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Del país, que el antiguo llamó
Idalia,
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Sobre aquellos confines
venturosos,
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Señalados lugares, donde el Asia
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Su principio, y la Europa su fin
tienen,
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Un vetusto palacio se levanta,
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Que el tiempo respetó. Naturaleza,
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Sus
primordiales bases allí labra;
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Y
su rústica y simple arquitectura,
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Ornando en pos del arte mano
sabia,
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Por
atrevidos rasgos de su genio,
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A la naturaleza se adelanta.
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De su alegre distrito las
campiñas,
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Todas de verde mirto allí pobladas,
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De
sañudos inviernos los ultrajes
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No sufrieron jamás. Especies varias
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Nacen allí y maduran por do
quiera,
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De
frutos de Pomona, entre mil galas
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Y
dones aromáticos de Flora.
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Oficiosa la tierra, allí no
aguarda,
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Para ofrecer copiosas ricas
mieses,
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Ni del hombre los votos, ni
ordinarias
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Estaciones fructíferas del año.
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En la paz más profunda, ledos
hallan,
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Gozan allí los hombres cuantos
gustos
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En la primera edad del mundo
fausta,
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De la naturaleza le ofreciera
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La bienhechora mano. Eterna
calma,
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Días
puros, serenos y apacibles,
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La
dulzura y placer, que la abundancia
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Suele ofrecer risueña a los
mortales,
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Los
bienes, en fin, todos, y las gracias
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De
la edad primitiva, de ellas sólo
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La cándida inocencia exceptuada.
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Otro estrépito allí jamás se
escucha,
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Que
el de conciertos músicos, que encantan,
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Y
con dulce harmonía, languideces
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Por
las voces inspiran y palabras
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De
mil amantes, y mil tiernos tonos
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Con
que les corresponden sus amadas,
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Y
en que, a veces, celebran su vergüenza,
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Y
hacen de sus flaquezas, gloria vana.
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Véseles
cada día, con sus frentes
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De floridas guirnaldas
coronadas,
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Implorar
de sus dueños los favores;
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Y
en la maña y las artes poco cautas
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De
imponer y agradar, ir en su templo
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A ensayarse a porfía y afanadas.
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Del Amor, por la mano, a los
altares,
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Con faz siempre serena, la
Esperanza
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Plácida
y lisonjera las conduce.
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Del sacro templo aquel, siempre
cercanas
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Las Gracias, al desdén, medio
desnudas,
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A su melosa voz, ingenuas danzas
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Con
donaire entrelazan y conciertan.
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Allí el muelle Deleite, en
quietud blanda,
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Sobre
un lecho de céspedes tendido,
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Sus
canciones escucha, y se solaza.
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Oficiosas le asisten a sus
lados,
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La dócil Complacencia, la
Confianza,
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Los
amantes Cuidados, los Placeres,
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Los
Suspiros, en fin, y tiernas Ansias,
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Aún
de más dulce llama y seductora
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Que
los placeres mismos. Tal la entrada
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Es
del célebre templo, y tan amable;
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Más cuando del mortal liviana
planta,
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Bajo la sacra bóveda, hasta el fondo
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Del santuario mismo, audaz
avanza,
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¡Qué
espectáculo, entonces, tan funesto,
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Los
ojos de sorpresa en él espanta!
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De Placeres, allí, ya no aparece
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Aquella tropa, un tiempo, tierna
y cara,
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Ni
sus suaves conciertos amorosos,
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Los oídos patéticos halagan.
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Las Querellas, tan solo, y el
Fastidio,
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El Temor e Imprudencia
temeraria,
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En
un lugar transforman de horror lleno,
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Tan hermosa mansión y
afortunada.
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De
tez pálida y lívida, sombríos,
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Con pie trémulo, allí, los Celos
andan,
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Tras la inquieta Sospecha, que
los guía.
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La Cólera y el Odio, ante ella
marchan
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Vomitando venenos y blandiendo
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Un matador puñal. De vista zaina
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La Malicia, los ve, y al paso
aplaude,
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Con maligna sonrisa y afectada,
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La comparsa frenética y odiosa.
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De su error, cerca de ella, y de
su rabia,
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El Arrepentimiento, aunque harto
tarde,
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Los bárbaros furores detestaba,
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Y
aquel horrible séquito cerrando,
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Confundido suspira, y mustio
baja
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Bañados
en mil lágrimas los ojos.
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Aquí en medio de corte tan infausta,
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|
Siempre ingrata e infelice
compañera
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|
Del humano gozar, su eterna
estancia
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El Amor escogiera. De este niño,
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Tan tierno como cruel, la mano
flaca,
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Los
destinos pendientes de la tierra
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Lleva siempre a placer. Guerra o
paz manda
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Con sólo un simple gesto, y
derramando
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Por todo lo criado, en
abundancia
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|
Su dulzura falaz, anima el
mundo,
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Y en todo corazón albergue
alcanza.
