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III
María, tal es el nombre de la blanca dama, se detiene en la orilla,
y se asienta silenciosa en un peñasco. La luna envidia
su hermosura. Rubio el cabello parece los trémulos rayos de la estrella de la
mañana, pálida la color, pero con esa palidez mística de las rosas blancas, da
a sus perfectas facciones un tinte melancólico que embelesa el corazón, sus
ojos tienen algo de divino, la sonrisa que en sus labios vaga, es el matiz
ideal de la esperanza; el que la ve la admira, el que la contempla la ama;
porque encierra compendiadas todas las perfecciones, con que Dios ha dotado a
la mujer para arrastrar tras sí el orgulloso corazón del hombre. María mira la vasta extensión del mar. Si
observáis su blanca bata, veréis que respira fatigoso su pecho, y que late
violento el corazón. La esperanza es un dogal que nos
ahoga, la esperanza juega muchas veces el papel de traidor en la churrigueresca
tragedia de la vida humana. ¡Cuántas veces nos engaña! Es un prospecto y como todo prospecto, jamás se
cumple.
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