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XXIV
Los tristes negocios ahogaban a don Pedro de Urgel.
Con el dinero tomado a don Braulio
acababa de consumar su ruina. Sentado
en su gabinete, después de haberse aburrido, agrupando números que sólo
demostraban la pobreza de su caja, su angustioso estado; abrió la Biblia y fue
leyendo los siguientes pensamientos de Job, que parecían escritos para su
amargado corazón.
«Si anduve, y se precipitó sobre la
mentira mi pie que se me pese en balanzas justas, y conocerá Dios mi rectitud. Si extendí mi paso fuera del camino, y en pos de mis ojos fue mi corazón, o
a mis manos se les pegó algo, siembre yo y otro coma; y mis retoños sean
arrancados.».
«Si desestimé la justicia de mi sirviente o de mi esclava
al litigar ellos conmigo... Si prohibí algo de lo que
querían los pobres, o los ojos de la viuda deprimí, o comí mi torta solo, y no
comió el indigente de ella... Si vi alguno que perecía por falta de vestido o
sin cubierta al menesteroso.»
¡Oh Dios mío, Dios mío, exclamó don
Pedro, hice bien a todos los desgraciados, y como este infeliz, cuyas quejas
llegan a mí al través de los siglos he recogido cosechas de espinas, y soy
ahora escarnio de los hombres!
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