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II
Era de noche...
Tengo que continuar en
mi descripción, y voy a cansarte, amado lector, sin embargo, si has recorrido
la huerta de Alicante, si has visto sus innumerables palacios, sus floridos
jardines, sus bosques de naranjos, su cielo siempre azul, su mar siempre de
color de cielo, no extrañarás mis descripciones.
¿No te has parado jamás a contemplar una blanca casa,
modesta en medio de tanta opulencia, sencilla entre tan desvariado lujo? En una
noche de luna (no olvidéis que ilumina la luna mi teatro) en medio de un verde
bosque, a orillas del mar, parece la paloma torcaz,
que duerme en su nido de palmas.
En el reloj de la aldea de San
Juan suenan las doce. El campo está solitario.
Qué hermosa hora para el amor, que busca las sombras, porque es misterioso, y
la soledad, porque es infinito. La puerta de la
modesta casa se abre, y una mujer vestida de blanco se dirige a la orilla del
mar, cual una de esas gasas vaporosas, que disipa el débil rayo de la blanca
luna. [6] Tres circunstancias propias
de toda novela, la hora de la noche, la soledad y la mujer vestida de blanco. Sin embargo, mi novela no es novela, es historia, ¡Ojalá no fuese tan verdadera!
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