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Lope de Vega
El amor enamorado

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  • Jornada segunda
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Jornada segunda



Salen Venus y Cupido.

 

 

VENUS

¡Oh, qué bien me obedeciste!

 

En obligación te estoy;

 

gracias, Cupido, te doy

 

del cuidado que tuviste:

 

alta venganza me diste

 

si, después que me partí,

 

Dafne se burla de mí,

 

y a su Diana siguiendo,

 

por las selvas anda huyendo

 

de los hombres y de ti.

 

Gustarás de que me afrente

 

con soberbia presunción,

 

y te haya dado ocasión

 

para ser inobediente.

 

¿En qué estrella, en qué accidente

 

consiste que, sin temor,

 

sea para mí rigor,

 

ira, desdén y aspereza,

 

el que por naturaleza

 

es para todos Amor?

 

Quien tantas almas enciende

 

de mi hijo no se alabe,

 

pues que vengarme no sabe

 

de una mujer que me ofende.

 

Por toda Arcadia se extiende,

 

de Febo la ilustre fama,

 

que lo que sabes te llama,

 

porque dio muerte a una fiera;

 

y tú, como si lo fuera,

 

tiemblas de ver una dama.

 

¡Vive Júpiter sagrado,

 

que estoy de pura tristeza

 

por quebrarte en la cabeza

 

el arco mal empleado!

 

Dime, cobarde y armado,

 

dime, desnudo y valiente,

 

¿cómo aquel valor consiente,

 

que con tu sangre te di,

 

que Febo te venza a ti,

 

y que a mí Dafne me afrente?

CUPIDO

Infamas sin ocasión

 

mi cuidado, madre mía;

 

que no ha sido cobardía

 

sino aguardar ocasión:

 

yo daré satisfacción

 

a mi agravio y tus enojos,

 

y por esos bellos ojos,

 

dulce estrella del aurora,

 

que ha de ser antes de un hora

 

Dafne de tus pies despojos:

 

yo, que sin guardar decoro,

 

a Júpiter transformé,

 

por Leda, en cisne, y mudé,

 

por la bella Europa, en toro:

 

vete, que el plomo y el oro

 

hoy te dirán si me atrevo;

 

que por lo que a ti te debo,

 

y la parte que me alcanza,

 

tendrás de Dafne venganza

 

y yo la tendré de Febo.

VENUS

¿Dasme la palabra?

CUPIDO

Doy

 

a tus ojos celestiales.

VENUS

Pues por humildades tales

 

mis brazos te doy, y estoy

 

tan satisfecha, que voy,

 

como pudiera vengada,

 

contenta y desenojada.

 

Vase.

 

CUPIDO

Tú, principio de mi vida,

 

como me mandas servida,

 

como mereces amada.

 

Selvas de Arcadia, montes y riberas,

 

yo soy Amor; mi madre me ha reñido;

 

de hoy más, todo mortal guarde el sentido;

 

que no he de perdonar aves ni fieras.

 

Tú, que las plantas, al correr ligeras,

 

por las sendas estampas del olvido,

 

presto verás, habiéndome ofendido,

 

lo que va de las burlas a las veras.

 

Hoy has de aborrecer, y ser querida;

 

y tú, vanaglorioso Febo, advierte

 

que no te importa ser fitonicida.

 

No pienses libre de mis flechas verte,

 

porque de cuantas cosas tienen vida,

 

sólo no supo qué es amor la muerte.

 

Dentro ruido de pastores, y sale Bato.

 

BATO

Desgraciado en premios soy:

 

si el cielo premios lloviera,

 

ninguno a mí me cupiera;

 

por desesperarme estoy.

 

¡Oh, tiempo, no sé por quién

 

eres a mi premio ingrato!

 

Todos alaban a Bato,

 

pero nadie le hace bien.

 

¿De cuál peñasco arrojado

 

me dará fin este río,

 

que aun de morir desconfío,

 

según nací desdichado?

 

Este es bajo, éste eminente,

 

éste aún no me da lugar;

 

tal estoy, que no he de hallar

 

peñasco que me contente.

 

Un mancebo viene allí.

CUPIDO

Dime, que el cielo te guarde,

 

pastor, ¿qué fiesta esta tarde

 

celebra el Arcadia aquí,

 

que tanta gente se junta?

BATO

Deciros la causa quiero;

 

que parecéis forastero

 

en el traje y la pregunta:

 

dio Febo muerte a Fitón.

CUPIDO

¿Qué Febo?

BATO

 El nacido Delo,

 

el que lleva por el cielo

 

el dorado cherrión.

CUPIDO

Y Fitón, ¿quién fue?

BATO

Una fiera

 

serpiente, que se comía

 

los ganados, y este día

 

celebran monte y ribera

 

con juegos, que él ordenó,

 

de cantar, saltar, bailar,

 

hacer versos y luchar,

 

y todos los pierdo yo.

