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Emilio Castelar
Ernesto

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  • XXVIII
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XXVIII

María no podía separar de su memoria el recuerdo de su adorado Ernesto. Le amaba con el primer amor de su corazón, y veía en él todas las dotes sobrenaturales que el alma se recrea en dar a los seres, objetos de su amor. Sus cantares resonaban en los oídos de la tierna joven como preludio del cielo; sus palabras guardadas en el corazón venían a su mente en alas de sonrosados recuerdos, y sus promesas de amor y felicidad teñían con deslumbradora luz los días del porvenir. María después de la entrevista con su padre, cuando ya había venido la noche paseaba como siempre sola a orillas del mar. Cuando miraba la vasta extensión del Mediterráneo y recordaba que la barca de Ernesto no se mecería ya en sus olas, le asaltaba el dolor, y amargas lágrimas brotaban de sus ojos. Se reclinaba en el peñasco, recogía las flores que habían hollado sus plantas y sentía que el aire hubiese borrado sus huellas de la arena.

María no pensó que el mundo físico está modelado a semejanza del mundo moral; y que en el tempestuoso mar de la vida el viento del olvido suele borrar los recuerdos del amor. No pensó tampoco que el alma es movible como el Océano, y que hoy refleja los recuerdos de ayer, y mañana es un abismo, donde se hunde lo pasado. Su virginal inocencia le inspiraba fe en el porvenir. ¡Infeliz! Sentada al borde de la vida, las brisas de amorosas ilusiones agitaban sus cabellos, y la esperanza se desplegaba con sus mil matices, encubriendo a sus ojos despeñaderos, por do se arrastra el corazón. No sabía que en el mundo hay olvido para los recuerdos; desprecio para las más altas pasiones; vicios que manchan el alma, y que do fingimos encontrar la felicidad se halla escondida la muerte. ¿Para qué este afán, si sabemos que todas nuestras aspiraciones han de ser engañadas y burlados todos nuestros deseos? Ni nos arredra el ejemplo, ni nos detiene el inmenso clamoreo de los siglos sepultados a nuestros pies. ¿Hay gloria en el mundo?

La tierra ignora ya el nombre de Homero. ¿Hay amor? El mar de Leucades llorará eternamente la impiedad del corazón humano. ¿Hay grandeza? Preguntádselo a España, a la señora de dos mundos. ¿De qué sirven los recuerdos y las reliquias de los grandes hombres? La corona de Carlo-Magno pesa hoy sobre las sienes del Napoleón el Pequeño. ¡Qué horrible parodia!

Siempre andamos extraviándonos. Imagen fiel de la vida, este libro es un continuado extravío.

Decíamos que María se paseaba sola a orillas del mar.

Al reclinarse en el peñasco donde esperaba a Ernesto, oyó agria voz que la decía:

    ¡María!

Volviose azorada y vio a don Braulio.

    María, quería hablaros.

    ¿A mí, señor?

    Sí, a vos, María; porque de vos depende la salvación del que os ha dado el ser.

    No os comprendo.

    Me explicaré claramente.

    Vuestro padre está arruinado. Las deudas que sobre él pesan son superiores a sus recursos y superiores a sus fuerzas. Deseoso de pagar a todos se ha comprometido con todos y su casa es un laberinto; de donde puede salir con las manos vacías y la frente señalada con el sello de la deshonra.

    Lo .

    Sabéis también que aquí no paran los males. La desgracia en el mundo es perseguida, es insultada. Vuestro padre tiene un corazón muy débil; uno de esos corazones que sucumben fácilmente a la desgracia. Le mataría el verse acosado por sus acreedores; el contemplar su casa hecha presa de la ruinosa justicia; el oír la mofa que de su honradez harían las gentes, el...

    ¡Ay Dios mío, tenéis razón!

    Y después de perder su fortuna, o perdería el juicio o... acaso perdería la vida...

    Sí, sí; lo conozco: nuestra situación es desesperante, exclamó María vertiendo amargas lágrimas.

    Qué triste debe ser para una hija ver a su amoroso, a su buen padre amargado por los más horribles dolores; perdido su juicio, arrastrando la cadena de todas las desgracias; y si esa hija es cristiana, si piensa que la desesperación arrastra al suicidio, y el suicidio a la perdición eterna...

    Callad, por Dios, que me desgarráis el alma.

    No, María, vengo a salvaros. Si vos queréis podéis pagar las deudas de vuestro padre. Con sólo pronunciar una palabra conjuráis todos los males. Con un sí despejáis el negro horizonte de ese encapotado porvenir.

    ¿Qué he de querer? ¿Qué he de decir?

    María; yo os amo, y puedo salvar a vuestro padre, dijo arrojándose a sus pies.

La joven retrocedió como si hubiese visto una víbora que se arrastraba a sus plantas. Aquella declaración la hirió mortalmente, y pálida, desencajada, ni profería palabras ni tenía fuerza para salir de tan horrible situación.

    Sí, María. Abrid esos labios y los créditos de vuestro padre serán rasgados, dadme un sí y os veréis rodeada de riquezas, nadando en el lujo y en la felicidad. Las reinas envidiarán vuestros diamantes, el sol mismo palidecerá eclipsado por el oro que arrojaré a vuestras plantas.