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Sobre un fúlgido trono, sus
conquistas
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Contemplando, a sus pies fiero
arrojaba
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Las
más soberbias testas, y engreído
|
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|
Más
bien de las crueldades de su llama,
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|
Que
de sus beneficios, daba señas
|
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De
holgarse de los males que causaba.
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Guiada por la rabia, la Discordia,
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Los
placeres de allí desvía airada.
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Ábrese
un libre paso, y agitando
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Las
encendidas hachas que empuñaba,
|
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|
Con ojos brasas hechos, y con
frente
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Iracunda
y teñida en sangre humana,
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|
«¡Hermano mío! dice ¿Qué se
hicieron
|
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Las
terribles saetas de tu aljaba?
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¿Para
quién esas flechas invencibles
|
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|
Conservaras, Amor, así
guardadas?
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Si de tu fiel hermana la
Discordia
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|
Las teas encendiendo, a crudas
sañas
|
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De
tus locos furores, siempre ansiaste
|
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|
La
ponzoña mezclar de sus entrañas;
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Si a la madre común Naturaleza,
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|
Con horrible trastorno
perturbada
|
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|
Dejé
en obsequio tuyo, tantas veces,
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|
Ven:
y sobre mis huellas, la venganza
|
|
|
Vuela
al punto a tomar de mis injurias.
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|
De un victorioso Rey la fuerte
planta,
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|
|
Mis serpientes aprensa. Su audaz
mano,
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|
De la guerra al laurel, terrible
enlaza
|
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|
De
la paz la agradable y mansa oliva.
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|
La Clemencia, que asidua le
acompaña,
|
|
|
Con un tranquilo paso, generosa,
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|
De su guerrero impulso el ardor
calma,
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|
|
Y
en el túrbido seno y desgarrado
|
|
|
De
la guerra civil, por mí excitada,
|
|
|
Ya
bajo sus banderas victoriosas,
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|
Flotando por do quier, todas las almas
|
|
|
Por mí sola discordes, va a
reunirse.
|
|
|
Una victoria más, en polvo, a
nada
|
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|
Reducido será mi altivo trono.
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|
Del rebelde París a las murallas
|
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El rayo lleva Enrique, y a
batirle,
|
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|
Vencerle y perdonarle se
adelanta.
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|
Con
cien grillos de bronce aprisionarme
|
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|
Su brazo premedita. A ti, la
hazaña
|
|
|
Toca ya de enfrenar ese torrente
|
|
|
En su curso feroz. Sus, parte,
marcha
|
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|
La
fuente a emponzoñar de tan sublimes
|
|
|
Y valerosos hechos. Ya postrada,
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|
Bajo tu yugo ¡Amor! su gloria
gima.
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|
|
Haz
que a tu tierno halago y dulce magia,
|
|
|
De
la misma virtud quede en el seno,
|
|
|
De su esfuerzo rendida la
constancia.
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|
Tú has sido ¡Amor! tú has sido, acordaraste,
|
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|
Cuya mano fatal urdió la trama
|
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De
hacer caer de un Hércules las fuerzas,
|
|
|
A
los pies arrastrándolas de Omphala.
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|
¿Y no se viera a Antonio entre
tus hierros
|
|
|
Cautivo y quebrantado,
abandonada
|
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La pretensión por ti del Orbe
entero,
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|
Delante huir de Augusto con
infamia,
|
|
|
Y
tras tus huellas solo, de Neptuno
|
|
|
A la región librándose salada,
|
|
|
Del universo mundo al alto
imperio,
|
|
|
Anteponer gustoso a su
Cleopatra?
|
|
|
Vencer
te resta a Enrique, además de tantos
|
|
|
Orgullosos guerreros de alta
fama.
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|
En
sus soberbias manos, ve de un vuelo
|
|
|
A
marchitar laureles, que las cargan.
|
|
|
De
mirto y de arrayan, su sien altiva
|
|
|
Parte al punto a dejar tan solo
ornada.
|
|
|
Entre
el mimo y arrullo de tus brazos,
|
|
|
Adormece su bélica arrogancia.
|
|
|
A mi trono en peligro y
vacilante,
|
|
|
Corre
a servir de apoyo. Ven: mi causa
|
|
|
Es
la tuya, y también tu reino el mío.»
|
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|
Así
dijo aquel monstruo: y retembladas
|
|
|
Las bóvedas del templo, repetían
|
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|
Los
ecos de su voz, que espanto daban.
|
|
|
Amor,
que allí entre flores recostado,
|
|
|
A su sabor la plática escuchara,
|
|
|
Al tono respondió de sus
furores,
|
|
|
Con sola una sonrisa fiera y
grata:
|
|
|
De
sus doradas flechas se arma, en tanto,
|
|
|
Y del Cielo la bóveda azulada,
|
|
|
En un punto, cual rayo, veloz
hiende.
