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François-Marie Arouet de Voltaire
La Henriada

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Canto nono

Argumento



     

Descripción del templo del Amor. La Discordia implora su poder para afeminar el

 

   valor de Enrique IV. Este héroe es retenido algún tiempo cerca de Mma. De Estrée,

 

   tan célebre bajo el nombre de la bella Gabriela. Morné le arranca a su amor y el Rey

 

   vuelve a su ejército.



                              

Del país, que el antiguo llamó Idalia,

 

Sobre aquellos confines venturosos,

 

Señalados lugares, donde el Asia

 

Su principio, y la Europa su fin tienen,

 

Un vetusto palacio se levanta,

 

Que el tiempo respetó. Naturaleza,

 

Sus primordiales bases allí labra;

 

Y su rústica y simple arquitectura,

 

Ornando en pos del arte mano sabia,

 

Por atrevidos rasgos de su genio,

 

A la naturaleza se adelanta.

 

De su alegre distrito las campiñas,

 

Todas de verde mirto allí pobladas,

 

De sañudos inviernos los ultrajes

 

No sufrieron jamás. Especies varias

 

Nacen allí y maduran por do quiera,

 

De frutos de Pomona, entre mil galas

 

Y dones aromáticos de Flora.

 

Oficiosa la tierra, allí no aguarda,

 

Para ofrecer copiosas ricas mieses,

 

Ni del hombre los votos, ni ordinarias

 

Estaciones fructíferas del año.

 

En la paz más profunda, ledos hallan,

 

Gozan allí los hombres cuantos gustos

 

En la primera edad del mundo fausta,

 

De la naturaleza le ofreciera

 

La bienhechora mano. Eterna calma,

 

Días puros, serenos y apacibles,

 

La dulzura y placer, que la abundancia

 

Suele ofrecer risueña a los mortales,

 

Los bienes, en fin, todos, y las gracias

 

De la edad primitiva, de ellas sólo

 

La cándida inocencia exceptuada.

 

Otro estrépito allí jamás se escucha,

 

Que el de conciertos músicos, que encantan,

 

Y con dulce harmonía, languideces

 

Por las voces inspiran y palabras

 

De mil amantes, y mil tiernos tonos

 

Con que les corresponden sus amadas,

 

Y en que, a veces, celebran su vergüenza,

 

Y hacen de sus flaquezas, gloria vana.

 

Véseles cada día, con sus frentes

 

De floridas guirnaldas coronadas,

 

Implorar de sus dueños los favores;

 

Y en la maña y las artes poco cautas

 

De imponer y agradar, ir en su templo

 

A ensayarse a porfía y afanadas.

 

Del Amor, por la mano, a los altares,

 

Con faz siempre serena, la Esperanza

 

Plácida y lisonjera las conduce.

 

Del sacro templo aquel, siempre cercanas

 

Las Gracias, al desdén, medio desnudas,

 

A su melosa voz, ingenuas danzas

 

Con donaire entrelazan y conciertan.

 

Allí el muelle Deleite, en quietud blanda,

 

Sobre un lecho de céspedes tendido,

 

Sus canciones escucha, y se solaza.

 

Oficiosas le asisten a sus lados,

 

La dócil Complacencia, la Confianza,

 

Los amantes Cuidados, los Placeres,

 

Los Suspiros, en fin, y tiernas Ansias,

 

Aún de más dulce llama y seductora

 

Que los placeres mismos. Tal la entrada

 

Es del célebre templo, y tan amable;

 

Más cuando del mortal liviana planta,

 

Bajo la sacra bóveda, hasta el fondo

 

Del santuario mismo, audaz avanza,

 

¡Qué espectáculo, entonces, tan funesto,

 

Los ojos de sorpresa en él espanta!

 

De Placeres, allí, ya no aparece

 

Aquella tropa, un tiempo, tierna y cara,

 

Ni sus suaves conciertos amorosos,

 

Los oídos patéticos halagan.

 

Las Querellas, tan solo, y el Fastidio,

 

El Temor e Imprudencia temeraria,

 

En un lugar transforman de horror lleno,

 

Tan hermosa mansión y afortunada.

