| Índice | Palabras: Alfabética - Frecuencia - Inverso - Longitud - Estadísticas | Ayuda | Biblioteca IntraText |
| François-Marie Arouet de Voltaire La Henriada IntraText CT - Texto |
Canto décimo
Argumento
|
|
Vuelve el Rey a su ejército. Renuévase el sitio. Combate singular del vizconde de |
|
|
Turena y el caballero de Aumale. Hambre horrible, que consume la ciudad. El Rey |
|
|
alimenta a los mismos sitiados. El Cielo recompensa, por fin, sus virtudes. La |
|
|
Verdad viene a iluminarle. París le abre sus puertas, y acábase la guerra. |
|
|
Tan peligrosas horas prodigadas |
|
|
En la afeminación y la pereza, |
|
|
Su flaca situación a los vencidos |
|
|
Hicieran olvidar. Ya el de Mayena, |
|
|
Preparádose había, a punto estaba |
|
|
De otra lid arrostrar, otras empresas, |
|
|
Y de esperanzas nuevas embriagado, |
|
|
Era el pueblo infeliz víctima de ellas. |
|
|
Más nada al impaciente Enrique embarga, |
|
|
Que a poner alta cima se acelera |
|
|
De su infiel capital a la conquista. |
|
|
Y París espantado, con sorpresa, |
|
|
Del campo de Borbón, que se acercaba, |
|
|
Flotantes a ver vuelve las banderas. |
|
|
Al pie de sus murallas nuevamente, |
|
|
El héroe formidable se presenta; |
|
|
Murallas, do su rayo aún humo exhala, |
|
|
Murallas, que en cenizas no pudieran |
|
|
Resolverse a dejar, en aquel día, |
|
|
En que de la feliz nación Francesa |
|
|
El Ángel tutelar, aparecido, |
|
|
Su indignación calmando, suspendiera |
|
|
De su triunfante brazo los rigores. |
|
|
Todo el campo, del Rey a la presencia, |
|
|
De gritos de alegría puebla el viento. |
|
|
Y hacia París mirando, cual su presa, |
|
|
Ya con ávidos ojos le devora. |
|
|
Los de la Liga, en tanto, que consterna |
|
|
El más justo terror, en torno todos |
|
|
Del prudente Mayenne a unirse vuelan, |
|
|
Allí el audaz Aumale la palabra |
|
|
El primero tomando, con fiereza |
|
|
De todo acuerdo tímido enemiga, |
|
|
Del general Consejo a la Asamblea, |
|
|
Este lenguaje impávido dirige. |
|
|
«Hasta el día, a escondernos con vergüenza |
|
|
Aprendido no hubimos. A nosotros |
|
|
Ese enemigo viene. Que allá afuera |
|
|
A encontrarle marchemos, nos importa. |
|
|
Allá es do llevar nos interesa |
|
|
Un dichoso furor. De los franceses |
|
|
El ímpetu conozco en las refriegas. |
|
|
Su arremetiente ardor, la obscura sombra |
|
|
De los muros entibia, y es a medias |
|
|
Vencido ya el francés que es atacado. |
|
|
La desesperación, veces diversas |
|
|
Victorias consiguió. Todo lo espero |
|
|
Del activo vigor de nuestra fuerza, |
|
|
Y nada de la inerte de esos muros. |
|
|
¡Héroes que me escucháis, almas guerreras! |
|
|
A los campos volad del fiero Marte. |
|
|
¡Pueblos que me seguís en su carrera! |
|
|
Vuestros jefes serán vuestras murallas.» |
|
|
Y calló; más de audacia tan extrema, |
|
|
Claramente indicando los ligados, |
|
|
Acusar en silencio la imprudencia, |
|
|
De rubor encendido, lee con rabia |
|
|
En sus confusos ojos la respuesta, |
|
|
Que a su arenga el temor dictado había. |
|
|
«Y bien, Franceses, dice, pues mis huellas |
|
|
A seguir no se atreven vuestros pechos, |
|
|
Sobrevivir no quiero a tal afrenta. |
|
|
Vos teméis los peligros; más yo solo |
|
|
A provocarlos salgo. De mí aprendan |
|
|
A vencer vuestros ánimos, o al menos, |
|
|
A morir con honor en la palestra.» |
|
|
Pronto una puerta abrir de París hace; |
|
|
Y del inmenso pueblo que lo cerca |
|
|
Arredrando la escolta, al campo avanza. |
|
|
Cual de duelos ministro, a la pelea |
|
|
En su marcha un heraldo le precede, |
|
|
Que del Rey penetrando hasta las tiendas, |
|
|
En alta y hostil voz, así pregona. |
|
|
«Cualquiera que la gloria en algo aprecia, |
|
|
En singular batalla, salga al punto |
|
|
Al campo del honor; al punto venga |
|
|
El lauro a disputar de la victoria. |
|
|
Aquí el de Aumale os llama, y aquí os reta. |
|
|
Pareced caballeros enemigos.» |
|
|
De tan osado bando a la voz fiera, |
|
|
Cada Jefe, a porfía, aspira ardiente, |
|
|
De su celo impelido, nuevas pruebas |
|
|
Contra de Aumale a dar de sus esfuerzos, |
|
|
Tan ilustre elección, tal preferencia, |
|
|
Todos cerca del Rey con ansia intrigan. |
|
|
Todos de su valor tan bella prenda, |
|
|
Tenían de antemano bien ganada, |
|
|
Más de todos, al fin, en competencia, |
|
|
Ventaja tan preciosa, blasón tanto, |
|
|
Se arrebata el intrépido, Turena. |
|
|
En sus manos, el Rey, el nombre todo, |
|
|
La gloria de la Francia deja puesta. |
|
|
«Ve Turenne, le dice, presto corre |
|
|
A abatir de un soberbio la insolencia. |
|
|
Por tu Patria, este día, por ti mismo, |
|
|
Y a un tiempo por tu Príncipe pelea. |
|
|
Sus armas en efecto dél recibe.» |
|
|
Y su espada al decírselo, le entrega. |
|
|
«No, sin duda, gran Rey, así responde, |
|
|
Su rodilla abrazando, el noble atleta, |
|
|
Jamás vuestra esperanza saldrá vana. |
|
|
Este acero, señor, por mí lo atesta. |
|
|
Yo lo juro por vos.» Dijo; en sus brazos, |
|
|
Al punto de partir, el Rey le estrecha, |
|
|
Y hacia el puesto se arroja velozmente, |
|
|