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|
|
De
Placeres, de Juegos, y de Gracias
|
|
|
Guiado
por los aires, y traído
|
|
|
De
los céfiros blandos en las alas,
|
|
|
A
los franceses campos raudo vuela.
|
|
|
Del mezquino Simois presto las aguas
|
|
|
En su carrera avista, con los
campos
|
|
|
Donde
un tiempo fue Troya. En estas playas,
|
|
|
Tan célebres un día, el rapaz
fiero
|
|
|
Ríese al contemplar de torres
altas,
|
|
|
De
suntuosos palacios las cenizas,
|
|
|
A
que las redujeron torpes llamas
|
|
|
De su adúltera tea. Allá a lo
lejos,
|
|
|
Fábricas
ve soberbias, ve murallas,
|
|
|
Que sobre un golfo erguidas,
parecía,
|
|
|
Que
entre sus ondas móviles bogaban.
|
|
|
Venecia es la que ve, del mundo
asombro,
|
|
|
Cuyo destino al ver Neptuno
pasma,
|
|
|
Y
que a las vagas ondas encerrando
|
|
|
Con su seno esposadas, fiera
manda.
|
|
|
Desciende
a descansar, y alto Amor hace,
|
|
|
De
la fértil Sicilia en las aisladas
|
|
|
Fructíferas
campiñas, donde un tiempo
|
|
|
A Virgilio y Teócrito inspiraba;
|
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|
Y do también se cuenta, que allá
un día,
|
|
|
De su poder la fuerza arrebatara
|
|
|
Del amoroso Alfeo los raudales
|
|
|
Por ocultos caminos. Se levanta:
|
|
|
Y
las orillas plácidas dejando
|
|
|
Del amable Aretusa, veloz pasa
|
|
|
En campos de Provenza hacia
Voclusa,
|
|
|
Más
dulce asilo aún y suave estancia,
|
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|
Donde
en sus bellos días, sus amores
|
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|
Suspirara,
y sus versos el Petrarca.
|
|
|
Las
paredes de Anet ve remontarse
|
|
|
Del Euro a las riberas, cuya
magna
|
|
|
Elegante estructura trazó él
mismo
|
|
|
Y
do por diestras manos aún grabadas,
|
|
|
Visibles hasta el día se
conservan,
|
|
|
Las
amorosas cifras de Diana. 87
|
|
|
Las
Gracias, al pasar, y los Placeres,
|
|
|
Sobre
su tumba, flores, que brotaran
|
|
|
Bajo
sus lindas huellas, derramaron.
|
|
|
Termina ya el Amor su veloz marcha,
|
|
|
Y a Ivri llega por fin; do a
partir pronto
|
|
|
Para empresas mayores el
monarca,
|
|
|
Aún en medio del ocio, activo y
bravo,
|
|
|
Útil y dulcemente conciliaba
|
|
|
La laboriosa imagen de la
guerra,
|
|
|
Con
los regios solaces de la caza,
|
|
|
Y
en tan marcial recreo, algún instante
|
|
|
Su trueno reposar en paz dejaba.
|
|
|
Mil jóvenes guerreros, a su
lado,
|
|
|
Y
al través de los campos, acosaban
|
|
|
Diestramente los huéspedes del
bosque.
|
|
|
Una alegría bárbara e inhumana
|
|
|
Siente a su vista Amor: aguza
flechas;
|
|
|
Sus cadenas apresta; lazos arma;
|
|
|
Y
los aires agita y alborota,
|
|
|
Que a proposito él mismo
serenara.
|
|
|
Habla: y súbitamente vense
armados
|
|
|
Los
elementos todos. De la plaga
|
|
|
Más remota del mundo, hasta la
opuesta,
|
|
|
La tempestad llamando, su voz
manda
|
|
|
Que congreguen los vientos mil
nublados;
|
|
|
Que desprendan al pronto, de las
aguas
|
|
|
Los
torrentes suspensos en el aire;
|
|
|
Y que sobre aquel suelo al punto
traigan
|
|
|
Con la noche relámpagos y rayos.
|
|
|
A
sus órdenes fieles e irritadas
|
|
|
Del
Aquilón las furias, en los cielos
|
|
|
Despliegan anublados, fieras
alas.
|
|
|
La más horrible noche, a un día
hermoso
|
|
|
Suceder se ve ya. Gime, se
espanta,
|
|
|
Y la Naturaleza a Amor conoce.