CUPIDO

¿Cantáis vos?

BATO

Muy mal.

CUPIDO

  ¿Saltáis?

BATO

Mucho peor.

CUPIDO

  ¿Hacéis versos?

BATO

Sí, señor; mas son perversos.

CUPIDO

Pues ¿cómo queréis ganar?

BATO

Porque como yo sabía

 

que lo peor se premiaba,

 

por lo mismo imaginaba que el premio merecería.

CUPIDO

¡Oh, qué cosa tan mal dicha!

BATO

Yo la he dicho muchas veces.

CUPIDO

Donde son dioses jüeces,

 

culpad a vuestra desdicha;

 

que los dioses saben bien

 

quién merece premio o no.

 

Decid los versos, que yo

 

quiero ser jüez también.

BATO

¿Es dios su merced acaso?

CUPIDO

Decid, que yo os lo diré

 

después.

BATO

  Ya van alahé,

 

pero quítese del paso:

 

en tomando su arco y flechas

 

Febo de un espetón

 

mató a la Sierpe Fitón,

 

y todos estos montes y riberas;

 

le hacen fiestas

 

saltando y bailando,

 

jugando y andando;

 

y dicen que el dios Cupido

 

nunca hizo tiro tan llocido,

 

porque es herrero su padre,

 

y su madre, por desastre,

 

le hubo en un sastre,

 

y nadie se asombre,

 

que era mujer, y no hombre,

 

y esto lo puedo jurar,

 

aunque nunca la vi nadar.

CUPIDO

¿Hay más?

BATO

 ¿Poco le parece?

CUPIDO

Si vos escribís ansí,

 

¿qué premio esperáis?

BATO

 A mí

 

me han dicho que le merece.

CUPIDO

Pues porque jamás culpéislos dioses, con este anillo

 

os premio.

BATO

 Me maravillo,

 

si es fino, que me lo déis.

CUPIDO

Mirad que tiene virtud

 

esa piedra para hacer

 

que os quiera cualquier mujer.

BATO

Dios le dé vida y salud:

 

Silvia me burló mil veces,

 

hoy me tengo de vengar.

CUPIDO

Ya no podréis murmurar

 

siendo los dioses jüeces.

 

Finalmente. ¿a quién premiaron

 

de las ninfas?

BATO

  Por mejores

 

en todas gracias de flores,

 

los cabellos coronaron

 

de Dafnes y de Sirena,

 

que cantando las dos, creo

 

que pudieran, como Orfeo,

 

suspender la eterna pena.

CUPIDO

¿Dafne premiada?

BATO

¡Pues no!

 

Tanto, que con dulce guerra

 

la miró Febo en la tierra,

 

y en el cielo se paró.

CUPIDO

¿Febo la miró?

BATO

 Es mujer

 

que se la pide a Peneo

 

mueso príncipe Aristeo.

CUPIDO

Desde aquí la pienso ver.

 

Todos los pastores de fiesta, con instrumentos, y Febo detrás coronado de roble, y Dafne y Sirena, de flores.

 

 

ALCINO

En grandes obligaciones

 

nos pone tu majestad,

 

con hallarte, ¡oh, gran deidad!,

 

en nuestros juegos fitones;

 

con esto serán más claros.

 

tú con más amor servido.

FEBO

Mi propio interés ha sido,

 

pastores, venid a honraros.

 

Habla Bato con el Amor, y no le ve.

 

 

BATO

Ahora, ilustre mancebo,

 

pues que no la conocéis,

 

la bella Dafne veréis,

 

veréis al valiente Febo;

 

mas ¿por adónde se fue?

 

que sin verle no es posible.

CUPIDO

Aquí estoy, pero invisible,

 

donde ninguno me ve;

 

desde aquí la flecha de oro

 

a Febo quiero tirar;

 

Diana ha de perdonar,

 

pues no ofendo su decoro;

 

por enamorar a Febo,

 

la de plomo a Dafne tiro.

 

Tira dos flechas a Dafne y a Febo.

 

 

FEBO

Parece que en Dafne miro

 

nuevo ser, semblante nuevo;

 

nunca tanto en su belleza,

 

como ahora reparé.

DAFNE

¡Qué diferente miré,

 

de Febo la gentileza

 

de lo que la miro ahora!

 

Gallardo me parecía,

 

como al tiempo que salía

 

de los brazos del Aurora:

 

¡qué pena de verle tomo!¡Qué mal talle! No merece

 

ser deidad.

CUPIDO

Ya le aborrece,

 

ya va haciendo efecto el plomo,y el oro en Febo.

ALCINO

  Pastores,

 

Febo querrá descansar;

 

volvamos a coronar

 

su templo de almas y flores.

