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XXIX
Don Braulio se dio prisa a
ejecutar su venganza. No durmió en toda la noche
saboreando el placer de arrastrar a María hasta la puerta de su casa, y
arrojarla de ella ignominiosamente. Gozábase ya en pintar los
dolores que traspasarían el pecho de don Pedro cuando se viese maltratado por
su único acreedor. Sabía que nadie, absolutamente nadie, tendería al infeliz una mano amiga. Si hubiera sido de mala fe su
quiebra, a buen seguro que le faltaran protectores en el comercio; pero un
hombre tan honrado no era digno de compasión, ni
acreedor a ningún remedio.
Está muy bien montado nuestro mundo. Honor
hace al talento humano esta sociedad en que vivimos. Todos los que en el mal ponen
sus ojos se asocian para realizar sus perversos designios. Para el bien nadie
se asocia. Los esfuerzos aislados del individuo chocan contra el torrente
universal, que se ríe de todos los que proponen medios para consolar al
infeliz.
¡Y si fuera tan sólo reírse! Hablad de la miseria que cunde
como plaga en las grandes y pequeñas poblaciones; de medios para aliviar la
desgracia del pobre y hacerle más productivo su trabajo, y al momento veréis
como los grandes guindillas de esta sociedad humana, fundada en la desconfianza
os echan el guante y os aprisionan por conspirador, por revolucionario. Me parece que estoy viendo la siniestra pluma del censor
arrojando una línea de negra tinta sobre esos renglones.
Porque habéis de saber que en el siglo XIX después de la
gran revolución en que el hombre resolvió sus derechos torpemente borrados por
el libro de la historia por el orgullo de sus señores;
después que la libertad del pensamiento ha sido consignada por todos los
filósofos, reconocida por todos los hombres, aquí tenemos un censor encargado
de celar esto que escribo y borronear mis papeles y tachar lo que le parezca y
descubrir ilusiones que no existen y(2) si pasa esto, ya os diré cosas
mejores.
Volvamos a don Braulio, que en lo
feo y en lo perverso es imagen abreviada del mundo.
Así que amaneció el nuevo día, se levantó
y dispuso todos sus papeles. Ya hemos
dicho que era dado a los monólogos. Como a nadie amaba, con
nadie tenía confianza, y con nadie hablaba.
¡María! O
tu padre o Ernesto. Ya veremos si eres tan virtuosa
como dicen las gentes. ¿Virtuosa? Como si en el mundo
la caridad, ostentación; la modestia, orgullo; la sabiduría petulancia; el
amor, egoísmo. ¡Decirme a mí que en el mundo no hacen todos lo
que yo hago! Si Ernesto no da dinero a usura es porque
no tiene dinero. Si María no vende a Ernesto por el
oro que yo le ofrezco, es porque yo soy horrible.
Y don Braulio arrojó una carcajada epiléptica.
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