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| François-Marie Arouet de Voltaire La Henriada IntraText CT - Texto |
Canto sexto
Argumento
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Después de la muerte de Enrique III los estados de la Liga se juntan en París para |
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elegir Rey. Mientras ellos se ocupan en deliberaciones, Enrique IV da un asalto a |
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la ciudad. Disuélvese la Asamblea de los estados. Sus miembros van a combatir |
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sobre la muralla. Descripción de este combate. Aparición de S. Luis a Enrique |
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IV |
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Sacro y antiguo fuero es en la Francia, |
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Que siempre que la muerte sobre el trono |
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Inexorable extienda su guadaña, |
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Y de la augusta sangre de sus Reyes, |
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Tan preciosa a los pueblos y tan cara, |
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En su postrer canal llegue a mirarse |
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Agotada la fuente, en sus ancianas |
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Primitivas franquezas y derechos |
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La Nación quede al punto reintegrada, |
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Pueda un jefe elegir, mudar sus leyes. |
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Órganos los estados de la patria, |
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Nombran entonces Rey, y libre dejan |
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Tal vez su potestad o limitada. |
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Así de nuestros padres, allá un día, |
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Soberanos decretos, a la plaza |
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De Carlomagno regia, remontaron |
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De los Capetos la reinante rama. |
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En su ciego delirio la audaz Liga, |
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Inquieta osó llamar y temeraria, |
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De estos patrios estados a congreso, |
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Derechos entendiendo que alcanzara, |
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Por un abominable asesinato, |
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De elegirse su Rey, variar su raza, |
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Y el Estado cambiar. De esta manera, |
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Excluir a Borbón más bien pensaba |
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De un trono imaginario al fuerte abrigo, |
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Y entretener mejor así engañada |
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La estolidez del vulgo. Presumía, |
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Que los designios todos de sus tramas |
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Conciliaría un Rey, y que sus fueros |
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Una sanción más sólida lograran |
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Bajo tan sacro nombre, siendo mucho, |
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Por más que injusta fuera y tumultaria, |
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Que de un Rey la elección hecha quedase; |
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Pues fuese al fin quien fuese, suspiraba |
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Por un dueño el Francés, y un Rey quería. |
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Del famoso congreso a la asonada, |
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Con estrépito acuden velozmente |
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Todos aquellos jefes, que obstinara |
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Y un loco y fiero orgullo conducía. |
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Los Nemours y Lorenas, de la España |
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Con el embajador, de Roma el nuncio, |
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Y un furibundo clero, al Louvre marchan, |
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Con su nueva elección, de nuestros reyes |
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Los manes a insultar. El lujo, infausta |
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Producción de las públicas miserias, |
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La asamblea tiránica prepara |
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Con ruidoso esplendor. No aparecían |
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Allí los grandes príncipes. No estaban |
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Los señores en ella más notables, |
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Que del sublime estado y sangre clara |
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De nuestros rancios pares, majestuosos |
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Potentes sucesores, del monarca |
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Sentados a la par y en otros tiempos |
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Del Reino natos jueces, de tan alta |
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Dignidad y poder, ya caducado, |
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Aun rastros y reliquias blasonaban. |
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De nuestros respetables parlamentos |
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Los sabios diputados allí faltan, |
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Que nuestras ya harto febles Libertades, |
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Con valor defendiesen y constancia. |
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De las Lises allí ya el aparato, |
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La insignia no se ve tan ordinaria. |
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De un extranjero fausto todo absorto |
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Se mira al Louvre ya. De honor preparan |
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Al legado de Roma cierta silla. |
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Cerca dél a Mayenne se levanta |
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Magnífico dosel. Bajo él, con pasmo, |
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Grabadas lee el concurso estas palabras. |
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«Príncipes que juzgáis sobre la tierra, |
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Cuya culpable mano, con audacia |
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Emprendiéndolo todo, nada ahorra, |
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De Valois en la muerte desastrada |
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A reinar aprended a lo adelante.» |
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Ya se juntan al fin; ya entre cábalas |
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Con infernales gritos, bandos varios, |
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Retumbar del congreso hacen la estancia: |
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Ya del error la venda ciega a todos; |
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Y ya cierto ambicioso, de las gracias |
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De Roma esclavo vil, a su legado |