Donde de Aumale ya, con impaciencia, |
|
|
Que un campeón pareciese ufano aguarda. |
|
|
Del pueblo de París la turba inmensa |
|
|
Sus muros coronaba. Los soldados |
|
|
De Borbón, cerca dél, el duelo observan. |
|
|
Sobre el uno y el otro combatiente, |
|
|
Todos sus ojos fijan en la escena; |
|
|
Y cada cual de entrambos, en el uno, |
|
|
Viendo a su defensor, coraje intenta |
|
|
Con su gesto inspirarle y con sus gritos. |
|
|
Sobre París, entonces, verse deja |
|
|
Una nube pendiente, que en su seno, |
|
|
Conducir parecía entre la recia |
|
|
Tempestad, el relámpago y el rayo. |
|
|
Sus fogosas entrañas rubinegras |
|
|
Allí al golpe estallando fuera arrojan |
|
|
De monstruos del infierno una caterva. |
|
|
El Fanatismo horrible, la Discordia |
|
|
Sanguinaria, feroz, y turbulenta, |
|
|
De falso corazón y vista zaina |
|
|
La Política umbría, y de la guerra |
|
|
Respirando el mal Genio sus furores, |
|
|
De sangre finalmente, que bebieran, |
|
|
Embeodados Dioses, Dioses dignos |
|
|
De los Ligados, caen, y se sientan |
|
|
De la ciudad rebelde sobre el muro. |
|
|
Por Aumale a luchar todos se aprestan; |
|
|
Cuando allí sobre el campo, a un mismo tiempo; |
|
|
A los cielos la bóveda entreabierta, |
|
|
En la región del aire, sobre un trono, |
|
|
Descender se ve un ángel, con diadema |
|
|
De rayos mil ceñido, que flotando, |
|
|
Y entre llamas hendiendo su carrera |
|
|
Sobre fúlgidas alas, tras sí lejos, |
|
|
De surcos de la luz, que le rodea, |
|
|
El Occidente deja iluminado. |
|
|
En una mano, sacra oliva lleva, |
|
|
De la paz siempre amable y suspirada |
|
|
Consolador presagio. En otra, ostenta, |
|
|
Y de un Dios vengador hace que brille |
|
|
Aquel horrible acero, que blandiera |
|
|
Del exterminador la fiera mano, |
|
|
Cuando a la indignación de Dios tremenda |
|
|
Plugo un tiempo librar a voraz muerte, |
|
|
De una indómita raza altiva y necia, |
|
|
Los hijos primogénitos. De espada |
|
|
Tan terrible al aspecto, se consternan |
|
|
Los infernales monstruos, desarmados, |
|
|
Atónitos y estúpidos se quedan. |
|
|
El terror en cadenas los envuelve; |
|
|
Y un poder invencible, las saetas |
|
|
De su inflexible tropa abate todas. |
|
|
Al modo, que otra vez, caer hiciera |
|
|
En sangre humana tintas, de sus aras, |
|
|
Aquel fiero Dagon, deidad horrenda |
|
|
Del fuerte filisteo; cuando un día, |
|
|
Del Gran Dios de los Dioses, ya traspuesta, |
|
|
En su templo, a sus ojos espantados, |
|
|
Del Testamento el Arca se expusiera. |
|
|
El Ejército, el Rey, París entero, |
|
|
El Cielo y el Infierno, a fijar llegan |
|
|
En combate tan célebre sus ojos. |
|
|
Al punto ambos guerreros en ley entran |
|
|
De la terrible lid a la estacada; |
|
|
Y del campo de honor ya la barrera |
|
|
Abre a la usanza el Rey. El peso enorme |
|
|
De la adarga, sus brazos no molesta, |
|
|
Ni sus pechos intrépidos ocultan, |
|
|
De una intrincada malla cotas recias, |
|
|
Duros bustos de acero, que ornamento |
|
|
De antiguos caballeros ser soliera, |
|
|
Refulgente a la vista, y a los golpes |
|
|
Impenetrable a un tiempo. Ellos desprecian |
|
|
Arreos que pesada más harían |
|
|
Y menos peligrosa la palestra. |
|
|
Era su arma una espada. No les cubre |
|
|
Otra defensa más; y toda expuesta |
|
|
Al riesgo la persona, el uno al otro |
|
|
Mutuamente avanzándose se acerca. |
|
|
«¡Gran Dios, Turena exclama, Árbitro eterno |
|
|
De mi Príncipe! baja, y su querella, |
|
|
Su causa juzga ya. Por él combate, |
|
|
Y pelee conmigo tu alta diestra: |
|
|
¿Qué importará el valor, que de tu brazo |
|
|
La protección divina no sostenga? |
|
|
Es bien poco, Señor, lo que este día, |
|
|
Confiado en ti sólo el de Turena, |
|
|
Espera de sí mismo; pero todo |
|
|
Del poder de tu mano justiciera.» |
|
|
«Yo, responde de Aumale, yo lo espero |
|
|
Únicamente todo, de la fuerza |
|
|
De mi propio valor y de este brazo. |
|
|
De las luchas la suerte fausta o adversa, |
|
|
De nosotros depende solamente. |
|
|
A la Deidad suprema, en vano apela, |
|
|
En vano el hombre tímido la implora. |
|
|
Tranquila allá en el Cielo, acá nos deja |
|
|
Sólo a nosotros mismos entregados. |
|
|
El partido más justo en las contiendas |
|
|
De poder a poder entre los hombres, |
|
|
Es el del que triunfante sale de ellas. |
|
|
El esfuerzo, Turena, el valor sólo, |
|
|
El Árbitro y el Dios son de la guerra.» |
|
|
Dijo: y con una ojeada, que de furia |
|
|
Y altanera arrogancia centellea, |
|
|
De su rival insulta la confianza, |
|
|
No menos grave y digna que modesta. |
|
|
Ya resuena el clarín. Ya velozmente |
|
|
Parten los dos campeones a su seña. |
|
|
Ya a arremeterse llegan, y los riesgos |
|
|
Del combate por fin, ambos comienzan. |
|
|
Todo cuanto pudieran hasta entonces |
|
|
El brío y el valor, con la firmeza, |
|
|
El ardid y constancia combinados, |
|
|
De ambas partes campaba en tal pelea. |
|
|
Si cien golpes se tiran, cien se paran, |
|
|
Y se cubren con rápida presteza. |
|
|
Tan pronto, con furor, el uno de ellos |
|
|
Veloz se precipita, y con la mesma |
|
|