|
|
|
De
aquella vasta y húmeda campaña
|
|
|
Por
entre cenagosos y hondos surcos,
|
|
|
Un pie incierto, Borbón,
encaminaba
|
|
|
Sin guía y sin escolta. Amor,
entonces,
|
|
|
De su antorcha excitando la
cruel llama,
|
|
|
Hace delante dél ir alumbrando
|
|
|
Este nuevo prodigio. En la
intrincada
|
|
|
Umbría
de las selvas, de los suyos
|
|
|
Abandonado el Rey, tras la luz
marcha
|
|
|
De
aquel astro enemigo, que entre sombras
|
|
|
Brillando de la noche, le
guiadaba.
|
|
|
Cual se vieran, a veces, los
viajeros
|
|
|
Ir,
errantes, siguiendo en sus jornadas
|
|
|
Varios
ardientes fuegos, que la tierra
|
|
|
De
sus senos recónditos exhala,
|
|
|
Pasajeros vapores, cuyas luces
|
|
|
Maléficas los llevan,
deslumbrada
|
|
|
La vista, al precipicio, hasta
el momento,
|
|
|
En
que ellas le iluminan, y él los traga.
|
|
|
Hacía poco tiempo, que fortuna,
|
|
|
De una ilustre mortal la bella
planta
|
|
|
A estos lúgubres climas
condujera.
|
|
|
De una tranquila quinta
solitaria
|
|
|
En
el fondo apacible, allá bien lejos
|
|
|
Del horroroso estruendo de las
armas,
|
|
|
Esperaba la joven a su padre,
|
|
|
Que
a sus príncipes fiel, y honrosas canas
|
|
|
De la guerra adquiriendo entre
los riesgos,
|
|
|
Nunca del Gran Enrique
abandonara
|
|
|
Los
gloriosos y regios estandartes.
|
|
|
Era
de Estrée su nombre. Mano franca 88
|
|
|
De la naturaleza, sin medida,
|
|
|
De
sus amables dones la colmara.
|
|
|
No con tanto esplendor, a las
riberas
|
|
|
Del Eurotas, un día, rutilaba
|
|
|
La criminal belleza, que a su
esposo
|
|
|
Menelao, la fe, torpe violara.
|
|
|
Menos por cierto hermosa e
interesante,
|
|
|
Ostentar
viera Tarsis en sus playas,
|
|
|
La suprema beldad, que del
Romano
|
|
|
Al formidable dueño esclavizara,
|
|
|
Cuando
mortales razas de habitantes,
|
|
|
Que allá a orillas del Cidano
moraban,
|
|
|
Por la Diosa acatándola de
Chipre,
|
|
|
En su culto incensarios
manejaran.
|
|
|
Ella
en la edad rayaba... ¡Edad terrible!
|
|
|
Que
hace de las pasiones más tiranas
|
|
|
Inevitable y grato el dulce
yugo.
|
|
|
Su corazón naciera, y se formaba
|
|
|
Para el amor más fino: pero
votos,
|
|
|
Aún, fiero y generoso, no
aceptara
|
|
|
De algún ansioso amante;
parecida
|
|
|
A la mimosa rosa, en la mañana
|
|
|
De su fresca apacible primavera,
|
|
|
Que su natal belleza al nacer
guarda,
|
|
|
Y
en sus primeros días, recatando
|
|
|
De
los vientos de amor a las oleadas,
|
|
|
Los preciosos tesoros de su
seno,
|
|
|
Ábrelos a su tiempo, y los
regala
|
|
|
Sólo
a los rayos dulces y suaves,
|
|
|
De
un día de serena y pura calma.
|
|
|
Entre tanto, el Amor, que a sorprenderla,
|
|
|
Bajo un supuesto nombre se
aprestara,
|
|
|
Cerca de ella de súbito aparece
|
|
|
Sin
su antorcha, sus flechas, y su aljaba.
|
|
|
La
voz de un simple niño y la figura
|
|
|
Toma, y esto le cuenta. «En las
cercanas
|
|
|
Riberas dejó verse ese famoso
|
|
|
Vencedor
de Mayenne, que se avanza
|
|
|
Hacia aquestos lugares;» y al
decirlo,
|
|
|
Allá en su corazón un ansia
extraña,
|
|
|
Un deseo ignorado introducía
|
|
|
De
agradar a aquel héroe, y animada
|
|
|
Viose
de nuevas gracias su tez bella.
|
|
|
Aplaudíase Amor, al contemplarla
|
|
|
Hermosa tanto entonces, y
ayudado
|
|
|
Del
tropel de atractivos, que la agracian,
|
|
|
¿Qué no debió esperar? él, de
Estrée, lleva
|
|
|
Al encuentro del Rey, la linda
planta.
