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| François-Marie Arouet de Voltaire La Henriada IntraText CT - Texto |
Canto segundo
Argumento
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Enrique el Grande cuenta a la reina Isabel la historia de las desgracias de la |
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Francia. Se remonta hasta el origen de ellas, y entra en el detalle de la carnicería |
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ejecutada la noche de San Bartolomé |
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«De males el exceso a que la Francia |
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Entregada se mira, horrible es, Reina; |
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Y horrible tanto más, cuanto es sagrada |
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Su fuente comunal. Celo inhumano, |
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Furor de Religión fue, quien la daga |
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En la mano libró del Francés Pueblo. |
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Entre Ginebra y Roma jamás nada |
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Decidir osaré; más por divinos |
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Que los renombres sean, a que a entrambas, |
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De uno y otro partido los secuaces |
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Con extremos hipérboles exaltan, |
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Yo, no obstante, el furor, yo el sutil dolo |
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Vi que a los dos denigran y difaman. |
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Si del error es hija la perfidia, |
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Si entre las controversias, que desgarran |
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Y la Europa sumergen, las traiciones, |
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Los aleves puñales, las cábalas |
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Infame sello son, que la mentira |
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Tan cruel como pérfida contrastan, |
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Ambos partidos pérfidos y crueles, |
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Iguales en los crímenes y manchas, |
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Del ominoso error entre tinieblas |
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Ambos, al parecer, iguales andan. 7 |
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Francés, soldado y Rey, solo adoptando |
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Del trono la defensa y de la patria, |
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Su venganza dejando al cielo solo, |
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Nunca se habrá notado que violada |
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De mi poder legítimo la linea, |
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Con una mano osase temeraria |
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Profanar del levita el incensario. |
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Perezca para siempre, si, mal haya |
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La perversa política, que intenta |
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Un despótico imperio sobre el alma: |
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Que racionales pechos solicita |
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Convencer por la fuerza de las armas: |
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Que de herética sangre los altares |
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De un culto dulce y puro, feroz mancha; |
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Y de intereses sórdidos del mundo, |
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O frenesí fanático guiada, |
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De paz a un Dios benigno solo sangre, |
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Solo homicidios bárbaros consagra. |
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«Pluguiera a este Dios mismo omnipotente, |
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Cuya ley busco yo, que así pensara |
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La corte de Valois; pero a ambos Guisas, 8 |
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Los escrúpulos míos no embarazan. |
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De esos jefes de un crédulo gentío |
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La profunda ambición, sagaz disfraza |
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Su profano interés con el del cielo. |
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Cae un furioso pueblo en su vil malla, |
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Y contra mí, los pérfidos, el odio |
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De su cruel piedad concitan y arman. |
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Yo vi correr por celo a degollarse, |
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Volar vi mis patriotas con la llama |
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Al combate empuñada y al incendio, |
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Por vanos argumentos que no alcanzan. |
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Vos conocéis el pueblo, ilustre Reina; |
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Cuál es su arrojo, cuál su audacia, |
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Desde el terrible punto en que le imbuyen |
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Y a persuadirse llega que es la causa |
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Del ultrajado cielo la que venga. |
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De la fe con la venda densa y sacra |
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Ceñidos ya sus ojos, desde entonces, |
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De la obediencia rompe el freno y valla. |
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De vos, gran Isabel, estas verdades |
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Conocidas muy bien, bien meditadas, |
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Vuestra sabia cautela de antemano |
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Oportuno remedio al mal prepara, |
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Prontamente ahogándole en su cuna. |
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La tempestad, apenas fue formada |
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En los Estados vuestros: la previera |
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Vuestro espíritu próvido, y la calman |
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Vuestras prendas, por fin, vuestros talentos: |
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El fruto ya gozáis de virtud tanta. |
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Vos, Señora, reináis: Londres es libre, |
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Y vuestras leyes florecientes campan. |
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Rumbos siguió la Médicis diversos. 9 |
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De narración tan mísera tocada |
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Mandaréisme, tal vez, que un fiel retrato |
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Del carácter de Médicis os haga. |
