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| François-Marie Arouet de Voltaire La Henriada IntraText CT - Texto |
Canto tercero
Argumento
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Continua el Héroe la historia de las guerras civiles de Francia. Funesta muerte de |
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Carlos IX. Reinado de Enrique III. Su carácter. El del famoso Duque de Guisa, |
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conocido por el apodo de Balafré. Batalla de Cutrás. Asesinato del duque de |
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Guisa. Extremos a que se vio reducido Enrique III. Mayena Jefe de la Liga. De |
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Omala su Héroe. Reconciliación de Enrique III con Enrique Rey de Navarra. |
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Socorros prometidos por la Reina Isabel. Su respuesta a Enrique de Borbón |
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«Cuando fúnebres días se cumplieran, |
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En que a tanta crueldad, del hado impío |
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Libre curso el decreto permitiera; |
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Y de asesinas turbas, fatigadas |
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De incendios y homicidios, a la fiera, |
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Ya embotada cuchilla del degüello, |
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Más inocentes víctimas no restan; |
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El obcecado pueblo, cuyo brazo |
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Con bárbara impiedad armó la Reina, |
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Abre por fin los ojos, y el fiel lienzo |
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Hace de sus delitos, que suceda |
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Fácilmente su lástima a sus iras. |
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De la Patria el clamor hiere su oído; |
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Y bien presto de horror el mismo Carlos |
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Sobrecogido todo, se sublevan |
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Allá en su corazón remordimientos, |
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Que áspides lo devoran y envenenan. |
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Del Rey la educación, aunque infelice, |
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Aunque a él mismo y sus pueblos tan funesta, |
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En sus primeros años de su genio |
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El nativo carácter corrompiera: |
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Nunca en él, sin embargo, sufocara |
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Aquella voz del cielo y la conciencia, |
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Que sobre el solio mismo logra oírse, |
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Y a los Reyes espanta y atormenta. |
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Y si bien, torpes máximas y ejemplos |
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De su madre nutriéranle en la escuela, |
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Todavía en los crímenes y vicios |
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Su corazón no estaba, cual el de ella, |
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Irreparablemente empedernido. |
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De sus mejores días la flor llegan |
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A marchitar tristezas y pesares, |
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Y mortal languidez su aliento abrevia. |
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El formidable Dios de las venganzas, |
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Desplegando, por fin, la más severa, |
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A este Rey moribundo, de su enojo |
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Con patentes y horribles marcas sella; |
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Aterrar meditando, en su escarmiento, |
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Cualquiera que en pos dél, osado fuera |
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Por sus huellas marchar. Vile expirando; |
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Y su asombrosa imagen aún creyera |
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Delante aquí tener de estos mis ojos, |
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Que el recuerdo enternece de su pena. |
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A gruesos borbotones, por los poros |
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De su cuerpo, la sangre de las venas |
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Lanzándose copiosa, la francesa, |
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Que con tanta impiedad el rigor fiero |
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De sus atroces órdenes vertiera, |
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Parecía querer dejar vengada. |
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Herido se sentía y se confiesa |
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De una invisible mano; y aturdido |
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De catástrofe el Pueblo tan horrenda, |
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Llora una juventud, gime una vida |
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En su abril agostada; un Rey que viera |
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Por perversos al crimen arrastrado, |
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Y que indicios, al fin, de penitencia, |
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De un imperio más dulce, a lo adelante |
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Tal cual feble esperanza prometieran. |
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«Allá del Norte helado desde el fondo, |
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De su muerte al fragor, que allí resuena, |
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Impaciente Valois, rápido parte, |
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Precipitadamente al punto llega |
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A apoderarse al suelo, en que aun bullía |
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Del carnicero estrago sangre fresca, |
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De la sangrienta herencia de su hermano. |
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«Por común elección, con la diadema |
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De su Reino, aquel tiempo, la Polonia, |
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Del dichoso Valois la sien ciñera; |
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De Jagellon al trono le llamara, |
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De su primera edad marciales prendas, |
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Que, sin duda, más célebre y temible |
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De Enrique de Valois el nombre hicieran, |
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Que los más fuertes Príncipes, los votos |
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De cien vastas provincias le granjean, |
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Y al solio le proclaman con aplauso. |
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¡O lisonjera fama, y cuánto pesas |
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Cuando sobradamente eres temprana! |
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Tan peligrosa carga, no supiera |
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Sobrellevar Valois. Jamás de Enrique |
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Su disculpa se espere. Norabuena |
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Sacrifíquele yo vida y reposo. |
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Todo le inmolaré, mientras no sea |
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La verdad, que amo más, y le prefiero. |
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Mi corazón le llora y le reprueba |
