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Lope de Vega
La hermosa Ester

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Acto primero

Personas del primer acto

BASSÁN

Morales.

EGEO

Vicente.

TARES

Porres.

MARSANES

Carrillo.

ADAMATA

Fuentes.

SETAR, soldado.

EL REY ASUERO

Sánchez Carrillo.

UN CAPITÁN

Conysac.

GUARDAS.

CAJA DE UN VANDO.

MARDOQUEO

Toledo.

LA REINA VASTÍ.

ESTER

. Polonia.

SELVAGIO (labrador)

Vicente.

SIRENA (labradora)

Lara.

MÚSICA

Villaverde.

AMÁN

Rosales.

 

BASSÁN y EGEO.

 

 

BASSÁN.

Solo el poderoso Asuero,

 

que admirando el mundo reina

 

en ciento y veinte provincias,

 

hiciera tanta grandeza:

 

desde la India a Etiopía,

 

de Medos, Partos y Persas

 

es absoluto señor.

EGEO.

¿Qué anales, qué historias cuentan

 

desde que Dios formó a Adán

 

y a la hermosísima Eva,

 

hasta aquel diluvio insigne

 

con que castigó la tierra,

 

y desde que el gran Noé

 

tomó de la boca bella

 

de la paloma la oliva,

 

hasta la corona inmensa

 

de Nabucodonosor

 

en Babilonia soberbia,

 

que haya durado un convite

 

por más de ciento y ochenta

 

días, donde se ha mostrado

 

tan inaudita riqueza,

 

y que, cumplidos, se haga

 

siete días franca mesa

 

a toda aquesta ciudad,

 

donde, como ves, se asienta

 

desde el mayor al menor?

BASSÁN.

Por cierto que ha sido muestra

 

de su magnánimo pecho.

 

Mas ¿hay sitio donde quepan?

EGEO.

En este bosque del Rey.

 

se han puesto diversas tiendas,

 

y sobre columnas blancas

 

toldos de diversas telas

 

que cuelgan por varias partes

 

de cordones de oro y seda.

 

Hay ricas bordadas cantas,

 

y sobre la verde hierba

 

tales alfombras, que hacen

 

a las flores competencia.

 

Hay vasos de oro y cristal,

 

donde es rey de las cabezas

 

el aromático vino

 

que las mismas plantas riega.

 

También en su gran palacio

 

hace convite la Reina

 

a todas las bellas damas

 

y a las señoras de Persia;

 

tan espléndido, que creo

 

que hasta el fénix que se quema

 

en los olores de Arabia,

 

se ha puesto por excelencia,

 

y que ya no habrá más fénix;

 

porque si es verdad que engendra

 

el muerto al vivo en sus llamas,

 

ya no habrá quién le suceda;

 

ya no vuelan por el aire

 

las aves, o pocas vuelan;

 

ya no hay peces en los ríos

 

ni animales en las sierras,

 

ni hay en los árboles frutos,

 

ni parece que le queda

 

por muchos años, Bassán,

 

a naturaleza fuerzas.

 

Está, admirada la India,

 

la mar parece que tiembla

 

de que han de arar sus entrañas

 

hasta sacar sus arenas.

 

Mas oye: que sale el Rey

 

de la comida postrera,

 

con sus príncipes y grandes.

BASSÁN.

Él tiene amable presencia,

 

Salen con música y acompañamiento el rey ASUERO, TARES, MARSANES, ADAMATA y SETAR.

 

MÚSICOS

¡Viva el rey Asuero!

 

¡Viva el gran señor!

 

Desde el Gange al Nilo

 

cualquiera nación

 

postrada se rinda

 

a sus plantas hoy;

 

háganle corona

 

los rayos del sol.

TODOS.

¡Viva el rey Asuero!

 

¡Viva el gran señor!

 

El ártico polo,

 

como a Salomón,

 

oro y plata ofrezca,

 

la Pancaya olor,

 

rubíes Ceilán,

 

Fenicia color.

TODOS.

¡Viva el rey Asuero!

 

¡Viva el gran señor!

ASUERO.

Cesen los instrumentos,

 

los bailes cesen, cuya dulce copia

 

enamoró los vientos.

 

Príncipes de la India y la Etiopía,

 

hoy por último día

 

quiero enseñaros la grandeza mía.

 

No en ricos vasos de oro,

 

no en joyas de diamantes y rubíes,

 

no en labrado tesoro,

 

no en púrpuras rëales carmesíes,

 

no en pinturas divinas,

 

que todas desta imagen son cortinas;

 

no puedo yo mostraros

 

cosa en que mi poder más resplandezca,

 

si pretendo admiraros,

 

y adonde vuestra vista desfallezca,

 

porque quien al sol mira,

 

o ciega en su hermosura, o se retira;

 

Vastí, mi mujer bella,

 

Vastí, que así se llama, porque hasta

 

para saber por ella,

 

después de su virtud honesta y casta.