 

Éntrense todos cantando, y Febo detenga a Dafne.

 

FEBO

Espera, Dafne, espera.

DAFNE

¿Qué quieres?

FEBO

Hazme un favor.

DAFNE

¿En qué te sirvo?

FEBO

  Una flor

 

desa guirnalda quisiera;

 

ni es mucho a la primavera

 

pedir flores por favores,

 

que es propio tiempo de amores.

DAFNE

¿Flores me pides a mí,

 

cuando al Aurora y a ti

 

deben los prados las flores?

FEBO

Lo que se puede tomar

 

no puede favor llamarse,

 

porque es cosa que ha de darse

 

si favor se ha de llamar.

DAFNE

El que a otro puede dar,

 

es forzoso conceder

 

que superior viene a ser,

 

y tu deidad perdería

 

si yo, de cosa que es mía,

 

le puedo favorecer.

FEBO

Dafne hermosa, la deidad

 

celestial naturaleza,

 

de cuanto es mortal riqueza

 

no tiene necesidad:

 

lo que pide es voluntad;

 

las demás cosas son vanas

 

para prendas soberanas,

 

y ésta falta entre las dos;

 

que siempre está pobre Dios

 

de voluntades humanas.

 

El olor del sacrificio,

 

desde la ardiente ceniza

 

los aires aromatiza,

 

porque en su piadoso oficio

 

es del corazón indicio,

 

y por eso juzgas mal

 

en llamarte desigual;

 

que es tal la fuerza de amor,

 

que puede hacer inferior

 

lo inmortal a lo mortal.

 

La violencia más segura

 

para hacer desde la tierra

 

a los mismos dioses guerra,

 

es la perfecta hermosura.

 

El oro y la plata pura,

 

las piedras, los minerales

 

y las perlas orientales,

 

las crío y engendro yo;

 

pero nunca el sol crió

 

esos ojos celestiales.

 

Que si pudiera mi mano

 

dar a tu belleza ser,

 

¿qué le quedaba que hacer

 

a Júpiter soberano?

 

Y aún pienso, y tengo por llano,

 

que tan perfecta y tan pura

 

belleza y rara pintura

 

ella misma se hizo a sí,

 

porque de otra que de ti

 

no fuera tanta hermosura.

 

Yo puedo hacer en la mina

 

el diamante y el rubí,

 

no engastar en carmesí

 

clavel tu boca divina:

 

con esto, Dafne, imagina,

 

si te parece extrañeza que conquiste tu belleza,

 

que hasta un dios pudo rogar

 

por lo que le puede dar

 

la mortal naturaleza.

DAFNE

Febo ilustre, yo nací

 

del claro río Peneo,

 

como sabes, semideo,

 

en cuya orilla crecí

 

hasta que las ninfas vi

 

de la triforme Diana,

 

a quien dediqué lozana

 

verde edad, que no hermosura,

 

y a su casta imagen pura

 

la parte que tengo humana.

 

Aristeo me pidió

 

por mujer, que de Tesalia

 

es Príncipe, y la acidalia

 

Venus tanto se enojó

 

de que le dejase yo

 

por seguir su casto coro,

 

que contra el justo decoro

 

a que me quieras te obliga,

 

porque, queriéndote, siga

 

las leyes de Amor, que ignoro.

 

Yo no quiero, ni he querido,

 

ni pienso querer jamás,

 

si todo el oro me das

 

de tus rayos producido:

 

muda el amor en olvido;

 

que aunque eres deidad, yo humana,

 

será tu esperanza vana

 

mientras más loca pretenda,

 

pues cuanto Venus me ofenda,

 

sabrá guardarme Diana.

 

Vase.

 

FEBO

¡Al autor de la luz tanto desvelo,

 

tanto desdén y desigual porfía!

 

Estoy por no salir, ni formar día,

 

aunque la Tierra se lamente al Cielo.

 

Caiga la noche de sí misma al suelo,

 

sin esperanza de la lumbre mía,

 

porque la caza que estas selvas cría

 

se envuelva en sombra de su eterno velo.

 

Suspende el arco al hombro, que profana

 

la ley de Amor, y si es buscar severa

 

fieras tu condición, dulce tirana,

 

¿qué fiera más cruel hallar espera

 

que la que tiene con belleza humana,

 

de piedra el alma, el corazón de fiera?

 

Cupido se le pone delante.

 

CUPIDO

¿Adónde bueno, gallardo

 

Febo, el del famoso tiro?

 

Vienes de ver, por ventura,

 

las fiestas y regocijos

 

que a la muerte de Fitón

 

las riberas deste río

 

celebran con tanto aplauso

 

de juegos y sacrificios?

