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XXXV
Gran rumor se oye a la puerta de
la casa donde habita don Pedro. Son los curiosos vecinos de las cercanías que acuden
ansiosos a ver alguaciles, juez y escribanos reunidos en aquella mansión.
Por fin los cuervos de la desgracia han
abandonado su nido para lanzarse sobre el arruinado comerciante. Es tan implacable la justicia humana que horroriza y espanta. Vale más ver
a la puerta la cruz del sacristán que oír la voz agria y descompasada de un
curial:
Notificada a don Pedro la causa de aquella visita,
procedieron al embargo.
Don Braulio se sonreía triunfante y orgulloso.
María iba sosteniendo a su padre
pálida y trémula, cual las hojas de los árboles en el otoño.
Don Pedro confundido, avergonzado, no
profería la más mínima palabra.
Un alguacil en voz alta iba mencionando
todos los muebles que hallaba al paso, y el escribano apuntaba con estoica
indiferencia escribanil.
Las voces del alguacil taladraban
el corazón de don Pedro.
Un sillón de baqueta, decía en voz
alta, el ministril algo usado y de gran antigüedad.
Don Pedro estaba apartado de todos con su
hija.
En ese sillón, María, murió mi
padre. Desde ahí me recomendó la honradez, mi
principal herencia. ¿Quién le hubiera dicho que tan pronto el deshonor había de
anublar la frente de su hijo? ¿Quién que su sillón desde el cual tantas veces me había bendecido, debía venderse más tarde en pública
almoneda.
Una cuna de caoba con filetes
dorados, gritaba el alguacil.
Esa es tu cuna, María, ahí te depositaba tierno, amorosa tu madre.
María se ahogaba de dolor.
Un velador de pino.
En ese velador aprendiste a leer.
¡Cuán extasiada te escuchaba tu madre cuando tú leías
los Mártires o el Genio del cristianismo. Y se lo
llevarán mañana.
Una mesa de escritorio.
¡Esa mesa! Dios mío, Dios mío. En esa mesa nació la fortuna que hoy muere. Sobre ella mi padre escribía y me enseñaba a ser un honrado
comerciante.
¡Un retrato de señora!
¡El retrato de tu madre! Señores,
por compasión, dejadme esa única prenda, es mi felicidad. Permitidme al menos
que legue ese recuerdo a mi hija. Es la sombra de su
madre. No embarguéis, no vendáis lo único que de una
madre resta en el mundo. Vendedme a mí por esclavo. Sacadme la sangre si queréis, pero ese retrato... oh, ese retrato, no. Son sus ojos que aún me
buscan, sus labios que aún pronuncian mi nombre. Ayúdame, María, a rogar... que no vendan a tu
madre...
María cayó de rodillas implorando misericordia.
No puede
ser, dijo don Braulio. Después en la almoneda que debe
verificarse, si aprontáis el dinero se adjudicará al que más puje.
Callad, un usurero no puede tener
sentimientos. El que roba la sangre del pobre...
¡Me
insulta! Lo oís, me insulta. Justificaréis lo que decís o de lo contrario la ley caerá con todo su
rigor sobre vuestra frente.
Señores, dijo el juez. No permito que a nadie se insulte delante de la autoridad.
Abiertos están los tribunales donde se da a cada uno
su derecho con perpetua y constante voluntad.
En este intermedio María recogió un papel que se había
caído del bolsillo de su padre, y pudo leer lo
siguiente.
«Hija mía: Te dejo abandonada.
Yo muero y muero afrentado. No me maldigas.
Compadéceme. Veas si puedes ocultar mi suicidio, para
que me entierren al lado de tu madre.»
María fuera de sí, exclamó corriendo hacia don Braulio.
Oídme, oídme, por compasión. Y se
lanzó fuera del aposento.
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