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Lope de Vega
El antecristo

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Jornada segunda

Salen RISELO y FABIO solos.

 

 

 

RISELO.

Tan extrañas son las cosas

 

 

del nuevo Dios que tenemos,

 

 

que todo parece extremos

 

 

y sus obras prodigiosas.

 

FABIO.

Yo quedo tan admirado,

 

 

que la propia admiración

 

 

no tiene comparación

 

 

en el modo que en mí he hallado.

 

 

Aqueste hombre que has visto

 

 

a quien Titán el gentil,

 

 

llaman por nombre sutil,

 

 

los cristianos Antecristo,

 

 

y los judíos Mesías,

 

 

hace prodigios de suerte,

 

 

que vence la misma muerte

 

 

que da terror a los días.

 

 

Promete a todas y a todos,

 

 

cumple lo que ha prometido,

 

 

y a aquellos que le han servido

 

 

satisface por mil modos.

 

RISELO.

No se halla región remota

 

 

que obligada a su favor,

 

 

con respeto y con amor

 

 

no se le ofrezca devota.

 

 

¿Qué mucho, si prodigioso

 

 

es en sus cosas, Lidoro?

 

FABIO.

Yo confieso que le adoro

 

 

por divino y milagroso;

 

 

pero advierte que parece

 

 

que viene Titán.

 

RISELO.

Él es.

 

 

¡Qué furioso está!

 

FABIO.

¿No ves

 

 

que con miralle enmudece?

 

 

Sale TITÁN.

 

TITÁN.

¡Ay de mí, que mi pasión

 

 

tanto aviva mi deseo,

 

 

que si no gozo de Luna

 

 

que he de darme muerte temo!

 

 

¿Cómo es posible que yo

 

 

esté rendido y sujeto

 

 

a una mujer?

 

RISELO.

  ¿No reparas

 

 

que vierte su vista fuego?

 

 

Asombro pone el miralle.

 

FABIO.

Es Dios; no te espantes desto,

 

 

y un Dios enojado es cosa

 

 

que a los humanos da miedo.

 

RISELO.

Vámonos, Fabio, de aquí,

 

 

que con su enojo recelo

 

 

que hechos ceniza nos deje.

 

FABIO.

Tu disposición apruebo.

 

 

Vanse.

 

TITÁN.

Que este espíritu furioso

 

 

que tengo dentro del pecho,

 

 

me impide ahora que goce

 

 

de aqueste bien que apetezco.

 

 

¿Qué importa ser poderoso

 

 

y que los cuatro elementos,

 

 

a mis goces reducidos,

 

 

obedezcan mis incendios?

 

 

¿Qué importa que de las nubes

 

 

expela mortal incendio,

 

 

que envuelto en horror de lumbre,

 

 

terror al hemisferio?

 

 

¿Qué importa que a mi gusto,

 

 

a mi altivo pensamiento

 

 

sea fácil volver en caos

 

 

los estatutos del tiempo?

 

 

¿Qué importará que me teman

 

 

la tierra, la mar, el fuego

 

 

el aire y lo que habita

 

 

en los más ocultos senos;

 

 

si una pasión amorosa

 

 

a quien asisto sujeto,

 

 

me vence, y a su rigor

 

 

no puedo hallar el remedio?

 

 

Si mi ley, si mis mandatos

 

 

admitiera el universo,

 

 

a la fuerza remitiera

 

 

mis atrevidos intentos.

 

 

Mas no es esta la ocasión,

 

 

aunque sea llegado el tiempo

 

 

en que mi ley admitida

 

 

consiga así mis deseos.

 

 

Pero ¿no soy poderoso?

 

 

¿No soy de las ciencias dueño?

 

 

Pues remítase a la industria

 

 

lo que sin ella no puedo.

 

 

La forma quiero tomar

 

 

del Príncipe, y con perfecto

 

 

rostro y figura engañar

 

 

al dueño de quien me quejo.

 

 

La industria ha sido famosa;

 

 

no tenga el atrevimiento

 

 

suspensión, pues el cobarde

 

 

pierde su dicha por serlo.

 

 

Denme al favor que le pido

 

 

las legiones del infierno,

 

 

para que pueda con ellas

 

 

gozar del bien que pretendo.

 

 

Da vuelta una tramoya, a donde estará otro con vestidos parecidos al PRÍNCIPE en todo.

 

 

 

IMAGEN.

Ya en su forma transformado,

 

 

gozar de mi Luna pienso,

 

 

pues que del Príncipe yo

 

 

en nada me diferencio.

 

 

¡Oh Luna hermosa y divina!

 

 

Yo he llegado a tal extremo,

 

 

que vencido de tus ojos

 

 

por ellos vivo muriendo.

 

 

Suspéndanse mis pasiones,

 

 

no corra veloz el tiempo,

 

 

que en los cursos de la vida

 

 

va arrebatado y ligero.

 

 

Que si este bien me concede,

 

 

harán un prodigio nuevo,

 

 

pues vida me da quien suele

 

 

triunfar de altivos trofeos.

 

 

Pero aquí viene mi Luna,

 

 

que ya he sentido sus ecos.

 

 

Sale LUNA.

 

 

 

LUNA.

No venga nadie conmigo,

 

 

dejadme sola un momento.

 

 

¡En qué felice estado

 

 

podré decir que me conduce el cielo!

 

 

Pues que ya sin cuidado

 

 

y ajena de temor y de recelo,

 

 

el Príncipe famoso

 

 

me ha concedido el cielo por esposo!

