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Lope de Vega
Contra valor no hay desdicha

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  • Acto tercero
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Acto tercero

Flora y Bato, de soldado gracioso.

 

 

 

BATO

¿No vengo bizarro, Flora?

 

FLORA

Y galán tan singular,

 

 

que te pudiera envidiar

 

 

el que lo fue de la aurora.

 

 

Bien es que en esta jornada

 

 

del más gallardo, presumas,

 

 

porque no hay galán sin plumas

 

 

ni valiente sin espada.

 

 

A lo gallardo he pensado

 

 

que has de igualar el valor,

 

 

porque del ruin labrador

 

 

sale siempre el buen soldado.

 

 

Entre cuanta gente viene

 

 

por varias partes a Ciro,

 

 

sólo te alabo y te admiro

 

 

de cuantos soldados tiene.

 

BATO

Díceslo, Flora, burlando;

 

 

mas, pues ya no puede ser

 

 

que a Ciro puedas querer,

 

 

que me quieres voy pensando.

 

 

Ya Ciro es rey, ya gobierna

 

 

ejércitos, no ganados;

 

 

ya camina entro soldados

 

 

a conquistar fama eterna.

 

 

Ya, en vez del rudo jumento,

 

 

feroz caballo corrige

 

 

con duro freno, y le rige

 

 

entre la tierra y el viento.

 

 

Ya no hay bueyes que administre

 

 

la aguijada del arado;

 

 

armas viste, y fresno herrado

 

 

pasa de la cuja al ristre.

 

 

Con esto, de las crueldades

 

 

de su abuelo se defiende:

 

 

imperios Ciro pretende,

 

 

no labranzas ni heredades.

 

 

No busca Ciro las tierras

 

 

donde los ganados pacen;

 

 

que las majestades nacen

 

 

enseñadas a las guerras.

 

 

Ya, con más altos intentos,

 

 

aspira a reinar, no a ti:

 

 

quiéreme tú, Flora, a mí,

 

 

y juntemos pensamientos.

 

 

Llevaréte, si me quieres,

 

 

al lado por esas guerras;

 

 

verás mares, verás tierras,

 

 

que es condición de mujeres.

 

 

Ea, ¿qué lo estás pensando?

 

 

Que Filis, con ser quien es,

 

 

a Ciro sigue después

 

 

que ha visto a Ciro reinando.

 

 

Y tenemos copia inmensa

 

 

contra el viejo Rey cruel,

 

 

aunque nos han dicho que él

 

 

no se duerme, en la defensa.

 

 

Que sabiendo que vivía

 

 

su nieto, y que gente armaba,

 

 

del Júpiter blasfemaba

 

 

y a Arpago matar quería.

 

 

Y así, de varias naciones

 

 

tan grande campo ha formado,

 

 

que cubre el más dilatado

 

 

de banderas y escuadrones.

 

 

Pero de Ciro el valor

 

 

tan animoso le espera,

 

 

que no pienso que pudiera

 

 

ser el de Marte- mayor.

 

FLORA

Yo, Bato, desengañada

 

 

de que era bárbara ley

 

 

querer un nieto de un rey,

 

 

entre estos montes criada,

 

 

de pensamientos mudé;

 

 

que era loca fantasía,

 

 

y aquel amor que tenía,

 

 

como se vino se fue.

 

 

Ni de ti ni de otro alguno

 

 

de cuantos Dios ha criado,

 

 

estimaré su cuidado,

 

 

ni le tendré de ninguno.

 

 

Hayan los hombres nacido

 

 

en buen hora, cuantos fueren,

 

 

para quien ellos quisieren;

 

 

logren su amor o su olvido;

 

 

que yo los doy desde aquí

 

 

a las que no los conocen,

 

 

y muchos años los gocen

 

 

sin darme celos a mí.

 

 

Siempre nos causen desvelos

 

 

los firmes y los más justos:

 

 

¡mal año para sus gustos

 

 

si tengo de ver mis celos!

 

 

Vase.

 

 

 

BATO

Dejarás de ser mujer,

 

 

serás piedra, y no persona;

 

 

que la más fuerte amazona

 

 

hombres hubo menester.

 

 

Mas ya nuestro Marte miro,

 

 

que con la divina rama

 

 

del sol su gente le aclama

 

 

por rey.

 

 

Tocan cajas dentro.

Ciro, con laurel; Filis, en hábito corto; Mitrídates, soldados y músicos.

 

 

 

SOLDADOS

¡Rey Ciro, rey Ciro!

 

MÚSICOS

Cantando.

 

 

Coronad, soldados,

 

 

la ilustre cabeza

 

 

del valiente Ciro,

 

 

nuevo rey de Persia.

 

 

¡Al arma, al arma, al arma; guerra,

 

 

guerra! Toca la caja, y ríndase la tierra.

 

 

Tocan la caja a rebato.

 

CIRO

No desdice a mi laurel

 

 

la música, pues se cuenta

 

 

de Aquiles que se incitaba

 

 

con la música a la guerra.

 

 

Por incapaz el caballo

 

 

del dulce son de las cuerdas,

 

 

al de la caja se anima,

 

 

y a la voz de la trompeta.

