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Tan peligrosas horas prodigadas
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En la
afeminación y la pereza,
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Su flaca situación a los vencidos
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Hicieran
olvidar. Ya el de Mayena,
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Preparádose había, a punto estaba
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De otra lid arrostrar, otras empresas,
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Y de esperanzas
nuevas embriagado,
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Era el pueblo infeliz víctima de ellas.
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Más nada al impaciente Enrique embarga,
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Que a poner alta cima se acelera
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De su infiel capital a la conquista.
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Y París espantado, con sorpresa,
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Del campo de Borbón, que se acercaba,
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Flotantes a ver vuelve las banderas.
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Al pie de sus murallas nuevamente,
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El héroe formidable se presenta;
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Murallas,
do su rayo aún humo exhala,
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Murallas, que
en cenizas no pudieran
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Resolverse a dejar, en aquel día,
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En que de la
feliz nación Francesa
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El Ángel tutelar, aparecido,
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Su indignación calmando, suspendiera
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De su triunfante brazo los rigores.
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Todo el campo, del Rey a la presencia,
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De gritos de
alegría puebla el viento.
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Y hacia París mirando, cual su presa,
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Ya con ávidos ojos le devora.
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Los de la Liga,
en tanto, que consterna
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El más justo terror, en torno todos
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Del prudente Mayenne a unirse vuelan,
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Allí el audaz Aumale la palabra
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El primero tomando, con fiereza
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De todo acuerdo tímido enemiga,
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Del general Consejo a la Asamblea,
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Este lenguaje impávido dirige.
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«Hasta el día, a escondernos con vergüenza
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Aprendido no hubimos. A nosotros
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Ese enemigo viene. Que allá afuera
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A encontrarle
marchemos, nos importa.
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Allá es do llevar nos interesa
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Un dichoso
furor. De los franceses
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El ímpetu conozco en las refriegas.
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Su arremetiente ardor, la obscura sombra
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De los muros
entibia, y es a medias
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Vencido ya el
francés que es atacado.
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La desesperación, veces diversas
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Victorias consiguió. Todo lo espero
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Del activo vigor de nuestra fuerza,
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Y nada de la
inerte de esos muros.
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¡Héroes que me
escucháis, almas guerreras!
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A los campos volad del fiero Marte.
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¡Pueblos que me
seguís en su carrera!
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Vuestros jefes
serán vuestras murallas.»
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Y
calló; más de audacia tan extrema,
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Claramente indicando los ligados,
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Acusar en silencio la imprudencia,
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De rubor encendido, lee con rabia
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En sus confusos
ojos la respuesta,
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Que a su arenga el temor dictado había.
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«Y bien,
Franceses, dice, pues mis huellas
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A seguir no se atreven vuestros pechos,
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Sobrevivir no quiero a tal afrenta.
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Vos teméis los
peligros; más yo solo
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A provocarlos salgo. De mí aprendan
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A vencer vuestros ánimos, o al menos,
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A morir con honor en la palestra.»
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Pronto una puerta abrir de
París hace;
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Y del inmenso pueblo que lo cerca
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Arredrando la escolta, al campo avanza.
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Cual de duelos ministro, a la pelea
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En su marcha un heraldo le precede,
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Que del Rey penetrando hasta las tiendas,
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|
En alta y hostil voz, así pregona.
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«Cualquiera que la gloria en algo aprecia,
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En singular batalla, salga al punto
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Al campo del honor; al punto venga
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El lauro a disputar de la victoria.
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Aquí el de
Aumale os llama, y aquí os reta.
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|
Pareced caballeros enemigos.»
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De tan osado bando a la voz fiera,
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|
Cada Jefe, a porfía, aspira ardiente,
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De su celo impelido, nuevas pruebas
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Contra de
Aumale a dar de sus esfuerzos,
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|
Tan ilustre elección, tal preferencia,
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Todos cerca del Rey con ansia intrigan.
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Todos de su valor tan bella prenda,
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Tenían de
antemano bien ganada,
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|
Más de todos,
al fin, en competencia,
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|
Ventaja tan preciosa, blasón tanto,
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Se arrebata el intrépido, Turena.
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|
En sus manos,
el Rey, el nombre todo,
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|
La gloria de la Francia deja puesta.
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|
«Ve Turenne, le dice, presto corre
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|
A abatir de un soberbio la insolencia.
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|
Por tu Patria, este día, por ti mismo,
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|
Y a un tiempo
por tu Príncipe pelea.
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|
Sus armas en
efecto dél recibe.»
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|
Y su espada al decírselo, le entrega.
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|
«No, sin duda, gran Rey, así responde,
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|
Su rodilla abrazando, el noble atleta,
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|
Jamás vuestra esperanza saldrá vana.
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|
Este acero, señor, por mí lo atesta.
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|
Yo lo juro por vos.» Dijo; en sus brazos,
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|
Al punto de partir, el Rey le estrecha,
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|
Y hacia el puesto se arroja velozmente,
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|
Donde de Aumale ya, con impaciencia,
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|
Que un campeón pareciese ufano aguarda.
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|
Del pueblo de París la turba inmensa
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Sus muros
coronaba. Los soldados
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De Borbón,
cerca dél, el duelo observan.
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Sobre el uno y el otro combatiente,
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|
Todos sus ojos
fijan en la escena;
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Y cada cual de
entrambos, en el uno,
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|
Viendo a su defensor, coraje intenta
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Con su gesto inspirarle y con sus gritos.
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Sobre París, entonces, verse deja
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Una nube pendiente, que en su seno,
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Conducir parecía entre la recia
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Tempestad, el relámpago y el rayo.
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Sus fogosas entrañas rubinegras
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|
Allí al golpe estallando fuera arrojan
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De monstruos del infierno una caterva.
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El Fanatismo horrible, la Discordia
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Sanguinaria, feroz, y turbulenta,
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De falso corazón y vista zaina
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La Política umbría, y de la guerra
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Respirando el mal Genio sus furores,
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|
De sangre finalmente, que bebieran,
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|
Embeodados Dioses, Dioses dignos
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De los Ligados,
caen, y se sientan
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De la ciudad
rebelde sobre el muro.
