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François-Marie Arouet de Voltaire
La Henriada

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Canto octavo

Argumento

     

El Conde de Egmond viene de parte del Rey de España al socorro de Mayenne, y de

 

   los Ligados. Batalla de Ivry, en que es deshecho Mayenne, y muerto de Egmond.

 

   Valor y clemencia de Enrique el Grande.



                              

De los Estados en París reunidos,

 

Atónita y confusa la Asamblea,

 

Aquel orgullo, de que inflada estaba

 

Al principio, a este tiempo ya perdiera.

 

De Enrique al solo nombre, los Ligados,

 

De horror y espanto llenos, que quisieran

 

Un Monarca elegirse, ya en olvido

 

Parecían poner. Nada pudiera

 

De su furor fijar la incertidumbre;

 

Y en medio del temor y la flaqueza,

 

No osando coronar, y aún mucho menos

 

Destituir al tirano, se abatieran

 

A confirmar, en tanto, por edictos

 

De la más vergonzosa complacencia,

 

El poder y lugar de que gozaba,

 

Sin que de los Estados le vinieran.

 

     De Teniente del Reino, aunque sin jefe 77

 

El que nombre usurpó, Rey sin diadema,

 

Conservado hubo siempre en su partido,

 

Del poder más supremo la influencia.

 

Un obediente pueblo, de que, astuto,

 

Ser apoyo afectaba con destreza,

 

Gustoso, combatir y dar la vida

 

Por su causa y persona, le ofreciera.

 

De nuevas esperanzas, de este modo,

 

El pecho rebozando de Mayenne,

 

A Consejo convoca, y congregados

 

Rápidamente en él a contar llega,

 

Cuantos bravos caudillos, orgullosos,

 

Vengar resuelto habían sus querellas.

 

Los Canillacs, los Chatres y San-Poles,

 

Los Brisacs, los Nemours, y los Lorenas

 

Y aun Joyeuse, el voluble, acuden prontos.

 

La venganza, la rabia y la braveza,

 

La desesperación, y el fiero orgullo,

 

En sus rostros pintados se demuestran.

 

Con un trémulo paso, algunos de ellos,

 

Exhaustos de la sangre que vertieran

 

En mortales peleas, caminaban:

 

Pero esta sangre misma que corriera,

 

Estas mismas batallas y derrotas,

 

Estas heridas mismas, aún abiertas,

 

Los excitaban más, y enfurecían

 

Al vengador desquite de su afrenta.

 

Cada cual, de Mayenne, como un rayo,

 

A colocarse al lado parte apriesa,

 

Y dél, espada en mano, en torno puestos,

 

Vengar juraron todos sus ofensas;

 

Así sobre las cumbres del Olimpo,

 

Y de Tesalia en campos, se fingiera

 

Allá un tiempo, la impía y audaz tropa

 

De los soberbios hijos de la Tierra

 

Amontonando rocas sobre rocas,

 

Y a los Cielos braveando, en su demencia,

 

Con la esperanza estólida embriagados,

 

De destronar los Dioses de su esfera.

 

     Al momento, entreabriéndose una nube,

 

La Discordia a la vista se le ostenta,

 

Sobre un carro flamígero montada.

 

Ánimo, sus, les dice, que ya llegan

 

A auxiliaros, franceses. Ya es forzoso

 

El vencer o morir. Voz halagüeña,

 

A la cual, el primero se levanta

 

Parte corriendo Aumale, y al ver cerca

 

Las relumbrantes lanzas españolas,

 

«Ahí tenéis, exclamó, ved de la Iberia

 

El auxilio rogado largo tiempo,

 

Y siempre diferido al ansia nuestra.

 

El Austria al fin, amigos, sus falanges,

 

Su socorro a la Francia le franquea

 

Dice: y Mayenne, entonces, afanoso

 

A las puertas se avanza. Verse deja

 

El extranjero auxilio de aquel lado,

 

Do el fúnebre lugar se reverencia,

 

Que de nuestros monarcas, ya de antiguo,

 

Consagrara la muerte a tumbas regias.

 

La formidable masa de las armas,

 

Que blandientes al aire centellean,

 

El oro refulgente, el lucio acero,

 

Las picas, que afiladas reverberan,

 

Los cascos, los penachos, los arneses,

 

De la pompa el atruendo y la soberbia,

 

Del sol los mismos rayos parecían

 

En el campo retar a competencia.

 

De tropel a su encuentro el pueblo acorre;

 

Y con una algazara y grita fiera,

 

Al jefe, que en su auxilio Madrid manda,

 

Colma de bendiciones, y festeja.

 

Era el joven Egmond, tenaz guerrero:

 

De un padre generoso e infeliz, era

 

El hijo más indigno y ambicioso. 78

 

De Bruselas los muros nacer vieran

 

Al hijo de Egmond, a quien cegara

 

De la patria el amor, y la cabeza

 

Perdiera en un cadalso, sosteniendo

 

Los sagrados derechos de los belgas,

 

Sus míseros patriotas, de los Reyes

 

Vejados y oprimidos por la fuerza.

 

Ruin hijo de Egmond, procaz soldado,

 

Áulico vil, al fin, adula y besa

 

Largo tiempo la mano que a su padre

 

De un tirano poder víctima hiciera.

 

A destructores males de su patria,

 

Por política, infiel, servicios presta;

 

Y al paso que a París lleva socorro,

 

Cruel persecución trae a Bruselas.

 

Como a un Dios tutelar, el rey Felipe,

 

Del Sena le enviara a las riberas

 

Con auxilio al rebelde, quien creía,

 

Del Rey llevar con él hasta las tiendas,

 

A su vez los terrores y la muerte.

 

Del temerario orgullo va las huellas

 

El impetuoso joven ocupando.

 

¡Con qué placer, gran Rey, de cerca observas

 

Su fantástica audacia! ¡Con qué anhelo,

 

Tus ansias el instante aguijonean

 

De un combate, del Cual, altos destinos

 

Del Estado pendientes consideras!