 

¿O, codicioso de hacer

 

suerte igual entre estos riscos,

 

buscas otra sierpe fiera

 

que derribe excelsos pinos,

 

que devore los ganados,

 

y rompa los edificios?

 

¿Adónde la dejas muerta?

 

Que yo confieso que envidio

 

las honras que estos serranos

 

hacen a tu nombre invicto.

 

¿Qué dicha mayor que ver

 

cómo eres dellos tenido

 

por el mayor de los dioses

 

que tiene el sagrado Olimpo?

 

Adórante cuantas ninfas

 

habitan los extendidos

 

campos que riega Peneo

 

en círculo cristalino,

 

y más entre todas Dafne,

 

su hija, con quien he visto,

 

de la florida ribera

 

entre los verdes alisos,

 

tan tierna y enamorada,

 

que parece que yo mismo

 

la enseñaba los amores

 

que a tus requiebros ha dicho.

 

¿Cómo la dejaste ir?

FEBO

Mal nacido basilisco,

 

dulce afrenta de las almas,

 

grave error de los sentidos,

 

engaño de la esperanza,

 

tirano del albedrío,

 

sinrazón de la razón

 

y de la memoria olvido;

 

pasión del entendimiento,

 

de la voluntad hechizo,

 

suspensión de las acciones,

 

humano con lo divino,

 

y divino con lo humano;

 

el más traidor que ofendido,

 

por envidia y por venganza

 

te burlas, rapaz, conmigo:

 

¿Parécete que es victoria

 

haberme Dafne rendido?

 

¿Lo que su hermosura ha hecho

 

atribuyes a tu oficio?

 

Sus ojos, y no tus flechas,

 

sus donaires, no tus tiros;

 

que la hermosura perfecta

 

no mata con artificio.

 

Plega al cielo que te veas,

 

siendo Amor, aborrecido,

 

y que te deje, a quien ames,

 

por hombre mortal e indigno,

 

y que por tus ojos veas,

 

abrasado en celos vivos,

 

sus dos almas, sus dos vidas,

 

en un cuerpo hermafrodito.

 

Oigan los dioses mis ruegos,

 

en cuya piedad confío

 

venganza de tus agravios,

 

y piedad de mis suspiros.

 

Vase.

 

CUPIDO

No sé cómo, viendo a Febo

 

tan triste, el placer resisto;

 

pero sin comunicarse,

 

¿qué gusto jamás lo ha sido?

 

Voy a referir a Venus

 

sus trofeos y los míos.

 

Dafne huye, Febo adora,

 

yo triunfo. ¡Cupido, víctor!

 

Salen Dafne y Sirena.

 

SIRENA

¿De eso vienes victoriosa?

DAFNE

¿De qué quieres que lo esté

 

con más razón?

SIRENA

Desdén fue

 

de mujer loca y hermosa;

 

¿dirás que de virtuosa

 

el desdén ha procedido?

DAFNE

Valor y virtud ha sido.

SIRENA

Yo no le doy ese nombre,

 

pues al que es dios y al que es hombre

 

tratas con un mismo olvido.

 

Que desechos a Aristeo

 

me parece necedad,

 

y de Febo la deidad,

 

vanaglorioso trofeo:

 

¡Que ningún amor ni empleo

 

tu condición te permita!

 

¡Qué nación el mundo habita,

 

que haya despreciado al sol,

 

desde el indio al español,

 

y del alemán al scita?

 

¡Ah, Dafne! Júpiter quiera

 

que no pague la locura

 

de emplear tanta hermosura

 

en ir siguiendo una fiera.

DAFNE

Yo sé qué premio me espera,

 

y no es esperanza vana,

 

cuando lo sepa Diana,

 

de cuyo coro me precio,

 

y por cuyo honor desprecio

 

toda la riqueza humana.

 

Mas cuando su celestial

 

compañía no siguiera,

 

menos a Febo quisiera,

 

porque me parece mal;

 

tanto, que en odio mortal

 

el respeto he convertido.

SIRENA

Si es gallardo y entendido

 

un hombre, ¿qué ha de tener

 

para quererte?

DAFNE

 Nacer

 

con dicha de ser querido;

 

tanto sol no me conviene,

 

ni hay tan rudo labrador

 

que me parezca peor

 

de cuantos Arcadia tiene.

SIRENA

Venus le ama y le entretiene,

 

y día y noche le sigue.

DAFNE

Mal gusto.

SIRENA

 El cielo te obligue

 

a hacer presto un necio empleo

 

en el sátiro más feo,

 

que tus melindres castigue.

 

Todas las que sois así,

 

arrepentidas lloráis

 

después que a todos vengáis,

 

como lo espero de ti.

DAFNE

Vete. Sirena, de aquí,

 

y no culpes mi desdén;

 

que como tú quieres bien,

 

hablas mal contra el decoro

 

de Diana.

