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Lope de Vega
La bella Aurora

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Acto Primero

Salen Céfalo, de camino, y Floris.

 

CÉFALO

  Señora, fálteme Dios

 

si hallo cosa en esta ausencia

 

que pueda hacer resistencia

 

al mal de faltarme vos.

 

Y es para el alma tan fuerte,

 

que su consideración

 

no tiene comparación

 

con el rigor de la muerte.

 

Crece la tristeza mía

 

con tanta violencia, amor,

 

que en el temor y el dolor

 

mil veces muero en un día.

 

Yo llevo, en fin, de los dos

 

mayor soledad agora,

 

que no estáis sola, señora,

 

acompañada de vos;

 

que para comparación

 

de que en dolor me igualáis,

 

pues que vos con vos estáis,

 

mayores mis males son.

 

Dad ventaja a mi memoria

 

de las penas que sentís,

 

porque donde vos vivís,

 

¿qué puede haber sino, gloria?

 

Cesar la eterna armonía

 

de las esferas del cielo,

 

alma del sol, que en el suelo

 

cuanto vive engendra y cría:

 

Hacer eterna amistad

 

los elementos, parece

 

decir que haceros merece

 

mi presencia soledad.

 

No lo creáis, pensamiento;

 

máteme cuerdo el pesar,

 

y no sin seso el pensar

 

tan altos merecimientos.

FLORIS

Si es cumplir la obligación

 

que a los discretos les dan

 

el ser marido y galán,

 

Céfalo, en esta ocasión,

 

como ya propia mujer,

 

viéndoos burlar y partir,

 

pondré el cuidado, en sentir,

 

no le pondré en responder:

 

y no diré el sentimiento,

 

si no es que celos me den

 

para responder también

 

vuestro mismo entendimiento.

 

Que dicen que suelen ser,

 

con la fuerza del sentir,

 

tan discretos en decir

 

como necios en hacer.

 

que os vais, y que no es justo

 

que me obligue lo que os culpa,

 

porque no tiene disculpa

 

quien se parte por su gusto.

 

Y así, no quiero admitir

 

lo que vos me podéis dar;

 

que quien lo pudo excusar,

 

¿cómo lo puede sentir?

 

Y aunque galán presumáis

 

quererme satisfacer,

 

basta ser propia mujer

 

para que no lo sintáis.

CÉFALO

Vos habéis, mi bien, caído

 

en yerro en que muchas dan,

 

que no puede amar galán

 

el que posee marido;

 

porque la seguridad

 

no quita fuerza al amor,

 

que antes, en todo rigor,

 

aumenta la voluntad;

 

ni qué pueda tener

 

de discreto ni de grave

 

el marido que no sabe

 

ser galán de su mujer.

 

Que adonde hay entendimiento

 

y discurso de razón,

 

una justa posesión

 

no quita el merecimiento.

 

Que me parto por mi gusto

 

niego, pues voy tan forzado

 

cuanto que causa he dado,

 

mi bien, a vuestro disgusto.

 

No presumáis tan cruel

 

que mi amor en celos anda,

 

pues el Príncipe me manda

 

ir a esta caza con él.

 

¿Qué excusa pudiera dar

 

que me pudiera valer?

 

Que de la propia mujer

 

nunca se admite el pesar.

 

Porque, fuera de perdelle,

 

quedáramos mal los dos

 

si dijera que por vos

 

dejaba de obedecelle.

FLORIS

La disculpa no os faltara

 

si el gusto y la novedad

 

para dejar la ciudad,

 

a mis brazos no os forzara:

 

mas no quiero daros pena,

 

que me voy pasando a dama,

 

cosa que la buena fama

 

en mujer propia condena.

 

Y aunque al honor fuera impropia,

 

¡ay Dios, quién supiera hacer

 

que se pudiera perder

 

esto de ser mujer propia!

CÉFALO

¡Oh, qué donaire tan grande!

 

¡Oh, qué imposible tan nuevo!

 

Salen Fabio y Elisa, criados.

FABIO

Yo cumplo con lo que debo,

 

si no es que quedar me mande.

ELISA

Bien te supieras quedar

 

si me tuvieras amor.

FABIO

No hay amor donde hay señor,

 

ni quedar donde hay mandar.

ELISA

¿Otros criados no había?

FABIO

No seas, Elisa, loca;

 

que hay criados de la boca,

 

que la sirven todo el día,

 

que en dando todo señor

 

en llamar siempre un criado,

 

aquél es de su cuidado

 

inmortal ejecutor.

CÉFALO

¿Es Fabio?

FABIO

¿Qué es lo que quieres?

CÉFALO

¿Qué hay de partida?

FABIO

Que ya

 

todo apercibido está.

FLORIS

Fabio, cuidadoso eres.

FABIO

Lo primero los rocines,

 

aunque boca abajo están,

 

relinchos por gracias dan

 

que al campo los encamines;

 

el tuyo el bocado muerde

 

bañando el oro en espuma,

 

ya papagayo sin pluma

 

todo vestido de verde;

 

porque sin las guarniciones,

 

verdes por partes distintas,

 

en crin y cola, mil cintas

 

sirven de plumas y alones;

 

yo llevo aquel bayo a quien

 

cubre el enmaderamiento,

 

un pellejo macilento

 

por quien las tripas se ven.

 

Si ves el rocín, señor,

 

pensarás que han puesto allí

 

un viejo guadamací

 

a un banco de un herrador.