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Al paso que le auxilio y soy su apoyo. |
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«Como sombra fugaz, pasada fuera |
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De Enrique de Valois la primer gloria. |
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Mudanza grande, sí; pero no nueva. |
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Visto se ha más de un Rey, de nuestra vida |
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En la siempre voluble y leve rueda, |
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De un vencedor pasar en la campaña, |
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A un esclavo en la Corte. Sólo ¡o Reina! |
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En el humano espíritu fundado |
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Está el digno valor. No recibiera |
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Del Cielo, sino en parte, las virtudes |
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El infeliz Valois. No se le niega |
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La insigne de animoso; pero feble, |
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Y más que Rey, soldado, en él firmeza |
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Solo en días se ha visto de combates. |
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Adulando vilmente su indolencia, |
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Vergonzosos y pérfidos privados, |
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A su antojo gobiernan, doquier llevan |
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De un corazón tan débil la inconstancia. |
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De palacio en el fondo le reservan; |
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Y allí con él cerrados, y allí sordos |
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Al clamor de los pueblos, que la pena |
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De su opresión arranca, por su labio |
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Su voluntad maléfica y funesta |
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A su arbitrio dictaban. Del tesoro |
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De la Francia, y su pública opulencia, |
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Los restos y despojos miserables, |
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Pródigos dilapidan en torpezas; |
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Y consumiendo al pueblo, que suspiros |
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Al viento exhala en vano, se lamenta |
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De su lujo, y pagaba sus placeres. |
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«Mientras que bajo el yugo, que impusieran |
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Sus codiciosos dueños, así oprime |
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Al Estado Valois, así exaspera |
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Con enormes tributos, llega Guisa. |
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El inconstante pueblo, a su presencia, |
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Los ojos vuelve al punto sobre un astro, |
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Que espléndido y propicio se le muestra. |
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De su padre la gloria, sus hazañas, |
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Su bravura, sus gracias, su belleza, |
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Y de agradar, al fin, el don dichoso, |
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Que más que la virtud, se enseñorea |
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Del corazón del hombre, por encanto |
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Los populares votos tras sí llevan. |
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»Nadie mejor que Guisa el feliz arte |
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Supo de seducir. Nadie obtuviera |
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Sobre toda pasión igual imperio. |
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Ninguno con más maña ni destreza, |
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Bajo exteriores supo más falaces, |
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Abrigar de las miras más inmensas |
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La obscuridad más lóbrega y profunda. |
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De un índole imperiosa, altiva y fiera, |
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Más popular, afable y dulce a un tiempo, |
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Las graves vejaciones, las miserias |
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De los pueblos en público declama. |
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El rigor de las cargas que le aquejan, |
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Con horror maldecía. Todo pobre |
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Venturoso a su hogar de verle llega. |
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Sabía prevenir del vergonzante |
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Ciudadano la tímida pobreza. |
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Su mano liberal, sus beneficios, |
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En París anunciaban su asistencia. |
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De los Grandes, que le eran más odiosos, |
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Ganábase el amor como por fuerza; |
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Terrible y sin regreso, desde el punto |
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En que alguno era herido de su ofensa: |
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Harto astuto y prudente en sus ficciones; |
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Audaz y temerario en sus empresas; |
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Brillante en sus virtudes y en sus vicios; |
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Conocedor del riesgo que desdeña; |
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Príncipe grande, en fin, feliz soldado, |
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Mal ciudadano, empero, Guisa fuera. |
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«Cuando ya su poder por algún tiempo |
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Ensayado tenía, y cuando piensa |
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Fija del ciego pueblo la inconstancia, |
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Ya no se oculta más; ya osado ostenta |
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De su ambición rebelde el atentado; |
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Y con resolución firme y abierta, |
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El fundamento mismo, los cimientos |
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Del trono de su Rey minar intenta. |
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En París, a este fin, forma la Liga, |
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Que fatal y veloz, recorre e infesta |
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De Francia el resto todo: monstruo horrendo, |
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Que los Grandes y Pueblos alimentan, |
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En tiranos fecundo, y que en carnaje |
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De humanales cadáveres se ceba. |
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«Desde entonces, la Francia desgarrada, |
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Con dolor en su seno a mirar llega |
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Dos Monarcas; el uno, que de serlo |
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Insignias solo frívolas conserva; |
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Y el otro, que el terror y la esperanza |
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Por doquier inspirando, tiene apenas |
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Necesidad del título, que solo |
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Llevaba aquél de Rey en apariencia. |
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Aunque sobrado tarde, finalmente, |