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Lisonjas dirigiéndole, declama; |
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Que llegado era el tiempo, en que las lises |
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Rastrasen con terror bajo la tiara. |
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Que en París al instante se erigiese |
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El tribunal sangriento, cuya planta, |
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Invención era digna y monumento |
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Del poder monacal; que allá aceptara |
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El Español, y él mismo ya detesta; |
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Que las aras vengando, las ultraja; |
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Que de sangre cubierto, y circundado |
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De tormentos, de afrentas y de llamas, |
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Quema, infama y degüella a los mortales 51 |
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Con los sagrados filos de su espada; |
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Como si aún tocásemos la horrible |
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La deplorable edad, en que adoraba |
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Unos Dioses la tierra inexorables, |
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Y a quienes sacerdotes de inhumanas |
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Imposturas autores aún más fieros, |
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De aplacar tantas veces se jactaban |
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Con la inocente sangre de los hombres. |
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De la España también, otra vil alma, |
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Por el oro comprada y corrompida, |
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Con avaricia pérfida, su patria |
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Al Íbero vender y entregar quiere, |
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A aquel Íbero mismo, a quien odiaba. |
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Más ya de un poderoso y fuerte bando |
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Unánimes sufragios, en voz alta, |
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De nuestros viejos reyes sobre el trono, |
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Al caudillo Mayenne colocara. |
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Solo un sacro dictado y un carácter, |
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Un título tan solo le faltaba |
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A su vasto poder. De osados votos |
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Orgullosas y altivas esperanzas, |
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En el profundo arcano de su pecho |
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A placer se nutrieran, se cebaran, |
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Y en el supremo honor tan peligroso |
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Del gran nombre de Rey, se saboreaban. |
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A tal resolución, súbitamente |
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Levántase Potier, y la palabra 52 |
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Para hablar al congreso grave pide. |
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La rígida virtud, sola formaba |
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Su terrible elocuencia. En unos días |
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Del crimen tan infectos, se admirara |
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Siempre justo a Potier, siempre por tanto |
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Respetado y temido. Veces varias, |
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Con varonil constancia la licencia |
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Reprimir se le viera de su saña; |
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Y sobre ellos intacta conservando |
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Su antigua autoridad, mostrar lograra |
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Su error impunemente y su injusticia. |
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Al levantar su voz, murmullos se alzan: |
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Apresúranse a oírle; le rodean; |
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Y al silencio, escuchándole su plaza |
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Cede el motín ruidoso. Así en la nave |
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Que agitaron las olas, acallada |
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Del marinero ya la gritería, |
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Que los aires hiriendo horrorizaba, |
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Sólo el corte se siente de la proa, |
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Que espumante, y en próspera bonanza, |
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Un mar surca calmoso y obediente; |
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Así Potier, dictando leyes sabias, |
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Como un justo entre el pueblo aparecía, |
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Y a su voz el tumulto mudo estaba. |
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«Vos destináis, les dice, el de Mayenne |
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Al puesto soberano. Vuestra falta |
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Reconozco y la escuso a un tiempo mismo. |
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Virtudes en Mayenne así resaltan, |
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Que nunca por demás serán queridas. |
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Yo propio le eligiera, si juzgara |
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Que elegirle podía; más nosotros |
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Ley tenemos; debemos observarla; |
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Y ese héroe tan insigne, si el imperio |
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Pretende, de él indigno se declara.» |
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Con todo el aparato, en este punto, |
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Y la brillante corte de un monarca, |
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Entra Mayenne ya. Potier le mira |
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Sin leve inmutación. «Sí; la palabra |
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En tono del valor más noble lleno, |
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Vuelve a tomar, «Sí, príncipe. No osara |
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Dirigiros mi voz contra vos propio, |
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En nuestro pro común y de la patria, |
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Si menos para ello os estimase. |
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En vano antiguos fueros se proclaman |
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Para elegir hoy Rey. Restan Borbones |
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Que el trono ocupar deban de la Francia. |
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Nacer os hizo Dios harto bien cerca |
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Del augusto lugar de su real rama, |
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Sólo para con gloria sostenerle, |
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Y no para usurparle con infamia. |