SIRENA

De su coro

 

me río, y de ti también.

 

Nace al aurora la flor

 

vanagloriosa de sí,

 

y si pasa por allí

 

el gallardo cazador,

 

parece que de temor

 

de que la toque su mano,

 

aunque fue melindre en vano,

 

a las hojas se retira,

 

y cuando ya el sol expira,

 

la pisa el rudo villano.

 

Tu aspereza no es virtud,

 

sino necia vanagloria;

 

en tanto intenta victoria

 

tu loca solicitud:

 

yo culpo tu ingratitud,

 

de vana arrogancia llena.

DAFNE

Vete y déjame, Sirena;

 

que viciosa compañía

 

hará que juzguen la mía

 

por la libertad ajena.

SIRENA

Si es porque de Alcino soy,

 

yo estoy tan bien empleada

 

como tú estás engañada.

DAFNE

En mi daño si lo estoy:

 

vete con Dios.

SIRENA

 Yo me voy;

 

todo el tiempo lo sujeta:

 

tú verás si eres discreta,

 

y si yo la necia soy.

 

Vase.

 

DAFNE

No hay cosa más importuna

 

que la persuasión de un necio,

 

cuando presume que sabe

 

y que enseña al que es discreto.

 

No de otra suerte combate

 

la roca en la mar al viento

 

las ondas de las aguas

 

una tras otra soberbio,

 

que como quien burla dél,

 

firme en su nativo asiento,

 

vuelve en espumas los golpes,

 

y en blanda risa los ecos:

 

así se cansa quien piensa

 

reducir mi entendimiento

 

a no seguir de Diana

 

limpia vida y trato honesto.

 

Por más imposible juzgo

 

que pueda querer a Febo,

 

que hacer solsticio sus rayos

 

un año en medio del cielo.

 

Sale un ciervo por una puerta del teatro.

 

 

¡Oh, qué valiente animal!

 

Tan alto y hermoso ciervo

 

no le ha criado el Arcadia:

 

seguirle y tirarle quiero.

 

¿Huyes? Yo sabré seguirte.

 

Yo mate este ciervo, y Febo

 

mate serpientes Fitones.

 

Va tras él, y vuelve a salir por la otra parte.

 

 

No pareces muy ligero,

 

ciervo gentil, por Diana,

 

a quien humilde prometo

 

de tu pardo morrión

 

las plumas para trofeo,

 

más que penacho marcial,

 

cobarde muestra del pecho,

 

de honrar su templo contigo:

 

pero ¡ay, Júpiter! ¿Qué es esto?

 

Burla ha sido de los ojos,

 

cual suele pintar el sueño

 

en el interior sentido

 

formas de vanos efectos.

 

¡Ay Dios, ay triste, ay de mí!

 

Por donde el ciervo se desaparece, sale Febo.

 

FEBO

Sosiega, Dafne.

DAFNE

¡Ay, cielos!

FEBO

Febo soy.

DAFNE

Pues ¿qué me quieres?

FEBO

Que me escuches.

DAFNE

 ¡Muerta quedo!

FEBO

Yo te truje con engaño

 

entre estos olmos y fresnos,

 

adonde apenas las aves

 

rompen el mudo silencio:

 

fingí el ciervo que seguiste;

 

hoy quedarán mis deseos

 

de tu desdén victoriosos,

 

pues aún apenas el cielo

 

nos puede ver, que las ramas

 

edifican verdes techos

 

para defender los troncos,

 

en que estriba su alimento,

 

contra las estrellas sirias,

 

que ladran por ofendellos.

 

Sosiégate, vuelve el rostro;

 

qué, ¿te turbas? ¿Tan grosero

 

villano me consideras?

DAFNE

Mi desdicha considero

 

y tu traición. ¿Esto hacen

 

dioses? ¡Qué gentil ejemplo

 

para los hombres mortales!

FEBO

Si lo fuera yo, sospecho

 

que me tuvieras amor;

 

tú estás sin mayor remedio

 

que trocar en voluntad

 

la fuerza.

DAFNE

  ¿Fuerza? Primero

 

se harán pedazos los polos

 

en que estriba el firmamento,

 

y la rueda celestial

 

caerá desasida de ellos;

 

primero verán los hombres

 

trocados los elementos,

 

ligera el agua y la tierra,

 

pesados el aire y fuego;

 

primero aquellos diamantes

 

del cielo...

FEBO

 ¡Oh, tanto primero!

 

Dafne, yo te adoro; yo

 

soy el que tengo el gobierno

 

del mundo; ya no es posible

 

que puedan mis brazos menos

 

que tus desdenes.

DAFNE

¡Ay, triste!

 

¡Ay, infeliz!