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Conmuévese Valois. Valois despierta |
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Del seno de embriaguez en que yacía. |
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El inminente riesgo, que le cerca |
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El soberbio aparato y estampido, |
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Sus recargados ojos entreabrieran; |
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Más de una nueva luz, que le importuna, |
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Deslumbrada su vista, aún en la fuerza |
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De la extrema borrasca, no divisa |
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El rayo, que amagaba a su cabeza, |
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Que sobre ella tronaba; y de un momento, |
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Cansada de vigilia su indolencia, |
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Nuevamente arrojándose en los brazos |
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Del perezoso sueño, de halagüeñas |
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Delicias y privados entre arrullos, |
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Con mayor languidez todo se enerva, |
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Y al borde espantador del precipicio, |
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Adormida de nuevo su alma queda. |
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«En tan mísero estado, en tal conflicto, |
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Aún de Enrique el amor y fe le restan. |
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Pronto ya a perecer, yo soy tan solo |
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El único socorro con que cuenta. |
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Sucesor de Valois, era de Francia |
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El trono, a falta de él, mi augusta herencia: |
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Mi afecto y mi interés súbito armaron |
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Mi brazo, sin dudar, en su defensa. |
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Un necesario apoyo, que le libre, |
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Apresúrome a dar, a su flaqueza, |
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Y con paso veloz a vencer corro, |
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O con él a morir en la palestra. |
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«Pero, para dañar por demás hábil, |
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Allá en secreto, Guisa, astuto inventa |
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Al uno por el otro derribarnos. |
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El seduce ¡que digo! a Valois fuerza |
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Del único socorro a enajenarse, |
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De salvarle capaz. Al fin, maneja |
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De Religión pretextos ordinarios, |
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Políticos pretextos, con que piensa |
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Tender del vil misterio sobre horrores |
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El más honroso velo. Al pueblo inquieta, |
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La hoguera de sus iras encendiendo |
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Aún no bien apagada. Le recuerda |
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De sus padres el culto, los ultrajes, |
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Que de las nuevas sectas extranjeras, |
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De sufrir acababan templos y aras, |
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Que de antiguo adoró la grey francesa: |
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Y a mí me pinta, en fin, como a un profano |
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Enemigo de Dios y de su Iglesia. |
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Sus errores, les dice, a cualquier parte |
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Que su planta dirige, tras sí lleva. |
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Ejemplos de Isabel sigue arriesgados. |
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Templos mil a su culto alzar proyecta, |
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De ruinas y escombros sobre montes, |
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Que maquina abatir de iglesias vuestras; |
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Y esas predicaciones criminales, |
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Presto en París veréis como resuenan. |
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De su hipócrita celo a estas palabras, |
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El Pueblo se enfurece, el Pueblo tiembla |
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Por su altar en peligro, y al palacio |
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Del Rey corre alarmado. Miedo afecta |
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La fanática Liga, que insolente, |
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En voz alta de Roma a nombre llega |
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Intimando a su Rey, que ya por Roma |
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Toda reunión conmigo se le veda. |
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Feble el Rey por demás ¡ah! de la Liga |
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A tan audaz insulto se doblega; |
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Sin réplica obedece, y cuando vuelo |
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A vengar sus injurias, tristes nuevas |
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A conocer me dan que ya mi hermano |
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A la Liga sumiso, se aviniera |
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Para perderme a mí con su enemigo. |
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A su pesar sus tropas de la tierra |
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Ya los campos cubrían, y de miedo |
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Declárame una guerra injusta y necia. |
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«Con lágrimas sinceras lamentando |
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De su mísero acuerdo consecuencias, |
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Sin nada contemplar, corro a batirle |
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En lugar de vengarle. Ya en diversas |
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Ciudades de la Francia, y por cien lados, |
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De la Liga el alarma produjera |
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Contra mí gruesas haces; y ministro |
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Precipite Joyeuse de flaquezas |
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Indignas de su Rey, rápidamente |
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Sobre mí con ardor caer intenta. |
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Guisa, por otra parte, nada menos |
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Prudente que esforzado, me dispersa, |
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Cortándoles el paso, mis amigos. |
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Numerosos en Francia, por doquiera, |
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Enemigos y ejércitos me oprimen; |
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Más, sin embargo, yo, todas sus fuerzas |
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A un tiempo desafiando, me apresuro |
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A tentar decidido de la guerra, |
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Propicia a los audaces la fortuna. |
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«Yo allá en Coutrás busqué, y hallar quisiera |
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Al soberbio Joyeuse. Ya sabríais 28 |
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La rota, que en Coutrás sufrió completa. |