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Desde el sombrío seno de los muertos, |
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Ya ¡esclarecido príncipe! ya nada |
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Que reclamar le queda al grande Guisa. |
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Sangre, que ya corrió de su monarca, |
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Muy bien a sus cenizas bastar debe. |
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Si el murió por un crimen, bien vengada |
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Su muerte lo fue ya por otro crimen. |
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Tomad con el Estado la mudanza, |
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Que al Cielo plugo dar. Tan justo enojo |
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Fine ya con Valois y su desgracia, |
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Puesto que por Borbón no fue la sangre |
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De Guisa vuestro hermano derramada. |
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El Cielo, el justo Cielo, que oficioso |
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Tanto os honra a los dos, tanto os halaga, |
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Para haceros eternos enemigos |
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Os dio a entrambos virtudes demasiadas; |
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Mas yo el murmullo escucho; sonar oigo |
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De ese pueblo los gritos, que propalan |
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De hereje y de relapso horribles motes. |
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De nuestros sacerdotes transportada |
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Observo la piedad. Su falso celo |
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Viendo estoy, que empuñando mortal daga... |
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Deteneos, y oídme ¡Desgraciados! |
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¿Cuál es la ley, ejemplo, o infernal rabia, |
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Que vuestros homenajes al Ungido |
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Del Señor, así estorba y arrebata? |
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¡Qué! ¿De San Luis el hijo, por ventura, |
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A sus votos perjuro, se propasa |
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A hundir o desquiciar los fundamentos, |
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Do nuestro eterno altar se apoya y alza? |
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¿Al pie no pide dél, que se le instruya? |
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Él las leyes sanciona, observa y ama, |
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Cuyo imperio insultáis vosotros mismos. |
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Él, sabe entre las sectas más contrarias |
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Las virtudes honrar. Él, vuestro culto |
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Igualmente respeta, y aun las faltas, |
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Y aun los abusos vuestros, al Dios vivo, |
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Cuyos ojos del hombre el fondo calan, |
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El divino poder y los derechos, |
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Que vuestro error se arroga o vuestra audacia |
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De juzgar las conciencias, reservando. |
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De regiros cual Padre y cual Rey trata; |
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Y aun cual mejor cristiano que vosotros, |
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A perdonaros viene. Todo se halla |
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En libertad con él ¿Y él solamente |
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Ser libre no podría? ¿Qué ordenanza, |
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Qué ley pudo, o qué fuero constituiros |
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De vuestro Rey jueces? ¡Turba airada |
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De pastores infieles! ¡Sediciosos |
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Indignos ciudadanos! cuán lejana |
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Se ve vuestra conducta, cuán ninguna |
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Vuestra conformidad y semejanza, |
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De la edad primitiva a los cristianos, |
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Que en medio del desprecio, con que odiaban |
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De yeso y de metal ficticios dioses, |
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Sin murmurar jamás, en paz llevaran |
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De príncipes idólatras el yugo; |
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Con sufrimiento heroico y constancia, |
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Sin quejarse jamás ruidosamente, |
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Entre horribles suplicios dan el alma; |
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Y de heridas y sangre llenos todos, |
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A sus mismos verdugos perdonaban, |
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Los atroces martirios bendecían! |
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Estos, a Cristo solos imitaran: |
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Verdaderos secuaces eran suyos: |
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Mi razón, estos solos, otros no halla. |
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Ellos morir solían por sus reyes, |
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Y vosotros, ¡Franceses! con insania |
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Asesináis los vuestros. Si al Dios justo, |
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Cuyo implacable celo tanto exalta |
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Vuestra imaginación, place el castigo, |
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La sangrienta venganza tanto agrada, |
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Sois, en primer lugar, sí, sois vosotros |
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¡Bárbaros! de quien tiene que tomarla.» |
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Nadie a un discurso osó tan arrojado |
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Dirigir su respuesta. Se quedaran |
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Al escucharlo todos confundidos. |
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Heridas reconocen sus entrañas |
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De los dardos, que en él, tan libremente |
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El ardiente orador les asestara, |
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Fuertes en demasía y penetrantes. |
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Resistían en balde, desechaban |
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En vano de su pecho, ardiendo en iras, |
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El interno terror con que amilana |
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La verdad al malvado; y el despecho |
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Revolvían y el miedo, y agitaban |
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Su oculto pensamiento, cuando al Cielo, |
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Mil voces de repente remontadas, |