FEBO

  Cuando huyendo

 

fueras a aquellas regiones

 

que eternamente me vieron,

 

tengo de alcanzarte: Dafne,

 

espera.

DAFNE

  ¡Valedme, cielos!

 

Salen Bato y Silvia.

 

SILVIA

¿Con ese talle querías,

 

Bato, que yo te quisiese?

BATO

Sí querrás, aunque te pese.

SILVIA

¡Qué neciamente porfías!

BATO

Con la boca bien podrás

 

decir sí; que dices no.

SILVIA

En diciendo nones yo,

 

no diré pares jamás;

 

estos son nuestros azares,

 

estas nuestras condiciones.

BATO

Como ésas han dicho nones,

 

que después paran en pares;

 

pues a fe que tengo aquí...

SILVIA

¿A ver, por tu vida, a ver?

BATO

Dime si me has de querer.

SILVIA

Sí, resí, tatarasí.

BATO

Por ver, ¿qué no harán mujeres?

SILVIA

Si también tú dices no,

 

¿cómo es posible que yo

 

pueda pensar que me quieres?

BATO

Mira qué anillo.

SILVIA

Soy corta

 

de vista, en mi mano quiero

 

verle.

BATO

Pues jura primero.

SILVIA

Y mi palabra, ¿no importa?

BATO

La mujer no está obligada;

 

que por esto viene a ser

 

quien no la cumple mujer,

 

y es rueca la que era espada.

SILVIA

Plegue a Dios que, si lloviere,

 

ni pie ni mano me moje,

 

y que en la cama me arroje

 

cuando más sueño tuviere;

 

ni coma ni beba más

 

de lo que tuviere gana,

 

y si fuere de mañana,

 

no me levante jamás.

 

¡Mira qué gran juramento!

BATO

Alahé, que has de comprir

 

lo que dices, o morir

 

por ello.

SILVIA

 Muestra, jumento.

BATO

Toma.

SILVIA

 Mi Bato querido,

 

dámele.

BATO

¿Quiéresme?

SILVIA

  Pues.

BATO

¡Verá el diablo! Verdad es;

 

sacudióla el dios Copido;

 

pero el hombre fue discreto

 

que aquel anillo me dio,

 

si por el dar entendió

 

la virtud de este secreto.

 

Ahora bien, dame un abrazo.

SILVIA

¡Malos años para ti!

BATO

¿Y el juramento?

SILVIA

  ¿Yo?

BATO

 Sí;

 

tú verás, llegado el plazo,

 

cómo llueve y no te mojas,

 

ni eres la mañana dueño

 

de tus pies, y que con sueño

 

sobre la cama te arrojas.

 

Ésta me ha engañado,

 

soy un tonto; engañarla quiero:

 

¿Silvia?

SILVIA

  ¿Qué quiere el grosero?

 

porque sepa que me voy.

BATO

¿No sabes como el Fitón

 

que mató Febo dorado

 

preñado estaba?

SILVIA

 ¿Preñado?

 

¿De quién?

BATO

  De otro serpentón

 

que salió de la barriga

 

aquella noche.

SILVIA

 ¡Mal año!

BATO

Tanto, que, temiendo el daño,

 

a que consulten obliga

 

la diosa Temis, y dice

 

que ha de comer solamente

 

toda mujer que no siente

 

qué es amor.

SILVIA

  ¡Ay, infelice!

BATO

Las que engañan, y después

 

lo que prometen defienden,

 

las que piden, las que venden

 

el amor por interés,

 

las ingrata, las crueles.

 

las tontas, las bachilleras,

 

las que engañan con chimeras

 

a los amantes noveles,

 

las que toman los anillos.

SILVIA

¡Ay, Bato, no digas más;

 

que esta noche me verás

 

al volver mis corderillos!

 

Pero porque no te vean

 

busca un pellejo de lobo,

 

y por uno y otro escobo

 

haz de suerte que lo crean,

 

porque me hables entretanto

 

que anda el prado temeroso.

BATO

Ser lobo es dificultoso:

 

tomalle no lo era tanto;

 

pero yo lo haré por ti

 

e iré a buscar el pellejo,

 

que lobo, zorra y conejo

 

me quiero volver; mas di:

 

¿quiéresme ahora abrazar?

SILVIA

Y ¡cómo si abrazaré!

BATO

¡Oh, qué bien que la engañé!

SILVIA

¡Oh, qué, palos le he de dar!

 

Vanse.

Sale Dafne huyendo.

 

 

DAFNE

¡Tened lástima de mí!

 

¡Favor, dioses inmortales,

 

no pueden desdichas mías

 

desacreditar deidades!

 

Si la virtud no os obliga,

 

¿cómo podrán los mortales,

 

temiendo vuestra justicia,

 

reprimir sus libertades?

