|
XXXVI
Don Braulio siguió apresurado a María con
el rostro radiante de brutal placer.
¡Perdón! ¡Perdón! Exclamó María,
arrojándose a sus pies. Aún es tiempo de evitar una
desgracia.
Don Braulio que conocía su situación le dijo sonriendo con
artificioso disimulo:
No os comprendo, señorita, no sé lo que queréis decir.
Por Dios, tal vez
dentro de algunos minutos se haya consumado mi desgracia. Entonces...
Entonces. ¿Qué?
La maldición del
cielo caerá sobre mi frente.
¿Y quién ha provocado esa
maldición?
Yo, yo soy la culpable, yo soy
criminal. Salvad a mi padre, salvadme a mí.
¿Qué anheláis de mí?
¿Ya no traéis a las mientes
vuestras palabras, no recordáis lo que a la orilla del
mar me prometisteis?
Una nube de placer oscureció los ojos de
aquel hombre, su sangre ardía, pero frío, calculador, y queriendo vengarse
exclamó ocultando victoriosamente sus
instintos.
Lo he
olvidado todo. No quiero comprar vuestro corazón con el oro que amontona mi avaricia.
¡Ay! gritó
María con todas sus fuerzas. Me vais a perder para
siempre, mi padre va a volverse loco cuando se vea hambriento y desvalido.
Vuestro padre es joven, repuso
sarcásticamente el usurero, repitiendo las palabras que en la
entrevista con él había pronunciado María.
Yo seré vuestra esclava. Cumpliré todo capricho que como ley me dictéis. Me doblegaré a todas vuestras exigencias.
No, no
puede ser.
¿Rehusáis la felicidad que puedo
daros, desprecias mis caricias?
Sí, sí, decía don Braulio
embriagado de gozo.
No, no lo creo. Vos me amáis. Mirad
que rubio es mi cabello. Jugaréis con estas trenzas de oro. Mis labios os llamarán esposo. Un mismo
techo nos cobijará. Nuestra vida será alegría y placer. Y...
Don Braulio temblaba como azogado. Sus ciegas, sus horribles pasiones se
despertaban con toda su fuerza.
¿Y Ernesto? Dijo.
¡Ernesto! ¡Ernesto! No le volveré a ver más, de aquí se ha ausentado para siempre.
Sí, para siempre.
Y María acentuaba aquellas palabras con indefinible
desesperación. [20]
Le diréis a vuestro padre, que me
amáis.
Sí que deseo ser vuestra esposa.
¿Accedéis?
No accedo.
Y querréis ver morir a mi padre, verme morir a mí.
Yo os ofrezco una vida deliciosa, una vida de amor. Seré, vuestra... Besaré
vuestros pies. Salvad,
salvad a mi padre, y yo os recompensaré, su salvación
con mi mano.
¿Serás mi esposa?
Sí, sí.
¡Mi esposa!
Por fin triunfé, por fin vienes a mis pies a pedirme de rodillas lo que arrogante me negabas.
Os lo pido
por caridad.
Voy a salvar a tu padre de la deshonra
y de la muerte. Serás mía, y yo seré feliz.
Y don Braulio salió precipitado del aposento.
María había padecido tanto que al salir
su futuro esposo de aquel gabinete cayó sin sentido sobre el frío pavimento.
|