 

     Del Iton bien cercano a las orillas,

 

Y del Euro a las márgenes amenas,

 

Un campo afortunado deja verse,

 

De la madre natura amor y prenda;

 

Largo espacio de tiempo, por fortuna

 

Supieran respetar furiosas guerras,

 

Los preciosos tesoros de que Flora,

 

Y el Céfiro halagüeño embellecieran

 

Su dichoso distrito. Entre furores

 

De civiles discordias y contiendas,

 

Los sencillos pastores del contorno,

 

Correr vieran en calma y paz serena

 

Sus días y sus años, protegidos

 

Por la piedad del Cielo y su pobreza.

 

De bálago al abrigo de sus techos,

 

De la desaforada soldadesca

 

Desdeñar parecían la codicia.

 

A cubierto de alarmas, aún no oyeran

 

Del tambor y las armas el estruendo.

 

Los campos enemigos allí llegan,

 

Y la desolación por todas partes

 

Delante de ellos marcha. Se consternan

 

Las riberas del Iton y del Euro.

 

Lleno el pastor de espanto, allá en las selvas,

 

Amilanado todo, va a esconderse;

 

Y su dulce mitad, y madre tierna,

 

Arrebatando en brazos y llorando

 

Sus queridos hijuelos tras él lleva.

 

     De esos valles de encantos y gracias llenos

 

¡Infeliz habitante! no tus quejas,

 

No a tu Rey esas lágrimas imputes.

 

Si él las batallas busca o las acepta,

 

Para darte la paz es solamente.

 

Dones y beneficios con largueza

 

Derramará su mano, en mejor tiempo,

 

Sobre vuestros hogares que hoy molesta.

 

Terminar vuestros males solo quiere.

 

Él os ama cual padre, y os lamenta;

 

Y en esta, en esta misma atroz jornada,

 

Por vuestro solo amor y bien pelea.

 

     Siéndole tan preciosos los instantes,

 

Ya por todas las filas Borbón vuela

 

Sobre un fogoso corcel, más que el viento

 

Rápido y adiestrado en la carrera,

 

Que embravecido todo y orgulloso

 

De aquel augusto peso que en sí lleva,

 

Hinchando la nariz, y con pie corvo

 

Excavando arrogante el ancha arena,

 

Llamando estar parece los peligros,

 

Y el fuego respirando de la guerra.

 

     Ya brillan, cabe el Rey, cuantos campeones

 

De su honor y su gloria socios fueran,

 

Y de sus mismos lauros ya ceñidos.

 

El anciano de Aumont, que las banderas 79

 

Siguiera con honor de cinco Reyes;

 

Biron, de cuyo nombre el eco siembra 80

 

En la enemiga hueste mil alarmas;

 

Su entonces joven hijo, de harto inquieta

 

Ardorosa y violenta bizarría,

 

Que después... más entonces Biron era 81

 

Virtuoso aún. Allá más lejos vienen

 

Los que al crimen tenían guerra abierta

 

Y declarado horror, y que la Liga

 

La misma Liga atónita respeta,

 

Por más que los malquiera y los deteste,

 

Sully, Nangí, Crillon, y el de Turena, 82

 

El que en Sedan, después, la mano, el nombre,

 

Y la soberanía mereciera

 

De la joven Buillón; soberanía

 

Infeliz, mal guardada, y bien apriesa

 

Por Armando oprimida y derrocada,

 

Apenas erigida a su grandeza.

 

Vese con esplendor alzarse entre ellos

 

Cual palma, Essex, airosa y altanera, 83

 

Que del país mezclando en los jardines

 

A los frondosos olmos, que se elevan,

 

Su noble y grave frente, envanecida

 

De su extranjero tronco gallardea.

 

Su engalanado casco centellaba

 

Con el rojo fulgor de que le cercan

 

Adornos mil preciosos de oro fino,

 

Y el sartal de diamantes y preseas,

 

A porfía brillantes caros dones,

 

Con que de su Señora a la fiereza

 

Del de Essex el valor, o la ternura

 

Más bien, supremamente honrar pluguiera.

 

¡Ambicioso de Essex! Tú, ser a un tiempo,

 

Un día conseguiste de tu Reina

 

Tierno objeto de amor, y el firme apoyo

 

De tus Reyes, también, y la defensa.

 

Algo allá más distante los Tremvilles, 84

 

Los Clermons y Feuquieres, se presentan,

 

Y el infeliz De Nesle, y Lesdiguieres,

 

De condición y estrella bien diversas;

 

Y el anciano De Elly, a quien ha sido

 

Esta ilustre jornada tan funesta.

 

De heroicos varones tropa tanta,

 

Corre a apostarse, ufana, del Rey cerca,

 

Y la seña aguardando, en su semblante,

 

De la victoria ya gloriosa y cierta

 

Presagios mil felices divinaba.

 

     En situación tan túrbida, Mayenne,

 

Su corazón sintiendo desmayado,

 

A hallar en él su esfuerzo en vano anhela,

 

Ora fuese, que al cabo, de la causa

 

La injusticia advirtiendo su conciencia,

 

Recele gravemente, que propicio

 

Sus armas proteger el Cielo quiera;

 

Ora, que el alma, en fin, presentimientos,

 

Verdaderos anuncios tal vez tenga,

 

De los grandes reveses precursores.

 

Dueño no obstante aún de su flaqueza,

 

Con simulado gozo, sabe el héroe

 

Encubrir de su pecho duras penas.

 

Se reanima, se escita, y la esperanza,

 

Que ya él mismo, marchita, no sustenta,

 

Inspirar al soldado conseguía.

 

     Junto a él, lleno Egmond de la soberbia,

 

Del confiado orgullo, y la arrogancia

 

Que de ordinario influye la imprudencia

 

En juveniles años, impaciente

 

De ejercer su valor; la marcha lenta

 

Del perplejo Mayenne acriminaba.