 

 

¿Qué bien podrá igualarse

 

 

al de gozar su amante aquella prenda

 

 

que es tan digna de amarse,

 

 

sin que pasión celosa la suspenda,

 

 

sino que a la memoria

 

 

todo se manifieste de tu gloria?

 

 

¡Ay de las horas breves

 

 

que así ligeras pasan de corrida!

 

 

¡Cielo eterno, no lleves

 

 

con paso acelerado nuestra vida;

 

 

que en la de los amantes

 

 

los días se juzgan por instantes!

 

 

Si en el bien que deseo

 

 

no puedo tener gusto, ni mis ojos

 

 

hacen algún empleo

 

 

todo me ofende, todo causa enojos,

 

 

pues que siempre a su sol llama el aurora.

 

 

¿Dónde está el Príncipe?

 

IMAGEN.

  Aquí,

 

 

que como de la suerte

 

 

que debo, Luna, quererte,

 

 

siempre asisto junto a ti.

 

LUNA.

¡Oh, mi bien!

 

IMAGEN.

Señora Luna,

 

 

muy bien puedo asegurarte

 

 

que solo el bien de amarte

 

 

da valor a mi fortuna.

 

 

Todo el tiempo que viví

 

 

sin adorarte, he juzgado

 

 

que injustamente ha pasado,

 

 

y temo que te ofendí.

 

 

Y así que decir podré

 

 

que soy amante dichoso,

 

 

pues que gozo como esposo

 

 

el bien que siempre adoré.

 

 

Los que supieren, señora,

 

 

este bien, han de envidiar

 

 

la gloria de conquistar

 

 

prenda a quien el alma adora.

 

 

A mí el alma tema y arda,

 

 

aunque como os quiero tanto,

 

 

su envidia me pone espanto,

 

 

su deseo me acobarda;

 

 

y es justa razón temer

 

 

perder el bien que adquirí.

 

LUNA.

Si fuera tu dama, sí,

 

 

mas no siendo tu mujer;

 

 

Príncipe, de modo estimo

 

 

este favor que me has hecho,

 

 

que ha de quedar satisfecho

 

 

tu amor que en el alma imprimo.

 

 

Quisiera para quererte

 

 

mil almas con que adorarte,

 

 

nueva vida que entregarte,

 

 

y nuevo ser que ofrecerte.

 

 

Deja ese vano recelo

 

 

pues conoces mi afición.

 

IMAGEN.

Si aquesas verdades son,

 

 

querré sin querer mi desvelo,

 

 

porque mi desconfianza

 

 

es tal, que libra un favor

 

 

los méritos de su amor,

 

 

y mi segura esperanza.

 

LUNA.

Dame tu mano.

 

OTRO.

Y con ella,

 

 

el alma misma te doy,

 

 

que yo tan dichoso soy;

 

 

mano hermosa, mano bella,

 

 

tanto en adorarte gano,

 

 

que con libertad segura,

 

 

verán mi buena ventura

 

 

en las rayas de tu mano.

 

 

Sale el PRÍNCIPE.

 

PRÍNCIPE.

Famosas flores, que hacéis

 

 

la beldad del cielo triste,

 

 

donde aquella Luna asiste,

 

 

a quien más que al sol debéis.

 

 

En vuestras bellas colores

 

 

busco su nuevo arrebol;

 

 

que jurándola por sol

 

 

la hacéis reina de las flores.

 

 

Contemplando su belleza,

 

 

hallo en aqueste jardín

 

 

su blancura en el jazmín,

 

 

y en la rosa la pureza.

 

 

En la azucena... Mas ¡cielos!

 

 

¿Qué es lo que miro? ¡Ay de mí!

 

 

¿No soy yo mismo el que allí

 

 

me doy a mí mismo celos?

 

 

Luna amorosa e ingrata

 

 

me aguarda y me favorece.

 

 

¿Qué es esto? ¿Mi forma ofrece,

 

 

o qué fuente me retrata?

 

 

Confuso al discurso dejo

 

 

con pena lumbre importuna,

 

 

pero si es discreta Luna,

 

 

¿qué mucho sirva de espejo?

 

 

Ya considero dudoso

 

 

que ha habido quien haya estado

 

 

de sí mismo enamorado,

 

 

no de sí mismo celoso.

 

OTRO.

Vuelve a decir otra vez,

 

 

mi bien, tan dulces amores,

 

 

repite, pues, los favores

 

 

de que al cielo haces jüez.

 

LUNA.

Solo el Príncipe es aquel

 

 

que en mi gracia mereció

 

 

lugar.

 

OTRO.

Goce este bien yo

 

 

aunque lo merezca él.

 

LUNA.

eres, Príncipe, mi dueño.

 

PRÍNCIPE.

Conmigo está hablando aquí

 

 

y ella responde por mí;

 

 

esta es ilusión de sueño.

 

 

El que al espejo se vio

 

 

miráis en transformaciones,

 

 

imitadas sus facciones,

 

 

pero sus palabras, no.

 

 

¡Quién creyera que en el viento

 

 

mi pensamiento tenía!

 

 

Formar más noche podía,

 

 

hallóla mi pensamiento.

 

 

Yo fui el mismo, yo que estoy

 

 

llorando lo que deseo;

 

 

si soy el que allí me veo,

 

 

¿cómo el que está allí no soy?

