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| François-Marie Arouet de Voltaire La Henriada IntraText CT - Texto |
Canto séptimo
Argumento
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San Luis transporta a Enrique IV en espíritu al cielo y a los infiernos. Le hace ver |
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allí el palacio de los destinos, su posteridad, y los grandes hombres que debía |
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producir la Francia. |
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Del divino Hacedor la providencia, |
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Con piedad infinita, a males tantos, |
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Como esta vida amargan lastimera, |
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Por aplicar consuelos que la alienten, |
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Dejarnos, generosa, quiso en ella |
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Dos benéficos seres, para siempre |
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Amables habitantes de la tierra, |
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Que fuesen nuestro alivio en las fatigas, |
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Y tesoro insondable en la indigencia. |
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El blando Sueño es uno. La Esperanza |
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Consoladora es otro. Cuando llegan |
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A probar los mortales, de su cuerpo |
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Lánguido y abatido la flaqueza; |
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Luego que ya sus órganos rendidos, |
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Sin tono sus resortes y sin fuerza, |
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Desfallecer se sienten, con la calma |
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Más saludable, entonces, y serena, |
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De su naturaleza acude el uno, |
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Al socorro feliz, que la recrea, |
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Consigo al mismo tiempo, un grato olvido |
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Llevándole de cuitas que la aquejan. |
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Nuestros deseos siempre, el otro, inflama. |
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Del hombre el corazón siempre alimenta; |
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Y aun cuando nos engaña, con placeres |
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Nos brinda verdaderos y sustenta; |
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Sin que al mortal querido, a quien el Cielo |
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Propicio se lo envía, jamás pueda |
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Inspirar falsos gozos. De Dios nuncio, |
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Su apoyo entonces trae y sus promesas, |
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Y es tan puro e infalible como él mismo. |
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Requiérelos Luis. De Enrique cerca |
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Al uno y otro llama. «Venid, dice, |
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A mi hijo acostaos, fiel pareja;» |
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Y el apacible Sueño, que le escucha |
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De la secreta hondura de sus cuevas, |
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A las frescas umbrías blandamente |
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Su paso enderezando, a Enrique encuentra, |
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Y del viento, a su vista, calla el silbo, |
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Y el inquieto murmullo se sosiega. |
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Los fortunados Sueños, hijos caros |
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De la Esperanza, en torno revolean |
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Del durmiente, y al Héroe en fin cubriendo |
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Con su amapola, oliva y laurel mezclan. |
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Su diadema, Luis, tomando entonces, |
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Del Vencedor, él mismo, en la cabeza |
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Colócala, y le dice. «Reina, triunfa, |
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Y sé en todo hijo mío. Ya en ti resta |
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Cifrada únicamente la esperanza |
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De mi linaje todo: pero piensa |
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Que el trono no es, Borbón, no es lo bastante. |
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De los presentes todos, de la herencia |
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De Luis, lo más leve, no lo dudes, |
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Lo menos importante, es su diadema. |
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Es un laurel amargo y marchitable, |
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Una gloria es, Enrique, muy pequeña, |
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La de Conquistador, de Rey, y de Héroe. |
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A no alumbrarte el Cielo, nada hubiera |
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Hecho aún en pro tuyo. Esos honores, |
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Esa mundana pompa, todo queda |
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En un estéril bien, que frágil premio |
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A virtudes humanas sólo prestan. |
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Brillo arriesgado son, que pasa y huye |
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A par de la inquietud, su compañera, |
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Y que presto, por fin, la muerte acaba. |
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Otras glorias, Borbón, más duraderas, |
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Otro imperio más sólido y estable, |
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Más para tu instrucción, que recompensa, |
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A descubrirte voy en este día. |
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Ven: obedece, y sígueme por sendas, |
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Que nuevas te serán. Al alto seno |
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De la Divinidad conmigo vuela |
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Y llena, hijo dilecto, tus destinos.» |
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Así dice: y con rápida presteza, |
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En un carro, uno y otro, luminoso, |
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Los campos de los aires atraviesan; |
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No de distinto modo, que en la noche, |
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Del un polo hasta el otro de la tierra, |
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Correr se ven relámpagos y rayos, |
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Que la atmósfera hienden; y a manera, |
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Que muy lejos allá de su alta cima, |
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Admirada y confusa vio esta esfera, |
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Como ardorosa nube arrebataba |
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De Eliseo a los ojos, la presencia |
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Del Señor, elevándole en carroza |
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De fuego celestial en llama envuelta. |
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En el brillante centro de ese espacio, |
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Do en la noche la vista absorta observa |
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Esos etéreos globos, que matizan |
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Del cielo, con su luz, la región bella, |
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Globos, que ya ocultarnos no han podido |
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Su curso y sus distancias, la lumbrera |
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Luce mayor del día, que la mano |
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Encendió de Dios propio, y de sí mesma |
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Sobre su eje inflamado en torno rota. |
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Sin fin de luz torrentes parten de ella, |
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Y color: al mostrarse, aliento y vida |
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Derrama en la común naturaleza. |
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Los días y estaciones de los años, |
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A los diversos mundos, que le cercan, |
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Flotando en su contorno, distribuye. |
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Sujetos estos astros a las reglas |
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Que su armonía fundan, y a las leyes |
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Que precisan su giro y los apremian, |
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Mutuamente se atraen incesantes, |
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Incesantes se evitan y se alejan; |