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Oídlo ya de un labio ingenuo al menos: |
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Muchos, Reina, de Médicis parlaban; |
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Pocos empero bien la conocieran: |
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Sondaron pocos bien las ensenadas, |
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Los obscuros secretos y repliegues |
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De sus ondas maléficas entrañas. |
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Yo, que de cuatro lustros por espacio, |
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De sus hijos criado en cortes varias, |
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Bajo sus mismos pies, por tanto tiempo |
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Ir formándose he visto las borrascas, |
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Con demasiado riesgo a conocerla |
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Aprendido he, por fin, y a descifrarla. |
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«La aventurera muerte de su esposo, |
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Que de su edad la flor segó temprana, |
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Dejó precipitado y libre curso |
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A toda su ambición, y sujetada |
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De sus hijos, el uno en pos del otro, |
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La regia educación a su tirana |
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Tutelar dictadura: al que sin ella |
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El cetro ya empuñar, reinar osaba, |
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Desde aquel mesmo instante le persigue, |
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Por odioso enemigo le declara. |
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Alrededor del solio derramando |
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De discordia y de envidias la cizaña, |
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Oponiendo incesante y harto astuta |
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A los Condés los Guisas, Francia a Francia, |
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Con sus mismos contrarios más discordes |
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Pronta siempre a ligarse, y en mudanza |
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De enemigos perpetua, de rivales, |
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De intereses, de bandos y de causas, |
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Del deleite y placer, si bien no tanto 10 |
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Como de la ambición, sensual esclava, |
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Y para colmo, además, supersticiosa, 11 |
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Y a su culto también mil veces falsa; |
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La Médicis, Señora, por decirlo |
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Sin explicarme más, en dos palabras, |
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Poseía, por fin, del sexo propio |
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Con muy poca virtud todas las faltas... |
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Se deslizó mi lengua. La franqueza |
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Perdonadme, gran Reina. Computada |
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No sois ya sobre todo en ese sexo. |
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Dél no tiene Isabel más que las gracias. |
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El cielo, que os formó porque supieseis |
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Imperios dirigir, nos echa en cara |
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A todos vuestro ejemplo, y en la lista |
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Ya la Europa os admira numerada |
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De los hombres más célebres y grandes. |
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«De una imprevista suerte fiera saña, |
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De Francisco segundo, con Enrique |
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La reunión en la tumba ejecutara. |
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Francisco, niño feble, que de Guisa |
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Los caprichos seguía y adoraba; |
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Joven, cuyas virtudes, cuyos vicios |
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Igualmente secretos, se ignoraban. |
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Carlos, más mozo aun, tan solo el nombre |
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Poseía de Rey. Solo reinaba |
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Médicis a placer, y a su ley sola |
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Todo se humilla ya, todo se espanta. |
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En dejar su poder asegurado |
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Bien presto su política afanada, |
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De un hijo, en demasía blando y dócil, |
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La infancia al parecer eternizaba. |
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De la voraz discordia por su mano |
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En la Francia encendiendo la atroz hacha, |
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Con sangre, de su nuevo y duro imperio |
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Los principios la Médicis señala. |
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De dos furiosas sectas enemigas, |
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La cólera y los celos mueve y arma. |
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Las campiñas de Dreux, que al viento vieron |
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Sus funestas banderas desplegadas, |
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Primer teatro infausto, campo horrible |
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De los trofeos fueron de sus tramas. |
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En tan triste jornada, Montmorenci, 12 |
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Caudillo que peinaba antiguas canas, |
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Del luctuoso paraje poco lejos |
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Do el panteón de los Reyes se levanta, |
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Alcanzado, por fin, y mal herido |
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Del mortífero plomo que arrojara |
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Una guerrera mano, de cien años |
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De marciales trabajos terminada |
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Su carrera vio allí; y de Orleans cerca |
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Fue asesinado Guisa. Por desgracia, 13 |
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La vida de mi caro infeliz padre, 14 |
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Siempre a la aleve corte encadenada, |
