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Emilio Castelar
Ernesto

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  • XXVII
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XXVII

    ¿Qué mandáis, padre mío?

    Siéntate a mi lado que quiero verte con mis ojos, porque eres tan hermosa, alma mía, que regocijas el corazón de tu padre.

    ¡Cuánto me alegro de veros feliz. Estabais tan triste!

    Sí estaba triste porque temía que la deshonra empañase nuestras frentes; porque dudaba si debía sufrir con resignación los males que se agolpaban sobre nosotros.

    ¡Padre mío!

    Hay dolores, hija mía, que gastan la naturaleza. El cuerpo como es de arcilla no puede sufrirlos, y se rompe estrellándose contra el dolor.

    Sí, hay dolores crueles.

    Ojalá no los conozcas nunca, hija mía, porque tú eres una niña y nada has padecido.

    Nada, nada... dijo amargamente María.

    No puede pronunciar el labio lo que ha sufrido el corazón... ¡Hubieras sido muy desgraciada, y más desgraciado aún tu padre; si Dios no nos hubiera enviado un protector!

    ¡Un protector!

    Sí, hija mía, sí, y para que veas cuánto he sufrido te diré tan sólo que mil veces he acariciado con gusto la idea del suicidio.

    ¡Padre! ¡Qué horror!

    Es horrible, ¿no es verdad? La manía del suicidio [14] suele ser una enfermedad espantosa, hija mía; una enfermedad del corazón que la ciencia no puede curar, y tu padre la ha sufrido en muchas ocasiones de su vida, y al borde del precipicio la misericordia divina le ha salvado.

    ¿Y quién es ese protector?

    Don Braulio.

    ¡Dios mío!

    ¿Qué tienes?

    Me horroriza ese hombre.

    ¿Por qué?

    No sé.

    Sí, tienes razón, es usurero.

Y padre e hija quedaron sumidos en el más profundo silencio; para las almas grandes y generosas es penoso creer en la maldad y en la bajeza.

    Tal vez haya Dios tocado a su corazón dijo don Pedro.

    Esperemos... añadió María por no desconsolar a su padre.

    Sí, esperemos, dijo don Pedro con amarga sonrisa.

 




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