 

 

Si es Júpiter que me asombra

 

 

con mi sombra, mi furor

 

 

sepa el fin de mi rigor,

 

 

retrato, apariencia o sombra,

 

 

que en este confuso abismo

 

 

a mí mismo te prefieres;

 

 

dime quién fui o quién eres;

 

 

si soy tú, si eres tú mismo.

 

OTRO.

Fantasma que se transforma

 

 

en mi ser sin diferencia,

 

 

y Luzbel con apariencia

 

 

imagino que conforma.

 

 

Qué me quieres? ¿Qué me sigues?

 

 

¿Por qué de mí no te alejas?

 

PRÍNCIPE.

¿Y por qué tanto hoy me dejas

 

 

que me buscas y persigues?

 

LUNA.

Si el pensamiento veloz

 

 

puede hacer una figura,

 

 

¿como pasa a la figura

 

 

ser afecto de la voz?

 

 

Discurso la pon, ingratos

 

 

de desdenes, que son tales,

 

 

que ambos son originales

 

 

y ambos parecen retratos.

 

 

Pierdan los dos la belleza,

 

 

que naturaleza varia,

 

 

pues aquí, a su ser contraria,

 

 

no varió naturaleza.

 

 

Príncipes, si en casos vanos

 

 

os forman, sedme piadosos,

 

 

aunque para dos esposos

 

 

el cielo me dio dos manos.

 

PRÍNCIPE.

Sombra con cuerpo fingido

 

 

que así a castigarme vienes,

 

 

humilde a tus pies me tienes:

 

 

si no probemos los dos (sic)

 

 

quién es el más verdadero;

 

 

llega a mis brazos, verás

 

 

quién de los dos puede más.

 

 

Ven, que ofendido te espero,

 

 

verás qué venganza doy

 

 

al agravio que escuché,

 

 

y así quien eres sabré.

 

OTRO.

Con esto sabrás quién soy.

 

 

Desaparece solo.

 

PRÍNCIPE.

¡Oh forma rigurosa,

 

 

siempre en mi daño importuna!

 

 

¿Por qué invocas la fortuna

 

 

tan ingrata como hermosa,

 

 

que ya por tanta fortuna

 

 

favores, desconfianzas,

 

 

frenético en sus mudanzas

 

 

las aprendas de la luna?

 

 

¿Qué favorecido amante

 

 

es este, que convertido

 

 

en mi ser ha merecido

 

 

tu amor, y porque me espante

 

 

de su poder, parte el viento

 

 

en arrebatada nube?

 

 

Parece que al cielo sube

 

 

donde tiene eterno asiento.

 

LUNA.

Siempre el alma imaginó

 

 

que eras tú, y fue fuerza aquí

 

 

que se pareciese a ti

 

 

para que le hablase yo.

 

 

¿En qué ocasiones creíste

 

 

de mí sospecha celosa?

 

 

Pues si me viste amorosa,

 

 

contigo mismo me viste.

 

 

De su celosa porfía

 

 

se ve la ignorancia clara,

 

 

que era fuerza que le amara

 

 

a quien a ti parecía.

 

 

Contigo, Príncipe, habló,

 

 

¿para qué tantos enojos?

 

 

Que solo pueden los ojos

 

 

engañarse, el alma no.

 

PRÍNCIPE.

Tanto he temido mi muerte

 

 

en fortunas tan extrañas,

 

 

que con sabor que me engañas

 

 

estoy, Luna, por creerte.

 

 

Este es Júpiter, que viene

 

 

de tu fama enamorado

 

 

y en mí mismo transformado,

 

 

que solo el tiempo detiene.

 

 

Bien le habías conocido,

 

 

y así tu pasión celosa

 

 

deslumbras; que es fácil cosa

 

 

el engañar un marido.

 

 

Yo hasta ahora no lo soy,

 

 

mas puesto que el hombre alcanza

 

 

el agravio, la venganza

 

 

dare a mis desdichas hoy.

 

LUNA.

¡Dios de Moisés!

 

PRÍNCIPE.

Quien ofende

 

 

con infamia su honor, muera

 

 

entre mis brazos.

 

 

Sale el ANTECRISTO y le detiene.

 

 

 

TITÁN.

Espera.

 

PRÍNCIPE.

¿Cómo tu poder defiende,

 

 

si es como dices, divino,

 

 

tan permitida violencia?

 

TITÁN.

Vuelvo así por la inocencia:

 

 

Príncipe, tu furia vino.

 

 

Quien con horribles portentos

 

 

admira, acciones previene

 

 

quien hizo el cielo, que tiene

 

 

para empeño (sic) los elementos.

 

 

Con fuego hago al cielo guerra,

 

 

con viento alboroto el mar,

 

 

con agua puedo anegar

 

 

con triste espanto la tierra.

 

 

¿Nunca el luciente arrebol

 

 

del cielo turbado viste?

 

 

¿No has visto a la luna triste?

 

 

¿No has visto sangriento el sol?

 

 

¿Vivir los helados muertos

 

 

contra leyes naturales?

 

 

Pues si con prodigios tales,

 

 

si con milagros tan ciertos

 

 

mi divino ser ignoras,

 

 

tú que idolatras gentil

 

 

a Júpiter, y a otros mil

 

 

mentidos dioses adoras,

 

 

si tú con locas porfías

 

 

llamas al Dios de Moisés,

 

 

y no crees que este es

 

 

su prometido Mesías,

 

 

que conozca cuando alcanza

 

 

el poder que así me niega,

 

 

viendo como a un tiempo llega

 

 

el milagro y la venganza.

