deteneos;
|
|
|
¿Do,
cobardes, corréis? Parad: dad vuelta.
|
|
|
¡Huir!
¡Huir, vosotros, los famosos
|
|
|
Compañeros
de Guisa y de Mayena!
|
|
|
¡Vosotros
los valientes, que hoy de Roma
|
|
|
La causa, de París, Francia, y
la Iglesia
|
|
|
Con tanto honor debéis dejar
vengadas!
|
|
|
Del antiguo valor y virtud
vuestra
|
|
|
Acordaos, amigos, y seguidme
|
|
|
Con aliento mayor a la refriega.
|
|
|
Batíos bajo Aumale, e ya
vencisteis;»
|
|
|
Volando a su socorro, gente
llevan
|
|
|
El
feroz de Saint-Pol, Beauveau, y Foyussa
|
|
|
Con Joyeuse. Las haces ya
dispersas
|
|
|
A este refresco junta. Con
miradas
|
|
|
Enciéndelas
de fuego. Las ordena,
|
|
|
Y a su frente revuelve a un
nuevo ataque.
|
|
|
Tras él con paso rápido regresa
|
|
|
De su parte a ponerse la
fortuna.
|
|
|
De
Biron el valor y la firmeza,
|
|
|
Con rara intrepidez, paran en
vano
|
|
|
El impetuoso curso y la
violencia
|
|
|
Del torrente de huestes, que
furioso,
|
|
|
En
sus ondas hundirle, ahogarle intenta.
|
|
|
Parabére expirando ve a su lado.
|
|
|
Entre
el montón de muertos, ya por tierra
|
|
|
Mira
a Fouquier, Clermont, Angenne y Nésle,
|
|
|
Entre el polvo tendidos ya no
alientan.
|
|
|
De
exhalar sus suspiros postrimeros
|
|
|
Lleno él mismo de heridas, se
halla cerca.
|
|
|
Así Biron, así finar debiste.
|
|
|
En campos del honor muerte tan
bella
|
|
|
Tan célebre caída, la memoria
|
|
|
De
tu primer virtud eterna hicieran.
|
|
|
El
extremado trance, a que un exceso
|
|
|
Del valor de Biron, su vida
arriesga,
|
|
|
De Enrique el corazón inquieto
advierte.
|
|
|
Le amaba, no cual Rey, no a la
manera
|
|
|
De un severo señor, que sólo
sufre
|
|
|
Se aspire al alto honor, a la
suprema
|
|
|
Ventura de agradarle, y cuyo
duro
|
|
|
Corazón,
inflexible en su soberbia,
|
|
|
La sangre de un vasallo, bien
pagada
|
|
|
Con sola una mirada considera.
|
|
|
La noble llama, Enrique, conocía
|
|
|
De
la amistad; de la amistad; la prenda
|
|
|
El don del alto Cielo, y de
almas grandes
|
|
|
Dulce
placer y encanto; de la tierna
|
|
|
Oficiosa amistad, que allá los
Reyes,
|
|
|
Los
ilustres ingratos, de su esfera
|
|
|
Por bastante desgracia no
conocen.
|
|
|
A socorrerle al punto Enrique
vuela;
|
|
|
Y el mismo activo ardor, que
fino guía,
|
|
|
Que al socorro sus pasos veloz
lleva,
|
|
|
Más vigor a su brazo, y a su
vuelo
|
|
|
Impulsiones prestaba más
violentas.
|
|
|
Biron, a quien ya asaltan, ya
circundan
|
|
|
De una prójima muerte sombras
negras,
|
|
|
De su valiente Rey y augusto
amigo,
|
|
|
Confortado a la súbita
presencia,
|
|
|
Hace un postrer esfuerzo; e
incontinente,
|
|
|
De
Borbón a la voz, llama y releva
|
|
|
De
su vida los restos. Huye todo,
|
|
|
De Borbón al denuedo todo ceja.
|
|
|
Tu
Rey ¡joven Biron! tu Rey te arranca
|
|
|
Al tropel de enemigos, que fin
dieran
|
|
|
Con redoblados golpes a tu
aliento,
|
|
|
Sin darte de su amor tan fina
prueba.
|
|
|
Vives,
Biron. La vida a tu Rey debes.
|
|
|
Vivirle siempre fiel, al menos,
piensa.
|
|
|
¿Qué
estrépito espantoso deja oírse?
