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XI
Hemos oído la conversación de María y Ernesto. No la olvidemos. Al día siguiente don Braulio
entraba en el gabinete del padre de María.
Buenos días, don Pedro, dijo.
Felices, contestó con sequedad,
don Pedro.
Sé el estado de vuestros negocios.
Sí, sí, ya estoy informado.
Vengo a salvaros. Me ha hablado en vuestro favor un comerciante, y yo tengo
unas entrañas que no puedo presenciar indiferente la desgracia.
También de vos he oído hablar.
Ya sabréis que soy el Hipócrates del
comercio, y que mi caja es el panacea universal.
Lo sé, contestó amargamente el
padre de María.
Habladme, que os escucho. Sólo por
serviros podía yo haber venido desde Alicante a la
huerta en día de tanto calor.
Necesito pagar mañana una letra ya
vencida, dijo Don Pedro.
¿De cuánto?
Para que veáis cuan apurada es mi
situación, de sesenta mil reales, y no puedo reunirla
¡Eso es una vagatela!
Firmadme un recibo de ciento veinte mil reales; hipotecadme cualquier finca que
los valga y todo está concluido.
Don Pedro miró espantado a su
horroroso interlocutor.
¿Os espanta mi proposición?
No: que me
repugna.
He ahí las cosas del mundo. Os estáis
ahogando; mañana quedaréis afrentado, sin honor, sin crédito, y os atrevéis a insultar al que viene a salvaros.
No;
me repugna el hombre que explota el infortunio de otro hombre; el hombre que
roba con la cuchilla de la ley en la mano; el hombre que vive y medra con la
desgracia de sus hermanos.
Y en verdad que es bien
espantosa la usura: cáncer que devora las entrañas de la sociedad. Esos
traficantes de la desgracia humana; esos seres despiadados que cual manada de
buitres, olfatean los cadáveres; beben las últimas gotas de sangre, que le
queda al pobre; son el azote de toda ciudad; de todo pueblo. No hay familia que no pase bajo
sus horcas caudinas; no hay desgracia que no se remedie con ese dinero
espantoso, que agota hasta la esperanza en lo porvenir, que devora hasta las
fuerzas del pobre. ¡Cuántas veces el triste jornal pitado a
costa de sudores, y fatigas; el jornal que debiera saciar el hambre de una
familia desamparada; va a parar a las arcas de un avaro; que se recrea en
contemplar el amarillento oro; sin escuchar los lastimeros quejidos de los
infelices; que mueren de frío y de miseria! Y aquel jornal no es suyo,
no; aquel jornal es el producto de un monstruoso interés arrancado a un náufrago en el momento de ahogarse en su desgracia.
El bueno de don Braulio, que tenía todas las tretas de un
práctico usurero, se dirigió a la puerta murmurando.
Puesto que desprecias mis
servicios...
Deteneos, que no es mi situación
para dilaciones. ¿No rebajáis nada de ese monstruoso interés?
Nada;
porque es bien módico. Solo os exijo el doble.
Los dientes de don Pedro rechinaban con reconcentrado
furor.
Tomad: dijo con despecho dándole un
recibo.
¿Qué finca tenéis libre de
hipoteca?
Esta en que estáis.
Veámosla,
y ahora mismo vendrá el escribano.
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