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Emilio Castelar
Ernesto

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XVI

El sol descendía majestuoso a reclinarse en las ondas. Ernesto contemplaba silencioso el horizonte. En su imaginación volaban esos cantos que no tienen ni palabras ni sonidos; que no pueden revestirse con el ropaje de las formas, y que son sin embargo los ensueños más dulces del poeta. Mecido por las ondas, criado en aquel peñasco, delante siempre del mar, su alma se abría gozosa para recibir todas las armonías de la naturaleza: música encantadora, a cuyo compás entonaba Ernesto sus suaves y mágicos cantares, ¡Cuántos pensamientos te revelaba el mar! Tranquilo, azulado juguetea con las brisas, ciñéndose diademas de espumas; tomando celestiales esmaltes para enamorar al céfiro que cargado de aromas le envían como regalos los valles y las florestas. La cigüeña revolotea sobre sus ondas como si hubiera nacido en un nido de perlas; el colorín canta en la orilla mostrando el coral de sus plumas, y la golondrina atraviesa la inmensidad como una cinta de alga arrastrada por el viento. Entonces Ernesto cantaba el amor, las ilusiones que sorprenden el alma, los hechizos de un entrecortado suspiro, el celeste rayo de una mirada que deslumbra al corazón, la fe de los amantes, sus armoniosas palabras, y sus celestiales esperanzas. Pero cuando retumbaba el trueno, llenando con gigantesca y ronca voz los espacios infinitos; cuando el huracán desatándose de las nubes azotaba los mares que se dolían quejosos, rugiendo cual calenturiento león; cuando el sol apagaba su luz en la sombría bruma de las negras nubes, y el relámpago, semejante al triste destello de funeral antorcha tendía su pálida luz por los abismos, Ernesto adoraba a Dios; y enmudeciendo se postraba en la orilla para escuchar el eco de su poesía, de esa poesía divina que envuelve en el abatimiento al cuerpo, y engrandece y vivifica el alma.

Ernesto

Sin embargo, Ernesto, poeta de la naturaleza ansiaba la corte; donde la naturaleza se presenta como vasto desierto regado por el estéril oro del poderoso. Ernesto, poeta e la Divinidad, quería ir a Madrid; allí donde las casas son más altas que los templos; allí donde sólo se adora el fastuoso lujo de la miseria, y sólo se oye la epiléptica carcajada de la embriaguez. Él, educado en la libertad suspiraba por esta dura cárcel, cuyas puertas están cerradas, guardadas por la desconfianza, defendidas por hombres-máquinas que se llaman soldados. [10]






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