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Resonar hacen ya por todas partes, |
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Entre un confuso ruido estas palabras. |
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«Al arma compañeros, sino somos |
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Perdidos sin remedio, al arma; al arma.» |
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Ya del alzado polvo espesas nubes, |
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Del sol la clara luz turban y empañan. |
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De alarmantes clarines y tambores |
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El estruendo marcial, de horror llenaba, |
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Cual precursor acento de la muerte; |
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No de distinto modo, que escapadas |
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De las cuevas del Norte por la tierra, |
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Precedidas de vientos en su marcha, |
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Y del trueno seguidas, de los aires |
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El espacio oscurando entre las masas |
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De polvo en torbellinos, con violencia |
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Levantadas del suelo en que posaban, |
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Las fuertes impetuosas tempestades, |
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De el Universo corren por las plagas. |
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Era el terrible ejército de Enrique, |
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Que ya de una inacción sobrado blanda |
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Desairado creyéndose, y ardiendo |
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De fresca sangre en sed, se aproximaba; |
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Su espantosa algazara y alaridos, |
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Hacía percibir a una distancia; |
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E inundando los campos, a los muros |
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Del rebelde París se encaminaba. |
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No empleara Borbón unos momentos |
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De crisis tan salubre, en ordinarias |
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De su finado Rey fúnebres honras; |
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Ni en cuidar, que su tumba fuese ornada |
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De inscripciones brillantes, que a los muertos, |
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De los fieros vivientes miras vanas |
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De distinción y orgullo, comúnmente, |
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De su raza a cadáveres consagran. |
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Sus aguerridas manos, las riberas |
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No cargaran del Sena desoladas |
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De altivos mausoleos, do del hado, |
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Y del tiempo a pesar de cuanto arrasa |
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La devoraz injuria, del olvido, |
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Y de la atroz guadaña de la parca, |
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De los Grandes fantásticos del mundo |
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La vanidad frenética triunfaba. |
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Él solo, por su parte, a Valois piensa, |
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En el lóbrego seno de su estancia, |
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Más dignos de su sombra enviar tributos; |
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Vencer sus enemigos en campaña; |
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Castigar sus aleves asesinos; |
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Y hacer feliz su pueblo, ya domada |
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De su audaz rebeldía la fiereza. |
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Al rumor no esperado que sonara |
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De los rudos asaltos, que de Enrique |
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La sitiadora hueste amenazaba, |
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De los Estados juntos, confundido, |
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Disuélvese el congreso y se separa. |
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Mayenne al mismo tiempo, a lo más alto |
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Corre activo y veloz de la muralla. |
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El soldado, alarmándose, reunido |
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A sus pendones vuela, y en voz alta, |
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Con indigno ademán, al Héroe ilustre, |
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Que a París va avanzándose, insultaba. |
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Todo a punto está ya para el asalto. |
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Todo ya a la defensa pronto se halla. |
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No era de turbación en aquel tiempo, |
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Nuestro París, lo mismo, que así encanta |
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Al dichoso francés en nuestros días. |
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Cien fuertes, que el furor y el miedo alzaran, |
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En menos anchuroso y largo espacio |
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Su recinto interior circunvalaban. |
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Aquellos en el día tan soberbios |
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Pomposos arrabales, cuya entrada, |
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Cuya salida el mundo entero hoy goza |
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A todas horas libre, a todas franca |
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De la paz por la mano, y que avenidas |
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De una ciudad inmensa son ufanas, |
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Do allá a perderse van entre las nubes |
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Mil dorados palacios, no formaban |
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Más que pobres aldeas y abatidas, |
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Que de sombríos muros circundadas, |
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De París dividían anchos fosos. |
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|
De Levante hacia el lado, al punto avanza |
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Hasta el muro Borbón. Se acerca: llega: |
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La muerte le precede. Ya entre llamas |
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Por el aire silbando vuela el hierro |
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Del altivo bastión de la muralla |
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Y de la brava mano sitiadora; |
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Y las encaramadas torres altas, |
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Los fuertes, que amenazan riesgos tantos, |
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Y los trabajos y obras que los vallan, |
