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Emilio Castelar
Ernesto

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XXXVII

¡Terribles son los sacrificios del amor! Perder la dicha, sueño constante del alma, arrojar del pecho el sentimiento que es vida y esperanza, olvidar todas las risueñas ilusiones, en que se pierde extasiada la imaginación, a despecho de la voluntad, es un martirio que no puede mentarse sin que se estremezca espantado el corazón.

Amar como amaba María, es luz, es la armonía de todas las almas en el seno de Dios, es el canto de todas las esferas encadenadas por el amor, es el soplo de la inspiración que flota sobre los mundos, y agita la mente del poeta, es el reflejo de todo lo que hay de divino en la naturaleza, y el resumen de todo lo que existe de inmortal en el hombre. Amar como amaba María, es desposeerse de la naturaleza para vivir en otra naturaleza, es cambiar el alma por otra alma. Amar como amaba María debe ser el sueño de todos los hombres que anhelan la perfección, y que desean ver a la tierra convertida en un espejo del cielo.

Pero ese amor infinito se veía aprisionado por la suerte, combatido por la desgracia. Y es que en el mundo todo lo grande, todo lo sublime está divorciado de la felicidad. El día en que el Creador abandonó los cielos para redimir la tierra, la naturaleza se reveló contra su omnipotencia, y los hombres se mofaron de su misericordia. Sus palabras rodaron por el desierto sin conmover los corazones. Fue su carrera triunfal la calle de amargura. Su corona de estrellas aguda corona de espinas. Aquellos labios que difundían con una palabra la luz sobre el caos, bebieron la hiel de nuestras burlas. Y como Dios es la sublimidad en esencia, la belleza increada, la idea absoluta, la revelación permanente del arte, y el sueño que realiza, el poeta en su peregrinación por el mundo se vio combatido por la naturaleza, aprisionado por los hombres, hecho escarnio de todas las naciones, y ludibrio de todo el Universo, para que en él se compendiasen las desgracias de la miserable humanidad.

¿Hasta cuando ha de pugnar el pensamiento con la forma?

¿Ha de luchar siempre, Bellini con los sonidos, Murillo con el pincel y Calderón con la palabra? Y la humanidad, ese poeta desconsolado, cuyos cantos se pierden en el vacío, ese ángel, cuyas alas están rotas, ¿ha de quedar encadenado siempre a esta roca solitaria, do bebe las lágrimas del destierro?

¿Y el amor? ¿Por qué el amor ha de ser un relámpago? ¿Y la felicidad? ¿Por qué la felicidad ha de ser un fuego fatuo? ¿Por qué la poesía es un vano sueño? Por qué el amor, la felicidad, y la poesía son los albores de Dios, el crepúsculo que divisamos desde nuestro hondo valle, dorando con su luz las riberas de nuestra patria celestial. El amor.






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