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VII
¡Cuánto has tardado!
Oí las doce, desamarré mi barca, y me lancé al mar, a buscarte María, a sentir tu aliento
refrescando mis agitadas sienes, a adorarte con todo mi corazón.
¿Qué fuera de mí sin ti? Cuando
oigo tu canto, Ernesto, por las tardes, cuando te veo
cruzar las olas mi alma te sigue como el viento que agita tus velas.
Si, y yo te
veo también. Si el mar está en calma y rizado por el
soplo de las brisas, me parece ver tu corazón amoroso, tranquilo, henchido de
amor; si suspira el viento, al rozar los costados de mi barca, te oigo suspirar
con amoroso suspiro; si la blanca gaviota extiende sus alas, rozando con su
cuerpo las espumas, veo en ella tu pensamiento que me busca, tu recuerdo que me
bendice, y cuando al caer la tarde en el desierto cielo, aparece la primer
estrella, la saludo cual si fuera un rayo de tu mirada.
¡Qué hermoso está el cielo, y
cuantas veces ha contemplado nuestra dicha! Este campo y ese mar están unidos a
nuestro corazón.
¡Ay!
¿Suspiras?
No, no
tengo nada. Pensaba en la posibilidad de nuestra separación.
¿Separarnos? La muerte tan solo
puede separarnos.
¡Ah! No
temo a la muerte, porque nos heriría a ambos de un solo golpe, temo a los
vaivenes de la vida.
En la vida, ¿quién tendrá poder
para arrojarnos al uno lejos del otro? Preguntó María.
La suerte, contestó Ernesto.
No temo a
la suerte, mientras puedas con valor hacerle frente.
¡Hacerle frente! ¿No sabes que es más
poderosa que el huracán, y más despiadada que la tormenta?
¡Pero
la voluntad que nos une!
¿Y qué
hago yo aquí, pobre joven? ¿Qué porvenir [7] me espera en esa estrecha isla de Tabarca? Yo quiero
mundo.
¡Qué
mas mundo que nuestras riberas sombreadas de palmas!Quiero anchura.
¿Aún te
parece estrecho ese mar?
Anhelo un premio.
¿No te
basta mi corazón?
Pero desearía que al pasar por las
calles deslumbraras a todos con tu riqueza, y mi deseo
no puede cumplirse sino a costa de nuestra separación.
Me basta
para mi adorno las rosas que tu me traes.
¡Ay! y
volvió Ernesto a suspirar.
No me amas, Ernesto, cual te amo yo. Este campo es para mí el paraíso, porque te veo alguna vez vagar en su llanura. Cuando pienso en el
cielo lo comparo a ese mar, porque alguna vez desde mi
ventana veo aparecer a lo lejos las velas de tu barco.
Escúchame. Yo siento aquí en mi
frente un fuego que me devora, fuego que se
convertiría en suavísima luz, si lo alimentase otra atmósfera.
¿Con qué mi amor
nada vale?
Sí, sí, tu amor es la sangre de mi
corazón. Pero mi ambición sólo puede llenarse en
Madrid, allí donde el poeta es oído con entusiasmo, donde todos a porfía tejen
coronas para sus sienes, donde la riqueza es el premio de sus versos, allí que
habita la inteligencia debe la juventud encontrar el teatro de sus triunfos. Mis canciones aquí son las hojas de la palmera del desierto, que el
viento se las lleva.
¡Los escucho yo con tanto amor! Ni
el canto del ruiseñor en la espesura es tan grato para
mi oído como el eco de tus cantares.
Le he escrito a mi
tío; pidiéndole asilo en su casa.
¿Vuelves a tu idea de abandonarme?
No, sino para volver pronto cargado de
triunfos, a depositar a tus pies mi corazón y mi vida.
¡Madrid! No sé por qué me horroriza ese nombre. ¡Madrid, Dios mío, cementerio de
tantos corazones! Pero no quiero atarte con grillos,
ni a tu suerte oponerme.
María; ángel de paz en mi desolada
vida. Tú seras mi estrella en el mundo; como son tus
ojos mi inspiración y mi vida.
¿Me olvidarás?
¡Olvidarte! Jamás. Mi tío está en
Alicante; pronto puedo saber su contestación. Si
dentro de un año no me ha sonreído próspera fortuna; volveré, tenderé mis
redes; y los peces que en ellas se prendan nos servirán de alimento; de palacio
una choza a orillas del mar; y de lecho las hojas que a los árboles arranque el
viento del otoño. Pero si logro fortuna; María, el
mundo entero ha de envidiarte.
Me parece
más halagüeña la desgracia.
De cualquier modo la felicidad será
mi corona, y tú María, tú mi eterna compañera.
¡Ernesto!
Te lo juro por mi
corazón; por el Dios que se oculta tras ese azul firmamento.
Y Ernesto voló a su barca; y
voló en los mares cual el viento.
María lloraba.
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