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Por Aumale a luchar todos se aprestan;
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|
Cuando allí sobre el campo, a un mismo tiempo;
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A los cielos la bóveda entreabierta,
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|
En la región del aire, sobre un trono,
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Descender se ve un ángel, con diadema
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|
De rayos mil
ceñido, que flotando,
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|
Y entre llamas hendiendo su carrera
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Sobre fúlgidas
alas, tras sí lejos,
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|
De surcos de la
luz, que le rodea,
|
|
|
El Occidente deja iluminado.
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|
En una mano, sacra oliva lleva,
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|
|
De la paz
siempre amable y suspirada
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|
Consolador presagio. En otra, ostenta,
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|
Y de un Dios
vengador hace que brille
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|
Aquel horrible
acero, que blandiera
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Del exterminador la fiera mano,
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|
Cuando a la indignación de Dios tremenda
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Plugo un tiempo librar a voraz muerte,
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De una indómita raza altiva y necia,
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|
Los hijos
primogénitos. De espada
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|
Tan terrible al aspecto, se consternan
|
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|
Los infernales monstruos, desarmados,
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|
Atónitos y
estúpidos se quedan.
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|
El terror en
cadenas los envuelve;
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|
Y un poder
invencible, las saetas
|
|
|
De su
inflexible tropa abate todas.
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|
Al modo, que otra vez, caer hiciera
|
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|
En sangre
humana tintas, de sus aras,
|
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|
Aquel fiero Dagon, deidad horrenda
|
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Del fuerte filisteo; cuando un día,
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|
Del Gran Dios de los Dioses, ya traspuesta,
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|
En su templo, a
sus ojos espantados,
|
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|
Del Testamento el Arca se expusiera.
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|
El Ejército, el Rey, París
entero,
|
|
|
El Cielo y el Infierno, a fijar llegan
|
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|
En combate tan
célebre sus ojos.
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|
Al punto ambos guerreros en ley entran
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De la terrible
lid a la estacada;
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|
Y del campo de honor ya la barrera
|
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Abre a la usanza el Rey. El peso enorme
|
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|
De la adarga, sus brazos no molesta,
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|
Ni sus pechos
intrépidos ocultan,
|
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|
De una intrincada malla cotas recias,
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|
|
Duros bustos de acero, que ornamento
|
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|
De antiguos
caballeros ser soliera,
|
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|
Refulgente a la vista, y a los golpes
|
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|
Impenetrable a un tiempo. Ellos desprecian
|
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|
Arreos que
pesada más harían
|
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|
Y menos peligrosa la palestra.
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Era su arma una espada. No les cubre
|
|
|
Otra defensa más; y toda expuesta
|
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|
Al riesgo la persona, el uno al otro
|
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|
Mutuamente avanzándose se acerca.
|
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|
«¡Gran Dios, Turena exclama, Árbitro eterno
|
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|
De mi Príncipe! baja, y su querella,
|
|
|
Su causa juzga ya. Por él combate,
|
|
|
Y pelee conmigo tu alta diestra:
|
|
|
¿Qué importará
el valor, que de tu brazo
|
|
|
La protección divina no sostenga?
|
|
|
Es bien poco, Señor, lo que este día,
|
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|
Confiado en ti sólo el de Turena,
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|
|
Espera de sí mismo; pero todo
|
|
|
Del poder de tu mano justiciera.»
|
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|
«Yo, responde de Aumale, yo lo espero
|
|
|
Únicamente todo, de la fuerza
|
|
|
De mi propio valor y de este brazo.
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|
De las luchas la suerte fausta o adversa,
|
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|
De nosotros depende solamente.
|
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|
A la Deidad suprema, en vano apela,
|
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|
En vano el hombre tímido la implora.
|
|
|
Tranquila allá en el Cielo, acá nos deja
|
|
|
Sólo a nosotros mismos entregados.
|
|
|
El partido más justo en las contiendas
|
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|
De poder a
poder entre los hombres,
|
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|
Es el del que
triunfante sale de ellas.
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|
|
El esfuerzo, Turena, el valor sólo,
|
|
|
El Árbitro y el
Dios son de la guerra.»
|
|
|
Dijo: y con una
ojeada, que de furia
|
|
|
Y altanera arrogancia centellea,
|
|
|
De su rival insulta la confianza,
|
|
|
No menos grave y digna que modesta.
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|
Ya resuena el clarín. Ya
velozmente
|
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|
Parten los dos
campeones a su seña.
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|
Ya a
arremeterse llegan, y los riesgos
|
|
|
Del combate por fin, ambos comienzan.
|
|
|
Todo cuanto pudieran hasta entonces
|
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|
El brío y el valor, con la firmeza,
|
|
|
El ardid y
constancia combinados,
|
|
|
De ambas partes
campaba en tal pelea.
|
|
|
Si cien golpes se tiran, cien se paran,
|
|
|
Y se cubren con rápida presteza.
|
|
|
Tan pronto, con furor, el uno de ellos
|
|
|
Veloz se precipita, y con la mesma
|
|
|
Rapidez, el contrario quita el golpe.
|
|
|
Tan pronto, aproximándose, que llegan
|
|
|
A abrazarse parece. Su peligro,
|
|
|
Que renace
inminente, y se acrecienta
|
|
|
Cada instante, un placer presta horroroso.
|
|
|
Gusto daba el mirar cómo se observan,
|
|
|
Cómo los dos se
temen mutuamente:
|
|
|
Cómo se avanzan ambos, y repliegan;
|
|
|
Cómo entrambos se miden, y se aguardan.
|
|
|
El centellante acero, con destreza
|
|
|
Desviado, la vista ilude y turba
|
|
|
Con fintas, que
aquí encaran, y allí asestan.
|
|
|
Tal se mira del sol la luz fulgente,
|
|
|
Que sus rayos
de fuego dobla y quiebra
|
|
|
En el onda
diáfana, en que rotos,
|
|
|
Y más y más
dispersos por mil sendas
|
|
|
Del paso en que
refringen, a los aires,
|
|
|
De donde ya
partieran, dan la vuelta
|
|
|
Desde el móvil cristal. Sobresaltada
|
|
|
La espectadora
turba, y sin que pueda
|
|
|
Comprender lo que ve, perpleja toda,
|
|
|
Por momentos su triunfo o ruina espera.