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Y sirviéndose a un tiempo entre sí mismos |
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De un apoyo perpetuo y norma cierta, |
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Recíprocos se envían y traspasan |
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La clara luz que aquél a todos presta. |
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Más allá de su curso, allá muy lejos, |
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En espacio en que nada la materia, |
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Y que Dios solo abraza, inmensos soles, |
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Grandes mundos, sin fin la permanencia |
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De su morada fijan luminosa. |
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Por un piélago tal de luz excelsa, |
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De tan glorioso Padre al mortal hijo |
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Franquear plugo a Dios sublime senda. |
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Aún más y más allá de cielos tantos, |
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De ellos formó el Señor su residencia. |
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Aquí ha sido, a do el Héroe fue siguiendo |
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Su conductor celeste. Aquí se crean |
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Los diversos espíritus que animan |
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Nuestros mortales cuerpos, y que pueblan |
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Del universo mundo las regiones. |
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De la muerte a los cortes, por fin, sueltas |
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De su prisión grosera nuestras almas, |
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Engolfadas aquí por siempre quedan. |
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Inexorable Juez e incorruptible, |
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Aquí trae a sus pies, aquí congrega |
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Los espíritus todos inmortales, |
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Que su divino soplo a bien tuviera |
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A su imagen crear. El Ser es este, |
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Que infinito se ignora y se confiesa, |
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Y a quien bajo de nombres los más varios, |
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Sirve toda nación y reverencia. |
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Él desde el alto Empíreo escucha atento |
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Nuestros humildes votos y querellas. |
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Él de nuestros errores disimula, |
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Y con lástima el cúmulo contempla, |
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No menos que la idea y los retratos, |
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Llenos de insensatez y de indecencia, |
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Que del hombre curioso, en sus delirios, |
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La mísera ignorancia y la soberbia, |
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De su sabiduría incomprensible |
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Con sobrada piedad audaz inventa. |
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La Muerte, cerca dél, pensión del hombre, |
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Y del Tiempo fugaz hija funesta, |
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De la mansión efímera y penible |
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Del Universo entero, a sus pies lleva |
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Los habitantes todos, no exceptando |
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Clase, edad, ni nación. Él allí mezcla |
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A un tiempo con los Bonzos los Bracmanes, |
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Discípulos profanos del sistema |
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Del filósofo chino el gran Confucio. |
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Con ellos también trae a su presencia, |
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Los fieles misteriosos sucesores |
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De los antiguos sabios de la Persia, |
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Que aún en secreto adictos a Zoroastro, |
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Con ciega obstinación siguen su escuela. |
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Pálidos moradores de las frías |
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Regiones, do los témpanos congelan |
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Y esos piélagos sitian hiperbóreos, |
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Y los que allá, de América en florestas, |
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Son errantes y míseros esclavos |
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Del invencible error. A la derecha |
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Busca en balde de Dios, con vista vaga, |
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Atónito el Dervís a su profeta: |
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Y con ojos no menos penitentes |
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Que sombríos, en vano allí se precia |
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De sus votos el Bonzo y sus tormentos. |
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Al instante ilustrados, allí esperan |
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En silencio estos muertos y temblando, |
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De su eterno destino la sentencia; |
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Y Dios, que a un mismo tiempo lo ve todo, |
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Lo escucha y lo conoce, o los condena, |
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O los absuelve de una sola ojeada. |
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No se dirige Enrique, no se acerca |
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Hasta el lugar aquel, trono invisible, |
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De donde a cada instante parten rectas |
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Del tremebundo Juicio de Dios propio, |
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Aquellas decisiones sempiternas, |
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Que de mortales tantos preveer osa |
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El indiscreto orgullo y la demencia. |
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«¿Cual será, Borbón diz, consigo hablando, |
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Cual de Dios la balanza justiciera |
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Sobre aquestos ilusos o ignorantes? |
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¿Castigarlos él, porque tuvieran |
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Distraídos sus ojos o cerrados |
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A aquella misma luz, que le pluguiera |
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De ellos tanto arredrar? ¡Qué! ¿Dios podría, |
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Cual un Señor injusto, sin fin penas |
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Por la ley del cristiano fulminarles, |
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De que nunca han podido haber conciencia? |
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Pero no: Dios crionos. Él sin duda, |
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Salvarnos quiere a todos. Él enseña, |
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Él, por todo nos habla, y él en todo |
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Humano corazón, sin diferencia, |
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De la naturaleza la ley graba; |
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Ley siempre pura y fiel, siempre una mesma. |
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Por esta ley, sin duda, al gentil juzga; |
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Y si un alma en su error abrigó buena, |
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Cualquier gentil también cristiano ha sido.» |
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En tanto, que del Héroe así se arriesga |
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La confusa razón, sobre un misterio |
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A fijar sus miradas indiscretas; |
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Al pié se deja oír del mismo trono |
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Una voz, a la cual, el Cielo tiembla, |
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Y del Orbe los ejes se estremecen. |
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Sus terribles acentos se asemejan |
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A los del trueno aquel, que ha retumbado |
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Sobre el monte Sinaí, cuando a la tierra |
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Desde su cumbre un tiempo Dios hablara. |
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Para oírla las harpas mudas quedan |
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De su coro inmortal, y a repetirla |
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En su curso los astros se dan priesa. |