 

 

Yo tu figura tomé

 

 

para que veas que puedo

 

 

en varias formas dar miedo:

 

 

al mundo castigo fue

 

 

del honor con que negaste

 

 

la rendida adoración,

 

 

que pretendo: aquestos son

 

 

los milagros que dudaste.

 

 

Para que en esta acción veas

 

 

siendo tu imagen testigo,

 

 

el milagro y el castigo

 

 

porque me adoras le creas,

 

 

que yo solamente soy

 

 

el autor de tierra y cielo.

 

PRÍNCIPE.

Y rendido por el suelo

 

 

santa adoración te doy.

 

LUNA.

Y ya las lágrimas mías

 

 

por Dios te publicarán.

 

PRÍNCIPE.

Sin duda este es el Titán.

 

LUNA.

Sin duda este es el Mesías.

 

 

Vanse todos y quédase TITÁN.

 

TITÁN.

Si de haberme transformado

 

 

la intención no se ha seguido

 

 

por lo menos ha servido

 

 

de que me hayan adorado.

 

 

No qué nuevo furor

 

 

ahora el pecho recibe;

 

 

mientras el Príncipe vive

 

 

no puedo gozar su amor.

 

 

Pues muera el alma cruel;

 

 

dos gustos rinde a mi estrella:

 

 

uno es el gozarla a ella,

 

 

y otro es el matarle a él.

 

 

Y llegado a ponderar,

 

 

aunque se ofenda el amor,

 

 

en mí fue el gusto mayor,

 

 

no cuál se ha de estimar.

 

 

En estas crueldades fundo

 

 

la gloria en que puedo verme,

 

 

mas aguardaré hasta verme

 

 

dueño absoluto del mundo.

 

 

Que entonces a mi albedrío

 

 

no habrá con qué resistille;

 

 

que yo, para destruille,

 

 

de una vez le he de hacer mío.

 

 

Con nuevas admiraciones

 

 

Babilonia está asombrada,

 

 

viéndose otra vez poblada

 

 

de trajes y de naciones.

 

 

En tan varias lenguas corre

 

 

su nombre, que se estremece

 

 

la tierra, porque parece

 

 

que sube otra vez la torre.

 

 

A voces el bien suspenden,

 

 

y porque más te eternicen,

 

 

con saber lo que te dicen

 

 

el mismo nombre te den.

 

 

Desde donde el Norte enfría

 

 

las aguas que el sol ignora,

 

 

y la memoria que dora (sic)

 

 

asistiendo eterno el día,

 

 

vienen a dar a millares

 

 

sacrificios a tus plantas,

 

 

labrando imágenes santas

 

 

en suntuosos altares.

 

 

Con tu licencia entrarán

 

 

de todos embajadores,

 

 

esos divinos honores

 

 

justamente se me dan.

 

 

Los que a verme han alcanzado

 

 

y la gloria de mirarme;

 

 

que todos han de adorarme

 

 

en éxtasis elevado.

 

 

Salen el PERSA y el ALEMÁN.

 

PERSA.

La fama de tus milagros

 

 

y tu prodigiosa vida

 

 

llegó, nuevo Dios, a Persia,

 

 

donde, siendo conocida

 

 

tu santidad, te adoraron,

 

 

y a mí en su nombre me envía

 

 

con una estatua de oro

 

 

para que el alma ilustra (sic)

 

 

a tu adoración y tal,

 

 

que llaman los alquimistas

 

 

alma en el oro le hallara,

 

 

en este por esta vía.

 

ALEMÁN.

Alemania, que suspensa

 

 

por tal noticia admirable,

 

 

fama inmortal te venera

 

 

y nuevo Dios te publica.

 

 

De tus milagros te adora

 

 

tu majestad por divina,

 

 

de tu virtud obligada

 

 

ya de sus armas vencida,

 

 

y en las minas de marfil

 

 

sus perfecciones imita

 

 

tales de pincel, que tuvo

 

 

la naturaleza envidia.

 

 

Sale el ROMANO.

 

ROMANO.

Roma es cabeza del mundo;

 

 

temerosa de las iras

 

 

de tu vengadora mano,

 

 

hoy a tus plantas se humilla,

 

 

y por feudo conyugal

 

 

una lámpara, que quita

 

 

la luz al mundo, pues con ella

 

 

desmiente la noche el día.

 

 

Esta envía y un tesoro

 

 

dotada, para que asista

 

 

por obligación en tu altar

 

 

eternamente encendida.

 

 

Sale ETIOPÍA.

 

ETIOPÍA.

Etiopía, cuya fe

 

 

en estatuas eterniza,

 

 

porque inmortal en sus cultos

 

 

como en sus imperios vivas,

 

 

en aroma te presenta

 

 

de Sabá olores que impriman

 

 

en caracteres de humo

 

 

tu nombre en muertas cenizas.

 

 

Francia.

 

FRANCIA.

Francia, cabeza de Europa,

 

 

en tu alabanza ufana

 

 

un rico templo levanta,

 

 

cuya majestad altiva

 

 

para a sí hacerse lugar,

 

 

nubes y vientos retira,

 

 

y de mármoles y jaspes,

 

 

bases y columnas lisas,

 

 

para que puedan fundar

 

 

máquinas que arruinan

 

 

la tierra, que el cielo asalta,

 

 

y en él se pierden de vista.

 

 

Sale ESPAÑA.

 

ESPAÑA.