|
|
|
La Discordia es, maligna y
turbulenta,
|
|
|
Que del héroe oponiendo a las
virtudes
|
|
|
Su
implacable furor, de un ira nueva
|
|
|
Los
ligados enciende. Al frente de ellos
|
|
|
Pónese el monstruo horrible, y
la trompeta
|
|
|
Del infierno, a lo lejos, por el
soplo
|
|
|
De su boca fatal, hórrida suena.
|
|
|
A
sus acentos bárbaros, de Aumale
|
|
|
Harto bien conocidos, se subleva
|
|
|
Su cólera, se inflama, se
embravece;
|
|
|
Y repentinamente, a la manera
|
|
|
Que va del arco elástico
impelida
|
|
|
Por los aires silbando una
saeta,
|
|
|
Busca al héroe, y sobre él solo
se arroja.
|
|
|
En tumulto una tropa se
descuelga
|
|
|
De ligados allí; del modo mismo
|
|
|
Que
en hondos matorrales de florestas,
|
|
|
Con ojo ensangrentado, hasta su
fondo
|
|
|
Precipitados corren y penetran
|
|
|
El alano y lebrel, fieros
esclavos
|
|
|
Del
amo que los nutre y los arriesga
|
|
|
A ensangrentadas luchas, cual
nacidos
|
|
|
Para
presas y muertes carniceras,
|
|
|
A un jabalí valiente en torno
acosan;
|
|
|
Sus bravíos furores exacerban,
|
|
|
Y con cólera ciega encarnizados,
|
|
|
Los riesgos no advirtiendo, la
corneta
|
|
|
Su belicoso instinto irrita al
lejos,
|
|
|
Y
las rocas, los montes y las cuevas,
|
|
|
De
alaridos retumban y ladridos:
|
|
|
Así enemigos mil a Enrique
cercan,
|
|
|
Y él solo contra todos, de la
suerte
|
|
|
Impía abandonado: de una espesa
|
|
|
Muchedumbre
entre abismos, y sitiado
|
|
|
De
la muerte en tal trance, se contempla.
|
|
|
Del
alto de los cielos, en peligro
|
|
|
Tan horrible y extremo, invicta
fuerza
|
|
|
Presta Luis al héroe a quien
amaba,
|
|
|
Y que a modo de roca, que
altanera,
|
|
|
Amenaza
las nubes, de los vientos
|
|
|
El
ímpetu rechaza, y la violencia
|
|
|
De
las olas quebranta, que le embisten.
|
|
|
¡Quién fielmente narrar aquí
pudiera
|
|
|
La
sangre y mortandad, de que vio entonces
|
|
|
Cubrir el Euro triste sus
riberas!
|
|
|
¡O
vosotros sangrientos sacros manes
|
|
|
Del más valiente Rey que el
mundo cuenta!
|
|
|
Mi espíritu ilustrad y mi
memoria;
|
|
|
Por
el eco explicaos de mi lengua.
|
|
|
Él ve como al socorro velozmente
|
|
|
Acude
de su Rey su fiel nobleza;
|
|
|
Cual muere por su Rey, al mismo
paso,
|
|
|
Que por ella, también, su Rey se
arriesga.
|
|
|
El terror y el espanto le
preceden.
|
|
|
De
sus golpes en pos la muerte vuela;
|
|
|
Cuando a su indignación y fiera
saña,
|
|
|
A exponerse el de Egmond osado
llega.
|
|
|
Había
este extranjero, en lo más fuerte
|
|
|
De
batalla tan hórrida y sangrienta,
|
|
|
De su valor iluso, largo tiempo
|
|
|
Del Rey andado en busca. Su
soberbia,
|
|
|
Irritaba
el honor de combatirle,
|
|
|
Por más que a extrema costa tal
vez fuera,
|
|
|
De que su temerario y loco
orgullo,
|
|
|
A la tumba fatal le condujeran.
|
|
|
«Ven, Borbón, le gritaba, a
alzar tu gloria.
|
|
|
Combatamos
los dos. Acción es nuestra
|
|
|
La victoria fijar.» A estas
palabras,
|
|
|
Un relámpago, al punto, augural
seña,
|
|
|
Frecuente mensajero del destino,
|
|
|
Iluminando, hiende y atraviesa
|
|
|
Los
espacios del aire. Que su trueno
|
|
|
Retumbe sobre el campo, al punto
ordena
|
|
|
El
árbitro y señor de los combates.