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«Guárdate temerario, de guiarte, |
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De tu sola razón por turbia estrella. |
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Dios para amarle sólo te ha criado, |
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Y no para que osado te atrevieras |
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A querer comprender sus altos juicios. |
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Invisible a tus ojos, con fe ciega |
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Reine en tu corazón. Él la injusticia |
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Confunde riguroso; y si dispensa |
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Al no advertido error de los mortales, |
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Con paternal dulzura su indulgencia, |
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También juzga y castiga el voluntario. |
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Abre mortal los ojos, cuando llegan |
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Los rayos de su luz a iluminarte.» |
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En este instante, Enrique, por la fuerza |
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De un recio torbellino arrebatado, |
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De aquel inmenso espacio la carrera |
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Veloz atravesando, a una morada |
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Transportado se vio la más negra, |
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Más informe, selvaje, y horrorosa, |
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Del caos primitivo especie horrenda, |
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Impenetrable siempre, cual de hierro, |
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A los brillantes rayos y centellas |
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De aquellos soles todos, que fulgentes, |
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Del Altísimo son obras maestras, |
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Y como él bienhechoras. Sobre suelo, |
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Que espantoso los ángeles detestan, |
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El germen no ha querido de la vida |
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Derramar nunca Dios. La Muerte fiera, |
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Ella sola, el Horror con el Desorden |
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Y eterna Confusión, la residencia |
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De su lóbrego imperio allí parecen |
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Haber establecido. ¡Qué querellas! |
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¡Qué de aullidos, O Dios, tan espantables! |
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¡Qué torrentes de humo, y qué de hogueras! |
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«¿Qué formidables monstruos, Borbón dice, |
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Vuelan por estos climas? ¿Qué cavernas |
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Se entreabren encendidas a mis plantas?» |
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«A tu vista: ¡hijo mío! están las puertas |
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Del perdurable abismo, que la mano |
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Excavó de Dios propio justiciera, |
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Para eternal estancia del Delito. |
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Ven, hijo mio; sígueme. Las sendas, |
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Fáciles por demás, anchas y llanas, |
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Están de esa mansión por siempre abiertas.» |
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Y de súbito al pórtico caminan |
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Del horroroso Infierno, do se encuentra 54 |
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Verdinegra la Envidia, que al obscuro, |
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Con torva vista de través ojea, |
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Y de su horrenda boca mil venenos |
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Arroja de laurel sobre diademas. |
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El resplandor del día, entre las sombras, |
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Sus centellantes ojos atormenta. |
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Triste amante de muertos, a los vivos |
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Con maléfico horror mira y detesta. |
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Percibe el monstruo a Enrique, y asustada, |
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Se desvía y suspira. Cerca de ella, |
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El Orgullo se admira y se complace. |
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Con mirar abatido, y faz cubierta |
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De una amarilla tez, desmadejada, |
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Allí renquea enclenque la Flaqueza; |
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Tirana, que a los crímenes cediendo, |
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Las virtudes destruye o desalienta. |
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Altanera, feroz, y sanguinaria |
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La Ambición, deslumbrada, loca e inquieta, |
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De panteones, de tronos y de esclavos |
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Por do quiera rodeada, allá se ostenta. |
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La blanda Hipocresía, con sus ojos |
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De dulzura colmados y terneza, |
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El Cielo muestra en ellos, y el Infierno |
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De su pecho en el fondo oculto lleva. |
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Su bárbara doctrina, sus furores, |
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Sus máximas impías y sangrientas |
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Por do quiera pregona el Celo falso; |
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Y el Interés, por fin, pasión funesta, |
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De los crímenes todos fatal madre, |
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Por entre aquellos monstruos serpentea. |
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Del mortal corrompido estos tiranos |
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Sin pudor y sin freno, a la presencia |
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Sorpréndense de Enrique y se confunden. |
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No le vieran jamás. Tan vil ralea, |
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Jamás de su alma noble, que nutrida |
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Fuera por la Virtud, cerca estuviera. |
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¿Qué mortal, se decían, por un justo |
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Del Cielo conducido, aquí se llega |
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A insultarnos aún y perseguirnos |
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En esta inmensa noche, de horror llena? |
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De espíritus inmundos por en medio, |
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Avanzábase absorto a marcha lenta |
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Bajo profundas bóvedas el Héroe. |
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Luis su paso guía. «Más... ¡que observa |
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Mi vista, Cielo santo! ¡El asesino |
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De Valois! ¿Monstruo tal, tan atroz fiera, |
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Se presenta a mi vista, excelso Padre? |
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Él empuñado aún, sangriento lleva |
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El parricida acero, que en su mano, |
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A poner, sedicioso, se atreviera |
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El villano y anárquico consejo |
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De aquellos Dez-y-seis ¡oh Providencia! |
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Mientras que allá en París, de un clero indigno |
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La piedad más sacrílega y cruenta, |
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De retratos del pérfido se atreve |
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A afrentar sus altares; que allá ciega |
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Le invoca ya la Liga, y que, al fin, Roma |
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Le ensalza por su parte y loor le presta, |
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Entre horrores aquí, y entre tormentos, |
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El infierno, más justo, le reprueba.» |
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«Hijo mio, Luis dícele entonces, |
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Otras más justas leyes y severas, |
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En el lugar, que miras, a los reyes |
