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François-Marie Arouet de Voltaire
La Henriada

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Canto décimo

Argumento

     

Vuelve el Rey a su ejército. Renuévase el sitio. Combate singular del vizconde de

 

   Turena y el caballero de Aumale. Hambre horrible, que consume la ciudad. El Rey

 

   alimenta a los mismos sitiados. El Cielo recompensa, por fin, sus virtudes. La

 

   Verdad viene a iluminarle. París le abre sus puertas, y acábase la guerra.



                              

Tan peligrosas horas prodigadas

 

En la afeminación y la pereza,

 

Su flaca situación a los vencidos

 

Hicieran olvidar. Ya el de Mayena,

 

Preparádose había, a punto estaba

 

De otra lid arrostrar, otras empresas,

 

Y de esperanzas nuevas embriagado,

 

Era el pueblo infeliz víctima de ellas.

 

Más nada al impaciente Enrique embarga,

 

Que a poner alta cima se acelera

 

De su infiel capital a la conquista.

 

Y París espantado, con sorpresa,

 

Del campo de Borbón, que se acercaba,

 

Flotantes a ver vuelve las banderas.

 

Al pie de sus murallas nuevamente,

 

El héroe formidable se presenta;

 

Murallas, do su rayo aún humo exhala,

 

Murallas, que en cenizas no pudieran

 

Resolverse a dejar, en aquel día,

 

En que de la feliz nación Francesa

 

El Ángel tutelar, aparecido,

 

Su indignación calmando, suspendiera

 

De su triunfante brazo los rigores.

 

Todo el campo, del Rey a la presencia,

 

De gritos de alegría puebla el viento.

 

Y hacia París mirando, cual su presa,

 

Ya con ávidos ojos le devora.

 

Los de la Liga, en tanto, que consterna

 

El más justo terror, en torno todos

 

Del prudente Mayenne a unirse vuelan,

 

Allí el audaz Aumale la palabra

 

El primero tomando, con fiereza

 

De todo acuerdo tímido enemiga,

 

Del general Consejo a la Asamblea,

 

Este lenguaje impávido dirige.

 

«Hasta el día, a escondernos con vergüenza

 

Aprendido no hubimos. A nosotros

 

Ese enemigo viene. Que allá afuera

 

A encontrarle marchemos, nos importa.

 

Allá es do llevar nos interesa

 

Un dichoso furor. De los franceses

 

El ímpetu conozco en las refriegas.

 

Su arremetiente ardor, la obscura sombra

 

De los muros entibia, y es a medias

 

Vencido ya el francés que es atacado.

 

La desesperación, veces diversas

 

Victorias consiguió. Todo lo espero

 

Del activo vigor de nuestra fuerza,

 

Y nada de la inerte de esos muros.

 

¡Héroes que me escucháis, almas guerreras!

 

A los campos volad del fiero Marte.

 

¡Pueblos que me seguís en su carrera!

 

Vuestros jefes serán vuestras murallas.»

 

     Y calló; más de audacia tan extrema,

 

Claramente indicando los ligados,

 

Acusar en silencio la imprudencia,

 

De rubor encendido, lee con rabia

 

En sus confusos ojos la respuesta,

 

Que a su arenga el temor dictado había.

 

«Y bien, Franceses, dice, pues mis huellas

 

A seguir no se atreven vuestros pechos,

 

Sobrevivir no quiero a tal afrenta.

 

Vos teméis los peligros; más yo solo

 

A provocarlos salgo. De mí aprendan

 

A vencer vuestros ánimos, o al menos,

 

A morir con honor en la palestra.»

 

     Pronto una puerta abrir de París hace;

 

Y del inmenso pueblo que lo cerca

 

Arredrando la escolta, al campo avanza.

 

Cual de duelos ministro, a la pelea

 

En su marcha un heraldo le precede,

 

Que del Rey penetrando hasta las tiendas,

 

En alta y hostil voz, así pregona.

 

«Cualquiera que la gloria en algo aprecia,

 

En singular batalla, salga al punto

 

Al campo del honor; al punto venga

 

El lauro a disputar de la victoria.

 

Aquí el de Aumale os llama, y aquí os reta.

 

Pareced caballeros enemigos.»

 

De tan osado bando a la voz fiera,

 

Cada Jefe, a porfía, aspira ardiente,

 

De su celo impelido, nuevas pruebas

 

Contra de Aumale a dar de sus esfuerzos,

 

Tan ilustre elección, tal preferencia,

 

Todos cerca del Rey con ansia intrigan.

 

Todos de su valor tan bella prenda,

 

Tenían de antemano bien ganada,

 

Más de todos, al fin, en competencia,

 

Ventaja tan preciosa, blasón tanto,

 

Se arrebata el intrépido, Turena.

 

En sus manos, el Rey, el nombre todo,

 

La gloria de la Francia deja puesta.

 

«Ve Turenne, le dice, presto corre

 

A abatir de un soberbio la insolencia.

 

Por tu Patria, este día, por ti mismo,

 

Y a un tiempo por tu Príncipe pelea.

 

Sus armas en efecto dél recibe.»

 

Y su espada al decírselo, le entrega.

 

«No, sin duda, gran Rey, así responde,

 

Su rodilla abrazando, el noble atleta,

 

Jamás vuestra esperanza saldrá vana.

 

Este acero, señor, por mí lo atesta.

 

Yo lo juro por vos.» Dijo; en sus brazos,

 

Al punto de partir, el Rey le estrecha,

 

Y hacia el puesto se arroja velozmente,

 

Donde de Aumale ya, con impaciencia,

 

Que un campeón pareciese ufano aguarda.

 

Del pueblo de París la turba inmensa

 

Sus muros coronaba. Los soldados

 

De Borbón, cerca dél, el duelo observan.

