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| Emilio Castelar Ernesto IntraText CT - Texto |
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XI Hemos oído la conversación de María y Ernesto. No la olvidemos. Al día siguiente don Braulio entraba en el gabinete del padre de María. Buenos días, don Pedro, dijo. Felices, contestó con sequedad, don Pedro. Sé el estado de vuestros negocios. Sí, sí, ya estoy informado. Vengo a salvaros. Me ha hablado en vuestro favor un comerciante, y yo tengo unas entrañas que no puedo presenciar indiferente la desgracia. También de vos he oído hablar. Ya sabréis que soy el Hipócrates del comercio, y que mi caja es el panacea universal. Lo sé, contestó amargamente el padre de María. Habladme, que os escucho. Sólo por serviros podía yo haber venido desde Alicante a la huerta en día de tanto calor. Necesito pagar mañana una letra ya vencida, dijo Don Pedro. ¿De cuánto? Para que veáis cuan apurada es mi situación, de sesenta mil reales, y no puedo reunirla ¡Eso es una vagatela! Firmadme un recibo de ciento veinte mil reales; hipotecadme cualquier finca que los valga y todo está concluido. Don Pedro miró espantado a su horroroso interlocutor. ¿Os espanta mi proposición? No: que me repugna. He ahí las cosas del mundo. Os estáis ahogando; mañana quedaréis afrentado, sin honor, sin crédito, y os atrevéis a insultar al que viene a salvaros. No; me repugna el hombre que explota el infortunio de otro hombre; el hombre que roba con la cuchilla de la ley en la mano; el hombre que vive y medra con la desgracia de sus hermanos. Y en verdad que es bien espantosa la usura: cáncer que devora las entrañas de la sociedad. Esos traficantes de la desgracia humana; esos seres despiadados que cual manada de buitres, olfatean los cadáveres; beben las últimas gotas de sangre, que le queda al pobre; son el azote de toda ciudad; de todo pueblo. No hay familia que no pase bajo sus horcas caudinas; no hay desgracia que no se remedie con ese dinero espantoso, que agota hasta la esperanza en lo porvenir, que devora hasta las fuerzas del pobre. ¡Cuántas veces el triste jornal pitado a costa de sudores, y fatigas; el jornal que debiera saciar el hambre de una familia desamparada; va a parar a las arcas de un avaro; que se recrea en contemplar el amarillento oro; sin escuchar los lastimeros quejidos de los infelices; que mueren de frío y de miseria! Y aquel jornal no es suyo, no; aquel jornal es el producto de un monstruoso interés arrancado a un náufrago en el momento de ahogarse en su desgracia. El bueno de don Braulio, que tenía todas las tretas de un práctico usurero, se dirigió a la puerta murmurando. Puesto que desprecias mis servicios... Deteneos, que no es mi situación para dilaciones. ¿No rebajáis nada de ese monstruoso interés? Nada; porque es bien módico. Solo os exijo el doble. Los dientes de don Pedro rechinaban con reconcentrado furor. Tomad: dijo con despecho dándole un recibo. ¿Qué finca tenéis libre de hipoteca? Esta en que estáis. Veámosla, y ahora mismo vendrá el escribano.
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