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Persiguen y magnates. Mira aquella |
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Multitud de tiranos y opresores, |
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A quienes allá en vida se les dieran |
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Adoraciones mil. Cuanto más fieros |
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Y potentes el mundo los sufriera, |
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Tanto más el Dios justo los humilla, |
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Penando en este puesto la insolencia |
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Ya de sus propias obras, ya de cuantas |
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Dejaron sin vengar, o tal vez fueran |
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Por ellos permitidas. Ya la muerte |
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Riquezas les ha robado pasajeras, |
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Los placeres, el fausto, y del infame |
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Venal adulador las complacencias, |
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Que a sus ojos de orgullo fascinados, |
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La verdad ocultaban con destreza. |
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Esta verdad, Enrique, es la que ahora |
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Su suplicio aquí labra, la que expuesta |
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A su vista está siempre, y que sus vicios |
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Y sus crímenes todos les recuerda. |
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Mira como a su voz esos soberbios |
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Vanos conquistadores, mudos tiemblan. |
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A los ojos del pueblo fueron héroes; |
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A los de Dios tiranos, plagas fieras, |
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Del Orbe entero azotes, que lo afligen |
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Con bárbara crueldad; truenos, centellas |
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Que un día fulminaron, los abisman, |
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Y aquí por fin al mundo a su vez vengan.» |
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Obscura galería cerca de ellos |
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De reyes indolentes se presenta; |
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Fantasmas del poder sobre unos tronos, |
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Que envilecen sus vicios y pereza. |
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Cabe ellos, ansí mismo, el Gran Enrique |
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Sus ministros despóticos contempla |
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Y con horror mayor, de sus delitos |
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En tan digno lugar, a mirar llega, |
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Siniestros y venales consejeros, |
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Cuyas avaras miras e impudencia, |
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|
Las más sagradas leyes y costumbres |
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Sórdidas corrompiendo, en almoneda |
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Exponer las primeras atentaron, |
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De Temis y de Marte, con afrenta, |
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|
El ministerio augusto y los honores, |
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Puras e inestimables recompensas |
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Del mérito y virtud de nuestros padres. |
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«¿Y habitaréis también región tan fea, |
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¡Dulces, febles y mansos corazones, |
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Que de mirto, arrayán y flores bellas |
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En muelle y grato lecho recostados, |
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Sin hiel alguna amarga y sin fiereza, |
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Entregados tan solo a los placeres, |
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En el ocio pasáis y negligencia, |
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Vuestros días inútiles, hilados |
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Por las sensuales manos y halagüeñas |
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De la afeminación y la delicia? |
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¿Confundidos seréis, en esta escena, |
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Con turbas de malvados ¡o vosotros, |
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Benéficos mortales, de la excelsa |
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Virtud fieles amigos! que de duda |
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Por tan solo un instante o de flaqueza |
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Agostado por siempre habéis el fruto |
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De años tantos de mérito y prudencia?» |
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No pudo el generoso y tierno Enrique |
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Tener aquí sus lágrimas. «Si en esta |
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Del horror, exclamó, mansión opaca, |
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Verdad es, que a parar a hundirse vengan |
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Cada instante, sin número infelices 55 |
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De nuestra humana raza, y siempre llenas |
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De molestia y dolor sus breves horas, |
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Sin recurso ni fin de pena inmensa |
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Seguidas han de ser, ¿La luz del día |
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No haber visto jamás mejor no fuera? |
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¡Dichosos en tal caso los mortales, |
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Si de sus madres antes perecieran |
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En el infausto vientre; o si al Dios ese, |
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Que tan severo pintan, le pluguiera |
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Al hombre arrebatar, sobrado libre |
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Para no obedecerle, esa funesta |
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Infeliz libertad, ese albedrío!» |
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«No, responde Luis, no Enrique creas, |
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Que esas víctimas tristes, que así lloras, |
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|
Penas aquí jamás sufran que excedan |
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|
Del crimen la medida; que el Dios justo, |
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|
Que ha creado los hombres, placer tenga |
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En desgarrar, cruel, la inmortal obra |
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|
De su mano y poder por excelencia. |
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Si es infinito Dios, principalmente |
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Eslo, Enrique, en sus premios y clemencias: |
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Pródigo de sus dones, sus venganzas |
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Economiza blando; y si quimeras |
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|
Le pintan de los hombres, como ejemplo |
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De implacables tiranos, él se muestra |
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|
Un Dueño aquí benigno, un Padre amante |
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|
Que sus hijos corrige solamente. |
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Su mano vengadora y justiciera, |
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|
Con piedad inefable, del castigo |
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|
Embota dulcemente las saetas. |
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|
Su bondad no sabría los momentos |
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|
En que del hombre cae la miseria, |
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|
Ni sus rápidos gustos y deleites, |
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|
Que inquietudes y tedios siempre infectan, |
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Y que de leves culpas o veniales |
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En limitados términos se encierran, 56 |
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Castigar con tormentos tan atroces, |
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|
Que, como él mismo, término no tengan.» |
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Esto de Enrique el Padre excelso dijo: |
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Y al instante, con rápida presteza, |
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A los faustos lugares vuelan ambos, |
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Donde feliz habita la inocencia. |
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Aquí no existe ya de los Infiernos |
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|
La lobreguez horrible. De la inmensa |
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Inmortal claridad día el más puro, |