Rapidez, el contrario quita el golpe. |
|
|
Tan pronto, aproximándose, que llegan |
|
|
A abrazarse parece. Su peligro, |
|
|
Que renace inminente, y se acrecienta |
|
|
Cada instante, un placer presta horroroso. |
|
|
Gusto daba el mirar cómo se observan, |
|
|
Cómo los dos se temen mutuamente: |
|
|
Cómo se avanzan ambos, y repliegan; |
|
|
Cómo entrambos se miden, y se aguardan. |
|
|
El centellante acero, con destreza |
|
|
Desviado, la vista ilude y turba |
|
|
Con fintas, que aquí encaran, y allí asestan. |
|
|
Tal se mira del sol la luz fulgente, |
|
|
Que sus rayos de fuego dobla y quiebra |
|
|
En el onda diáfana, en que rotos, |
|
|
Y más y más dispersos por mil sendas |
|
|
Del paso en que refringen, a los aires, |
|
|
De donde ya partieran, dan la vuelta |
|
|
Desde el móvil cristal. Sobresaltada |
|
|
La espectadora turba, y sin que pueda |
|
|
Comprender lo que ve, perpleja toda, |
|
|
Por momentos su triunfo o ruina espera. |
|
|
Es el joven Aumale más ardiente, |
|
|
Fuerte más y furioso. No es Turena |
|
|
Tan impetuoso, no; pero más diestro, |
|
|
Dueño de sus sentidos, no le obceca |
|
|
La cólera jamás, sólo le anima, |
|
|
Y a placer su rival cansa y molesta. |
|
|
En mil vanos esfuerzos empeñado |
|
|
Del de Aumale el vigor, exhausto queda; |
|
|
Y bien presto su brazo, inútilmente |
|
|
Quebrantado y rendido, ya no presta |
|
|
Servicio a su valor. Notando, entonces |
|
|
Turena, que lo mira, su flaqueza, |
|
|
Se reanima, le acosa, le comprime, |
|
|
Le persigue, y al fin, hiere y penetra |
|
|
De una mortal herida su costado. |
|
|
Tendido ya de Aumale, se revuelca |
|
|
Entre olas de su sangre. Del Infierno |
|
|
Todos aquellos monstruos, braman, tiemblan, |
|
|
Y estos acentos lúgubres se oyeron |
|
|
En los aires sonar: «Cayó por tierra |
|
|
El trono de la Liga para siempre. |
|
|
Has vencido Borbón. Nuestra potencia, |
|
|
Nuestro Reino pasó.» A estos acentos |
|
|
Su lamentable grito el pueblo mezcla. |
|
|
Exánime de Aumale, ya postrado |
|
|
Sin aliento y vigor sobre la arena, |
|
|
Que aún su rival retaba parecía; |
|
|
Pero ¡o vano furor! Ya se le suelta |
|
|
El formidable acero de la mano; |
|
|
Y aun todavía, bravo, a hablar se esfuerza; |
|
|
Más su voz entre el labio opresa expira. |
|
|
De verse así vencido la vergüenza, |
|
|
Dábale con horror más fiero aspecto. |
|
|
Quiere alzarse: recae. Entreabre apenas |
|
|
Un ojo moribundo: a París mira, |
|
|
Y suspirando muere. Tú le vieras, |
|
|
Desgraciado Mayenne, agonizando; |
|
|
Tú le viste y temblaste ¡audaz Mayena! |
|
|
Y en momento tan mísero y horrible, |
|
|
La imagen funestísima ya cerca |
|
|
Presentose a tu espíritu turbado, |
|
|
De tu infalible pérdida completa. |
|
|
De París entre tanto, hacia los muros, |
|
|
El cadáver de Aumale, a marcha lenta |
|
|
Taciturnos soldados devolvían. |
|
|
Tan funeraria pompa y lastimera, |
|
|
Por medio de un gran pueblo consternado |
|
|
Atónito y confuso, avanza y entra. |
|
|
Temblando, cada cual, mira aquel cuerpo |
|
|
Desfigurado todo: macilenta, |
|
|
Manchada observa en sangre aquella frente; |
|
|
Aquella boca advierte medio abierta; |
|
|
La cabeza hacia un lado descolgada, |
|
|
Suelta y de polvo sucia la melena; |
|
|
Ve por fin unos ojos, en que todos |
|
|
Sus estragos y horror la muerte ostenta. |
|
|
Ya no corren más lágrimas. Se embargan |
|
|
Los públicos lamentos. La vil mengua, |
|
|
La lástima, el pavor y abatimiento, |
|
|
Los sollozos ahogan, y las quejas |
|
|
Reprimen populares. Todo calla. |
|
|
Todo ya compungido solo tiembla; |
|
|
Cuando un ruidoso son, de horror colmado, |
|
|
Sobreviene de súbito, y aumenta |
|
|
El lúgubre terror de aquel silencio. |
|
|
Hasta el Cielo lanzándose, se elevan |
|
|
Del fiero sitiador hórridos gritos. |
|
|
Caudillos y soldados, se reunieran |
|
|
Del Rey cerca, pidiéndole el asalto; |
|
|
Más el augusto Luis, que el ángel era |
|
|
De la Francia custodio, y de su hijo, |
|
|
La cólera de Enrique, el ardor templa; |
|
|
Así suele, mil veces, de aquilones, |
|
|
Pendientes en los aires, la braveza, |
|
|
Domeñar de los fieros elementos |
|
|
El invisible Móvil. Él barreras |
|
|
A los mares fijó, donde las olas |
|
|
A estrellar sus furores siempre vengan. |
|
|
Él ciudades abisma, y en ruinas |
|
|
Las convierte su enojo, y las dispersa. |
|
|
Del hombre el corazón tiene en su mano. |
|
|
Enrique, cuyo fuego reprimiera |
|
|
El compasivo Cielo, los furores |
|
|
De sus triunfantes huestes encadena. |
|
|
Sentía al fin, Borbón, cuánto aún ingrata, |
|
|
De su Patria el amor su pecho afecta. |
|
|
Quiérela redimir: Salvarla quiere |
|
|
Del calor de su cólera guerrera. |
|
|
De sus vasallos propios execrado, |
|
|
De su Pueblo ofendido, sólo anhela |
|
|
A darles su perdón. Ellos son solos |
|
|
Los que perderse quieren, cuando él piensa |
|
|
Solamente en ganarles. Por felice |
|
|
Tendríase, si audacia tan proterva |
|
|
Solo a fuerza venciendo de bondades, |
|
|
A aquellos infelices redujera, |
|
|
Y a pedirle su gracia les forzara. |
|