|
|
|
Bajo
sus pies temblar siente la tierra
|
|
|
Atónito el soldado. Que su apoyo
|
|
|
Los
Cielos le debían, Egmond piensa;
|
|
|
Que su causa defienden, y en pro
suyo,
|
|
|
A combatir de lo alto se dan
priesa;
|
|
|
Que la naturaleza atenta toda
|
|
|
Al grandioso interés de tal
palestra,
|
|
|
Celosa de su gloria, por las
voces
|
|
|
De aquel trueno, su triunfo a
entender diera.
|
|
|
De
Egmond logra alcanzar, y en el costado
|
|
|
Hiere por fin al héroe. Se contempla 86
|
|
|
Con derramar su sangre ya
triunfante.
|
|
|
El
Rey, que se halla herido, y de ver echa
|
|
|
Sin turbarse el peligro, su
ardor noble
|
|
|
A medida del riesgo activo
aumenta.
|
|
|
Su
grande corazón, de haber hallado
|
|
|
Del honor en los campos, competencia
|
|
|
De
rivales tan fieros, y tan dignos
|
|
|
De
su insigne valor, se lisonjea.
|
|
|
De
entorpecerle lejos, más le aviva
|
|
|
La
herida que recibe; y con braveza,
|
|
|
Con impetuoso ardor,
incontinente
|
|
|
Sobre el rival ufano, se
despeña.
|
|
|
De un golpe más seguro derribado,
|
|
|
De
repente el De Egmond tendido queda.
|
|
|
Del centellante acero fue en un
punto
|
|
|
Su pecho traspasado. Sobre él
trepan,
|
|
|
Con
sus teñidos pies en fresca sangre,
|
|
|
Los
inquietos caballos. Las tinieblas
|
|
|
De
la parca, sus ojos eclipsaron;
|
|
|
Y
entre rabiosas furias toda envuelta,
|
|
|
De los muertos, volando parte su
alma
|
|
|
A la región obscura, do en
presencia
|
|
|
De su padre, remuerdos la
devoran.
|
|
|
Españoles
tan fieros, hueste íbera,
|
|
|
Terrible tanto un tiempo y
decantada!
|
|
|
La
muerte del de Egmond, vuestras guerreras
|
|
|
Virtudes abismó. Vosotros
visteis
|
|
|
La faz al miedo allí, por vez
primera.
|
|
|
De
helada turbación y mustio espanto
|
|
|
Sobrecoge
el espíritu, y aterra
|
|
|
Al alarmado ejército. En un
vuelo
|
|
|
Pasa
de fila en fila y al fin, llena
|
|
|
Todo el confuso campo. El tino
pierden;
|
|
|
Embárganse
los jefes, y se encuentran
|
|
|
Perdidos
los soldados. Los primeros,
|
|
|
No aciertan a ordenar, de mandar
cesan;
|
|
|
Y a su vez, los segundos no
obedecen;
|
|
|
Sus banderas arrojan; grita
horrenda
|
|
|
A
los vientos despiden; y entregados
|
|
|
A una afrentosa fuga, en medio
de ella,
|
|
|
Y del ciego pavor, unos con
otros
|
|
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Tropezando, chocando, y dando en
tierra,
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Se dispersan confusos y
extraviados.
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Ríndense al Vencedor sin
resistencia,
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Sus
cadenas, los unos, de rodillas
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Pidiéndole por gracia. Otros,
intentan
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El alcance evitar en rauda fuga,
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Y del Euro ganando las riberas,
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Estúpido terror los precipita
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En su profundo abismo, y con la
mesma
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Muerte,
de que huir quieren, al fin topan.
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Las
ondas de cadáveres cubiertas,
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Del río interceptando la
corriente,
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Retrocede espantado, y se nivela
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De su frente a la altura
originaria
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Mayenne, que de espanto
incapaz era,
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Sereno, aunque afligido, en tal
desorden
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De
su espíritu dueño, aún firme observa
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Su
fortuna cruel; y a sus reveses
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En jornada cediendo tan funesta,
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En otra más propicia a lo
adelante,
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Aún aguarda, animoso, triunfar
de ella.
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Cerca dél, al contrario, Aumale
fiero,
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Con un mirar rabioso, acusa,
execra
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Los
Flamencos, el Cielo y la Fortuna.
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«Todo perdido se ha ¿Qué es lo
que resta?
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Morir ¡bravo Mayenne! morir
solo.»
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Dejad de tal furor tan vanas
muestras,
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El caudillo responde. No, de
Aumale.
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Vivid para un partido que os
aprecia
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Tanto como le honráis, para que
un día
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La derrota del de hoy reparar
pueda,
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Y
el daño redimir, en mejor tiempo,
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De
la suerte que en este nos fue adversa.