Ya te adora y te conoce

 

 

España, fértil provincia,

 

 

por Dios de todas las lenguas,

 

 

por Dios de las maravillas,

 

 

a donde te sacrifica

 

 

con inmortales aplausos,

 

 

y ahora a tus pies rendida,

 

 

bordadas de varias sedas

 

 

por colgaduras te envía,

 

 

donde la curiosidad

 

 

suple el oro a la codicia.

 

 

Salen la INDIA y EXICIA.

 

INDIA.

Sal, hermosa emperatriz

 

 

del Oriente, donde el día,

 

 

con la asistencia del sol

 

 

más bello, se comunica:

 

 

de tu deidad obligada,

 

 

queda de tu poder rica;

 

 

humildemente te adora,

 

 

y santamente te estima

 

 

por hombre, por rey, por Dios:

 

 

con divinos sacrificios,

 

 

manchó las aras más limpias,

 

 

y de sus fértiles cedros

 

 

desciende, quiere que conciba (sic)

 

 

el sol claro que engendra

 

 

parto feraz de sus minas

 

 

que el mismo sol imagina,

 

 

que en su ausencia se pasaron

 

 

a Babilonia las Indias;

 

 

no por minero [?] te ofrece

 

 

las perlas y piedras ricas,

 

 

que para poder contarlas

 

 

no tiene el tiempo medida.

 

EXICIA (sic).

Santo Dios de Babilonia,

 

 

cuyas grandezas publica

 

 

en mudas lenguas la mar,

 

 

con sordas voces el día;

 

 

tú que los cielos asombras,

 

 

tú que a los hombres admiras,

 

 

y dando espanto a los vivos,

 

 

tú que en tenebrosa noche sepultas,

 

 

tú que diversos lugares (sic)

 

 

el claro sol y día ocupas

 

 

a una hora misma por palabra

 

 

el sol en varias formas parece,

 

 

y la luna y diosas,

 

 

porque en todo asistas,

 

 

hoy a tus plantas por mí

 

 

se mira mi reina Exicia,

 

 

y por humildes primicias

 

 

a tus altares ofrece,

 

 

para su adorno, las finas

 

 

púrpuras que en fitaros [?]

 

 

tejen en Alejandría.

 

 

Ella quisiera que fueran

 

 

las estatuas de oro ricas,

 

 

las ánimas de marfil,

 

 

lámparas que siempre vivan.

 

 

Los aromas de Sabá (sic)

 

 

para que en el fuego sirvan,

 

 

los pórfidos de alabastros,

 

 

jaspes y columnas lisas;

 

 

los diamantes en sus ruinas,

 

 

y corales, plata y oro,

 

 

no arrancados de sus minas;

 

 

mas con humilde deseo

 

 

todos juntos te suplican

 

 

que como Dios solamente

 

 

las voluntades recibas.

 

TITÁN.

Persia, Francia, Alemania bella (sic),

 

 

gallardo español y Exicia

 

 

hermosa, Roma altiva,

 

 

Etiopía, Adasto (sic), India,

 

 

yo soy vuestro Dios supremo,

 

 

a quien ya se sacrifican

 

 

aroma, incienso y saúco,

 

 

pues a mi deidad se debe

 

 

como autor de la vida (sic)

 

 

tan agradecido estoy

 

 

a la ofrenda recibida,

 

 

que satisfacer pretendo

 

 

su memoria; hoy se eterniza

 

 

su nombre; pedid, naciones,

 

 

porque con ofrendas ricas

 

 

os satisfaga; adoradme,

 

 

cantad versos, haced rimas.

 

UNO.

¡Viva el gran Titán!

 

TODOS.

  ¡Viva!

 

 

Suena música, y desciende del trono con gran majestad; estando todos de rodillas, entra TITÁN y los embajadores tras él. Y por otro lado sale LUNA y detiene a la INDIA y a EXICIA, y quédanse las tres solas.

 

 

 

LUNA.

Exicia, espérate un poco;

 

 

que tu hermosura divina

 

 

a ociosidad me mueve,

 

 

por ver prenda que es tan linda;

 

 

y tú también no te vayas,

 

 

detén el paso, bella India,

 

 

déjame ver tu belleza

 

 

quien tiene partes que admira.

 

EXICIA.

¿Qué puede haber en Egipto

 

 

que a tu hermosura no rinda

 

 

sus trofeos?

 

INDIA.

Luna hermosa,

 

 

yo soy de ese bien indigna,

 

 

porque tu hermosura hiere

 

 

a las estrellas que miran

 

 

los efectos de tu voz;

 

 

hasta en el traje se explican

 

 

vuestras partes soberanas.

 

EXICIA.

¡Qué favores!

 

INDIA.

¡Qué caricias!

 

 

Sale BAULÍN.

 

BAULÍN.

Luna hermosa, pues a tantos

 

 

Titán da satisfacción,

 

 

yo quiero en esta ocasión,

 

 

sin ser nadie de sus santos,

 

 

ser del cielo alguna cosa.

 

LUNA.

¡Oh, Baulín! Seas bien venido;

 

 

yo de Titán he sabido

 

 

que su mano poderosa

 

 

ha de ser muy liberal

 

 

contigo, y que ha de hacer

 

 

signo del cielo.

 

BAULÍN.

  Y de ser,

 

 

si es cosa que no está mal (sic).

 

LUNA.

Pues dime a lo que te inclinas:

 

 

¿quieres ser planeta o astro?

 

BAULÍN.

Yo no pretendo ser rastro.

 

LUNA.

Pues cosas hay peregrinas.

 

BAULÍN.