 

MÚSICOS

¡Al arma, al arma, al arma; guerra,

 

 

guerra! Toca la caja, y ríndase la tierra.

 

FILIS

Bien pareces laureado;

 

 

pero no cómo pueda

 

 

pensar que me ha estado bien,

 

 

Ciro, tu inmensa grandeza.

 

 

Alégrame de mirarte

 

 

príncipe de Persia y Media,

 

 

y de ver que con justicia

 

 

tan grande imperio pretendas;

 

 

el aplauso que te han dado

 

 

las escuadras que gobiernas,

 

 

la fama de tus principios,

 

 

las armas de tus banderas;

 

 

pero no puedo alegrarme

 

 

que contra mí te engrandezcas.

 

 

Reina me hiciste en las burlas

 

 

para no serlo en las veras.

 

CIRO

Filis, aquel mismo soy

 

 

que antes de ser rey; no temas;

 

 

que obligaciones honradas

 

 

son en las almas eternas.

 

 

Bajos pensamientos tiene

 

 

quien los amigos desprecia

 

 

que tuvo cuando era humilde,

 

 

por vanidad y soberbia.

 

 

Para mí siempre serás

 

 

lo que fuiste.

 

FILIS

No desea

 

 

mi alma tus reinos, Ciro;

 

 

solo en mi pecho reinas.

 

CIRO

Mitrídates...

 

MITRÍDATES

Hijo mío...

 

 

Perdona, que no quisiera

 

 

perder aquel nombre amado

 

 

que trasladaron las fieras

 

 

a mis entrañas el día

 

 

que pude librarte dellas.

 

CIRO

Esta carta al Rey. mi abuelo,

 

 

escribo para que crea

 

 

el ánimo con que estoy.

 

 

Tú la has de llevar.

 

MITRÍDATES

Mis fuerzas

 

 

ya no son para embajadas.

 

 

A un soldado la encomienda

 

 

que tenga tanto valor.

 

BATO

Aunque locura parezca,

 

 

yo se la pondré en las manos.

 

CIRO

Pues ¿qué dirán si la lleva

 

 

hombre como tú?

 

BATO

 Señor,

 

 

los avisos de la guerra

 

 

no requieren calidades,

 

 

sino personas resueltas.

 

 

Yo soy loco, y le daré

 

 

la carta, cuando el Rey fuera

 

 

Júpiter.

 

CIRO

Pues parte, Bato,

 

 

adonde las cajas suenan,

 

 

y ten buen ánimo.

 

BATO

Basta

 

 

que a tu valor me parezca.

 

 

Hoy no volveré con vida,

 

 

o te traeré la respuesta.

 

 

Vase.

 

CIRO

Bella Filis, ven conmigo:

 

 

verás la gallarda muestra

 

 

que hoy he mandado que haga

 

 

mi ejército en tu presencia.

 

FILIS

Los cielos te den victoria.

 

CIRO

Llevándote por estrella,

 

 

es poco ganar un mundo.

 

 

¡Hola, capitán! Apresta

 

 

un caballo.

 

CAPITÁN

Ya te aguarda

 

 

con paramentos de tela.

 

CIRO

Mi virtud es mi fortuna;

 

 

que la virtud no se hereda.

 

 

Vanse.

El Rey y Arpago.

 

 

 

REY

¿Qué muestra tanto valor?

 

ARPAGO

Partí, señor, a la aldea,

 

 

patria, si es bien que lo sea,

 

 

de aquel monstruo labrador;

 

 

y antes, señor, de llegar,

 

 

sonaba de la manera

 

 

el estruendo, como altera

 

 

montes de espumas del mar.

 

 

Pregunté a un pastor que hallé,

 

 

del estruendo la ocasión,

 

 

y díjome: «Este escuadrón

 

 

que mal formado se ve,

 

 

es la gente del rey Ciro,

 

 

que de varias partes viene

 

 

¿Ciro, respondí, previene

 

 

gente? Su locura admiro.

 

 

Pues un villano, ¿a qué efeto,

 

 

que ayer ovejas guardó

 

 

«No es villano, replicó;

 

 

que es del rey Astiages nieto

 

 

Su historia le ha referido

 

 

un hombre que le ha criado.

 

 

Temióse apenas formado;

 

 

¿qué hará después de nacido?

 

 

Que si antes de ser su ser

 

 

le da el ser temor igual,

 

 

después de ser, y ser tal,

 

 

¿querrá que deje de ser?

 

 

De su poder engañado,

 

 

piensa que el del cielo excede,

 

 

porque aun el cielo no puede

 

 

quitar el ser que no ha dado

 

 

Entro en el lugar, y veo

 

 

las flautas vueltas templadas

 

 

cajas, lanzas las azadas,

 

 

y el cavar, galán paseo.

 

 

Hallo a Ciro, finalmente,

 

 

entre estas bárbaras sumas,

 

 

más coronado de plumas

 

 

que de laureles la frente;

 

 

y hablándole de tu parte,

 

 

le digo cómo desea

 

 

tu amor que el reino posea,

 

 

dándole a Dario su parte.

 

 

Dice con vana arrogancia

 

 

dos mil locuras, señor;

 

 

y es repetirlas error,

 

 

porque no son de importancia.