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Siempre, y a su pesar, sirviendo humilde |
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A la cruel Catalina su tirana, |
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Siempre sobrado feble, entre ignominias |
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Su indecisa fortuna tras sí arrastra; |
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Y siempre por su mano preparando |
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Sus desdichas él propio y sus infamias, |
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Ha combatido y muerto de sus mismos |
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Fieros perseguidores por la causa. |
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Condé, que tierno vástago me mira |
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Que de su hermano huérfano restara, |
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Oficioso adoptandome, sirviome |
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De padre y de señor. De sus campañas |
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El suelo fue mi cuna. Entre guerreros |
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Allí criado y en fatigas varias, |
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De la corte, a su ejemplo, desdeñando |
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Una indolencia obscura, a tantos grata, |
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Y del verde laurel de amargo fruto |
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Prefiriendo gozar la sombra clara, |
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De juegos a mi infancia y de recreos |
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Sirvieron desde entonces sus batallas. |
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«¡O llanos de Jarnac! ¡o en demasía |
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Inhumana, alevosa y vil espada! |
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Bárbaro Montesquieu, que de asesino, 15 |
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Más bien que de soldado nombre alcanzas! |
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Condé, que moribundo, que cubierto |
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De gloriosas heridas ya encontraras, |
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De tu golpe cayó bajo la furia. |
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Yo descargar lo vide. Yo segada |
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Su vida he visto allí... ¡ah!, que harto joven |
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De flaco brío aún y estéril saña, |
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No pudo ¡ay Dios! no pudo allí mi brazo, |
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Ni prevenir su muerte, ni vengarla. |
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«El cielo, protector de mi flaqueza, |
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De héroes al celo ardiente y vigilancia, |
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Mi débil juventud, siempre piadoso, |
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Confiar felizmente decretara; |
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Y de Condé, por fin, sucesor digno, |
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La defensa, Coliñi, al punto abraza 16 |
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De mi persona a un tiempo y de mi bando. |
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Yo se lo debo todo, si. Tan grata |
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Confesión de mi deuda, es bien forzosa; |
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Pues si la Europa ve, si acaso alaba |
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De virtud en mis hechos algún rasgo; |
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Si esa Roma procaz, que me amenaza, |
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Si aun esa Roma misma, muchas veces |
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El mérito apreció de mis hazañas, |
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¡Vos sois, vos sombra ilustre, a quien lo debo! |
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«Crecí bajo sus ojos. Allí hallara |
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Mi juvenil ardor por tiempo largo, |
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De la guerra la escuela dura y brava. |
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Él mismo, a cada paso, de los héroes, |
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Con su ejemplo el gran arte me enseñara. |
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Yo he visto a este guerrero encanecido |
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En trabajosas lides y hechos de armas, |
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Sobre sus fatigados nobles hombros, |
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A una vez sostener con fuerza y calma, |
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De la causa común, contra la Reina |
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Y la fortuna infiel toda la carga. |
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En su bando querido, y del adverso |
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No menos respetado, injurias agrias |
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De la fortuna a veces soportando; |
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Más siempre, a su pesar, por su constancia |
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Igualmente temido y peligroso; |
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De destreza, por fin, no menos sabia |
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Al mandar retiradas que combates; |
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Y en sus mismas derrotas, harto infaustas |
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Más grande, más glorioso, y más temible, |
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Que Dunois o Gastón serlo lograran, |
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En el triunfante curso de la dicha, |
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Que coronó el suceso de sus armas. |
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«Al cabo de dos lustros ya cumplidos |
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De prósperas empresas y desgracias, |
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Médicis, que a ver torna renaciente |
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Un partido que crédula contaba |
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Para siempre deshecho, y cuyas tropas |
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Ya de Francia los campos inundaban, |
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De infructíferos triunfos y combates |
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Dados en guerra abierta al fin cansada, |
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Por último maquina, intenta aleve, |
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Sin más vanos esfuerzos en campaña, |
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En el seno apacible de los pueblos, |
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Y en su mísera sangre, sufocada |
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De un golpe dejar ya la civil guerra. |
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La corte, desde entonces, de sus gracias |
