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IV
Allá a lo lejos se ve una barca
que vuela sobre las ondas como la golondrina, al cruzar los mares. En ella descansa un joven, de hermosísimas formas. Es un tipo árabe; moreno como buen hijo del sol, de ojos rasgados,
vivos y negros, de blancos dientes, que se dibujan perfectamente sombreados
por un ligero bigote rizado sobre unos labios, cuyo color envidiaran las flores
del granado, espaciosa frente que refleja alma noble y elevada, y negro cabello
que cae en desorden, pero, con gracia, completan su varonil y hermoso rostro. Rema con languidez, y sin embargo, la barca hiende presurosa las
olas. Sus ojos ya se fijan en el firmamento, ya se convierten al mar.
Todo está tan hermoso, las plateadas estrellas se dibujan en el espejo de las
aguas, de modo que si un cielo flota sobre la cabeza
del joven, otro cielo se extiende bajo la quilla de su ligera barca. En el
éxtasis con que contempla la naturaleza, en el recogimiento con que escucha sus
rumores, se echa de ver que el joven es poeta, que pertenece a
esa raza de ángeles destinados a consolar a la tierra, y a elevar al hombre. Por eso en todo ve ilusiones y
amores. Por eso las armonías de los astros en sus círculos de luz, las
palpitaciones de las olas, el vago rumor de las brisas que arrancan sonidos a
la veleta del campanario, y cánticos a las hojas de los árboles, las nubes que
se disipan, los insectos que brillan, el trasparente horizonte, presentan a su
alma delirios del amor en que se abrasa naturaleza, y su ser se abisma estático
en aquel océano de revelaciones divinas.
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