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Emilio Castelar
Ernesto

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XXXII

A bordo del vapor...

Querida mía: Hoy por vez primera en mi vida te escribo; y hoy también he sentido por primera vez en mi pecho el agudo aguijón del dolor. ¡Oh María, María! La naturaleza sin ti me parece un templo sin Dios. Mi alma tan amante de lanzarse a los espacios infinitos se repliega en sí misma, y se posa amorosísima en tus recuerdos. Desde aquí veo el horizonte que te cobija desvanecerse como una ilusión de la niñez, desde aquí se descubren las costas en que tantas veces hemos orado juntos, confundiendo nuestras almas. Mi cuerpo arrebatado por la fuerza del destino, corre a do la suerte le lleva; mi espíritu está contigo y te contempla extasiado y feliz. Este viento que agita mis cabellos te dará nuevas de tu Ernesto, y te dirá que llora tu ausencia, que padece por ti, y que espera volver a verte, llena de ternura y de amor. El olor de las blancas rosas que me diste, lo aspiro embriagado cual si aspirara la esencia de tu alma. He mil veces, besado aquel rizo, que en premio de mi primera confesión me diste, y algunas lágrimas mías están suspendidas en sus hebras de oro. Tu imagen está en mi corazón; tu nombre en mis labios; tu alma en mi alma, y el aire que respiro está impregnado en tus recuerdos. El sol me acompaña [18] y me consuela; porque es el mismo sol que alumbraba nuestra felicidad. Mientras brille me acordaré de que te veía por la ribera, corriendo tras una paloma que de tu afán se burlaba. Los rayos de oro del sol, eran para mí menos brillantes que las trenzas de tu blonda cabellera agitada por las brisas; y el aliento del aire menos ligero que tu carrera en la arena.

Bendito sea el cielo que vio nacer de mi inocencia tu amor; bendito el sol que te alumbró para que yo te viera; bendito el aire que trajo a mis oídos tus primeras palabras; bendita la tierra que te sostenía; mientras yo, solo en el fondo de mi barco te adoraba silencioso confiando mis amores al mar.

¡María! El sol se ha apagado en sus olas; la campana de la oración llega a mis oídos desde las lejanas costas como un eco del cielo; las estrellas brillan cual las lágrimas de tus ojos suspendidas de las rosas, con que adornábamos el ara de la Virgen. Cercano a nuestro vapor pasa un barco de vela. Los marineros arrodillados dan gracias a la Virgen, porque favorable viento impulsa sus lonas, y porque sus redes están llenas de pescados de todos colores. En su oración, María, han pronunciado tu nombre, ese nombre dulcísimo que serena el mar, y tiñe con los colores del iris las contrarias nubes.

No olvidé la palabra que te di. Creo ver la Virgen en la dorada nube que aparece en el ocaso. El mar calla como si se entregase a sus oraciones; brillan con tan nuevo resplandor las estrellas, que no puedo menos de sentir el amor de la madre amorosa del Verbo, derramándose cual nueva savia de vida y esperanza por toda la creación. Tal vez ese cielo sea tan sólo un pliegue de su manto, y esa melancólica luna una pequeña rueda del carro de astros, en que va a llevar su aliento de amor a los mundos desmayados de cansancio en su infinita carrera.

¡Orar! ¿Qué es el amor? Una oración infinita; una lágrima del cielo; un suspiro de Dios. El amor es el aroma de nuestro ser. Cuando ese aroma se ha disipado todo en el seno de Dios, el vaso que lo contiene se rompe y se convierte en ceniza. El destino del hombre es amar. El secreto de la naturaleza amar es también. Las estrellas corren anhelantes en pos del sol, y ruedan en el vacío como ángeles huidos del cielo tan sólo por alcanzar una mirada de su amante.

El viento es el suspiro amoroso de la tierra. La luna está pálida porque abandonada en los espacios, padece de un amor sin esperanza.

¿Sabes, María, que debe ser terrible un amor sin esperanza? Figúrate que yo te viera en brazos de otro hombre, a quien prodigaras de grado o fuerza tus caricias; que yo amándote, no tuviera de tu amor más que espinas en el corazón y lágrimas en los ojos; que los celos me ahogaran, y que tanto sufrimiento no tuviera remedio ya en la tierra.

Dejemos tales ideas que me infunde mi melancolía.

Sólo siento no poder decirte cuánto te amo. Es triste sentir un amor más inmenso que los cielos, y tener que expresarlo con una sola palabra. ¡Te amo!. En esa palabra está encerrado mi corazón; todo lo que soy, mi vida, mi porvenir, mi esperanza. Si alguna vez me olvidaras, iría a perderme en brazos de la muerte. Te maldeciría, no; te bendeciría amoroso, porque al fin tú me quitabas la vida. Padezco, y bendigo mis padecimientos. Las lágrimas que se agolpan a mis ojos, los dolores que acosan mi corazón, me muestran que te amo cuanto en el mundo es dado amar a los mortales. No me olvides. Visita todas las noches el peñasco en que me esperabas. Bendice la hora de nuestra entrevista. Recoge las flores del jardín, y envíame algunas rosas en tus cartas. Ve al santuario donde rezábamos juntos, y pide a la Virgen que acreciente nuestro amor, y que nos reúna pronto para siempre. María, te adora tu infeliz.Ernesto.






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