 

que no dio el cielo al suelo

 

mayores muestras del poder del cielo.

 

Veréis que soy dichoso,

 

más por Vastí, que por las ciento y veinte

 

provincias que glorioso

 

me han hecho en cuantos reyes tiene Oriente:

 

que no es el oro y plata

 

lo que habla a un rey y con el alma trata.

 

Parte, Setar, al punto:

 

dile que se corone la cabeza

 

el divino trasunto

 

del Hacedor de la naturaleza,

 

y venga coronada

 

a mi presencia, de quien es amada;

 

di que mostrarla quiero

 

a mis vasallos por grandeza mía,

 

y que en mi trono espero,

 

porque este es del convite el postrer día.

SETAR.

Yo voy a obedecerte.

TARES.

¿Quién puede tanto bien agradecerte?

ASUERO.

Veréis, príncipes míos,

 

un rostro en quien el sol cifra sus rayos,

 

que mis robustos bríos

 

convierte en tiernas ansias y desmayos;

 

veréis por excelencia

 

la grana y el marfil en competencia;

 

veréis por ojos bellos

 

dos esmeraldas, cuyo blanco esmalte

 

se está bañando en ellos;

 

y porque risa y alma no les falte,

 

dos niñas, dos amores,

 

con dos arcos del cielo sin colores;

 

veréis por dulce boca

 

el clavel de dos hojas, más hermoso

 

que el sol por Mayo toca,

 

ni el aljófar del alba más precioso,

 

y por las dos hermosas

 

mejillas blancas, entre nieve rosas.

 

El cuerpo, no hay columna

 

de marfil ni alabastro; la garganta

 

sirve de blanca luna

 

al sol que en su cabeza le levanta

 

de las hebras que mira

 

con tanta envidia, que sin luz suspira.

 

Entre SETAR.

 

SETAR.

A la Reina mi señora

 

dije tu mandato y gusto,

 

y responde que no es justo

 

que eso le mandes agora;

 

que ella está allá con sus damas,

 

con debida honestidad,

 

y que a toda una ciudad

 

no has de enseñar lo que amas;

 

finalmente, da a entender

 

que el convite te ha dejado

 

con poco seso.

ASUERO.

Ella ha dado

 

gran pesar a mi placer.

 

Vuelve, Tares, vuelve, y di

 

que soy yo quien se lo manda.

TARES.

Señor, si se enoja...

ASUERO.

 Anda,

 

anda, y di que venga aquí.

TARES.

Voy a decirle tu gusto.

ASUERO.

Si ella me tuviera amor,

 

cuando aquesto fuera error

 

no le pareciera injusto;

 

mas yo que es tan discreta

 

como hermosa, y que vendrá.

MARSANES.

Si con sus damas está,

 

déjala gozar quieta

 

su generoso convite;

 

que ya a tus vasallos todos

 

honraste de tantos modos,

 

cuantos el amor permite.

ASUERO.

Aquí ha de venir, Marsanes:

 

yo quiero que la veáis:

 

vosotros mi imperio honráis,

 

príncipes y capitanes.

 

Si no os hago este favor,

 

no me agradezcáis ninguno.

 

Entre TARES.

 

TARES.

No pienso que hay medio alguno

 

para tu intento, señor.

ASUERO.

¿Cómo?

TARES.

 Tu ruego desprecia.

ASUERO.

Mi imperio, necio, dirás,

 

mas por muy necio que estás,

 

la Reina ha estado más necia.

 

¿Cómo que no? ¡vive el cielo!

ADAMATA.

Señor, a tu majestad

 

es esta gran libertad

 

e injusto premio a tu celo,

 

y desta desobediencia

 

resultará el vituperio

 

de los grandes de tu imperio,

 

y de mayor preeminencia;

 

que a su ejemplo, sus mujeres

 

inobedientes serán.

MARSANES.

Todos con vergüenza están

 

de ver que, siendo quien eres,

 

no te obedezca Vastí.

SETAR.

Este agravio, gran señor,

 

no solo por tu valor

 

se cometió contra ti;

 

pero contra cuantos hoy

 

son príncipes de tu imperio.

ADAMATA.

¿Y qué mayor vituperio

 

para un rey?

ASUERO.

 ¡Corrido estoy!

 

Pero ¿qué me aconsejáis?

TARES.

Que la desprecies también.

ASUERO.

¿Podré, queriéndola bien?

 

¡Fuerte consejo me dais!

MARSANES.

Escribe a tus reinos todos

 

el castigo y el agravio,

 

para que, en moviendo el labio,

 

por este o por otros modos

 

para su gusto al marido

 

obedezca la mujer,

 

que en el imperio ha de ser,

 

como varón, preferido.

 

Sujetó naturaleza

 

su libertad al varón:

 

si los dos un cuerpo son,

 

él ha de ser la cabeza.

 

Repudia luego a Vastí,

 

porque puesto aqueste ejemplo

 

de la memoria en el templo,

 

la tenga el mundo de ti.