 

     Hervía su coraje; a la manera,

 

Que escapado del ancho y verde seno

 

De amenas praderías y risueñas,

 

Al eco retumbante de la trompa,

 

Que anima el fiero ardor de su braveza,

 

En los fértiles campos de la Tracia,

 

Inquieto e indócil bruto, en quien humea

 

Un belicioso fuego, suelta al aire

 

De su altanero cuello la crin crespa,

 

Con anheloso aliento, por el campo

 

Trepa, galopa, corre, a la lid vuela,

 

De la rienda impaciente el freno tasca,

 

La oreja eriza, y brinca por la hierba;

 

Así Egmond parecía. Un furor noble

 

Por sus ojos brillando, llamas echa,

 

Y en su animoso pecho late y arde.

 

Lisonjéase ya, ya se recrea

 

En sus próximas glorias, y presume,

 

Que su altivo destino al triunfo impera.

 

¡Ha infeliz! Él no sabe que el orgullo,

 

La presunción fatal, y la impaciencia

 

De su guerrero ardor y su osadía,

 

Iban de Ivri en los campos, con presteza

 

La tumba funeral a prepararle.

 

     De la Liga a las bélicas hileras

 

Avanza el gran Enrique, y a las suyas;

 

Que inflamaba su heroica presencia

 

Tornándose: «Nacido habéis franceses,

 

Y Yo soy vuestro Rey. Ved allí cerca

 

Al pérfido enemigo. A él; seguidme.

 

Vuestros ojos jamás de vista pierdan

 

En lo más empeñado y formidable

 

De la atroz tempestad que nos espera,

 

Este blanco penacho que resalta

 

Flotando al aire, sobre mi cabeza.

 

Vosotros le veréis, a todo trance,

 

Del honor volar siempre por las sendas

 

A estas bellas palabras, que ya en tono

 

De vencedor, el Rey les dirigiera,

 

Advirtiendo, con júbilo, inflamada

 

De un nuevo ardor su tropa, al frente de ella

 

Marcha ya, de las huestes al Dios grande

 

Religioso invocando. Tras las huellas

 

De ambos jefes a un tiempo, velozmente

 

A la sangrienta lid correr se observa

 

De uno y otro partido los guerreros;

 

Así cuando violentos se despliegan,

 

Y con rápido vuelo precipitan

 

De los montes que Alcides dividiera,

 

Furiosos Aquilones, al momento,

 

De dos profundos mares contrapuestas

 

Las encrespadas olas, a los aires

 

Con espumoso choque se sublevan;

 

A lo lejos allá la Tierra gime,

 

Huye el día; del Cielo el trueno suena;

 

Y de susto temblando el Africano,

 

Que desplomado se hunde el mundo, piensa.

 

     Ya en uno y otro campo, dobles muertes,

 

Al mosquete reunida, feroz siembra

 

La mortal y fendiente cimitarra.

 

Aquel arma, que un día, de la guerra

 

Al mal Genio inventar plugo en Bayona, 85

 

Para que estragos suyos más pudieran

 

Del suelo exterminar la raza humana,

 

Reúne a un mismo tiempo, invención negra

 

Y del Infierno mismo digno fruto,

 

Cuanto en manos maléficas encierran

 

Hierro y fuego, de bárbaro y horrible.

 

Ya se baten y mezclan. La destreza

 

Asociada al valor, la horrible grita,

 

El gemido, el terror, la rabia ciega,

 

La implacable y ferviente sed de sangre,

 

De ceder al contrario la vergüenza,

 

La desesperación, y en fin, la muerte,

 

De fila en fila corren y se ceban.

 

Aquí persigue el uno al propio padre.

 

Huyendo allí un hermano, muerto queda

 

Por el impío brazo de otro hermano.

 

Se estremece a tal ver naturaleza,

 

Y de su triste sangre, a pesar suyo,

 

Se hinche aquella fatal turbia ribera.

 

     Por entre picas tantas que erizadas

 

Parecían formar espesas selvas;

 

Por medio de sangrientos batallones,

 

Y de enemigos cuerpos, que atropella,

 

Penetra, Enrique, avanza, y un camino

 

A sus valientes tropas a abrir llega.

 

Seguiale Morné con su frescura,

 

Con su calma de espíritu perpetua,

 

Y cual un Genio excelso y poderoso,

 

En torno de su Rey gira y le vela:

 

Al modo, que allá un tiempo, de la Frigia

 

En los guerreros campos, se fingieran

 

Los móviles eternos e invisibles

 

De los etéreos Orbes, por la tierra

 

En traje de mortales disfrazados,

 

Mezclarse y combatir en las peleas;

 

Y del Dios verdadero, al mismo modo,

 

Que severos ministros, y tremendas

 

Celestes e impasibles potestades,

 

Del oraje el relámpago y centella,

 

En medio de los aires circundados,

 

Con faz siempre impertérrita y serena,

 

El Universo agitan y estremecen.

 

Él de Enrique recibe, a do quier lleva

 

Las órdenes supremas, que emociones

 

Repentinas, intrépidas y fieras

 

Del alma de los héroes, al momento

 

Cambian una batalla, y fijo dejan

 

Su triunfante destino. Él a los jefes

 

A trasladarlas corre con presteza.

 

El caudillo las toma, y velozmente

 

Al eco de su voz, con impaciencia,

 

Las bien disciplinadas prontas haces

 

Su obediente furor mueven y arreglan.

 

Despliéganse ya raudos, se dividen

 

Los trozos de las huestes, ya se cierran,

 

Ya marchan en colunas diferentes.

 

Un espíritu solo, un plan gobierna

 

La acción de cada trozo y movimientos.

 

Morné yendo y tornando, hacia el Rey vuela.

 

Él le sigue y le escolta; y golpes varios,

 

Que contra su persona el campo asesta,

 

Más de una vez, hablándole, le para.

 

Por lo demás, Morné, nunca en la guerra,

 

A sus manos estoicas, en sangre

 

De sus tristes hermanos permitiera

 

Que crueles e impías se mancharan.

 

De su Rey solamente toda llena,

 

Toda ocupada el alma, si su acero

 

Desenvainó, fue sólo en su defensa.