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Seductores halagos nos ofrece. |
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De vencernos, por fin, desesperada, |
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Engañarnos procura, y con propuestas |
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De una paz lisonjera nos aplaca; |
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Más! que paz, justo Dios a quien atesto! |
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¡Cuanta sangre, gran Dios de las venganzas, |
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Presto inundó, manchó su infausta oliva! |
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¿Y será fuerza ¡cielos! que la raza |
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De los supremos jefes de los hombres, |
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Del delito las sendas allanadas |
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A sus súbditos deje con su ejemplo? |
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«Allá en su corazón fe le guardaba |
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Coliñi a su señor. Lágrimas tiernas |
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De profundo dolor le cuesta Francia, |
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Aun cuando, a su pesar, por su bien solo |
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En combatir Franceses se empleara. |
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De este bien arrastrado, abraza, acepta, |
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Y aún la ocasión previene, que ostentaba |
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Asegurar propicia del Estado |
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La concordia común tan suspirada. |
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En el pecho del héroe, raras veces |
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Halla abrigo la vil desconfianza. |
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Coliñi, entre alevosos enemigos, |
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De una seguridad sobrado incauta |
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Conducido por fin, a París viene, |
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Y allí fija su fúnebre morada. |
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Del Louvre a un tiempo mismo allá hasta el fondo |
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Mis pasos dirigió. Médicis falsa, |
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Recíbeme llorando entre sus brazos; |
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Ternezas me prodiga, me agasaja |
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Cual madre largo tiempo, y a Coliñi |
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La más fina amistad le protestaba. |
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Que a lo adelante quiere por su sabio |
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Consejo gobernarse, le declara; |
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Cólmale de favores, y a sublimes |
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Dignidades sus méritos exalta. |
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Muestra a los míos todos, deslumbrados |
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De dulces lisonjeras esperanzas, |
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Fascinantes y astutas apariencias |
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De las gracias del Rey más señaladas. |
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Esperábamos ¡ha! creído hubimos, |
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Gozar de ellas en paz edad más larga. |
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«Sospecharon no pocos la perfidia |
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De estos presentes, si. Se recordaran |
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Cuan temible era el don del enemigo; |
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Más siempre a sus recelos igualaban |
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Del Rey los artificios. Poco hacía, |
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Que de un secreto obscuro allá a la capa, |
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Al perjurio, la Médicis, y al fraude |
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Iba el hijo formando. Preparaba |
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A crímenes atroces de aquel joven |
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El fácil corazón, y por desgracia, |
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El Príncipe infeliz, a sus lecciones |
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Dócil en demasía, y a observarlas |
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Por su genio feroz harto excitado, |
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En su culpable escuela aprovechaba, |
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Y excesivos progresos consiguiera. |
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«Porque, a un misterio vil de horrible cara, |
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Hermoso y noble velo astuto echase, |
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Su hermana me concede, y ya me llama |
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Su hermano ¡O falso nombre, y cuán funesta |
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Ha sido tu ilusión, tu fe cuán vana! |
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O himeneo fatal, primer presagio |
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De nuestros males todos! Turbias llamas |
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De tu antorcha, soplada y encendida |
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Del cielo por las iras, de mi amada, |
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De mi infelice madre ¡o amarga pena! 17 |
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A estos mis propios ojos alumbraban |
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La tumba funeral. Ligero, injusto |
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No intento ser, Señora, en esta causa. |
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Yo de imputar no acabo a Catalina, |
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De mi madre la muerte acelerada. |
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Su misteriosa muerte, no pretendo |
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Sin más pruebas cargarle. Tal vez, varias |
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De legales indicios de mí aparto. |
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Es bien inútil ¡Reina! es excusada |
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La pena de buscar a Catalina, |
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Más número de crímenes y faltas. |
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Murió, Señora, al fin murió mi madre... |
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Perdonadme unas lágrimas, que arranca |
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A mi dolor, tan tierno y fiel recuerdo, |
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Todo se apresta en tanto. Ya es llegada |
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Del desenlace cruel la fatal hora, |
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Que Médicis muy antes reservara. |
