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Emilio Castelar
Ernesto

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  • XXXV
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XXXV

Gran rumor se oye a la puerta de la casa donde habita don Pedro. Son los curiosos vecinos de las cercanías que acuden ansiosos a ver alguaciles, juez y escribanos reunidos en aquella mansión.

Por fin los cuervos de la desgracia han abandonado su nido para lanzarse sobre el arruinado comerciante. Es tan implacable la justicia humana que horroriza y espanta. Vale más ver a la puerta la cruz del sacristán que oír la voz agria y descompasada de un curial:

Notificada a don Pedro la causa de aquella visita, procedieron al embargo.

Don Braulio se sonreía triunfante y orgulloso.

María iba sosteniendo a su padre pálida y trémula, cual las hojas de los árboles en el otoño.

Don Pedro confundido, avergonzado, no profería la más mínima palabra.

Un alguacil en voz alta iba mencionando todos los muebles que hallaba al paso, y el escribano apuntaba con estoica indiferencia escribanil.

Las voces del alguacil taladraban el corazón de don Pedro.

    Un sillón de baqueta, decía en voz alta, el ministril algo usado y de gran antigüedad.

Don Pedro estaba apartado de todos con su hija.

    En ese sillón, María, murió mi padre. Desde ahí me recomendó la honradez, mi principal herencia. ¿Quién le hubiera dicho que tan pronto el deshonor había de anublar la frente de su hijo? ¿Quién que su sillón desde el cual tantas veces me había bendecido, debía venderse más tarde en pública almoneda.

    Una cuna de caoba con filetes dorados, gritaba el alguacil.

    Esa es tu cuna, María, ahí te depositaba tierno, amorosa tu madre.

María se ahogaba de dolor.

    Un velador de pino.

    En ese velador aprendiste a leer. ¡Cuán extasiada te escuchaba tu madre cuando tú leías los Mártires o el Genio del cristianismo. Y se lo llevarán mañana.

    Una mesa de escritorio.

    ¡Esa mesa! Dios mío, Dios mío. En esa mesa nació la fortuna que hoy muere. Sobre ella mi padre escribía y me enseñaba a ser un honrado comerciante.

    ¡Un retrato de señora!

    ¡El retrato de tu madre! Señores, por compasión, dejadme esa única prenda, es mi felicidad. Permitidme al menos que legue ese recuerdo a mi hija. Es la sombra de su madre. No embarguéis, no vendáis lo único que de una madre resta en el mundo. Vendedme a mí por esclavo. Sacadme la sangre si queréis, pero ese retrato... oh, ese retrato, no. Son sus ojos que aún me buscan, sus labios que aún pronuncian mi nombre. Ayúdame, María, a rogar... que no vendan a tu madre...

María cayó de rodillas implorando misericordia.

    No puede ser, dijo don Braulio. Después en la almoneda que debe verificarse, si aprontáis el dinero se adjudicará al que más puje.

    Callad, un usurero no puede tener sentimientos. El que roba la sangre del pobre...

    ¡Me insulta! Lo oís, me insulta. Justificaréis lo que decís o de lo contrario la ley caerá con todo su rigor sobre vuestra frente.

    Señores, dijo el juez. No permito que a nadie se insulte delante de la autoridad. Abiertos están los tribunales donde se da a cada uno su derecho con perpetua y constante voluntad.

En este intermedio María recogió un papel que se había caído del bolsillo de su padre, y pudo leer lo siguiente.

«Hija mía: Te dejo abandonada. Yo muero y muero afrentado. No me maldigas. Compadéceme. Veas si puedes ocultar mi suicidio, para que me entierren al lado de tu madre

María fuera de sí, exclamó corriendo hacia don Braulio.

    Oídme, oídme, por compasión. Y se lanzó fuera del aposento.






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