 

Su singular valor, de los combates

 

Declarado enemigo, no recela

 

El arrostrar la muerte, más sin darla.

 

Ya el ánimo indomable de Turena,

 

Rechaza de Nemur, las huestes turba.

 

El de Elly, por do quier arrastra y siembra

 

La muerte y el terror. Elly, orgulloso

 

Con treinta años de lides, recupera,

 

De marciales combates entre horrores,

 

A pesar de sus canas, nuevas fuerzas:

 

Un guerrero tan solo, a la amenaza

 

De sus golpes se opone en la palestra.

 

Un héroe joven es, que de sus días

 

A la amena y florida primavera,

 

En funciones de Marte se estrenaba,

 

Con tan célebre acción como sangrienta.

 

Del más grato himeneo el dulce cebo,

 

Venía de gustar el mozo apenas.

 

Del amor favorito, de sus brazos

 

De partir acababa. La vergüenza

 

De no ser hasta entonces sino solo

 

Célebre por sus prendas, y la fiera

 

Ambición de otra gloria, le arrojaba

 

A los fieros peligros de la guerra.

 

Su joven bella esposa, en aquel día,

 

Los Cielos acusando, y la crueleza

 

De la batalla y Liga maldiciendo,

 

Su tierno esposo armó triste y violenta.

 

Con un trémulo pulso e incierta mano

 

La pesada coraza le prendiera,

 

Y con amargas lágrimas dejara

 

De un casco preciosísimo cubierta,

 

Una frente de gracias tan ceñida

 

Y a sus amantes ojos hechicera.

 

     Con cólera marcial, del novel fiero

 

El juvenil orgullo se endereza

 

Contra el anciano Elly. De polvo y humo

 

Por entre torbellinos, que los ciegan,

 

De muertos, moribundos, y heridos,

 

Uno y otro al través, baten y aprietan

 

De sus fogosos brutos los ijares.

 

Apostados los dos sobre la hierba,

 

Con la sangre teñida y aplanada,

 

Lejos de do campean sus banderas,

 

Se lanzan, y se buscan a seguro

 

Y arrogante galope los atletas.

 

De sus cotas cubiertos y su sangre,

 

Enristradas las lanzas, ya se encuentran,

 

Y con choque espantoso, de repente

 

Se arremeten entrambos y golpean.

 

La tierra retembló del bote al ruido;

 

Y las astas al golpe en trozos quibran;

 

Al modo que en cargado, ardiente cielo,

 

Dos formidables nubes, que acarrean

 

En su seno los truenos y la muerte,

 

Chocándose en los aires, corren, vuelan

 

Sobre el furioso viento; de su horrible

 

Conmistión los relámpagos revientan;

 

De allí se forma el rayo, y los mortales,

 

A su vista y estruendo de horror tiemblan.

 

Ya sus brutos dejando lejos de ellos,

 

Por un súbito esfuerzo, se conciertan.

 

En bajarse a buscar muerte distinta.

 

Ya pie en tierra, se vibran, ya centellan

 

Los funestos aceros en sus manos.

 

Acorre la Discordia turbulenta,

 

Y con ella ligados de consuno,

 

El rabioso Demonio de la guerra,

 

Y la pálida parca ensangrentada,

 

Al lado de ambos héroes se presentan.

 

¡O míseros, o ilusos combatientes!

 

Suspended de esa lucha, de esa ciega

 

Precipitada cólera los golpes:

 

Pero la irresistible oculta fuerza

 

De fatales decretos del destino,

 

Más su furor enciende y los obceca.

 

En el contrario pecho, abrir al alma

 

Intenta cada cual fúnebre puerta,

 

En el pecho, que entrambos no conocen.

 

A los aires resalta, en cascos vuela

 

La acerada armadura que les cubre.

 

A redoblados tajos de su diestra,

 

Lumbres al viento arrojan las corazas.

 

Sangre, que a borbotones corre suelta

 

De sus hondas heridas, rebotando,

 

Su fiera mano mancha y bermejea.

 

Los formidables filos deteniendo

 

Sus cascos y broqueles con destreza,

 

Golpes mil aún le paran y le cubren,

 

De una muerte más pronta los libertan.

 

De resistencia tanta absortos ambos,

 

Admira, cada cual, honra y respeta

 

De su rival el ánimo y esfuerzo.

 

De Elly mano más firme, y más certera,

 

Al joven generoso al fin derriba,

 

De un malhadado golpe a sus pies echa.

 

Sus vivos bellos ojos, para siempre

 

De la luz a los rayos ya se cierran.

 

Sobre el sangriento polvo ya su casco

 

Arrastrando y rodando va dél cerca.

 

Ya de Elly ve su rostro ¡Qué lamentos!

 

Le ve, le abraza, ¡ay Dios! ¡...su hijo era.

 

Inundados en lágrimas los ojos,

 

El desdichado padre ya la horrenda,

 

La parricida espada vuelto habría

 

Contra su corazón, si a tan extremas

 

Muestras de su dolor, su brazo alzado

 

Deteniendo, el suceso no impidieran.

 

Parte trémulo todo; corre huyendo

 

De una playa de horror y espanto llena.

 

Su criminal victoria abominando,

 

Llórala eternamente, la detesta.

 

A la Corte, a los hombres, y a la gloria

 

Para siempre renuncia, y solo anhela,

 

Prófugo de sí mismo, al fin del Orbe

 

Ir a esconder su tedio y dura pena

 

En un triste desierto. Allí, del punto,

 

En que su luz el sol torna a la tierra,

 

Hasta que de las ondas cristalinas

 

En el piélago a hundirla tibia llega,

 

A los enternecidos dobles ecos

 

De los montes, los valles y las selvas,

 

Hacían repetir acentos tristes

 

De su acerbo dolor y su querella,

 

El nombre, el triste nombre de su hijo.

 

     Del héroe en la agonía postrimera,

 

Guiada del terror la nueva esposa,

 

Con una errante vista y planta incierta

 

Se acerca y llega, en fin, al campo infausto,

 

Do pavorosa busca, y ve... ¡Qué escena!

