|
IX
Ernesto hijo de un gobernador
de la isla de Tabarca. Su madre era muy hermosa, pero se levantó un día de buen
humor, y tomó las de Villadiego, con un francés, que pasaba a la Argelia. El padre de Ernesto, como si le
hubiese caído el premio grande, convidó a todos sus amigos de Alicante a comer,
y a vagar por la Isla. A la noche siguiente Ernesto
fue llevado por su padre, en celebridad de tanta dicha, al teatro, y vio el
Trovador. Ernesto a los diez y nueve años se acordaba de la
escena del desafío; pero no se acordaba de su madre huida el día antes. En los tiempos en que para la
acción de esta novela, Ernesto tiene veinte años. Su madre era muy joven cuando huyó. No se ha podido
averiguar quién tuvo la culpa de tamaño entuerto; si
el marido o la mujer. Yo lo consulté con un juez, que
había oído la demanda de divorcio entablada un año antes de la fuga.
Y me contestó: oí a los
abogados de ambas partes. Después del discurso
del abogado de ella, saqué en limpio que la mujer era
una santa mártir, y el marido un Lucifer; y después de oído el discurso del
abogado de él saqué en claro que el marido era un san Estéban y la mujer un
Asmodeo. Apeló a otras informaciones en tal discordia,
y como ambas partes influyeron en el asunto con su bolsillo particular nada se
pudo poner en claro.
¡Oh santa, tres veces santa Jurisprudencia!
Tu eres la ciencia de la ciencia. Tus prosélitos en España son más numerosos
que las arenas del mar. No en vano dijeron los antiguos que eras la ciencia
universal. Exclamé yo entonces. Decíase que
una mujer misteriosa vestida de negro seguía siempre desde lejos a Ernesto, sin que Ernesto de ello se apercibiese.
|