 

 

No le espantas general

 

 

desta empresa.

 

 

Un Criado.

 

CRIADO

Aquí, señor,

 

 

un rústico embajador,

 

 

a quien le despacha igual,

 

 

trae una carta de Ciro.

 

REY

Dile que entre.

 

CRIADO

Yendo a avisar.

 

 

 Entrad.

 

 

Sale Bato.

 

BATO

No (Aparte.)

 

 

si pida silla, que en pie

 

 

al Rey con Arpago miro.

 

 

Mas no será maravilla

 

 

la que el jumento me dió;

 

 

que muchos hay como, yo,

 

 

que pasan de albarda a silla.

 

REY

¡Buen soldado!

 

ARPAGO

Desta traza,

 

 

deste talle, desta ley

 

 

son los demás.

 

BATO

Señor Rey...

 

REY

Hablad.

 

BATO

 Todo me embaraza. (Aparte.)

 

REY

Dejad la espada, y decid.

 

BATO

Vueso nieto, que Dios guarde,

 

 

me dió esta carta ayer tarde.

 

REY

En lo demás proseguid.

 

BATO

Lo demás se me ha olvidado;

 

 

pero todo viene ahí.

 

REY

¿Sois soldado?

 

BATO

 Señor, sí.

 

REY

Y ¿ha mucho que sois soldado?

 

BATO

Soldado y embajador

 

 

soy desde ayer.

 

ARPAGO

¿Para mí (Aparte a Bato.)

 

 

traes alguna carta?

 

BATO

 Sí;

 

 

luego os la daré, señor.

 

REY

Lee.

 

 

«Ciro a su abuelo.» ¡Arrogante

 

 

título! «Tu gran crueldad

 

 

»(que no hay hombre ni deidad

 

 

»que en cielo y tierra no espante,

 

 

«Pues antes de tener vida

 

 

»me la quisiste quitar)

 

 

»me obliga asolicitar

 

 

verla de ti defendida.

 

 

»Para esto, y no perder

 

 

el reino de mis pasados,

 

 

»hice levas de soldados

 

 

contra tu injusto poder.

 

 

»El dinero que traía

 

 

»de Persia tu tesorero

 

 

»tomé, porque es lo primero

 

 

»que mayor falta me hacía.

 

 

»Verdad es que le dejé

 

 

»luego un resguardo firmado

 

 

»de cómo estaba bien dado,

 

 

»y que a cuenta lo tomé

 

 

»de lo que he de haber; que en todo

 

 

es bien la cuenta y razón

 

BATO

Y a mí en la misma ocasión

 

 

me lo dijo dese modo.

 

 

es Ciro muy puntual.

 

REY

¡Mi tesoro! Hoy le destruyo.

 

BATO

De lo que no fuere suyo

 

 

no ha de tomar un real.

 

REY

Lee.

 

 

«Si quieres, como mi abuelo,

 

 

»Volverme el reino que es mío

 

 

»(que matarme es desvarío

 

 

»cuando me defiende el cielo),

 

 

»yo te prometo de darte,

 

 

»y como rey lo prometo,

 

 

»donde vivas con secreto,

 

 

»de mi reino alguna parte

 

 

Torres en el viento labra.

 

BATO

¿Oye, señor?

 

REY

Hombre, di.

 

BATO

Todo lo que viene ahí

 

 

me lo dijo de palabra.

 

REY

Si mandarte castigar

 

 

mi grandeza permitiera,

 

 

villano, tu muerte fuera

 

 

la que te hiciera callar.

 

ARPAGO

Señor, si a tan vil sujeto

 

 

humillas la majestad,

 

 

la suprema autoridad

 

 

padecerá indigno efeto.

 

 

¿Qué gentil Héctor, qué Aquiles,

 

 

qué rey de los animales

 

 

ensangrentó las reales

 

 

uñas en las liebres viles?

 

 

Demás de ser labrador

 

 

y desigual enemigo,

 

 

le reservan del castigo

 

 

las leyes de embajador.

 

 

Cause risa a tu grandeza

 

 

ver los soldados que tiene

 

 

Ciro, pues éste a dar viene

 

 

la muestra de su bajeza.

 

REY

Arpago, no le imagines

 

 

tan vil; que de no temer

 

 

los principios, suelen ser

 

 

tan desdichados las fines.

 

 

Que, aunque no es Aquiles griego

 

 

para ponerme desmayo,

 

 

de un vapor se engendra un rayo,

 

 

y de una centella un fuego.

 

 

tú, villano, vete, y di

 

 

que yo mismo a verle voy.

 

BATO

Capitán de Ciro soy

 

 

aunque villano nací,

 

 

y por allá nos veremos;

 

 

que de la hoz a la espada

 

 

no es muy larga la jornada,

 

 

aunque parezcan extremos.

 

 

No os fiéis en escuadrones;

 

 

que hay mancebo por allá,

 

 

que con la honda os hará

 

 

ir trompicando terrones;

 

 

Porque si Ciro tuviera

 

 

cuatro mozos como yo,

 

 

no digo este imperio, no,

 

 

mas toda el Asia rindiera.