 

Sobre el uno y el otro combatiente,

 

Todos sus ojos fijan en la escena;

 

Y cada cual de entrambos, en el uno,

 

Viendo a su defensor, coraje intenta

 

Con su gesto inspirarle y con sus gritos.

 

     Sobre París, entonces, verse deja

 

Una nube pendiente, que en su seno,

 

Conducir parecía entre la recia

 

Tempestad, el relámpago y el rayo.

 

Sus fogosas entrañas rubinegras

 

Allí al golpe estallando fuera arrojan

 

De monstruos del infierno una caterva.

 

El Fanatismo horrible, la Discordia

 

Sanguinaria, feroz, y turbulenta,

 

De falso corazón y vista zaina

 

La Política umbría, y de la guerra

 

Respirando el mal Genio sus furores,

 

De sangre finalmente, que bebieran,

 

Embeodados Dioses, Dioses dignos

 

De los Ligados, caen, y se sientan

 

De la ciudad rebelde sobre el muro.

 

Por Aumale a luchar todos se aprestan;

 

Cuando allí sobre el campo, a un mismo tiempo;

 

A los cielos la bóveda entreabierta,

 

En la región del aire, sobre un trono,

 

Descender se ve un ángel, con diadema

 

De rayos mil ceñido, que flotando,

 

Y entre llamas hendiendo su carrera

 

Sobre fúlgidas alas, tras sí lejos,

 

De surcos de la luz, que le rodea,

 

El Occidente deja iluminado.

 

En una mano, sacra oliva lleva,

 

De la paz siempre amable y suspirada

 

Consolador presagio. En otra, ostenta,

 

Y de un Dios vengador hace que brille

 

Aquel horrible acero, que blandiera

 

Del exterminador la fiera mano,

 

Cuando a la indignación de Dios tremenda

 

Plugo un tiempo librar a voraz muerte,

 

De una indómita raza altiva y necia,

 

Los hijos primogénitos. De espada

 

Tan terrible al aspecto, se consternan

 

Los infernales monstruos, desarmados,

 

Atónitos y estúpidos se quedan.

 

El terror en cadenas los envuelve;

 

Y un poder invencible, las saetas

 

De su inflexible tropa abate todas.

 

Al modo, que otra vez, caer hiciera

 

En sangre humana tintas, de sus aras,

 

Aquel fiero Dagon, deidad horrenda

 

Del fuerte filisteo; cuando un día,

 

Del Gran Dios de los Dioses, ya traspuesta,

 

En su templo, a sus ojos espantados,

 

Del Testamento el Arca se expusiera.

 

     El Ejército, el Rey, París entero,

 

El Cielo y el Infierno, a fijar llegan

 

En combate tan célebre sus ojos.

 

Al punto ambos guerreros en ley entran

 

De la terrible lid a la estacada;

 

Y del campo de honor ya la barrera

 

Abre a la usanza el Rey. El peso enorme

 

De la adarga, sus brazos no molesta,

 

Ni sus pechos intrépidos ocultan,

 

De una intrincada malla cotas recias,

 

Duros bustos de acero, que ornamento

 

De antiguos caballeros ser soliera,

 

Refulgente a la vista, y a los golpes

 

Impenetrable a un tiempo. Ellos desprecian

 

Arreos que pesada más harían

 

Y menos peligrosa la palestra.

 

Era su arma una espada. No les cubre

 

Otra defensa más; y toda expuesta

 

Al riesgo la persona, el uno al otro

 

Mutuamente avanzándose se acerca.

 

«¡Gran Dios, Turena exclama, Árbitro eterno

 

De mi Príncipe! baja, y su querella,

 

Su causa juzga ya. Por él combate,

 

Y pelee conmigo tu alta diestra:

 

¿Qué importará el valor, que de tu brazo

 

La protección divina no sostenga?

 

Es bien poco, Señor, lo que este día,

 

Confiado en ti sólo el de Turena,

 

Espera de sí mismo; pero todo

 

Del poder de tu mano justiciera.»

 

«Yo, responde de Aumale, yo lo espero

 

Únicamente todo, de la fuerza

 

De mi propio valor y de este brazo.

 

De las luchas la suerte fausta o adversa,

 

De nosotros depende solamente.

 

A la Deidad suprema, en vano apela,

 

En vano el hombre tímido la implora.

 

Tranquila allá en el Cielo, acá nos deja

 

Sólo a nosotros mismos entregados.

 

El partido más justo en las contiendas

 

De poder a poder entre los hombres,

 

Es el del que triunfante sale de ellas.

 

El esfuerzo, Turena, el valor sólo,

 

El Árbitro y el Dios son de la guerra.»

 

Dijo: y con una ojeada, que de furia

 

Y altanera arrogancia centellea,

 

De su rival insulta la confianza,

 

No menos grave y digna que modesta.

 

     Ya resuena el clarín. Ya velozmente

 

Parten los dos campeones a su seña.

 

Ya a arremeterse llegan, y los riesgos

 

Del combate por fin, ambos comienzan.

 

Todo cuanto pudieran hasta entonces

 

El brío y el valor, con la firmeza,

 

El ardid y constancia combinados,

 

De ambas partes campaba en tal pelea.

 

Si cien golpes se tiran, cien se paran,

 

Y se cubren con rápida presteza.

 

Tan pronto, con furor, el uno de ellos

 

Veloz se precipita, y con la mesma

 

Rapidez, el contrario quita el golpe.

 

Tan pronto, aproximándose, que llegan

 

A abrazarse parece. Su peligro,

 

Que renace inminente, y se acrecienta

 

Cada instante, un placer presta horroroso.

