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Lope de Vega
La hermosa Ester

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Acto segundo

Hablan en el segundo acto

MARDOQUEO.

ISAAC.

AMÁN.

TARES.

ASUERO.

BAGATÁN.

ESTER.

SELA.

ZARES, mujer de Amán.

MARSANES.

EGEO.

SELVAGIO.

SIRENA.

VILLANOS.

PORTERO, Bautista.



MARDOQUEO e ISAAC, hebreo.

 

 

MARDOQUEO.

Llevada, finalmente, Isaac amigo,

 

la bella Ester al poderoso Asuero,

 

halló gracia en sus ojos de tal suerte,

 

que preparando a sus mayores príncipes,

 

la fiesta de un convite suntuoso,

 

la coronó por reina de la India,

 

y puso la diadema en la cabeza

 

de ciento y veinte reinos y provincias.

 

Con esto y el amor, que siempre crece,

 

es dueña Ester de todos sus sentidos,

 

por dicha, para bien de los hebreos,

 

que lloramos cautivos las memorias

 

de nuestra amada patria, de la santa

 

Jerusalén, desde los tristes días

 

que venció Donosor a Jeconías.

ISAAC.

¿Y tú no vives, noble Mardoqueo,

 

con más honor del que presente veo?

MARDOQUEO.

No he querido que Ester al Rey le diga

 

que soy su tío, ni lo sabe alguno

 

 

de los persas que viven en su casa,

 

ni su nación ni patria le he mandado

 

que diga hasta su tiempo.

ISAAC.

Mal has hecho,

 

porque con tanto amor, si la supiera,

 

para nuestra prisión remedio fuera.

MARDOQUEO.

Diversas cosas va ordenando el cielo

 

para bien del cautivo pueblo suyo,

 

de las que puedespensar agora,

 

de las cuales Ester será la estrella;

 

tiéneme un sueño, Isaac, tiéneme un sueño

 

lleno de confusión.

ISAAC.

Pues qué, ¿imaginas

 

que no es sueño animal, de los que nacen

 

de la solicitud del pensamiento?

MARDOQUEO.

Por sobrenatural le temo y siento.

 

Yo vi romperse el cielo por mil partes

 

con horrísonos truenos, y hacer guerra

 

uno con otro dos dragones fieros,

 

a cuya confusión vi que salían

 

dos ejércitos fuertes a batalla

 

campal contra los justos inocentes,

 

los cuales, viendo la tragedia tristes

 

de sus amadas vidas, con mil lágrimas

 

pidiendo estaban su remedio al cielo.

 

Entonces una humilde fuentecilla

 

iba saliendo con pequeña fuerza,

 

pero creció de suerte, que excediendo

 

las márgenes floridas con las aguas,

 

se vino a hacer un caudaloso río;

 

el sol salió con mil hermosos rayos,

 

y dándoles mil géneros de muertes,

 

los humildes vencieron a los fuertes.

ISAAC.

¿Consultaste al Señor sobre este caso?

MARDOQUEO.

Yo pienso que ha de ser para bien nuestro,

 

aunque ha de ser por medio de mil penas;

 

mas como al sol precede oscura noche,

 

así la gloria de las penas sale.

ISAAC.

¿Quién es aqueste?

MARDOQUEO.

 Este es Amán, un príncipe

 

que preside a los otros, tan soberbio

 

con el imperio, que me causa enojos.

ISAAC.

Todos se van hincando de rodillas.

MARDOQUEO.

Yo no, que solo a Dios hincarlas pienso,

 

que no quiero quitar lo que le debo,

 

por darlo a la criatura, que bien sabe

 

el mismo Dios, que no es por ser yo grave.

 

Acompañamiento, AMÁN detrás, y alguna gente hincándose de rodillas.

 

AMÁN.

¿Quién sois vos?

PORTERO.

Yo soy, señor,

 

de la Audiencia Real portero;

 

hacedme aqueste favor.

AMÁN.

Ni agora puedo ni quiero

 

servir.

PORTERO.

 ¡Qué extraño rigor!

AMÁN.

¿Vos quién sois?

SEGUNDO.

 Pobre soldado

 

que de Numidia ha llegado.

AMÁN.

¿Mejor no fuera servir

 

hasta morir, que venir

 

a ser ocioso y cansado?

 

¿Y vos, viejo?

TERCERO.