 

 

Que es imposible criar

 

 

tantos ejércitos ves

 

 

como puede matar Dios,

 

 

y yo ayudarle a matar.

 

 

Sólo de haberme mirado

 

 

Ciro he quedado tan fuerte,

 

 

que puedo matar la muerte

 

 

si fuese vuestro soldado.

 

 

¿Penséis que viene enseñado

 

 

este fuerte capitán

 

 

al regalado faisán

 

 

y al vino aromatizado?

 

 

¡Vive Dios, si no le dais

 

 

el reino y restituís!...

 

REY

¡Dioses! ¿Aquesto sufrís?

 

 

¿En qué entendéis? ¿Dónde estáis?

 

 

Blasfemo de vuestro nombre.

 

 

¡A mí un villano!...

 

ARPAGO

Señor,

 

 

que es loco y embajador.

 

REY

¿Qué importa matar un hombre?

 

BATO

Téngase allá todo, rey;

 

 

que no me envían a mí

 

 

para que me mate así.

 

REY

Válgale, Arpago, la ley,

 

 

no de embajador, de loco.

 

 

Di, villano, al otro infame

 

 

que mi nieto no se llame;

 

 

que a más furor me provoco.

 

 

Y que me espere: verá

 

 

quién es rey y quién traidor.

 

BATO

Ya no es Ciro labrador;

 

 

rey es Ciro, y rey será.

 

 

Vanse.

Albano, Silvio, Riselo y Ciro.

 

 

 

ALBANO

Dentro.

 

 

¡Válgate Júpiter santo!

 

SILVIO

Dentro.

 

 

Tan presto se levantó

 

 

que pienso que no ha caído.

 

RISELO

Dentro.

 

 

No hay pájaro tan veloz.

 

CIRO

Dentro.

 

 

Paso; no es nada, soldados.

 

 

Bueno estoy, no hagáis rumor.

 

 

Ciro y Filis.

 

FILIS

¡Mal agüero!

 

CIRO

Si es agüero

 

 

no para mí.

 

FILIS

¿Cómo no?

 

 

Caer, corriendo un caballo,

 

 

cuando con tanta atención

 

 

te aplauden y aclaman rey

 

 

tus soldados a una voz,

 

 

¿No es agüero de caer

 

 

del puesto a que te subió

 

 

tu fortuna?

 

CIRO

Espera, Filis;

 

 

que a ver si es agüero voy.

 

 

Vase.

Albano, Riselo, Silvio y soldados.

 

 

 

ALBANO

Donde al furioso caballo

 

 

le detuvo el resplandor

 

 

de las espadas (que, huyendo,

 

 

tan velozmente corrió

 

 

que no se quejaba el prado

 

 

que le lastimase flor

 

 

(tanto pueda aún en un bruto

 

 

librarse de la prisión),

 

 

bañado en sudor el cuerpo

 

 

de aquella furiosa acción,

 

 

y el freno de espuma y sangre),

 

 

el fuerte Ciro llegó.

 

RISELO

La espada saca.

 

FILIS

¿A qué efeto?

 

SILVIO

Las dos piernas le cortó,

 

 

con aire y airada mano,

 

 

de un revés.

 

ALBANO

¡Bravo rigor!

 

RISELO

Sentóse en tierra sin ellas

 

 

el que las puso mejor

 

 

al parar en la carrera.

 

SILVIO

Y el animal que formó

 

 

Naturaleza más bello

 

 

para dar envidia al sol;

 

 

porque, a tenerle su carro,

 

 

no despeñara a Faetón.

 

 

Ciro y Mitrídates.

 

CIRO

Ya, vasallos, el agüero

 

 

en mi caballo cayó:

 

 

tal es el temor y engaño

 

 

de la humana condición.

 

 

Él es muerto y yo soy vivo:

 

 

conque el agüero cesó;

 

 

que no hay fortuna contraria

 

 

que no la venza el valor.

 

MITRÍDATES

Conozco y todos conocen

 

 

tu valiente corazón;

 

 

pero cuando avisa el cielo,

 

 

¿quien no ha de tener temor?

 

 

¿Qué rey murió sin cometa?

 

 

¿A qué fatal destrucción

 

 

no precedieron presagios?

 

 

¿Qué infante en el pecho habló

 

 

que no sucediesen guerras?

 

CIRO

Pues, padre, en la guerra estoy.

 

 

Bato.

 

BATO

Dame tus Reales pies,

 

 

Capitán, cuyo blasón

 

 

ya le temen los dos polos.

 

CIRO

¡Oh, Bato, mi embajador!

 

 

¿Diste la carta al tirano

 

 

de mi vida?

 

BATO

Y respondió,

 

 

con injuria de los dioses,

 

 

que dará satisfacción

 

 

presto a tu loca arrogancia.

 

 

Pero ¡mira cómo Dios,

 

 

cuando los hombres castiga

 

 

por algún notable error,

 

 

les ciega el entendimiento!

 

 

Pues la memoria perdió

 

 

del hijo muerto de Arpago,

 

 

y vienen juntos los dos,

 

 

fiándole la más parte

 

 

del ejército, que yo

 

 

vi formar en escuadrones,

 

 

que pudiera dar temor

 

 

a los feroces gigantes

 

 

de la torre de Nembrot.

