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Emilio Castelar
Ernesto

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V

Desde que la barca ha aparecido, María está arrodillada. Invoca a la Virgen, y ruega que ni viento enemigo, ni enemiga honda combatan aquella barca. Entonces la luna palideció. Diz que fue de envidia, y despecho al verse precisada a iluminar aquel rostro tan encantador, aquellos ojos tan divinos. ¡Pobre mujer! Siempre te pintan aguijonearla por el orgullo, cuando eres toda modestia, siempre embebida en ti misma, cuando si de ti te acuerdas, es para embellecer la vida del hombre, y si te adornas es sin duda para divertir su gusto; todos los noveleros han dado en sacar negros colores de su paleta, y en trazarte hermosa, pero vana; amante, pero egoísta; sensible, pero veleidosa; compasiva, pero coqueta; en fin, mujer, Dios mismo que te ha creado, no te conociera si semejantes cuadros contemplase. Yo que veo en la mujer la sensibilidad ahogada por el despego del hombre, el amor amargado la poesía disipada por el poder de sus tiranos; yo digo que la mujer es la única flor que esmalta el desierto de la vida. Pero pido también condiciones, si esa flor, no es de hermosos colores, y de suave aroma, estoy porque se le de su verdadero nombre, es decir, abrojo. Me explicaré, estoy por que la mujer sea hermosa y buena, su hermosura es su cáliz, y su bondad es su aroma, solo así puede ser flor. María era buena y hermosa, ya lo veremos.






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