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De tan recia borrasca bajo el golpe |
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Desplomándose todos, se aterraban. |
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Enteros batallones, derrotados |
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Tendidos se ven ya por la campaña, |
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Y aquí y allí dispersos, horrorizan |
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Lejos de ellos sus miembros, sus entrañas. |
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En polvo reducido cae al punto |
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Todo cuanto a tocar el hierro alcanza, |
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Y cada hueste lidia con el rayo. |
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Con menos arte, un tiempo, en las batallas, |
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Los míseros mortales combatiendo, |
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A su violenta muerte caminaran. |
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Con menor aparato, antiguamente, |
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El soldado al degüello se arrojaba. |
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|
El acero en la mano, era instrumento |
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A su valor bastante, y a su saña; |
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Más de la cruel industria de sus hijos |
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Refinados esfuerzos, arrebatan |
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De las altas esferas celestiales |
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Fulminadores truenos, que abrasaran, |
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Y con horrendo estrépito se oyeron |
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Las bombas reventar, que tanto espantan; |
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Abominables furias, que de Flandes |
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Las fieras turbaciones abortaran. |
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De bronce en duros globos inflamado, |
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Por el aire el salitre se dilata; |
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Vuela rápidamente; se alza, y cae |
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Con la misma prisión que le encerraba; |
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|
Rómpela con estruendo, y de su fondo, |
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Con rábido furor la muerte escapa. |
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|
Aún con arte mayor y más barbarie, |
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Allá en profundas cuevas sepultada, |
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Sabídose ha oprimir la infernal furia |
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De subterráneos rayos, cuya saña |
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Pronta a inflamarse yace. So un camino |
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De aspecto engañador, do a la matanza |
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Volando ya el soldado, a sus esfuerzos |
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Librárase valiente, se reparan |
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En un instante abiertos mil abismos. |
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Por los aires de azufre se derraman |
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Denegridos torrentes. Batallones, |
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|
Que en masa un bravo ardor adelantara, |
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|
De la explosión al golpe sorprendidos, |
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Estos nuevos Vesubios despedazan, |
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Volar hacen en trozos por los aires, |
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|
O por bocas del suelo enteros tragan; |
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Tan horroroso y grande era el peligro, |
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Que al intrépido Enrique amenazara. |
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|
Tanto y tan inminente el riesgo fuera, |
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Que arrostrar a su espíritu agradaba. |
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|
Por medio de ellos todos, de avanzarse |
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Hasta su digno trono, ardía en ansias. |
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Tal tempestad, tras él, bravos desdeñan |
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|
Sus guerreros, que entre ella, no se pasman, |
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|
Cuando bajo sus pies se abre el infierno, |
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Y sobre su cabeza el rayo amaga. |
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La Gloria a par del Rey, ante sus ojos |
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Volando va con él. En ella clavan |
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Sus soldados la vista, y por sus sendas |
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Trepando de ella en pos, con firme planta |
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Por los riesgos caminan sin espanto. |
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De este raudo torrente, que avanzaba, |
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|
Entre furiosas ondas, por su parte, |
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|
Con un tranquilo paso y grave calma, |
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Impávido no menos que sereno, |
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El prudente Morné también se avanza. |
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Al miedo y al furor inaccesible, |
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|
Del cañón al estruendo y la descarga |
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|
Constantemente sordo, y en el seno |
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|
Conservando del fuego fresca el alma, |
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Con ojos mira estoicos la guerra, |
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|
Como funesto azote, como plaga |
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|
Del Cielo, necesaria, aunque espantosa. |
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|
A do el honor le guía, en tono marcha |
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|
De filósofo siempre; y si condena |
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El sanguinario ardor de las batallas, |
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|
A su príncipe llora, y fiel le sigue. |
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|
Al terrible camino por fin bajan, |
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|
Que de sangre un glacis todo regado, |
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|
Insuperable hacía. Aquí es do exalta |
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|
Su denodado esfuerzo el gran peligro. |
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De fajina y cadáveres se allana |
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La vasta cavidad del hondo foso. |
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De muertos y de heridos, que arrastraban, |
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|
Los montones hollando, parten, corren, |
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|
Precipitadamente se abalanzan, |
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|
Y a la brecha se arrojan. Solo armado |
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De un acero sangriento, y de una adarga |