 

FILIS

¡Oh, fuerte Ciro! No esperes

 

 

este primero furor.

 

 

Retira tu gente adonde

 

 

puedas con la dilación

 

 

hace mayor tu defensa

 

 

y su peligro menor.

 

CIRO

Por mirar a un caballero

 

 

que de un caballo feroz

 

 

se apea, no te respondo.

 

 

De paz las señales son.

 

FILIS

¡Ay, Ciro! Mi hermano es éste.

 

 

Escóndete.

 

 

Retírase Filis.

Arpago.

 

 

 

CIRO

 ¿Qué ocasión

 

 

te la ha dado, noble Arpago,

 

 

para hacerme este favor?

 

ARPAGO

El Rey tu abuelo, Ciro valeroso,

 

 

no sólo airado de que no eres muerto,

 

 

mas de entender que intentas animoso

 

 

de dalle la batalla a campo abierto;

 

 

con saber que del tuyo numeroso

 

 

el dilatado monte está cubierto,

 

 

por ser bisoña gente, determina

 

 

ver a qué parte Júpiter se inclina.

 

 

Y ardiendo en ira de que tú dijeses

 

 

que una parte del reino le darías

 

 

en que viviese luego que rey fueses

 

 

pues el justo respeto le perdías,

 

 

como de espigas las doradas mieses

 

 

de Julio miran los postreros días,

 

 

cubrió los campos de la gente propia,

 

 

conducida a la gente de Etiopía.

 

 

Treinta mil hombre tuvo en breve plazo,

 

 

de a caballo los diez, de a pie los veinte,

 

 

de alfanje al lado y arco persa al brazo,

 

 

o el fresno al ristre del arnés luciente.

 

 

Las varias plumas en diverso lazo

 

 

compiten a la fénix del Oriente;

 

 

de suerte que, confusas las colores,

 

 

parecen campos de diversas flores.

 

 

Como primero que a la blanca aurora

 

 

enrubie el sol las cándidas guedejas,

 

 

de sus vivientes átomos colora

 

 

los blandos aires escuadrón de abejas,

 

 

así a la voz del atambor sonora

 

 

y a la trompa marcial marchan parejas

 

 

las armadas hileras, y el sol mira

 

 

en cada morrïón un sol mentira.

 

 

De fogosos alígeros bridones,

 

 

que la máquina elevan corpulenta,

 

 

encintan lazos, crines y cordones;

 

 

que al más bruto animal la gala alienta:

 

 

y tan iguales van los escuadrones,

 

 

que donde aquél levanta el pie, le siente

 

 

el que le sigue con destreza tanta,

 

 

que no cubre más tierra que la planta.

 

 

En medio, las banderas son el alma

 

 

deste cuerpo que digo, donde el viento,

 

 

cuando respeta las divisas, calma,

 

 

y luego las convierte en su elemento.

 

 

El Rey detrás, como al verde palma

 

 

resiste al tiempo, de su ley exento;

 

 

que la venganza, si en los años crece,

 

 

la más caduca edad rejuvenece.

 

 

Por no cansarte, digo que pudiera

 

 

el Rey de Media conquistar a Troya,

 

 

si con Agamenón a recia fuera

 

 

por la venganza de la hurtada joya.

 

 

No es inconstancia la que el alma altera;

 

 

que la mitad del corazón apoya

 

 

nuestra amistad, sino saber que es cierto

 

 

que no te has de librar de preso o muerto.

 

 

Esto será:, si esperas enemigo

 

 

tan poderoso con tan flaca gente;

 

 

que yo sólo podré morir contigo

 

 

cuando tu pecho intrépido lo intente.

 

 

Será la fe de verdadero amigo

 

 

polo en que estribe amor eternamente,

 

 

si en competencia del que sufre Atlante,

 

 

donde fuere cristal, seré diamante.

 

 

Y porque en un estrago tan notable,

 

 

dicen que no ha de haber viva persona,

 

 

quiero llevar mi hermana donde entable

 

 

justa defensa a lo que el Rey blasona;

 

 

porque es la guerra parca inexorable,

 

 

que a ninguno respeta ni perdona;

 

 

que si la pongo con defensa fuerte,

 

 

luego contigo abrazaré la muerte.

 

 

Vase.

 

BATO

Huye, señor; ¿qué esperas?

 

CIRO

No he sentido,

 

 

Bato, que venga el Rey tan poderoso;

 

 

siento la ausencia con temor de olvido

 

 

de aquel amor que conquisté dichoso.

 

ALBANO

¡Agora, Ciro, amor!

 

RISELO

¿Tienes sentido?

 

SILVIO

Mira, señor, que es el huir forzoso.

 

CIRO

Dejadme solo aquí, porque recelo

 

 

que de vuestro temor se ofende el cielo.

 

 

Vanse todos menos Ciro.

 

CIRO

Cuando la nave en el mar

 

 

con fiera tormenta surca

 

 

los ondas, que con el viento

 

 

arenas y estrellas juntan,

 

 

¡Qué de varios pensamientos

 

 

en la bitácora turban

 

 

al piloto, que contempla

 

 

tocada de imán la aguja!