|
Arrastrarlos pudiendo entre cadenas, |
|
|
Benigno y generoso, su bloqueo |
|
|
A formar se limita; y así deja |
|
|
De arrepentirse tiempo a sus delirios. |
|
|
Creyó, que sin batallas más, sangrientas, |
|
|
Sin alarmas, ni asaltos, ni degüellos, |
|
|
El hambre solamente y la miseria, |
|
|
Más fuertes y apremiantes que sus armas, |
|
|
Le entregarían ya, sin resistencia, |
|
|
Y sin desastres más, ni más fatigas, |
|
|
Un exánime pueblo, a la laceria |
|
|
Del lujo trasladado y la abundancia, |
|
|
En que nutrido y avezado fuera; |
|
|
Y que vencido al cabo de sus males, |
|
|
Y flexible por fin a la indigencia, |
|
|
En venir no tardase, de rodillas |
|
|
A implorar sin recurso su clemencia; |
|
|
Más ¡ay! el falso celo, que no puede |
|
|
Ceder en ningun caso, cruel enseña |
|
|
A aventurarlo todo y resistirlo. |
|
|
La ignara multitud, la turba necia |
|
|
De los amotinados, cuya vida |
|
|
Perdonar, conservar, piadoso intenta |
|
|
La vengadora mano que ultrajaran, |
|
|
Por flaqueza del Príncipe interpreta |
|
|
Su virtud generosa, y más altiva |
|
|
Con sus raras piedades, sus proezas, |
|
|
Su valor olvidando, tan buen Dueño, |
|
|
Tan benéfico Rey aún más desprecia, |
|
|
Su ilustre Vencedor más desafía, |
|
|
Y la ociosa venganza de su ofensa, |
|
|
Bárbara y obstinada más insulta, |
|
|
Como un mísero indicio de impotencia. |
|
|
Más cuando de las aguas, finalmente, |
|
|
El curso cautivado ya del Sena, |
|
|
De transportar cesara a tan gran pueblo |
|
|
Los copiosos tributos, que le pechan |
|
|
De ordinario, las mieses abundosas |
|
|
De su vasta y feraz circunferencia, |
|
|
Y pálida y cruel fue en París vista |
|
|
El hambre, que la Muerte le presenta 90 |
|
|
Marchando de ella en pos, entonces se oyen |
|
|
Horribles alaridos y querellas. |
|
|
La soberbia París, viose bien pronto |
|
|
De desgraciados seres toda llena, |
|
|
Que una trémula mano y desecada, |
|
|
A la piedad tender pueden apenas; |
|
|
Cuya transida voz agonizante, |
|
|
En vano mendigaba, por do quiera |
|
|
El sustento y la vida; cuando en medio |
|
|
De sus mismos tesoros, la opulencia |
|
|
Después de esfuerzos mil, en balde todos, |
|
|
Presto el rigor sufrió del hambre negra. |
|
|
Pavorosos de allí ya huido habían |
|
|
Los convites, los juegos y las fiestas, |
|
|
En que de mirto y rosa coronadas |
|
|
Por Venus y por Baco las cabezas, |
|
|
Donde, en medio de gustos y delicias, |
|
|
Siempre de duración harto ligera, |
|
|
Vinos mil perfumados, mil viandas |
|
|
De las más decantadas y selectas, |
|
|
Bajo dorados techos, donde habita |
|
|
La lúbrica molicie y se recrea, |
|
|
Del hastiado gusto melindroso, |
|
|
Irritaban la lánguida pereza. |
|
|
Horror y espanto daban las figuras |
|
|
De tantos voluptuosos, ya desechas, |
|
|
Lívidas y amarillas, que llevando |
|
|
En sus ojos la muerte, y de riquezas, |
|
|
Y de un lujo magnífico en el seno, |
|
|
Acorando, muriendo ya de inedia, |
|
|
De su fortuna y bienes detestaban |
|
|
La inútil abundancia. En medio de ella, |
|
|
Aquí un anciano padre, cuyos días |
|
|
A finir iba el hambre, el hijo observa, |
|
|
Que sin pecho en la cuna gime y muere. |
|
|
Una familia, allí, perece entera |
|
|
Entre accesos furiosos de la rabia. |
|
|
Tendidos, más allá, yacen por tierra |
|
|
Y entre el polvo se vuelcan, miserables, |
|
|
Que en medio de agonías, aún pelean |
|
|
Por desechos del suelo los más viles. |
|
|
Al impulso del hambre impía y fiera, |
|
|
Ultrajando estos hórridos espectros, |
|
|
A la humana común naturaleza, |
|
|
En la fétida hondura de las tumbas |
|
|
A buscar su sustento se enderezan. |
|
|
Los huesos de los muertos espantados, |
|
|
Cual si trigo el más limpio y puro fueran, |
|
|
Por aquellos hambrientos se preparan |
|
|
Y con ansia devoran. ¿Qué no atentan |
|
|
Las extremas miserias? Se le ha visto, |
|
|
Por postrimer recurso, de las mesmas |
|
|
Cenizas de sus padres sustentarse. |
|
|
Manjar tan detestable, le acarrea |
|
|
Anticipada muerte, y su comida, |
|
|
Ha sido para ellos la postrera. |
|
|
Los Doctores fanáticos, en tanto, |
|
|
Que lejos, por su parte, de que en estas |
|
|
Calamidades públicas sufriesen, |
|
|
A sus necesidades redujeran |
|
|
Todas sus paternales atenciones, |
|
|
Nadan entre la copia, que reservan 91 |
|
|
A la sagrada sombra de las aras, |
|
|
Y del Dios, que así ofenden, la paciencia |
|
|
Atestando, y corriendo todo el pueblo, |
|
|
Su constancia animaban y firmeza. |
|
|
A los unos, a quienes ya los ojos |
|
|
La muerte a cerrar iba, en recompensa, |
|
|
Sus liberales manos, del empíreo |
|
|
Las puertas les abrían. A otros muestran, |
|
|
Con proféticos ojos, ya pendientes, |
|
|
Y del trueno encendidas las centellas |
|
|
Sobre el Príncipe hereje. En breve espacio, |
|
|
Por inmensos socorros, que ya llegan, |
|
|
Salvo a París anuncian, y del Cielo |
|
|
Pronto a caer maná que les provea. |
|
|
Atractivos tan huecos ¡ah! tan vanos |
|
|
Estériles anuncios y promesas, |
|
|
A aquellos desdichados encantaban |
|
|