|
|
|
Es el joven Aumale más ardiente,
|
|
|
Fuerte más y furioso. No es Turena
|
|
|
Tan impetuoso, no; pero más diestro,
|
|
|
Dueño de sus sentidos, no le obceca
|
|
|
La cólera jamás, sólo le anima,
|
|
|
Y a placer su
rival cansa y molesta.
|
|
|
En mil vanos
esfuerzos empeñado
|
|
|
Del de Aumale el vigor, exhausto queda;
|
|
|
Y bien presto su brazo, inútilmente
|
|
|
Quebrantado y rendido, ya no presta
|
|
|
Servicio a su valor. Notando, entonces
|
|
|
Turena, que lo mira, su flaqueza,
|
|
|
Se reanima, le acosa, le comprime,
|
|
|
Le persigue, y al fin, hiere y penetra
|
|
|
De una mortal herida su costado.
|
|
|
Tendido ya de
Aumale, se revuelca
|
|
|
Entre olas de
su sangre. Del Infierno
|
|
|
Todos aquellos
monstruos, braman, tiemblan,
|
|
|
Y estos acentos
lúgubres se oyeron
|
|
|
En los aires
sonar: «Cayó por tierra
|
|
|
El trono de la Liga para siempre.
|
|
|
Has vencido Borbón. Nuestra potencia,
|
|
|
Nuestro Reino pasó.» A estos acentos
|
|
|
Su lamentable grito el pueblo mezcla.
|
|
|
Exánime de Aumale, ya postrado
|
|
|
Sin aliento y vigor sobre la arena,
|
|
|
Que aún su rival retaba parecía;
|
|
|
Pero ¡o vano furor! Ya se le suelta
|
|
|
El formidable acero de la mano;
|
|
|
Y aun todavía, bravo, a hablar se esfuerza;
|
|
|
Más su voz entre el labio opresa expira.
|
|
|
De verse así vencido la vergüenza,
|
|
|
Dábale con horror más fiero aspecto.
|
|
|
Quiere alzarse: recae. Entreabre apenas
|
|
|
Un ojo moribundo: a París mira,
|
|
|
Y suspirando muere. Tú le vieras,
|
|
|
Desgraciado Mayenne, agonizando;
|
|
|
Tú le viste y
temblaste ¡audaz Mayena!
|
|
|
Y en momento
tan mísero y horrible,
|
|
|
La imagen funestísima ya cerca
|
|
|
Presentose a tu espíritu turbado,
|
|
|
De tu infalible
pérdida completa.
|
|
|
De
París entre tanto, hacia los muros,
|
|
|
El cadáver de Aumale, a marcha lenta
|
|
|
Taciturnos soldados devolvían.
|
|
|
Tan funeraria pompa y lastimera,
|
|
|
Por medio de un gran pueblo consternado
|
|
|
Atónito y confuso, avanza y entra.
|
|
|
Temblando, cada cual, mira aquel cuerpo
|
|
|
Desfigurado todo: macilenta,
|
|
|
Manchada observa en sangre aquella frente;
|
|
|
Aquella boca advierte medio abierta;
|
|
|
La cabeza hacia un lado descolgada,
|
|
|
Suelta y de polvo sucia la melena;
|
|
|
Ve por fin unos
ojos, en que todos
|
|
|
Sus estragos y horror la muerte ostenta.
|
|
|
Ya no corren más lágrimas. Se embargan
|
|
|
Los públicos lamentos. La vil mengua,
|
|
|
La lástima, el pavor y abatimiento,
|
|
|
Los sollozos
ahogan, y las quejas
|
|
|
Reprimen populares. Todo calla.
|
|
|
Todo ya compungido solo tiembla;
|
|
|
Cuando un ruidoso son, de horror colmado,
|
|
|
Sobreviene de súbito, y aumenta
|
|
|
El lúgubre terror de aquel silencio.
|
|
|
Hasta el Cielo lanzándose, se elevan
|
|
|
Del fiero sitiador hórridos gritos.
|
|
|
Caudillos y
soldados, se reunieran
|
|
|
Del Rey cerca, pidiéndole el asalto;
|
|
|
Más el augusto Luis, que el ángel era
|
|
|
De la Francia custodio, y de su hijo,
|
|
|
La cólera de
Enrique, el ardor templa;
|
|
|
Así suele, mil veces, de aquilones,
|
|
|
Pendientes en
los aires, la braveza,
|
|
|
Domeñar de los
fieros elementos
|
|
|
El invisible
Móvil. Él barreras
|
|
|
A los mares fijó, donde las olas
|
|
|
A estrellar sus furores siempre vengan.
|
|
|
Él ciudades
abisma, y en ruinas
|
|
|
Las convierte
su enojo, y las dispersa.
|
|
|
Del hombre el corazón tiene en su mano.
|
|
|
Enrique, cuyo fuego
reprimiera
|
|
|
El compasivo Cielo, los furores
|
|
|
De sus
triunfantes huestes encadena.
|
|
|
Sentía al fin, Borbón, cuánto aún ingrata,
|
|
|
De su Patria el amor su pecho afecta.
|
|
|
Quiérela redimir: Salvarla quiere
|
|
|
Del calor de su cólera guerrera.
|
|
|
De sus vasallos
propios execrado,
|
|
|
De su Pueblo ofendido, sólo anhela
|
|
|
A darles su
perdón. Ellos son solos
|
|
|
Los que perderse quieren, cuando él piensa
|
|
|
Solamente en ganarles. Por felice
|
|
|
Tendríase, si audacia tan proterva
|
|
|
Solo a fuerza venciendo de bondades,
|
|
|
A aquellos infelices redujera,
|
|
|
Y a pedirle su gracia les forzara.
|
|
|
Arrastrarlos pudiendo entre cadenas,
|
|
|
Benigno y generoso, su bloqueo
|
|
|
A formar se limita; y así deja
|
|
|
De arrepentirse tiempo a sus delirios.