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De aquel Caudillo intrépido la muerte, |
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Sin duda no ignoráis. No debo, Reina, |
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Con vanas relaciones molestaros.» |
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«Yo no os admito, Enrique, esas modestas |
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Delicadas escusas, le replica; |
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¿Queréis, dice Isabel, negar con ellas |
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A mi curioso anhelo, narraciones, |
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Que igualmente me ilustran, que interesan? |
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No; de Coutrás el día, aquel gran día |
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En olvido no echéis, y de las penas, |
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De los trabajos vuestros, y virtudes, |
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De Joyeuse y su muerte dadme cuenta. |
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Vos, ¡insigne Guerrero! el autor solo |
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De hazañas de tal brillo, y tal grandeza |
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Contarlas podrá bien, y quizá digna |
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De escucharlas soy dél.» Dijo: a tan bella |
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Lisonjera demanda, sintió el Héroe, |
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Que de un noble sonrojo era cubierta |
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De su frente la tez, y a pesar suyo |
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A hablar ya de sus glorias y proezas |
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De la Reina obligado, el hilo sigue |
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De la historia fatal de esta manera. |
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«De cuantos caballeros en la corte |
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Del infatuado Rey ídolos eran, |
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Entre cuantos adulan su molicie, |
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Y le imponen la ley con insolencia, |
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Por su estirpe, Joyeuse, en Francia ilustre, |
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De favor y privanza tan suprema |
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Era el menos indigno. Le adornaban |
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Virtudes diferentes, y si adversa, |
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No cortase la parca en aquel día |
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De sus más florecientes la carrera, |
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Con un alma, sin duda, ya formada |
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A grandiosas e intrépidas empresas, |
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A su tiempo, Señora, del de Guisa |
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Igualado la gloria y nombre hubiera; |
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Más en medio criado de una corte, |
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Entre la femenil delicadeza, |
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En el seno ablandado de placeres, |
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Y en brazos del amor, solo conserva |
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Excesos que oponerme de bravura, |
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Peligrosa ventaja, que acelera |
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Tal vez de un joven héroe la desgracia. |
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A su suerte adherida, gran caterva |
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De nobles cortesanos, que de abismos |
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Salían de deleites y flaquezas, |
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Galante se avanzaba hacia la muerte. |
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Por prendas en sus trajes de terneza, |
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Con amorosas cifras, de sus Damas |
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Señalados los dulces nombres llevan. |
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Relumbraban sus armas entre rayos |
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De diamantes, que adorno inútil eran |
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De brazos, que enervara un muelle lujo. |
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Fogosos y desnudos de experiencia, |
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En tumulto conducen al combate |
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Su fiereza imprudente y altanera. |
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Con su pompa orgullosos, y pagados |
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De un numeroso campo, sin más regla, |
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Sin más orden, avanzan y se arrojan |
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Con impetuoso paso a la pelea. |
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«De distinto esplendor hiere sus ojos |
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De mi ejército el campo. Sus hileras, |
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En silencio extendidas a su vista, |
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Solo por todos lados les presentan |
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Ásperos combatientes, al trabajo |
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Endurecidos ya, que envejecieran |
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En las marciales lides, a la sangre |
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Avezados de lejos, y de feas |
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Cicatrices y heridas matizados; |
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De hacer gala se corren, se desdeñan |
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De otro adorno, que espadas y mosquetes. |
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Yo, como ellos vestido, sin riqueza, |
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Yo sin pompa, y de un hierro igual armado, |
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Polvoroso conduzco a la refriega |
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Mi sufridor soldado, y de mil muertes |
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La tempestad horrísona y sangrienta |
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Arrostrando como él, dél me distingo |
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Sólo en marchar al frente. Yo desechas, |
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Yo tan brillantes huestes vi rendidas; |
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Expirando las vi; vilas por tierra |
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Bajo el golpe mortal de nuestro acero. |
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En horrible desorden vi dispersas |
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Sus reliquias en fin, y a pesar mío, |
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En sus senos clavé daga, que fuera |
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Mejor haber manchado en sangre hispana. |
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«Confesaros aquí forzoso es, Reina, |
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Que entre los cortesanos que ha abatido |
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De su edad en la flor la segur nuestra, |
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Ninguno herido fue sino de golpes |
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De militar honor, gloria y braveza. |
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Todos allí impertérritos y firmes, |
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De heroica constancia dieron pruebas. |
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Todos allí en su puesto imperturbables, |
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Con magnánimo pecho y faz serena |