  Yo serví

 

a Vastí.

AMÁN.

 Ya no hay Vastí.

 

¿No sabéis que reina Ester?

 

¿Qué os cansáis en pretender?

 

¡Hola! Apartaldos de aquí.

 

Éntrese.

 

TERCERO.

¡Mal fuego del cielo baje

 

sobre tu casa, cruel,

 

que tanta soberbia ataje.

 

Éntrense. Queden MARDOQUEO e ISAAC.

 

MARDOQUEO.

No pienso, Dios de Israel,

 

hacer a tu culto ultraje.

ISAAC.

Yo la rodilla le hinqué

 

con temor.

MARDOQUEO.

Yo, sin temor,

 

quedé cubierto y en pie.

ISAAC.

No he visto tanto rigor.

MARDOQUEO.

¡Qué cruel!

ISAAC.

Mucho lo fue.

MARDOQUEO.

Bienaventurado sea

 

quien en hacer bien se emplea,

 

y al pobre muestra piedad.

ISAAC.

Voyle a ver por la ciudad.

 

Vase.

 

MARDOQUEO.

Quien le estimare, le vea.

 

MARDOQUEO solo.

 

 

Dios de mis padres, no es soberbia mía

 

no me rendir a Amán, tan arrogante

 

como Nembrot, aquel feroz gigante

 

que escalar vuestros cielos pretendía:

 

introdújose así la idolatría;

 

no es bien que con el culto se levante,

 

debido a quien no tiene semejante,

 

quien no tiene poder seguro un día.

 

Vos sois la majestad a quien debida

 

es nuestra adoración, y por quien vierte

 

sangre en las aras donde sois servida.

 

Nadie con vos es poderoso y fuerte;

 

que como sois el dueño de la vida,

 

también tenéis el cetro de la muerte.

 

BAGATÁN y TARES.

 

BAGATÁN.

Paréceme que es mejor

 

que le matemos de hecho.

TARES.

Tengo a la guarda temor.

BAGATÁN.

Que te ayudarán sospecho,

 

conociendo tu valor;

 

que aunque allí se escandalicen,

 

mil príncipes has de hallar

 

que nuestra hazaña autoricen.

MARDOQUEO.

Estos tratan de matar.

 

¡Válame Dios! ¿A quién dicen?

TARES.

El ser el Rey tan amado

 

pone a mi temor cuidado;

 

que no el rigor de la ley.

MARDOQUEO.

¡Basta! ¿Qué dicen al Rey?

BAGATÁN.

Habla, Tares, recatado.

TARES.

¡Que siempre a la puerta veo

 

de palacio, ocioso y grave,

 

este porfiado hebreo!

BAGATÁN.

¿Qué pretende?

TARES.

  No se sabe.

BAGATÁN.

Echarle de aquí deseo.

 

¿Guardaste la carta?

TARES.

Sí,

 

en el pecho la escondí.

BAGATÁN.

Si nos oyó...

TARES.

No lo .

BAGATÁN.

Espera, y yo lo sabré.

 

¿Qué buscas, amigo, aquí?

MARDOQUEO.

Escribo historias, y vengo

 

a ver del Rey las grandezas

 

por afición que le tengo,

 

que no pretendo riquezas,

 

ni en pretender me entretengo.

BAGATÁN.

Según eso, bien oirías

 

lo que tratamos del Rey

 

y sus grandes monarquías.

MARDOQUEO.

Yo tengo siempre por ley

 

pensar en las cosas mías.

 

Miraba aquestas colunas

 

corínticas, aunque son

 

dóricas también algunas,

 

y desta puerta el blasón,

 

estos soles y estas lunas.

 

Lo que tratáis me decid,

 

para me lo escriba, amigos,

 

y esa historia me advertid.

BAGATÁN.

Buscad mejores testigos,

 

o más despacio venid;

 

que estamos de prisa agora.

MARDOQUEO.

Pues guárdeos el cielo.

TARES.

Adiós.

 

Vanse.

 

MARDOQUEO.

El cielo, que nada ignora,

 

hoy castigará a los dos

 

con su mano vengadora.

 

Ester sale a su jardín;

 

notable ocasión de hablalla

 

y estorbar del Rey el fin.

 

ESTER y SELA, y las damas que puedan.

 

SELA.

Hablan las fuentes y calla

 

el viento en este jazmín,

 

y así mejor estarás

 

debajo de aquellas murtas.

