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Emilio Castelar
Ernesto

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XXX

Cuanto más se aproximaba don Braulio a casa de don Pedro, más creía su reconcentrado furor. [16]

A la puerta de la blanca casa vio a María entretenida en hojear un libro.

    Señorita. Pregunto por vuestro padre.

    ¡Oh! Haced el favor de volver. Está descansando. No ha dormido en toda la noche, dijo María con humilde y amargado acento.

    ¡Duerme, cuando está cargado de deudas! Mejor sería que pensase en adquirir dinero para pagar sus deudas.

    Caballero. Nadie tiene derecho a insultar a un hombre de honor delante de una mujer, que no puede vengarlo. Eso sólo lo hace la torpe cobardía, o la suprema infamia.

    Dejemos todo esto a un lado. Quiero verle, lo mando, y ya sabéis que tengo derecho para mandarlo, como que es mía esta casa. María se cubrió el rostro con las manos. Don Braulio, aproximándose al oído de María, murmuró estas siniestras palabras.

    Una hija despiadada asesina al más desgraciado de los padres; y sin esperar la respuesta de la joven se lanzó al gabinete de don Pedro.

    ¡Ernesto! ¡Ernesto! ¡Cuántos males nos amenazan! A esta horrible desgracia no puede resistir mi corazón. Padre, padre mío... y como si estuviese loca, con los ojos nublados, y el paso vacilante se precipitó a la puerta del gabinete. Entonces oyó este corto diálogo.

    Don Pedro. Aquí tenéis estos pagarés, que ya han vencido. O me pagáis, u os arrojo mañana mismo de esta casa.

    No me proponíais una condición...

    No puede ser. No hay remedio. Pagar o salir de vuestra casa, porque cuanto en ella hay me pertenece. Mañana mismo voy a proceder al embargo.

    ¡Bien! Podéis hacer cuanto se os antoje.

María

    ¡Quedad con Dios!

    Con Dios id... y don Pedro mostraba una calma tempestuosa. Hay dolores desesperantes, terribles. No asoman al rostro, pero hierven en los abismos del corazón.

Así que don Braulio se dirigió a la puerta, don Pedro se dejó caer sobre el sillón.María entonces entró en la estancia, gritando.

    ¡Padre mío! ¡padre mío!

Don Pedro la recibió en sus brazos, e imprimió un ósculo de amor en su espaciosa frente. Una espantosa carcajada resonó en la estancia. Era don Braulio, que se burlaba del cariño de aquella hija. [17]






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