 

¡Por Dios, que pienso que voy

 

sobre la envidia a esta caza!

CÉFALO

¿No vas con gusto?

FABIO

  Mi plaza

 

a quien la quisiere doy.

CÉFALO

El correrá.

FABIO

 Poco o nada;

 

presto tus ojos lo vean,

 

sino es que los ciervos sean

 

hechos de paja y cebada.

 

De perros nos va mejor,

 

galgos, sabuesos y bracos,

 

grandes, chicos, gordos, flacos,

 

que atados forman, señor,

 

una capilla perruna

 

en esa puerta, que es cosa

 

insufrible.

CÉFALO

  Dulce esposa,

 

yo voy corriendo fortuna

 

en el mar de vuestros ojos;

 

no me aneguéis de esa suerte,

 

ni el sol que de ellos se vierte

 

eclipse nubes de enojos.

 

Venid a verme partir

 

pues tan presto he de volver.

FLORIS

Temo que os he de perder,

 

porque me suele decir

 

el alma muchas verdades.

CÉFALO

¿Perder por ir a cazar

 

a un monte? ¡Qué incierto mar

 

para apartar voluntades!

 

Venid, que el Príncipe espera.

FLORIS

No me puedo consolar.

FABIO

Y ella no puede llorar.

ELISA

Llorar ¡oh Fabio! quisiera;

 

pero tengo el corazón

 

encontrado con los ojos.

FABIO

Pues pescados sin remojos

 

secos, incomibles son;

 

no llores si hay fe tan poca;

 

que llorar y no sentir,

 

es por los ojos mentir,

 

que suele ser por la boca.

 

Salen el Príncipe de Tebas, DORISTEO, de caza, y PERSEO, privado suyo.

 

DORISTEO

Si sabes qué es amor, sabrás, Perseo,

 

que es siempre industrias todo.

PERSEO

No de amor el modo,

 

mas que amor es hijo del deseo,

 

y que para gozar lo que desea,

 

no hay imposible que difícil sea.

DORISTEO

Adoro la divina prenda hermosa

 

de Céfalo dichoso,

 

imposible forzoso,

 

por ser, como lo es ya, su casta esposa:

 

hoy al campo le llevo

 

sin estimar lo que a mí mismo debo.

 

No a quitarle la vida, porque fuera

 

quitársela a su esposa:

 

una industria amorosa

 

me enseña a que le deje en la ribera

 

del mar, o entre las selvas divertido,

 

para que vuelva a pretender su olvido;

 

favor pido al amor, Céfalo ausente,

 

que ausencias suelen darle:

 

no con dejar de amarle,

 

con menos quiero yo que me contente:

 

hábleme sólo a mí, sólo merezca

 

mi amor, que sin amarme le agradezca.

 

Dos ojos tiene el cielo: el verdadero

 

se llama el sol dorado;

 

con resplandor prestado

 

sale la luna; pues lo mismo quiero.

 

Quiera a Céfalo bien, ¡qué desvarío!

 

Y resplandor prestado será el mío.

PERSEO

Si no supiera yo lo que es amarte,

 

divina Floris mía,

 

fuera vana porfía

 

sus experiencias presumir el arte;

 

el Príncipe te adora, y yo en secreto,

 

pero con esperanza a un mismo efeto.

 

Mas ¿quién tan atrevida y locamente

 

al poder amoroso

 

querrá oponer celoso

 

su loco amor, si el Príncipe le siente?

 

Porque no sólo la lealtad debida,

 

que igual peligro correrá la vida.

DORISTEO

¿Murmuras de mi loco pensamiento,

 

o por ventura piensas

 

que igualará defensas

 

Floris a su amoroso atrevimiento?

 

Pues ten por cierto (aunque parezca loco)

 

que, a ser posible, le tuviera en poco.

 

Armese Floris de desdén conmigo,

 

cubra el hermoso cielo

 

de cristalino hielo,

 

y los dioses me dan mayor castigo

 

que a quien hurtó su llama, que no puedo,

 

tener menos amor ni mayor miedo.

PERSEO

Conmigo estás, señor, tan disculpado,

 

que de este pensamiento

 

a tu merecimiento,

 

si no te conociera, hubiera dado

 

aquel lugar que la naturaleza

 

puso en tu sangre por mayor grandeza.

 

Ama a Floris divina, al campo lleva

 

a su engañado esposo;

 

que amor es poderoso,

 

y no es la industria en sus intentos nueva:

 

de los dioses que adoras en su templo,

 

los engaños de amor toman ejemplo.

 

Coronados de flores, blanco Toro,

 

pasó la mar a Europa,

 

sin vela, o viento en popa,

 

Júpiter, que otra vez en lluvia de oro

 

transformado, gozó de Danae bella.

DORISTEO

Valed, engaños, mi amorosa estrella.

 

Salen CÉFALO y FABIO.

 

CÉFALO

Déme, señor, Vuestra Alteza

 

los pies.

DORISTEO

 ¡Oh, Céfalo amigo!

 

¡Ay celos, de amor castigo!

 

¡Ay, soberana belleza!

 

¡Oh, qué gran favor me has hecho

 

en quererme acompañar!

CÉFALO

Esto es servirte, y mostrar

 

que amor me debe tu pecho.

DORISTEO

El ser tan recién casado,

 

bien claro muestra que ha sido

 

haberme favorecido

 

y para siempre obligado.