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En tan bellas regiones luce y reina. |
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Velas Enrique apenas, y a su aspecto, |
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Pasar al alma siente una paz nueva, |
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Una extraña alegría. Las pasiones, |
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Los cuidados allí jamás inquietan |
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Del hombre el corazón. Allí morando, |
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Derrama liberal a manos llenas |
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El tranquilo Deleite, con sus gracias, |
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Dulzuras mil benéficas y tiernas. |
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En estos climas es ¡o Amor! en donde |
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Todo tu dulce imperio experimenta. |
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No es este aquel amor, que inflamar suele |
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La mundana molicie. Es una bella, |
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Una divina antorcha, y del más santo, |
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Más limpio y puro fuego sacra tea. |
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El hijo es de los cielos noble y puro, |
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Que a conocer no alcanza acá la tierra. |
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Dél solo sin hastío para siempre |
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Aquí las almas todas están llenas, |
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Que gozando incesantes de las dichas, |
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Incesantes, a un tiempo, las desean. |
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De un eternal ardor en suaves llamas, |
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Delicias sin pesares las afectan, |
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Gozan sin inquietudes del reposo. |
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Reinando aquí con gloria verse dejan |
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Los príncipes virtuosos, que del mundo |
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Produjeron, tal vez, felices eras. |
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Los héroes verdaderos aquí moran. |
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Los verdaderos sabios aquí alientan. |
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Sobre un trono sentados de oro puro |
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Del Cielo en lo más alto de la esfera, |
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El grande Clodoveo y Carlomagno, |
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Con oficioso amor atentos velan |
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Del sagrado oriflama de la Francia |
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Sobre el ilustre imperio. Los que fueran |
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Más émulos y fieros adversarios, |
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Como amantes hermanos se contemplan, |
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Desque reunidos son en tal morada. |
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Luis doce, el Prudente, en la floresta |
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Descuella de los reyes, cual el cedro, |
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Y le impone su ley. La Providencia, |
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Propicia a nuestros padres, de los Cielos |
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Les regaló este Rey, que acata y sienta |
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Consigo sobre el solio la justicia. |
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Él dispensó benigno su indulgencia; |
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Sobre los corazones ha reinado; |
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Y del pueblo las lágrimas, que riegan |
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Sus míseros hogares, pío enjuga. |
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De Ambois a sus pies su gloria eleva: 57 |
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Fiel ministro, que amó la Francia solo, |
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Y que solo también fue amado de ella. |
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De su Rey tierno amigo, en su alto puesto, |
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Jamás sus puras manos se le viera, |
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De los pueblos en sangre ni en rapiñas |
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Manchar con injusticia ni vileza. |
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¡Oh no imitados tiempos! ¡o costumbres |
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Dignas de un acordar, que al tiempo exceda! |
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El Pueblo era feliz. Su Rey dilecto, |
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De la más alta gloria se cubriera. |
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De sus amables leyes, dulces frutos |
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Gozaba el ciudadano. ¡Ah! Vuelvan, vuelvan |
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Bajo un otro Luis días tan faustos! |
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Guerreros, a lo lejos, se le ostentan, |
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Pródigos generosos de sus vidas, |
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Cuyos valientes pechos encendiera |
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El sagrado deber y no la furia. |
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Tales De Foix, Tremvill, y Clison eran. 58 |
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Tal era Montmorenci; y el que un día |
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Osado destructor de reyes fuera |
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E ilustre vengador, Gueselin: y el fiero 59 |
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El virtuoso Bayardo; y tú, ¡o afrenta |
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Del Britano, bravísima Amazona, 60 |
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Que del trono francés sostén hicieran! |
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«A estos fuertes varones, dice el Padre, |
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A estos héroes, que aquí de cerca observas |
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Ya en el Cielo morando, y que allá ilustres |
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Habitantes un día de la tierra, |
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Sus ojos deslumbraron, fueles cara |
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La virtud cual a ti; más de la Iglesia |
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Hijos fieles, la amaron como madre. |
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Su dócil corazón, con fe sincera |
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Buscó siempre, Borbón, la verdad santa. |
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El mío fue su culto. ¿Porque dejas |
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De seguir sus heroicos ejemplos?» |
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Con lastimosa voz a Enrique apenas |
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Esto de amonestar Luis acaba, |
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Cuando delante de ambos, con sorpresa, |
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Los celestes palacios del Destino |
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Súbito se aparecen. Luis ordena, |
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Que a sus sagrados muros marche Enrique; |
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Y al momento de bronce sus cien puertas |
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A sus absortos ojos quedan francas. |
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Sobre rápidas alas, nunca quietas, |
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Con insensible vuelo, el fugaz Tiempo |
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De aquel alcázar huye, y en él entra, |
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Y sin cesar un punto, a sembrar parte |
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Sobre el suelo mortal, a manos llenas, |
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El cúmulo de males y de bienes, |
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Que asignar al Destino le pluguiera. |
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Sobre un altar de duro y bronco hierro, |
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Un libro indescifrable allí se muestra, |
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Do de lo porvenir constantemente |
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La irrevocable historia se escribiera. |
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Con presciencia infinita, del Eterno |
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La mano en él cifró las ansias nuestras, |
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Y los graves pesares, con los leves |
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Placeres de la vida. A esa soberbia |
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Esclava Libertad, vese allí mismo |
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Por invisibles lazos prisionera. |
