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XXIII
Apartemos nuestros ojos de
tanta degradación; de tanta miseria. Hay momentos en que el alma se desespera y
duda, cuando ve el mundo entregado al interés, el vicio y la ignorancia
dominando como absolutos señores, la virtud escarnecida, premiados los más
viles sentimientos, y las muchedumbres sumidas en la barbarie, lamiendo gozosas
las cadenas que arrojan a sus hombros los impotentes poderosos de la tierra.
Convirtamos nuestros ojos a la
barca de Ernesto: que en el mundo debemos buscar el soplo de la poesía y del
amor como busca cansado viajero en el desierto la brisa que le anima, la fuente
que le refrigera.
La noche envolvía en su manto
las solitarias playas. Ernesto
atracó su pequeña barquichuela, y al compás de las olas entonó una canción
amorosa. Aún se oía a
lo lejos el eco repetido por las azuladas montañas, cuando María salió
de su casa dirigiéndose hacia la barca.
¡Ángel mío: temí no verte!
Ya escuchaba
ansiosa creyendo oír tu cantar: Me he engañado mil veces.
¡Cuánto te
amo, María! Estos momentos de poesía, de encanto, en que nuestras almas se
comunican como si el soplo de la pasión hubiese
desvanecido nuestros cuerpos; estas horas santísimas son los momentos de gloria
que nos es dado adivinar en la tierra.
Momentos que serán eternos, Ernesto;
porque son momentos divinos.
Sí: yo siempre, María, te estoy mirando, siempre te estoy
oyendo. Mis ojos han recogido con tanto afán los rayos de tus miradas, han
escuchado mis oídos con tanto amor el eco de tus palabras que eres sin duda la
luz que me guía en la tierra, la mágica armonía que
endulza las melancólicas horas de mi existencia.
¿Nos amaremos siempre?
Siempre. ¿No
está tu imagen grabada aquí en el corazón? ¿No tengo
siempre tu nombre en los labios? ¿No guarda
eternamente tu recuerdo la memoria? ¿Y tú me amas también?
Si te amo;
no sé decírtelo. Mira, todo cuanto nos rodea está lleno de ti. Parece que
infinito como Dios te multiplicas para seguirme. Te apareces en la iglesia, centelleas en la lámpara que arde en el altar,
te reflejas en la moribunda mirada del Salvador que guarda la cabecera de mi
lecho, y en el campo, en el cáliz de las flores, en las errantes sombras de la
noche te veo vagar cual si nunca de mi lado te apartaras.
Y es María, que hemos perdido el
polvo terrestre que la vida deposita en nuestro inmortal espíritu. El amor nos presta alas para volar a Dios. Reclinado en tus recuerdos, guiado por
tu mirar, atravieso muchas veces en mis delirios los cielos.
La tierra huye bajo mis
plantas, los astros como arena de oro se remueven al soplo de mi aliento; el
sol pálido oscila como lámpara moribunda; y en el vacío, allí donde la vida se
apaga, dejo mi vestidura mortal, purifico mi alma para penetrar en el santuario
de la divinidad; y al soplo de lo infinito que me arrebata en sus alas, guiado
por solitaria estrella que es tu imagen, me pierdo en el foco donde deben su
luz los mundos; donde aprenden sus armonías los ángeles y veo que Dios es luz
inefable e inefable amor. Y si el amor viene de Dios; si en su esencia es Dios
mismo; ¿crees que morirá jamás? No: aquí en la tierra amor es poesía, es ciencia,
es virtud, es arte, es el laurel de la gloria; en la muerte amor es
bienaventuranza; amor es el mismo Dios.
Ernesto, Ernesto; cuando no tenga
esperanza de oírte, me moriré de pena.
Tendrás mis cartas que te acompañarán
en la soledad; mis palabras de esperanza que regocijarán tu corazón. Yo trabajaré con ansia, con fervor para labrar tu dicha.
¿Y no hay medio de que te quedes?
Ninguno. Mi padre me lo ordena; mi tío me ofrece su vivienda; mi corazón ansía
triunfos para depositarlos a tus pies.
¡Tu tío! ¡Qué hombre tan repugnante!
No
dependeré de él ni un día siquiera. Quiero
independencia. Su casa la necesito sólo para pasajera vivienda; porque mi alma no se doblega a recibir humillantes favores. La amarga situación de mi padre me ha obligado a pedir esa
merced; que me ruboriza.
Por fin abandonas estas playas, tan
amadas de nuestro corazón.
Por tu felicidad, María. ¿Con qué derecho puedo pedir tu
mano?
Me matará
este sitio donde tantas veces he sido feliz.
Recuerda como yo la pasada
felicidad, y espera en lo porvenir.
¿Qué voy a ser sin ti?