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|
Cubierto, al frente va, la brecha monta |
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El primero Borbón. Monta; y largada |
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|
A los vientos, sobre ella ya flotando, |
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|
Su victorioso brazo enarbolara |
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La triunfante bandera de las Lises. |
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Quedan delante dél de pasmo heladas |
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Las huestes de la Liga, a entender dando, |
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Que en su persona a un tiempo respetaban |
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Su Vencedor y Rey. Ellas ya ceden; |
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Más Mayenne al instante lo embaraza, |
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Y su ardor animando con su ejemplo, |
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Nuevamente a los crímenes las llama. |
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Sus fuertes y cerrados batallones, |
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Por do quiera avanzándose, apretaban |
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Al Rey, cuyas miradas, poco había, |
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Que arrostrar no pudieran cara a cara. |
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Sobre el muro, a su lado, la Discordia, |
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A la lid excitando encarnizada, |
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De la caliente sangre en los raudales, |
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Por ella ya vertidos, se bañaba. |
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De los funestos muros combatiendo |
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Más a gusto el soldado, apunta, y lanza |
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De más cerca más cierto y mortal golpe. |
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Desde entonces no juegan, ya no estallan |
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Los truenos no se escuchan de la guerra, |
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Cuyas bocas de bronce, las campañas, |
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De la tierra, los pueblos, tantas veces |
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Por ellos aturdidos, consternaban. |
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Un feroz trabadísimo silencio, |
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Hijo del cruel furor, allí reemplaza |
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De una manera horrible su estampido; |
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Y con ojos de fuego ardiendo en brasas, |
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Y un brazo decidido a todo trance, |
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Por entre el enemigo abrirse alcanza |
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Cada bravo una senda. Por contrarios |
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Esfuerzos de ambas partes, la muralla, |
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De la muerte teatro, y de la sangre |
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De unos y otros guerreros barnizada, |
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Ya se gana, se pierde y se recobra. |
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En su mano fatal trémula y varia, |
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Cercano de las Lises, de Lorena, |
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La Victoria el pendón aún tremolaba. |
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Por todos puntos ya los asaltantes, |
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Rechazados y rotos se notaran. |
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Cien veces vencedores, y cien otras |
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Vencidos, a un gran piélago imitaban, |
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De fuerte tempestad cuando impelido, |
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Que la playa hasta donde su ola avanza, |
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En un instante inunda en otro huye. |
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Jamás tan grande el Rey se demostrara |
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Ni su ilustre rival, como en el día |
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De tan feroz asalto. De la vasta |
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Mortandad y la sangre repasando |
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Uno y otro por medio, de su saña, |
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De su valor y espíritu cual dueños, |
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Disponían, obraban, ordenaban, |
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Miraban todo a un tiempo, y conducían |
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Con una sola ojeada, de sus masas |
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Los rápidos y horribles movimientos. |
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La formidable, en tanto, hermosa y brava |
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Flor de las anglas huestes auxiliares, |
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Por Essex al asalto acaudilladas, |
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Bajo nuestros pendones, a este tiempo, |
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Por la primera vez se adelantaba, |
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De servir en la Francia a nuestros reyes, |
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Al parecer confusa y admirada. |
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Ellas a sostener fieras venían |
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El honor y la gloria de su patria, |
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De luchar y morir haciendo alarde, |
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Sobre los mismos muros y campañas, |
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En que ufanos el Sena a sus abuelos |
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Viera un tiempo reinar. La brecha ataca |
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Por el punto, de Essex, en que apostado |
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El intrépido Aumale la guardaba. |
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Ambos rivales, jóvenes brillantes, |
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A porfía compiten, y se igualan |
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En el marcial ardor de que están llenos; |
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Así allá combatiendo nos pintaran |
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En los muros de Troya semidioses. |
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A los dos, de tropel, auxilio daban |
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En contorno sangrientos sus amigos. |
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Galos, Lorenos, Anglos, que tamañas |
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Ira y bravura a un tiempo allí reuniera, |
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Combatían, herían, avanzaban, |
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Y morían matando todos juntos. |
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¡Ángel, que su furor y brazo guiabas! |
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¡Sacro Exterminador, que fuiste siempre |
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De estos trances el árbitro y el alma! |