 

De tez pálida y lívida, sombríos,

 

Con pie trémulo, allí, los Celos andan,

 

Tras la inquieta Sospecha, que los guía.

 

La Cólera y el Odio, ante ella marchan

 

Vomitando venenos y blandiendo

 

Un matador puñal. De vista zaina

 

La Malicia, los ve, y al paso aplaude,

 

Con maligna sonrisa y afectada,

 

La comparsa frenética y odiosa.

 

De su error, cerca de ella, y de su rabia,

 

El Arrepentimiento, aunque harto tarde,

 

Los bárbaros furores detestaba,

 

Y aquel horrible séquito cerrando,

 

Confundido suspira, y mustio baja

 

Bañados en mil lágrimas los ojos.

 

     Aquí en medio de corte tan infausta,

 

Siempre ingrata e infelice compañera

 

Del humano gozar, su eterna estancia

 

El Amor escogiera. De este niño,

 

Tan tierno como cruel, la mano flaca,

 

Los destinos pendientes de la tierra

 

Lleva siempre a placer. Guerra o paz manda

 

Con sólo un simple gesto, y derramando

 

Por todo lo criado, en abundancia

 

Su dulzura falaz, anima el mundo,

 

Y en todo corazón albergue alcanza.

 

Sobre un fúlgido trono, sus conquistas

 

Contemplando, a sus pies fiero arrojaba

 

Las más soberbias testas, y engreído

 

Más bien de las crueldades de su llama,

 

Que de sus beneficios, daba señas

 

De holgarse de los males que causaba.

 

     Guiada por la rabia, la Discordia,

 

Los placeres de allí desvía airada.

 

Ábrese un libre paso, y agitando

 

Las encendidas hachas que empuñaba,

 

Con ojos brasas hechos, y con frente

 

Iracunda y teñida en sangre humana,

 

«¡Hermano mío! dice ¿Qué se hicieron

 

Las terribles saetas de tu aljaba?

 

¿Para quién esas flechas invencibles

 

Conservaras, Amor, así guardadas?

 

Si de tu fiel hermana la Discordia

 

Las teas encendiendo, a crudas sañas

 

De tus locos furores, siempre ansiaste

 

La ponzoña mezclar de sus entrañas;

 

Si a la madre común Naturaleza,

 

Con horrible trastorno perturbada

 

Dejé en obsequio tuyo, tantas veces,

 

Ven: y sobre mis huellas, la venganza

 

Vuela al punto a tomar de mis injurias.

 

De un victorioso Rey la fuerte planta,

 

Mis serpientes aprensa. Su audaz mano,

 

De la guerra al laurel, terrible enlaza

 

De la paz la agradable y mansa oliva.

 

La Clemencia, que asidua le acompaña,

 

Con un tranquilo paso, generosa,

 

De su guerrero impulso el ardor calma,

 

Y en el túrbido seno y desgarrado

 

De la guerra civil, por mí excitada,

 

Ya bajo sus banderas victoriosas,

 

Flotando por do quier, todas las almas

 

Por mí sola discordes, va a reunirse.

 

Una victoria más, en polvo, a nada

 

Reducido será mi altivo trono.

 

Del rebelde París a las murallas

 

El rayo lleva Enrique, y a batirle,

 

Vencerle y perdonarle se adelanta.

 

Con cien grillos de bronce aprisionarme

 

Su brazo premedita. A ti, la hazaña

 

Toca ya de enfrenar ese torrente

 

En su curso feroz. Sus, parte, marcha

 

La fuente a emponzoñar de tan sublimes

 

Y valerosos hechos. Ya postrada,

 

Bajo tu yugo ¡Amor! su gloria gima.

 

Haz que a tu tierno halago y dulce magia,

 

De la misma virtud quede en el seno,

 

De su esfuerzo rendida la constancia.

 

Tú has sido ¡Amor! tú has sido, acordaraste,

 

Cuya mano fatal urdió la trama

 

De hacer caer de un Hércules las fuerzas,

 

A los pies arrastrándolas de Omphala.