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Hacia ellos la muerte correr vieron |
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Sin que ni un solo paso hacia tras dieran, |
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Ni sus ojos alguno hacia otro lado |
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En el mayor peligro revolviera. |
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Este el carácter es ¡Princesa ilustre! |
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Esta la nacional fiera nobleza |
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Del Francés cortesano. No afemina |
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Su ordinario valor la paz. Él vuela |
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Del sombrío reposo a los combates; |
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Y el vil adulador en París, llega |
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En los campos de Marte a ser un héroe. |
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«Entre el confuso horror, con que era envuelta, |
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La encarnizada lid, en balde mando |
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Cuartel dar a Joyeuse. Me lo llevan |
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Bien pronto los soldados, ya cubierto |
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De la lúgubre sombra y macilenta |
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Palidez de la muerte; cual se mira |
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Tierna flor, que nacer alegre viera |
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La mañana, de llantos de la aurora |
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Y de besos del céfiro; que bella |
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Brilla y luce un momento a nuestra vista, |
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Y cae antes de tiempo a la violencia |
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De los vientos, o al corte de un acero. |
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«¿Más, a qué recordar tristes escenas |
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De triunfo tal? ¡Que yo de la memoria |
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De este horrible suceso, antes no pueda |
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Borrar los sanguinarios monumentos! |
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Hasta ahora mi brazo de francesa, |
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De patria sangre sólo se ha teñido. |
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Nada tiene de grata y lisonjera |
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Mi grandeza a tal precio. De mi duelo, |
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Mi sangriento laurel lágrimas riegan. |
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Este infeliz combate, el triste abismo |
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De que en vano Valois salir intenta, |
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No hizo más que excavar. Más despreciado |
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En sus reveses fue. Menos le presta |
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Su sumisión París. La fiera Liga |
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Su orgullo más exalta y su protervia, |
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Y su amargo dolor más agravando |
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Del de Guisa la gloria, sus afrentas |
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No menos redobló, que sus desgracias. |
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Con más dichosa mano, Guisa venga |
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De Vimori en los campos, sobre huestes |
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Que el Germano en mi pro marchar hiciera, |
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De Joyeuse la muerte, que las mías, |
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Si bien a mi pesar, en Coutrás dieran. |
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Abismando en Onó mis auxiliares, |
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De laureles cubierto, se presenta |
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En París vencedor, y allí aparece |
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Cual un Dios tutelar. Valois observa |
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|
De su enemigo audaz los altos triunfos, |
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Y éste insultando siempre con fiereza |
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Al Príncipe abatido, más vencerle |
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Que servirle en tal lance osado muestra. |
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«Siempre, al fin, la vergüenza irrita y punza |
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Al pundonor más feble. De la mengua |
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El apático Rey por fin se siente, |
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Y refrenando al cabo la insolencia |
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De un vasallo felón, en París quiere |
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Su autoridad probar; más ya, ya no era |
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El oportuno tiempo. En sus vasallos |
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Ya su temor y afecto se extinguieran. |
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Su audaz Pueblo, al motín siempre propenso, |
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Desde el punto en que el Rey reinar decreta, |
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Tiénele por tirano. Se hacen juntas, |
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Se conspira, y veloz la alarma vuela. |
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Todo habitante entonces fue soldado; |
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París todo fue ya campo de guerra. |
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Mil vallas, de un momento raro aborto, |
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Amenazan del Rey, las guardias cercan. 29 |
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«Tranquilo entonces Guisa, fiero, ufano, |
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En medio la borrasca, o bien refrena, |
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O del Pueblo las furias precipita. |
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Él, de la sedición es quien gobierna |
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Los secretos resortes, y a su antojo |
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Mueve la enorme masa. Se endereza |
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Con furor a palacio el Pueblo todo. |
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A un acento de Guisa no existiera |
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La vida de Valois; y de sus ojos |
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Cuando una imperceptible leve seña |
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A abismarlo en la nada bastaría, |
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Se satisface solo, se contenta |
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Con hacerlo temblar, y deteniendo |
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De los amotinados la carrera, |
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Él mismo, para huir, a Valois libre, |
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De lástima, el poder y paso deja. |
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Cualquiera que el plan fuese del de Guisa, |
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Para vasallo, al fin, sobrado atenta, |
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Más poco por demás para tirano. |
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Cualquiera audaz mortal, que por fin llega |
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A forzar al temor a su Monarca, |
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Todo temerlo debe, si se queda, |
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Y hasta violarlo todo no se arroja. |
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Sostenido ya Guisa con firmeza |
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En sus grandes designios, desde entonces, |