 

¡Favor, piedad!

 

Febo dentro, como que viene de lejos.

 

FEBO

¿Dónde huyes

 

y de quién, hermosa Dafne?

 

Para, de piedad de ti,

 

ya que no de mí, a escucharme:

 

mira que de ti la tengo;

 

pues para que no te canses,

 

voy rogando a mis deseos

 

que se detengan y paren.

DAFNE

¡Cielos, ya suena más cerca!

 

¡Árboles, cubridme, dadme

 

favor, pues falta a los dioses!

FEBO

No soy yo rústico amante,

 

no soy villano grosero;

 

tú verás, como me aguardes,

 

que sólo me manda Amor

 

que te mire, que te hable

 

con aquel cortés respeto

 

que es tan justo que te guarde.

DAFNE

Parecéis malos jüeces,

 

deidades inexorables,

 

que en los reos no castigan

 

los delitos que ellos hacen.

 

¡Oh, Júpiter! Si tú fuerzas

 

a Egina, a Leda y Danae,

 

¿cómo detendrás a Febo?

FEBO

¡Detente, Dafne, un instante!

 

¿Cómo sufres que tus pies

 

tantas espinas maltraten?

 

¿Quieres, por dicha, cruel,

 

que, como a la hermosa madre

 

de Amor, produzca la tierra

 

nuevas rosas de tu sangre?

DAFNE

¡Ya le veo, yo soy muerta!

 

Peneo, mi dulce padre,

 

¡favor!

 

Sale Febo.

 

FEBO

  No dirás que he sido

 

tan veloz para alcanzarte

 

como corriendo los cielos,

 

aunque eres más bella imagen,

 

que por mi eclíptica de oro

 

forman eternos diamantes.

 

Váyase Dafne arrimando a la transformación.

 

 

Ya no tienes dónde huir;

 

si quieres asegurarte,

 

en estos brazos te esconde.

DAFNE

Tierra, tus entrañas abre,

 

y en tu centro me sepulta.

 

Transformándose en laurel.

 

FEBO

Tente, espera; celestiales

 

dioses, ¿qué crueldad es ésta?

 

¿Un árbol queréis que abrace?

 

¿Qué lo dudo? Ramos son

 

que del duro tronco salen,

 

alma de aquella cruel:

 

venganzas son desiguales

 

de mis ofensas, Amor.

 

Dafne en el árbol.

 

DAFNE

¡Ay!

FEBO

 Con qué voz lamentable,

 

temblando el árbol se queja

 

piadosamente suave:

 

¿Qué haré, que pierdo el sentido?

 

¡Que todo el cielo vengase

 

a Venus! ¡Ah falsos, dioses!

 

Produce, tierra, gigantes,

 

que intrépidos otra vez

 

intenten aposentarse

 

en el alcázar eterno,

 

de donde arrojados bajen:

 

poned montes sobre montes,

 

¡oh terrígenas titanes!

 

Y matadme a mí el primero,

 

si hay hombres que dioses maten:

 

¡oh, cielos, quién ahora, en tantos males,

 

pudiera ser mortal para matarse!

 

Árbol, aunque ingrato fuiste,

 

quiero en la muerte mostrarte

 

que fue mi amor verdadero,

 

porque no hay prueba que iguale

 

como, después de la muerte,

 

firmezas de voluntades.

 

Tú serás el árbol mío,

 

laurel quiero que te llamen,

 

aunque en tu dura corteza

 

su condición se retrate,

 

cubriendo un alma de bronce

 

y unas entrañas de jaspe.

 

Arrojo el roble, y desde hoy

 

quiero de ti coronarme:

 

desta rama haré a mi frente...

DAFNE

¡Ay!

FEBO

 Perdona; para honrarte,

 

corona que también sea,

 

para ilustres capitanes,

 

triunfo de insignes victorias

 

y premio de hazañas grandes.

 

Tú serás la verde insignia

 

de Césares imperiales,

 

lauréola de ingenios

 

en las científicas artes,

 

tú de poetas honor,

 

que de siglo a siglo nacen.

 

Pero ¿qué puede haber, Dafne, que baste,

 

si no tengo de verte, a consolarme?

DAFNE

Febo, el favor agradezco,

 

aunque arrepentida tarde;

 

que para ejemplo de ingratas

 

quiso el cielo transformarme

 

en el que llamas laurel.

 

Vengado estás; ya no aguardes

 

oír más mi voz.

FEBO

  Temblaron

 

las ramas: ya el alma parte

 

a los Elisios. Permite,

 

si no he de oírte, abrazarte,

 

aunque es tanta tu dureza

 

que, para que no te abrace,

 

volverás a ser mujer

 

y volverás a matarme,

 

para que en vida y muerte no me falte

 

desdén que huya, ni beldad que mate.