|
|
|
Creyó, que sin
batallas más, sangrientas,
|
|
|
Sin alarmas, ni
asaltos, ni degüellos,
|
|
|
El hambre solamente y la miseria,
|
|
|
Más fuertes y
apremiantes que sus armas,
|
|
|
Le entregarían ya, sin resistencia,
|
|
|
Y sin desastres
más, ni más fatigas,
|
|
|
Un exánime pueblo, a la laceria
|
|
|
Del lujo trasladado y la abundancia,
|
|
|
En que nutrido
y avezado fuera;
|
|
|
Y que vencido
al cabo de sus males,
|
|
|
Y flexible por
fin a la indigencia,
|
|
|
En venir no
tardase, de rodillas
|
|
|
A implorar sin recurso su clemencia;
|
|
|
Más ¡ay! el falso celo, que no puede
|
|
|
Ceder en ningun caso, cruel enseña
|
|
|
A aventurarlo todo y resistirlo.
|
|
|
La ignara multitud, la turba
necia
|
|
|
De los
amotinados, cuya vida
|
|
|
Perdonar, conservar, piadoso intenta
|
|
|
La vengadora mano que ultrajaran,
|
|
|
Por flaqueza del Príncipe interpreta
|
|
|
Su virtud generosa, y más altiva
|
|
|
Con sus raras
piedades, sus proezas,
|
|
|
Su valor olvidando, tan buen Dueño,
|
|
|
Tan benéfico Rey aún más desprecia,
|
|
|
Su ilustre Vencedor más desafía,
|
|
|
Y la ociosa venganza de su ofensa,
|
|
|
Bárbara y
obstinada más insulta,
|
|
|
Como un mísero indicio de impotencia.
|
|
|
Más cuando de las aguas,
finalmente,
|
|
|
El curso cautivado ya del Sena,
|
|
|
De transportar cesara a tan gran pueblo
|
|
|
Los copiosos
tributos, que le pechan
|
|
|
De ordinario, las mieses abundosas
|
|
|
De su vasta y feraz circunferencia,
|
|
|
Y pálida y
cruel fue en París vista
|
|
|
El hambre, que la Muerte le presenta 90
|
|
|
Marchando de
ella en pos, entonces se oyen
|
|
|
Horribles alaridos y querellas.
|
|
|
La soberbia París, viose bien pronto
|
|
|
De desgraciados
seres toda llena,
|
|
|
Que una trémula mano y desecada,
|
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A la piedad tender pueden apenas;
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Cuya transida voz agonizante,
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En vano mendigaba, por do quiera
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El sustento y la vida; cuando en medio
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De sus mismos tesoros, la opulencia
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Después de
esfuerzos mil, en balde todos,
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Presto el rigor sufrió del hambre negra.
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Pavorosos de
allí ya huido habían
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Los convites,
los juegos y las fiestas,
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En que de mirto
y rosa coronadas
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Por Venus y por
Baco las cabezas,
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Donde, en medio
de gustos y delicias,
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Siempre de duración harto ligera,
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Vinos mil perfumados, mil viandas
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De las más
decantadas y selectas,
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Bajo dorados
techos, donde habita
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La lúbrica molicie y se recrea,
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Del hastiado gusto melindroso,
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Irritaban la lánguida pereza.
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Horror y espanto daban las figuras
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De tantos
voluptuosos, ya desechas,
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Lívidas y
amarillas, que llevando
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En sus ojos la
muerte, y de riquezas,
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Y de un lujo
magnífico en el seno,
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Acorando, muriendo ya de inedia,
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De su fortuna y
bienes detestaban
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La inútil abundancia. En medio de ella,
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Aquí un anciano padre, cuyos días
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A finir iba el hambre, el hijo observa,
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Que sin pecho en la cuna gime y muere.
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Una familia, allí, perece entera
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Entre accesos
furiosos de la rabia.
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Tendidos, más
allá, yacen por tierra
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Y entre el
polvo se vuelcan, miserables,
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Que en medio de
agonías, aún pelean
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Por desechos del suelo los más viles.
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Al impulso del hambre impía y fiera,
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Ultrajando estos hórridos espectros,
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A la humana común naturaleza,
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En la fétida
hondura de las tumbas
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A buscar su sustento se enderezan.
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Los huesos de
los muertos espantados,
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Cual si trigo el más limpio y puro fueran,
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Por aquellos hambrientos se preparan
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Y con ansia devoran. ¿Qué no atentan
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Las extremas miserias? Se le ha visto,
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Por postrimer recurso, de las mesmas
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Cenizas de sus
padres sustentarse.
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Manjar tan
detestable, le acarrea
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Anticipada muerte, y su comida,
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Ha sido para ellos la postrera.
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Los Doctores fanáticos, en tanto,
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Que lejos, por
su parte, de que en estas
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Calamidades públicas sufriesen,
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A sus necesidades redujeran
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Todas sus paternales atenciones,
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Nadan entre la
copia, que reservan 91
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A la sagrada sombra de las aras,
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Y del Dios, que
así ofenden, la paciencia
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Atestando, y corriendo todo el pueblo,
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Su constancia
animaban y firmeza.
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A los unos, a quienes ya los ojos
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La muerte a cerrar iba, en recompensa,
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|
Sus liberales
manos, del empíreo
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|
Las puertas les
abrían. A otros muestran,
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|
Con proféticos ojos, ya pendientes,
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|
Y del trueno encendidas las centellas
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|
Sobre el
Príncipe hereje. En breve espacio,
|
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|
Por inmensos socorros, que ya llegan,
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|
Salvo a París anuncian, y del Cielo
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|
Pronto a caer
maná que les provea.
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|
Atractivos tan huecos ¡ah! tan vanos
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Estériles anuncios y promesas,
|
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|
A aquellos desdichados encantaban
|
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|
Fáciles de
engañar. Por la caterva
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De insidiosos ministros, seducidos,
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|
Y de los
Dez-y-seis por la asamblea
|
|
|
De terror embargados, obedientes,
|
|
|
Y aún más, cuasi contentos, ya se dejan
|
|
|
A sus plantas morir. ¡Harto felices,
|
|
|
En dejar de una
vez tal existencia!
|
|
|
De
un tropel de extranjeros habitantes,
|
|
|
La rebelde ciudad llena se viera;
|
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|
Tigres, que
nuestros padres, allá un tiempo
|
|
|
En su seno
abrigaran y nutrieran;
|
|
|
Más crueles,
sin duda, que la muerte,
|
|
|
Y más fieros
que el hambre y que la guerra.
|
|
|
De estas
extrañas gentes, una parte,
|
|
|
De las campiñas
bélgicas viniera.
|
|
|
De los montes y
rocas escarpadas
|
|
|
De la Helvecia, las otras descendieran;
|
|
|
Bárbaros por oficio, cuya industria
|
|
|
Y única ocupación, la guerra hiciera,
|
|
|
Y que su sangre venden al primero,
|
|
|
Que acomoda
comprársela y verterla.
|
|
|
De estos nuevos
tiranos advenidos,
|
|
|
Licenciosas cohortes y avarientas,
|
|
|
Los hogares pacíficos violando,
|
|
|
De tropel
abatiéndole sus puertas,
|
|
|
Mil variadas
muertes a sus dueños
|
|
|
Asustados y atónitos presentan;
|
|
|
No por ir a robar tesoro inútil;
|
|
|
Ni menos,
todavía, por que quieran,
|
|
|
Con adúltera mano, arrebatarle
|
|
|
A la trémula madre una doncella.