ESTER.

Pues vamos solas no más.

SELA.

Pienso que a las flores hurtas

 

la hermosura que les das.

MARDOQUEO.

¿Podráte hablar Mardoqueo?

ESTER.

Aparte puedes hablarme.

 

Retírense.

 

MARDOQUEO.

¡Sobrina!

ESTER.

¡Tío!

MARDOQUEO.

 Deseo

 

darte un aviso.

ESTER.

  Engañarme

 

pudo en tu voz el deseo;

 

más quisiera que dijeras

 

un abrazo que un aviso.

MARDOQUEO.

Ester, si sola estuvieras,

 

ni yo estuviera remiso,

 

ni tú de mi sangre huyeras;

 

soy tu padre, aunque tu tío.

ESTER.

Eres el amparo mío.

MARDOQUEO.

Al Rey quieren darle muerte.

ESTER.

¡Al Rey, tío! ¿De qué suerte?

MARDOQUEO.

Todo el remedio te fío;

 

a Bagatán y Tares,

 

porteros del Rey, lo ;

 

dilo al Rey, porque después

 

me premie el aviso a mí

 

y algún descanso me des.

ESTER.

¿Pues puédese averiguar?

MARDOQUEO.

Di que los miren el pecho.

ESTER.

El Rey me viene a buscar.

 

Vete, y vete satisfecho,

 

que Dios te quiere ensalzar.

 

Váyase MARDOQUEO.

Salen el REY, AMÁN, TARES, BAGATÁN y otros.

 

 

Señor mío...

ASUERO.

 Bella Ester,

 

ya deseaba saber

 

cómo te hallabas sin mí.

ESTER.

¿Cómo se ha de hallar sin ti

 

quien de ti recibe el ser?

 

Como están del sol ausentes

 

sin luz las cosas, estoy

 

en no teniendo presentes

 

esos ojos de quien soy,

 

si tanto bien me consientes;

 

y estoy como está la esclava

 

honrada de su señor,

 

a quien adora y alaba.

ASUERO.

Basta, que comienza amor

 

adonde otro amor acaba.

 

¡Oh, cuánto te debo, Ester!

ESTER.

Tanto, que envidia he tenido

 

de quien hoy me dio a entender...

 

mas llega un poco el oído.

AMÁN.

¡Secreto!¿Qué puede ser?

 

Mas de su amor hablarán,

 

que tan rendidos están,

 

que no descansan un punto.

ASUERO.

Por los que son te pregunto.

ESTER.

Son Tares y Bagatán.

ASUERO.

¡Tares!

TARES.

 ¡Señor!

ASUERO.

 Muestra el pecho.

TARES.

¿Para qué, señor?

ASUERO.

  Aparta.

TARES.

¡Cielos! Mi muerte sospecho.

ASUERO.

¿Qué carta es esta?

TARES.

No es carta,

 

ni escritura de provecho.

ASUERO.

Lee, Amán.

TARES.

Oye, señor.

ASUERO.

  No hay que oír.

ESTER.

 ¡Calla, traidor!

AMÁN.

La carta trata tu muerte.

ASUERO.

¿Cómo dice?

AMÁN.

Desta suerte.

BAGATÁN.

Helado estoy de temor.

 

Lea AMÁN.

 

 

«Ya estamos determinados de matar al rey,

Bagatán y yo, para el día que nos avisáis;

por eso estad apercibidos a nuestro amparo,

y a lo demás que sabéis. Guárdeos el cielo,

y a nuestra hazaña valerosa el suceso

que todos deseamos».

ASUERO.

¡Hay semejante traición?

 

Lleva estos hombres, Amán,

 

que me obliga la razón

 

a que mis manos...

AMÁN.

No harán;

 

que dellas indignos son.

 

Esclavos, viles, villanos,

 

¿en el Rey poner las manos?

 

¿Quién los cómplices han sido?

 

¿Cómo habéis enmudecido?

 

¡Por los cielos soberanos,

 

que os la pienso dar tan fuerte,

 

que quede al mundo memoria

 

de vuestra inaudita muerte!

TARES.

Envidia fue de tu gloria:

 

que fuiste la causa advierte.

AMÁN.

Caminad.

ASUERO.

¿Quién te contó

 

Vanse.

 

 

De aquestos el mal deseo?

ESTER.