 

Quedará Floris muy triste.

CÉFALO

Es discreta, y vió que es justo

 

servirte, porque en tu gusto

 

todo el de los dos consiste;

 

pero al fin, como mujer,

 

en lágrimas...

DORISTEO

¡Qué rigor!

 

¡Quién las mereciera ver!

 

Pero lágrimas lloradas

 

por otro amor fuego fueran,

 

por más hermosas que hicieran

 

tus estrellas enojadas.

 

Ahora bien, Céfalo, vamos;

 

que ya nos llaman ausentes,

 

las sombras entre las fuentes,

 

y la caza entre los ramos:

 

que yo también dejo a quien

 

no siente mi ausencia menos;

 

volveremos de amor llenos,

 

y de despojos también.

 

Tú para dar a tu esposa,

 

y yo a cierto desdén mío;

 

que mucha venganza fío

 

para la vuelta amorosa

 

de esta ausencia, aunque ha de ser

 

más breve de lo que piensas.

CÉFALO

No hay para mi amor ofensas

 

como no darte a entender

 

que aventurara por ti

 

mayor bien, si mayor fuera,

 

aunque mi esposa perdiera,

 

que es el mayor que hay en mí.

 

A los montes que me llevas

 

y adonde Alcides bajó,

 

iré por servirte yo;

 

sólo quiero que me debas

 

este amor, este deseo.

DORISTEO

¿Quién viene contigo?

CÉFALO

 Fabio;

 

que en dejarle hiciera agravio

 

a su amor.

DORISTEO

Así lo creo.

FABIO

Déme tu Alteza los pies.

DORISTEO

¿Traes, Fabio, aquestos días

 

aquel humor que solías?

 

que ha mucho que no me ves.

FABIO

Señor, las cosas están

 

de forma, o fueron mejores,

 

que gastarán los humores,

 

y aun la vida gastarán.

 

Perece el mundo, y no espero

 

que ha de haber otro segundo.

DORISTEO

¿Cómo ansí?

FABIO

Falta del mundo,

 

el alma, que es el dinero.

 

No cómo pueda darte

 

de esta sentencia el sentido;

 

lo que estaba repartido,

 

está todo en una parte.

 

No tiene la mocedad

 

las costumbres que solía;

 

la vejez niega y porfía

 

las señales, y la edad:

 

esto no entra bien aquí;

 

de damas, el interés

 

se ha vuelto amor.

DORISTEO

Si ansí es,

 

bien andará para mí

 

el mundo con sus mudanzas,

 

pues podré, Floris, con oro,

 

atrevido a tu decoro,

 

esforzar mis esperanzas.

 

En fin es el interés

 

muy poderoso.

FABIO

  Es de modo,

 

que es dueño y señor de todo.

DORISTEO

Muy justamente lo es;

 

y a su ejemplo, esta cadena

 

te has de poner.

FABIO

Ya tenía

 

otra mayor, que es la mía,

 

de tus beneficios llena.

DORISTEO

Fabio, Fabio, los criados

 

todos sois murmuración,

 

si por cualquiera ocasión

 

nos veis de dar descuidados.

 

¡Ay de los señores, Fabio!

 

Porque, en dejando de dar.

 

cosa no sabéis hablar

 

sin nuestra ofensa y agravio.

FABIO

Si con aquesta pensión

 

esta cadena me dabas,

 

más intereses cobrabas

 

que sus principales son:

 

lo que yo decir quería

 

no lo interpretaste bien,

 

porque el interés también

 

más altamente porfía:

 

bien que dais, y que honráis,

 

y , pero no te enojes

 

que dais como los relojes,

 

que no sabéis lo que dais;

 

dad a un cuerdo, a un noble, a un sabio

 

y daréis bien.

DORISTEO

 (Ahora bien,Aparte.

 

yo quiero darte también

 

por esas tres cosas, Fabio;)

 

venme a hablar sin que te vea

 

Céfalo.

FABIO

  Tu esclavo soy.

 

¿Qué es esto? Confuso estoy.

 

Algo el Príncipe desea.

 

Vanse.

Salen la ninfa AURORA, y BELISA, con arcos, velos y baqueros.

 

 

BELISA

Amor menospreciado,

 

venganzas apercibe.

AURORA

De quien segura vive,

 

no se verá vengado;

 

que él deseos tira,

 

que no con arco y flechas, que es mentira

 

pues esos reportados

 

con cuidados que velan,

 

cuando más se revelan,

 

¿cómo serán cuidados?

 

si el amor es deseo,

 

haced que el alma ignore lo que veo.

BELISA

Pues cuando ven los ojos

 

lo que es digno de amarse,

 

¿Puede el alma ocultarse

 

para no darle enojos?

 

Mas ignoras con arte

 

que el alma está del todo en toda parte.

 

Desengáñate, Aurora,

 

que el alma es la primera,

 

que lo que considera,

 

por los ojos adora;

 

sin consultarla, o casta, o amorosa.

AURORA

Belisa, yo te digo

 

que, si ella se resiste,

 

que nunca la conquiste

 

pensamiento enemigo:

 

donde ella no consiente,

 

ni el gusto obliga, ni el sentido siente.