 

Gusto daba el mirar cómo se observan,

 

Cómo los dos se temen mutuamente:

 

Cómo se avanzan ambos, y repliegan;

 

Cómo entrambos se miden, y se aguardan.

 

El centellante acero, con destreza

 

Desviado, la vista ilude y turba

 

Con fintas, que aquí encaran, y allí asestan.

 

Tal se mira del sol la luz fulgente,

 

Que sus rayos de fuego dobla y quiebra

 

En el onda diáfana, en que rotos,

 

Y más y más dispersos por mil sendas

 

Del paso en que refringen, a los aires,

 

De donde ya partieran, dan la vuelta

 

Desde el móvil cristal. Sobresaltada

 

La espectadora turba, y sin que pueda

 

Comprender lo que ve, perpleja toda,

 

Por momentos su triunfo o ruina espera.

 

Es el joven Aumale más ardiente,

 

Fuerte más y furioso. No es Turena

 

Tan impetuoso, no; pero más diestro,

 

Dueño de sus sentidos, no le obceca

 

La cólera jamás, sólo le anima,

 

Y a placer su rival cansa y molesta.

 

En mil vanos esfuerzos empeñado

 

Del de Aumale el vigor, exhausto queda;

 

Y bien presto su brazo, inútilmente

 

Quebrantado y rendido, ya no presta

 

Servicio a su valor. Notando, entonces

 

Turena, que lo mira, su flaqueza,

 

Se reanima, le acosa, le comprime,

 

Le persigue, y al fin, hiere y penetra

 

De una mortal herida su costado.

 

Tendido ya de Aumale, se revuelca

 

Entre olas de su sangre. Del Infierno

 

Todos aquellos monstruos, braman, tiemblan,

 

Y estos acentos lúgubres se oyeron

 

En los aires sonar: «Cayó por tierra

 

El trono de la Liga para siempre.

 

Has vencido Borbón. Nuestra potencia,

 

Nuestro Reino pasó.» A estos acentos

 

Su lamentable grito el pueblo mezcla.

 

Exánime de Aumale, ya postrado

 

Sin aliento y vigor sobre la arena,

 

Que aún su rival retaba parecía;

 

Pero ¡o vano furor! Ya se le suelta

 

El formidable acero de la mano;

 

Y aun todavía, bravo, a hablar se esfuerza;

 

Más su voz entre el labio opresa expira.

 

De verse así vencido la vergüenza,

 

Dábale con horror más fiero aspecto.

 

Quiere alzarse: recae. Entreabre apenas

 

Un ojo moribundo: a París mira,

 

Y suspirando muere. Tú le vieras,

 

Desgraciado Mayenne, agonizando;

 

Tú le viste y temblaste ¡audaz Mayena!

 

Y en momento tan mísero y horrible,

 

La imagen funestísima ya cerca

 

Presentose a tu espíritu turbado,

 

De tu infalible pérdida completa.

 

     De París entre tanto, hacia los muros,

 

El cadáver de Aumale, a marcha lenta

 

Taciturnos soldados devolvían.

 

Tan funeraria pompa y lastimera,

 

Por medio de un gran pueblo consternado

 

Atónito y confuso, avanza y entra.

 

Temblando, cada cual, mira aquel cuerpo

 

Desfigurado todo: macilenta,

 

Manchada observa en sangre aquella frente;

 

Aquella boca advierte medio abierta;

 

La cabeza hacia un lado descolgada,

 

Suelta y de polvo sucia la melena;

 

Ve por fin unos ojos, en que todos

 

Sus estragos y horror la muerte ostenta.

 

Ya no corren más lágrimas. Se embargan

 

Los públicos lamentos. La vil mengua,

 

La lástima, el pavor y abatimiento,

 

Los sollozos ahogan, y las quejas

 

Reprimen populares. Todo calla.

 

Todo ya compungido solo tiembla;

 

Cuando un ruidoso son, de horror colmado,

 

Sobreviene de súbito, y aumenta

 

El lúgubre terror de aquel silencio.

 

Hasta el Cielo lanzándose, se elevan

 

Del fiero sitiador hórridos gritos.

 

Caudillos y soldados, se reunieran

 

Del Rey cerca, pidiéndole el asalto;

 

Más el augusto Luis, que el ángel era

 

De la Francia custodio, y de su hijo,

 

La cólera de Enrique, el ardor templa;

 

Así suele, mil veces, de aquilones,

 

Pendientes en los aires, la braveza,

 

Domeñar de los fieros elementos

 

El invisible Móvil. Él barreras

 

A los mares fijó, donde las olas

 

A estrellar sus furores siempre vengan.

 

Él ciudades abisma, y en ruinas

 

Las convierte su enojo, y las dispersa.

 

Del hombre el corazón tiene en su mano.

 

     Enrique, cuyo fuego reprimiera

 

El compasivo Cielo, los furores

 

De sus triunfantes huestes encadena.

 

Sentía al fin, Borbón, cuánto aún ingrata,

 

De su Patria el amor su pecho afecta.

 

Quiérela redimir: Salvarla quiere

 

Del calor de su cólera guerrera.

 

De sus vasallos propios execrado,

 

De su Pueblo ofendido, sólo anhela

 

A darles su perdón. Ellos son solos

 

Los que perderse quieren, cuando él piensa

 

Solamente en ganarles. Por felice

 

Tendríase, si audacia tan proterva

 

Solo a fuerza venciendo de bondades,

 

A aquellos infelices redujera,

 

Y a pedirle su gracia les forzara.

 

Arrastrarlos pudiendo entre cadenas,

 

Benigno y generoso, su bloqueo

 

A formar se limita; y así deja

 

De arrepentirse tiempo a sus delirios.

