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XVII
Después de algunos días recibió Ernesto
una carta en estos términos concebida: Querido Ernesto: Con júbilo singular leí
tu carta, en la cual me insinúas tu deseo de partir a Madrid. Apruebo tu resolución como dictada por esa tu noble
inteligencia, que necesita espacio para volar con desahogo(1). En Madrid encontrarás tu casa en la
mía y el cariño de tu tío te proporcionará todos los
medios necesarios para que emprendas el viaje con aquella comodidad que correspondo
a tu clase.
Manda cuanto gustes a tu tío.
Braulio.
P. D: Toda resolución debe ponerse pronto en práctica.
Mañana pasa en un vapor a Valencia. De allí a Madrid todos los días hay
diligencias.
Ernesto quedó como deslumbrado. Extrañaba,
infinito tanta generosidad en hombre tan mezquino. La
tardanza de su tío en contestar fue siempre para él presagio de una redonda
negativa. Además; su padre le había insinuado siempre
al bueno de don Braulio, la necesidad de que Ernesto pasase a Madrid, y su
absoluta falta de recursos; y el buen tío jamás se había ablandado, contestando
siempre: Puede ser piloto. ¡Oh, sublime milagro! ¡Oh, portentoso amor; qué buenos,
qué santos son bajo tu influencia los hombres! No
olvidemos que en el mundo andan unidos lo sublime y lo
ridículo, para demostrarnos que si el infinito poder de Dios hizo del mundo un
templo, la infinita miseria del hombre ha convertido ese templo en una inmunda
taberna. Sólo en la cúspide del templo, donde no han podido
llegar nuestras manos brillan los rayos de oro del sol; sólo en su bóveda no
manchada por nuestro aliento vagan con suave y puro esplendor las
místicas estrellas.
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