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¿De qué héroe, al fin, tomaste la querella? |
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¿A favor de cuál de ellos, dí, más grata |
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Del Cielo la balanza se ha inclinado? |
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Sitiados y sitiantes de igual saña, |
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Borbón, Mayenne, Essex, y el rival suyo, |
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Hacen en igual tiempo igual matanza. |
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El partido más justo, finalmente, |
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Victorioso consigue la ventaja. |
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Triunfa al cabo Borbón rompiendo paso. |
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Ya más no le resisten fatigadas |
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De la Liga las tropas, que aturdidas, |
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Ceden, y le abandonan la muralla. |
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Así como caer se ve un torrente |
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Del Pirineo allá de cimas altas, |
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Que del valle en la hondura, amenazando |
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Las ninfas extravía consternadas, |
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Y encontrando en su curso fuertes diques, |
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Que al furor de sus olas levantaran, |
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El impetuoso choque un tanto enfrenan; |
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Pero bien prontamente ya arrasadas |
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Sus débiles barreras, más pujante, |
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Ante sí y a muy lejos, lleva, arrastra |
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El estruendo, la muerte, y el espanto; |
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De raíz, al pasar, violento arranca |
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Las encinas altivas y orgullosas, |
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Que cien recios inviernos desafiaran |
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A los cielos tocando, y desprendiendo |
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Del pendiente breñar de la montaña |
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Enormísimas peñas, los rebaños |
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Fugitivos persigue en las campañas; |
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Así, Borbón, del alto de los muros, |
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Que humeando aun se apoderara, |
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A paso y con furor precipitado, |
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Al campo de batalla se abalanza, |
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Y con segur cayendo fulminante |
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Sobre aquellos rebeldes, los segaba |
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Cual la colmada mies siega el colono. |
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Los Dez y seis, temblando a justas sañas |
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Del brazo vengador, ya por el miedo |
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Dispersados y atónitos, se escapan. |
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Manda, por fin, Mayenne, que las puertas |
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Al triunfador Borbón al punto se abran. |
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Entra el Héroe en París con sus cohortes. |
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El hacha en una mano, en otra el arma, |
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Vuelan los vencedores, y de sangre |
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Por tintos arrabales se derraman. |
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Del soldado sin freno la bravura, |
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Tornándose en brutal y feroz rabia, |
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Todo lo lleva a saco, sangre y fuego. |
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Enrique no lo ve. Raudos picaban |
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Sus ímpetus la fuga, a que, a sus ojos, |
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Con sobrada vergüenza se entregara |
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El deshecho enemigo. Le transporta |
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Su valor, y su gloria le inflamaba. |
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Salta los arrabales; y a la puerta |
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Avanzándose airado, «¡Camaradas! |
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Acá con esa llama y ese hierro. |
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Venid, volad, montad esa muralla, |
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Que orgullosa y tenaz aún nos resiste.» |
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Estas voces apenas pronunciadas, |
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A los ojos de Enrique se presenta, |
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Del fondo de una nube remontada, |
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Un fúlgido fantasma, cuyo talle, |
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Cual majestuoso dueño, que comanda |
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A todos los soberbios elementos, |
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En las alas del viento se acercaba |
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Bajando hacia Borbón. Vivas centellas |
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De la divinidad, su frente ornaban |
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De una inmortal belleza. De ternura |
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Sus ojos y de horror llenos resaltan. |
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«Detente, al punto exclama, demasiado |
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Infeliz vencedor ¿tú la morada, |
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Tú la inmortal herencia de cien reyes |
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Tus augustos mayores, a las llamas, |
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Al pillaje y la muerte entregar osas, |
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Tus tesoros, mis templos, y la patria; |
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Degollar tus vasallos; y sus vidas |
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Por parricidas manos agotadas, |
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Reinar sobre cadáveres y escombros? |
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Detente, le repite.» A estas palabras, |
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Aún más que el trueno fuertes, cae en tierra, |
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Y aturdido el soldado el botín larga. |
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De aquel ardor Enrique todo lleno, |
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Con que la lid su pecho aún agitaba, |
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A un proceloso mar se parecía, |
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Que murmurando ruge aun cuando calma. |
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¡O fatal morador, dice, de un mundo, |
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Que del hombre a la vista se recata! |
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Declárame, si quieres, te suplico, |