 

Sale Bato.

 

BATO

Cosas mandan las mujeres

 

a los hombres, que es un necio

 

el que por tan caro precio

 

quiere, comprar sus placeres.

 

¿Adónde hallaré, en efeto,

 

este pellejo de lobo?

 

Silvia me tiene por bobo;

 

pues a fe que soy discreto.

 

Lo que para no envidiado

 

dicen algunos que basta,

 

y más no habiendo en mi casta

 

ni dichoso ni letrado.

 

Si ésta me cumple el concierto,

 

todos somos vengativos;

 

muchos lobos topo vivos,

 

y ninguno topo muerto.

 

Allí está Febo, a la fe;

 

él del pellejo dirá,

 

pues por esos mundos va

 

y cuanto hay en ellos ve.

 

¡Ah, señor FEBO!

FEBO

  ¿Quién llama?

BATO

Bato soy, aquel zagal

 

que le enseñó el animal

 

que le ha dado tanta fama.

FEBO

¿Qué me quieres? Que recelo

 

que para tu daño sea.

BATO

Hanme dicho que voltea

 

por la maroma del cielo,

 

y véngole a pescudar

 

si en el mundo, nuevo o viejo

 

ha topado algún pellejo

 

de lobo que me enseñar;

 

que esta noche Silvia y yo...

FEBO

Villano, ¿burlas a mí?

BATO

Pues ¿con eso le ofendí?

 

¿De un pellejo se enojó?

FEBO

Mataréte.

BATO

¡Cielo santo,

 

favor! Al monte me subo.

FEBO

Aguarda.

BATO

  ¡En qué poco estuvo

 

que me diese con un canto!

 

Vase subiendo por el monte.

 

FEBO

La Luna, mi blanca hermana,

 

está de creciente ahora,

 

ya de salir es la hora;

 

escucha, hermosa Diana.

BATO

¿Si acaso me llama a mí?

 

¡Ah, señor! ¿Topó el pellejo?

FEBO

Si tú no, me das consejo,

 

Luna, ¿qué ha de ser de mí?

 

Ven, Diana, ven hermana.

BATO

Ya no me puede faltar:

 

¿Qué dice? ¿Que le he de hallar

 

en el templo de Diana?

 

Dios se lo pague, señor;

 

que ya voy por el pellejo.

 

Vase.

 

FEBO

Luna, de la tierra espejo,

 

y del cielo resplandor,

 

en quien la noche se toca,

 

y se miran las estrellas,

 

si la luz que en ti y en ellas

 

infundo sol te provoca,

 

óyeme en la tierra Febo.

 

Por lo alto un carro de plata; Diana sentada en él con una media luna en el tocado.

 

DIANA

Ya te escucho, hermano mío;

 

¿qué tienes? ¿De quién te quejas?

FEBO

De dos monstruos, madre e hijo,

 

incendios de tierra y cielo,

 

que a tu frígido epiciclo

 

solamente han perdonado.

DIANA

¿Qué te han hecho?

FEBO

Ese Cupido,

 

ese hermano de la muerte,

 

ese decrépito niño,

 

envidioso de que hiciese

 

aquel celebrado tiro

 

con que di muerte a Fitón,

 

de Tesalia basilisco,

 

me hirió de amor de la hija

 

de Peneo, ilustre río,

 

que huyendo de mí, transforman,

 

airados siempre conmigo,

 

los dioses en árbol; mira

 

si me quejo, si suspiro,

 

si lloro con justa causa;

 

como a mi hermana, te pido,

 

si no remedio, venganza.

DIANA

Por esta luz que recibo,

 

Febo, de tus claros rayos,

 

y que doy por tantos siglos

 

doce veces a los años,

 

que ha de hacer que el mal nacido

 

rapaz, por quien le aborrezca,

 

de amor se abrase a sí mismo.

 

Tú verás enamorado

 

al Amor, nuevo prodigio

 

al mundo; que esta venganza

 

será por los mismos filos.

 

No hay dios que esté bien con él,

 

todos le han aborrecido;

 

tú verás como le doy

 

con mi castidad castigo.

 

¿No sabe Venus, no sabe

 

que sus lascivos delitos

 

descubren mis castos rayos?

 

Conmigo, Venus, conmigo.

FEBO

Pues prosigue tu carrera,

 

luna de los ojos míos;

 

pisen tus ruedas de plata

 

los celestiales zafiros;

 

que ya se mira el Aurora

 

coronada de jacintos,

 

y las flores en los prados,

 

y las aves en los nidos,

 

hacen salva a su lucero

 

con las hojas y los picos,

 

para que mi carro de oro

 

trueque por el griego el indio.

 

Pasa el carro lo demás del teatro por lo alto, y acabe la jornada segunda.

 

 




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