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Vivid, valiente Aumale, y con
constancia,
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De
este revés en hora tan funesta,
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Junto con Rois-Dauphin, los
tristes restos
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Aplegad de la rota soldadesca,
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Y
de París seguidme hasta los muros.
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Las
reliquias batidas y dispersas
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De
la Liga reunid. Así, excedemos
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Del vencido Coliñi la fiereza.»
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Al oírle el de Aumale, se
enfurece,
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Y de cólera llora. No sin pena,
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Parte a cumplir un orden que
abomina;
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Cual el fiero león, que mano
experta
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Domar de un moro supo, al dueño
dócil,
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Más
feroz y terrible a otro cualquiera,
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A la frecuente mano que conoce,
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Somete horriblemente su cabeza;
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Le
sigue aunque con aire formidable;
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Feroz, rugiendo aún, le
lisonjea,
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Y amenazar parece obedeciendo.
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El
caudillo, entre tanto, se acelera
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A dejar escondidas, con su fuga,
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De
París entre muros sus afrentas.
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Victorioso Borbón, por todas partes
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Correr ve los ligados, sin
defensa,
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A implorar sus piedades. Al
momento,
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Las bóvedas del Cielo allí
entreabiertas,
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Los
Manes visto se han de los Borbones,
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Que
desde él a los aires descendieran,
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Y el inmortal Luis, rodeado todo
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De la augusta celícola Asamblea,
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Por mejor contemplar a su hijo
Enrique,
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Bajó del firmamento a tanta
escena.
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De
los Borbones vino el jefe excelso,
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A observar como el héroe usar
supiera
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De
sus ilustres triunfos, y acabara
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De merecer la gloria que le
cerca.
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Cabe el Rey, sus soldados, los
vencidos,
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Que a su golpe mortal huir
pudieran,
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Con
ojos de furor miran, y rabian.
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Los
prisioneros trémulos, que llevan
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De
Enrique a la presencia, absortos, mudos,
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|
De su suerte final el fallo
esperan.
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En
sus errantes y turbados ojos,
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Con el mortal despecho, y la vil
mengua,
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Pintaban, y el espanto, su
desastre.
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Sus
miradas, Borbón, de gracia llenas,
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Y
en que a un tiempo reinaban la dulzura
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Y
la audacia, sobre ellos caer deja.
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«Libres
estáis, les dice. De hoy más quede
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Sólo a la voluntad y elección
vuestra,
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El ser mis enemigos o vasallos.
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Entre
mí ya podéis y el de Mayena
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Reconocer un dueño. Ved,
franceses,
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Quién
de los dos más bien serlo merezca.
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O esclavos de la Liga, o, de un
Rey socios;
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Id,
si os place, a gemir bajo de aquélla,
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O a triunfar bajo de éste.
Elegid digo.»
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A
estas palabras, que de un Rey salieran
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Ya de gloria cubierto, sobre un
campo
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De
batalla, en el seno de la mesma
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Victoria, desvariados,
sorprendidos
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Vense los prisioneros: se
demuestran
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Contentos de su rota; y a gran
dicha
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Teniendo el ser vencidos, se
clarean
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Sus
anublados ojos, y en su pecho,
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Muere
todo el rencor, que en él viviera.
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De Borbón el valor los ha
vencido;
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Y tanto su virtud los encadena,
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Que ya del mero nombre de
soldados
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Del Rey, alarde haciendo, solo
anhelan
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Su crimen a expiar, con ley
ardiente
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|
Marchando, a lo adelante, tras
sus huellas
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Benigno el vencedor, y generoso,
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Que cese ya el degüello presto
ordena.
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Dueño
de sus guerreros, su coraje
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Cede a su regia voz, y se sosiega.
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Ya no es Enrique el León, bañado
todo
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En
sangre de la lid, que fiero lleva
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La
muerte y el terror de fila en fila.
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Un
Dios es, que benéfico, ya suelta
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|
De su potente mano el rayo
horrible,
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Y
que la tempestad calma y enfrena,
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Consuelos dando al mundo. Dulces
rasgos
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De la benignidad, la paz ya
sella
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Sobre aquella terrible,
amenazante,
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Y ensangrentada frente. Vida
nueva,
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Por
sus humanas órdenes recobran,
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Los que la luz del día ven
apenas;
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Y
sobre sus peligros, sus trabajos,
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|
Y sus
necesidades y miserias,
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|
Sus
cuidados extiende, y cual un padre,
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|
Atento y oficioso se desvela.