 

La dulce compañía

 

de la casta Diana,

 

desde que la mañana

 

abre, la puerta al día,

 

hasta que se la cierra

 

la oscura hija de la helada tierra,

 

es gloria, es alegría

 

de un casto y libre pecho,

 

que no ha pagado pecho

 

a humana compañía;

 

allá, por las ciudades

 

hay mujeres que entienden voluntades.

 

Aquí, seguir las fieras

 

por selvas enramadas,

 

a veces avisadas

 

de las aves parleras,

 

es el mayor contento

 

que puede presumir el pensamiento.

 

Ver bañar una siesta

 

a la bella Diana,

 

adonde planta humana

 

ni llega, ni molesta;

 

tan blanca y transparente,

 

que parece figura de la fuente;

 

y de ninfas cercada,

 

como luna de estrellas,

 

celebra las más bellas,

 

después de ser de todas envidiada.

 

¡Qué diversa escultura

 

descubre sin el velo la hermosura!

 

Es vida más contenta

 

por estas soledades,

 

que cuantas las ciudades

 

que el loco vulgo aumenta

 

dan al entendimiento;

 

que amor, ¿cuándo no fue pena y tormento?

 

Salen dos villanos: JULIO y ANTEO.

 

JULIO

Todo queda apercibido;

 

no falta sino que venga.

ANTEO

Feliz monte cuando tenga

 

rey tan amado y querido,

 

que le quiere de manera,

 

sin haber visto su cara,

 

que para que me matara,

 

quisiera volverme fiera.

 

Dos veces esta mañana

 

salí a ver si viene ya.

JULIO

Quedo, que están por acá

 

dos Nínfolas de Diana.

ANTEO

¿Mirarélas?

JULIO

No , a fe;

 

dicen que vuelven cochinos

 

los hombres.

ANTEO

  ¡Qué desatinos!

 

No hacen mal, Julio.

JULIO

 Pues ¿qué?

ANTEO

Si las van a ver desnudas,

 

vuelven los hombres venados,

 

que por eso en nuestros prados

 

hay tantas seguras mudas;

 

mas si los hombres no son

 

bachilleres y atrevidos,

 

los dejan con sus sentidos,

 

sin hacer transformación.

AURORA

¡Labradores!

ANTEO

  ¡Santo cielo!

AURORA

¿De qué andáis alborotados?

ANTEO

Nínfolas que en estos prados

 

habitáis en mortal velo,

 

sabed que viene a cazar

 

hoy el Príncipe de Tebas.

AURORA

Pues, ¡tomad por esas nuevas!

JULIO

¡Ay, que nos quieren tirar!

ANTEO

¡Huye, Julio!

JULIO

 ¡Corre, Anteo!

ANTEO

¡Ah, borrachas!

BELISA

¡Cuáles van!

AURORA

¡Qué poco de verme dan

 

estos tebanos deseo!

BELISA

El Príncipe es alabado

 

de hermoso.

AURORA

 No hay igualdad

 

con la hermosa libertad

 

de un corazón descuidado.

BELISA

Luego ¿no, le piensas ver?

AURORA

¿Yo ver hombres en mi vida?

BELISA

Desde aquí, Aurora, escondida,

 

¿en qué se puede ofender

 

nuestra señora. Diana?

 

Mira que en este rüido

 

se conoce que han venido.

AURORA

A lo que tengo de humana

 

piden los ojos su parte.

 

Dentro.

 

 

¡To, to! Por acá, Melampo.

BELISA

De gritos se vuelve el campo

 

sabrosa imagen de Marte.

 

Salen CÉFALO y FABIO con venablos.

 

CÉFALO

¡Qué notables espesuras!

FABIO

Nunca mayores las vi.

BELISA

Escondámonos aquí

 

para mirarlos seguras.

CÉFALO

No ha tocado el sol más claro

 

sus arenas plateadas.

AURORA

Estas zarzas intrincadas

 

nos servirán de reparo.

 

Escóndense.

 

CÉFALO

¿Dónde el Príncipe quedó?

FABIO

Siguiendo va por la selva

 

un jabalí que al de Adonis

 

imitaba en la fiereza.

 

Yo, en viéndole los colmillos,

 

hice broquel de una peña;

 

que todo animal que muerde,

 

es como veneno en flecha.

 

También hay en la ciudad

 

jabalíes que penetran

 

honras con dientes de envidia,

 

de los cuales no aprovecha

 

guardarse el más recatado;

 

mas como de aquéstas pueda,

 

es necedad arrogante.

CÉFALO

Son las domésticas fieras

 

las que dan más ocasión

 

a que los hombres las teman.

 

Las de esta selva son muchas:

 

temo que el Príncipe quiera

 

salir tan presto de aquí.

FABIO

Ten, señor, por cosa cierta

 

que saldrá presto si ama.

CÉFALO

Si él amara, no viniera

 

a los montes, en que olvidan

 

los que aborrecer desean.

FABIO

¿Qué sabes tú si hay agravio

 

que obligarle a olvidar pueda?

 

Pero no se aplican bien

 

a la caza estas materias.

 

Mira dónde has de pasar

 

el sol de esta ardiente siesta:

 

¿qué ladra el perro del cielo

 

a las vecinas estrellas?

