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Emilio Castelar
Ernesto

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XXV

Al día siguiente amaneció el cielo despejado y sereno el mar. Un suave aliento de las costas africanas rizaba las olas. El vapor se mecía en el puerto en medio de innumerables barquichuelos que iban y venían, llevando equipajes, transportando a bordo o a tierra innumerables pasajeros. Las azuladas costas bañadas por el sol se sonreían con esa alegría indefinible que la trasparente, y pura atmósfera, lo suave de los vientos, lo risueño de las campiñas difunde por los felices climas meridionales. Alicante desde el vapor presenta mágico aspecto. Recostada la ciudad en la falda de elevado castillo, parece un centinela que guarda los mares y aprisiona los vientos. Aquel monte aislado, fecundo para la guerra, estéril para la naturaleza, infunde un sentimiento de tristeza, porque las arenosas playas que le circundan ornadas con algunas palmeras son también áridas como las rocas que sostiene el gigantesco castillo. Parece imposible que tan cerca se encuentre la hermosa huerta de innumerables palacios y de infinitos jardines. Alicante, sin embargo, se ha ornado para entretejer lazos con que aprisionar al viajero. Las ciudades de las costas tienen más gracia, más coquetería que las ciudades del interior, y es porque a su seno van viajeros de todo el mundo, y necesita dejar en su ánimo gratos y apacibles recuerdos. Por eso la ciudad para contrastar el ánimo abatido con el aspecto guerrero, se ha ornado de flores, tejiendo para su sien una diadema, y en medio de aquellas azoteas tan esmaltadas, son dignas de verse las hermosísimas mariposas alicantinas, gala la más bella, la más deslumbradora de la meridional ciudad.

A las cuatro de la tarde el vapor se mecía con más fuerza como si sacudiese su profundo sueño. Algunas bocanadas de humo salían de su vientre como si bostezase soñoliento. Las barcas le rodeaban, parecían una banda de polluelos en torno de gigantesco cetáceo. Suspiraba el mar, llorando tal vez por la partida de alguno de sus hijos.

Un joven apoyado en la proa del barco, miraba a la isla de Tabarca con los ojos arrasados de lágrimas: Era Ernesto. Lloraba sí, porque es imposible mirar con serena frente en el momento de partir, los lugares testigos de nuestra inocencia, la veleta del campanario, y la sombra de la iglesia que recogió las primeras oraciones de nuestro pecho, la playa que hollaron siempre nuestros pies, el patrio techo donde se meció la cuna que nos abrigaba, y vivió la madre que nos sonreía, y los campos por do corríamos, en pos de un nido, persiguiendo a una pintada mariposa.

El vapor empezó a volar sobre las ondas. Entonces [13] sufrió Ernesto un vahído, y parecía que el viento de la fortuna se arrebataba en sus alas. A la izquierda comenzó a desplegarse la huerta. María desde una ventana de su casa tendía sus brazos al mar. Ernesto sintió que le traspasaban el corazón, que le arrancaban el alma. En medio de aquella risueña campiña que todos admiraban, dejaba él sus amores, su felicidad, sus ilusiones y la esperanza de su oscuro porvenir. Sintió un vahído como si el mundo se hubiera alejado de su alma, o como si su alma se hubiera alejado del mundo. Dejó de oír el suspiro de las olas, los gritos de los marineros, el sordo hervidero del vapor, el rechinar de las máquinas, y sólo delante de María juró amarla por toda una eternidad, y morir de amor antes que olvidar al ángel de su existencia, a la mujer que le había inspirado sus dulces cantares, y enseñándole a orar le había hecho poeta.

Se nos olvidaba decir que en la cámara de las señoras había una mujer vestida de negro. Sería la sombra de Ernesto.






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