 

¿Y no se viera a Antonio entre tus hierros

 

Cautivo y quebrantado, abandonada

 

La pretensión por ti del Orbe entero,

 

Delante huir de Augusto con infamia,

 

Y tras tus huellas solo, de Neptuno

 

A la región librándose salada,

 

Del universo mundo al alto imperio,

 

Anteponer gustoso a su Cleopatra?

 

Vencer te resta a Enrique, además de tantos

 

Orgullosos guerreros de alta fama.

 

En sus soberbias manos, ve de un vuelo

 

A marchitar laureles, que las cargan.

 

De mirto y de arrayan, su sien altiva

 

Parte al punto a dejar tan solo ornada.

 

Entre el mimo y arrullo de tus brazos,

 

Adormece su bélica arrogancia.

 

A mi trono en peligro y vacilante,

 

Corre a servir de apoyo. Ven: mi causa

 

Es la tuya, y también tu reino el mío.»

 

     Así dijo aquel monstruo: y retembladas

 

Las bóvedas del templo, repetían

 

Los ecos de su voz, que espanto daban.

 

Amor, que allí entre flores recostado,

 

A su sabor la plática escuchara,

 

Al tono respondió de sus furores,

 

Con sola una sonrisa fiera y grata:

 

De sus doradas flechas se arma, en tanto,

 

Y del Cielo la bóveda azulada,

 

En un punto, cual rayo, veloz hiende.

 

De Placeres, de Juegos, y de Gracias

 

Guiado por los aires, y traído

 

De los céfiros blandos en las alas,

 

A los franceses campos raudo vuela.

 

     Del mezquino Simois presto las aguas

 

En su carrera avista, con los campos

 

Donde un tiempo fue Troya. En estas playas,

 

Tan célebres un día, el rapaz fiero

 

Ríese al contemplar de torres altas,

 

De suntuosos palacios las cenizas,

 

A que las redujeron torpes llamas

 

De su adúltera tea. Allá a lo lejos,

 

Fábricas ve soberbias, ve murallas,

 

Que sobre un golfo erguidas, parecía,

 

Que entre sus ondas móviles bogaban.

 

Venecia es la que ve, del mundo asombro,

 

Cuyo destino al ver Neptuno pasma,

 

Y que a las vagas ondas encerrando

 

Con su seno esposadas, fiera manda.

 

     Desciende a descansar, y alto Amor hace,

 

De la fértil Sicilia en las aisladas

 

Fructíferas campiñas, donde un tiempo

 

A Virgilio y Teócrito inspiraba;

 

Y do también se cuenta, que allá un día,

 

De su poder la fuerza arrebatara

 

Del amoroso Alfeo los raudales

 

Por ocultos caminos. Se levanta:

 

Y las orillas plácidas dejando

 

Del amable Aretusa, veloz pasa

 

En campos de Provenza hacia Voclusa,

 

Más dulce asilo aún y suave estancia,

 

Donde en sus bellos días, sus amores

 

Suspirara, y sus versos el Petrarca.

 

Las paredes de Anet ve remontarse

 

Del Euro a las riberas, cuya magna

 

Elegante estructura trazó él mismo

 

Y do por diestras manos aún grabadas,

 

Visibles hasta el día se conservan,

 

Las amorosas cifras de Diana. 87

 

Las Gracias, al pasar, y los Placeres,

 

Sobre su tumba, flores, que brotaran

 

Bajo sus lindas huellas, derramaron.

 

     Termina ya el Amor su veloz marcha,

 

Y a Ivri llega por fin; do a partir pronto

 

Para empresas mayores el monarca,

 

Aún en medio del ocio, activo y bravo,

 

Útil y dulcemente conciliaba

 

La laboriosa imagen de la guerra,

 

Con los regios solaces de la caza,

 

Y en tan marcial recreo, algún instante

 

Su trueno reposar en paz dejaba.

 

Mil jóvenes guerreros, a su lado,

 

Y al través de los campos, acosaban

 

Diestramente los huéspedes del bosque.

 

Una alegría bárbara e inhumana

 

Siente a su vista Amor: aguza flechas;

 

Sus cadenas apresta; lazos arma;

 

Y los aires agita y alborota,

 

Que a proposito él mismo serenara.