|
|
|
El arte, con que él mismo,
simplemente
|
|
|
Su
traje y sus adornos preparara,
|
|
|
A seducidos ojos parecían
|
|
|
De la naturaleza propia gala.
|
|
|
De sus blondos cabellos oro
fino,
|
|
|
Que del viento a merced, en él
flotaba,
|
|
|
Ora, revoleando, los nacientes
|
|
|
Tesoros va a cubrir de su
garganta,
|
|
|
Ora
expone a los ojos sus encantos,
|
|
|
Sus
inefables y picantes gracias,
|
|
|
Que
aún más preciosas hacen su modestia:
|
|
|
No aquella austeridad feroz y
opaca,
|
|
|
Que a la misma beldad, que al
amor mismo
|
|
|
De
sí lejos arredra, y los espanta,
|
|
|
Sino
el pudor, que dulce, que inocente,
|
|
|
Que aniñado, colora, enciende,
esmalta,
|
|
|
De
un divino sonrojo los semblantes;
|
|
|
Que inspirando respeto, aviva e
inflama
|
|
|
Mucho más el deseo, y los
placeres
|
|
|
Del que puede vencerlo, más
exalta.
|
|
|
Aún
hace más Amor, a quien milagro
|
|
|
No es imposible alguno; pues
encanta
|
|
|
Por invisible hechizo estos
lugares.
|
|
|
Mirtos
entrelazados por sus ramas,
|
|
|
Que sumisa la tierra, en un
momento
|
|
|
Abortó
de sus pródigas entrañas,
|
|
|
Sobre el suelo extendían del
contorno,
|
|
|
Verde frondosidad embovedada.
|
|
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Bajo su fatal sombra,
incautamente,
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Cualquier mortal apenas su pie
estampa,
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Cuando por mil secretos blandos
lazos
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Siéntese detener. Allí le
agrada;
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Estarse allí le place. Allí se
turba:
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Salir de allí no puede. Un onda
clara,
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Bajo
estas sombras plácidas huyendo,
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Embelesa la vista, y la
arrebata.
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Los dichosos amantes, embargados
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De
una embriaguez allí tan dulce y cara,
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De todo su deber un pleno olvido
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A vasos llenos beben y sin tasa.
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En todo aquel recinto delicioso,
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Triunfa y reina el Amor. En él
alcanza,
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Y
un poder probar hace irresistible.
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Todo parece allí que el Amor
cambia,
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Y todo corazón allí suspira.
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Todos embelesados allí se
hallan,
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Del encanto que inspiran y
resuellan.
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Todo allí de Amor habla. Amores
cantan,
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Y
aves gorjean mil, y mil redoblan
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Por
los amenos campos y enramadas,
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Sus
ósculos, sus trinos, y caricias.
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El segador activo, que se avanza
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A la Aurora, y cantando, a segar
corre
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La que espiga le ofrece ya
dorada,
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La estación ardorosa del Estío,
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Cual trabado en su marcha, allí
se embarga;
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Allí se inquieta todo; allí se
agita;
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Y
de ayes puebla mil aquellas auras.
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|
Su corazón se admira, se
sorprende
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De
tan nuevos deseos. Él, su estancia
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|
Embebecido, fija, y encantado
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En tan bello retiro, y empezada
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Deja su mies preciosa. El que
apacienta
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Cabe dél, hato rico, la zagala
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Olvidando, y temblándole la
mano,
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Ya
de ella, sin sentir, se le resbalan
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Los bolillos al suelo. De este
hechizo
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A poderío tal, a fuerza tanta,
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¿Qué
hacer pudo de Estrée, cuando atraída
|
|
|
De un invencible encanto es la
cuitada?
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Ella que combatir tenía, a un
tiempo,
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|
|
En
ocasión y en horas tan menguadas,
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|
Su edad, su corazón, su amor, y
un héroe.
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|
|
De
Enrique, por un tiempo, la gran alma,
|
|
|
La inmortal valentía, allá en
secreto
|
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|
Su inacción reprobando, le
llamaran
|
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|
De su glorioso campo a las
banderas:
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|
Pero mano invisible le ligaba
|
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|
A su pesar allí. Apoyo, en vano,
|
|
|
En su primer virtud Borbón
buscara.