Fáciles de engañar. Por la caterva |
|
|
De insidiosos ministros, seducidos, |
|
|
Y de los Dez-y-seis por la asamblea |
|
|
De terror embargados, obedientes, |
|
|
Y aún más, cuasi contentos, ya se dejan |
|
|
A sus plantas morir. ¡Harto felices, |
|
|
En dejar de una vez tal existencia! |
|
|
De un tropel de extranjeros habitantes, |
|
|
La rebelde ciudad llena se viera; |
|
|
Tigres, que nuestros padres, allá un tiempo |
|
|
En su seno abrigaran y nutrieran; |
|
|
Más crueles, sin duda, que la muerte, |
|
|
Y más fieros que el hambre y que la guerra. |
|
|
De estas extrañas gentes, una parte, |
|
|
De las campiñas bélgicas viniera. |
|
|
De los montes y rocas escarpadas |
|
|
De la Helvecia, las otras descendieran; |
|
|
Bárbaros por oficio, cuya industria |
|
|
Y única ocupación, la guerra hiciera, |
|
|
Y que su sangre venden al primero, |
|
|
Que acomoda comprársela y verterla. |
|
|
De estos nuevos tiranos advenidos, |
|
|
Licenciosas cohortes y avarientas, |
|
|
Los hogares pacíficos violando, |
|
|
De tropel abatiéndole sus puertas, |
|
|
Mil variadas muertes a sus dueños |
|
|
Asustados y atónitos presentan; |
|
|
No por ir a robar tesoro inútil; |
|
|
Ni menos, todavía, por que quieran, |
|
|
Con adúltera mano, arrebatarle |
|
|
A la trémula madre una doncella. |
|
|
Necesidad voraz del hambre sola, |
|
|
Es la que sufocada inerte deja |
|
|
Cualquier otra pasión en su vil alma. |
|
|
Su atroz requisición, sólo el fin lleva |
|
|
De descubrir, do quiera, algún sustento, |
|
|
Cuya más vil porción y más pequeña, |
|
|
Por dichosa conquista se apreciaba. |
|
|
No hubo horror ni suplicio ni fiereza, |
|
|
Que para haber los míseros de hallarle, |
|
|
Su extremado furor no discurriera. |
|
|
En medio de horror tanto, mujer hubo, 92 |
|
|
Mujer hubo ¡o gran Dios! (¿qué fuerza sea, |
|
|
Guarde nuestra memoria de un suceso |
|
|
Tan horroroso, el cuadro?) hubo un hembra, |
|
|
Que de sus manos viera por los propios |
|
|
Impíos corazones, con violencia |
|
|
Un residuo arrancar de su sustento. |
|
|
A perecer tan próximo como ella, |
|
|
Todo el resto, era un hijo, de los bienes, |
|
|
Que le robara ya fortuna adversa. |
|
|
Un agudo puñal coge furiosa, |
|
|
Y cual fuera de sí, parte, y se acerca |
|
|
Al niño angelical, que sus bracitos |
|
|
Le tendía famélicos. Su inedia |
|
|
Su flébil voz, sus mimos a la madre |
|
|
Mil lágrimas arrancan. Hacia él vuelta |
|
|
Su horrorizada cara, de cariño |
|
|
De lástima, dolor, y rabia llena, |
|
|
De la rebelde mano, por tres veces, |
|
|
El hierro parricida se le suelta. |
|
|
Más que el hambre, por fin, vence la rabia, |
|
|
Y con trémula voz, la cruel estrella |
|
|
De su fecundidad y su himeneo |
|
|
Maldiciendo, colmando de blasfemias, |
|
|
«¡Hijo mio querido y desgraciado!» |
|
|
Su frenético labio así se expresa; |
|
|
«¡Hijo que mis entrañas han traído, |
|
|
Cuán en vano, a una edad de horror cubierta, |
|
|
La vida recibiste! O los tiranos, |
|
|
O ya el hambre, a robártela se aprestan. |
|
|
¿Porqué has pues de vivir? Para que errante |
|
|
Desdichado en París, lágrimas puedas |
|
|
Derramar sobre el resto de sus ruinas. |
|
|
Muere, sin que mi mal y tu miseria |
|
|
Llegues a conocer. Vuelve a tu madre, |
|
|
El triste día y sangre que te diera. |
|
|
Mi desgraciado seno, de sepulcro |
|
|
Te servirá, infelice. París vea |
|
|
Un nuevo crimen.» Dijo: y furibunda, |
|
|
Con despechado brazo, loca, ciega, |
|
|
Toda de horror convulsa, en su costado |
|
|
El puñal parricida enclava fiera. |
|
|
A cerca del hogar, vertiendo sangre, |
|
|
A aquel tierno cadáver veloz lleva, |
|
|
Y su temblona mano, que impelía |
|
|
Del hambre inexorable impía fuerza, |
|
|
Con un ansia voraz, a prepararle |
|
|
Tan horrible manjar, se daba priesa; |
|
|
Cuando también del hambre allí atraída, |
|
|
La misma desalmada soldadesca |
|
|
En aquellos hogares delincuentes, |
|
|
Otra horrible incursión de nuevo empieza. |
|
|
De aquellos forajidos el transporte, |
|
|
Al cruel alborozo se asemeja, |
|
|
Con que al oso voraz y león hambriento, |
|
|
Arrojar se les ve sobre su presa. |
|
|
Furiosos, y a porfía, el uno al otro |
|
|
Empujando, a romper corren la puerta. |
|
|
¡Qué terror! ¡qué sorpresa! De un cadáver, |
|
|
Ensangrentado todo, y puesto en piezas, |
|
|
Al lado, una mujer, que aún su caliente |
|
|
Sangre chorreando está, se les acerca. |
|
|
«Sí, les dice, sí; ¡monstruos inhumanos! |
|
|
Mi hijo es el que veis. Barbaries vuestras, |
|
|
Estas manos mancharon en su sangre. |
|
|
De agradable vianda en vuestra mesa |
|
|
El hijo y madre sirvan. ¿Temeríais, |
|
|
A la naturaleza tal afrenta |
|
|
Más que yo propia hacer? ¿Qué horror, qué pasmo, |
|
|
A tal aspecto, tigres, os congelan? |
|
|
Para vosotros solos prevenidos |
|
|
Están festines tales.» A estas fieras |
|
|
Insensatas razones, que su labio |
|
|
Vierte con saña atroz, clavado deja |
|
|
En su pecho un puñal. De horror y miedo |
|
|
Agitados los monstruos, se dispersan, |
|
|
Huyendo pavorosos, sin que el rostro |
|
|
A tan funesto hogar volver se atrevan. |