ASUERO.

Afuera amor; que no es justo

 

que sujetéis la razón:

 

fuertes los consejos son

 

contra las leyes del gusto:

 

pero si es bien que los reyes

 

sean espejos del bien,

 

bien es que en ellos se den

 

los principios a las leyes.

 

¡Salga de palacio al punto

 

la Reina: no quede en él!

MARSANES.

Lo que es justo no es cruel.

 

Más vale del reino junto

 

el público bien, señor,

 

que el gusto particular.

 

Váyanse el REY y SETAR y MARSANES.

 

TARES.

El pacífico reinar

 

es vencer el propio amor.

ADAMATA.

Quien reina de sus pasiones,

 

ese vive con razón.

TARES.

Amor es una pasión

 

que nunca llega a razones:

 

vive de su voluntad

 

en la libertad que quiere.

ADAMATA.

Por eso quien le venciere

 

tendrá mayor libertad.

TARES.

En gran peligro se ve

 

de vida y honor Vastí.

ADAMATA.

Nunca la soberbia vi,

 

que en menos peligro esté;

 

la estatua arrogante ha sido

 

de Nabucodonosor.

 

La reina VASTÍ, SETAR y MARSANES.

 

VASTÍ.

¡A mí con tanto rigor!

SETAR.

La culpa, Reina, has tenido.

 

¡Sal del palacio al instante

 

y del reino juntamente!

 

¡Quita el laurel de la frente

 

y la corona arrogante;

 

que esta sentencia pronuncia

 

contra ti tu esposo el Rey,

 

y todo derecho y ley

 

que hable en tu amparo, renuncia!

 

¡Justo libelo te ha dado!

 

¡No tienes qué responder!

VASTÍ.

Quien trata así su mujer,

 

necio consejo ha tomado;

 

pero, qué pudo salir

 

del parto de tal convite,

 

sino que el reino me quite

 

o me condene a morir?

 

Cuatro meses hace hoy

 

que el convite monstruoso

 

tuvo principio dichoso:

 

¡buen fin con mi fin le doy!

 

¡Qué menos monstruo esperaba

 

Persia de tanto calor;

 

que monstruo que vence a amor,

 

no hay tigre o fiera tan brava!

 

¡Gentil consejo ha juntado

 

para mi deshonra y fin

 

en la mesa de un jardín

 

de racimos coronado!

 

Tal es el efecto dél,

 

como la causa y el dueño;

 

pero pasaráse el sueño

 

y el pensamiento cruel;

 

que en despertando el amor

 

él me vengará de Asuero,

 

que con memorias espero

 

matarle a puro rigor.

 

  ¡Tomad allá la corona,

 

pues que la manda quitar,

 

que no quiero yo reinar

 

con quien su amor no perdona!

 

¡Puntas doradas, adiós;

 

que yo las liaré de acero

 

para el corazón de Asuero;

 

que no está el descanso en vos!

 

Confieso vuestra grandeza;

 

pero si sujeta está,

 

con más valor quedará

 

en libertad mi cabeza;

 

que quien manda que me quite

 

la corona del cabello,

 

me la quitará del cuello

 

para segundo convite.

 

Todos sabéis de que nace

 

este furioso rigor.

SETAR.

Oye.

VASTÍ.

Apelo.

MARSANES.

¿A quién?

VASTÍ.

A amor

 

del agravio que me hace.

 

Váyanse, y entren MARDOQUEO y ESTER.

 

ESTER.

No siento tanto el duro cautiverio,

 

amado tío, aunque sentirle es justo,

 

ni el ver a nuestro pueblo en vituperio,

 

pues fue a su Dios ingrato por su gusto,

 

ni el ver que se dilate el grande imperio

 

del blanco persa al de Etiopía adusto,

 

del magno Emperador de ciento y veinte

 

provincias, las mayores del Oriente:

 

como el ver que me voy quedando sola

 

entre enemigos de mi pueblo hebreo,

 

que el mar de mi tristeza de ola en ola

 

ni lleva al golfo en que morir me veo.

 

¡Tú, donde el oro puro se acrisola

 

de las virtudes que imitar deseo.

 

en tanto mal me sirves de coluna

 

al peso del rigor de mi fortuna!

 

¡Murió mi padre y tu querido hermano!

 

¿Qué amparo puede haber que ya me cuadre,

 

en duro cautiverio del persiano,

 

si no es tenerte por mi asilo y padre?

 

Perdí mi bien para mi mal temprano

 

en los consejos santos de mi madre:

 

huérfana estoy; pero decir no puedo

 

que donde quedas tú, huérfana quedo.

MARDOQUEO.

Cuando Nabucodonosor, sobrina

 

hermosa Ester, en los infaustos días

 

que de Jerusalén, para su ruina

 

de Israel, tuvo el reino Jeconías,

 

nos trajo a Persia y Media, y la divina

 

justicia castigó las culpas mías

 

(que no quiero decir que las ajenas),

 

lloraron sus profetas estas penas.