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|
|
Su virtud le abandona; y su alma
absorta,
|
|
|
No conoce, no ve, no escucha, no
ama
|
|
|
Más
deber que su Estrée, más gloria y dicha.
|
|
|
De
Enrique, en este tiempo, la morada
|
|
|
Sus
jefes ignorando, de él distantes,
|
|
|
¡Con qué afán por su Rey se
preguntaban
|
|
|
Los
unos a los otros! ¡qué confusos,
|
|
|
Cuán sin ánimo y mustios todos andan!
|
|
|
Por
sus días solícitos y ansiosos,
|
|
|
Agitábanse todos y temblaban:
|
|
|
Creer, empero, alguno no
pudiera,
|
|
|
Que
en tan fatal ausencia, sin infamia
|
|
|
Temblar también debiese por su
gloria.
|
|
|
En balde por do quier se le
buscaba;
|
|
|
Y
sus bravos guerreros, desmayados,
|
|
|
No llevándole al frente, que
quedaran
|
|
|
Parecía dispersos y vencidos.
|
|
|
Pero
el Genio feliz, que de la Francia
|
|
|
Preside a los destinos, tiempo
largo
|
|
|
Ausencia no sufrió tan
arriesgada.
|
|
|
A la voz de Luis baja del Cielo;
|
|
|
Y con vuelo veloz, sobre sus
alas,
|
|
|
De su hijo al socorro parte al
punto.
|
|
|
Luego
que, descendiendo, el pie descansa
|
|
|
Sobre nuestro hemisferio, por
que pueda
|
|
|
Con un sabio encontrarse, atenta
ojeada
|
|
|
Por la tierra tendió; más sin
buscarle
|
|
|
En aquellas mansiones veneradas,
|
|
|
Que al estudio los hombres, al
silencio,
|
|
|
Y al penitente ayuno
consagraran,
|
|
|
A
encontrarle en Ivri rápido vuela.
|
|
|
Entre aquella licencia relajada,
|
|
|
Donde
de los soldados victoriosos,
|
|
|
La arrogante insolencia se
desata,
|
|
|
Fija el ángel feliz de los
franceses
|
|
|
Su vuelo celestial. Allí se
para;
|
|
|
Y
en medio de los fieros estandartes,
|
|
|
De
los que de Calvino hijos se llaman,
|
|
|
Se
dirige a Morné, por enseñarnos,
|
|
|
Que la sola razón, mil veces
basta
|
|
|
A
conducirnos bien: de la manera,
|
|
|
Que,
entre paganas gentes, ya guiara
|
|
|
A
los Marcos Aurelios y Platones,
|
|
|
Vergüenza
y confusión de las cristianas.
|
|
|
Morné, prudente amigo, nada menos
|
|
|
Que filósofo austero, no
ignorara
|
|
|
El arte tan discreto como raro
|
|
|
De
agradar reprehendiendo. Él enseñaba
|
|
|
Más que con el discurso con su
ejemplo.
|
|
|
Las virtudes más sólidas, del
alma
|
|
|
De
Morné, los amores fueran todos.
|
|
|
Ávido
de trabajos, sin más ansias,
|
|
|
Y a
los blandos placeres insensible,
|
|
|
Al borde, con pie firme,
caminaba
|
|
|
Del mayor precipicio. Nunca el
tono
|
|
|
De
la corte, ni su aura envenenada,
|
|
|
La pura austeridad de su
constante
|
|
|
Corazón, corrompiera ni
alterara.
|
|
|
Así ¡bella Aretusa! de
Amfitrite,
|
|
|
A tu inviolado tránsito,
pasmada,
|
|
|
Hasta el seno feroz y
borrascoso,
|
|
|
Rodar hacen tus ondas dulces
aguas,
|
|
|
Limpios
cristales claros, a que nunca,
|
|
|
De
los piélagos vicia, ni contagia
|
|
|
La salobre amargura, por do
corren.
|
|
|
Generoso
Morné, cuyas pisadas
|
|
|
La Prudencia dirige, a su par
vuela
|
|
|
En alas del afecto a la morada,
|
|
|
En
que la femenil dulce molicie,
|
|
|
En sus brazos prendiendo,
esclavizaba
|
|
|
Al
vencedor terrible de los hombres,
|
|
|
Y
con él los destinos de la Patria:
|
|
|
Multiplicando Amor sus tiernos
triunfos,
|
|
|
Sus
dichas cada instante acrecentaba,
|
|
|
Por
desmenguar más bien sus altas glorias.
|
|
|
Los
deleites, que rápida duranza
|
|
|
Suelen sólo lograr, embelesando
|
|
|
Sus
momentos, sus días renovaban.
|
|
|
Colérico el Amor, en medio de ellos,
|
|
|
La severa Prudencia, colocada
|
|
|
Del virtuoso Morné descubre al
lado.
|
|
|
Transpórtase furioso; y en
venganza,
|
|
|
Contra el sabio guerrero una
saeta
|
|
|
Lanzar quiere cruel, con que
pensaba
|
|
|
Hechizar
sus sentidos, y creía
|
|
|
Herir su corazón: pero se
engaña.