CÉFALO

Esta fuente, Fabio amigo,

 

donde encajara un poeta

 

esto de planta sonora,

 

cristal vivo, voz de perlas,

 

a quien hacen verde toldo

 

los alisos que la cercan:

 

como laurel de su margen

 

y sombra de sus arenas,

 

con dulcísima harmonía

 

es cítara de estas selvas,

 

adonde a versos las aves

 

historias de amor alternan;

 

ello nos llama; no es bien,

 

cansados, buscar por ellas

 

más frescura que sus aguas,

 

más alfombra que su hierba:

 

ríndete aquí.

FABIO

 ¡Por Apolo,

 

que presumo que durmiera,

 

no digo al son desta fuente,

 

que parece que se queja,

 

pero en un trillo por cama,

 

y por algodón sus piedras.

 

Aquí mi venablo arrimo.

CÉFALO

Aura, mis ojos refresca.

FABIO

¿Quién es Aura?

CÉFALO

 El viento manso

 

que por estas hojas suena.

 

En echándose, salgan AURORA y BELISA.

 

BELISA

¿Qué te parece?

AURORA

No he visto,

 

Belisa, mayor belleza:

 

¿es posible que son tales

 

todos los hombres de Tebas?

BELISA

Si del primero que has visto

 

te agradas desta manera,

 

¿para qué, de amor burlando,

 

mostrabas tanta aspereza?

AURORA

¿No has visto hablar de la mar

 

los que no han entrado en ella?

 

¿No has visto la valentía

 

de quien nunca vio la guerra?

 

Pues así yo blasonaba

 

de las hondas y armas fieras,

 

hasta que vi sus peligros

 

y conocí sus tormentas:

 

por cierto, el hombre es gallardo;

 

presumo que si le viera

 

la misma casta Diana...

BELISA

Tente, Aurora, no lo sepa.

AURORA

Ahora bien, voyme de aquí

 

antes que el hombre nos sienta;

 

pero no, vuelve; ¿qué importa

 

cuando nos hable y nos vea?

 

Pero ¿soy yo la que digo,

 

Belisa, cosas como éstas?

BELISA

Déjame mirar a mí

 

el que, con menos nobleza,

 

acompaña al que tú miras.

AURORA

Mírale presto, y no seas

 

causa que despierte acaso.

BELISA

¡Buena traza!

AURORA

Pues si es buena,

 

para él será lo mejor.

 

¡Huye!

BELISA

 Vamos.

AURORA

Pero espera;

 

que, aunque es gran diosa Diana,

 

dicen que es más fuerte que ella

 

Venus, y que le ha mandado

 

que sus secretos no entienda

 

Júpiter, porque el amor

 

todas las cosas aumenta,

 

y no quiere que los dioses

 

puedan impedir que crezcan.

 

Volvamos a ver el hombre.

BELISA

Como pájaro, te enreda.

 

mientras más piensas que huyes,

 

la liga de su belleza.

AURORA

¿Cómo le podré yo hablar?

BELISA

No podrás si no despierta.

AURORA

Pues ¿cómo haremos rüido?

BELISA

Finjamos algunas quejas.

AURORA

¡Ay, qué terrible león!

 

¡Valedme Venus, Minerva,

 

Palas!

BELISA

 ¡No hay quién nos socorra!

CÉFALO

Fabio, ¿qué voces son éstas?

FABIO

Toma, señor, tu venablo.

AURORA

¡Por Marte que nos defiendas,

 

mancebo, en tus fuertes brazos

 

de la furia de esta fiera!

CÉFALO

¿Por dónde va?

AURORA

¿Qué virtud

 

tienes, señor, contra ellas,

 

que en viéndote huyó?

FABIO

 Las ramas

 

por aquella parte suenan.

AURORA

¡Yo me desmayo!

CÉFALO

¡Hola, Fabio!

 

¡Agua!

FABIO

 De allí se despeña

 

una ninfa de cristal.

CÉFALO

Señora, ¿tanta flaqueza,

 

siendo de estas selvas ninfa,

 

siendo cielo de esta tierra?

AURORA

Ya estoy en mí.

FABIO

  Pues el agua

 

algún ninfo se la beba;

 

que en las selvas es el vino

 

elemento de más fuerza.

CÉFALO

Vos os desmayáis de ver

 

las fieras; mayor flaqueza

 

es el desmayarse un hombre

 

mirando las rosas bellas.

AURORA

¿Quién sois, señor?

CÉFALO

  He venido

 

con el Príncipe de Tebas

 

a estos bosques a cazar;

 

perdíme esta ardiente siesta

 

de los demás caballeros.

AURORA

Vuestro disgusto me pesa;

 

pero porque este favor

 

(aunque para tanta deuda,

 

si bien con gran voluntad,

 

será la paga pequeña)

 

agradecer pueda en algo,

 

venid donde daros pueda

 

en que podáis descansar.

CÉFALO

Transformándome en estrella,

 

fuera a gozar de ese cielo;

 

mas, ¿cómo tanta bajeza

 

ocupará tal lugar?

AURORA

Esa humildad fuera buena

 

en otros merecimientos,

 

mas no en la nobleza vuestra,

 

que bien se ve en vuestro rostro.

 

Detrás de aquesta arboleda,

 

adonde están más casados

 

los álamos y las yedras,

 

yace un palacio en que vive,

 

a cuya vistosa puerta

 

forman linteles y jambas

 

las enramadas cabezas

 

de ciervos de aquestos montes,

 

y las forcejudas testas

 

de jabalíes y osos;

 

porque sirve su fiereza

 

de rústica arquitectura.