 

Tal vez castiga Dios por los mayores

 

la humilde plebe, aunque inocente viva;

 

que viene a resultar en los menores

 

lo que en el peso del gobierno estriba.

 

Los hebreos, un tiempo vencedores

 

en aquella dichosa y primitiva

 

edad de sus imperios, ya vencidos,

 

lloran en tierra ajena perseguidos.

 

Cumplió Dios su palabra; que no puede

 

faltar eternamente su palabra:

 

no hay monte que a su voz inmoble quede.

 

ni mar que luego no se rompa y abra.

 

La dureza del hombre a todo excede.

 

pues voz de Dios, que en mar y en montes labra,

 

humanos corazones la resisten,

 

¡de tal dureza contra Dios se visten!

 

Tierra de promisión, tierra bendita

 

gozaron cuantos el Jordán pasaron:

 

David engrandecella solicita;

 

algunos, aunque pocos, le imitaron;

 

mas luego que el ingrato a Dios le quita

 

la obediencia que tantos le juraron.

 

dio fuerzas a los reyes enemigos

 

y la cerviz del pueblo a sus castigos,

 

Así pasamos cautiverio triste,

 

mas tú no llores tanto el desamparo

 

de los honrados padres que perdiste,

 

pues vivo yo, que tu virtud amparo.

 

Con hermosura y discreción naciste.

 

y con divino entendimiento claro,

 

vivir sola pudieras; pero el cielo

 

algo pretende de tu santo celo.

ESTER.

Yo pienso, mi querido Mardoqueo,

 

que de mi soledad tendrás cuidado,

 

con que le pierdo en el rigor que veo

 

del mar en mis desdichas alterado.

 

Servir a Dios y obedecer deseo,

 

en este humilde y en cualquiera estado,

 

las santas leyes de su dedo escritas

 

sobre las tablas de Moisén benditas.

 

Tú, pues, a quien ya toca justamente

 

mi amparo y guarda, mi remedio mira.

MARDOQUEO.

Yo te adopto por hija.

ESTER.

¡El cielo aumente

 

  tu vida!

MARDOQUEO.

El mismo lo que ves, me inspira;

 

que tú procederás como prudente

 

con la hermosura que a la envidia admira.

ESTER.

En tus consejos fundo mi esperanza.

MARDOQUEO.

El que la pone en Dios, remedio alcanza.

 

Váyanse, y entren ASUERO y su gente y AMÁN.

 

ASUERO.

Ninguno sabe si vive.

 

¿Qué decís, que pierdo el seso?

ADAMATA.

A paciencia te apercibe,

 

que de aquel su loco exceso

 

justo castigo recibe.

ASUERO.

¿Pues dónde es ida Vastí?

AMÁN.

mandaste desterralla:

 

esto me afirman a mí.

SETAR.

Ya sin ella no se halla.

ADAMATA.

Harto, Setar, lo temí.

ASUERO.

¡Vastí de mi casa ausente,

 

y sus ojos de mis ojos!

ADAMATA.

Temo que buscarla intente.

SETAR.

Por los pasados enojos

 

le quitaste de la frente

 

la corona que tenía;

 

¿ya se te olvida el desprecio?

ASUERO.

¡Ay, hermosa prenda mía!

 

¡Cómo es el castigo necio,

 

que ha de llorarse otro día!

 

¿Es posible que mandé,

 

que te apartasen de mí?

 

¿Es posible que intenté

 

vivir un hora sin ti?

 

No fue amor, agravio fue.

 

Maldiga el cielo mis labios:

 

si el amor no es para sabios,

 

¿de qué se queja el honor?

 

Que no puede ser amor

 

el que no perdona agravios.

 

Hame de matar tu ausencia:

 

no podré vivir sin ti;

 

que el amor, como es violencia,

 

bien , querida Vastí,

 

que crece en la resistencia.

 

¿Para qué quiero reinar?

 

¿Qué es reinar si no hay contento?

 

Que mal puede descansar

 

un inquieto pensamiento,

 

ni en la tierra ni en la mar.

 

¿Qué importa el vano tesoro,

 

la corona, el cetro, el oro,

 

sin contento, sin placer?

 

Ya no le puedo tener,

 

que eres el reino que adoro.

 

Arrojaré los diamantes,

 

los vasos, la plata y seda,

 

en los mares circunstantes,

 

y aun el seso, si me queda,

 

en tristezas semejantes.

 

¿Qué importaba que estuvieras

 

con tus damas ocupada

 

y a mi ruego no salieras?

 

No fuiste tú tan culpada,

 

que tanto mal merecieras;

 

yo fui quien fin tan amargo

 

ha dado a tan dulce unión;

 

que siempre trae por cargo

 

breve determinación

 

arrepentimiento largo.

 

Ven, Amán: vente conmigo:

 

contaréte mi dolor

 

y descansaré contigo;

 

que las tristezas de amor

 

descansan con el amigo.