|
|
Sobre sí, cada paso, ardiente fuego |
|
|
Caer del Cielo airado todos piensan; |
|
|
Y el pueblo, del rigor de su destino |
|
|
Despechado, por fin, manos eleva |
|
|
A los Cielos, pidiéndoles la muerte. |
|
|
De horror tanto corriendo van las nuevas |
|
|
Al pabellón del Rey, que compasivo, |
|
|
Su corazón sintió tocado de ellas. |
|
|
A lástima se mueven sus entrañas; |
|
|
Y sobre el pueblo infiel lágrimas suelta. |
|
|
«Tú, ¡Omnipotente Dios! exclama Enrique; |
|
|
Tú que leyendo estás, y que sondeas |
|
|
Del hombre el corazón, tú que conoces |
|
|
Cuanto puedo y emprendo, tú no mezclas, |
|
|
Tú sin duda distingues, de mi causa |
|
|
La injusta de la Liga. Mis sinceras, |
|
|
Mis inocentes manos muy bien puedo |
|
|
Levantar hacia ti. Tú lo penetras, |
|
|
Tú lo sabes Señor; yo ya mis brazos |
|
|
A los amotinados les tendiera. |
|
|
No me imputes ¡O Dios! ni sus desgracias, |
|
|
Ni sus crímenes, no. Que allá se avenga |
|
|
Mayenne, con las víctimas que impío, |
|
|
A su ambición inmola. O como quiera, |
|
|
Impute tanto mal, tanto desastre, |
|
|
A la necesidad, la excusa honesta, |
|
|
El pretexto común de los tiranos. |
|
|
De mis ilusos pueblos la miseria |
|
|
Lleve el caudillo pérfido hasta el colmo. |
|
|
Él solo es su enemigo. Que lo sea. |
|
|
Yo debo ser, y soy su amante padre. |
|
|
A mí por tanto toca, a mí interesa |
|
|
Alimentar mis hijos, y mis pueblos |
|
|
Arrancar de las garras carniceras |
|
|
De esos voraces lobos, aunque armados |
|
|
Contra mí mismo acaso se les vea |
|
|
De mis propias bondades y socorros, |
|
|
Y más que por salvarles, mi diadema |
|
|
A perder yo llegase. A cualquier costa, |
|
|
Que se rediman quiero. No perezca |
|
|
Mi amado Pueblo, no. Quiero que viva. |
|
|
No me importa a qué precio. Yo le vea |
|
|
De esas sus plagas libre, que le pierden, |
|
|
Y protegerle pérfidas afectan. |
|
|
A su pesar salvémosle. Y si acaso, |
|
|
Una excesiva lástima me cuesta |
|
|
Mi hereditario trono, que a lo menos, |
|
|
Sobre mi tumba un día leerse pueda: |
|
|
EL ENEMIGO, Enrique, GENEROSO |
|
|
DE SUS PROPIOS VASALLOS, NO DESEA |
|
|
REINAR TANTO SOBRE ELLOS, COMO QUIERE |
|
|
SALVARLOS DE LA MUERTE Y LA MISERIA.» |
|
|
Dice; y que sin estrépito su tropa |
|
|
A la hambrienta ciudad se acerque, ordena; |
|
|
Que pláticas se lleven al momento |
|
|
De paz al ciudadano, y se le ofrezcan |
|
|
En lugar de venganzas beneficios. |
|
|
A tan divina orden, obediencia |
|
|
Presta pronto el soldado, y al instante, |
|
|
Mil gentes de París los muros llenan. |
|
|
Allí avanzar se ven a paso lento, |
|
|
Cuerpos trémulos, lívidos, que apenas |
|
|
Animados parecen: semejantes |
|
|
A las sombras, que un tiempo, se fingiera |
|
|
Hacer aparecer, a su albedrío, |
|
|
De los Tartáreos reinos y cavernas |
|
|
Los Magos a su voz, cuando furiosa, |
|
|
Del profundo Cocito en su carrera |
|
|
Los rápidos torrentes deteniendo, |
|
|
De los errantes manes las catervas |
|
|
Del infierno evocaba. ¡Qué extremadas |
|
|
De aquellos moribundos la sorpresa, |
|
|
La confusión no fueron! ¡Su enemigo, |
|
|
Su cruel enemigo, a nutrir llega, |
|
|
La vida a sustentar al que le injuria! |
|
|
¡De división de horrores y de penas |
|
|
Llenos, por los que el nombre dulce y grato |
|
|
De amigos y de apoyos falsos llevan, |
|
|
Sólo en sus pretendidos opresores |
|
|
Hallan por fin socorros y clemencia! |
|
|
Rasgo tan singular, tan desusado, |
|
|
Increíble a su mente se presenta. |
|
|
Delante de ellos ven aquellas picas, |
|
|
Aquellos fieros dardos y ballestas, |
|
|
Que de crueldades varias de fortuna |
|
|
Instrumento hasta entonces sólo fueran, |
|
|
Aquellas lanzas ven, que de la muerte |
|
|
Las conductoras eran más funestas, |
|
|
Del generoso Enrique obedeciendo |
|
|
El paternal amor y bondad regia, |
|
|
En las extremidades de sus puntas, |
|
|
Que aún en sangre teñidas amedrentan, |
|
|
La vida transportarles. «¿Y son, dicen, |
|
|
Y son estos los monstruos, son las fieras, |
|
|
Que malignas y horribles nos contaban? |
|
|
¿Y es este aquél que pintan y exageran |
|
|
Cual tirano terrible a los mortales, |
|
|
Enemigo de Dios, y un alma llena |
|
|
De rabioso furor? ¡Ah! Del Dios vivo |
|
|
La imagen es más fúlgida y más bella. |
|
|
Un Rey es bienhechor. Es de monarcas |
|
|
El más cabal modelo de la tierra. |
|
|
De sus leyes y mano generosa |
|
|
Bajo el próspero auspicio y la tutela, |
|
|
Vivir no merecemos. Él triunfante, |
|
|
Perdona, y libra, y ama, y hasta premia |
|
|
Al mismo que le ofende ¡Ojalá a costa |
|
|
De nuestra sangre toda, un día pueda |
|
|
Su soberano imperio cimentarse! |
|
|
De la calamidad y muerte horrenda, |
|
|
De que padre nos salva, ya harto dignos, |
|
|
Los días, que piadoso nos conserva, |
|
|
Consagrémosle gratos y obedientes.» |
|
|
Tal en París entonces la voz era |
|
|
De aquellos ya ablandados corazones. |
|
|
Tal el común sufragio y la respuesta. |
|
|
Más ¿quien podrá jamás asegurarse |
|
|
En la turba de un pueblo novelera? |
|
|