 

Entre el montón de muertos,... ve a su esposo.

 

¿Erescaro amante?... más sus tiernas

 

Cariñosas palabras, que interrumpen

 

Sollozos mil, tristísimas endechas,

 

Que al viento el labio arroja mal formadas,

 

Del esposo adorado ya no afectan

 

El exánime oído. Ella aún sus ojos

 

Ver quiere, y vuelve a abrir. Ella aún aprieta

 

Con sus últimos ósculos su boca,

 

Aquella boca, que idolatra aun yerta;

 

Ella el cadáver pálido y sangriento

 

Entre sus brazos trémulos sustenta;

 

Los ojos clava en él; sobre él suspira;

 

Estréchale a su seno, y muerta queda.

 

     ¡Padre, esposa y familia deplorables!

 

¡Ejemplo lastimero, que amedrenta,

 

Y la imagen ofrece de unos tiempos

 

De tal ferocidad y tanta mengua!

 

Pueda el recuerdo triste y espantoso

 

De tan mísera y trágica pelea,

 

De todos nuestros nietos más remotos

 

Lástimas excitar. Lágrimas pueda

 

Arrancar de sus ojos saludables,

 

Porque crímenes tales y fierezas

 

De sus padres, jamás a imitar lleguen.

 

     Más ¿quién cielos la Liga así dispersa?

 

Qué héroe puede, o qué Dios, darle tal rota?

 

Biron el joven es, cuya braveza,

 

Por entre atropellados batallones

 

Denodado consigue abrirse senda.

 

Y el orgulloso Aumale, que la fuga

 

De los suyos infame a mirar llega,

 

De cólera bramando, «Deteneos;

 

¿Do, cobardes, corréis? Parad: dad vuelta.

 

¡Huir! ¡Huir, vosotros, los famosos

 

Compañeros de Guisa y de Mayena!

 

¡Vosotros los valientes, que hoy de Roma

 

La causa, de París, Francia, y la Iglesia

 

Con tanto honor debéis dejar vengadas!

 

Del antiguo valor y virtud vuestra

 

Acordaos, amigos, y seguidme

 

Con aliento mayor a la refriega.

 

Batíos bajo Aumale, e ya vencisteis

 

Volando a su socorro, gente llevan

 

El feroz de Saint-Pol, Beauveau, y Foyussa

 

Con Joyeuse. Las haces ya dispersas

 

A este refresco junta. Con miradas

 

Enciéndelas de fuego. Las ordena,

 

Y a su frente revuelve a un nuevo ataque.

 

Tras él con paso rápido regresa

 

De su parte a ponerse la fortuna.

 

De Biron el valor y la firmeza,

 

Con rara intrepidez, paran en vano

 

El impetuoso curso y la violencia

 

Del torrente de huestes, que furioso,

 

En sus ondas hundirle, ahogarle intenta.

 

Parabére expirando ve a su lado.

 

Entre el montón de muertos, ya por tierra

 

Mira a Fouquier, Clermont, Angenne y Nésle,

 

Entre el polvo tendidos ya no alientan.

 

De exhalar sus suspiros postrimeros

 

Lleno él mismo de heridas, se halla cerca.

 

Así Biron, así finar debiste.

 

En campos del honor muerte tan bella

 

Tan célebre caída, la memoria

 

De tu primer virtud eterna hicieran.

 

El extremado trance, a que un exceso

 

Del valor de Biron, su vida arriesga,

 

De Enrique el corazón inquieto advierte.

 

Le amaba, no cual Rey, no a la manera

 

De un severo señor, que sólo sufre

 

Se aspire al alto honor, a la suprema

 

Ventura de agradarle, y cuyo duro

 

Corazón, inflexible en su soberbia,

 

La sangre de un vasallo, bien pagada

 

Con sola una mirada considera.

 

La noble llama, Enrique, conocía

 

De la amistad; de la amistad; la prenda

 

El don del alto Cielo, y de almas grandes

 

Dulce placer y encanto; de la tierna

 

Oficiosa amistad, que allá los Reyes,

 

Los ilustres ingratos, de su esfera

 

Por bastante desgracia no conocen.

 

A socorrerle al punto Enrique vuela;

 

Y el mismo activo ardor, que fino guía,

 

Que al socorro sus pasos veloz lleva,

 

Más vigor a su brazo, y a su vuelo

 

Impulsiones prestaba más violentas.

 

Biron, a quien ya asaltan, ya circundan

 

De una prójima muerte sombras negras,

 

De su valiente Rey y augusto amigo,

 

Confortado a la súbita presencia,

 

Hace un postrer esfuerzo; e incontinente,

 

De Borbón a la voz, llama y releva

 

De su vida los restos. Huye todo,

 

De Borbón al denuedo todo ceja.

 

Tu Rey ¡joven Biron! tu Rey te arranca

 

Al tropel de enemigos, que fin dieran

 

Con redoblados golpes a tu aliento,

 

Sin darte de su amor tan fina prueba.

 

Vives, Biron. La vida a tu Rey debes.

 

Vivirle siempre fiel, al menos, piensa.

 

     ¿Qué estrépito espantoso deja oírse?

 

La Discordia es, maligna y turbulenta,

 

Que del héroe oponiendo a las virtudes

 

Su implacable furor, de un ira nueva

 

Los ligados enciende. Al frente de ellos

 

Pónese el monstruo horrible, y la trompeta

 

Del infierno, a lo lejos, por el soplo

 

De su boca fatal, hórrida suena.

 

A sus acentos bárbaros, de Aumale

 

Harto bien conocidos, se subleva

 

Su cólera, se inflama, se embravece;

 

Y repentinamente, a la manera

 

Que va del arco elástico impelida

 

Por los aires silbando una saeta,

 

Busca al héroe, y sobre él solo se arroja.