AMÁN.

No aumentes el descontento

 

con los celos, pues podrán

 

los tiempos mudar tu intento.

ASUERO.

En toda mi vida, Amán,

 

Persia me ha de ver contento.

 

Váyanse el REY y AMÁN.

 

ADAMATA.

El Rey se parte de tristeza lleno.

SETAR.

¡Qué notable veneno amor le infunde!

MARSANES.

Yo temo que redunde en daño nuestro.

SETAR.

Si en el consejo vuestro hallase el mío

 

el lugar que confío, yo le diera

 

remedio al Rey que fuera de importancia

 

y que en breve distancia le curara.

MARSANES.

Pues dile, y solo en su salud repara.

SETAR.

Amor de trato largo se convierte

 

en hábito, y el hábito y costumbre

 

se vuelve, cual sabéis, naturaleza;

 

ya es este amor del Rey costumbre y hábito,

 

memoria del deleite que tenía;

 

los ojos, hechos a Vastí, no tienen

 

alegría sin ver sus bellos ojos;

 

los oídos, en quien requiebros dulces

 

hacían una música apacible,

 

no escuchan sus palabras; y estad ciertos

 

que el hechizo mayor de los que aman,

 

al alma suele entrar por los oídos.

MARSANES.

Eso es verdad, porque los ojos tienen

 

siempre un objeto, una hermosura misma,

 

y los oídos siempre diferente,

 

pues oyen siempre diferentes cosas;

 

y así lo que conserva largo tiempo

 

a amor, son los oídos, no los ojos,

 

porque ellos nunca miran cosa nueva

 

y ven lo que una vez toda la vida.

SETAR.

Pues discurrid así las demás partes

 

y sentidos del hombre, y veréis luego

 

que si esta falta de hábito y costumbre

 

ocupa otra hermosura y otro gusto,

 

saldrá el primero amor, saldrá por fuerza.

ADAMATA.

¿Dices que otra mujer hermosa y sabía

 

ocupará el lugar que está vacío?

SETAR.

¿Pues eso tiene duda? ¡Cuántos hombres,

 

de cosas que han llorado se consuelan,

 

y a veces quieren más que las pasadas!

ADAMATA.

¿Y dónde habrá mujer que le contente?

 

Que eso suele doblar el accidente.

 

porque el gusto engañado en lo pasado

 

suele ser malcontento y porfiado.

SETAR.

Buscar tantas mujeres, que entre tantas

 

haya alguna hermosura tan valiente

 

que mate la memoria de la ausente.

MARSANES.

Bien dice: échese un bando que al momento

 

cuantas mujeres tengan hermosura,

 

siendo, cual deben, vírgenes, se traigan

 

a palacio y se entreguen a las guardas

 

que para aqueste caso nombraremos.

 

La que entrare de noche, salga al alba,

 

Y la que le agradare, o por dichosa

 

o por bella, que reine.

ADAMATA.

 Justa cosa.

MARSANES.

Gran médico serás, pues curar quieres

 

amor de una mujer con mil mujeres.

 

Vanse.

 

ESTER.

Alto y soberano Dios,

 

que del rebelde gitano

 

y de la robusta mano

 

que quiso oponerse a vos,

 

sacastes el pueblo vuestro

 

libre de tanto rigor,

 

mostrando poder y amor

 

al bien y remedio nuestro:

 

vos, por quien iba seguro

 

por tanta mar desigual,

 

en canceles de cristal

 

que le sirvieron de muro:

 

vos, que en áspero desierto

 

el blanco maná le distes,

 

con que la campaña hicistes

 

de nieve del cielo puerto;

 

vos que le distes victorias,

 

donde para siempre están

 

en las piedras del Jordán

 

los libros de sus memorias,

 

y vos que, para castigo

 

de sus idólatras pechos,

 

habéis postrado sus hechos

 

a los pies de su enemigo,

 

y humillado a cautiverio

 

las cervices levantadas,

 

que con heroicas espadas

 

ganaron tan grande imperio,

 

¿cuándo os habéis de doler

 

de aquellos mismos que amastes,

 

pues a todos obligastes

 

a sufrir y a padecer?

 

¿Cuándo volverá, señor,

 

vuestro pueblo a libertad?

 

¿Cuándo a la santa ciudad,

 

a vuestra gloria y honor?

 

¿Cuándo a vuestro sacro templo

 

y al alcázar de Sión,

 

para dar desta prisión

 

a la sucesión ejemplo?

 

Doleos, señor, de mí,

 

aunque la mínima soy

 

del cautiverio en que estoy.

 

Sale MARDOQUEO.

 

MARDOQUEO.

¡Sobrina!

ESTER.

¿Llámasme?

MARDOQUEO.

¡Sí!

 

Notable suceso.

ESTER.

¡Ay Dios!

MARDOQUEO.

No te alteres; oye atenta.