 

Vamos; estaréis en ella

 

hasta que decline el sol

 

y el Occidente se vea

 

vestido de azules nubes.

CÉFALO

Ya es fuerza que os obedezca,

 

porque, como a las deidades

 

que estas montañas respetan,

 

os tengo en veneración.

AURORA

Yo agradezco la obediencia.

 

¿El nombre?

CÉFALO

 Céfalo es;

 

¿y el vuestro?

AURORA

No tengan

 

más bella aurora mis ojos

 

siempre que el cielo amanezca.

FABIO

¿Y yo tengo de ir allá?

BELISA

Pues ¿no ve que si se queda

 

le harán aquí mil pedazos

 

de aqueste monte las fieras,

 

y que hay en estos sagrados

 

bosques figuras diversas

 

de sátiros y de faunos?

FABIO

¡Por Dios, mala gente es esa!

BELISA

¿Cómo es su nombre?

FABIO

Mi nombre

 

por una parte comienza

 

de la música.

BELISA

¿Es el ut?

FABIO

No es el ut.

BELISA

¿El re?

FABIO

No acierta.

BELISA

Apostaré que es el mi.

FABIO

Pase adelante dos letras.

BELISA

¿Es el fa?

FABIO

  Fabio me llamo.

BELISA

Humor gastas.

FABIO

 Bien quisiera:

 

¿cómo se llama?

BELISA

 Belisa

 

porque no se desvanezca.

FABIO

¿Belisa de golpe?

BELISA

  Sí.

 

Y sígame, por que tenga

 

menos calor, hasta tanto

 

que el sol antípoda sea.

FABIO

Pienso que vamos vendidos;

 

que nunca los hombres llevan

 

más peligro que tratando

 

con mujeres bachilleras.

 

Salen el príncipe DORISTEO y PERSEO, de noche.

 

DORISTEO

Noche de amor, amparo, norte y guía,

 

secretaria de todos sus secretos,

 

muda enemiga del parlero día,

 

madre de pensamientos y concetos;

 

de celos y de honor secreta espía,

 

indiferente a necios y a discretos;

 

en fin, noche que callas cuando mira

 

el cielo con más ojos tu mentira.

 

Mientras que la verdad de la mañana

 

descubre engaños, y en el campo flores,

 

y en estrados de raso azul y grana

 

sale a juzgar el sol causas mayores,

 

permite que en otra alba soberana

 

sin celos amanezcan mis amores;

 

pues no le faltará blando rocío,

 

quinta esencia de amor, al fuego mío.

 

Dejo los montes, y dejando en ellos

 

también mis celos, vengo a ver tus puertas,

 

hermosa Floris, que a tus ojos bellos

 

traigo una vida entre esperanzas muertas

 

recoge, si salieres, tus cabellos,

 

si tanto amor los mereciere abiertos;

 

que si piensa la noche que es el día,

 

en Tebas se sabrá la pasión mía.

PERSEO

Si tuviera tu amor, y si tuviera,

 

Príncipe, tu poder, yo me arrojara

 

donde la fuerza más lugar mediera,

 

y de penas injustas me excusara;

 

Júpiter por ejemplo me sirviera,

 

y en lluvia de oro por la torre entrara;

 

que por su gusto un Príncipe mancebo,

 

¿por qué no puede ser Júpiter nuevo?

 

Ven con armas aquí, rompe, derriba,

 

pues ya en el campo su marido ausente,

 

ninguna cosa de gozar te priva

 

la hermosura de Floris.

DORISTEO

  Necio, tente,

 

y nunca amor permita que se escriba

 

de un hombre como yo que fui insolente;

 

porque los altos poderosos dueños,

 

el espejo han de ser de los pequeños:

 

pues ¿cuál entendimiento enamorado

 

brazos buscó sin ser correspondido?

 

¿A quién pudo mover un rostro airado,

 

de forzadas colores encendido?

 

Quieren gustos de amor un mismo agrado,

 

un mismo sentimiento consentido;

 

porque en disgustos pretender contentos,

 

es tañer, sin templar, dos instrumentos:

 

llama, Perseo, y déjame que intente

 

el olvido primero de su esposo.

PERSEO

Ya he llamado, y responden tibiamente.

DORISTEO

Llama con voces de mi amor celoso.

 

ELISA en alto.

 

ELISA

¿Quién llama a tales horas?

DORISTEO

Ya el Oriente

 

abrió la puerta a Febo luminoso;

 

di, Elisa, que es el Príncipe de Tebas,

 

bien triste de traer tan tristes nuevas.

 

FLORIS en alto.

 

FLORIS

¿Qué es esto, gran señor?

DORISTEO

Mandad, señora,

 

que abran la puerta.

FLORIS

  No será posible

 

Céfalo ausente.

DORISTEO

  Bien podéis agora;

 

yo soy quien soy.

FLORIS

 Yo soy un imposible.

DORISTEO

La cortesía que valor desdora,

 

¿dónde vive el honor tan invencible?

FLORIS

¿Qué me podéis querer mi dueño ausente?

DORISTEO

¿Téngolo de decir públicamente?

FLORIS

Pues cosa que no puede ser tan clara

 

yo no la escucharé.

DORISTEO

  ¡Brava aspereza!

 

¿Pensáis que os tengo amor?

FLORIS

 ¿Quién tal pensara?

DORISTEO

Bien pudiera por vos tanta belleza.