 

Habla: y súbitamente vense armados

 

Los elementos todos. De la plaga

 

Más remota del mundo, hasta la opuesta,

 

La tempestad llamando, su voz manda

 

Que congreguen los vientos mil nublados;

 

Que desprendan al pronto, de las aguas

 

Los torrentes suspensos en el aire;

 

Y que sobre aquel suelo al punto traigan

 

Con la noche relámpagos y rayos.

 

     A sus órdenes fieles e irritadas

 

Del Aquilón las furias, en los cielos

 

Despliegan anublados, fieras alas.

 

La más horrible noche, a un día hermoso

 

Suceder se ve ya. Gime, se espanta,

 

Y la Naturaleza a Amor conoce.

 

     De aquella vasta y húmeda campaña

 

Por entre cenagosos y hondos surcos,

 

Un pie incierto, Borbón, encaminaba

 

Sin guía y sin escolta. Amor, entonces,

 

De su antorcha excitando la cruel llama,

 

Hace delante dél ir alumbrando

 

Este nuevo prodigio. En la intrincada

 

Umbría de las selvas, de los suyos

 

Abandonado el Rey, tras la luz marcha

 

De aquel astro enemigo, que entre sombras

 

Brillando de la noche, le guiadaba.

 

Cual se vieran, a veces, los viajeros

 

Ir, errantes, siguiendo en sus jornadas

 

Varios ardientes fuegos, que la tierra

 

De sus senos recónditos exhala,

 

Pasajeros vapores, cuyas luces

 

Maléficas los llevan, deslumbrada

 

La vista, al precipicio, hasta el momento,

 

En que ellas le iluminan, y él los traga.

 

     Hacía poco tiempo, que fortuna,

 

De una ilustre mortal la bella planta

 

A estos lúgubres climas condujera.

 

De una tranquila quinta solitaria

 

En el fondo apacible, allá bien lejos

 

Del horroroso estruendo de las armas,

 

Esperaba la joven a su padre,

 

Que a sus príncipes fiel, y honrosas canas

 

De la guerra adquiriendo entre los riesgos,

 

Nunca del Gran Enrique abandonara

 

Los gloriosos y regios estandartes.

 

Era de Estrée su nombre. Mano franca 88

 

De la naturaleza, sin medida,

 

De sus amables dones la colmara.

 

No con tanto esplendor, a las riberas

 

Del Eurotas, un día, rutilaba

 

La criminal belleza, que a su esposo

 

Menelao, la fe, torpe violara.

 

Menos por cierto hermosa e interesante,

 

Ostentar viera Tarsis en sus playas,

 

La suprema beldad, que del Romano

 

Al formidable dueño esclavizara,

 

Cuando mortales razas de habitantes,

 

Que allá a orillas del Cidano moraban,

 

Por la Diosa acatándola de Chipre,

 

En su culto incensarios manejaran.

 

Ella en la edad rayaba... ¡Edad terrible!

 

Que hace de las pasiones más tiranas

 

Inevitable y grato el dulce yugo.

 

Su corazón naciera, y se formaba

 

Para el amor más fino: pero votos,

 

Aún, fiero y generoso, no aceptara

 

De algún ansioso amante; parecida

 

A la mimosa rosa, en la mañana

 

De su fresca apacible primavera,

 

Que su natal belleza al nacer guarda,

 

Y en sus primeros días, recatando

 

De los vientos de amor a las oleadas,

 

Los preciosos tesoros de su seno,

 

Ábrelos a su tiempo, y los regala

 

Sólo a los rayos dulces y suaves,

 

De un día de serena y pura calma.

 

     Entre tanto, el Amor, que a sorprenderla,

 

Bajo un supuesto nombre se aprestara,

 

Cerca de ella de súbito aparece

 

Sin su antorcha, sus flechas, y su aljaba.

 

La voz de un simple niño y la figura

 

Toma, y esto le cuenta. «En las cercanas

 

Riberas dejó verse ese famoso

 

Vencedor de Mayenne, que se avanza

 

Hacia aquestos lugares;» y al decirlo,

 

Allá en su corazón un ansia extraña,

 

Un deseo ignorado introducía

 

De agradar a aquel héroe, y animada

 

Viose de nuevas gracias su tez bella.