 

Ya sabes el gran convite,

 

real y espléndida mesa

 

que en esta ciudad de Susa,

 

hoy la cabeza de Persia,

 

ha hecho el gran rey Asuero,

ESTER.

Si , porque tienen della

 

noticia los escondidos

 

animales en las selvas,

 

las aves en altos aires,

 

los peces en las arenas.

MARDOQUEO.

Quiso Asuero que Vastí,

 

su hermosa mujer, y Reina

 

de la India y de Etiopía,

 

saliese por más grandeza

 

a donde la viesen todos;

 

mas respondió con soberbia,

 

desobedeciendo al Rey,

 

por cuya desobediencia

 

fue echada de su palacio;

 

pero pasada la fiesta,

 

el Rey, de amor encendido,

 

está enfermo de su ausencia;

 

los príncipes de su imperio,

 

por medicina, aunque nueva,

 

mandan en todos sus reinos

 

buscar hermosas doncellas,

 

para que la que le agrade

 

reine en lugar de la Reina.

 

Egeo, del Rey criado,

 

te conoce, y tu belleza

 

escrita tiene en la lista.

ESTER.

¿Qué dices, tío?

MARDOQUEO.

 No temas;

 

que Dios te dará favor,

 

porque por tu medio sea

 

su pueblo restituido

 

a su primera grandeza;

 

no repliques; que ya sabes

 

que debes esta obediencia

 

al cielo, porque sin duda

 

por ti mi remedio ordena;

 

fuera de que no es posible

 

que te libres de su fuerza,

 

es bien que al cielo y a mí,

 

hermosa Ester, obedezcas.

 

Asuero es rey poderoso,

 

nosotros la gente hebrea

 

que Nabucodonosor

 

trujo cautiva a esta tierra.

 

Véate el Rey, habla al Rey,

 

pero quiero, Ester, que adviertas

 

que no has de decir tu patria,

 

aunque preguntada seas.

 

Calla tu pueblo y nación;

 

que Dios, de lágrimas tiernas

 

destos cautivos movido,

 

quiere romper sus cadenas.

ESTER.

¡Ay, Mardoqueo, qué cosas

 

tan peregrinas me cuentas,

 

tan nuevas a mis oídos

 

y a mi castidad tan nuevas

 

no te espantes si a la cara

 

salen colores apriesa,

 

ventanas en que al peligro

 

se asoma nuestra vergüenza.

 

Yo haré, tío, lo que mandas,

 

si dices que Dios lo ordena,

 

y ojalá que fuese yo,

 

aunque tan indigna sea,

 

por quien el pueblo cautivo

 

ya que del todo no vuelva

 

a la gran Jerusalén,

 

menos castigo padezca.

MARDOQUEO.

La gente suena, sobrina,

 

que conduce las doncellas;

 

ven, mudarás de vestido

 

si te dan lugar que puedas.

ESTER.

¡Inmenso Dios, vuestra soy!

 

Vuestra grande omnipotencia

 

por instrumentos tan flacos

 

suele obrar cosas como estas.

 

Délbora rigió a Israel:

 

Dadme entendimiento y fuerzas

 

para saber agradaros,

 

pues que yo os doy la obediencia.

 

Váyanse, y entren un capitán y dos alabarderos y una caja.

 

CAPITÁN.

Aunque esta es pequeña aldea,

 

no dejéis de echar el bando,

 

porque en lo que voy buscando

 

la diferencia se vea;

 

y si por la variedad

 

es bella naturaleza,

 

también causará belleza

 

la mucha diversidad.

 

Calidad no me ha pedido:

 

hermosura pide el Rey:

 

ni excede la justa ley

 

haber cuidado tenido

 

de que en toda aquesta tierra

 

no quede hermosa mujer

 

de cualquier suerte, sin ser

 

fin de su amorosa guerra.

CAJA.

Que sea o no justa cosa,

 

lo que mandas obedezco.

CAPITÁN.

Di, pues, el bien que le ofrezco

 

a quien tiene prenda hermosa.

CAJA.

Manda el poderoso rey Asuero, señor

 

del Oriente, que cualquiera persona,

 

de cualquier estado y calidad

 

que sea, que tuviere doncella hermosa

 

en su casa, la manifieste y entregue

 

a los capitanes para este efecto

 

nombrados, que así conviene a su Real

 

servicio; mándase pregonar porque

 

venga a noticia de todos.

 

Váyanse, y entren SIRENA, labradora, y SELVAGIO, villano.

 

SELVAGIO.

Si me tuvieras amor,

 

a fe que tú te escondieras.

SIRENA.

Y si tú amor me tuvieras,

 

no usaras deste rigor.

SELVAGIO.

¿Rigor es tener temor

 

de perderte?

SIRENA.

 ¿Pues no es,

 

cuando tan cerca me ves

 

de ser reina, hacer de modo

 

que pierda un imperio todo

 

que pone el tiempo a mis pies?