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De ofender y mostrarse solo a medias |
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Que ya el tiempo pasara, reflexiona, |
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Y con sagaz audacia de ver echa, |
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Que remontado, en fin, a altura tanta, |
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Más sobre un precipicio, ya era fuerza, |
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O subir presto al solio, o al cadalso. |
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Despótico ya dueño de la ciega |
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Revolución de un Pueblo; de esperanza |
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Y de temeridad el alma llena; |
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De Roma en sus empresas apoyado; |
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En ellas socorrido de la Iberia; |
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Ídolo el más querido de la Francia, |
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Y ayudado, además, de la influencia |
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Que sus hermanos logran sobre el Pueblo, |
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Aquel vasallo altivo presumiera |
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Haber antiguos tiempos renovado, |
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En que de la primer estirpe regia |
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Indignos y cobardes descendientes, |
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Cuasi al nacer caídos de la esfera |
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Del supremo poder, bajo lo odioso |
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De una capilla hundían sus diademas, |
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Y por violentos votos entre sombras |
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Lamentando de un claustro su flaqueza, |
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En las tiranas manos de opresores, |
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Del Gobierno las riendas depusieran. |
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Sin embargo, Valois, que la venganza |
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De Guisa allá en su pecho difiriera, |
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Estados de la Francia generales |
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Convoca para Blois, y allí celebra. |
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De esta asamblea, Reina, la noticia |
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Bien puede ser que ya nueva no os sea. |
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De mejora y reformas harto urgentes, |
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Varias leyes allí se propusieran, |
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Que sin ejecución al fin quedaron, |
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Y la pomposa estéril elocuencia |
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De diputados mil, detalle inútil |
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De los abusos nuestros hizo en ella; |
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Pues de asambleas tantas y consejos |
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El frecuente suceso que se observa, |
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Es el de revistar los males todos, |
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Pero sin reformar ni uno siquiera. |
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«En augusta sesión de estos estados, |
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Del altanero Guisa la soberbia, |
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Con desdén de su Príncipe abatido, |
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La regia majestad a insultar llega. |
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Asiento va a tomar cerca del trono, |
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Y bien asegurado de su empresa, |
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En cada diputado ve un vasallo. |
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Ya sus indignas tropas, con vileza |
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Del tirano vendidas a intereses, |
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De un imperio absoluto se aceleran |
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A poner en su mano el duro cetro; |
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Cuando de su temor y su indulgencia |
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Hacia el soberbio Guisa fatigado, |
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Medita ya, por último, y se arresta |
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Valois a reinar libre, y dél vengarse. |
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Su rival cada día más se esmera |
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En mover y exaltar su justo enojo, |
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E insolente enemigo, le desdeña, |
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Sin que ni aún sospeche su arrogancia |
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En el Príncipe airado, la firmeza, |
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Que a un vil asesinato era bastante. |
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Ciégale su destino. Se le acerca |
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Su hora al deslumbrado, y con indigna, |
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Con villana perfidia, de sorpresa, |
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A sus ojos el Rey manda inmolarle. |
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Su cuerpo allí traspasan y laceran |
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De acerados puñales mil heridas; |
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Más su orgullo al morir no se abatiera. |
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La frente, que aún Valois temía acaso, |
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Toda pálida ya, toda sangrienta, |
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Su dueño al parecer aún amenaza. |
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Esta fue la final trágica escena |
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De aquel vasallo infiel, omnipotente, |
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Que un cúmulo brillante en sí reuniera |
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De virtudes y vicios. El Rey débil, |
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A quien la autoridad robó suprema, |
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Cobarde en demasía le ha sufrido, |
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Y no menos cobarde dél se venga. |
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«Corre presto en París el caso horrible, |
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Y el asombrado Pueblo el aire atruena |
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De horrísonos clamores. Los ancianos |
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De pesar abatidos, y las hembras |
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Lágrimas arroyando, cual perdidas, |
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A abrazar, por do quiera, corren, vuelan |
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Del desgraciado Guisa las estatuas. |
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Y de ilusiones lleno París piensa, |
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Que en situación tan crítica, tenía |
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Que vengar a su padre, y de su Iglesia |
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La causa sostener. Mayenne, entonces, |
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Digno hermano de Guisa, se acelera, |
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Del Pueblo airado en medio, a transportarle |
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A la feroz venganza de su ofensa, |
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Y más por su interés que por su duelo, |
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De aquel enorme incendio con violencia |