Un hebreo me avisó.

ASUERO.

¿Y es su nombre?

ESTER.

  ¡Mardoqueo!

ASUERO.

Tengo por costumbre yo

 

escribir servicios tales

 

en mis historias y anales,

 

para darles galardón

 

en llegando la ocasión.

ESTER.

Beso tus manos reales;

 

que la merced que le hicieres,

 

estimo como las mías.

ASUERO.

¡Hola!

ADAMATA.

¡Señor!

ASUERO.

 Si escribieres

 

los servicios destos días,

 

tú que después los refieres,

 

pon que me dio Mardoqueo

 

vida, y con noble deseo

 

desta traición me libró.

ADAMATA.

Voy a escribirlo.

ASUERO.

Si yo

 

tan cuidadosa te veo

 

de mi vida y mi salud,

 

¿cómo, Ester, a tu virtud

 

no he de rendir cuanto soy?

ESTER.

Hasta que mueran estoy

 

con temerosa inquietud.

ASUERO.

Pues alto, mátenlos luego.

 

Entre AMÁN.

 

AMÁN.

Confiesan tantas maldades,

 

que es poco cuchillo y fuego.

ASUERO.

No hay cosa en que no me agrades.

ESTER.

Que mires por mí te ruego.

ASUERO.

¿Cómo?

ESTER.

 En mirar por tu vida.

ASUERO.

Ven a ver, Ester querida,

 

estas fuentes, donde hablemos

 

deste peligro.

 

Tómela de la mano y váyanse.

 

AMÁN.

¡Qué extremos!

 

Casi a envidiarlos convida;

 

pero con justa razón,

 

por su gracia y hermosura,

 

la tiene el Rey afición.

 

MARSANES y MARDOQUEO entren.

 

MARDOQUEO.

¡Qué temeraria locura!

MARSANES.

Poco estarán en prisión.

MARDOQUEO.

¿Que al Rey quisieron matar?

MARSANES.

Desto te puedo informar,

 

que lo demás no lo ;

 

aquí está Amán.

MARDOQUEO.

  Y yo en pie,

 

que no me pienso humillar.

MARSANES.

Mira que es notable error.

MARDOQUEO.

Solo al Supremo Señor

 

pongo la rodilla en tierra;

 

quien le da a los hombres, yerra:

 

solo es Dios digno de honor.

 

Váyase.

 

AMÁN.

¿Quién es el que sale allí?

MARSANES.

¿Aquel, señor? Un hebreo.

AMÁN.

¿Pues cómo se ha estado así?

MARSANES.

Porque tan libre le veo

 

siempre delante de ti.

AMÁN.

Parece que lo he notado

 

que en pie y cubierto se ha estado:

 

que entre o salga, y en su ley

 

no se dirá que a un virrey

 

no respete el más honrado.

MARSANES.

De tal manera le hallo

 

mil veces en tu presencia,

 

que él es el rey, tú el vasallo,

 

porque a ti te reverencia

 

lo mismo que a tu caballo;

 

y como nunca se quita

 

de la puerta, es muy notado.

AMÁN.

La espada y el brazo incita.

MARSANES.

El mismo mármol helado

 

adonde se arrima, imita.

AMÁN.

A no ser descompostura

 

de un príncipe soberano

 

poner en tan vil criatura

 

la espada noble y la mano,

 

que el sol derribar procura,

 

fuera y le hiciera pedazos,

 

ensangrentando las puertas

 

con la boca a faltar brazos;

 

mas a bajezas tan ciertas

 

convienen vigas y lazos.

 

¡A mí, que al salir de Oriente

 

el sol se humilla a mi frente!

 

¡A mí, sin cuya licencia

 

no hace del mundo ausencia

 

ni da la vuelta a Occidente!

 

¡A mí, que si quiero, al suelo

 

haré humillar las estrellas

 

y los planetas del cielo,

 

y que puedo andar sobre ellas

 

y hacer pedazos su velo!

 

¡A mí, de quien tiembla agora,

 

desde el Gange hasta el Jordán,

 

cuanto el sol ilustra y dora!

 

¡Al Virrey, al rey Amán,

 

de cuanto mira el aurora!

 

¡A mí, que en amaneciendo

 

cantan mil himnos las aves,

 

hasta las fuentes riendo

 

van por arroyos suaves,

 

solo mi nombre diciendo!