|
|
|
Su
cólera, Morné y agudas flechas,
|
|
|
Sus encantos, Morné,
menospreciaba.
|
|
|
Impotentes
sus puntas, se rompían
|
|
|
En su armadura todas, o
embotaban.
|
|
|
Con circunspecto acuerdo, que a
sus ojos
|
|
|
Se le ofreciese el Rey, modesto
aguarda;
|
|
|
Y entre tanto, con vista y ceño
airado,
|
|
|
Aquel hermoso sitio contemplaba.
|
|
|
Del
sombrío jardín allá en el fondo,
|
|
|
Y a
orillas de un raudal de limpias aguas,
|
|
|
Bajo un mirto amoroso, del
misterio
|
|
|
Verde y ameno asilo, prodigaba
|
|
|
A
su amante la Estrée sus gracias todas.
|
|
|
Unido el uno al otro, cual
pegada
|
|
|
Suele al laurel la hiedra, entre
los brazos
|
|
|
De
su Estrée nuestro Enrique se abrasaba,
|
|
|
De
amor desfallecía. De los tiernos
|
|
|
Suavísimos coloquios, que
alternaban,
|
|
|
Nada,
en tales momentos, capaz fuera
|
|
|
De alterar el hechizo. Se
llenaran
|
|
|
De
lágrimas sus ojos y desmayo,
|
|
|
De
aquellas dulces lágrimas, que labran
|
|
|
La
gloria y el placer de los amantes.
|
|
|
Ellos allí sentían, y gustaban
|
|
|
Aquella embriaguez, aquel
arrobo,
|
|
|
Aquel
muelle transporte y furia mansa,
|
|
|
Que solo un amor tierno gustar
hace,
|
|
|
Y
que explicar también él solo alcanza.
|
|
|
Juguetones placeres y festivos,
|
|
|
Amores mil de un índole aniñada,
|
|
|
De
su dulce reposo allá en el seno,
|
|
|
Aquel fuerte guerrero
desarmaran.
|
|
|
Aquí, el uno, agarraba y
revolvía
|
|
|
Aún teñida de sangre su coraza.
|
|
|
Al héroe manoseando y desciñendo
|
|
|
Otro, allí, la terrible
cimitarra,
|
|
|
Se
reía a placer, y entre sus manos
|
|
|
Débiles e infantiles, jugueteaba
|
|
|
Con el hierro, que apoyo era del
trono,
|
|
|
Y a
los hombres horror y espanto causa.
|
|
|
La Discordia, a lo lejos, acechando
|
|
|
Sus
humanas flaquezas, le insultaba;
|
|
|
Y
el afecto cruel de su contento,
|
|
|
Exprimía con pérfidas risadas.
|
|
|
Su actividad aleve, no prodiga
|
|
|
Tan críticos momentos. Sin
tardanza,
|
|
|
Las
sierpes de la Liga a irritar corre;
|
|
|
Y
mientras que a los brazos se entregara
|
|
|
Del reposo Borbón, del bando
opuesto
|
|
|
Las infernales furias
despertaba.
|
|
|
Por
fin en los jardines, do yacía
|
|
|
Su virtud en el ocio aletargada,
|
|
|
Parecer
ve Morné. Vele, y se afrenta.
|
|
|
Uno de otro, en secreto,
recelaba
|
|
|
La presencia al igual. Se acerca
el sabio,
|
|
|
Y un sombrío silencio grave
guarda;
|
|
|
Más su silencio mismo, el mirar
triste
|
|
|
De su abatida vista ¡Cuánto
daban
|
|
|
Que entender a Borbón! Sobre
aquel rostro
|
|
|
Humildemente
severo, en que reinaba
|
|
|
La dura pesadumbre, su flaqueza
|
|
|
Fácilmente y rubor Borbón
repara.
|
|
|
Odia Amor sus sorpresas. Raras
veces,
|
|
|
Suele amarse al testigo de sus
faltas.
|
|
|
De
Morné, cualquier otro, los cuidados
|
|
|
No hubiera agradecido, a mal
llevara. 89
|
|
|
«¡Caro amigo! el Rey dice, mis
enojos
|
|
|
Temer no debes, no. Quien me
señala,
|
|
|
Quien mi deber me advierte, de
agradarme
|
|
|
Seguro puede estar. Ven: llega.