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Rápido discurriendo por cien lados, |
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Soplaba la voraz horrible hoguera. |
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Mayenne, largo tiempo ya de Marte 30 |
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En alarmas nutrido, por sus sendas |
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Bajo el soberbio Guisa audaz trepara. |
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Que en su gloria, por tanto, y sus empresas |
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Le suceda resuelven. De la Liga |
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Pasa el cetro a sus manos. Tal grandeza, |
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Dulce a su corazón e ilimitada, |
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Fácilmente la pérdida consuela |
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De un hermano inmolado. A pesar suyo, |
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A Guisa por su jefe obedeciera, |
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Y aunque en triste ocasión de tanto luto, |
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Ya vengarle le agrada y lisonjea |
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Mucho más que servir bajo su mando. |
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Heroico valor el jefe alienta. |
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Se lo confieso, sí. Feliz y sabia |
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Su conducta política, a ver llega |
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Bajo su sola ley servir unida |
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Esa turba de espíritus inmensa, |
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De su dueño enemiga, y de tiranos |
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A un tiempo torpemente esclava ciega. |
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Él, con sagacidad distinguir sabe |
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Los variados talentos que en sí encierra, |
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Y con crítico tino de ellos todos |
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En oportunos casos se aprovecha. |
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De los mismos reveses, sus ventajas |
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Sacar a veces logra su destreza. |
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Con aura más brillante y seductora, |
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De admiración la Francia dejó llena; |
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Los ojos fascinara el otro Guisa, |
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Que más grande y más héroe en verdad fuera; |
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Pero no que su hermano, más temible. |
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Tal, señora, es Mayenne, y tal su fuerza. |
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Cuanto de lisonjeras esperanzas |
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Funda esa altiva Liga en su prudencia, |
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Otro tanto de orgullo y de bravura |
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De todos en los ánimos subleva, |
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De ese joven Aumale el presuntuoso 31 |
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Soberbio corazón. Es su fiereza |
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El broquel del partido, que hasta el día |
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De invencible el renombre le conserva. |
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Mayenne, que a las lides le conduce, |
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De la Liga es el alma que proyecta; |
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Aumale, empero, el brazo, que ejecuta. |
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«Ese opresor político del Belga, |
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Ese vecino, en tanto, peligroso, |
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Católico tirano y Rey, que encierra |
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Su principal apoyo en su artificio; |
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Ese enemigo vuestro, gran Princesa, |
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Y aún más mío, Felipe, voluntario 32 |
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De Mayenne abrazando las querellas, |
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De los rivales nuestros torpemente |
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La causa criminal insta y fomenta, |
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Y Roma, que apagar de males tantos |
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Debía el voraz fuego, Roma misma |
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La tea atiza más de la discordia. |
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El que de los cristianos nombre lleva |
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Todavía de padre, entre las manos |
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De sus hijos libró daga sangrienta. |
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Del un término al otro de la Europa, |
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Registraron mis ojos con sorpresa, |
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Que a un tiempo las desgracias todas juntas |
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De tropel a París sobrevinieran. |
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Rey, por fin, sin vasallos, perseguido, |
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Sin tener quien le asista ni defienda, |
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Vese Valois por último forzado |
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A implorar el socorro de mis fuerzas. |
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Creyome generoso, y no se engaña. |
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Del estado desastres solo aquejan |
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Mi corazón, Señora, y de su trono |
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Los peligros mi cólera sosiegan. |
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Ya no he visto en Valois más que un hermano: |
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Mi deber lo ordenaba. Se sujetan |
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A su ley mis enojos, y Rey, vuelo |
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A vengar de otro Rey cetro y diadema. |
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Sin guardias, pues, sin rehenes, sin tratados, |
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A hablar llego a Valois. La suerte vuestra, |
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Está, señor, le digo, en vuestro aliento. |
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Que a vencer o morir vengáis es fuerza, |
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Del rebelde París en las murallas. |
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Súbito de Valois el alma eleva, |
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Sus espíritus hinche un noble orgullo. |
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Yo no me lisonjeo de que hubiera |
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Capaz sido mi ejemplo, de inspirarle |
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De un guerrero valor llama tan bella. |
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Las desgracias, sin duda, a fuertes golpes |
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Su dormida virtud, al fin, despiertan. |
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El reposo lamenta que a tal punto |
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Abatídole había. A Valois era |
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Tan penoso infortunio necesario. |
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La suerte muchas veces más adversa, |
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Es a los soberanos muy precisa.» |
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Tal ha sido de Enrique a aquella Reina. |