Cuya feble amistad en aspavientos |
|
|
Exhalándose toda, y hablas huecas, |
|
|
Si tal vez sobre sí, breves instantes, |
|
|
Contra el orden común, justa, se eleva, |
|
|
Siempre recae al fin? Los sacerdotes, |
|
|
Cuyo fatal influjo y elocuencia, |
|
|
Los fuegos que la Francia devoraban, |
|
|
Cien veces atizaran y encendieran, |
|
|
Van a mostrarse en pompa al mustio pueblo, |
|
|
Y tales invectivas le enderezan. |
|
|
«¡Sin valor combatientes y cristianos, |
|
|
Sin celo, sin virtud, sin fe sincera! |
|
|
¿De qué atractivos bajos y terrenos |
|
|
Seduciros dejabais por flaqueza? |
|
|
¿Os haría del mundo un bien caduco, |
|
|
Del martirio olvidar palmas perpetuas? |
|
|
Soldados del Dios vivo ¿será acaso, |
|
|
Honra será, decidnos, y acción vuestra, |
|
|
Vivir para ultrajarle con infamia, |
|
|
Cuando por él morir glorioso os fuera? |
|
|
¿Cuándo ya de la cumbre de los Cielos, |
|
|
La corona ese Dios grato nos muestra? |
|
|
No esperemos, católicos, que gracia |
|
|
Nos dispense un tirano. A su infiel secta |
|
|
Por tal medio asociarnos solicita. |
|
|
La intención de ese pérfido siniestra, |
|
|
Por sus favores mismos castiguemos. |
|
|
Así la majestad de nuestra Iglesia, |
|
|
Así la santidad de nuestras aras, |
|
|
De su herético culto salvas sean.» |
|
|
Del altar los ministros así hablaban; |
|
|
Así la paz de Cristo recomiendan; |
|
|
Y el fanático acento de su labio, |
|
|
Dueño del bajo pueblo por do quiera, |
|
|
Y aun también por do quiera formidable |
|
|
A las más altas clases y diademas, |
|
|
Tanto oprime, sufoca y amortigua |
|
|
El elevado grito de las proezas |
|
|
De Borbón, y sus grandes beneficios, |
|
|
Que no pocos, tornándose a su terca |
|
|
Furiosa rebeldía, ya en secreto |
|
|
Se acriminan deber a su clemencia |
|
|
Aun el vital aliento que respiran. |
|
|
De tan odiosos gritos y querellas, |
|
|
Al través finalmente se abre paso, |
|
|
De la tierra remóntase y penetra |
|
|
De Enrique la virtud hasta el empíreo; |
|
|
Y el augusto Luis, que atento vela, |
|
|
De la celeste bóveda en la altura, |
|
|
Sobre la perseguida rama regia |
|
|
De los Borbones, de la que era tronco, |
|
|
De los tiempos notando que se acerca |
|
|
El feliz complemento, en que a su hijo, |
|
|
De los reyes al Rey ya le pluguiera |
|
|
Por último adoptar entre los suyos, |
|
|
Incontinente aparta, al punto aleja |
|
|
De corazón tan dócil las alarmas; |
|
|
Y de lágrimas tiernas, que vertieran, |
|
|
Bañados, a enjugar sus ojos viene |
|
|
La sacrosanta fe. Sus pasos llevan |
|
|
Del Eterno a los pies, dulce Esperanza, |
|
|
Y paternal Amor. De luz excelsa |
|
|
Entre abismos de fuego eterno y puro, |
|
|
Colocar al Altísimo pluguiera |
|
|
Anterior a los tiempos e inmudable, |
|
|
Su majestuoso trono. Las inmensas |
|
|
Rutilantes esferas de los Cielos, |
|
|
De su creador poder la planta huella; |
|
|
Y de mil astros varios el perenne |
|
|
Siempre reglado curso, manifiestan |
|
|
Su grandeza y su gloria al Universo. |
|
|
Poder, saber, y amor forman su esencia |
|
|
Unidos y distintos, y sus santos, |
|
|
De paz entre dulzuras sempiternas, |
|
|
En un torrente absortos de delicias, |
|
|
De su gloria por siempre, y de la mesma |
|
|
Increada sustancia penetrados, |
|
|
Llenos y poseídos, su suprema |
|
|
Majestad, a cual más, todos adoran. |
|
|
De su querer la voz, ante él esperan |
|
|
Ardientes serafines, semidioses, |
|
|
A quienes subordina y encomienda |
|
|
Del Universo entero los destinos. |
|
|
Él habla: y al momento, de la tierra |
|
|
A cambiar van volando la faz toda. |
|
|
Ellos, de un golpe extinguen de esta esfera |
|
|
Las coronas, los cetros y las razas, |
|
|
Que imperaran altivas largas eras; |
|
|
En tanto que los hombres, vil juguete |
|
|
Del error e ignorancia, que los cercan, |
|
|
De consejos eternos del muy-Alto, |
|
|
Acusan la profunda arcana ciencia. |
|
|
Los agentes son estos invisibles, |
|
|
Cuya potente mano subalterna, |
|
|
Con el servil azote hiriendo a Roma, |
|
|
Del Norte helado al hijo, Italia deja. |
|
|
Jerusalén somete al otomano, |
|
|
De España al africano abre la puerta. |
|
|
Cae al fin todo imperio, y todo pueblo |
|
|
Arrastra de tiranos las cadenas: |
|
|
Del Altísimo, empero, la insondable |
|
|
La justísima y sabia providencia, |
|
|
No por siempre tolera, que prosperen |
|
|
De los hombres la audacia y la soberbia. |
|
|
Favorables tal vez a los mortales, |
|
|
Se dignan su justicia y su clemencia, |
|
|
En inocentes manos, de los Reyes |
|
|
El cetro colocar. Ya se presenta, |
|
|
El padre y protector de los Borbones, |
|
|
Ante la majestad de Dios eterna; |
|
|
Y con doliente voz y acatamiento, |
|
|
Esta eficaz plegaria le endereza. |
|
|
«¡Del Universo Padre! si tus ojos, |
|
|
A bien tienen, a veces, no desdeñan |
|
|
Honrar de una mirada compasiva |
|
|
De los reyes y pueblos las flaquezas, |
|
|
Mira al pueblo francés, rebelde e ingrato |
|
|
A su Rey bienhechor. Si él atropella |
|
|
Tus sacrosantas leyes, es tan solo, |
|
|
Porque serte leal, erróneo piensa. |
|
|