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|
|
Necesidad voraz del hambre sola,
|
|
|
Es la que
sufocada inerte deja
|
|
|
Cualquier otra
pasión en su vil alma.
|
|
|
Su atroz requisición, sólo el fin lleva
|
|
|
De descubrir, do quiera, algún sustento,
|
|
|
Cuya más vil
porción y más pequeña,
|
|
|
Por dichosa conquista se apreciaba.
|
|
|
No hubo horror ni suplicio ni fiereza,
|
|
|
Que para haber
los míseros de hallarle,
|
|
|
Su extremado furor no discurriera.
|
|
|
En medio de horror tanto, mujer hubo, 92
|
|
|
Mujer hubo ¡o gran Dios! (¿qué fuerza sea,
|
|
|
Guarde nuestra memoria de un suceso
|
|
|
Tan horroroso, el cuadro?) hubo un hembra,
|
|
|
Que de sus
manos viera por los propios
|
|
|
Impíos corazones, con violencia
|
|
|
Un residuo arrancar de su sustento.
|
|
|
A perecer tan próximo como ella,
|
|
|
Todo el resto, era un hijo, de los bienes,
|
|
|
Que le robara ya fortuna adversa.
|
|
|
Un agudo puñal coge furiosa,
|
|
|
Y cual fuera de
sí, parte, y se acerca
|
|
|
Al niño angelical, que sus bracitos
|
|
|
Le tendía famélicos. Su inedia
|
|
|
Su flébil voz, sus mimos a la madre
|
|
|
Mil lágrimas arrancan. Hacia él vuelta
|
|
|
Su horrorizada cara, de cariño
|
|
|
De lástima, dolor, y rabia llena,
|
|
|
De la rebelde
mano, por tres veces,
|
|
|
El hierro parricida se le suelta.
|
|
|
Más que el
hambre, por fin, vence la rabia,
|
|
|
Y con trémula voz, la cruel estrella
|
|
|
De su
fecundidad y su himeneo
|
|
|
Maldiciendo, colmando de blasfemias,
|
|
|
«¡Hijo mio querido y desgraciado!»
|
|
|
Su frenético labio así se expresa;
|
|
|
«¡Hijo que mis
entrañas han traído,
|
|
|
Cuán en vano, a una edad de horror cubierta,
|
|
|
La vida recibiste! O los tiranos,
|
|
|
O ya el hambre, a robártela se aprestan.
|
|
|
¿Porqué has
pues de vivir? Para que errante
|
|
|
Desdichado en París, lágrimas puedas
|
|
|
Derramar sobre el resto de sus ruinas.
|
|
|
Muere, sin que
mi mal y tu miseria
|
|
|
Llegues a conocer. Vuelve a tu madre,
|
|
|
El triste día y
sangre que te diera.
|
|
|
Mi desgraciado seno, de sepulcro
|
|
|
Te servirá,
infelice. París vea
|
|
|
Un nuevo crimen.» Dijo: y furibunda,
|
|
|
Con despechado brazo, loca, ciega,
|
|
|
Toda de horror convulsa, en su costado
|
|
|
El puñal parricida enclava fiera.
|
|
|
A cerca del hogar, vertiendo sangre,
|
|
|
A aquel tierno cadáver veloz lleva,
|
|
|
Y su temblona mano, que impelía
|
|
|
Del hambre inexorable impía fuerza,
|
|
|
Con un ansia voraz, a prepararle
|
|
|
Tan horrible manjar, se daba priesa;
|
|
|
Cuando también del hambre allí atraída,
|
|
|
La misma desalmada soldadesca
|
|
|
En aquellos hogares delincuentes,
|
|
|
Otra horrible
incursión de nuevo empieza.
|
|
|
De aquellos
forajidos el transporte,
|
|
|
Al cruel alborozo se asemeja,
|
|
|
Con que al oso voraz y león hambriento,
|
|
|
Arrojar se les ve sobre su presa.
|
|
|
Furiosos, y a porfía, el uno al otro
|
|
|
Empujando, a romper corren la puerta.
|
|
|
¡Qué terror! ¡qué sorpresa! De un cadáver,
|
|
|
Ensangrentado todo, y puesto en piezas,
|
|
|
Al lado, una mujer, que aún su caliente
|
|
|
Sangre chorreando está, se les acerca.
|
|
|
«Sí, les dice,
sí; ¡monstruos inhumanos!
|
|
|
Mi hijo es el
que veis. Barbaries vuestras,
|
|
|
Estas manos
mancharon en su sangre.
|
|
|
De agradable
vianda en vuestra mesa
|
|
|
El hijo y madre sirvan. ¿Temeríais,
|
|
|
A la naturaleza tal afrenta
|
|
|
Más que yo
propia hacer? ¿Qué horror, qué pasmo,
|
|
|
A tal aspecto, tigres, os congelan?
|
|
|
Para vosotros solos prevenidos
|
|
|
Están festines
tales.» A estas fieras
|
|
|
Insensatas
razones, que su labio
|
|
|
Vierte con saña atroz, clavado deja
|
|
|
En su pecho un puñal. De horror y miedo
|
|
|
Agitados los
monstruos, se dispersan,
|
|
|
Huyendo pavorosos, sin que el rostro
|
|
|
A tan funesto hogar volver se atrevan.