 

Creyó, que sin batallas más, sangrientas,

 

Sin alarmas, ni asaltos, ni degüellos,

 

El hambre solamente y la miseria,

 

Más fuertes y apremiantes que sus armas,

 

Le entregarían ya, sin resistencia,

 

Y sin desastres más, ni más fatigas,

 

Un exánime pueblo, a la laceria

 

Del lujo trasladado y la abundancia,

 

En que nutrido y avezado fuera;

 

Y que vencido al cabo de sus males,

 

Y flexible por fin a la indigencia,

 

En venir no tardase, de rodillas

 

A implorar sin recurso su clemencia;

 

Más ¡ay! el falso celo, que no puede

 

Ceder en ningun caso, cruel enseña

 

A aventurarlo todo y resistirlo.

 

     La ignara multitud, la turba necia

 

De los amotinados, cuya vida

 

Perdonar, conservar, piadoso intenta

 

La vengadora mano que ultrajaran,

 

Por flaqueza del Príncipe interpreta

 

Su virtud generosa, y más altiva

 

Con sus raras piedades, sus proezas,

 

Su valor olvidando, tan buen Dueño,

 

Tan benéfico Rey aún más desprecia,

 

Su ilustre Vencedor más desafía,

 

Y la ociosa venganza de su ofensa,

 

Bárbara y obstinada más insulta,

 

Como un mísero indicio de impotencia.

 

     Más cuando de las aguas, finalmente,

 

El curso cautivado ya del Sena,

 

De transportar cesara a tan gran pueblo

 

Los copiosos tributos, que le pechan

 

De ordinario, las mieses abundosas

 

De su vasta y feraz circunferencia,

 

Y pálida y cruel fue en París vista

 

El hambre, que la Muerte le presenta 90

 

Marchando de ella en pos, entonces se oyen

 

Horribles alaridos y querellas.

 

La soberbia París, viose bien pronto

 

De desgraciados seres toda llena,

 

Que una trémula mano y desecada,

 

A la piedad tender pueden apenas;

 

Cuya transida voz agonizante,

 

En vano mendigaba, por do quiera

 

El sustento y la vida; cuando en medio

 

De sus mismos tesoros, la opulencia

 

Después de esfuerzos mil, en balde todos,

 

Presto el rigor sufrió del hambre negra.

 

Pavorosos de allí ya huido habían

 

Los convites, los juegos y las fiestas,

 

En que de mirto y rosa coronadas

 

Por Venus y por Baco las cabezas,

 

Donde, en medio de gustos y delicias,

 

Siempre de duración harto ligera,

 

Vinos mil perfumados, mil viandas

 

De las más decantadas y selectas,

 

Bajo dorados techos, donde habita

 

La lúbrica molicie y se recrea,

 

Del hastiado gusto melindroso,

 

Irritaban la lánguida pereza.

 

Horror y espanto daban las figuras

 

De tantos voluptuosos, ya desechas,

 

Lívidas y amarillas, que llevando

 

En sus ojos la muerte, y de riquezas,

 

Y de un lujo magnífico en el seno,

 

Acorando, muriendo ya de inedia,

 

De su fortuna y bienes detestaban

 

La inútil abundancia. En medio de ella,

 

Aquí un anciano padre, cuyos días

 

A finir iba el hambre, el hijo observa,

 

Que sin pecho en la cuna gime y muere.

 

Una familia, allí, perece entera

 

Entre accesos furiosos de la rabia.

 

Tendidos, más allá, yacen por tierra

 

Y entre el polvo se vuelcan, miserables,

 

Que en medio de agonías, aún pelean

 

Por desechos del suelo los más viles.

 

Al impulso del hambre impía y fiera,

 

Ultrajando estos hórridos espectros,

 

A la humana común naturaleza,

 

En la fétida hondura de las tumbas

 

A buscar su sustento se enderezan.

 

Los huesos de los muertos espantados,

 

Cual si trigo el más limpio y puro fueran,

 

Por aquellos hambrientos se preparan

 

Y con ansia devoran. ¿Qué no atentan

 

Las extremas miserias? Se le ha visto,

 

Por postrimer recurso, de las mesmas

 

Cenizas de sus padres sustentarse.

 

Manjar tan detestable, le acarrea

 

Anticipada muerte, y su comida,

 

Ha sido para ellos la postrera.

 

     Los Doctores fanáticos, en tanto,

 

Que lejos, por su parte, de que en estas

 

Calamidades públicas sufriesen,

 

A sus necesidades redujeran

 

Todas sus paternales atenciones,

 

Nadan entre la copia, que reservan 91

 

A la sagrada sombra de las aras,

 

Y del Dios, que así ofenden, la paciencia

 

Atestando, y corriendo todo el pueblo,

 

Su constancia animaban y firmeza.

 

A los unos, a quienes ya los ojos

 

La muerte a cerrar iba, en recompensa,

 

Sus liberales manos, del empíreo

 

Las puertas les abrían. A otros muestran,

 

Con proféticos ojos, ya pendientes,

 

Y del trueno encendidas las centellas

 

Sobre el Príncipe hereje. En breve espacio,

 

Por inmensos socorros, que ya llegan,

 

Salvo a París anuncian, y del Cielo

 

Pronto a caer maná que les provea.

 

Atractivos tan huecos ¡ah! tan vanos

 

Estériles anuncios y promesas,

 

A aquellos desdichados encantaban

 

Fáciles de engañar. Por la caterva

 

De insidiosos ministros, seducidos,

 

Y de los Dez-y-seis por la asamblea

 

De terror embargados, obedientes,

 

Y aún más, cuasi contentos, ya se dejan

 

A sus plantas morir. ¡Harto felices,

 

En dejar de una vez tal existencia!