 

 

¡Qué cuidadosa que sirve,

 

 

y por todas partes cruza,

 

 

más turbada que obediente,

 

 

la mal prevenida chusma!

 

 

Cuál dice «amaina», cuál «vira»,

 

 

para que de presto acudan

 

 

a la troza, al chafaldete,

 

 

a la triza y a la amura,

 

 

entre los cables y amarras

 

 

no hay cosa que no confunda

 

 

el temor, y no, aprovechan

 

 

filácigas ni ataduras.

 

 

Con remolinos pretende

 

 

el mar que la nave suba,

 

 

a la que argentan estrellas,

 

 

por escalas de agua turbia;

 

 

hasta que, tranquilo el mar,

 

 

quiere el cielo que descubra

 

 

aquel brillador diamante

 

 

que paz en la gavia anuncia;

 

 

y aquel celestial topacio

 

 

tiende la melena rubia,

 

 

formando círculos de oro

 

 

entre las nubes purpúreas.

 

 

Así corre mi esperanza

 

 

con desesperada furia,

 

 

tormenta de pensamientos

 

 

en el mar de mis fortunas.

 

 

Sentémonos, pues, cuidados,

 

 

porque no deis en la dura

 

 

tierra con el grave peso,

 

 

aunque hay valor que le sufra.

 

 

Hable el alma, que preside

 

 

a las potencias, e infunda

 

 

su luz al entendimiento,

 

 

que oprimen sombras oscuras.

 

 

Apenas sueños despiertos

 

 

la imaginación confusa

 

 

fabrica por divertirme,

 

 

cuando el temor me deslumbra.

 

 

Suenan toques de cajas en el aire.

 

 

¡Cajas de guerra! ¿Qué es esto,

 

 

que por la región segunda

 

 

tocan del aire, y los ecos

 

 

a los dos polos resultan?

 

 

Las negras nubes se apartan

 

 

dando lugar que discurran

 

 

tropas de armados persianos,

 

 

que vanas sombras figuran.

 

 

Ya con lanzas, ya con rayos,

 

 

ya con espadas desnudas,

 

 

unos con otros pelean.

 

 

Ya se esparcen..., ya se ocultan.

 

 

Allí suenan instrumentos,

 

 

en cuyos ecos pronuncian

 

 

victoria los claros aires.

 

 

¡Qué confusiones, qué dudas!

 

 

La voz de una sombra.

 

LA VOZ

Ciro, no esperes al Rey,

 

 

huye, que es mejor que huyas

 

 

que no que la vida pierdas.

 

CIRO

Mucho mi valor injurias.

 

 

¿Quién eres?

 

LA VOZ

Tu padre soy.

 

CIRO

Con tu bajeza deslustras

 

 

la majestad de mi madre,

 

 

pues mi empresa dificultas.

 

 

¡Mal haya el tirano abuelo,

 

 

que por temer, pues me escuchas,

 

 

le dio a tan bajo caballo

 

 

yegua de tanta hermosura!

 

 

que si me diera un Aquiles,

 

 

¡viven las deidades sumas,

 

 

que aun ellas mismas no estaban

 

 

de mis hazañas seguras!

 

 

Si tuviera al sol por padre,

 

 

como por madre la luna,

 

 

su fénix me viera el cielo

 

 

sin abrasarme la pluma.

 

 

¡Mal haya el tirano abuelo,

 

 

mal haya una vez y muchas

 

 

que un sátiro y una ninfa

 

 

puso a una misma coyunda!

 

 

Naciera yo todo sol,

 

 

sin faltarme parte alguna,

 

 

con que, sin mojar los rayos,

 

 

bebiera del mar la espuma.

 

 

Vete, sombra, a tu descanso,

 

 

vive la fúnebre tumba

 

 

de hombre vil, pues no mereces

 

 

como rey doradas urnas.

 

LA VOZ

Grandes desdichas te aguardan.

 

CIRO

Mientras que la vida dura,

 

 

contra valor no hay desdicha.

 

 

Déjame, sombra importuna.

 

 

Pasa un cometa por el teatro.

 

 

¡Qué fiero cometa pasa!

 

 

todo parece que acusa

 

 

mi temerario valor,

 

 

y es lo que más me disculpa,

 

 

parece que allí me nombra,

 

 

entre sangrientas angustias,

 

 

el hijo de Arpago muerto.

 

 

¿Qué cosa, cielos, más justa

 

 

que vengar un inocente?

 

 

Pues, valor, o muere o triunfa.

 

 

Dios penetra pensamientos,

 

 

Dios los corazones juzga,

 

 

y a quien las vidas quitare,

 

 

Dios le quitará la suya.

 

 

Filis, en corto, con espada, botas y espuelas, y soldados.

 

FILIS

Ciro, de mi hermano huyendo

 

 

porque no me hallase, fui

 

 

alejando de ti

 

 

y acercándome volviendo.

 

 

Él se fue ya, presumiendo

 

 

que me volví de temor

 

 

a la corte, y no era error

 

 

si yo la vida estimara:

 

 

pero no hay cosa tan cara

 

 

que no la desprecie amor.