 

¡A mí, un triste, un vil hebreo!

 

Ahora bien; mayor venganza

 

que en su vida hacer deseo;

 

que una vida poco alcanza

 

a las ofensas que veo:

 

el Rey es, que ha dejado

 

a Ester. ¡Notable ocasión!

MARSANES.

Con razón te has enojado.

AMÁN.

Es el respeto razón

 

de toda razón de Estado.

 

ASUERO entre.

 

ASUERO.

¿Ejecutóse el mandamiento mío?

AMÁN.

¿Cuándo no se ejecuta lo que mandas?

 

Mas si he de hablarte como es justo y debo,

 

o tú tienes la culpa, o la han tenido

 

muchos que te gobiernan y aconsejan.

ASUERO.

Pues, ¿qué remedio, Amán, tomarse puede

 

para que nadie contra un rey conspire

 

en tanta multitud de pensamientos?

 

Dirás que ser temido y ser apiado.

AMÁN.

No puede un rey de todos ser temido

 

ni amado, si no intenta que en sus reinos

 

no vivan los extraños de sus leyes.

ASUERO.

¿Quién tengo yo de quien temerme pueda?

AMÁN.

Los hebreos que trajo de Judea

 

Nabucodonosor, no te obedecen.

 

Lo primero, no adoran a tus dioses,

 

porque al Dios de Abraham y de sus padres

 

sacrifican en altos holocaustos

 

la blanca oveja y el dorado toro;

 

estos pervierten los demás vasallos,

 

estos hacen mil fieros latrocinios,

 

y destos nace quien desea tu muerte.

ASUERO.

¿Y los hebreos viven de esa suerte?

AMÁN.

Viven menospreciando tus decretos,

 

tus virreyes, tus cónsules y príncipes;

 

destrúyelos, señor: manda que mueran,

 

y daréte de plata diez talentos,

 

que tu tesoro y arcas enriquezcan.

ASUERO.

Escribe provisiones luego al punto

 

a todas las ciudades de mis reinos,

 

para que mueran todos en un día,

 

mi anillo es este, toma, y los talentos

 

cóbralos para ti; que no los quiero.

 

Váyase el REY.

 

AMÁN.

¡Viva mil años el divino Asuero!

 

Marsanes, esto es hecho; vengan luego

 

correos que dilaten estas nuevas

 

de la India a Etiopía.

MARSANES.

Escribe presto

 

un decreto del Rey, y fijaréle

 

en la puerta mayor deste palacio,

 

para que el miserable Mardoqueo

 

vea si es bien que humille la cabeza

 

a los virreyes del divino Asuero.

AMÁN.

Humillarála presto sin el cuerpo

 

y bañaráse en sangre de su infame

 

progenie, porque en Susa irá corriendo

 

como en las tempestades los arroyos.

MARSANES.

Así tendrán respeto los villanos.

AMÁN.

Yo quedaré vengado del desprecio,

 

que a un hombre que respetan las estrellas,

 

no le querer tener un vil, un loco,

 

parece que es tener al cielo en poco.

 

Salga SELVAGIO.

 

SELVAGIO.

Aves que por el viento

 

esparcís vuestras quejas amorosas

 

con regalado acento,

 

o ya favorecidas o celosas,

 

o en árboles tejidos,

 

principio dais a vuestros dulces nidos:

 

líquidos arroyuelos,

 

que rompiendo los vidrios cristalinos

 

de vuestros blancos velos,

 

enamoráis los valles convecinos,

 

que de vuestros amores

 

engendran plantas y producen flores;

 

tosco ganado mío,

 

que en asomando el sol por su ventana

 

a enjugar el rocío,

 

por estas zarzas la enhetrada lana

 

dejáis, saltando al prado,

 

de azules campanillas matizado.

 

Fuese por arrogante

 

aquella fiera, vuestro dueño y mío;

 

quedé como el amante

 

que a la ribera del ardiente río

 

templó la infernal ira

 

sobre los trastes de su dulce lira.

 

Naciendo en pobre aldea,

 

a ser reina se fue, ¡qué gran locura!

 

Mas ¿quién habrá que sea

 

cuerda, si su gracia y hermosura

 

la alaba el que suspira,

 

o la engaña la fuente en que se mira?