 

     De un tropel de extranjeros habitantes,

 

La rebelde ciudad llena se viera;

 

Tigres, que nuestros padres, allá un tiempo

 

En su seno abrigaran y nutrieran;

 

Más crueles, sin duda, que la muerte,

 

Y más fieros que el hambre y que la guerra.

 

De estas extrañas gentes, una parte,

 

De las campiñas bélgicas viniera.

 

De los montes y rocas escarpadas

 

De la Helvecia, las otras descendieran;

 

Bárbaros por oficio, cuya industria

 

Y única ocupación, la guerra hiciera,

 

Y que su sangre venden al primero,

 

Que acomoda comprársela y verterla.

 

De estos nuevos tiranos advenidos,

 

Licenciosas cohortes y avarientas,

 

Los hogares pacíficos violando,

 

De tropel abatiéndole sus puertas,

 

Mil variadas muertes a sus dueños

 

Asustados y atónitos presentan;

 

No por ir a robar tesoro inútil;

 

Ni menos, todavía, por que quieran,

 

Con adúltera mano, arrebatarle

 

A la trémula madre una doncella.

 

Necesidad voraz del hambre sola,

 

Es la que sufocada inerte deja

 

Cualquier otra pasión en su vil alma.

 

Su atroz requisición, sólo el fin lleva

 

De descubrir, do quiera, algún sustento,

 

Cuya más vil porción y más pequeña,

 

Por dichosa conquista se apreciaba.

 

No hubo horror ni suplicio ni fiereza,

 

Que para haber los míseros de hallarle,

 

Su extremado furor no discurriera.

 

En medio de horror tanto, mujer hubo, 92

 

Mujer hubo ¡o gran Dios! (¿qué fuerza sea,

 

Guarde nuestra memoria de un suceso

 

Tan horroroso, el cuadro?) hubo un hembra,

 

Que de sus manos viera por los propios

 

Impíos corazones, con violencia

 

Un residuo arrancar de su sustento.

 

A perecer tan próximo como ella,

 

Todo el resto, era un hijo, de los bienes,

 

Que le robara ya fortuna adversa.

 

Un agudo puñal coge furiosa,

 

Y cual fuera de sí, parte, y se acerca

 

Al niño angelical, que sus bracitos

 

Le tendía famélicos. Su inedia

 

Su flébil voz, sus mimos a la madre

 

Mil lágrimas arrancan. Hacia él vuelta

 

Su horrorizada cara, de cariño

 

De lástima, dolor, y rabia llena,

 

De la rebelde mano, por tres veces,

 

El hierro parricida se le suelta.

 

Más que el hambre, por fin, vence la rabia,

 

Y con trémula voz, la cruel estrella

 

De su fecundidad y su himeneo

 

Maldiciendo, colmando de blasfemias,

 

«¡Hijo mio querido y desgraciado!»

 

Su frenético labio así se expresa;

 

«¡Hijo que mis entrañas han traído,

 

Cuán en vano, a una edad de horror cubierta,

 

La vida recibiste! O los tiranos,

 

O ya el hambre, a robártela se aprestan.

 

¿Porqué has pues de vivir? Para que errante

 

Desdichado en París, lágrimas puedas

 

Derramar sobre el resto de sus ruinas.

 

Muere, sin que mi mal y tu miseria

 

Llegues a conocer. Vuelve a tu madre,

 

El triste día y sangre que te diera.

 

Mi desgraciado seno, de sepulcro

 

Te servirá, infelice. París vea

 

Un nuevo crimen.» Dijo: y furibunda,

 

Con despechado brazo, loca, ciega,

 

Toda de horror convulsa, en su costado

 

El puñal parricida enclava fiera.

 

A cerca del hogar, vertiendo sangre,

 

A aquel tierno cadáver veloz lleva,

 

Y su temblona mano, que impelía

 

Del hambre inexorable impía fuerza,

 

Con un ansia voraz, a prepararle

 

Tan horrible manjar, se daba priesa;

 

Cuando también del hambre allí atraída,

 

La misma desalmada soldadesca

 

En aquellos hogares delincuentes,

 

Otra horrible incursión de nuevo empieza.

 

De aquellos forajidos el transporte,

 

Al cruel alborozo se asemeja,

 

Con que al oso voraz y león hambriento,

 

Arrojar se les ve sobre su presa.

 

Furiosos, y a porfía, el uno al otro

 

Empujando, a romper corren la puerta.

 

¡Qué terror! ¡qué sorpresa! De un cadáver,

 

Ensangrentado todo, y puesto en piezas,

 

Al lado, una mujer, que aún su caliente

 

Sangre chorreando está, se les acerca.

 

«Sí, les dice, sí; ¡monstruos inhumanos!

 

Mi hijo es el que veis. Barbaries vuestras,

 

Estas manos mancharon en su sangre.

 

De agradable vianda en vuestra mesa

 

El hijo y madre sirvan. ¿Temeríais,

 

A la naturaleza tal afrenta

 

Más que yo propia hacer? ¿Qué horror, qué pasmo,

 

A tal aspecto, tigres, os congelan?

 

Para vosotros solos prevenidos

 

Están festines tales.» A estas fieras

 

Insensatas razones, que su labio

 

Vierte con saña atroz, clavado deja

 

En su pecho un puñal. De horror y miedo

 

Agitados los monstruos, se dispersan,

 

Huyendo pavorosos, sin que el rostro

 

A tan funesto hogar volver se atrevan.

 

Sobre sí, cada paso, ardiente fuego

 

Caer del Cielo airado todos piensan;

 

Y el pueblo, del rigor de su destino

 

Despechado, por fin, manos eleva

 

A los Cielos, pidiéndoles la muerte.

 

     De horror tanto corriendo van las nuevas

 

Al pabellón del Rey, que compasivo,

 

Su corazón sintió tocado de ellas.