 

CIRO

Filis, de tanta firmeza

 

 

no yo qué gracias darte.

 

 

Yo soy en la guerra Marte,

 

 

Venus en la belleza.

 

 

Coronaré tu cabeza

 

 

si la victoria me dan

 

 

los cielos.

 

FILIS

 Pienso que están

 

 

contrarios a tu fortuna,

 

 

si puede temer alguna

 

 

tan ilustre capitán.

 

 

El Rey viene poderoso,

 

 

cajas y trompetas suenan;

 

 

todos el valor condenan

 

 

con que esperas animoso.

 

 

El retirarte es forzoso

 

 

hasta prevenir mejor

 

 

quien esfuerce tu valor.

 

CIRO

Filis, agravio me hicieras

 

 

si tal consejo me dieras

 

 

menos que con tanto amor.

 

 

Las cajas se acercan ya:

 

 

yo voy a ordenar mi gente.

 

FILIS

Oye.

 

CIRO

Déjame.

 

FILIS

Detente:

 

 

tu vida en peligro está.

 

CIRO

El cielo la guardará.

 

FILIS

Muévate, Ciro, mi amor.

 

CIRO

No puedo más.

 

FILIS

¡Qué rigor!

 

CIRO

Filis, morir o vencer;

 

 

porque es imposible haber

 

 

desdicha contra el valor.

 

FILIS

¡Oh amor! ¿Cómo temes tanto

 

 

siendo todo corazón?

 

CIRO

Suspende, que no es razón,

 

 

Filis, amorosa, el llanto.

 

FILIS

No puedo decirte cuánto

 

 

tengo en los ojos impresos

 

 

tus atrevidos excesos.

 

CIRO

Quejaréme ¡oh luces bellas!

 

 

que quieran vuestras estrellas

 

 

pronosticar mis sucesos.

 

FILIS

Si fueras, señor, tan mío

 

 

como yo tu esclava soy,

 

 

ya que dejaras hoy

 

 

ese loco desvarío.

 

CIRO

Con justa razón confío.

 

FILIS

Sin ella, muerte me das.

 

CIRO

¿Puedo ya volver atrás

 

 

en hechos malos o buenos?

 

 

Déjame intentar lo menos,

 

 

que el cielo hará lo demás.

 

 

Soldados, hoy quiero ver.

 

 

Saca la espada.

 

 

Lo que me habéis prometido.

 

 

No os espanto que haya sido

 

 

del Rey mayor el poder.

 

 

Yo he de morir o vencer:

 

 

llevad siempre en la memoria

 

 

la fama, el triunfo, la gloria

 

 

de la alta empresa que sigo;

 

 

que un poderoso enemigo

 

 

hace mayor la victoria.

 

 

Tocan y dase la batalla, huyendo los soldados de Ciro de los del Rey, y éntranse.

Filis y Bato.

 

 

 

CIRO

Dentro.

 

 

¡Así dejáis vuestro rey

 

 

y vuestro amigo, traidores!

 

 

¿Así cumplís la palabra?

 

 

¿Falta amor, la fe se rompe?

 

 

¡Cobardes, huyendo vais!

 

FILIS

¡Ay, Júpiter, que del monte,

 

 

cubierto de flechas, baja

 

 

Ciro entre peñas y robles!

 

BATO

Su gente cobarde huye,

 

 

y él la sigue dando voces.

 

 

Cayó en tierra. ¿Si está herido?

 

 

Sale Ciro con algunas flechas clavadas en la rodela.

 

CIRO

Persas, ¿dónde vais sin orden?

 

 

Mataré...

 

FILIS

Detén la espada.

 

 

Filis soy, ¿no me conoces?

 

CIRO

¡Oh Filis! Mi gente infame,

 

 

las espaldas vueltas, corre;

 

 

que nunca fueron las obras

 

 

a las palabras conformes.

 

FILIS

¿Estás herido?

 

CIRO

No siento

 

 

heridas, sino traiciones.

 

 

Capitanes, yo soy Ciro;

 

 

cese la infame desorden:

 

 

soldados, yo soy el rey,

 

 

vivo estoy: ¿qué os descompone?

 

 

Las mujeres os infaman

 

 

con afrentosas razones;

 

 

¿quién hay que oiga sus afrentas

 

 

y a la batalla no torne?

 

 

Arpago y soldados.

 

ARPAGO

Ánimo, valiente Ciro,

 

 

que ya Arpago, te socorre;

 

 

mi gente paso a la tuya:

 

 

los escuadrones recoge;

 

 

que, aunque publica victoria

 

 

el Rey, si al paso te pones

 

 

del monte, harás por lo menos

 

 

que no los rinda y despoje.

 

CIRO

¡Oh Arpago amigo, cumpliste

 

 

la palabra como noble!

 

 

Aunque parezco vencido,

 

 

no lo estoy mientras informe

 

 

el alma esta vida. Tengo

 

 

justa esperanza en los dioses.

 

 

Dellos soy hijo; estas flechas

 

 

te dirán que no soy hombre.