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«A favor de las sombras de la noche, |
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Sin estrépito fue la seña dada. |
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De aquel mes, de memoria a Francia horrenda |
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La nuncio desigual que retirara |
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A la tierra de espanto, parecía, |
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De su manchada faz la luz plateada. |
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Del reposo en los brazos dulcemente |
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El incauto Coliñi se entregaba, |
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Y un sueño engañador, de adormidera |
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Sus órganos con flores recargara. |
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Más de alaridos, pronto, un rudo estruendo |
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Interrumpió, turbó tan dulce calma, |
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Y a arrancar vino de ella sus sentidos. |
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Arrójanle del lecho las alarmas. |
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Escucha: observa atento, y por do quiera, |
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Sólo mira asesinos, que con rabia, |
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Que con paso veloz todo lo corren. |
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Brillando ve mil teas y mil armas. |
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Arder ve su palacio: un pueblo inmenso |
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Vagando ve entre undosas asonadas: |
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Sangrientos sus sirvientes ahogarse |
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Mira entre fuego y humo: en cruel matanza |
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Verdugos de tropel ve encarnizados, |
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Y en voz alta gritando «perdonada |
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Una vida no sea, que es Dios mismo, |
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La Médicis y el Rey, quienes lo mandan.» |
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Resonar de Coliñi el nombre siente; |
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Y allá al joven Teliñi, a una distancia, |
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Divisa al mismo tiempo; aquel Teliñi, 18 |
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A quien la mano fiel de su hija cara |
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Amor librara en premio; aquel Teliñi, |
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Horror el más precioso de su casa, |
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Y de su bando todo, a un tiempo mismo, |
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El lisonjero apoyo y la esperanza; |
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A quien, todo sangriento y desgarrado, |
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Los asesinos bárbaros arrastran, |
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Y al amoroso padre en tanta angustia, |
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Su socorro pidiéndole y venganza, |
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Ensangrentados brazos le tendía. |
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Más el héroe infeliz, inerme se halla; |
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Y en tan duro conflicto templando, |
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Que es fuerza perecer, sin que alcanzara |
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Dignamente vengarse, quiere al menos |
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Morir como viviera, siempre intactas |
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Su gloria y su virtud. Ya numerosa |
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Cohorte de asesinos amenaza |
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Romper con insolente tropelía, |
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Las puertas del salón que le encerraba. |
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Él mismo se las abre. Se presenta; |
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Y sobre todos tiende unas miradas |
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De tanta calma llenas, y con frente |
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No menos majestuosa y sosegada, |
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Que cuando, allá algún día en los combates |
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Dueño de su valor, con dócil saña, |
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O el degüello, benigno detenía, |
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O con rigor guerrero apresuraba. |
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«A su aire venerable y faz augusta, |
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Sorprendida de súbito, y cambiada |
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En confusión no menos que en respeto, |
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De aquellos carniceros la arrogancia, |
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Por una fuerza oculta suspendieron |
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Inmóviles sus pasos y su rabia, |
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«¡Camaradas! les dice, ¿que os detiene? |
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Vuestra obra dejad presto acabada; |
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Y con la yerta sangre de mis venas, |
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Manchad, inexorables, estas canas, |
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Que en la larga carrera de ocho lustros, |
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La suerte respetó de las batallas. |
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Vuestra misión cumplid. Vuestros aceros |
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Descargad; herid ya. No temáis nada. |
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Coliñi os lo perdona. Poco importa, |
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|
Leve cosa es mi vida. A vuestra saña |
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|
La abandono. Perderla más quisiera |
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Por vosotros lidiando en las campañas. |
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A estas razones, los sangrientos tigres |
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Caen atolondrados a sus plantas. |
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Del uno, aquí, el espanto saltar hace |
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El puñal, que a su pecho ya tocaba, |
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Allí postrado en tierra, los pies otro |
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De Coliñi abrazando, en llanto baña, |
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Y rodeado en tal lance aquel gran hombre, |
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De una banda confusa y humillada |
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De sus mismos brutales enemigos, |
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A un poderoso Rey se asemejaba, |