 

A lástima se mueven sus entrañas;

 

Y sobre el pueblo infiel lágrimas suelta.

 

«Tú, ¡Omnipotente Dios! exclama Enrique;

 

Tú que leyendo estás, y que sondeas

 

Del hombre el corazón, tú que conoces

 

Cuanto puedo y emprendo, tú no mezclas,

 

Tú sin duda distingues, de mi causa

 

La injusta de la Liga. Mis sinceras,

 

Mis inocentes manos muy bien puedo

 

Levantar hacia ti. Tú lo penetras,

 

Tú lo sabes Señor; yo ya mis brazos

 

A los amotinados les tendiera.

 

No me imputes ¡O Dios! ni sus desgracias,

 

Ni sus crímenes, no. Que allá se avenga

 

Mayenne, con las víctimas que impío,

 

A su ambición inmola. O como quiera,

 

Impute tanto mal, tanto desastre,

 

A la necesidad, la excusa honesta,

 

El pretexto común de los tiranos.

 

De mis ilusos pueblos la miseria

 

Lleve el caudillo pérfido hasta el colmo.

 

Él solo es su enemigo. Que lo sea.

 

Yo debo ser, y soy su amante padre.

 

A mí por tanto toca, a mí interesa

 

Alimentar mis hijos, y mis pueblos

 

Arrancar de las garras carniceras

 

De esos voraces lobos, aunque armados

 

Contra mí mismo acaso se les vea

 

De mis propias bondades y socorros,

 

Y más que por salvarles, mi diadema

 

A perder yo llegase. A cualquier costa,

 

Que se rediman quiero. No perezca

 

Mi amado Pueblo, no. Quiero que viva.

 

No me importa a qué precio. Yo le vea

 

De esas sus plagas libre, que le pierden,

 

Y protegerle pérfidas afectan.

 

A su pesar salvémosle. Y si acaso,

 

Una excesiva lástima me cuesta

 

Mi hereditario trono, que a lo menos,

 

Sobre mi tumba un día leerse pueda:

 

EL ENEMIGO, Enrique, GENEROSO

 

DE SUS PROPIOS VASALLOS, NO DESEA

 

REINAR TANTO SOBRE ELLOS, COMO QUIERE

 

SALVARLOS DE LA MUERTE Y LA MISERIA.»

 

     Dice; y que sin estrépito su tropa

 

A la hambrienta ciudad se acerque, ordena;

 

Que pláticas se lleven al momento

 

De paz al ciudadano, y se le ofrezcan

 

En lugar de venganzas beneficios.

 

A tan divina orden, obediencia

 

Presta pronto el soldado, y al instante,

 

Mil gentes de París los muros llenan.

 

Allí avanzar se ven a paso lento,

 

Cuerpos trémulos, lívidos, que apenas

 

Animados parecen: semejantes

 

A las sombras, que un tiempo, se fingiera

 

Hacer aparecer, a su albedrío,

 

De los Tartáreos reinos y cavernas

 

Los Magos a su voz, cuando furiosa,

 

Del profundo Cocito en su carrera

 

Los rápidos torrentes deteniendo,

 

De los errantes manes las catervas

 

Del infierno evocaba. ¡Qué extremadas

 

De aquellos moribundos la sorpresa,

 

La confusión no fueron! ¡Su enemigo,

 

Su cruel enemigo, a nutrir llega,

 

La vida a sustentar al que le injuria!

 

¡De división de horrores y de penas

 

Llenos, por los que el nombre dulce y grato

 

De amigos y de apoyos falsos llevan,

 

Sólo en sus pretendidos opresores

 

Hallan por fin socorros y clemencia!

 

Rasgo tan singular, tan desusado,

 

Increíble a su mente se presenta.

 

Delante de ellos ven aquellas picas,

 

Aquellos fieros dardos y ballestas,

 

Que de crueldades varias de fortuna

 

Instrumento hasta entonces sólo fueran,

 

Aquellas lanzas ven, que de la muerte

 

Las conductoras eran más funestas,

 

Del generoso Enrique obedeciendo

 

El paternal amor y bondad regia,

 

En las extremidades de sus puntas,

 

Que aún en sangre teñidas amedrentan,

 

La vida transportarles. «¿Y son, dicen,

 

Y son estos los monstruos, son las fieras,

 

Que malignas y horribles nos contaban?

 

¿Y es este aquél que pintan y exageran

 

Cual tirano terrible a los mortales,

 

Enemigo de Dios, y un alma llena

 

De rabioso furor? ¡Ah! Del Dios vivo

 

La imagen es más fúlgida y más bella.

 

Un Rey es bienhechor. Es de monarcas

 

El más cabal modelo de la tierra.

 

De sus leyes y mano generosa

 

Bajo el próspero auspicio y la tutela,

 

Vivir no merecemos. Él triunfante,

 

Perdona, y libra, y ama, y hasta premia

 

Al mismo que le ofende ¡Ojalá a costa

 

De nuestra sangre toda, un día pueda

 

Su soberano imperio cimentarse!

 

De la calamidad y muerte horrenda,

 

De que padre nos salva, ya harto dignos,

 

Los días, que piadoso nos conserva,

 

Consagrémosle gratos y obedientes.»

 

     Tal en París entonces la voz era

 

De aquellos ya ablandados corazones.

 

Tal el común sufragio y la respuesta.

 

Más ¿quien podrá jamás asegurarse

 

En la turba de un pueblo novelera?

 

Cuya feble amistad en aspavientos

 

Exhalándose toda, y hablas huecas,

 

Si tal vez sobre sí, breves instantes,

 

Contra el orden común, justa, se eleva,

 

Siempre recae al fin? Los sacerdotes,

 

Cuyo fatal influjo y elocuencia,

 

Los fuegos que la Francia devoraban,

 

Cien veces atizaran y encendieran,

 

Van a mostrarse en pompa al mustio pueblo,

 

Y tales invectivas le enderezan.