 

 

Diamantes tengo por alma

 

 

en pecho y manos de bronce,

 

 

ninguna dellas me ha herido,

 

 

Marte detuvo sus golpes;

 

 

no pasan mortales flechas

 

 

a divinos corazones.

 

 

Mi gente vuelve; que, en fin,

 

 

no hay cosa que los provoque

 

 

como ver que las mujeres

 

 

los afrenten y deshonren.

 

 

¡Ea, soldados, al arma!

 

 

¡Ah, cómo vuelven feroces!

 

ARPAGO

León capitán de liebres,

 

 

hará las liebres leones.

 

 

Entranse. Tocan y vuélvese a dar la batalla, saliendo y entrando como suelen.

Ciro, el Rey, Arpago, Filis, con el rostro cubierto, Mitrídates, Bato y soldados.

 

 

 

REY

Midió mi soberbia el suelo.

 

 

La espada, Ciro, detén,

 

 

que no puede estarte bien

 

 

matar a tu mismo abuelo.

 

 

En vano se opone al cielo

 

 

poder mortal; no me des

 

 

la muerte, pues ya no es

 

 

venganza, sino bajeza,

 

 

pues siendo yo tu cabeza,

 

 

me estás mirando a tus pies.

 

CIRO

Levántate.

 

REY

Para estar

 

 

de rodillas.

 

CIRO

Eso no;

 

 

que ningún hombre venció

 

 

si no supo perdonar.

 

REY

Aun no me dejan hablar

 

 

las lágrimas para darte

 

 

las gracias.

 

CIRO

Fuera olvidarte

 

 

de que antes me has obligado

 

 

rendido, porque me has dado

 

 

ocasión de perdonarte;

 

 

porque es tan alta la gloria

 

 

de perdonarte vencido,

 

 

que hasta este punto no ha sido

 

 

verdadera la victoria.

 

 

Que puesto que la memoria

 

 

de tus crueldades pedía

 

 

la pena que merecía,

 

 

¿cómo quitarte podré

 

 

aquella vida que fue

 

 

el principio de la mía?

 

 

Casaste con hombre vil

 

 

mi madre porque lo fuera

 

 

el que della procediera,

 

 

que fue prevención sutil;

 

 

mas yo en su pecho gentil,

 

 

como el alma lo sabía,

 

 

viendo que hombre vil nacía,

 

 

dejé la del padre aparte,

 

 

y sólo saqué la parte

 

 

que de mi madre tenía.

 

 

Que aunque es en la formación

 

 

el padre primera forma,

 

 

Dios, que las almas informa,

 

 

trocó la primera acción

 

 

en su vientre. Tu intención

 

 

tanto al cielo se declara,

 

 

que desde entonces me ampara;

 

 

porque, a no nacer a ley

 

 

de todo príncipe o rey,

 

 

allá dentro me quedara.

 

 

De suerte que haberme dado

 

 

padre humilde entonces, es

 

 

más agravio que después

 

 

mi muerte solicitado

 

 

En fin, lo que no me has dado,

 

 

que es vida, abuelo, te doy;

 

 

vive, pues que vivo estoy;

 

 

no dejes de ser por mí,

 

 

pues finalmente por ti

 

 

soy todo aquello que soy.

 

 

Para que pases la vida

 

 

una ciudad te daré

 

 

de mi reino, donde esté

 

 

tu persona bien servida,

 

 

y la mía defendida

 

 

de algún loco desvarío;

 

 

que ya de ti no me fío,

 

 

porque estás a toda ley

 

 

más enseñado a ser Rey

 

 

que no a ser abuelo mío.

 

 

¿Qué nombre a tus hechos das?

 

 

¿Qué historia, qué fama esperas,

 

 

pues hallé piedad en fieras,

 

 

y en tus entrañas jamás?

 

 

Pero con esto no más,

 

 

por no ofender la esperanza

 

 

que te da mi confianza;

 

 

que, aunque el cuerpo no lo sienta,

 

 

el que de palabra afrenta,

 

 

toma del alma venganza.

 

REY

Yo daré con humildad

 

 

a tu imperio la obediencia

 

 

que verá el mundo.

 

CIRO

 Ya, Arpago,

 

 

llegó ocasión a tus quejas,

 

 

pues no he vengado a tu hijo.

 

ARPAGO

Antes agravio me hicieras

 

 

en no darme parte a mí

 

 

de la piedad y grandeza

 

 

con que has perdonado al Rey;

 

 

y te suplico que seas

 

 

tan piadoso, que me des

 

 

de aquesta piedad la media

 

 

para que perdone al Rey.

 

CIRO

¡Palabras de tu nobleza!

 

 

¿Dónde está Filis?

 

BATO

 Aquí,

 

 

con esta banda cubierta.

 

FILIS

Yo soy tu esclava.

 

CIRO

 Soldados,

 

 

la hermana de Arpago es reina.

 

FILIS

Pagaste mi amor.

 

ARPAGO

Y el mío.

 

CIRO

Y aquí dio fin el poeta,

 

 

que aun vive para serviros,

 

 

a su historia verdadera

 

 

fiado en vuestro valor,

 

 

por que llamarse pudiera

 

 

Contra valor no hay desdicha;

 

 

y el primero Rey de Persia.

 

 




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