    Callad, no me insultéis. ¿He de vender mi corazón al oro de un avaro? ¿He de prostituir mi vida a un bastardo capricho? Callad: que vuestras palabras me afrentan. Nunca, nunca... Antes morir mil veces.

    Vos no moriréis, que morirá vuestro padre. Mañana le arrojarán ignominiosamente de su casa. Mañana llamará a las puertas de sus amigos para pedir una limosna, y los amigos son siempre sordos a la voz del infortunio.

    Viviremos en una choza alejados del mundo. Dios nos sostendrá. Nunca falta su providencia al desvalido.

    Esas son ideas poéticas; que tal vez os haya imbuido mi romancesco sobrino. Idos a esa choza. El frío perseguirá a vuestro padre. El hambre, amoratando sus labios, secando su paladar, le causará los más acerbos dolores. Y cuando vea que el bien que hizo se ha convertido en su desgracia, que sus favorecidos le [15] abandonan, regalándose, en sus orgías con los favores que él les ha dispensado; cuando sienta que por haber sido bueno y justo, muere presa del hambre y de la sed; maldecirá su existencia y renegará de Dios.

    Sois una víbora, que escupís veneno a mi frente.

    Y vos os sonreiréis triunfante; porque habéis contribuido al asesinato de vuestro padre. Y cuando le veáis palidecer y morir os reiréis de sus padecimientos, y de su muerte, sin que os inspire la conciencia ningún remordimiento.

    No, mi padre es joven.

    Su juventud le mata. Hay épocas en la vida en que la sangre hierve tanto que nos ahoga y el corazón padece tanto que nos mata. ¿No sabéis otro secreto terrible? Vuestro padre ha padecido siempre de la manía del suicidio.

    ¿Quién sois, hombre funesto, que así me martirizáis?

    Soy tu salvación o tu ruina. Yo siento aquí en el pecho una pasión tan grande, un afán tan interno... María, te amo tanto, que si me desprecias voy a ser el más perverso de los hombres.

    Si yo no puedo amaros, si mi alma no me pertenece, dijo María profundamente conmovida de compasión por aquel hombre. Era tan buena, que el ver una sombra de padecimiento en aquel hombre, macilento por sus vicios, horrible por naturaleza, jadeante entonces de rabia, iluminado por la torva luz de sus brutales pasiones, no lo inspiraba odio, sino lástima.

    Nada quiero saber; nada más que, me desechas de tus pies. Bien, puedo perseguir a tu padre por estafador; por haberme pedido dinero cuando no tenía con qué pagarlo, y tendré el placer de oírlo mugir de rabia en una cárcel, de verlo amanecer algún día colgado de la reja de su calabozo.

    Estáis loco. Sólo una espantosa demencia puede inspiraros esas terribles palabras.

    Tú, tú... después verás indiferente esa desgracia. No, aunque tienes entrañas de hiena. Tu padre se suicidará porque las manías nunca se curan. Cuando vayas a llevarle el pan de la miseria a la cárcel, le encontrarás ahorcado, agonizante; maldiciendo a los hombres y a Dios. Cuando quieras buscar su sepulcro no le encontrarás; porque para los suicidios no hay sepultura. Cuando a Dios quieras encomendarlo, el rezo se helará en tus labios, acordándote de que padece los tormentos eternos, con que Dios castiga a los malvados. Entonces te ahogará la pena, el remordimiento; porque pudiste darle vida, y le mataste, porque pudiste, haciéndole feliz, darle el cielo, y le condenaste para siempre.

    ¡Qué horror! exclamó María temblando y fuera de sí.

    Y sacrificar a tu padre en aras de tu loco amante, un hombre que te abandona por los placeres voluptuosos de la corte. Le prefieres a mí; porque es hermoso y yo soy deforme, porque su cabello es negro y rizado, y el mío no; porque huele su aliento a ámbar y mi aliento huele a hiel; porque él te habla de novelas y poesía, y yo te hablo de la amarguísima verdad; le prefieres porque sensual como toda mujer te paras en las formas del hombre, y no en su alma.

    ¿En su alma decís? ¿Si tuvierais el alma de Ernesto me martirizaríais así? ¿os complaceríais en atormentar al desgraciado?

    ¿Vos que bebéis gota a gota el sudor del pobre, dejándole desnudo y hambriento para amontonar el oro que me ofrecéis. Vos, que pasáis la vida buscando la desgracia no para consolarla, sino para explotarla en vuestro provecho; vos, que os recreáis pintando el dolor y la miseria, os comparáis con el que se arroja para salvar al náufrago, que comparte con el huérfano la mitad de su sustento, que trabaja para consolar al que padece y que llora con todos los que lloran? Él me habla del cielo es verdad; pero vos me ofrecéis oro, como si el oro pudiese engañar mi corazón.

    ¡Venganza! ¡venganza! exclamó don Braulio, rugiendo desesperado y alejándose de do María estaba. La joven sobrecogida de espanto echó a correr desalentada hacia su casa y entrando en su gabinete se dejó caer sobre su lecho deshecha en amargas lágrimas.






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