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De su pueblo querido y adorado. |
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Pero el malvado Besma, que aguardara 19 |
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En el patio su víctima, impaciente |
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De que tal lentitud le dilataba |
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Su meditado crimen, indignado, |
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Sube, corre afanoso, y la tardanza |
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Del alevoso golpe resolviendo |
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Remediar por su mano, a los pies halla |
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De aquel héroe, sus propios asesinos |
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Temblando y consternados. En tan blanda |
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Tan patética escena, a Besma solo, |
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Al inhumano solo no embargaban |
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Sentimientos de lástima, a que siempre |
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Su pecho inaccesible se mostrara; |
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Desagradar creyendo con un crimen |
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De alta traición a Médicis, si su alma, |
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De algún remordimiento el más liviano, |
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Sorprendida en tal caso se notara. |
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Por entre los soldados pasa, corre |
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Hacia el bravo Coliñi, que le aguarda |
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Con sereno semblante; y de repente, |
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El furibundo monstruo con su daga |
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Le atraviesa, desviando dél la vista, |
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Llevado del temor, de que una ojeada |
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De aquel augusto rostro, su vil brazo |
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Estremecer hiciese, y su villana, |
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Su selvaje fiereza congelase. |
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«Tal del hombre más grande de la Francia, |
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La funesta catástrofe a ser vino. |
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Con sevicia feroz, con ciega rabia, |
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Después que ya por tierra yace yerto, |
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Aún le insultan impíos y le arrastran. |
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De heridas traspasado su cadáver, |
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Sin común sepultura le colgaran, |
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De los voraces buitres por vil pasto. |
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Su cabeza a la Médicis regalan |
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Y a sus plantas ofrecen, cual trofeo |
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Digno de la impiedad de sus entrañas, |
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Y del índole fiera de un Rey hijo, |
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Que por desgracia en ellas se formara. |
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Con tan fría indolencia la recibe, |
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Que no gozar la pérfida indicaba |
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De su aleve venganza el fruto inicuo. |
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Como de largo tiempo acostumbrada |
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A presentes iguales, ya sin gustos, |
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Ya sin remordimientos, dominara |
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Las impresiones todas del sentido, |
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Que afligirla pudieran, o turbarla. |
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«¿Quién podría fielmente los estragos, |
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Cuya imagen tristísima ostentaba |
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Aquella noche atroz, decir bastante? |
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La muerte de Coliñi aunque harto infausta |
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Primicia de horror tanto, ensayo débil |
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De sus crueldades era y sus venganzas. |
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De un pueblo de asesinos, ya sin freno, |
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La vil haz en matar encarnizada |
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Por deber y por celo, allí corría |
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Mortal hierro blandiendo, y vivas brasas |
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De furor fulminando de sus ojos, |
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Por rimas de cadáveres, formadas |
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De sangrientos hermanos, con pie impío |
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Los verdugos, trepando, caminaban. |
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Guisa estaba a su frente. Guisa, hirviendo |
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De cólera, con sangre que derrama |
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De cuantos encontraba de los míos, |
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De su padre los manes aplacaba. |
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Nevers, Gondí, Tavanne, por su parte, 20 |
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Sus dagas empuñando, ardor más daban |
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De su inhumano celo en los transportes; |
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Y llevando delante pregonada |
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La lista de sus crímenes, conducen |
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A la muerte, y sus víctimas marcaban. |
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«Pintaros no pretendo, ilustre Reina, |
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Los raudales de sangre, que arroyaba, |
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El tumulto, los gritos, los gemidos, |
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Los horrores, las muertes y las llamas, |
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Que del triste París, por todos lados, |
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Se vieron en tal noche. Asesinada |
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La hija de su madre sobre el cuerpo; |
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Bajo el del hijo el padre que expiraba; |
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Al lado del hermano, boqueando |
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Aún caliente el cadáver de la hermana; |
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Esposos abrazados, bajo el techo |
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Del desplomado hogar agonizaban; |
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Desde las altas torres y azoteas, |