 

Aplaudíase Amor, al contemplarla

 

Hermosa tanto entonces, y ayudado

 

Del tropel de atractivos, que la agracian,

 

¿Qué no debió esperar? él, de Estrée, lleva

 

Al encuentro del Rey, la linda planta.

 

El arte, con que él mismo, simplemente

 

Su traje y sus adornos preparara,

 

A seducidos ojos parecían

 

De la naturaleza propia gala.

 

De sus blondos cabellos oro fino,

 

Que del viento a merced, en él flotaba,

 

Ora, revoleando, los nacientes

 

Tesoros va a cubrir de su garganta,

 

Ora expone a los ojos sus encantos,

 

Sus inefables y picantes gracias,

 

Que aún más preciosas hacen su modestia:

 

No aquella austeridad feroz y opaca,

 

Que a la misma beldad, que al amor mismo

 

De sí lejos arredra, y los espanta,

 

Sino el pudor, que dulce, que inocente,

 

Que aniñado, colora, enciende, esmalta,

 

De un divino sonrojo los semblantes;

 

Que inspirando respeto, aviva e inflama

 

Mucho más el deseo, y los placeres

 

Del que puede vencerlo, más exalta.

 

     Aún hace más Amor, a quien milagro

 

No es imposible alguno; pues encanta

 

Por invisible hechizo estos lugares.

 

Mirtos entrelazados por sus ramas,

 

Que sumisa la tierra, en un momento

 

Abortó de sus pródigas entrañas,

 

Sobre el suelo extendían del contorno,

 

Verde frondosidad embovedada.

 

Bajo su fatal sombra, incautamente,

 

Cualquier mortal apenas su pie estampa,

 

Cuando por mil secretos blandos lazos

 

Siéntese detener. Allí le agrada;

 

Estarse allí le place. Allí se turba:

 

Salir de allí no puede. Un onda clara,

 

Bajo estas sombras plácidas huyendo,

 

Embelesa la vista, y la arrebata.

 

Los dichosos amantes, embargados

 

De una embriaguez allí tan dulce y cara,

 

De todo su deber un pleno olvido

 

A vasos llenos beben y sin tasa.

 

En todo aquel recinto delicioso,

 

Triunfa y reina el Amor. En él alcanza,

 

Y un poder probar hace irresistible.

 

Todo parece allí que el Amor cambia,

 

Y todo corazón allí suspira.

 

Todos embelesados allí se hallan,

 

Del encanto que inspiran y resuellan.

 

Todo allí de Amor habla. Amores cantan,

 

Y aves gorjean mil, y mil redoblan

 

Por los amenos campos y enramadas,

 

Sus ósculos, sus trinos, y caricias.

 

El segador activo, que se avanza

 

A la Aurora, y cantando, a segar corre

 

La que espiga le ofrece ya dorada,

 

La estación ardorosa del Estío,

 

Cual trabado en su marcha, allí se embarga;

 

Allí se inquieta todo; allí se agita;

 

Y de ayes puebla mil aquellas auras.

 

Su corazón se admira, se sorprende

 

De tan nuevos deseos. Él, su estancia

 

Embebecido, fija, y encantado

 

En tan bello retiro, y empezada

 

Deja su mies preciosa. El que apacienta

 

Cabe dél, hato rico, la zagala

 

Olvidando, y temblándole la mano,

 

Ya de ella, sin sentir, se le resbalan

 

Los bolillos al suelo. De este hechizo

 

A poderío tal, a fuerza tanta,

 

¿Qué hacer pudo de Estrée, cuando atraída

 

De un invencible encanto es la cuitada?

 

Ella que combatir tenía, a un tiempo,

 

En ocasión y en horas tan menguadas,

 

Su edad, su corazón, su amor, y un héroe.

 

     De Enrique, por un tiempo, la gran alma,

 

La inmortal valentía, allá en secreto

 

Su inacción reprobando, le llamaran

 

De su glorioso campo a las banderas:

 

Pero mano invisible le ligaba

 

A su pesar allí. Apoyo, en vano,

 

En su primer virtud Borbón buscara.