SELVAGIO.

¿Luego entre tantas mujeres

 

piensas ser la que le agrade?

 

¿Cómo no te persüade

 

el ver cuán rústica eres?

 

Ser reina, Sirena, quieres

 

donde irán tantas señoras;

 

no señala labradoras

 

el bando, mas gente igual

 

a la corona Real,

 

que con tu sayal desdoras.

SIRENA.

¿El Rey no está enfermo?

SELVAGIO.

 Sí:

 

dicen que muere de amor;

 

que aun es el daño mayor

 

para despreciarte a ti.

SIRENA.

Tú te engañas.

SELVAGIO.

  ¿Cómo ansí?

SIRENA.

Porque en el monte y el prado

 

se halla la hierba que ha dado

 

salud, y es más provechosa,

 

no el clavel, mosqueta y rosa

 

en el jardín cultivado.

 

Nunca en palacio se crían

 

entre el dosel y el tapiz,

 

el faisán y la perdiz:

 

del campo se los envían;

 

cuando al campo se desvían

 

a una aldea, a un monte, a un prado,

 

los Reyes, es que el cuidado

 

de la corte los cansó,

 

y el árbol les agradó

 

más con hojas que dorado;

 

el más compuesto jardín,

 

de más cuadros y labores,

 

la diversidad de flores,

 

las paredes de jazmín,

 

al principio, al medio, al fin

 

del año, una vista ofrece

 

que nunca mengua ni crece.

 

El campo es de más beldad,

 

porque por la variedad

 

más alabanza merece.

 

Corren sin arte las fuentes,

 

y del monte despeñadas,

 

dan a los prados lazadas

 

de cristalinas serpientes;

 

los árboles eminentes

 

no están por orden plantados;

 

allí se ven los ganados,

 

allí el pastorcillo canta,

 

con los pasos de garganta

 

a los arroyos hurtados.

 

Sale el libre conejuelo,

 

desde la hierba al vivar,

 

y la liebre suele estar

 

en cama de campo, al hielo;

 

cruzan por el verde suelo

 

los tiernos gamos celosos;

 

con suspiros amorosos

 

gime la tórtola ausente,

 

cuando el sol al Occidente

 

vuelve sus rayos hermosos;

 

el pajarillo enjaulado

 

no causa tanto contento,

 

del ciudadano aposento

 

en los balcones colgado;

 

la fruta en plato dorado

 

no agrada como en la rama,

 

y así el gusto del Rey llama

 

a la ruda labradora

 

más que a la grave señora

 

y a la bien compuesta dama.

SELVAGIO.

¡Que te haya la vanidad,

 

Sirena loca, engañado,

 

naciendo hierba en el prado,

 

a trasplantarte en ciudad!

 

Cuando al Rey la voluntad

 

tú le pudieses mover,

 

¿por qué dejas de querer

 

lo que del campo encareces?

 

Pues al palacio te ofreces,

 

donde no lo puede haber.

 

Esa bella compostura,

 

sin arte quieres dejar,

 

y trasladarte a lugar

 

de menos varia hermosura;

 

goza de la fuente pura

 

y del árbol la belleza:

 

sigue tu naturaleza,

 

pues que dices que es mejor,

 

y no desprecies mi amor:

 

reinarás en mi firmeza.

SIRENA.

Selvagio, como le agrada

 

el aldea al cortesano,

 

agrada al rudo villano

 

ver la techumbre dorada:

 

la dama de oro cansada

 

pardo picote desea,

 

y el oro la del aldea:

 

truécanse plumas y varas;

 

que si en los gustos reparas,

 

no hay gusto que firme sea;

 

el casado al libre envidia,

 

y el libre envidia al casado;

 

quien tiene el mundo abreviado:

 

del gobierno se fastidia:

 

India, Etiopía, Numidia,

 

no dan a Asuero, en rigor,

 

contento, y muere de amor

 

de que le falta Vastí;

 

que siempre decir :

 

lo que falta es lo mejor.

SELVAGIO.

Tente y advierte, Sirena,

 

que me dejas a morir.

SIRENA.

Déjame, Selvagio, ir

 

a donde mi suerte ordena;

 

que mañana tendrá pena

 

alguna reina de amores;

 

¿iréis allá labradores?

SELVAGIO.

Aguarda.

SIRENA.

 No hay que tratar.

SELVAGIO.

¿Piensas que has de enamorar

 

los cetros como las flores?

SIRENA.

Mal sabes las diligencias

 

de una mujer que pretende.

SELVAGIO.

¿Y si al Rey tu gusto ofende

 

y adora ajenas ausencias?

SIRENA.

Volveréme a mis querencias.

SELVAGIO.

Pues en los nidos de antaño

 

no habrá pájaros hogaño.

SIRENA.

¿Seré yo reina?

SELVAGIO.

Serás

 

tan loca, que lo dirás

 

en llegando el desengaño.

 

Vase.

Entren el rey ASUERO y su gente, y AMÁN.