 

«¡Sin valor combatientes y cristianos,

 

Sin celo, sin virtud, sin fe sincera!

 

¿De qué atractivos bajos y terrenos

 

Seduciros dejabais por flaqueza?

 

¿Os haría del mundo un bien caduco,

 

Del martirio olvidar palmas perpetuas?

 

Soldados del Dios vivo ¿será acaso,

 

Honra será, decidnos, y acción vuestra,

 

Vivir para ultrajarle con infamia,

 

Cuando por él morir glorioso os fuera?

 

¿Cuándo ya de la cumbre de los Cielos,

 

La corona ese Dios grato nos muestra?

 

No esperemos, católicos, que gracia

 

Nos dispense un tirano. A su infiel secta

 

Por tal medio asociarnos solicita.

 

La intención de ese pérfido siniestra,

 

Por sus favores mismos castiguemos.

 

Así la majestad de nuestra Iglesia,

 

Así la santidad de nuestras aras,

 

De su herético culto salvas sean.»

 

     Del altar los ministros así hablaban;

 

Así la paz de Cristo recomiendan;

 

Y el fanático acento de su labio,

 

Dueño del bajo pueblo por do quiera,

 

Y aun también por do quiera formidable

 

A las más altas clases y diademas,

 

Tanto oprime, sufoca y amortigua

 

El elevado grito de las proezas

 

De Borbón, y sus grandes beneficios,

 

Que no pocos, tornándose a su terca

 

Furiosa rebeldía, ya en secreto

 

Se acriminan deber a su clemencia

 

Aun el vital aliento que respiran.

 

     De tan odiosos gritos y querellas,

 

Al través finalmente se abre paso,

 

De la tierra remóntase y penetra

 

De Enrique la virtud hasta el empíreo;

 

Y el augusto Luis, que atento vela,

 

De la celeste bóveda en la altura,

 

Sobre la perseguida rama regia

 

De los Borbones, de la que era tronco,

 

De los tiempos notando que se acerca

 

El feliz complemento, en que a su hijo,

 

De los reyes al Rey ya le pluguiera

 

Por último adoptar entre los suyos,

 

Incontinente aparta, al punto aleja

 

De corazón tan dócil las alarmas;

 

Y de lágrimas tiernas, que vertieran,

 

Bañados, a enjugar sus ojos viene

 

La sacrosanta fe. Sus pasos llevan

 

Del Eterno a los pies, dulce Esperanza,

 

Y paternal Amor. De luz excelsa

 

Entre abismos de fuego eterno y puro,

 

Colocar al Altísimo pluguiera

 

Anterior a los tiempos e inmudable,

 

Su majestuoso trono. Las inmensas

 

Rutilantes esferas de los Cielos,

 

De su creador poder la planta huella;

 

Y de mil astros varios el perenne

 

Siempre reglado curso, manifiestan

 

Su grandeza y su gloria al Universo.

 

Poder, saber, y amor forman su esencia

 

Unidos y distintos, y sus santos,

 

De paz entre dulzuras sempiternas,

 

En un torrente absortos de delicias,

 

De su gloria por siempre, y de la mesma

 

Increada sustancia penetrados,

 

Llenos y poseídos, su suprema

 

Majestad, a cual más, todos adoran.

 

De su querer la voz, ante él esperan

 

Ardientes serafines, semidioses,

 

A quienes subordina y encomienda

 

Del Universo entero los destinos.

 

Él habla: y al momento, de la tierra

 

A cambiar van volando la faz toda.

 

Ellos, de un golpe extinguen de esta esfera

 

Las coronas, los cetros y las razas,

 

Que imperaran altivas largas eras;

 

En tanto que los hombres, vil juguete

 

Del error e ignorancia, que los cercan,

 

De consejos eternos del muy-Alto,

 

Acusan la profunda arcana ciencia.

 

Los agentes son estos invisibles,

 

Cuya potente mano subalterna,

 

Con el servil azote hiriendo a Roma,

 

Del Norte helado al hijo, Italia deja.

 

Jerusalén somete al otomano,

 

De España al africano abre la puerta.

 

Cae al fin todo imperio, y todo pueblo

 

Arrastra de tiranos las cadenas:

 

Del Altísimo, empero, la insondable

 

La justísima y sabia providencia,

 

No por siempre tolera, que prosperen

 

De los hombres la audacia y la soberbia.

 

Favorables tal vez a los mortales,

 

Se dignan su justicia y su clemencia,

 

En inocentes manos, de los Reyes

 

El cetro colocar. Ya se presenta,

 

El padre y protector de los Borbones,

 

Ante la majestad de Dios eterna;

 

Y con doliente voz y acatamiento,

 

Esta eficaz plegaria le endereza.

 

«¡Del Universo Padre! si tus ojos,

 

A bien tienen, a veces, no desdeñan

 

Honrar de una mirada compasiva

 

De los reyes y pueblos las flaquezas,

 

Mira al pueblo francés, rebelde e ingrato

 

A su Rey bienhechor. Si él atropella

 

Tus sacrosantas leyes, es tan solo,

 

Porque serte leal, erróneo piensa.

 

Su celo es quien le ciega, y quien le arrastra

 

De tu ley al desprecio e inobediencia;

 

Y cuando más te falta, es cuando, iluso,

 

Vengarte y obsequiarte más intenta.

 

Dígnate ¡O Dios! mirar a ese Monarca

 

Triunfador generoso. Grato observa

 

De la guerra ese rayo, ese brillante

 

Terror, amor, y ejemplo de la tierra.

