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Emilio Castelar
Ernesto

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  • XIX
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XIX

Era don Pedro de Urgel un comerciante arruinado. Su hija María tan sólo le quedaba de consuelo en el mundo. Su ruina había nacido de no mirar al norte del egoísmo para emprender sus negocios.

La conciencia es el mayor enemigo de todo ducho comerciante.

Sólo medra el que arruina a los demás; el que no tiene los insuperables obstáculos de la honra y de la delicadeza. Si jugaba a la bolsa, no jugaba con avisos ciertos; si emprendía un negocio no llevaba la mira de ganar doscientos con uno de capital; si vendía no engañaba al comprador; y si prestaba no exigía el doble por su dinero; en fin, no era comerciante. Era un tonto. Así se denomina hoy por antonomasia a todas las gentes honradas. Cuando sus arcas estaban repletas le llamaban todos el Fouquet de Alicante; cuando quedaron vacías los mismos que las habían vaciado exclamaron: Es un pobre diablo, se ha metido en lo que no entendía. El mundo es el purgatorio; pero el mundo comercial es el infierno.






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