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XVIII
Ernesto volvió a leer la carta; y entonces
involuntariamente vino triste dolor a su corazón,
negro remordimiento a su conciencia, porque se acordó de María. Siempre la
felicidad está mezclada con hiel. Cuando llevamos a los labios la copa de la
alegría no sabemos distinguir el dulce néctar del placer, del
amargo brebaje del dolor.
Haríamos poca justicia al corazón de Ernesto, si no dijésemos que entraba por mucho en su ánimo el deseo
de elevar a su amante un día a levantado rango. Quería derramar a sus pies un tesoro,
y ver cómo palidecían de envidia sus rivales. Hay almas que no se contentan
solamente con la felicidad, sino que anhelan darla en espectáculo, para que la
admiren las gentes. Ernesto tenía veinte años, edad en que lo pasado brilla con
cambiantes de halagüeña luz, y con deslumbradores destellos centellea lo
porvenir. Edad que da fe e ilusiones al corazón. No creáis nunca, amadas
lectoras, a esos jóvenes pedantes que se presentan lacrimosos con el corazón
marchito, ostentando en la frente, en vez de la aureola de la felicidad, la
corona de espinas del desengaño; no los creáis, se necesita padecer las más
amargas decepciones, sufrir los embates más terribles de la suerte, haber visto
caer uno por uno en la tumba o en el olvido a todos los seres que amamos, para
caer en la desesperación, cuando la sangre hierve, cuando la fantasía despliega
sus alas matizadas de mil risueños colores, cuando cada mujer es un hada, y
comienza el alma a sentir el amor, y a perderse en los celajes del porvenir
dorado por la ambición. ¡Cuántas digresiones! Ernesto lloró su amargo sacrificio, y desatando su barca entregose
en brazos del mar para que le llevase a do se hallaba su amada.
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