Y fuera bellaquería,

 

 

pues dirás cuando me encuentres,

 

 

ser purgatorio de vientres

 

 

o cambio de tripería.

 

LUNA.

Ahora bien: allá en el cielo

 

 

hay doce signos ahora;

 

 

puedes escoger.

 

BAULÍN.

 Señora,

 

 

para tu favor apelo;

 

 

nómbralos tú.

 

LUNA.

Serás león.

 

BAULÍN.

Serélo de mala gana,

 

 

que tiene el león cuartana,

 

 

y así no será razón

 

 

que eso escoja, que en el cielo

 

 

no hay doctores.

 

LUNA.

  Serás Libra.

 

BAULÍN.

De eso, señora, me libra;

 

 

otros senos hay mejores.

 

LUNA.

Serás Tauro.

 

BAULÍN.

¿Yo?

 

 

¿Qué es Tauro?

 

LUNA.

 Toro.

 

BAULÍN.

 Eso no.

 

 

¿Toro quieres que sea yo?

 

 

¿No ves que me perderé?

 

 

En aquel tiempo pasado

 

 

era muy bueno ser toro,

 

 

porque valía un tesoro;

 

 

mas ya hay toros al fiado.

 

LUNA.

Pues Escorpión podrás ser.

 

BAULÍN.

Eso no, murmurador

 

 

guarda afuera.

 

LUNA.

¡Lindo humor!

 

 

Cáncer podrás escoger.

 

BAULÍN.

Y de ser enfermedad

 

 

no me agrada.

 

LUNA.

 Acuario, sí.

 

BAULÍN.

¿Eso me dices a mí?

 

 

No me tienes voluntad.

 

 

Dáselo a un laberinto.

 

LUNA.

¿Y Aries?

 

BAULÍN.

 Aries tampoco.

 

LUNA.

¿Capricornio?

 

BAULÍN.

 Estoy loco.

 

LUNA.

Pues sí quieres [?].

 

BAULÍN.

Pues no quiero.

 

LUNA.

Sagitario es bueno.

 

BAULÍN.

Yo

 

 

ser Sagitario no quiero.

 

LUNA.

Quieres Géminis, espero.

 

BAULÍN.

Ser Géminis, eso no;

 

 

no soy yo común de dos,

 

 

no quiero estar dividido.

 

LUNA.

Pues ¿qué ha de ser?

 

BAULÍN.

 Eso pido;

 

 

decidlo, señora, vos.

 

LUNA.

Pues solo Virgo ha quedado.

 

BAULÍN.

Aun sirgo bien puede ser;

 

 

mas ¿cómo lo han de creer,

 

 

si ningún sirgo han hallado

 

 

él y el fénix? Dicen todos

 

 

que lo hay. ¿Cómo podré

 

 

ser sirgo?

 

LUNA.

 Yo no lo ;

 

 

mas a Dios no faltan modos.

 

BAULÍN.

Ya de mi ser me despojo.

 

LUNA.

mudarás tu fortuna.

 

BAULÍN.

Ahora bien, señora Luna;

 

 

digo que ser sirgo quiero,

 

 

hoy he de ser inmortal

 

 

Dios.

 

LUNA.

  ¿Vaste?

 

BAULÍN

¿Qué he de ir?

 

 

Voy a decir a mi mujer

 

 

que soy sirgo virginal.

 

Vase.

 

LUNA.

Gracioso Baulín ha estado.

 

EXICIA.

A mí risa me ha movido.

 

 

Oye, que siento ruido:

 

 

el Dios se ha manifestado.

 

 

Salen TITÁN y el PRÍNCIPE.

 

TITÁN.

Yo no puedo sufrir que mis pasiones

 

 

me aflijan tanto; ya estoy adorado,

 

 

ya desde el uno al otro contrapuesto polo (sic)

 

 

respetan mi poder, todos me temen;

 

 

agora es tiempo de gozar mi Luna,

 

 

pues no puede mi crédito perderse;

 

 

pero ella está aquí. ¡Oh Luna hermosa!

 

 

Ya se ha llegado el día en que tu suerte (sic)

 

 

ha de gozar de estado más felice,

 

 

que obligado al amor con que me tratas

 

 

me he de casar contigo.

 

LUNA.

¡Dios inmenso!

 

 

¿No ves que soy casada?

 

TITÁN.

 Eso ¿qué importa?

 

 

Mataré a tu marido.

 

LUNA.

 No permitas

 

 

tanto rigor con mi adorado esposo.

 

PRÍNCIPE.

Señor, pues sabes tú que fui el primero

 

 

que te adoré, agora es bien me hagas

 

 

favor.

 

TITÁN.

De modo estoy dispuesto a hacerlo,

 

 

que vida eterna solicito darte

 

 

quitándote la vida. Hoy ha llegado

 

 

el día de tu muerte.

 

 

 

Mátale.

 

 

 

PRÍNCIPE.

  ¡Santo cielo!

 

 

¡De este rigor a tu clemencia apelo!

 

Vase.

 

LUNA.

Señor, ¿qué has hecho?

 

TITÁN.

 ¡Luna de mi vida!

 

 

di la muerte a tu esposo, porque quiero

 

 

eternizar tu vida de esta suerte.

 

 

¿No ves que así le libro de la muerte?

 

 

Sentémonos aquí.

 

EXICIA.

No lo consientas,

 

 

que no parece bien estar sentado

 

 

con tres mujeres.

 

TITÁN.