Aún se halla
|
|
|
Digno de ti tu Rey, y su alma
dócil.
|
|
|
No más, no más, Morné; te he
visto, y basta.
|
|
|
Tú me has vuelto a mí mismo
¡caro amigo!
|
|
|
Ya la virtud antigua, que robara
|
|
|
De mi pecho el amor, a cobrar
vuelvo.
|
|
|
De
esta inacción tan torpe y desairada
|
|
|
Los
males evitemos. De este estado
|
|
|
La afrenta huyamos ya, la torpe
infamia.
|
|
|
De
este lugar huyamos tan funesto,
|
|
|
Donde mi corazón aún quiere, aún
ama,
|
|
|
Aún pide, amotinado, el dulce
grillo,
|
|
|
Con
que el Amor en él le aprisionaba.
|
|
|
De hoy más, de mi pasión la
fiera fuga,
|
|
|
Mi victoria será más noble y
cara.
|
|
|
En
los brazos partamos de la gloria,
|
|
|
A retar del Amor las asechanzas.
|
|
|
De la guerra, al momento, los
terrores,
|
|
|
Las rápidas sorpresas, las
alarmas
|
|
|
Hacia París, intrépidos,
llevando,
|
|
|
Lave ya de mi error obscuras
manchas,
|
|
|
En la española sangre nuestro
acero.»
|
|
|
De
un valor generoso, a estas palabras,
|
|
|
A su dueño, Morné, ya reconoce;
|
|
|
Y de alborozo lleno: «El mismo,
exclama,
|
|
|
El
mismo sois, Enrique, que hoy mis ojos
|
|
|
Tornan de nuevo a ver. ¡Vos, de
la Francia
|
|
|
Augusto
defensor! ¡Vos, de vos mismo
|
|
|
El vencedor ilustre, y el
monarca
|
|
|
De vuestro corazón! Las glorias
vuestras,
|
|
|
Con nuevo brillo, Amor, hoy día
esmalta.
|
|
|
Feliz
hombre es aquel que Amor ignora,
|
|
|
Y
héroe más raro aquel que le avasalla.»
|
|
|
Dijo:
y de tales sitios a alejarse
|
|
|
Ya se apresura el Rey ¡Qué pena
amarga!
|
|
|
¡Cuánto dolor! ¡o Cielo! ha
enternecido
|
|
|
Aquel último adiós! Absorta el
alma
|
|
|
De
tan gracioso objeto y tan amable,
|
|
|
De
quien huyendo va, y aun adoraba,
|
|
|
Condenando sus lágrimas, a un
tiempo
|
|
|
Sin libertad Enrique las
derrama.
|
|
|
Del Amor a una parte arrebatado,
|
|
|
De Morné conducido a la
contraria,
|
|
|
Ya se aleja, ya torna, ya en fin
parte,
|
|
|
Parte desesperado. Desmayada
|
|
|
Cae al punto de Estrée, sin
movimiento,
|
|
|
Sin color y sin vida. Subitánea
|
|
|
Negra y fúnebre sombra, a
eclipsar llega
|
|
|
De
sus hermosos ojos la luz clara.
|
|
|
Amor, que lo percibe, se
estremece,
|
|
|
Y a los aires, furioso, un grito
lanza.
|
|
|
Recelaba
el aleve, y se afligía,
|
|
|
De que una noche eterna le
robara
|
|
|
Una ninfa, a su imperio, tan
hermosa;
|
|
|
Y
el dulce hechizo aquel, aquella llama
|
|
|
De
unos hermosos ojos, que debían
|
|
|
En
la Francia encender hogueras tantas,
|
|
|
Para siempre apagase inexorable.
|
|
|
Él
la toma en sus brazos: él la halaga:
|
|
|
Él la fomenta; y presto a su voz
dulce,
|
|
|
Vélense
de la amante desolada
|
|
|
Los párpados a abrir
amortiguados.
|
|
|
A su querido nombra veces
varias;
|
|
|
Por él pregunta a Amor, do
quiere le buscan
|
|
|
Solícitos
sus ojos, y se apagan,
|
|
|
Se cierran al no hallarle. Cerca
de ella,
|
|
|
El
Amor en mil lágrimas se baña.
|
|
|
Del día a la luz bella, que
aborrece,
|
|
|
Tiernamente una vez y otra la
llama.
|
|
|
Con esperanzas mil consoladoras,
|
|
|
Sagazmente procura confortarla,
|
|
|
Y a
males, de que sólo el autor era,
|
|
|
Alivios y consuelos aplicaba.
|
|
|
Morné,
siempre inflexible, siempre austero,
|
|
|
A su Señor, en tanto, que notara
|
|
|
Demasiado sensible, sostenía.
|
|
|
La virtud y la fuerza, les
mostraban
|
|
|
Del honor los caminos. Con
laureles
|
|
|
En
las manos, la gloria les guiaba;
|
|
|
Y el indignado Amor, como
vencido
|
|
|
Por el justo deber, de Anet
escapa
|
|
|
A esconder, de allí lejos, con
su pena,
|
|
|
Su furor, su vergüenza, y su
desgracia.
|