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XXVII
¿Qué mandáis, padre mío?
Siéntate
a mi lado que quiero verte con mis ojos, porque eres tan hermosa, alma mía, que regocijas el
corazón de tu padre.
¡Cuánto me alegro de veros feliz. Estabais tan triste!
Sí
estaba triste porque temía que la deshonra empañase nuestras frentes; porque
dudaba si debía sufrir con resignación los males que se agolpaban sobre
nosotros.
¡Padre mío!
Hay dolores, hija mía, que gastan
la naturaleza. El cuerpo como es de arcilla no puede
sufrirlos, y se rompe estrellándose contra el dolor.
Sí, hay dolores crueles.
Ojalá no los
conozcas nunca, hija mía, porque tú eres una niña y nada has padecido.
Nada, nada... dijo amargamente
María.
No puede pronunciar el labio lo que
ha sufrido el corazón... ¡Hubieras sido muy desgraciada, y más desgraciado aún
tu padre; si Dios no nos hubiera enviado un protector!
¡Un protector!
Sí, hija mía, sí, y para que veas
cuánto he sufrido te diré tan sólo que mil veces he
acariciado con gusto la idea del suicidio.
¡Padre! ¡Qué horror!
Es
horrible, ¿no es verdad? La manía del suicidio
[14] suele ser una enfermedad espantosa, hija mía; una
enfermedad del corazón que la ciencia no puede curar, y tu padre la ha sufrido
en muchas ocasiones de su vida, y al borde del precipicio la misericordia
divina le ha salvado.
¿Y quién es ese protector?
Don
Braulio.
¡Dios
mío!
¿Qué
tienes?
Me
horroriza ese hombre.
¿Por
qué?
No sé.
Sí, tienes razón, es usurero.
Y padre e hija quedaron sumidos en el más profundo
silencio; para las almas grandes y generosas es penoso creer en la maldad y en
la bajeza.
Tal vez haya Dios tocado a su corazón dijo don Pedro.
Esperemos... añadió María por no
desconsolar a su padre.
Sí, esperemos, dijo don Pedro con
amarga sonrisa.
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