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XLII
La noche de boda
Hacía una noche espantosa. El cielo estaba cargado de
nubes. La tempestad comenzó al anochecer a extender
sus alas. El calor era sofocante, el mar, como muerto, ni se movía, ni
suspiraba. Abrasados
los campos, marchitos los árboles, secas las flores, presentaban el aspecto de
una tierra maldecida. Hasta los pajarillos
piando se quejaban de la inclemencia del cielo. Algunos relámpagos
resplandecían por los límites del horizonte. El trueno
rugía a lo lejos como amenaza de los abismos del cielo
a los abismos de la tierra. No caía una gota de las
nubes, ni suspiraba el más mínimo aliento de aire. Los nubarrones cada vez más espesos y
más gigantescos, parecían tocar con las alas de sus negros mantos la superficie
de la tierra. Algunos sacudimientos removían
el suelo, levantando polvo como si el mundo temblase
al verse amenazado por el látigo de la tormenta. María aterrada oraba
acompañada de Isabel en un gabinete, cuando entró don Pedro a decir que era ya
hora de recogerse, dando a su hija un beso en la
frente; y oprimiendo la mano de Isabel, que se retiró a uno de los aposentos de
la casa.
María quedó sola; cuando don Braulio apareció a la puerta del gabinete.
¡Qué noche! ¡Dios mío! ¡Qué noche! exclamó María.
Todo te
aterra, todo te espanta.
Me parece
oír una amenaza, y ver en esa tempestad un castigo.
Risueñas ideas te vienen a las
mientes. Eres una esposa
alegre y divertida.
¡Esposa, yo!
Sí, mi esposa,
María; dijo don Braulio, queriendo oprimirla por vez primera contra su corazón,
pero la joven se apartó de sus brazos refugiándose en un ángulo de la estancia.
¿Huyes de mí?
Sí,
sí. ¿No oís ese amenazador ruido, no veis esos
siniestros fulgores?
Oigo lo
que tú oyes, y veo lo que tú ves.
¿Y nada dice a vuestro corazón la
tormenta?
Nada.
Sois de piedra. Hemos
cometido un crimen; y Dios por ese crimen asesta el rayo contra nuestras
cabezas.
No temas; hay aquí pararrayos.
¿Sabéis lo que es engañar a Dios? Yo he querido esta mañana engañarle. En un templo, al pie de sus altares, he jurado en falso; he prometido lo
que mi corazón no puede cumplir.
¡Es tan fácil de cumplir lo que has
prometido!
¡Fácil de cumplir! ¿Amar a un
hombre a despecho del corazón es cosa hacedera?
¿Qué es el amor? Un instante de goce;
y después... nada.
¡Qué
ideas! Amar es adorar sin fin, sin medida, vivir por otro ser, y morir cuando
muera el objeto de nuestros ensueños.
No
puedo dejar de reírme. Ese es amor de novela; amor que no existe en el mundo, sino en la mente de
extraviados poetas.
Y vuestro amor es el egoísmo; el amor del
infierno que se marchita con un beso de fuego.
María, vamos a recogernos, que
tengo sueño. ¿Pues no ha escogido mala sazón para
filosofar?
Dejadme sola. ¿No oís? Parece que se desgaja el cielo y que se hunde el mundo.
Pues señor, me
divierto. Qué importuna tempestad Dios está jugando conmigo.
No blasfeméis, no blasfeméis por
piedad, dijo María temblando.
No quieres que
blasfeme, y reniegue, y me desespere cuando te estás allí con esa calma.
Mi alma es
presa también de la tempestad. Por evitar un crimen he cometido otro crimen
tremendo. Dar el corazón y la vida a un hombre, por
quien el corazón no se interesa! Os he jurado amor eterno; cuando mi mente se
perdía en sus recuerdos de ayer, cuando mis ojos buscaban el rostro de mi amado; cuando todas mis ilusiones eran para Ernesto. Y lo he visto aparecer entre el humo del incienso, y he oído
su voz bajo las bóvedas de la iglesia, y ahora está delante de mí,
maldiciéndome porque le he arrancado del pecho su corazón a pedazos.
María, María, acuérdate de que eres
mi esposa.
Sí, ya lo sé. Sé que he engañado al
mundo. Sé que he intentado engañar a Dios. Las gentes dirán que he vendido a
peso de oro mi corazón, que como Ernesto es pobre y vos sois poderoso, he
despreciado a Ernesto y me he unido gozosa con vos, y
huyendo de la deshonra he venido a dar contra ella, porque en el camino del
crimen no puede encontrarse nada más que el crimen.
María, sígueme. Ya sabes que tengo
sobre ti un poder conferido por Dios.
Esperad un instante. Me ahogo. Tocad mi frente, y sentiréis que os abrasa la
mano. Quiero respirar.
Don Braulio abrió con rabia una gran
ventana rasgada que daba al campo, y que estaba casi al nivel del suelo.
¡El campo! dijo
María enajenada de gozo.
Una fuerte ráfaga de viento apagó las bujías que ardían en
las estancias, y como la noche era tan oscura quedó todo envuelto en las más
profundas tinieblas. Entonces la joven se dio a correr con frenesí, dando
gritos de loca y delirante alegría. El huracán la arrastraba
en sus alas; ni la arredraba el fulgor de los relámpagos, ni la detenía en su
precipitada carrera [23] el resonar de los truenos. En su afán de libertad devoraba
el espacio sin fatigarse, sin desmayar como si un
genio superior a sus fuerzas la arrebatase en sus alas. Llegó a una escondida gruta. El búho, y la lechuza saltaron en su
presencia produciendo un ruido siniestro, semejante a
un remordimiento.
Don Braulio perdió norte y rumbo. En vano quiso penetrar
aquella terrible oscuridad, en vano. Por fin cayó falto de fuerzas
exclamando:¡Vaya una noche de boda! ¡Y para esto, comprando créditos me he gastado más de dos millones! ¡Vaya una noche!
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