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La simple narración, mientras promueve |
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Del Britano el socorro. Ya altaneras |
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Voces de la victoria, de las torres |
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Del rebelado muro al Héroe apremian |
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Porque a su campo torne. Tras sus pasos |
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Mil jóvenes isleños, con presteza, |
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De los mares el seno a hendir se alistan, |
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Y los combates de la Francia anhelan. |
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A su frente al de Essex llevan ufanos; |
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Al de Essex, cuyo espíritu y braveza, 33 |
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De los fieros y altivos castellanos |
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Confundir supo un día la prudencia: |
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Al de Essex, que orgulloso mal podría |
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Creer que un hado indigno se atreviera |
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A marchitar laureles que su mano |
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Ya consagrado había a su cabeza. |
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Enrique activo jefe, cuyo impulso |
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Nada parar podía, a Essex no espera. |
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De lidiar y vencer todo impaciente, |
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Por regresar a Francia se desvela. |
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«Id, Héroe digno, andad, la Reina dice. |
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Bien presto, a la voz mía, vuestras huellas |
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Siguiendo mis guerreros, esos mares |
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Atravesando irán; más no los lleva |
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El servir a Valois; a vos os siguen. |
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Mi amistad solamente los dispensa |
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A vuestras generosas inquietudes. |
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Vos les veréis correr a las peleas, |
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Por socorreros menos que imitaros. |
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Hechos, a vuestro ejemplo, de la guerra |
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Al gran arte, y sus riesgos y fatigas, |
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Ya bajo vuestra sombra, en vuestra escuela |
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A servir se instruirán gloriosamente |
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Y con mayor ventaja a la Inglaterra. |
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Quiera el cielo que a golpes de este brazo |
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Prontamente la Liga a expirar venga. |
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Al caudillo Mayenne, de la España |
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Ese ambicioso Rey, astuto obsequia, |
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Vuestra enemiga es Roma. Nuevos triunfos, |
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Id a ganar, Enrique, de la Iberia; |
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Más pensad que, a un gran hombre, vanos rayos |
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Temer de Roma ya gran mengua fuera. |
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Vengada por vos quede de los Pueblos |
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La libertad violada. La fiereza |
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De Felipe abatid, y de ese Sixto. |
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«Felipe, de su padre en la violencia |
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Tirano sucesor, menos que él grande, |
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Menos bravo también; pero en empresas |
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Y en política igual; de sus vecinos |
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La división tramando, falso intenta |
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Sus cadenas echarles, y del fondo |
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De su alcázar el orbe domar piensa. |
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Desde el polvo hasta el solio alzado Sixto, 34 |
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Con un poder menor, un alma encierra |
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Todavía más fiera. De Montalto |
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|
Pastor humilde un tiempo, regias testas, |
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Príncipes formidables rivaliza. |
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Dar la ley en París osado piensa, |
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No de distinto tono que allá en Roma, |
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Y de un triple magnífico diadema |
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Bajo el pomposo fausto y sacro brillo, |
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Avasallarlo todo osado intenta, |
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Y hasta al mismo Felipe. Ese violento, |
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Pero en engaños hábil y en cautelas, |
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Enemigo celoso de los fuertes, |
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Y opresor de los débiles se ostenta. |
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Cábalas y manejos, aquí en Londres, |
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Y aun en mi misma corte mil urdiera; |
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Y el mundo, a quien engaña, se halla lleno |
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De la intriga y la trama en que lo enreda. |
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«De vuestros enemigos, Gran Enrique, |
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Tal es la condición y alta ralea, |
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Que mirar es en vos un deber digno |
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Con el desdén que yo. Ambos quisieran |
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Alzarse contra mí; más uno, en balde |
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Con borrascas luchando y la Inglaterra, |
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Hizo ver al Océano en su fuga |
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Sus míseros naufragios. Las riberas 35 |
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De esos mares aún cubren los despojos, |
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Teñidas aún se ven con sangre fresca |
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De sus famosas huestes. Allá en Roma |
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Mudo, el otro, me teme y me respeta. |
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«Vuestros nobles destinos, a sus ojos |
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Seguid Enrique, pues, con entereza. |
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Sabed, que si una vez el marcial brío |
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De ese Mayenne audaz domado queda, |
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Presto a Roma en pos dél veréis sumisa. |
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El favor o rencor de esta soberbia |
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En los campos podéis reglar vos solo. |
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Inflexible al vencido, y placentera |
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Con todo vencedor; siempre a absolveros |
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Como a anatemizaros tan dispuesta; |
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Encender o apagar, en vuestra mano |
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Tenéis, de sus diplomas las centellas.» |
FIN DEL CANTO TERCERO