 

Su virtud le abandona; y su alma absorta,

 

No conoce, no ve, no escucha, no ama

 

Más deber que su Estrée, más gloria y dicha.

 

     De Enrique, en este tiempo, la morada

 

Sus jefes ignorando, de él distantes,

 

¡Con qué afán por su Rey se preguntaban

 

Los unos a los otros! ¡qué confusos,

 

Cuán sin ánimo y mustios todos andan!

 

Por sus días solícitos y ansiosos,

 

Agitábanse todos y temblaban:

 

Creer, empero, alguno no pudiera,

 

Que en tan fatal ausencia, sin infamia

 

Temblar también debiese por su gloria.

 

En balde por do quier se le buscaba;

 

Y sus bravos guerreros, desmayados,

 

No llevándole al frente, que quedaran

 

Parecía dispersos y vencidos.

 

     Pero el Genio feliz, que de la Francia

 

Preside a los destinos, tiempo largo

 

Ausencia no sufrió tan arriesgada.

 

A la voz de Luis baja del Cielo;

 

Y con vuelo veloz, sobre sus alas,

 

De su hijo al socorro parte al punto.

 

     Luego que, descendiendo, el pie descansa

 

Sobre nuestro hemisferio, por que pueda

 

Con un sabio encontrarse, atenta ojeada

 

Por la tierra tendió; más sin buscarle

 

En aquellas mansiones veneradas,

 

Que al estudio los hombres, al silencio,

 

Y al penitente ayuno consagraran,

 

A encontrarle en Ivri rápido vuela.

 

Entre aquella licencia relajada,

 

Donde de los soldados victoriosos,

 

La arrogante insolencia se desata,

 

Fija el ángel feliz de los franceses

 

Su vuelo celestial. Allí se para;

 

Y en medio de los fieros estandartes,

 

De los que de Calvino hijos se llaman,

 

Se dirige a Morné, por enseñarnos,

 

Que la sola razón, mil veces basta

 

A conducirnos bien: de la manera,

 

Que, entre paganas gentes, ya guiara

 

A los Marcos Aurelios y Platones,

 

Vergüenza y confusión de las cristianas.

 

     Morné, prudente amigo, nada menos

 

Que filósofo austero, no ignorara

 

El arte tan discreto como raro

 

De agradar reprehendiendo. Él enseñaba

 

Más que con el discurso con su ejemplo.

 

Las virtudes más sólidas, del alma

 

De Morné, los amores fueran todos.

 

Ávido de trabajos, sin más ansias,

 

Y a los blandos placeres insensible,

 

Al borde, con pie firme, caminaba

 

Del mayor precipicio. Nunca el tono

 

De la corte, ni su aura envenenada,

 

La pura austeridad de su constante

 

Corazón, corrompiera ni alterara.

 

Así ¡bella Aretusa! de Amfitrite,

 

A tu inviolado tránsito, pasmada,

 

Hasta el seno feroz y borrascoso,

 

Rodar hacen tus ondas dulces aguas,

 

Limpios cristales claros, a que nunca,

 

De los piélagos vicia, ni contagia

 

La salobre amargura, por do corren.

 

     Generoso Morné, cuyas pisadas

 

La Prudencia dirige, a su par vuela

 

En alas del afecto a la morada,

 

En que la femenil dulce molicie,

 

En sus brazos prendiendo, esclavizaba

 

Al vencedor terrible de los hombres,

 

Y con él los destinos de la Patria:

 

Multiplicando Amor sus tiernos triunfos,

 

Sus dichas cada instante acrecentaba,

 

Por desmenguar más bien sus altas glorias.

 

Los deleites, que rápida duranza

 

Suelen sólo lograr, embelesando

 

Sus momentos, sus días renovaban.

 

     Colérico el Amor, en medio de ellos,

 

La severa Prudencia, colocada

 

Del virtuoso Morné descubre al lado.

 

Transpórtase furioso; y en venganza,

 

Contra el sabio guerrero una saeta

 

Lanzar quiere cruel, con que pensaba

 

Hechizar sus sentidos, y creía

 

Herir su corazón: pero se engaña.