FLORIS

Los criados no es gente que repara

 

en la seguridad ni en la nobleza;

 

los que saben que son siempre testigos,

 

los llaman los primeros enemigos;

 

pero ¿que puede ser que no se pueda

 

decir menos que abriendo a tales horas?

DORISTEO

Quisiera yo, pues a mi cuenta queda,

 

darte consuelos de dolor que ignoras:

 

tu gran lealtad mañana me conceda,

 

si aquesta noche tu marido lloras,

 

que te venga a decir de qué manera

 

murió en el monte a manos de una fiera.

FLORIS

¡Ay! mísera de mí, no me engañaba

 

el alma en tanto mal!

PERSEO

 Quitóse, o creo

 

que cayó de la reja donde estaba;

 

pero ¿qué es lo que intenta tu deseo?

DORISTEO

Que le olvide no más.

PERSEO

 ¿Y si no acaba

 

de olvidarle jamás?

DORISTEO

 Mira, Perseo:

 

si un vivo ausente lo que ves padece,

 

el que no ha de volver, ¿qué se merece?

PERSEO

Pues, ¿él no volverá?

DORISTEO

  No, que yo tengo

 

ordenado a Tancredo y a Lidoro

 

que le detenga, sin decir que vengo

 

a la ciudad y a ver el sol que adoro.

 

iré y vendré, si a Céfalo entretengo,

 

guardando a su nobleza igual decoro.

PERSEO

Terribles voces dan.

DORISTEO

Ven, no me espanto;

 

la nueva es falsa y verdadero el llanto.

 

Salen FABIO y BELISA.

 

FABIO

Si algún amor me has debido,

 

que más es que algún amor,

 

di, ¿qué laberinto ha sido

 

este de tanto rigor,

 

Belisa, en que estoy metido?

 

¿En qué palacio encantado.

 

si bien es tan regalado,

 

mi señor y yo vivimos,

 

si por una hora venimos

 

y un siglo habemos estado?

BELISA

¿Un siglo te ha parecido?

FABIO

Con las cosas que aquí veo

 

estoy tan desvanecido,

 

que he pensado, y aun lo creo,

 

que mil que habemos venido.

 

Todo es salas y aposentos,

 

dorados los pavimentos,

 

y los techos de cristal,

 

con pintura celestial

 

en paredes y cimientos;

 

todo es camas de labores

 

extrañas, ricos estrados,

 

donde parecen, con flores

 

varias, pedazos de prados

 

las alfombras de colores:

 

todo es jardines y fuentes,

 

cuyas sonoras corrientes

 

caminan sendas de arena,

 

con larga espaciosa vena,

 

por mil cuadros diferentes.

 

Y componen sus labores

 

flores de tales colores

 

y con tanta actividad,

 

que parece que es verdad

 

que hay elemento de flores,

 

tanta flor, tanta violeta,

 

cristales y oro verás,

 

plata y perla tan perfeta,

 

que no es posible haber más

 

en la frente de un poeta.

 

¿Qué es esto, Belisa?

BELISA

Fabio,

 

el tebano, tu señor,

 

es gallardo, es fuerte, es sabio;

 

los que merecen amor,

 

también merecen agravio.

 

Nunca verás hombre feo,

 

necio e indigno, querido;

 

el ser tal movió el deseo

 

de Aurora; la Aurora ha sido

 

digna de su hermoso empleo.

 

El palacio es del Aurora,

 

ninfa que el sol enamora

 

y que, amándola, porfía

 

a seguirla cada día,

 

y con sus rayos la dora

 

Ella, aunque cada mañana

 

lo espera en camas de grana,

 

de diamantes y zafiros,

 

da por Céfalo suspiros,

 

aunque es hermosura humana.

 

¿Ves las perlas y el cristal

 

que llueve el cielo al Aurora?

 

Pues es, con ser desigual,

 

que por su Céfalo llora

 

y que a su sol quiere mal.

 

Ella le tiene encantado

 

y de la caza olvidado,

 

dándole favor Diana.

FABIO

Si Diana fue liviana,

 

el mundo vive engañado;

 

casta por nombre tenía,

 

aunque cierto tropezón

 

me dicen que tuvo un día

 

con aquel Endimión

 

que en sus menguantes dormía.

 

¡Oh, cuántas, con ser tan diosas,

 

tienen flaquezas humanas!

BELISA

Fabio, en todas estas cosas

 

calla; que las lenguas vanas

 

nunca fueron provechosas.

 

Mira que es santo el callar

 

y que, en llegando a contar

 

a tu dueño lo que digo.

 

te ha de venir el castigo

 

en este mismo lugar.

FABIO

Temblando estoy; no he topado,

 

Belisa mía, en los días

 

que en este palacio he estado,

 

sino sátiras y arpías

 

que en su lengua me han hablado.

 

No por dónde me trujo

 

a este monte mi fortuna;

 

que si a tratar me redujo,

 

Belisa, gente cabruna,

 

yo he de salir mono o brujo.

BELISA

Calla; mira que el hablar

 

llaman veneno los sabios,

 

que a muchos suele matar.

FABIO

Yo me coseré los labios;

 

pero déjame quejar.

 

Salen CÉFALO y AURORA.

 

AURORA

No me puedo detener,

 

Diana a llamar me envía.

CÉFALO

No es posible que me quieras,

 

pues ausentarte porfías.