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Bajo un yugo escondido a los humanos, |
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Y que nada jamás habrá que pueda |
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Romper ni sacudir, a su alto arbitrio |
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Sabe su autor divino someterla; |
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Más sin tiranizarla, asida estando |
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Y a su suprema ley tanto más presa, |
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Cuanto perpetuamente está a sus ojos |
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Con misterio escondida su cadena, |
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Y cuanto aun ella misma, obedeciendo, |
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Por su elección procede, delibera, |
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Y a los propios destinos, veces varias |
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Ella misma su ley dictarles piensa. |
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«¡Hijo mío Borbón! el Padre dice, |
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La morada estás viendo, do dispensa |
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A los hombres, la Gracia, y sentir hace |
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Eficaces auxilios. De esta esfera, |
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De esta celeste estancia, es de do un día, |
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De su triunfante luz una centella, |
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Descenderá a abrasarte, a herirte el alma. |
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Dar no puedes, Enrique, prisa o tregua |
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A este precioso instante, que tú ignoras, |
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Y del cual, solo Dios, cual dueño, ordena; |
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Más ¡cuán lejos aún está ese día, |
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Ese dichoso día, en que Dios quiera |
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En la lista inscribirte de sus hijos! |
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¡Cuántas debilidades, con vergüenza |
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Te restan que sufrir! ¡cuán largo trecho |
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Que caminar aún por falsas sendas! |
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De la serie de días ¡o Dios mío! |
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Corte de este gran Rey, vuestra clemencia, |
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Todos los lamentables y menguados, |
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Que de vos distrayéndole le alejan.» |
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«¿Más que tropel aquí recorre aprisa |
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Esta vasta mansión? Él sale, él entra, |
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Y sin cesar deslízase al momento.» |
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De esas sacras paredes, ves, que cuelgan, |
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Le responde Luis, fieles retratos |
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De los hombres, que en épocas diversas |
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Nacer deben al mundo. De los siglos, |
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Que aún están por venir, esas perfectas |
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Esas vivas imágenes, que miras |
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Reducidas a un punto, aquí congregan |
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De los lugares todos las distancias, |
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Y sin orden de tiempos, a las eras |
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Se adelantan futuras. De los días |
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Llevan del hombre ya fija la cuenta, |
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Que anterior a los tiempos, a los ojos |
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Del Eterno, ab eterno está completa. |
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Los instantes aquí marca el destino |
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De su natal al uno y su potencia; |
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De otro allá la opresión y abatimiento, |
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Y de todos acá las diferencias |
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A cada suerte adictas, sus mudanzas, |
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Sus virtudes, sus vicios, sus proezas, |
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Su fortuna, y por último su muerte. |
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«Acerquémonos más; pues te dispensan |
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Generosos los Cielos, que conozcas |
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Y los monarcas y héroes aquí veas, |
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Que de tu augusta estirpe y de ti propio |
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Un tiempo nacerán. De ellos, se ostenta |
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El primero, Borbón, tu digno hijo, 61 |
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Que en la paz igualmente que en la guerra |
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La gloria sostendrá de nuestras lises, |
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Largo tiempo del Íbero y del Belga |
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Feliz triunfador; más sin que al padre |
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Ni al hijo todavía igualar pueda.» |
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Sobre flores de lis, en este punto, |
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Sentados ve Borbón, del trono cerca, |
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Dos altivos mortales, que tenían |
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Todo un pueblo a sus pies entre cadenas. |
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De púrpura romana revestidos, |
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Rodeados de guardias ambos eran |
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De soldados y corte. Los cree reyes; |
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«No te engañas, Borbón, en tus sospechas. |
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Reyes son, sin el título de tales. |
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Del estado y del príncipe se ostentan, |
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Árbitros uno y otro. Mazarino, |
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Richelieu, de memoria y fama eternas |
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Ministros de la Francia, de la sombra |
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De las aras humilde, hasta la mesma |
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Alta cumbre del solio, felizmente |
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Se dirigen los dos, los dos se elevan. |
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Hijos de la política y fortuna, |
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Al despótico imperio con firmeza |
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Entrambos volarán sin detenerse. |
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Sublime Richelieu, de un alma fiera, |
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Y enemigo en sus odios implacable; |
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Flexible Mazarino, de alma diestra, |
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Y amigo solapado y peligroso, |
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Contrarios caracteres ambos llevan. |
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Huye el uno con arte, y las borrascas |
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Doblándose paciente, pasar deja. |
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A las airadas olas, su coraje |
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Opone siempre el otro en la tormenta. |
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De los príncipes todos de mi casa |
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Enemigos los dos, a su manera, |
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El pueblo por un lado los admira, |
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Y por otro los odia y los execra. |
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De ambos serán, en fin, la fina industria |
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Los osados esfuerzos y destreza, |
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Útiles a su Rey y a su Patria |
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Funestos su poder y su influencia.» |
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|
¡O tú menos que aquellos poderoso, |
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Menos vasto también en tus empresas; |
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Tú, en la segunda clase de los hombres |
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El primero, Colbert! de tu carrera 62 |
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Viene bajo los pasos, la abundancia, |
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Hija fiel y feliz de tus tareas, |
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A sembrar de riqueza el franco suelo. |
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Bienhechor generoso, tú desprecias |
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Los insultos de un pueblo, que pagarte |