 

Su cólera, Morné y agudas flechas,

 

Sus encantos, Morné, menospreciaba.

 

Impotentes sus puntas, se rompían

 

En su armadura todas, o embotaban.

 

Con circunspecto acuerdo, que a sus ojos

 

Se le ofreciese el Rey, modesto aguarda;

 

Y entre tanto, con vista y ceño airado,

 

Aquel hermoso sitio contemplaba.

 

     Del sombrío jardín allá en el fondo,

 

Y a orillas de un raudal de limpias aguas,

 

Bajo un mirto amoroso, del misterio

 

Verde y ameno asilo, prodigaba

 

A su amante la Estrée sus gracias todas.

 

Unido el uno al otro, cual pegada

 

Suele al laurel la hiedra, entre los brazos

 

De su Estrée nuestro Enrique se abrasaba,

 

De amor desfallecía. De los tiernos

 

Suavísimos coloquios, que alternaban,

 

Nada, en tales momentos, capaz fuera

 

De alterar el hechizo. Se llenaran

 

De lágrimas sus ojos y desmayo,

 

De aquellas dulces lágrimas, que labran

 

La gloria y el placer de los amantes.

 

Ellos allí sentían, y gustaban

 

Aquella embriaguez, aquel arrobo,

 

Aquel muelle transporte y furia mansa,

 

Que solo un amor tierno gustar hace,

 

Y que explicar también él solo alcanza.

 

Juguetones placeres y festivos,

 

Amores mil de un índole aniñada,

 

De su dulce reposo allá en el seno,

 

Aquel fuerte guerrero desarmaran.

 

Aquí, el uno, agarraba y revolvía

 

Aún teñida de sangre su coraza.

 

Al héroe manoseando y desciñendo

 

Otro, allí, la terrible cimitarra,

 

Se reía a placer, y entre sus manos

 

Débiles e infantiles, jugueteaba

 

Con el hierro, que apoyo era del trono,

 

Y a los hombres horror y espanto causa.

 

     La Discordia, a lo lejos, acechando

 

Sus humanas flaquezas, le insultaba;

 

Y el afecto cruel de su contento,

 

Exprimía con pérfidas risadas.

 

Su actividad aleve, no prodiga

 

Tan críticos momentos. Sin tardanza,

 

Las sierpes de la Liga a irritar corre;

 

Y mientras que a los brazos se entregara

 

Del reposo Borbón, del bando opuesto

 

Las infernales furias despertaba.

 

     Por fin en los jardines, do yacía

 

Su virtud en el ocio aletargada,

 

Parecer ve Morné. Vele, y se afrenta.

 

Uno de otro, en secreto, recelaba

 

La presencia al igual. Se acerca el sabio,

 

Y un sombrío silencio grave guarda;

 

Más su silencio mismo, el mirar triste

 

De su abatida vista ¡Cuánto daban

 

Que entender a Borbón! Sobre aquel rostro

 

Humildemente severo, en que reinaba

 

La dura pesadumbre, su flaqueza

 

Fácilmente y rubor Borbón repara.

 

Odia Amor sus sorpresas. Raras veces,

 

Suele amarse al testigo de sus faltas.

 

De Morné, cualquier otro, los cuidados

 

No hubiera agradecido, a mal llevara. 89

 

«¡Caro amigo! el Rey dice, mis enojos

 

Temer no debes, no. Quien me señala,

 

Quien mi deber me advierte, de agradarme

 

Seguro puede estar. Ven: llega. Aún se halla

 

Digno de ti tu Rey, y su alma dócil.

 

No más, no más, Morné; te he visto, y basta.

 

Tú me has vuelto a mí mismo ¡caro amigo!

 

Ya la virtud antigua, que robara

 

De mi pecho el amor, a cobrar vuelvo.

 

De esta inacción tan torpe y desairada

 

Los males evitemos. De este estado

 

La afrenta huyamos ya, la torpe infamia.

 

De este lugar huyamos tan funesto,

 

Donde mi corazón aún quiere, aún ama,

 

Aún pide, amotinado, el dulce grillo,

 

Con que el Amor en él le aprisionaba.

