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XLI
El día de boda
A las siete de la mañana, don Braulio estaba ya a la puerta de la casa de su novia, arrastrado por potros
andaluces en un suntuoso carruaje. Llevaba pantalón azul, chaleco carmesí, frac
verde botella con botones de oro, camisa con chorrera, una grandísima aguja de
diamantes, un reloj descomunal de oro pendiente de larguísima cadena cargada de
dijes a saber: un cañón, corazones traspasados por flechas, jabalíes, corderos,
etc., etc.; los guantes era amarillos y el sombrero de
color de chocolate.
¡Que exquisito gusto! No se puede negar
que el tal don Braulio era un hombre esencialmente estético.
María sólo llevaba un vestido de merino
negro, y una mantilla española, traje, que sienta bien a toda mujer graciosa.
Su sencillez, propia de una viuda, contrastaba con la
churrigueresca ornamenta de su churrigueresco novio, el cual hizo un gesto de
disgusto y despecho al verla tan pobremente ataviada.
Isabel, única amiga de María, la acompañaba.
Y la sostenía; porque la infeliz no podía sostenerse;
tan profunda era la enfermedad de su alma.
Don Pedro subió al coche. No sabía lo que por él pasaba. Su hija le dijo que deseaba
casarse con don Braulio, y él luchó y luchó contra su decisión; pero nada logró
alcanzar de su hija que estaba resuelta a salvar a su
padre.
María se había llegado a convertir en una máquina. [22] Vio que entraba en Santa María de Alicante, que un
sacerdote la bendecía, oyó que juraba con los labios fidelidad a aquel ente
repugnante, que un sacerdote le leía la célebre epístola de San Pablo; tocó un
anillo pronunciando un sí, y al salir de la iglesia y ver el mar sacudió aquel
letargo y dio un grito espantoso.
Hija mía, exclamó don Pedro.
No tengo
nada, nada... Vámonos pronto, pronto...
Pero al ver que don Braulio la seguía, que de él no podía separarse, cayó de bruces sin sentido contra la
portezuela del coche.
Don Pedro comprendió entonces cuanto le había ocultado su
hija. Este
venerable anciano jamás pudo consentir de grado en el enlace de María. Opúsose,
hízole reflexiones, trató de inquirir los secretos del corazón de su hija, pero
la infeliz apurando hasta las heces el cáliz de la amargura, engañaba a su padre
ocultando con plácida sonrisa las tempestades de su alma. Don Pedro rogó,
insistió, hízole ver que el corazón se rebela a la voluntad, que amor es ley,
que no podía la virtud luchar a porfía con el corazón siempre vencedor, y su
hija, serena con voz entera, y rostro tranquilo, le contestó que ninguna
reflexión podía ser parte a disuadirla de su propósito. Don Pedro trató de
prohibir tal casamiento, pero sus prohibiciones como sus ruegos se estrellaron
contra la firmísima resolución de María, que aceptó su triste destino de
víctima con la fe que nace del corazón y se aumenta al parar mientes en la
enorme grandeza de tan enorme sacrificio. María volvió prontamente en sí, y al
ver la mirada fría impasible de su padre protestó que de su emoción nacía aquel
triste caso.
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