 

En tumulto una tropa se descuelga

 

De ligados allí; del modo mismo

 

Que en hondos matorrales de florestas,

 

Con ojo ensangrentado, hasta su fondo

 

Precipitados corren y penetran

 

El alano y lebrel, fieros esclavos

 

Del amo que los nutre y los arriesga

 

A ensangrentadas luchas, cual nacidos

 

Para presas y muertes carniceras,

 

A un jabalí valiente en torno acosan;

 

Sus bravíos furores exacerban,

 

Y con cólera ciega encarnizados,

 

Los riesgos no advirtiendo, la corneta

 

Su belicoso instinto irrita al lejos,

 

Y las rocas, los montes y las cuevas,

 

De alaridos retumban y ladridos:

 

Así enemigos mil a Enrique cercan,

 

Y él solo contra todos, de la suerte

 

Impía abandonado: de una espesa

 

Muchedumbre entre abismos, y sitiado

 

De la muerte en tal trance, se contempla.

 

Del alto de los cielos, en peligro

 

Tan horrible y extremo, invicta fuerza

 

Presta Luis al héroe a quien amaba,

 

Y que a modo de roca, que altanera,

 

Amenaza las nubes, de los vientos

 

El ímpetu rechaza, y la violencia

 

De las olas quebranta, que le embisten.

 

¡Quién fielmente narrar aquí pudiera

 

La sangre y mortandad, de que vio entonces

 

Cubrir el Euro triste sus riberas!

 

     ¡O vosotros sangrientos sacros manes

 

Del más valiente Rey que el mundo cuenta!

 

Mi espíritu ilustrad y mi memoria;

 

Por el eco explicaos de mi lengua.

 

Él ve como al socorro velozmente

 

Acude de su Rey su fiel nobleza;

 

Cual muere por su Rey, al mismo paso,

 

Que por ella, también, su Rey se arriesga.

 

El terror y el espanto le preceden.

 

De sus golpes en pos la muerte vuela;

 

Cuando a su indignación y fiera saña,

 

A exponerse el de Egmond osado llega.

 

     Había este extranjero, en lo más fuerte

 

De batalla tan hórrida y sangrienta,

 

De su valor iluso, largo tiempo

 

Del Rey andado en busca. Su soberbia,

 

Irritaba el honor de combatirle,

 

Por más que a extrema costa tal vez fuera,

 

De que su temerario y loco orgullo,

 

A la tumba fatal le condujeran.

 

«Ven, Borbón, le gritaba, a alzar tu gloria.

 

Combatamos los dos. Acción es nuestra

 

La victoria fijar.» A estas palabras,

 

Un relámpago, al punto, augural seña,

 

Frecuente mensajero del destino,

 

Iluminando, hiende y atraviesa

 

Los espacios del aire. Que su trueno

 

Retumbe sobre el campo, al punto ordena

 

El árbitro y señor de los combates.

 

Bajo sus pies temblar siente la tierra

 

Atónito el soldado. Que su apoyo

 

Los Cielos le debían, Egmond piensa;

 

Que su causa defienden, y en pro suyo,

 

A combatir de lo alto se dan priesa;

 

Que la naturaleza atenta toda

 

Al grandioso interés de tal palestra,

 

Celosa de su gloria, por las voces

 

De aquel trueno, su triunfo a entender diera.

 

De Egmond logra alcanzar, y en el costado

 

Hiere por fin al héroe. Se contempla 86

 

Con derramar su sangre ya triunfante.

 

El Rey, que se halla herido, y de ver echa

 

Sin turbarse el peligro, su ardor noble

 

A medida del riesgo activo aumenta.

 

Su grande corazón, de haber hallado

 

Del honor en los campos, competencia

 

De rivales tan fieros, y tan dignos

 

De su insigne valor, se lisonjea.

 

De entorpecerle lejos, más le aviva

 

La herida que recibe; y con braveza,

 

Con impetuoso ardor, incontinente

 

Sobre el rival ufano, se despeña.

 

De un golpe más seguro derribado,

 

De repente el De Egmond tendido queda.

 

Del centellante acero fue en un punto

 

Su pecho traspasado. Sobre él trepan,

 

Con sus teñidos pies en fresca sangre,

 

Los inquietos caballos. Las tinieblas

 

De la parca, sus ojos eclipsaron;

 

Y entre rabiosas furias toda envuelta,

 

De los muertos, volando parte su alma

 

A la región obscura, do en presencia

 

De su padre, remuerdos la devoran.

 

Españoles tan fieros, hueste íbera,

 

Terrible tanto un tiempo y decantada!

 

La muerte del de Egmond, vuestras guerreras

 

Virtudes abismó. Vosotros visteis

 

La faz al miedo allí, por vez primera.

 

     De helada turbación y mustio espanto

 

Sobrecoge el espíritu, y aterra

 

Al alarmado ejército. En un vuelo

 

Pasa de fila en fila y al fin, llena

 

Todo el confuso campo. El tino pierden;

 

Embárganse los jefes, y se encuentran

 

Perdidos los soldados. Los primeros,

 

No aciertan a ordenar, de mandar cesan;

 

Y a su vez, los segundos no obedecen;

 

Sus banderas arrojan; grita horrenda

 

A los vientos despiden; y entregados

 

A una afrentosa fuga, en medio de ella,

 

Y del ciego pavor, unos con otros

 

Tropezando, chocando, y dando en tierra,

 

Se dispersan confusos y extraviados.

 

Ríndense al Vencedor sin resistencia,

 

Sus cadenas, los unos, de rodillas

 

Pidiéndole por gracia. Otros, intentan

 

El alcance evitar en rauda fuga,

 

Y del Euro ganando las riberas,

 

Estúpido terror los precipita

 

En su profundo abismo, y con la mesma

 

Muerte, de que huir quieren, al fin topan.

 

Las ondas de cadáveres cubiertas,

 

Del río interceptando la corriente,

 

Retrocede espantado, y se nivela

 

De su frente a la altura originaria

 

     Mayenne, que de espanto incapaz era,

 

Sereno, aunque afligido, en tal desorden

 

De su espíritu dueño, aún firme observa

 

Su fortuna cruel; y a sus reveses

 

En jornada cediendo tan funesta,

 

En otra más propicia a lo adelante,

 

Aún aguarda, animoso, triunfar de ella.

