|
XL
María a Ernesto.
Adorado Ernesto: Te escribo por primera y
última vez en mi vida. Hoy aún puedo recrearme escribiéndote; mañana sería un crimen hasta
el intentarlo. Te extraña que principie así mi carta, yo lo extraño más que tu, yo que estoy escribiendo. Ernesto,
¡hemos sido muy desgraciados, mucho! ¿Que dirás cuando sepas que mañana me
caso? No lo creerás. Dirás que he perdido el juicio. Y
es verdad; estoy loca, pero loca con esa clemencia embriagadora, que
afortunadamente causa la muerte. Loca con todo el desvarío de la razón. Me caso
con tu tío para que no se suicide mi padre.
¿Comprendes? Con tu tío, con ese tío que tantos [21] favores te ha
prodigado; que tanto bien nos ha hecho.

María a los pies
de un jorobado
No
lloro. ¿Por qué he de ocultártelo? Las fuentes de mi dolor están agotadas. ¡He sufrido tanto! Tampoco duermo. Desde que te fuiste, ni por una hora; ni por un minuto he logrado
conciliar el sueño. Escribo delante de un espejo y no me
conozco. Estoy tan pálida que me parezco al cadáver de
mi madre. ¡Pobre madre mía! ¿Cómo llorará al verme tan desgraciada? Amar tanto
para padecer así. Adorarte con todo el frenesí de mi juventud
y verme por la suerte desposeída de tus caricias y desposeída para siempre.
¡Para siempre! Esa palabra hiela mi corazón. Estoy siempre murmurándola. Me consuelo, porque creo que si la repito mucho llegará a
matarme.
Yo creo que moriré de amor.
Esa creencia me consuela. Creo que el veneno de mis desgracias emponzoñará mis
días. Mis ojos se entornarán
para siempre, porque no les será permitido contemplar tu rostro. Ernesto, Ernesto mío. Te adoro.
¿Por qué he de ocultártelo. Sí, te adoro con todo mi
corazón. Voy a escribir infinitas veces esa palabra;
porque mañana seré ya para siempre de otro ser, a quien no amo.
Me
parece que el corazón quiere llorar. Aún quedan algunas lágrimas en mis ojos.
Son el último tributo que a tu amor puedo rendir.
Lloro; sí, lloro. Hago más que llorar; sollozo. Si este
tiempo fuera eterno; si pudiera pasar la vida escribiéndote, nunca mis ojos
llegarían a secarse. También se ha secado la fuente del
jardín. El jilguero ha muerto y las enredaderas también. Han muerto sedientos.
¡Cuánto habrán padecido!
Ni siquiera pude oír el último gorjeo del
jilguero ni recoger la última flor de las enredaderas.
¿Por qué nos habremos conocido? Te estoy viendo y tiemblo. Sondeo mi amor y me espanto. ¿Te
acuerdas de nuestros paseos a la luna? Del rosal que
cultivabas para tejerme una corona de rosas blancas; una hermosa
corona de desposada, que te recreabas ya; entrelazándola con mis cabellos? ¿Te acuerdas de nuestros
sueños después de nuestras bodas? Viviríamos en el campo lejos del trato de los
hombres. Todos los días, según pensábamos nos levantaríamos con la aurora para
coger flores cargadas de rocío. Iríamos a
buscar al desgraciado a su lecho para llevarle la
felicidad y el consuelo. Tú cantarías, con el laúd, nuestros
amores, mientras yo lavaba en un arroyo las yerbas que habíamos recogido para
pasar el día. Al caer la tarde rezaríamos el
Ave María. ¿Y esto no ha de realizarse? No: todo fue
un sueño. Ahora la suerte me obliga a casarme con un
hombre que me repugna; Ernesto; que me da asco. Y no
puedo libertarme, y no tengo esperanza. Amamos sin esperanzas. ¡Y no he de volver a verte! No, no, no vengas; porque ya no hay
remedio. No vengas porque tu amor y mi virtud están reñidos.
Déjame morir aquí con mi desesperación; con mi locura.
Y este amor tan grande que tan felices nos hacía Y tan
virtuosos; este amor que Dios nos inspiraba; este amor que te enseñó a creer y
a orar; este amor mañana es una ofensa hecha a los cielos.
Tal vez me acusarás. Entonces
te compadeceré Ernesto, mucho más de lo que te compadezco. ¿Se puede renunciar voluntariamente al amor
o a la felicidad? Yo me suicido porque mato mi
esperanza; mis ilusiones; pero me suicido obligada por la fatalidad. ¿Y no es
temible un suicidio moral? ¡El corazón late desgarrado y la esperanza
se disipa! ¡La esperanza, que es la última estrella
que apaga su brillo en las tinieblas de los dolores!
Es horrible este martirio que
padezco. Todos mis días estaban consagrados a pensar en ti, y a soñar con mis
dulces amores consagradas estaban todas mis noches. Bendecía al sol porque
iluminaba tu isla; y se perdían mis ojos en el mar, porque allí bogaba tu
barca. La campana de la oración me estremecía de amor, porque nuestras súplicas
se encontraban en el espacio para subir unidas a los cielos. Y la luna, mensajera de tu venida a las costas, me inundaba de plácida alegría. Y todo ha muerto para
siempre. ¡Y los domingos! ¡Con qué devoción oíamos misa! ¡Qué flores tan
hermosas me traías para adornar el altar de la Virgen! ¡Qué cánticos tan nuevos y tan dulces
entonabas por las tardes en las playas! Yo
tenía celos hasta del eco que repetía tus acentos. Yo quería que nadie te oyese,
temerosa de que todas las jóvenes, que por las cercanías vagaban se enamorasen
de ti. ¡Y todo ha huido! Todo me recuerda tu amor. Llevo la bata que llevaba la noche en
que nos despedimos. Conservo cuidadosamente el lazo celeste que adornaba mi
cabeza la vez primera que nos vimos. Cuando muera pediré que
me entierren con el vestido, y que sobre mi cuerpo inanimado extiendan ese lazo.
Así ha de ser más
dulce mi sueño. Todas las flores que me traías las guardo. Están secas como
nuestra felicidad. Cuando nadie me oiga cantaré aquella canción que a orillas
del mar me enseñaste, cuando la tierra tenía tantas flores como ilusiones
nuestras dos enamoradas almas.
Ernesto: ¿Será verdad que ya
jamás podré, escribirte? Me parece que estoy soñando. Adiós para siempre. No te acuerdes de mí. Sí, sí, acuérdate
siempre por piedad. No he cometido más crimen que ser
muy desgraciada. La desgracia debe, ser un crimen
muy
espantoso cuando tantos castigos me acarrea.
Ernesto: tal vez otra mujer, que no te
amará tanto como yo, te hará más feliz. ¿Y tendrás valor, Ernesto para
olvidarme; para ser de otra? Ay, no, no: me moriría de
celos. ¿Pero con que derecho pretendo arrebatarte la
dicha, que te reserve el porvenir?
Yo desde el fondo de mi desolación pediré a Dios que me
olvides si por mis recuerdos padeces; que tu corazón
encuentre una compañera virtuosa y amante, y... que, muera yo pronto.María.
|