|
|
|
Sobre sí, cada paso, ardiente fuego
|
|
|
Caer del Cielo airado todos piensan;
|
|
|
Y el pueblo, del rigor de su destino
|
|
|
Despechado, por fin, manos eleva
|
|
|
A los Cielos,
pidiéndoles la muerte.
|
|
|
De
horror tanto corriendo van las nuevas
|
|
|
Al pabellón del Rey, que compasivo,
|
|
|
Su corazón sintió tocado de ellas.
|
|
|
A lástima se mueven sus entrañas;
|
|
|
Y sobre el pueblo infiel lágrimas suelta.
|
|
|
«Tú,
¡Omnipotente Dios! exclama Enrique;
|
|
|
Tú que leyendo
estás, y que sondeas
|
|
|
Del hombre el corazón, tú que conoces
|
|
|
Cuanto puedo y emprendo, tú no mezclas,
|
|
|
Tú sin duda distingues, de mi causa
|
|
|
La injusta de
la Liga. Mis sinceras,
|
|
|
Mis inocentes
manos muy bien puedo
|
|
|
Levantar hacia ti. Tú lo penetras,
|
|
|
Tú lo sabes
Señor; yo ya mis brazos
|
|
|
A los
amotinados les tendiera.
|
|
|
No me imputes ¡O Dios! ni sus desgracias,
|
|
|
Ni sus
crímenes, no. Que allá se avenga
|
|
|
Mayenne, con
las víctimas que impío,
|
|
|
A su ambición inmola. O como quiera,
|
|
|
Impute tanto mal, tanto desastre,
|
|
|
A la necesidad, la excusa honesta,
|
|
|
El pretexto
común de los tiranos.
|
|
|
De mis ilusos
pueblos la miseria
|
|
|
Lleve el caudillo pérfido hasta el colmo.
|
|
|
Él solo es su enemigo. Que lo sea.
|
|
|
Yo debo ser, y soy su amante padre.
|
|
|
A mí por tanto toca, a mí interesa
|
|
|
Alimentar mis
hijos, y mis pueblos
|
|
|
Arrancar de las
garras carniceras
|
|
|
De esos voraces
lobos, aunque armados
|
|
|
Contra mí mismo acaso se les vea
|
|
|
De mis propias
bondades y socorros,
|
|
|
Y más que por
salvarles, mi diadema
|
|
|
A perder yo llegase. A cualquier costa,
|
|
|
Que se rediman quiero. No perezca
|
|
|
Mi amado Pueblo, no. Quiero que viva.
|
|
|
No me importa a qué precio. Yo le vea
|
|
|
De esas sus
plagas libre, que le pierden,
|
|
|
Y protegerle pérfidas afectan.
|
|
|
A su pesar salvémosle. Y si acaso,
|
|
|
Una excesiva lástima me cuesta
|
|
|
Mi hereditario trono, que a lo menos,
|
|
|
Sobre mi tumba un día leerse pueda:
|
|
|
EL ENEMIGO, Enrique, GENEROSO
|
|
|
DE SUS PROPIOS
VASALLOS, NO DESEA
|
|
|
REINAR TANTO SOBRE ELLOS, COMO QUIERE
|
|
|
SALVARLOS DE LA
MUERTE Y LA MISERIA.»
|
|
|
Dice;
y que sin estrépito su tropa
|
|
|
A la hambrienta ciudad se acerque, ordena;
|
|
|
Que pláticas se lleven al momento
|
|
|
De paz al ciudadano, y se le ofrezcan
|
|
|
En lugar de venganzas beneficios.
|
|
|
A tan divina orden, obediencia
|
|
|
Presta pronto el soldado, y al instante,
|
|
|
Mil gentes de
París los muros llenan.
|
|
|
Allí avanzar se ven a paso lento,
|
|
|
Cuerpos
trémulos, lívidos, que apenas
|
|
|
Animados parecen: semejantes
|
|
|
A las sombras,
que un tiempo, se fingiera
|
|
|
Hacer aparecer, a su albedrío,
|
|
|
De los
Tartáreos reinos y cavernas
|
|
|
Los Magos a su voz, cuando furiosa,
|
|
|
Del profundo Cocito en su carrera
|
|
|
Los rápidos torrentes deteniendo,
|
|
|
De los errantes
manes las catervas
|
|
|
Del infierno evocaba. ¡Qué extremadas
|
|
|
De aquellos moribundos la sorpresa,
|
|
|
La confusión no fueron! ¡Su enemigo,
|
|
|
Su cruel enemigo, a nutrir llega,
|
|
|
La vida a sustentar al que le injuria!
|
|
|
¡De división de
horrores y de penas
|
|
|
Llenos, por los
que el nombre dulce y grato
|
|
|
De amigos y de
apoyos falsos llevan,
|
|
|
Sólo en sus
pretendidos opresores
|
|
|
Hallan por fin
socorros y clemencia!
|
|
|
Rasgo tan singular, tan desusado,
|
|
|
Increíble a su mente se presenta.
|
|
|
Delante de
ellos ven aquellas picas,
|
|
|
Aquellos fieros
dardos y ballestas,
|
|
|
Que de
crueldades varias de fortuna
|
|
|
Instrumento hasta entonces sólo fueran,
|
|
|
Aquellas lanzas
ven, que de la muerte
|
|
|
Las conductoras
eran más funestas,
|
|
|
Del generoso Enrique obedeciendo
|
|
|
El
paternal amor y bondad regia,
|
|
|
En las
extremidades de sus puntas,
|
|
|
Que aún en sangre teñidas amedrentan,
|
|
|
La vida
transportarles. «¿Y son, dicen,
|
|
|
Y son estos los
monstruos, son las fieras,
|
|
|
Que malignas y
horribles nos contaban?
|
|
|
¿Y es este
aquél que pintan y exageran
|
|
|
Cual tirano terrible a los mortales,
|
|
|
Enemigo de Dios, y un alma llena
|
|
|
De rabioso furor? ¡Ah! Del Dios vivo
|
|
|
La imagen es
más fúlgida y más bella.
|
|
|
Un Rey es bienhechor. Es de monarcas
|
|
|
El más cabal modelo de la tierra.
|
|
|
De sus leyes y mano generosa
|
|
|
Bajo el próspero auspicio y la tutela,
|
|
|
Vivir no merecemos. Él triunfante,
|
|
|
Perdona, y libra, y ama, y hasta premia
|
|
|
Al mismo que le ofende ¡Ojalá a costa
|
|
|
De nuestra sangre toda, un día pueda
|
|
|
Su soberano imperio cimentarse!