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De
lo veraz lo mismo que lo falso,
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|
La peregrina rápida y parlera,
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Que a medida que avanza, abulta
y crece,
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Y
más leve que el viento, en alas vuela
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|
Hasta allá mucho más de inmensos
mares,
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|
De un polo al otro pasa de la
tierra,
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Y
el Universo ocupa. De este monstruo,
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|
De
ojos lleno, de bocas y de orejas,
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|
Que igualmente celebra de los
reyes
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Los
prodigiosos hechos, que las menguas;
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|
Que bajo sí reúne con el miedo
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Duda
y credulidad, y que concierta
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Con el afán curioso, la
esperanza,
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La retumbante voz, fue cual
trompeta,
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Del
héroe de la Francia, de sus glorias,
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|
|
Y
sus ilustres triunfos pregonera.
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|
Del Tajo al Erídano, vuela al
golpe
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|
El grandioso y sonoro ruido de
ella.
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Espántase el soberbio Vaticano.
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|
Salta el Norte a tal voz de
complacencia:
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|
Y Madrid, por su parte,
entristecido,
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|
Tiembla de espanto, al fin, y de
vergüenza.
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¡O
infelice París! ¡o ciudadanos,
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Que
engañados vivís en lid tan terca!
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¡Falaces sacerdotes! ¡Infiel
Liga!
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¡De
dolor con que gritos, con que quejas
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|
Vuestros templos entonces
resonaron!
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Allí, desmelenadas las cabezas
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De
ceniza cubristeis. ¿Y aún maquina
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Adular vuestro espíritu Mayena?
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Él de esperanzas lleno, aunque
vencido,
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|
Del retiro afrentoso en que se
encierra,
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Con sagaz artificio disfrazaba
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A la atónita Liga, ya perpleja,
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|
Lo
irreparable y cruel de su derrota.
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Contra una suerte de armas tan
adversa,
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|
De nuevo asegurarle pretendía.
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|
Su desgracia ocultándole, aún
espera
|
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|
Repararla tal vez, y quiere en
tanto,
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|
|
Por mil falsos rumores que audaz
siembra,
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|
|
Su celo reanimar y antiguo
orgullo.
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|
A pesar, entretanto, de
consejas,
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|
|
Y
de invenciones tantas y artificios,
|
|
|
La Verdad, siempre clara,
siempre fiera,
|
|
|
La
Verdad a sus ojos le desmiente,
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|
|
Su impostura confunde, y al fin
vuela,
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|
|
De
boca en boca, helando y abatiendo
|
|
|
Los
corazones todos que imbuyera.
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|
|
Obstinada y astuta la Discordia,
|
|
|
De ello por fin se aflige, de
ello tiembla,
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|
|
Y su furiosa rabia redoblando,
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|
|
«Yo
no he de ver jamás, dice, que sean
|
|
|
Arruinadas
mis obras; que en los muros
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|
|
De este mi Pueblo fiel, ya se
vertieran
|
|
|
Por
mí ponzoñas tantas; que encendida
|
|
|
Fuese tanta voraz horrible
hoguera;
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|
|
Y que
de sangre, al fin, por tantas olas,
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|
|
Cimentada tuviese mi potencia,
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Para dejar a Enrique el vasto
imperio
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De la Francia, que al mio vi
sujeta.
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Por
más que formidable, fuerte e invicto
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|
Ese glorioso Príncipe ser pueda,
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|
El arte todavía no me falta
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De enflaquecer su ardor. Si con
la fuerza
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|
Vencerle no he podido,
afeminarle
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|
|
Podré al menos bien pronto. A su
braveza,
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|
|
A su excelsa virtud, esfuerzos
vanos
|
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|
No opongamos de hoy más. Probado
queda,
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Que al indomable Enrique, con
suceso
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|
Jamás podrá oponerse, en
competencia,
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|
Otro algún vencedor; que Enrique
mismo,
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|
Sólo a su corazón es a quien
deba
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|
Ese Borbón temblar. Por él hoy
quiero
|
|
|
Solamente asaltarle, y de
sorpresa
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|
Mal
herirle y vencerle.» Dijo; y pronto
|
|
|
Del Euro abandonando las riberas,
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|
Sobre un carro teñido en sangre
humana,
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|
|
Y del odio tirado en nubes
densas,
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|
|
Que el día tornan pálido, ya
parte,
|
|
|
Y en busca del Amor rápida
vuela.
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