 

Cerca dél, al contrario, Aumale fiero,

 

Con un mirar rabioso, acusa, execra

 

Los Flamencos, el Cielo y la Fortuna.

 

«Todo perdido se ha ¿Qué es lo que resta?

 

Morir ¡bravo Mayenne! morir solo

 

Dejad de tal furor tan vanas muestras,

 

El caudillo responde. No, de Aumale.

 

Vivid para un partido que os aprecia

 

Tanto como le honráis, para que un día

 

La derrota del de hoy reparar pueda,

 

Y el daño redimir, en mejor tiempo,

 

De la suerte que en este nos fue adversa.

 

Vivid, valiente Aumale, y con constancia,

 

De este revés en hora tan funesta,

 

Junto con Rois-Dauphin, los tristes restos

 

Aplegad de la rota soldadesca,

 

Y de París seguidme hasta los muros.

 

Las reliquias batidas y dispersas

 

De la Liga reunid. Así, excedemos

 

Del vencido Coliñi la fiereza

 

Al oírle el de Aumale, se enfurece,

 

Y de cólera llora. No sin pena,

 

Parte a cumplir un orden que abomina;

 

Cual el fiero león, que mano experta

 

Domar de un moro supo, al dueño dócil,

 

Más feroz y terrible a otro cualquiera,

 

A la frecuente mano que conoce,

 

Somete horriblemente su cabeza;

 

Le sigue aunque con aire formidable;

 

Feroz, rugiendo aún, le lisonjea,

 

Y amenazar parece obedeciendo.

 

     El caudillo, entre tanto, se acelera

 

A dejar escondidas, con su fuga,

 

De París entre muros sus afrentas.

 

     Victorioso Borbón, por todas partes

 

Correr ve los ligados, sin defensa,

 

A implorar sus piedades. Al momento,

 

Las bóvedas del Cielo allí entreabiertas,

 

Los Manes visto se han de los Borbones,

 

Que desde él a los aires descendieran,

 

Y el inmortal Luis, rodeado todo

 

De la augusta celícola Asamblea,

 

Por mejor contemplar a su hijo Enrique,

 

Bajó del firmamento a tanta escena.

 

De los Borbones vino el jefe excelso,

 

A observar como el héroe usar supiera

 

De sus ilustres triunfos, y acabara

 

De merecer la gloria que le cerca.

 

Cabe el Rey, sus soldados, los vencidos,

 

Que a su golpe mortal huir pudieran,

 

Con ojos de furor miran, y rabian.

 

Los prisioneros trémulos, que llevan

 

De Enrique a la presencia, absortos, mudos,

 

De su suerte final el fallo esperan.

 

En sus errantes y turbados ojos,

 

Con el mortal despecho, y la vil mengua,

 

Pintaban, y el espanto, su desastre.

 

Sus miradas, Borbón, de gracia llenas,

 

Y en que a un tiempo reinaban la dulzura

 

Y la audacia, sobre ellos caer deja.

 

«Libres estáis, les dice. De hoy más quede

 

Sólo a la voluntad y elección vuestra,

 

El ser mis enemigos o vasallos.

 

Entre mí ya podéis y el de Mayena

 

Reconocer un dueño. Ved, franceses,

 

Quién de los dos más bien serlo merezca.

 

O esclavos de la Liga, o, de un Rey socios;

 

Id, si os place, a gemir bajo de aquélla,

 

O a triunfar bajo de éste. Elegid digo

 

A estas palabras, que de un Rey salieran

 

Ya de gloria cubierto, sobre un campo

 

De batalla, en el seno de la mesma

 

Victoria, desvariados, sorprendidos

 

Vense los prisioneros: se demuestran

 

Contentos de su rota; y a gran dicha

 

Teniendo el ser vencidos, se clarean

 

Sus anublados ojos, y en su pecho,

 

Muere todo el rencor, que en él viviera.

 

De Borbón el valor los ha vencido;

 

Y tanto su virtud los encadena,

 

Que ya del mero nombre de soldados

 

Del Rey, alarde haciendo, solo anhelan

 

Su crimen a expiar, con ley ardiente

 

Marchando, a lo adelante, tras sus huellas

 

Benigno el vencedor, y generoso,

 

Que cese ya el degüello presto ordena.

 

Dueño de sus guerreros, su coraje

 

Cede a su regia voz, y se sosiega.

 

Ya no es Enrique el León, bañado todo

 

En sangre de la lid, que fiero lleva

 

La muerte y el terror de fila en fila.

 

Un Dios es, que benéfico, ya suelta

 

De su potente mano el rayo horrible,

 

Y que la tempestad calma y enfrena,

 

Consuelos dando al mundo. Dulces rasgos

 

De la benignidad, la paz ya sella

 

Sobre aquella terrible, amenazante,

 

Y ensangrentada frente. Vida nueva,

 

Por sus humanas órdenes recobran,

 

Los que la luz del día ven apenas;

 

Y sobre sus peligros, sus trabajos,

 

Y sus necesidades y miserias,

 

Sus cuidados extiende, y cual un padre,

 

Atento y oficioso se desvela.

 

     De lo veraz lo mismo que lo falso,

 

La peregrina rápida y parlera,

 

Que a medida que avanza, abulta y crece,

 

Y más leve que el viento, en alas vuela

 

Hasta allá mucho más de inmensos mares,

 

De un polo al otro pasa de la tierra,

 

Y el Universo ocupa. De este monstruo,

 

De ojos lleno, de bocas y de orejas,

 

Que igualmente celebra de los reyes

 

Los prodigiosos hechos, que las menguas;

 

Que bajo sí reúne con el miedo

 

Duda y credulidad, y que concierta

 

Con el afán curioso, la esperanza,

 

La retumbante voz, fue cual trompeta,

 

Del héroe de la Francia, de sus glorias,

 

Y sus ilustres triunfos pregonera.

 

Del Tajo al Erídano, vuela al golpe

 

El grandioso y sonoro ruido de ella.

 

Espántase el soberbio Vaticano.