|
|
|
De la calamidad
y muerte horrenda,
|
|
|
De que padre
nos salva, ya harto dignos,
|
|
|
Los días, que
piadoso nos conserva,
|
|
|
Consagrémosle gratos y obedientes.»
|
|
|
Tal
en París entonces la voz era
|
|
|
De aquellos ya
ablandados corazones.
|
|
|
Tal el común sufragio y la respuesta.
|
|
|
Más ¿quien podrá jamás asegurarse
|
|
|
En la turba de un pueblo novelera?
|
|
|
Cuya feble amistad en aspavientos
|
|
|
Exhalándose toda, y hablas huecas,
|
|
|
Si tal vez
sobre sí, breves instantes,
|
|
|
Contra el orden común, justa, se eleva,
|
|
|
Siempre recae al fin? Los sacerdotes,
|
|
|
Cuyo fatal influjo y elocuencia,
|
|
|
Los fuegos que
la Francia devoraban,
|
|
|
Cien veces
atizaran y encendieran,
|
|
|
Van a mostrarse en pompa al mustio pueblo,
|
|
|
Y tales
invectivas le enderezan.
|
|
|
«¡Sin valor
combatientes y cristianos,
|
|
|
Sin celo, sin virtud, sin fe sincera!
|
|
|
¿De qué
atractivos bajos y terrenos
|
|
|
Seduciros dejabais por flaqueza?
|
|
|
¿Os haría del mundo un bien caduco,
|
|
|
Del martirio olvidar palmas perpetuas?
|
|
|
Soldados del Dios vivo ¿será acaso,
|
|
|
Honra será, decidnos, y acción vuestra,
|
|
|
Vivir para ultrajarle con infamia,
|
|
|
Cuando por él morir glorioso os fuera?
|
|
|
¿Cuándo ya de
la cumbre de los Cielos,
|
|
|
La corona ese Dios grato nos muestra?
|
|
|
No esperemos, católicos, que gracia
|
|
|
Nos dispense un tirano. A su infiel secta
|
|
|
Por tal medio asociarnos solicita.
|
|
|
La intención de ese pérfido siniestra,
|
|
|
Por sus favores
mismos castiguemos.
|
|
|
Así la majestad de nuestra Iglesia,
|
|
|
Así la santidad
de nuestras aras,
|
|
|
De su herético culto salvas sean.»
|
|
|
Del altar los ministros así
hablaban;
|
|
|
Así la paz de
Cristo recomiendan;
|
|
|
Y el fanático acento de su labio,
|
|
|
Dueño del bajo pueblo por do quiera,
|
|
|
Y aun también
por do quiera formidable
|
|
|
A las más altas clases y diademas,
|
|
|
Tanto oprime, sufoca y amortigua
|
|
|
El elevado grito de las proezas
|
|
|
De Borbón, y
sus grandes beneficios,
|
|
|
Que no pocos, tornándose a su terca
|
|
|
Furiosa
rebeldía, ya en secreto
|
|
|
Se acriminan deber a su clemencia
|
|
|
Aun el vital aliento que respiran.
|
|
|
De
tan odiosos gritos y querellas,
|
|
|
Al través finalmente se abre paso,
|
|
|
De la tierra
remóntase y penetra
|
|
|
De Enrique la virtud hasta el empíreo;
|
|
|
Y el augusto Luis, que atento vela,
|
|
|
De la celeste bóveda en la altura,
|
|
|
Sobre la perseguida rama regia
|
|
|
De los
Borbones, de la que era tronco,
|
|
|
De los tiempos
notando que se acerca
|
|
|
El feliz complemento, en que a su hijo,
|
|
|
De los reyes al
Rey ya le pluguiera
|
|
|
Por último
adoptar entre los suyos,
|
|
|
Incontinente aparta, al punto aleja
|
|
|
De corazón tan
dócil las alarmas;
|
|
|
Y de lágrimas
tiernas, que vertieran,
|
|
|
Bañados, a
enjugar sus ojos viene
|
|
|
La sacrosanta fe. Sus pasos llevan
|
|
|
Del Eterno a los pies, dulce Esperanza,
|
|
|
Y paternal
Amor. De luz excelsa
|
|
|
Entre abismos
de fuego eterno y puro,
|
|
|
Colocar al Altísimo pluguiera
|
|
|
Anterior a los tiempos e inmudable,
|
|
|
Su majestuoso trono. Las inmensas
|
|
|
Rutilantes
esferas de los Cielos,
|
|
|
De su creador poder la planta huella;
|
|
|
Y de mil astros
varios el perenne
|
|
|
Siempre reglado curso, manifiestan
|
|
|
Su grandeza y su gloria al Universo.
|
|
|
Poder, saber, y amor forman su esencia
|
|
|
Unidos y
distintos, y sus santos,
|
|
|
De paz entre
dulzuras sempiternas,
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En un torrente
absortos de delicias,
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De su gloria
por siempre, y de la mesma
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Increada sustancia penetrados,
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Llenos y
poseídos, su suprema
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Majestad,
a cual más, todos adoran.
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De su querer la voz, ante él esperan
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Ardientes serafines, semidioses,
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A quienes
subordina y encomienda
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Del Universo entero los destinos.
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Él habla: y al momento, de la tierra
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A cambiar van volando la faz toda.
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Ellos, de un
golpe extinguen de esta esfera
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Las coronas,
los cetros y las razas,
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Que imperaran altivas largas eras;
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En tanto que
los hombres, vil juguete
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Del error e ignorancia, que los cercan,
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De consejos eternos del muy-Alto,
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Acusan la profunda arcana ciencia.
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Los agentes son
estos invisibles,
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Cuya potente mano subalterna,
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Con el servil azote hiriendo a Roma,
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Del Norte helado al hijo, Italia deja.
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Jerusalén somete al otomano,
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De España al africano abre la puerta.
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Cae al fin todo imperio, y todo pueblo
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Arrastra de
tiranos las cadenas:
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Del Altísimo, empero, la insondable
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La justísima y sabia providencia,
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No por siempre tolera, que prosperen
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De los hombres
la audacia y la soberbia.