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Con ultrajes tus dones vil intenta, |
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Sin dél saber tomar otra venganza, |
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Que el empeñarte más en que florezca |
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De fortuna colmado; semejante |
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Al héroe, a quien Dios mismo se eligiera |
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Por digno confidente, que nutría, |
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En premio de dicterios y blasfemias, |
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Al siempre de Israel ingrato pueblo. |
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«¡Qué escena allí a mis ojos se presenta! |
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Más bien ¡O Dios! de siervos, que vasallos, |
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|
¿Qué pomposa y magnífica caterva, |
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|
De rodillas, de un Rey tiembla a la vista, 63 |
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Y a sus pies humillada le venera? |
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¡Qué respetos, qué honor, qué adoraciones! |
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|
Jamás otro algún Rey, cual este, hubiera |
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Sus súbditos en Francia acostumbrado |
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A marcas de homenaje tan extremas. |
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Yo le veo, cual tú, de fama y gloria |
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Animado al igual, otra obediencia |
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Más rígida exigiendo; más temido, |
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|
Y menos quizá amado. Si diversas |
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Mudanzas de fortuna soportando, |
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|
Le considero Enrique, de soberbia |
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Sus excesos repruebo en las felices, |
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Y su constancia aplaudo en las adversas. |
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|
De veinte vastos pueblos la alianza |
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Y el formidable resto de las fuerzas |
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Desafiando él solo, si es que en vida |
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El renombre de Grande se adquiriera, |
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|
Aún más grande sin duda ha sido en muerte. |
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¡O gran siglo de Luis! ¡Época excelsa! |
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|
Siglo, que de sus gracias, de sus dones, |
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Y sus brillantes luces y riquezas, |
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Sin límites un día colmar debe |
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|
Natura liberal. Tú, de las bellas, |
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|
De las útiles artes el decoro |
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|
Llevarás a la Francia. Con sorpresa, |
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Sobre ti van a fijarse las miradas |
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De las edades todas venideras. |
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Del coro de las Musas el imperio, |
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A fijar corre en ti su residencia. |
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El lienzo por do quier se anima y habla, |
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Y los bronces y mármoles alientan. |
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¡Cuantos sabios, en cónclaves augustos 64 |
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|
Asociando su esfuerzo, en las esferas |
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Del gran Orbe a estudiar vuelan celestes, |
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A medir su distancia y masa inmensa, |
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Y atrayendo la luz entre la noche, |
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A pesar de sus lóbregas tinieblas, |
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|
Con audacia sondar lo más arcano, |
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|
Que en su seno escondió naturaleza! |
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El presuntuoso Error huye a su vista, |
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Y en pos de la Verdad, dudas los llevan. |
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Y tú ¡feliz también hija del Cielo, |
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Poderosa Harmonía y hechicera, |
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|
Arte, que así puliste a Grecia y Roma! |
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Yo por do quier escucho de tu lengua |
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|
Encantadores tonos, soberanos |
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De nuestro corazón y nuestra oreja. |
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Vosotros ¡o franceses animosos! |
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|
Vencer sabéis, y ledos, de la guerra |
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Las hazañas cantar. Ya no hay laureles |
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Que no ciñan de honor las sienes vuestras. |
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En vuestro feliz clima, nacer veo |
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|
De héroes un pueblo vasto. Cuales vuelan |
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A los combates noto los Borbones. |
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|
Al través de mil fuegos, cual penetra, |
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Miro al fiero Condé, que en lances varios, 65 |
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|
El terror y el apoyo se demuestra |
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De su Rey y señor. De Condé, admiro |
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Generoso rival al de Turena, 66 |
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|
Menos brillante que él, si más prudente, |
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|
Y su igual cuando menos en grandeza. |
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A Catinat contemplo, que unir sabe, 67 |
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Por un cúmulo raro, a nobles prendas |
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Del guerrero, del sabio las virtudes. |
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El compás en la mano, verse deja |
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Riéndose Vauban, sobre aquel muro 68 |
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Que su ingenio trazó, de la impotencia |
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De ese horrísono estruendo con que baten |
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De bronce rayos cien; y si en la guerra |
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Invencible, en la Corte desgraciado, |
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Del Austria y gran Bretaña las potencias, |
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|
A un tiempo temblar hace Luxemburgo. |
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|
«Repara allá en Denén, con qué braveza, |
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Con qué audacia, Villars, el trueno horrible 69 |
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Disputando a la augusta y altanera |
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|
Águila de los Césares, es dueño |
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Y árbitro de la paz, que tras sí lleva |
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De la Victoria el carro a las naciones |
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|
Y que, con gloria tanta, se presenta |
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Apoyo de su Rey no menos digno, |
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|
Que de Eugenio rival... ¿Qué joven llega, |
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|
Qué Príncipe se acerca, en cuyo rostro 70 |
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|
Brilla la majestad sin la aspereza, |
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Y que el honor del solio está mirando |
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|
Con ojos de desdén o indiferencia? |
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¡Cielos! ¿qué noche rápida a mis ojos |
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Este Príncipe encubre, envuelto deja? |
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Incesante la muerte, dél en giro, |
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Sin detenerse un punto revolea. |
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|
Él cae al pie del trono, en el momento |
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|
De instalarse sobre él. En él observa, |
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|
De todos los franceses, hijo mío, |
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|
El Príncipe más justo. La clemencia |
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|
Algún día del Cielo, de tu sangre |
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Le hará nacer augusta. ¿Y flor tan bella, |
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|
Obra tan digna ¡o Dios! de vuestras manos, |
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|