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Sobre la dura piedra ensangrentada |
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Estrellados ¡que horror! niños de cuna... |
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Del odio humano, sí, de su cruel saña |
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Tanto es lo que esperarse puede y debe. |
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Más lo que no podrán sin repugnancia |
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Creer los venideros, lo que apenas |
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Aún ahora vos misma, en mi palabra, |
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Podréis creer, Señora, es, que los monstruos, |
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Ferozmente sedientos en su rabia, |
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Cebándose insaciables a porfía |
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En la mísera y triste sangre humana, |
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Que a derramar concita en todas partes |
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La voz del sacerdote sanguinaria; |
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Al Señor invocaban fervorosos, |
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Mientras que sus hermanos degollaban, |
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Y con mano alevosa y parricida, |
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En sangre de inocentes tan manchada, |
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Esta ofrenda, este incienso abominable, |
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Consagrar en su altar a Dios osaban. |
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¡Cuantos héroes envueltos allí fueron |
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En las lúgubres sombras de la parca! |
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Renél, y Pardellán, allí bajaron 21 |
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A habitar de los muertos las estancias. |
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Allí, tú pereciste ¡bravo Guerchi! 22 |
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Y tú ¡Lavardín sabio, de más larga 23 |
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Y más próspera vida y suerte digno! |
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Entre tanto infeliz, víctima tanta, |
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Que noche tan sangrienta en los horrores |
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De una eterna dejado ha sepultada, |
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Subissa, y Marsillac, ambos proscritos 24 |
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De su vida los días con audacia |
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Aun defender supieran tiempo largo; |
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Más sangrientas, al fin, acribilladas, |
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Ya respirando apenas, y a empellones, |
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Sus personas acosan, las arrastran |
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Del Luvre abominable hasta las puertas, |
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Y del palacio odioso las entradas |
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Con su sangre regando, en vano imploran |
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Un Rey cuya traición les inmolara. |
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«Tempestad tan horrenda de la altura |
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Del palacio excitando, contemplaba |
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A su sabor la Médicis su fiesta. |
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De diversión curiosa con miradas, |
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Sus dignos e inhumanos favoritos, |
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De sangre ven las olas, que resaltan, |
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Que a sus ojos bullendo aun humo elevan; |
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Y de todo París, envuelto en llamas, |
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Los míseros despojos y ruinas, |
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A estos héroes triunfal pompa labraban. |
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«¿Pero qué digo? ¡o crimen! ¡o vergüenza! |
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¡O de los males nuestros extremada, |
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Fiera y nefanda suerte! El Rey, Señora, 25 |
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Él mismo, entre verdugos se mezclaba, |
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Y el tropel persiguiendo fugitivo |
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De míseros proscritos, torpe mancha, |
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De sus propios vasallos en la sangre, |
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Una mano a guardarla consagrada. |
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Y ese mismo Valois, a quien hoy sirvo, |
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Ese Rey, que hoy, Señora, vuestra gracia |
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Implora por mi labio, parte habiendo |
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De su bárbaro hermano en unas tramas |
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Tan negramente aleves y afrentosas, |
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Su cólera excitaba a la venganza; |
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No porque de Valois impías fuesen, |
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A pesar de hechos tales, las entrañas: |
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En sangre rara vez tiñó su mano; |
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Más ejemplos del crimen le sitiaran |
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En su primera edad. Su crueldad misma, |
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De flaqueza de espíritu no pasa. |
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«Entre la multitud de asesinados, |
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Algunos el furor burlar lograran |
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Del asesino acero. Prodigiosa, |
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Célebre será siempre, y trasladada |
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A la futura edad de labio en labio, |
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De Comont, tierno niño, la más rara 26 |
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Favorable aventura. Su buen padre, |
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Que el peso de los años abismaba, |
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Entregárase al sueño, y a su lado |
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Dos tiernos caros hijos acostara. |
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Un solo común lecho, aquella noche, |
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Al padre y ambos hijos cobijaba. |
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Fogosos matadores forajidos, |
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A quienes cruel cólera cegara, |
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Sobre ellos velozmente descargaron |