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Favorables tal
vez a los mortales,
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Se dignan su
justicia y su clemencia,
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En inocentes
manos, de los Reyes
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El cetro colocar. Ya se presenta,
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El padre y
protector de los Borbones,
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Ante la
majestad de Dios eterna;
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Y con doliente
voz y acatamiento,
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Esta eficaz plegaria le endereza.
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«¡Del Universo Padre! si tus ojos,
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A bien tienen, a veces, no desdeñan
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Honrar de una mirada compasiva
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De los reyes y
pueblos las flaquezas,
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Mira al pueblo francés, rebelde e ingrato
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A su Rey bienhechor. Si él atropella
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Tus sacrosantas
leyes, es tan solo,
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Porque serte leal, erróneo piensa.
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Su celo es quien le ciega, y quien le arrastra
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De tu ley al desprecio e inobediencia;
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Y cuando más te falta, es cuando, iluso,
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Vengarte y obsequiarte más intenta.
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Dígnate ¡O Dios! mirar a ese Monarca
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Triunfador generoso. Grato observa
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De la guerra ese rayo, ese brillante
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Terror, amor, y
ejemplo de la tierra.
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¿Su corazón,
Señor, formado habrías,
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De virtudes tan lleno, con la idea
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De abandonarle solo a astutos lazos
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Del miserable error? ¿Y será fuerza,
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Que de tu misma mano omnipotente
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La obra más
magnífica y perfecta,
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Al Dios a quien adora, un homenaje,
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Un incienso culpable e impuro ofrezca?
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¡Ah! Si del Gran Enrique, que ignorado
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Siempre tu culto fuese permitieras,
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¿Por quién el
Rey querría de los Reyes,
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Que adoración condigna se le diera?
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Ten a bien ilustrar alma que ha sido
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Para reconocerte tan dispuesta.
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Un hijo insigne
en él, que la decore,
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Dígnate ya, Señor, dar a tu Iglesia,
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Y a la discorde
Francia y perturbada,
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Un Señor, bajo
el cual, en paz florezca.
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Restituye a su Príncipe el vasallo,
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Y al vasallo su Príncipe le entrega.
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Todos los
corazones, tu justicia
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Adoren en unión
acorde y recta.
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Y en París,
todos juntos, sobre un ara
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La misma te consagren pura ofrenda.»
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De
estos votos de Luis, ya del Eterno
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La divina piedad tocar se deja,
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Y una sola palabra de su boca,
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Le asegura el suceso por que anhela.
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De su tremenda voz al eco excelso,
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De la Tierra,
agitado el eje, tiembla;
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Del Cielo las esferas se estremecen,
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Y confusa la
Liga se consterna.
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El Rey, que en sólo el Cielo apoyo busca,
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A estas señas, conoce, a sentir llega,
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Que por él finalmente y por su causa,
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Se declara el muy Alto y se interesa.
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Súbito la Verdad, por largo
tiempo
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Esperada de Enrique, y siempre prenda
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De los hombres
amada, aunque mil veces
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Harto desconocida, de la esfera
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Desciende de
los Cielos, penetrando
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Del magnánimo Rey hasta las tiendas.
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Velo espeso al principio a los mortales
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Su semblante hermosísimo reserva;
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Más de instante
en instante, densas sombras,
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Que la cubren, cediendo, ya se alejan
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De la luz al
fulgor que las entreabre;
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Y bien pronto, triunfante, se demuestra
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Del Príncipe a la vista ya tranquila,
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Con un brillo luciendo, cuya fuerza
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No desvanece nunca ni deslumbra.
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De Enrique el alma grande, que naciera
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Para gozarla, ve, conoce, y ama
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Por fin su inmortal luz. Su fe confiesa
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La sacra
Religión tan sobre el hombre,
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Que su razón
confunde. Acá en la tierra,
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La Iglesia reconoce combatida,
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Una siempre en
el suelo, y de él extensa
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Por el ámbito todo. Iglesia libre;
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Bajo de un Jefe
empero. Donde quiera,
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Y en la perenne
dicha de los santos,
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De su Dios adorando la grandeza.
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El Cristo renaciente y viva hostia
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De los pecados
nuestros, que alimenta
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Sus caros
escogidos, sobre el ara
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Desciende, y a su vista absorta y ciega,
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Bajo un pan, que no existe, un Dios descubre.
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Su corazón sumiso, ya se entrega
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A tan altos
misterios, de que absorto
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Y asombrado su espíritu, al fin, queda.
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El celestial Luis, de Enrique el Padre,
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Cuya ilustrada mente conociera
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Llegado ya el momento en que los votos
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De su amor se
coronan y completan;
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Luis rápidamente enarbolando
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La oliva, de la paz sereno emblema,
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De la altura desciende del empíreo,
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Hacia el Héroe que objeto digno fuera
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De su místico amor y santo celo,
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Y de guía
sirviéndole, le lleva
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Él mismo de París a las murallas.
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A su voz
retembladas y entreabiertas
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Las murallas
quedaron, y en el nombre
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Del Dios Grande, por quien los Reyes reinan,
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Entra en París.
La Liga, confundida,
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Y rindiendo las armas, humil, se echa
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De Borbón a las
plantas, y de afecto
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Con
abundosas lágrimas las riega.
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Los sacerdotes todos, reprimidos,
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Su sedicioso labio por fin sellan.
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Los Dez-y-seis
confusos y aterrados,
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En vano por do quiera buscan cuevas,
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En que huir a esconderse; y todo el Pueblo,
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Trocándose este
día, en que granjea
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Salud tanta, se postra, y homenajes
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A su Rey, Vencedor y Padre presta.
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Se admiró desde entonces dignamente
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Reinado tan dichoso, que así fuera
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Empezado harto tarde, y harto presto
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Concluido también. El Austria tiembla.
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Feliz y justamente desarmada
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Roma, adopta a Borbón; y Roma empieza
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A verse de este amada. La Discordia,
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A sumergirse
vuelve en noche eterna.
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De su Rey, últimamente a quedar viene
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Reducido Mayenne a la obediencia;
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Y sometiendo ya con sus Provincias
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Su corazón a un tiempo, al cabo llega
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A ser el más
leal y buen vasallo,
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Del Monarca más justo de la tierra.
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