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XXXIII
La amenaza
de don Braulio iba a cumplirse. El infeliz padre de María iba a ser perseguido
por faltas que no eran suyas, sino de su adversa
suerte. La casa debía pasar a extrañas manos. El alma
se identifica con los lugares donde ha sentido la santa influencia del amor y de la felicidad, hace de ellos un templo y los
consagra con sacratísimos recuerdos. Allí habían nacido y espirado los abuelos
y padres de don Pedro; allí le sonrió el amor, uniéndose a
una angelical mujer, que bajo aquel sagrado techo acababa de morir; allí en
fin, María había abierto sus ojos a la luz de la vida, llenando de alegría el
corazón de sus padres. A don Pedro le parecía que iban a profanar el sepulcro de sus antepasados,
y la cuna de su hija. Y en efecto, la fortuna en su torrente arrastra lo mismo
el corazón que los objetos inanimados que nos pertenecen.
El infeliz comerciante estaba sereno, como quien toma una
resolución definitiva. Sacó una pistola del armario
que próximo tenía, y se puso a limpiarla con calma e indiferencia. Después cogió la pluma y trazó
algunos renglones.
En seguida se postró, y oró.
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