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I

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Hermosas son las
noches del estío, cuando la luna huella los cielos
coronada de estrellas, y el aura pronta a obedecer sus mandatos, confía
celestes secretos al cáliz de las flores, cuyas aromas se pierden en la
inmensidad como las oraciones del alma dolorida.
Hermoso cuadro presentan las poéticas orillas del
Mediterráneo en uno de los rincones del florido reino
de Valencia. El sol, al dormirse sobre las olas deja una cinta de fuego,
recuerdo de sus amores, el horizonte ostenta sus galas, semejante a un hermoso árbol cargado con las perlas del rocío, las
hojas del azahar caen como lluvia de plata sobre el verde césped, y juegan cual
inocentes ilusiones en alas de los vientos, y la palmera se eleva al cielo,
dejando caer sus lánguidas ramas a la tierra, para contarle los secretos de las
nubes, que han dormido en su dorada copa.
Este cuadro no es el cuadro inanimado del
artista, hay murmullos, que embriagan el corazón, armonías que llevan el
alma a los pies de su creador. Murmura el mar, suspiran los cielos, y canta la
campana de una sagrada ermita. Horas deliciosas, que hicisteis llorar a Byron;
vosotras hijas de la imaginación del Eterno, sois el
lejano eco de su lira y el pálido reflejo de su gloria.
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