 

Salta el Norte a tal voz de complacencia:

 

Y Madrid, por su parte, entristecido,

 

Tiembla de espanto, al fin, y de vergüenza.

 

     ¡O infelice París! ¡o ciudadanos,

 

Que engañados vivís en lid tan terca!

 

¡Falaces sacerdotes! ¡Infiel Liga!

 

¡De dolor con que gritos, con que quejas

 

Vuestros templos entonces resonaron!

 

Allí, desmelenadas las cabezas

 

De ceniza cubristeis. ¿Y aún maquina

 

Adular vuestro espíritu Mayena?

 

Él de esperanzas lleno, aunque vencido,

 

Del retiro afrentoso en que se encierra,

 

Con sagaz artificio disfrazaba

 

A la atónita Liga, ya perpleja,

 

Lo irreparable y cruel de su derrota.

 

Contra una suerte de armas tan adversa,

 

De nuevo asegurarle pretendía.

 

Su desgracia ocultándole, aún espera

 

Repararla tal vez, y quiere en tanto,

 

Por mil falsos rumores que audaz siembra,

 

Su celo reanimar y antiguo orgullo.

 

A pesar, entretanto, de consejas,

 

Y de invenciones tantas y artificios,

 

La Verdad, siempre clara, siempre fiera,

 

La Verdad a sus ojos le desmiente,

 

Su impostura confunde, y al fin vuela,

 

De boca en boca, helando y abatiendo

 

Los corazones todos que imbuyera.

 

     Obstinada y astuta la Discordia,

 

De ello por fin se aflige, de ello tiembla,

 

Y su furiosa rabia redoblando,

 

«Yo no he de ver jamás, dice, que sean

 

Arruinadas mis obras; que en los muros

 

De este mi Pueblo fiel, ya se vertieran

 

Por mí ponzoñas tantas; que encendida

 

Fuese tanta voraz horrible hoguera;

 

Y que de sangre, al fin, por tantas olas,

 

Cimentada tuviese mi potencia,

 

Para dejar a Enrique el vasto imperio

 

De la Francia, que al mio vi sujeta.

 

Por más que formidable, fuerte e invicto

 

Ese glorioso Príncipe ser pueda,

 

El arte todavía no me falta

 

De enflaquecer su ardor. Si con la fuerza

 

Vencerle no he podido, afeminarle

 

Podré al menos bien pronto. A su braveza,

 

A su excelsa virtud, esfuerzos vanos

 

No opongamos de hoy más. Probado queda,

 

Que al indomable Enrique, con suceso

 

Jamás podrá oponerse, en competencia,

 

Otro algún vencedor; que Enrique mismo,

 

Sólo a su corazón es a quien deba

 

Ese Borbón temblar. Por él hoy quiero

 

Solamente asaltarle, y de sorpresa

 

Mal herirle y vencerleDijo; y pronto

 

Del Euro abandonando las riberas,

 

Sobre un carro teñido en sangre humana,

 

Y del odio tirado en nubes densas,

 

Que el día tornan pálido, ya parte,

 

Y en busca del Amor rápida vuela.



FIN DEL CANTO OCTAVO




77.      [Aquel.] Mayanne se había hecho declarar por la parte del Parlamento, que se le mantenía adicta, Teniente General del Estado y Reino de Francia.



78.      [El hijo.] Habiendo un Diputado de París mezclado en su arenga al De Egmond alabanzas de su padre, el desgraciado almirante le interrumpió diciendo: «No me habléis de él. Merecía la muerte. Era un rebeldeDicho igualmente impío que indiscreto; pues respondía a unos rebeldes, a cuyo socorro venía enviado.



79.      [El anciano.] Juan Aumont, Mariscal de Francia.



80.      [Biron.] Enrique de Gontaud de Biron, Mariscal de Francia, Maestre general de la artillería, gran soldado.



81.      [Que después.] Carlos de, Biron, hijo del primero, igualmente mariscal y Duque Par de Francia. Conspiró después contra Enrique, y murió degollado en el patio de la Bastilla.



82.      [Sully.] Rosni, después duque de Sully, Superintendente de Hacienda, Gran Director y Maestre de la artillería, el mayor amigo y mejor ministro de Enrique. (Nangis.) Hombre de gran mérito y de una verdadera virtud. Había aconsejado a Enrique III. que no asesinase a Guisa, sino que tuviese el valor de hacerle juzgar por las leyes. (Crillon llamado el valiente.) Ofreció a Enrique batirse, en singular pelea con el duque de Guisa. Era muy estimado del Rey. (Turena.) Enrique de la Tour de Orliegues Vizconde de Turena, Mariscal de Francia. Enrique el Grande le proporcionó casamiento con Carlota de la Mark, Princesa de Sedán. La noche de sus bodas fue a tomar Estené por asalto. Su hijo Mauricio perdió aquella soberanía en la conspiración de Cinq-Mars.



83.      [Cual Palma.] El mismo Roberto de Evreux conde de Essex, de quien se habla en el canto III.



84.      [Los Fouquieres.] Capitán de cincuenta hombres de armas. Murió en la batalla. (Clermont.) Brissac de Clermont de Entragues tío de la famosa marquesa de Bernouil, muerto en la batalla. (Tremouille.) Claudio duque de Tremouille. (De Nesle.) Capitán de cincuenta hombres; murió en la batalla. (Lesdiguieres,.) Ningún otro mereció más bien el título de venturoso. Libró de la batalla, y de soldado, llegó a Condestable bajo Luis XIII.



85.      [Al mal genio.] El arma llamada bayoneta por haber sido inventada en Bayona, aunque no se usó hasta mucho tiempo después.



86.      [Hiere.] Enrique estuvo en gran peligro en la batalla de Ivri, del que le arrancaron el duque de Tremouille y el mariscal de Aumont; pero no fue herido allí, sino en Aumale. Tampoco salvó la vida a Biron en dicha batalla, sino en Fontaine Française. La licencia poética justifica este cambio de escenas necesario a la unidad de acción en el poema.






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