Todo es permitido

 

 

a Dios; sentaos, sentaos las tres al punto;

 

 

yo lo consienta agora, éste es mi gusto;

 

 

no os nada cuidado, que cercado

 

 

estoy todo de ángeles; ninguno

 

 

podrá entrar; acá dentro todo es gloria;

 

 

la omnipotencia de mi ser divino,

 

 

de amantes jerarquías serafines

 

 

eternamente asisto circundado;

 

 

invisibles estamos, y a la puerta

 

 

está Valin (sic); dejad el temor vano,

 

 

pues todo está pendiente de mi mano.

 

 

Hace que habla y se entretiene con ellas, y sale ELÍAS con hábito y con saco.

 

ELÍAS.

Suspended, suspended los ciegos gustos;

 

 

que ya ha llegado el tiempo de advertiros

 

 

que se han de convertir en más disgustos

 

 

que aliento humano puede preveniros.

 

 

Las torpezas injustas, los injustos

 

 

términos expeled, y con suspiros

 

 

los pecados llorad, y el mundo advierta

 

 

que hay Dios, que hay muerte cierta.

 

 

¡Oh ceguedad extraña de la gente,

 

 

que en quinientas aflicciones engañadas,

 

 

olvidan al Autor Omnipotente

 

 

por quien es el autor de los pecados!

 

 

¡Oh! ¡Cuán piadoso es Dios, pues que consiente

 

 

apetitos que son desenfrenados,

 

 

teniendo siempre abiertos para el hombre

 

 

pecho amoroso y atractivo nombre!

 

 

¿Qué encantos, qué palabras, qué aflicciones

 

 

así os tiene ocultados los sentidos?

 

 

¿Que crédito no dais a mis razones?

 

 

¿Que estáis como los áspides dormidos?

 

 

Babilonia, que siempre a confusiones

 

 

aspirando sus hijos pervertidos,

 

 

vuelve a Dios, no quieras que con tu llanto

 

 

tenga la tierra universal espanto.

 

 

Y tú, bestia feroz, que así engolfado

 

 

en tus vicios estás, teme la muerte,

 

 

si en la piadosa mano confiado,

 

 

te atreves a ofendelle desta suerte,

 

 

no del sulpicio (sic) estás enajenado:

 

 

a tu fatal destino atento, advierte

 

 

que el aire se dispone a hacerte guerra,

 

 

el fuego con las aguas y la tierra;

 

 

¡qué vida para Dios con tres mujeres

 

 

en tus brazos, te pones y te aplicas!

 

 

Tú sí que del pecado único eres

 

 

hijo voraz que a él te sacrificas.

 

 

¿Qué bárbaros deleites, qué placeres

 

 

son los que gozas, que tu ser explicas,

 

 

que por los gustos a que estás rendido

 

 

se puede conocer cómo has vivido?

 

 

Descienda el fuego, el aire se suspenda,

 

 

altérese la mar, la tierra gima,

 

 

de Jezabel los perros sean su tienda,

 

 

y su hambre rabiosa en él se imprima;

 

 

el polo superior mi voz atienda,

 

 

que la celeste cumbre en él arrima,

 

 

pues que se opone al sempiterno Cristo

 

 

esta bestia, este monstruo, este Antecristo.

 

 

Levántase TITÁN de donde está sentado, y dice:

 

TITÁN.

¡Que estos entrasen aquí,

 

 

que me hablen desta manera,

 

 

siendo soberano autor

 

 

de las lúcidas estrellas!

 

 

¡Rayos destruyan las nubes

 

 

en espantosa violencia,

 

 

que en el ánimo sepultan,

 

 

pues de mi nombre no tiemblan!

 

 

La estrella mayor del cielo

 

 

de su eclíptica descienda,

 

 

desencájese la luna,

 

 

teman todo los planetas,

 

 

pues los hombres a su Dios

 

 

desta manera blasfeman,

 

 

que con loco atrevimiento

 

 

se oponen a mi potencia.

 

 

¿Sabéis quién soy, gente vil?

 

ELÍAS.

Del autor de las tinieblas

 

 

un traslado, que a su Dios

 

 

la veneración le niega.

 

 

Tú, que mataste a tu madre,

 

 

y con extraña violencia

 

 

hiciste el cuerpo sepulcro

 

 

de su mísera tragedia,

 

 

el demonio que en ti habita

 

 

te da atrevimiento y fuerza;

 

 

porque como en Cristo estaban

 

 

juntas dos naturalezas,

 

 

de hombre y Dios, ¿por qué herejía

 

 

un opuesto a su clemencia,

 

 

de hombre y demonio también

 

 

otras dos en ti se encierran?

 

TITÁN.

Yo soy Dios.

 

ELÍAS.

¡Calla, atrevido!

 

 

Que es Cristo solo el que reina,

 

 

el que nació y murió,

 

 

el que vive vida eterna.

 

TITÁN.

Hombre fue el que nació

 

 

en un pesebre entre bestias.

 

ELÍAS.

Dios es, pues, que las alturas

 

 

de su venida dan nuevas.

 

TITÁN.

Hombre fue, pues que ha nacido

 

 

con tan inmensa pobreza.

 

ELÍAS.

Dios es, pues reyes de Oriente

 

 

le adoran y le veneran.

 

TITÁN.

Hombre fue, pues le dan mirra,

 

 

de la tierra propia ofrenda.

 

ELÍAS.

Dios, es, que incienso le ofrecen,

 

 

de Dios aroma sabea.

 

TITÁN.