¿Y yo? Allí sin padres, sin amigos,
sin hermanos, sin tus palabras y sin tus miradas.
No te
olvides de la oración a la Virgen, Ernesto.
Y tú
no te olvides de orar por mí.
¿Rezarás
todos los días?
Sí, rezaré a la Virgen del
Naufragio; para que extienda sobre mi cabeza su manto, para que me libre de los
escollos del mundo como me ha libertado de los escollos del mar.
¡Ay Ernesto! Si alguna vez en medio
del murmullo de las gentes, que ahoga la voz de Dios no oyeras la campana de la oración...
No temas; porque tú me has enseñado
a orar. Abandonado de mi madre al borde de la cuna, no había oído jamás más
rezo que el murmullo de las olas y el gorjeo del ruiseñor. Mi primera oración
fue el Ave María, que tú me enseñaste en una noche de
luna. Desde entonces tu nombre me recuerda siempre a
la Virgen y cuando el crepúsculo extiende su dudosa luz, me postro en mi barca
para saludar con amorosa oración a la Estrella de los mares.
Virgen santa, exclamó María, con los
ojos arrasados de lágrimas.
Protégelo.
Ernesto, al ver a María, alzando
sus brazos al cielo, al oír aquella su sencilla y
amorosísima plegaria se postró en la arena cruzando sus manos. ¡Cuadro
encantador! El mar, el cielo, la luna, las brisas, las
oraciones de ambos amantes confundiéndose como el aroma de las flores en el
seno de la Divinidad, atraídos por el mismo sentimiento de amor y
religión.
Concluida la oración y después de
breve pausa dijo Ernesto. [12]
Mi partida es mañana.
¡Mañana! Cuan pronto la desgracia
nos amenaza.
Nuestra despedida debe ser ahora
mismo.
Ernesto, Ernesto
pudo decir tan sólo María, porque los sollozos ahogaban su voz. El
corazón de Ernesto se partía en mil pedazos.
Mira. No te aflijas. En la vida es
necesario pasar por la desgracia para alcanzar un
aliento de felicidad. Después de esta separación momentánea, nuestros corazones
se unirán y vivirán unidos por toda una eternidad; ...y
el joven señaló con majestad a los cielos.
María se enjugó las lágrimas y
señaló la barca. Ernesto cerró los ojos como
demente, y corriendo se lanzó a la barca.
La desgraciada joven no separaba
su vista de aquel punto negro que se iba alejando, y del pañuelo de Ernesto,
que veía flotar a la luz de la luna como blanca y leve nube. ¡Cuántos
pensamientos pasaron por su mente! ¡Cuántos dolores vertieron amarga hiel en su
afligido corazón! A sus ojos aquel mar era el abismo de la eternidad, en el cual se sumergía
Ernesto. Hay dolores que se sienten y no se pintan, dolores que arrancan
lágrimas de hiel, y anublan los ojos, y turban la cabeza, y ahogan y sin
embargo no matan. Hay dolores que la muerte consolaría, pero la muerte es
nuestra más implacable enemiga, y prefiere sorprendernos en la hora de nuestros
festines.
Al volver a su casa dio María un
grito de espanto. Le parecía haber visto un monstruo
mitológico oculto en la espesura.
A la luz de la luna su fascinación le pintó un mono con pico de cigüeña, y
en traje de hombre. Era don Braulio. Su usurera malicia le
hizo sospechar que Ernesto debía despedirse de su amada aquella misma noche.
Se encaminó a
casa de María, y oculto en el follaje la siguió para enterarse de la naturaleza
de los amores de María y Ernesto.
Cuando vio al joven huir llorando
a su barca, y a María arrodillarse en la arena, no pudo contener la risa.
¡Pardiez! ¡Qué amores tan platónicos! Decía para sí. (Era muy aficionado a los monólogos).
No
tuvo celos porque sólo los hubiera tenido en caso de haberlos visto envueltos
en una nube de voluptuosidad y de goces.
Aunque a tan villano sentimiento, si
es que sentimiento puede llamarse, no debe darse nunca el noble nombre de
celos.
Así continuó en su regreso a
Alicante.
¡Pues aprovecha bien mi sobrino la
soledad! Allí han
hablado de arroyos, de fuentes, de poesía, de los ángeles, de Dios, de todo, y
en sustancia de nada. Parecía la conversación de una monja y un ermitaño. Amor tan puro no
puede ofender ni aun al más escrupuloso marido. María ceñirá siempre a las sienes de
su esposo coronas de jazmines y azucenas. ¡Tanto
mejor! Así me ahorro el gasto de jardín. Con los medios que voy a poner en práctica es cosa indudable mi
enlace con María.
No saben ambos la red que les preparo.
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