 

¿Su corazón, Señor, formado habrías,

 

De virtudes tan lleno, con la idea

 

De abandonarle solo a astutos lazos

 

Del miserable error? ¿Y será fuerza,

 

Que de tu misma mano omnipotente

 

La obra más magnífica y perfecta,

 

Al Dios a quien adora, un homenaje,

 

Un incienso culpable e impuro ofrezca?

 

¡Ah! Si del Gran Enrique, que ignorado

 

Siempre tu culto fuese permitieras,

 

¿Por quién el Rey querría de los Reyes,

 

Que adoración condigna se le diera?

 

Ten a bien ilustrar alma que ha sido

 

Para reconocerte tan dispuesta.

 

Un hijo insigne en él, que la decore,

 

Dígnate ya, Señor, dar a tu Iglesia,

 

Y a la discorde Francia y perturbada,

 

Un Señor, bajo el cual, en paz florezca.

 

Restituye a su Príncipe el vasallo,

 

Y al vasallo su Príncipe le entrega.

 

Todos los corazones, tu justicia

 

Adoren en unión acorde y recta.

 

Y en París, todos juntos, sobre un ara

 

La misma te consagren pura ofrenda.»

 

     De estos votos de Luis, ya del Eterno

 

La divina piedad tocar se deja,

 

Y una sola palabra de su boca,

 

Le asegura el suceso por que anhela.

 

De su tremenda voz al eco excelso,

 

De la Tierra, agitado el eje, tiembla;

 

Del Cielo las esferas se estremecen,

 

Y confusa la Liga se consterna.

 

El Rey, que en sólo el Cielo apoyo busca,

 

A estas señas, conoce, a sentir llega,

 

Que por él finalmente y por su causa,

 

Se declara el muy Alto y se interesa.

 

     Súbito la Verdad, por largo tiempo

 

Esperada de Enrique, y siempre prenda

 

De los hombres amada, aunque mil veces

 

Harto desconocida, de la esfera

 

Desciende de los Cielos, penetrando

 

Del magnánimo Rey hasta las tiendas.

 

Velo espeso al principio a los mortales

 

Su semblante hermosísimo reserva;

 

Más de instante en instante, densas sombras,

 

Que la cubren, cediendo, ya se alejan

 

De la luz al fulgor que las entreabre;

 

Y bien pronto, triunfante, se demuestra

 

Del Príncipe a la vista ya tranquila,

 

Con un brillo luciendo, cuya fuerza

 

No desvanece nunca ni deslumbra.

 

     De Enrique el alma grande, que naciera

 

Para gozarla, ve, conoce, y ama

 

Por fin su inmortal luz. Su fe confiesa

 

La sacra Religión tan sobre el hombre,

 

Que su razón confunde. Acá en la tierra,

 

La Iglesia reconoce combatida,

 

Una siempre en el suelo, y de él extensa

 

Por el ámbito todo. Iglesia libre;

 

Bajo de un Jefe empero. Donde quiera,

 

Y en la perenne dicha de los santos,

 

De su Dios adorando la grandeza.

 

El Cristo renaciente y viva hostia

 

De los pecados nuestros, que alimenta

 

Sus caros escogidos, sobre el ara

 

Desciende, y a su vista absorta y ciega,

 

Bajo un pan, que no existe, un Dios descubre.

 

Su corazón sumiso, ya se entrega

 

A tan altos misterios, de que absorto

 

Y asombrado su espíritu, al fin, queda.

 

     El celestial Luis, de Enrique el Padre,

 

Cuya ilustrada mente conociera

 

Llegado ya el momento en que los votos

 

De su amor se coronan y completan;

 

Luis rápidamente enarbolando

 

La oliva, de la paz sereno emblema,

 

De la altura desciende del empíreo,

 

Hacia el Héroe que objeto digno fuera

 

De su místico amor y santo celo,

 

Y de guía sirviéndole, le lleva

 

Él mismo de París a las murallas.

 

A su voz retembladas y entreabiertas

 

Las murallas quedaron, y en el nombre

 

Del Dios Grande, por quien los Reyes reinan,

 

Entra en París. La Liga, confundida,

 

Y rindiendo las armas, humil, se echa

 

De Borbón a las plantas, y de afecto

 

Con abundosas lágrimas las riega.

 

Los sacerdotes todos, reprimidos,

 

Su sedicioso labio por fin sellan.

 

Los Dez-y-seis confusos y aterrados,

 

En vano por do quiera buscan cuevas,

 

En que huir a esconderse; y todo el Pueblo,

 

Trocándose este día, en que granjea

 

Salud tanta, se postra, y homenajes

 

A su Rey, Vencedor y Padre presta.

 

     Se admiró desde entonces dignamente

 

Reinado tan dichoso, que así fuera

 

Empezado harto tarde, y harto presto

 

Concluido también. El Austria tiembla.

 

Feliz y justamente desarmada

 

Roma, adopta a Borbón; y Roma empieza

 

A verse de este amada. La Discordia,

 

A sumergirse vuelve en noche eterna.

 

De su Rey, últimamente a quedar viene

 

Reducido Mayenne a la obediencia;

 

Y sometiendo ya con sus Provincias

 

Su corazón a un tiempo, al cabo llega

 

A ser el más leal y buen vasallo,

 

Del Monarca más justo de la tierra.



FIN

 




90.      [El hambre.] Treinta mil personas murieron en el espacio de un mes.



91.      [Nadan.] «Se hizo la visita, dice Mezerai en su historia, de las habitaciones de los clérigos, y de los conventos de frailes; y todos, inclusos los de los capuchinos, estaban provistos para más de un año.»



92.      [Una mujer.] Es suceso histórico, referido en todas las memorias de aquel tiempo, y repetido entre los horrores del sitio de Sancerre.






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