Hombre fue, pues se perdió,

 

 

y llora su Madre tierna.

 

ELÍAS.

Dios es, pues dentro del templo

 

 

hallan que sabe y enseña.

 

TITÁN.

Hombre fue, pues que en el huerto

 

 

la muerte temió que llega.

 

ELÍAS.

Dios es, pues ángeles santos

 

 

le confortan y celebran.

 

TITÁN.

Hombre fue, pues le faltó

 

 

lo que la vida sustenta.

 

ELÍAS.

Dios es, pues hace milagros

 

 

y gentes varias sustenta.

 

TITÁN.

Hombre fue, pues en el templo

 

 

le maldicen y apedrean.

 

ELÍAS.

Dios es, pues siendo ofendido,

 

 

por el que le ofende ruega.

 

TITÁN.

Hombre fue, pues le prendieron

 

 

y a la muerte le condenan.

 

ELÍAS.

Dios es, pues estando preso,

 

 

maravillas hace inmensas.

 

TITÁN.

Hombre fue, pues le dan muerte,

 

 

y se cumple la sentencia.

 

ELÍAS.

Dios es, pues que resucita

 

 

con inmortal excelencia.

 

TITÁN.

Hombre fue, pues la nación

 

 

no cree, no le sigue y deja.

 

ELÍAS.

Dios es, pues el universo

 

 

su majestad reverencia.

 

TITÁN.

Hombre, pues en pecadores (sic)

 

 

tiene fundada su Iglesia.

 

ELÍAS.

Dios es, pues ensalza humildes

 

 

y derriba la soberbia.

 

TITÁN.

Hombre fue, pues en el mundo

 

 

padeció tantas miserias.

 

ELÍAS.

Dios es, pues que le redime

 

 

y al lado de Dios se asienta.

 

TITÁN.

Hombre es, pues hace milagros

 

 

opuestos a mi grandeza.

 

ELÍAS.

Hombre es, pues que en su nombre

 

 

castigaré tu insolencia.

 

ENOC.

Advierte, monstruo del mundo,

 

 

que aquesta es la vez primera

 

 

que dices verdad, aunque eres

 

 

padre de mentira horrenda;

 

 

porque como Cristo tuvo

 

 

entrambas naturalezas,

 

 

fue Dios y hombre también.

 

TITÁN.

Hombre puro fue.

 

ENOC.

 Es blasfemia.

 

TITÁN.

No puedo sufrir ya más

 

 

tan atrevidas respuestas,

 

 

que fiado en mi piedad

 

 

me incitan desta manera.

 

 

Acrediten mis milagros

 

 

las verdades que se muestran,

 

 

o con (sic) mis obras.

 

ELÍAS.

 En virtud

 

 

de Satanás que en ti reina,

 

 

con engaños y traiciones

 

 

a esta gente loca y ciega

 

 

engañas, mas yo, fiado

 

 

en esta insignia. que llena

 

 

Saca una cruz.

 

 

está de inmensas virtudes,

 

 

a tu mágica, a tu ciencia,

 

 

he de vencer; que esta cruz

 

 

ha de aniquilar tus fuerzas.

 

TITÁN.

¡Qué miro, que en este palo

 

 

hallo oposición tan nueva!

 

 

Y temo que aquesta gente

 

 

que los he engañado infieran.

 

 

La industria podrá valerme,

 

 

Luna hermosa, Luna bella;

 

 

espera, ¿dónde te vas?

 

 

¡No te acobardes, no temas,

 

 

que aquel palo que allí ves

 

 

las mágicas excelencias

 

 

del antiguo Egipto incluye;

 

 

pero yo haré, porque veas,

 

 

que estos quieren engañarnos,

 

 

que ahora el Príncipe venga

 

 

resucitado, y que diga

 

 

que es mi potestad inmensa;

 

 

y aunque veáis que me espanto,

 

 

no os admiréis porque vean

 

 

que sufro sus liviandades,

 

 

porque admiren mi paciencia.

 

 

Príncipe, de donde asistes

 

 

te mando que hoy a la tierra

 

 

vuelvas y digas quién soy.

 

 

Sale por debajo del tablado la imagen del PRÍNCIPE.

 

IMAGEN.

Supremo autor ¿quién te niega,

 

 

siendo Artífice divino

 

 

de soberana excelencia?

 

LUNA.

Este es mi perdido esposo.

 

ELÍAS.

Espíritu que en tinieblas

 

 

asistes y en sombra vana,

 

 

y con fingida apariencia,

 

 

vienes a engañar al mundo,

 

 

que le has engañado vea;

 

 

y en nombre de Jesucristo,

 

 

el muerto Príncipe vuelva,

 

 

y la verdad se declare.

 

 

Sale el PRÍNCIPE, y en diciendo estos versos, se entre.

 

PRÍNCIPE.

Divino y santo Profeta,

 

 

predicas la verdad.

 

 

Vase.

 

ELÍAS.

Pues ahora, porque entiendan

 

 

los que presentes se hallan

 

 

su engaño, a la eterna pena

 

 

vuelva esta sombra al instante.

 

IMAGEN.

Voy a mi obscura caverna.

 

 

Húndese.

 

TITÁN.

Perdido soy si prosigue;

 

 

aprovéchenme mis fuerzas:

 

 

ministros, matad aquestos

 

 

hoy; Elías, Enoc, mueran.

 

ELÍAS.

Moriremos porque el mundo

 

 

resucitados nos vea.

 

 

Llévanlos y vanse por su orden.




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