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Un granizo feroz de puñaladas. |
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Por el lecho al azar la muerte vuela. |
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En sus potentes manos sólo guarda |
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La suerte de los hombres el Eterno: |
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Él sobre nuestros días, si le agrada, |
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Velar sabe, al momento en que las furias |
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Del sangriento homicida ciegas andan. |
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Ningun golpe a Comont hiere ni toca. |
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Un invisible brazo le amparaba |
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En su defensa armado, y de las iras |
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De tanto matador libra su infancia. |
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A su lado su padre moribundo |
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Y de heridas cubierto, le tapaba |
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Con su cuerpo, expirando, todo entero; |
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Y del Rey y del Pueblo así engañada |
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La bárbara crueldad, a su hijo ha dado |
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Segunda vez la vida con su maña. |
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«¿Y qué hacía, qué hacía yo en momentos |
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De tanto horror colmados y desgracia? |
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De juramentos ¡ha! los más solemnes |
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Por demás entregado a la fe santa, |
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Del Louvre allá en el fondo descansando, |
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Muy distante del ruido de las armas, |
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Aún del dulce reposo mis sentidos |
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Los encantos pacíficos gozaban. |
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¡O sueño el más funesto! ¡O noche horrenda! |
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Lúgubres aparatos de la parca, |
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Al despertar mis ojos perturbaron. |
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Mis más caros domésticos se hallaban |
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Asesinados ya. Por todos lados, |
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Mis pórticos la sangre ya inundaba; |
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Y mis ojos abrí para ver solo |
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Mis míseros sirvientes, que acababan |
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De ser bárbaramente degollados, |
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Tendidos sobre el mármol de su estancia. |
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Los sangrientos verdugos ya se acercan |
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A mi lecho furiosos; ya se avanzan. |
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Sus parricidas manos, atrevidos, |
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Contra mi pecho y cuello ya levantan. |
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Ya el momento llegara en que debía |
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Mí suerte terminar; ya presentara |
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Mi cabeza al cuchillo; ya la muerte |
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Resignado por puntos esperaba; |
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Cuando, o fuese tal vez porque el respeto, |
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Que de antiguo a la sangre tributaran |
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De mis regios abuelos, sus Señores, |
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A mi favor entonces aún hablara |
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De aquellos alevosos asesinos |
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Al brutal corazón, o que la rabia |
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Ingeniosa de Médicis, por dulce |
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Para mí por demás consideraba |
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Una rápida muerte; o porque un puerto |
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En tanta tempestad se reservara, |
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Guardándome por rehenes la prudencia |
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De su sagaz furor, yo preservadas |
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Para nuevos reveses vi mis horas; |
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Pues mi muerte cambiar Médicis manda, |
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Más que la muerte dura, en cadenas. |
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«Con suerte, a la verdad, menos amarga |
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Y de envidia más digna, aquella noche, |
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Expirando Coliñi, al menos, nada |
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En ella más perdiera, que la vida. |
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Su libertad y gloria inmaculadas, |
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Le han seguido al sepulcro... Vos, Señora, |
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Vos, os estremecéis a tan ingrata |
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Bárbara narración. Horrores tantos |
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Os sorprenden, sin duda, y os espantan. |
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Hasta aquí, sin embargo, solo oísteis |
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De ellos la menor parte. Se pensara, |
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Que del Luvre fatal desde las torres, |
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La seña Catalina diera infausta 27 |
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Aquella propia noche al Reino entero. |
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Todo imita a París. La muerte asalta, |
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Sin resistencia cubre a un tiempo mismo, |
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La vasta superficie de la Francia. |
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Cuando un Rey quiere el crimen, ya lo impera |
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Y obedecido es harto. Su cruel saña, |
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Por cien mil asesinos fue servida; |
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Y las sangrientas enturbiadas aguas |
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De los ríos de Francia, al mar pasmado, |
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Solamente cadáveres rastraban.» |
FIN DEL CANTO SEGUNDO
«Señor, le dice, he recibido una orden de V. M. para hacer morir a todos los protestantes de mi Provincia. Respeto mucho a V. M. para creer que esta orden no sea supuesta. Y si, lo que Dios no quiera, la orden es verdaderamente emanada de V. M. también la respeto mucho para haber de obedecerla.»