 

Ya que de mi propio ser,

 

hermosa Aurora, me olvidas,

 

no me dejes; que de celos,

 

la vida, el gusto me quitas.

 

¿Antes que el cielo amanezca

 

de mi lado te desvías?

 

¿Dónde, Aurora, te levantas?

 

¿Cómo, señora, no miras

 

que el mayor gusto de un hombre

 

que adora mujer o amiga,

 

es, en abriendo los ojos,

 

decirle: «Amor, buenos días»;

 

mirar cómo abre los suyos,

 

y le mira, vuelta en risa

 

la bella boca, y le dice:

 

«Buenos los tengas, mi vida»

 

Tú, con irte de mis brazos,

 

de tan alto bien me privas;

 

¿dónde vas tantas mañanas

 

destocada y mal vestida?

 

Vuelvo a verte, y no te hallo;

 

lloro de amor y de envidia

 

del dichoso que te lleva.

AURORA

¡Que engañada celosía!

 

¿No ves que, si me estuviese

 

entre tus brazos dormida,

 

siendo el Aurora, que el sol

 

a la tierra no saldría?

 

Yo voy por él, y a correr

 

de su cama las cortinas,

 

para que el mundo amanezca,

 

que ¡por tu vida y la mía!

 

que las perlas, que las flores,

 

beben cuando ya se libran

 

de la prisión de la noche,

 

en que estuvieron marchitas;

 

son lágrimas que me debes.

FABIO

¡Qué mal hace quien camina!

 

pobre sol, que con ser sol,

 

sólo porque cada día

 

anda en estas ocasiones,

 

cervales rayos le crían.

AURORA

Déjame, mi bien, pues sabes

 

la verdad; que con más prisa

 

que voy volveré a tus brazos.

CÉFALO

Parte, y déjame sin vida.

AURORA

Ven, Belisa, que ha media hora

 

que la noche fugitiva

 

se atreve al sol por mi causa.

BELISA

Siguiéndote voy.

AURORA

Camina.

CÉFALO

¿Qué es esto, Fabio?

FABIO

Ay, señor!

 

Desdichas tuyas y mías;

 

aquí estamos encantados.

CÉFALO

¿Qué dices?

FABIO

Pues ¿no imaginas

 

que te han quitado el amor

 

de tu esposa y tu familia?

CÉFALO

¿De qué lo sabes?

FABIO

Aquí

 

me lo ha contado Belisa.

CÉFALO

Encantado estoy.

FABIO

  Señor,

 

advierte que Aurora es ninfa

 

de Diana, y le ha pedido

 

favor.

CÉFALO

Todo eso es mentira,

 

porque la casta Diana

 

no trae en su compañía

 

ninfas que con hombres duerman.

FABIO

Si a Diana llaman trina,

 

será casta cuando es luna;

 

la luna es húmeda y cría,

 

mas en la tierra es Diana,

 

y en el centro Proserpina:

 

tales vemos las mujeres,

 

que por la nobleza altivas,

 

en la condición son flacas.

CÉFALO

Pues déjame que la siga,

 

pues he de ver si el sol sale

 

como ella dice.

 

Vase Céfalo.

 

FABIO

  No pidas

 

desengaños a los celos,

 

que ejecutan más que fían;

 

él va mirando las nubes,

 

que es natural fantasía

 

de hombre que ama. ¿Qué es aquesto?

 

Abrió la tierra una mina;

 

parece que pare un hombre.

 

Toquen una caja.

 

 

Con los dolores suspira:

 

¡muerto soy! ¡Qué gran gigante!

 

Salga un gigante por un hueco del teatro.

 

GIGANTE

Hombre que en Tebas habitas,

 

¿sabes dónde estás?

FABIO

 Señor,

 

no ha mucho que lo, sabía;

 

ya he perdido la memoria.

GIGANTE

Cuando a un parlero le avisan

 

de que no diga un secreto

 

y la palabra le obliga,

 

¿qué espera el tal hablador,

 

y más cuando es la ofendida

 

persona tan principal?

FABIO

Señor, si en toda mi vida

 

dijere cosa que vea,

 

aun de personas indignas,

 

que me entierren donde estás;

 

súbase la tiranía

 

adonde le diere gusto;

 

ande el poder homicida

 

quitando vidas sin causa;

 

las letras desnudas vivan;

 

pida por Dios el ingenio,

 

y la necedad se vista

 

telas de Persia, y esconda

 

el oro de las dos Indias;

 

haya estrellas en la arena,

 

y cardos en donde habitan

 

los dioses; el más cobarde

 

se asiente en la esfera quinta,

 

y el más valiente a sus pies;

 

hable la lisonja y sirva;

 

den palos a la verdad

 

y premios a la mentira;

 

pueda el que tiene dineros,

 

y el que no, pueda desdichas;

 

que no hablaré más palabra.

GIGANTE

Jura en el cetro que miras

 

del gran dios Demogorgón.

FABIO

Señor Gorgón, si en mi vida

 

dijere cosa que vea,

 

hagan los dioses salchichas

 

de este cuerpo desdichado.

GIGANTE

verás si te castigan.

 

Métase por donde salió.

 

FABIO

¡Lo que ha menester saber

 

un hombre para que viva!

 

Finalmente, no hay que hablar

 

si se cae el cielo encima:

 

el que es discreto, silencio,

 

y ande lo de abajo arriba;

 

que si muere en pie el conejo,

 

es no más de porque chilla.




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