 

De hoy más, de mi pasión la fiera fuga,

 

Mi victoria será más noble y cara.

 

En los brazos partamos de la gloria,

 

A retar del Amor las asechanzas.

 

De la guerra, al momento, los terrores,

 

Las rápidas sorpresas, las alarmas

 

Hacia París, intrépidos, llevando,

 

Lave ya de mi error obscuras manchas,

 

En la española sangre nuestro acero

 

     De un valor generoso, a estas palabras,

 

A su dueño, Morné, ya reconoce;

 

Y de alborozo lleno: «El mismo, exclama,

 

El mismo sois, Enrique, que hoy mis ojos

 

Tornan de nuevo a ver. ¡Vos, de la Francia

 

Augusto defensor! ¡Vos, de vos mismo

 

El vencedor ilustre, y el monarca

 

De vuestro corazón! Las glorias vuestras,

 

Con nuevo brillo, Amor, hoy día esmalta.

 

Feliz hombre es aquel que Amor ignora,

 

Y héroe más raro aquel que le avasalla

 

     Dijo: y de tales sitios a alejarse

 

Ya se apresura el Rey ¡Qué pena amarga!

 

¡Cuánto dolor! ¡o Cielo! ha enternecido

 

Aquel último adiós! Absorta el alma

 

De tan gracioso objeto y tan amable,

 

De quien huyendo va, y aun adoraba,

 

Condenando sus lágrimas, a un tiempo

 

Sin libertad Enrique las derrama.

 

Del Amor a una parte arrebatado,

 

De Morné conducido a la contraria,

 

Ya se aleja, ya torna, ya en fin parte,

 

Parte desesperado. Desmayada

 

Cae al punto de Estrée, sin movimiento,

 

Sin color y sin vida. Subitánea

 

Negra y fúnebre sombra, a eclipsar llega

 

De sus hermosos ojos la luz clara.

 

Amor, que lo percibe, se estremece,

 

Y a los aires, furioso, un grito lanza.

 

Recelaba el aleve, y se afligía,

 

De que una noche eterna le robara

 

Una ninfa, a su imperio, tan hermosa;

 

Y el dulce hechizo aquel, aquella llama

 

De unos hermosos ojos, que debían

 

En la Francia encender hogueras tantas,

 

Para siempre apagase inexorable.

 

Él la toma en sus brazos: él la halaga:

 

Él la fomenta; y presto a su voz dulce,

 

Vélense de la amante desolada

 

Los párpados a abrir amortiguados.

 

A su querido nombra veces varias;

 

Por él pregunta a Amor, do quiere le buscan

 

Solícitos sus ojos, y se apagan,

 

Se cierran al no hallarle. Cerca de ella,

 

El Amor en mil lágrimas se baña.

 

Del día a la luz bella, que aborrece,

 

Tiernamente una vez y otra la llama.

 

Con esperanzas mil consoladoras,

 

Sagazmente procura confortarla,

 

Y a males, de que sólo el autor era,

 

Alivios y consuelos aplicaba.

 

     Morné, siempre inflexible, siempre austero,

 

A su Señor, en tanto, que notara

 

Demasiado sensible, sostenía.

 

La virtud y la fuerza, les mostraban

 

Del honor los caminos. Con laureles

 

En las manos, la gloria les guiaba;

 

Y el indignado Amor, como vencido

 

Por el justo deber, de Anet escapa

 

A esconder, de allí lejos, con su pena,

 

Su furor, su vergüenza, y su desgracia.





FIN DEL CANTO NONO




87.      [Las amorosas.] Diana de Poitiérs, Dama de Enrique II, para la cual fue edificado el palacio de Anet.



88.      [Era de Estrée.] Gabriela de Estrée, de una casa antigua de Picardía, hija y nieta de Grandes Maestres de la artillería, casada con el señor de Liancourt, y después duquesa de Beaufort.



89.      (Llevara.) En el palacio de Augusto, hubiera hallado Mornay la suerte de Ovidio, cuyo crimen, decía él, era el haber tenido ojos. (N. del t.)






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