Su celo es quien le ciega, y quien le arrastra |
|
|
De tu ley al desprecio e inobediencia; |
|
|
Y cuando más te falta, es cuando, iluso, |
|
|
Vengarte y obsequiarte más intenta. |
|
|
Dígnate ¡O Dios! mirar a ese Monarca |
|
|
Triunfador generoso. Grato observa |
|
|
De la guerra ese rayo, ese brillante |
|
|
Terror, amor, y ejemplo de la tierra. |
|
|
¿Su corazón, Señor, formado habrías, |
|
|
De virtudes tan lleno, con la idea |
|
|
De abandonarle solo a astutos lazos |
|
|
Del miserable error? ¿Y será fuerza, |
|
|
Que de tu misma mano omnipotente |
|
|
La obra más magnífica y perfecta, |
|
|
Al Dios a quien adora, un homenaje, |
|
|
Un incienso culpable e impuro ofrezca? |
|
|
¡Ah! Si del Gran Enrique, que ignorado |
|
|
Siempre tu culto fuese permitieras, |
|
|
¿Por quién el Rey querría de los Reyes, |
|
|
Que adoración condigna se le diera? |
|
|
Ten a bien ilustrar alma que ha sido |
|
|
Para reconocerte tan dispuesta. |
|
|
Un hijo insigne en él, que la decore, |
|
|
Dígnate ya, Señor, dar a tu Iglesia, |
|
|
Y a la discorde Francia y perturbada, |
|
|
Un Señor, bajo el cual, en paz florezca. |
|
|
Restituye a su Príncipe el vasallo, |
|
|
Y al vasallo su Príncipe le entrega. |
|
|
Todos los corazones, tu justicia |
|
|
Adoren en unión acorde y recta. |
|
|
Y en París, todos juntos, sobre un ara |
|
|
La misma te consagren pura ofrenda.» |
|
|
De estos votos de Luis, ya del Eterno |
|
|
La divina piedad tocar se deja, |
|
|
Y una sola palabra de su boca, |
|
|
Le asegura el suceso por que anhela. |
|
|
De su tremenda voz al eco excelso, |
|
|
De la Tierra, agitado el eje, tiembla; |
|
|
Del Cielo las esferas se estremecen, |
|
|
Y confusa la Liga se consterna. |
|
|
El Rey, que en sólo el Cielo apoyo busca, |
|
|
A estas señas, conoce, a sentir llega, |
|
|
Que por él finalmente y por su causa, |
|
|
Se declara el muy Alto y se interesa. |
|
|
Súbito la Verdad, por largo tiempo |
|
|
Esperada de Enrique, y siempre prenda |
|
|
De los hombres amada, aunque mil veces |
|
|
Harto desconocida, de la esfera |
|
|
Desciende de los Cielos, penetrando |
|
|
Del magnánimo Rey hasta las tiendas. |
|
|
Velo espeso al principio a los mortales |
|
|
Su semblante hermosísimo reserva; |
|
|
Más de instante en instante, densas sombras, |
|
|
Que la cubren, cediendo, ya se alejan |
|
|
De la luz al fulgor que las entreabre; |
|
|
Y bien pronto, triunfante, se demuestra |
|
|
Del Príncipe a la vista ya tranquila, |
|
|
Con un brillo luciendo, cuya fuerza |
|
|
No desvanece nunca ni deslumbra. |
|
|
De Enrique el alma grande, que naciera |
|
|
Para gozarla, ve, conoce, y ama |
|
|
Por fin su inmortal luz. Su fe confiesa |
|
|
La sacra Religión tan sobre el hombre, |
|
|
Que su razón confunde. Acá en la tierra, |
|
|
La Iglesia reconoce combatida, |
|
|
Una siempre en el suelo, y de él extensa |
|
|
Por el ámbito todo. Iglesia libre; |
|
|
Bajo de un Jefe empero. Donde quiera, |
|
|
Y en la perenne dicha de los santos, |
|
|
De su Dios adorando la grandeza. |
|
|
El Cristo renaciente y viva hostia |
|
|
De los pecados nuestros, que alimenta |
|
|
Sus caros escogidos, sobre el ara |
|
|
Desciende, y a su vista absorta y ciega, |
|
|
Bajo un pan, que no existe, un Dios descubre. |
|
|
Su corazón sumiso, ya se entrega |
|
|
A tan altos misterios, de que absorto |
|
|
Y asombrado su espíritu, al fin, queda. |
|
|
El celestial Luis, de Enrique el Padre, |
|
|
Cuya ilustrada mente conociera |
|
|
Llegado ya el momento en que los votos |
|
|
De su amor se coronan y completan; |
|
|
Luis rápidamente enarbolando |
|
|
La oliva, de la paz sereno emblema, |
|
|
De la altura desciende del empíreo, |
|
|
Hacia el Héroe que objeto digno fuera |
|
|
De su místico amor y santo celo, |
|
|
Y de guía sirviéndole, le lleva |
|
|
Él mismo de París a las murallas. |
|
|
A su voz retembladas y entreabiertas |
|
|
Las murallas quedaron, y en el nombre |
|
|
Del Dios Grande, por quien los Reyes reinan, |
|
|
Entra en París. La Liga, confundida, |
|
|
Y rindiendo las armas, humil, se echa |
|
|
De Borbón a las plantas, y de afecto |
|
|
Con abundosas lágrimas las riega. |
|
|
Los sacerdotes todos, reprimidos, |
|
|
Su sedicioso labio por fin sellan. |
|
|
Los Dez-y-seis confusos y aterrados, |
|
|
En vano por do quiera buscan cuevas, |
|
|
En que huir a esconderse; y todo el Pueblo, |
|
|
Trocándose este día, en que granjea |
|
|
Salud tanta, se postra, y homenajes |
|
|
A su Rey, Vencedor y Padre presta. |
|
|
Se admiró desde entonces dignamente |
|
|
Reinado tan dichoso, que así fuera |
|
|
Empezado harto tarde, y harto presto |
|
|
Concluido también. El Austria tiembla. |
|
|
Feliz y justamente desarmada |
|
|
Roma, adopta a Borbón; y Roma empieza |
|
|
A verse de este amada. La Discordia, |
|
|
A sumergirse vuelve en noche eterna. |
|
|
De su Rey, últimamente a quedar viene |
|
|
Reducido Mayenne a la obediencia; |
|
|
Y sometiendo ya con sus Provincias |
|
|
Su corazón a un tiempo, al cabo llega |
|
|
A ser el más leal y buen vasallo, |
|
|
Del Monarca más justo de la tierra. |
FIN