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XXXIV
María entre tanto sufría congojoso martirio. En tres noches no había
dormido. Arrodillada al pie
de su lecho se perdía en la desesperación más espantosa. Ya se acusaba
de no tener valor para arrostrar el martirio, y salvar
de la deshonra, tal vez de la muerte a su desgraciado padre; ya alejaba
espantada de su imaginación tan triste idea, acordándose del amor infinito que
la unía a su Ernesto. Conocía que el joven poeta era vario e inconstante, y que
si el soplo de la felicidad, agitando las alas de su
risueña imaginación, le impulsaba a perderse en el cielo entre océanos de
divina luz, el aliento del desengaño, sumergiéndole en el dolor, arrancarían a
sus labios la blasfemia e inspiraría la duda, y el ateísmo a su impresionable
corazón. Y María no se engañaba. El poeta es como el iris del mundo moral. Tiene todos los colores, y
aparece siempre sobre los desastres de todas las tormentas. ¿Por otra parte podía unirse con un hombre a quien no amaba, de horrible cuerpo y de envilecida alma? ¿Y su
padre? ¿y si en un arrebato se daba la muerte, no
quedaría siempre en su alma el más negro remordimiento, anublando sus días,
oscureciendo su corazón y su conciencia? ¿Qué hacer? Le parecía que el alma de
su madre, desprendiéndose del cielo la acusaba de las
desgracias que afligían a su esposo; que murmuraba maldiciones en sus oídos,
negándole por tanta ingratitud su dulce amparo; y que llorosa y afligida le
echaba en cara la debilidad de su corazón, y el amor funesto que la retraía de
aquel horrible sacrificio. Quería distraerse. Mas era imposible. Desde su lecho veía el azulado mar, por do bogaba la frágil barca
de Ernesto. Su isla aparecía risueña y encantadora entre los celestiales celajes de
aquel risueño horizonte. En las manos tenía su
carta que oprimía contra su corazón. Si matara el placer,
aquella carta hubiera asesinado a María. No
podía acordarse de Ernesto, sin sentir también un dolor infinito. Quiso
distraerse.
Fue a buscar su jilguero y le halló
muerto en la jaula. Se había olvidado María de
verter unas gotas de agua en su bebedero. Algunas lágrimas rodaron por sus
mejillas. ¡Qué cruel soy! dijo. ¿Por qué no le di su
ansiada libertad? Abrió la ventana, y el sol había devorado sus antes verdes y
lozanas enredaderas. Nuestras desgracias todo lo marchitan, todo lo envenenan.
Cuando las tempestades se desencadenan en el [19] corazón, y se agota el rocío de
lágrimas, y siniestros relámpagos cruzan ante nuestros extraviados ojos;
olvidamos todo cuanto nos rodea, y hacemos a la naturaleza víctima de nuestros
dolores. ¡Qué crueles somos! En cambio naturaleza regocíjase amorosa en todos
nuestros festines. Para los corazones enamorados tiene los cantos de sus
fuentes, las guirnaldas de sus flores, la sombra de sus bosques y el canto de
sus aves. A los cuerpos desposeídos de vida que nosotros arrojamos de nuestro
seno, les abre naturaleza sus entrañas, y los arrulla en su eterno sueño.
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