No haréis más que mostrar, para esconderla |
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|
De golpe a los mortales? ¡Cuánto un alma |
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|
Tan virtuosa, en su bien obrado hubiera! |
|
|
¡Cuán feliz fuera Francia en su reinado! |
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|
¡Cuál su paz, su abundancia y su riqueza! |
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|
Él, por sus solas gracias y sus dones, |
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|
Llevara de sus días grata cuenta. |
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|
Él su pueblo amaría. ¡O día infausto |
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|
De alarma y de dolor! A los franceses, |
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|
¡Cuántas verter harás lágrimas tiernas, |
|
|
Cuando en la misma tumba, amontonados, |
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|
Hijo, padre, mujer y esposo vean!» |
|
|
Sale un vástago débil de las ruinas 71 |
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|
De aquel árbol fecundo, que así fuera |
|
|
Cortado por el pie. De Luis los hijos, |
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|
Que al sepulcro veloces descendieran, |
|
|
Dejaron solamente a nuestra Francia |
|
|
Un Monarca en la cuna, tan expuesta |
|
|
Como dulce esperanza de un Estado, |
|
|
En vacilante y trémula existencia. |
|
|
Cuida ¡Fleuri prudente! de sus días. |
|
|
Sobre su tierna infancia atento vela, |
|
|
Y sus primeros pasos fiel conduce. |
|
|
Dignamente instituye y aconseja, |
|
|
De lo más noble y puro de mi sangre, |
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|
El precioso depósito, que resta. |
|
|
Aunque haya Rey nacido, a conocerse |
|
|
A sí mismo, filósofo, le enseña. |
|
|
Que aunque hombre, soberano y poderoso, |
|
|
Hombre es al fin mortal, harás que sepa; |
|
|
Y que al verse Señor, ame a su Pueblo, |
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|
Porque amado también ser dél merezca. |
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|
Inspírale, que justo reflexione, |
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|
Que no es Rey, ni ha nacido, ni gobierna |
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|
Sino para su Pueblo. Y tú, tú ¡o Francia! |
|
|
La gloria y dignidad cobra primera |
|
|
Bajo su fausto imperio; y esa noche, |
|
|
Que de sombras tu luz dejó cubierta |
|
|
Acaba de romper. A coronarte |
|
|
Otra vez con decoro y gracia vuelva |
|
|
La mano de las Artes provechosa, |
|
|
Que a abandonarte ya se daban priesa. |
|
|
De su profundo piélago en las grutas, |
|
|
Se pregunta el Océano y lamenta, |
|
|
¿Do existen en el día, qué se hicieron |
|
|
Tus pabellones ¡Francia! que solieran |
|
|
Flotar sobre estas ondas? Del Euxino, |
|
|
De la India, y del Nilo y sus riberas |
|
|
Y sus puntos, te llama allí el comercio, |
|
|
Y te abre sus tesoros. Guarda, observa |
|
|
El orden y la paz, y la victoria |
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|
No busques con afán. En las querellas |
|
|
De los reyes, ser árbitro le basta |
|
|
A tu honor y tu gloria ¡Cuán funesta, |
|
|
Cuán cara te costó la de haber sido |
|
|
El espanto y terror de sus Potencias! |
|
|
De este Monarca joven en seguida, |
|
|
Con esplendor un héroe se le ostenta, 72 |
|
|
A quien la atroz calumnia, allá a lo lejos, |
|
|
De rabia ardiendo, ladra, y sigue inquieta. |
|
|
Príncipe blando y fácil, más no débil, |
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|
Lleno a un tiempo de genio y de vehemencia, |
|
|
Amigo con exceso de placeres, |
|
|
Y no menos también de cosas nuevas; |
|
|
Del seno del deleite, revolviendo |
|
|
La redondez inmensa de la Tierra, |
|
|
Con su diestra política y resortes |
|
|
Siempre nuevos y fértiles, suspensa, |
|
|
Dividida la Europa y en paz tiene; |
|
|
Al paso que a las Artes, que fomenta, |
|
|
Sus vigilantes ojos convirtiendo, |
|
|
De gloria, de vigor y de luz llena. |
|
|
Para todos los cargos y destinos |
|
|
Nacido felizmente, en sí concentra |
|
|
Los talentos de todos: de soldado, |
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|
De jefe y ciudadano. «Él un Rey no era; |
|
|
Más con todo, hijo mío, enseña a serlo.» |
|
|
De una borrasca entonces turbulenta |
|
|
En medio de relámpagos, de Francia, |
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|
A los aires flotando, se despliega |
|
|
El insigne estandarte. De españoles |
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|
Las huestes precediéndole guerreras, |
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|
Del Águila germana quebrantaban, |
|
|
En los de sus Castillas, las cabezas. |
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|
Absorto Enrique, exclama: «¡Padre mío! |
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|
¿Qué espectáculo nuevo se presenta?» |
|
|
«Todo cambia ¡hijo mío! le responde. |
|
|
Todo Enrique a su ocaso, por fin, llega. |
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|
Del Muy Alto adoremos y aplaudamos |
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|
El arcano saber y providencia. |
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|
Del fuerte y poderoso Carlos Quinto |
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|
Extinguida la raza, ya la Iberia |
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|
Reyes viene a pedirnos de rodillas; 73 |
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|
Ya a la España da leyes, ya allí reina |
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|
Uno de nuestros nietos. Ya Felipe...» 74 |
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|
A tan glorioso objeto, Enrique queda |
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|
De júbilo arrobado, y de su mente |
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|
Una dulce sorpresa se apodera. |
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|
«Mitiga de ese gozo, el Padre dice, |
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|
El ímpetu primero, y la grandeza |
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|
Teme, hijo mío, aun de tal suceso: |
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|
Teme, repito, sí; Madrid acepta, |
|
|
Del seno de París un dueño aclama; |
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|
Más quizá tanto honor, gloria es tan bella, |
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|
No poco para entrambos peligrosa. |
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|
¡O Reyes de mi casa y sangre regia! |
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|
¡O Felipe Borbón! o ¡caros hijos! |
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|
¡O España y Francia mía! El Cielo quiera |
|
|
Podáis vivir unidas. ¿Hasta cuando |
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|
¡Políticos funestos! la cruel tea |
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De las discordias públicas querría 75 |
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Encender vuestro bárbaro sistema?» 76 |
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Dice: y desde el momento, el Héroe nada |
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Ve más de lo pasado, que una envuelta |
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Quimérica mixtión de objetos varios |
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Confusos entre sí. Las puertas cierran |
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Del templo del Destino; y de los cielos |
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A sus ojos se eclipsan las esferas. |
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Ya con rosada faz la fresca Aurora, |
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Las puertas en Oriente a abrir empieza |
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Del palacio del Sol. Su negro velo |
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La noche va a tender sobre otras tierras. |
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Los Sueños volteadores y medrosos, |
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Húyense con las sombras y se alejan. |
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El Príncipe adormido, en este instante |
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De su arrobo dulcísimo despierta; |
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Y en el fondo del alma un nuevo esfuerzo, |
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Un divinal ardor experimenta. |
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Inspiraban a todos sus miradas, |
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Respetuoso terror y reverencia. |
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Había Dios su frente, de su misma |
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Majestad sacrosanta con diadema |
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De esplandecientes rayos coronado; |
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No de distinto modo que lo hiciera |
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Con aquel de Israel santo caudillo, |
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Ilustre vengador, cuando de vuelta |
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Del tonante Sinaí, donde las tablas |
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De la Ley del Eterno recibiera, |
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De tal lleno de luz cercó su rostro, |
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Que de sus resplandores con la fuerza |
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Trastornados al verle los hebreos, |
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Envueltos entre el polvo, sus pies besan, |
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Sin que mirarle osaran, ni sus ojos, |
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De su cara el fulgor sufrir pudieran. |
FIN DEL CANTO SÉPTIMO