 

ASUERO.

En efeto, la pena se entretiene

 

con tanta variedad, mas todavía,

 

vasallos, la memoria a darme viene

 

fuertes asaltos con la prenda mía.

 

Si dicen que el amor remedio tiene,

 

cosa que mi experiencia desconfía,

 

¿en quién está cifrado, en quién se guarda?

ADAMATA.

¿Pues no te pareció Sergia gallarda?

ASUERO.

Su fama me agradó, mas su presencia

 

no fue a su fama igual.

SELVAGIO.

 Bizarra dama

 

era Fenicia.

AMÁN.

Mucho más Fulgencia,

 

que la sirena del Jordán se llama.

TARES.

Yo presumí que el talle de Laurencia

 

volviera en nieve tu amorosa llama.

ASUERO.

Vastí, me mata, y sola su hermosura

 

es el crisol que mi memoria apura;

 

los libros no escribieron medicinas

 

siendo la enfermedad amor más fuerte.

AMÁN.

Las pasiones del alma, peregrinas,

 

el tiempo las consume o las divierte:

 

no hay hierbas en Tesalia tan, divinas

 

que curen al amor.

ASUERO

Amán, advierte

 

que aunque es como morir de una sangría,

 

me mata amor mil veces en un día.

 

EGEO, entre.

 

EGEO.

Dame tus pies reales.

ASUERO.

¿Qué hay, Egeo?

EGEO.

Deseo de servirte y de curarte,

 

porque ninguno iguala mi deseo,

 

y así traigo, señor, que presentarte

 

la bella Ester, cuya hermosura creo

 

que será poderosa a consolarte

 

del amor de Vastí, porque es tan bella,

 

que tiene el mismo sol envidia della.

 

No te quiero pintar su rostro hermoso,

 

porque son muy groseros mis pinceles:

 

a tus ojos remito el milagroso

 

juicio, aunque mirar sin gusto sueles;

 

pero en aquesta púrpura y precioso

 

marfil, rosas, jazmines y claveles,

 

dará lugar Vastí.

ASUERO.

Tanta belleza,

 

monstruo será de la naturaleza.

 

En mi trono Real recibir quiero

 

tan hermosa mujer; poneos al lado.

 

Música y acompañamiento y damas, y entre detrás ESTER con vestido entero y falda larga.

 

ESTER.

Mi humildad, poderoso rey Asuero,

 

no es digna de besar tu rico estrado,

 

mas la obediencia, por quien ser espero

 

admitida en tus ojos, me ha forzado

 

a osar ponerme en tu Real presencia;

 

que el mejor sacrificio es la obediencia.

 

Supe tu intento y ofrecí mi vida

 

y sangre a tu remedio, aunque temiendo

 

mi indignidad, que no es tan atrevida

 

mi vista, el sol de tu grandeza viendo;

 

mas de tus rayos ínclitos vestida,

 

como cristal resplandecer pretendo,

 

para que el alma que quisieres pongas

 

y los sentidos a tu amor dispongas;

 

que como el claro sol los montes dora,

 

y parecen zafiros y diamantes

 

las verdes hierbas que bordó el aurora,

 

claras entonces como escuras antes,

 

así con la riqueza que atesora

 

y alumbra las esferas circunstantes,

 

tu presencia Real, la humildad mía

 

trasladará su noche al mayor día.

ASUERO.

Por el supremo Dios que rige el suelo,

 

hermosísima Ester, que no pensara

 

que se pudiera hallar fuera del cielo

 

de hermosura y de luz fénix tan rara;

 

das en mirarte celestial consuelo;

 

toda memoria en tu belleza para;

 

que cual huye del sol la noche escura,

 

huye el ajeno amor de tu hermosura.

 

No sale el sol por el purpúreo Oriente

 

más apriesa borrando las estrellas,

 

que el de tus ojos y serena frente,

 

pues ya desaparecen las más bellas.

 

Levántate del suelo al eminente

 

trono, que ya mejor que todas ellas

 

mereces, pues por fin de mis enojos

 

hallaste gracia en mis dichosos ojos

 

Mas porque el orden justo se prosiga,

 

a Ester acompañad, y tenga aparte

 

el aposento a que su luz obliga,

 

pues veis que con el sol términos parte;

 

que yo sospecho ya que se mitiga,

 

más por naturaleza que por arte

 

esta pasión que me abrasaba el pecho;

 

amigos, gran servicio me habéis hecho.

ESTER.

Tu sierva soy, y tú quien a tu hechura

 

levantas de la tierra.

ASUERO.

Esto merece,

 

bendita Ester, tu gracia y compostura,

 

que en los ojos del cielo resplandece.

AMÁN.

Alaba, hermosa dama, tu hermosura.

ESTER.

Mi alma, a Dios alaba y engrandece.

SETAR.

Basta, que amor a más amor se allana.

AMÁN.

Lo que mujer dañó, mujer lo sana.




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