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Lo que a anunciarme viene tu embajada |
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En mansión tan sangrienta y horrorosa.» |
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De una suave, entonces, dulce gracia, |
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Estos llenos acentos, ha escuchado. |
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Yo soy el Rey feliz, a quien en aras |
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Cultos la Francia rinde. Soy el Padre |
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De los Borbones, tuyo, y de tu causa |
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El justo protector; el Luis, que un tiempo |
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Combatió como tú; cuya fe santa |
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Tu dócil corazón con desdén mira; |
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Aquel Luis, en fin, que tanto te ama, |
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Y con lástima admira. Vendrá el hora |
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En que a ese trono, Enrique, de la Francia, |
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De Dios mismo la mano te remonte. |
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En París, vencedor, harás tu entrada, |
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Aunque de tu clemencia en digno premio, |
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No dél de tu valor y tus hazañas. |
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Dios mismo es, hijo caro, si, Dios mismo |
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Es quien de esto te instruye, y quien me manda.» |
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De gozo a tales voces, aquí el héroe |
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Tiernas y dulces lágrimas derrama. |
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Extinguido ya el fuego de su enojo |
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Deja en su corazón una paz santa. |
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Suspira, exclama, adora de rodillas, |
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Y de un horror divino absorta el alma, |
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A la sagrada sombra gratos brazos |
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Tres veces con afán ardiente alarga, |
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Y tres veces su padre se le huye, |
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Y le burla, cual nube, que arrebata |
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La impetuosa violencia de los vientos. |
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De la altura, entre tanto, descollada |
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Del formidable muro, en armas puesta |
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Aquella inmensidad confusa y vasta |
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De un pueblo alborotado y de una Liga |
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En que las clases todas se mezclaran |
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De jefes, ciudadanos y soldados, |
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Franceses y extranjeros, granizaba |
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Contra el Rey, animosa, hierro y fuego. |
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La virtud del Altísimo, brillaba |
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Derredor de su frente, y de los dardos, |
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Que contra él de intento se arrojaran, |
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La tempestad desvía. El riesgo entonces |
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Llegó Enrique a probar, en que bajara |
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De los Borbones a salvarle el Padre. |
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A París y sus pueblos contemplaba |
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Con tan tranquilos ojos como mustios. |
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«¡Franceses, exclamó, ¡ciudad infausta, |
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Ciudadanos ilusos e infelices, |
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Pueblo feble y sin fe! ¿cuando acabadas |
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Esa audacia serán y loco empeño, |
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De combatir así vuestro Monarca?» |
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A la manera, entonces, que el gran astro |
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De las luces autor, ya completada |
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Su abrasante carrera, con un fuego |
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Lucir se ve más dulce, allá a la raya, |
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Del remoto Occidente, do más grande |
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A los ojos parece, que se escapa |
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Lejos ya de nosotros; así lejos |
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También ya de París y sus murallas, |
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El Héroe se retira, el alma llena |
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Del Rey santo y del Dios, que le enviaba. |
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Hacia Vincenes marcha, en que allá un día, |
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Justas leyes al Pueblo pronunciara, |
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De una encina, el Gran Luis, al pie sentado. |
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¡Cuanta fue, desde entonces, tu mudanza, |
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O Vincenes, paraje amable un tiempo! |
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Tú, no eres hoy ya más, que abominada |
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Negra prisión de Estado, viejo fuerte, 53 |
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De despecho lugar, do veces tantas, |
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A despeñarse vienen y sumirse, |
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De cumbres del poder y la privanza, |
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Arrogantes ministros y magnates, |
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Que allá un día lucieran y tronaban |
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Sobre nuestras cabezas, y viviendo |
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De la corte entre escollos y borrascas, |
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Por un hado inconstante, de opresores |
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A oprimidos pasar se les miraba, |
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Y a humillados no menos de soberbios, |
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Siendo el horror del pueblo veces varias, |
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Y otras, siendo su amor. Del Occidente, |
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Do se forman las sombras, ya se avanza |
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A desplegar la noche el negro manto |
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Sobre el triste París, y así recata |
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Al mísero mortal, en tan sangrienta |
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Horrorosa mansión, fieras batallas, |
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Y tendidos cadáveres, que ha visto |
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La luz de un día fúnebre turbada. |
FIN DEL CANTO SEXTO