|
X
Hemos oído que Ernesto en su conversación con María ha
contado con su tío, del cual dependía su ansiada
partida para Madrid. Este era uno de esos entes
singulares que Dios echa al mundo tal vez en un momento de mal humor. Su físico
andaba en armonía con su moral; veamos su físico. Era
pequeño; y tan pequeño que degeneraba en enano. Su saliente espalda llevaba la
carga de una pesada joroba, donde se hundía como
maldecida su diminuta cabeza. Dios le había quitado un ojo,
el otro era bizco; arrastraba una pierna y su melliza podía competir con los
arcos de herradura; rematando ambas con unos pies hinchados y descomunales.
Se me olvidaba decir que no tenía cejas y su frente
era una cinta rugosa apergaminada. Por escudo de armas ostentaba una descomunal
nariz, con la cual podía muy bien medirse de arriba a
abajo su brevísimo cuerpo. Cuando hablaba escupía como la víbora
una saliva asquerosa. Cuando miraba hería como la serpiente. Pero usaba
a las mil maravillas sus monstruosos órganos. Corría cojeando, sin cansarse
aunque tuviese que atravesar largas distancias; con su
único ojo orlado siempre de legañas, atisbaba lo que quizá no atisbaría el más
práctico; vencía a la naturaleza, [8] para él tan despiadada, con maravilloso arte. Veamos su
parte moral: era lo más infame, lo más degradante que
se puede ser en el mundo. ¿Ladrón? No. ¿Asesino? No. ¿Usurero? Sí. Se llamaba don Braulio... Evitaremos mientras podamos citar
apellidos por prudencia.
|