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Emilio Castelar
Ernesto

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  • XXVI
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XXVI

Así que vio don Braulio alejarse a su sobrino, respiró; le parecía que su dicha era completa, y que su deseo estaba ya realizado y satisfecha su brutal pasión. Al siguiente día se encaminó a casa de don Pedro. María tenía una horrible repugnancia a semejante monstruo; así es que a pesar de sus numerosos cumplidos y reverentes cortesías no logró don Braulio oír de sus labios más que entrecortados monosílabos.

    Buenos días, don Pedro, cómo nos encontramos de negocios.

    He pasado la noche buscando medios para aplacar mi suerte y no he hallado ninguno.

    A veces donde menos se piensa salta la liebre.

    Para mí todo se ha agotado, hasta la esperanza; esa fuente de consuelos inagotable.

    ¿Todo? pues hacéis muy mal.

    Hago mal, ¿y qué hacer? Mañana vendrán mis acreedores, les mostraré mis arcas vacías y me insultarán; les pediré un plazo y me arrojarán a la calle.

    Es verdad que en situación tan apurada no se halla remedio. Don Braulio quería apurar más a don Pedro para conseguir sus fines particulares.

    Después no podré presentarme delante de los hombres. Todos los que me han estafado, me tratarán de estafador; todos los que me han vendido me llamarán embustero. Si me muero de hambre dirán que saqué el dinero que me han rendido mis empresas comerciales. Mi ciencia ha consistido en arruinarme; en dispendiar los caudales de mis padres, y la fortuna de mi propia hija.

    Y después el honor...

    ¡Ob! el honor. Las manchas que caen en el honor sólo puede borrarlas el aliento de la muerte.

    ¡Que hombre tan tonto! dijo para sí don Braulio.

    Cuando no podemos presentar el escudo de la honra; cuando a los ojos del mundo somos viles, porque la desgracia es villanía; cuando no está en nuestras manos acallar las murmuraciones de las gentes, y todos nos maldicen, y nos miran todos con torvos ojos, es preciso acudir a la muerte porque la tierra nos rechaza.

    O a la soledad, o a la emigración... Una quiebra es cosa muy puesta en uso.

    Una quiebra es cosa espantosa porque quiebra el honor.

    Cuando es de buena fe...

    ¿Y suponéis por ventura que el mundo cree ya en quiebras de buena fe?

    Pero el que no tiene hijos... murmuró don Braulio, tocando en la llaga del corazón de don Pedro

    ¡Hija mía! ¡hija mía! Más te valiera no haber conocido padres que tener un padre tan miserable. Mi hija; el único consuelo de mis desdichas, se ve expuesta a la orfandad, a la miseria...

    No; las mujeres siempre tienen recursos para no morirse de hambre.

    ¿Qué decís? ¿qué palabras habéis pronunciado? Explicadme esa palabra, sino queréis que a pesar de mis achaques os salte la tapa de los sesos.

    No os alarméis. Quise decir que vuestra hija es hermosa y que puede encontrar un buen marido.

    No tiene dote. En el mundo los casamientos son ya contratos. Los hombres no aman. Dios, al verlos tan miserables; tan indignos, ha apagado en sus cancerosos pechos la luz purísima del amor.

    Pero siempre se ven excepciones...

    ¡Qué son rarísimas! Antes iban nuestros padres en peregrinación a visitar el Santo Sepulcro; hoy vamos a las magníficas exposiciones de Londres en pos de una butaca-cama para asentarnos con mayor comodidad.

No hay sentimientos sino cálculos; no hay pasión que no sea sensual, ni hombre que no sea materialista.

    ¡Ya! ¡ya! murmuraba entre dientes don Braulio. Este hombre erró la vocación; debía haber sido misionero.

    ¿Qué hacer? Dios mío. ¿Qué hacer? exclamaba fuera de sí don Pedro, golpeándose la frente.

    Vuestra situación es desesperada; pero yo os propongo salvaros...

    Salvarme de la deshonra; de la muerte. ¡Salvar a mi hija!

    Todos vuestros créditos son míos. Los rompo con una condición...

    ¿De veras? Decídmela si no es afrentosa. Imponedme condición; pero dadme tiempo para pagar.

    Que... no, mañana. Quedad con Dios.

Y salió don Braulio del aposento.

    ¿Será cierto? ¿será cierto? ¡María, María!






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