 

Partióse, y del ganado

 

olvidada, se opuso a la corona,

 

que el cetro y el arado,

 

la que ni al Rey ni al labrador perdona,

 

solo juntar solía;

 

mas quiérela imitar la ingrata mía.

 

Entre SIRENA.

 

SIRENA.

Por estos hermosos valles,

 

si es bien amor que te acuerdes,

 

donde estos álamos verdes

 

eran toldos de sus calles;

 

por las márgenes nevadas

 

desta fuentecilla fría,

 

llevar Selvagio solía

 

sus ovejuelas peinadas:

 

¡Oh, hele allí! Dulce ausente

 

de estos ojos, ¿podré darte

 

el parabién de abrazarte

 

con la risa desta fuente?

 

¿Podré colgar de tu cuello

 

esta memoria por joya?

SELVAGIO.

Podrás abrasar a Troya

 

solo encendiendo un cabello;

 

que ya tu voz regalada,

 

al alma por el oído

 

paso, venciendo en sonido

 

esta fuente delicada.

 

Mas como el convaleciente

 

que enfermó de fruta hermosa

 

aunque en la rama frondosa

 

la ve colgar dulcemente,

 

de tocalla se desvía

 

por no volver a enfermar,

 

no me atreveré a tocar

 

lo que enfermarme solía.

 

¿Cómo vuelves? ¿Cómo estás?

 

¿De dónde vienes? ¿Qué tienes?

 

¿Cómo de palacios vienes

 

y por estos prados vas?

 

¿Qué traje es este, grosero?

 

¿Las reinas andan ansí?

SIRENA.

¡Burlas Selvagio de mí,

 

sin abrazarme primero!

 

¿Así das el parabién

 

de nuestra ausencia a tu amor?

SELVAGIO.

Yo te agradezco el favor

 

y la memoria también,

 

mas a las reinas que han sido

 

no está bien tratar de amores

 

con los rústicos pastores

 

ni deslustrarse el vestido;

 

vienes ya como zarza:

 

yo, como de lana soy:

 

temo, si el pecho te doy,

 

que en tus espinas se esparza:

 

vuelve, Sirena, a reinar:

 

deja el prado y el aldea.

SIRENA.

¡Bien tratas quien te desea,

 

porque te viene a buscar!

SELVAGIO.

¿Tú a mí, después que del Rey

 

habrás sido despreciada,

 

porque Ester sola es amada

 

por matrimonio y por ley?

 

¿Tú a mí, de quien al partirte,

 

una palabra amorosa

 

no te escuché, ni ya es cosa

 

puesta en razón el servirte,

 

porque el estilo de corte

 

que traes en los oídos,

 

en nuestros rústicos nidos

 

no hallará pluma que corte

 

Vuélvete a reinar, Sirena:

 

deja nuestra soledad

 

que viva sin voluntad,

 

que es como vivir sin pena;

 

que te aseguro de mí

 

que en extremo te quería

 

en tanto que no te vía,

 

y no después que te vi,

SIRENA.

Antes el ver lo que he sido

 

te pone en obligación

 

de que dobles la afición

 

que dices que me has tenido;

 

que traigo más calidad

 

de la que de aquí llevé.

SELVAGIO.

Esa calidad, yo

 

que ofende la voluntad;

 

acuérdate que te dije

 

lo de los nidos de antaño.

SIRENA.

¡Oh, cuánto igual desengaño

 

nuestra condición aflige!

 

Mira, Selvagio, que tengo

 

con qué poder regalarte.

SELVAGIO.

Empléalo en otra parte.

SIRENA.

Mira que a buscarte vengo.

SELVAGIO.

Sirena no cantes más,

 

porque tengo condición

 

que no ha de haber posesión

 

en mi esperanza jamás;

 

dueño tuviste, y es sueño

 

pensar que me has de agradar;

 

que basta para olvidar

 

imaginar otro dueño.

 

Vase.

 

SIRENA.

Bien merezco este desdén,

 

pues que con vana locura,

 

si lo violento no dura

 

quise hacer violencia al bien;

 

yo tengo castigo igual:

 

mi soberbia le merece,

 

porque nada permanece

 

fuera de su natural.

 

Por el buitre que volaba,

 

mi pajarillo dejé,

 

pero yo le ablandaré

 

la condición fiera y brava;

 

no me da mucha fatiga

 

por más que volar presuma;

 

que los hombres son de pluma,

 

y las mujeres de liga.

 

Váyase, y entren ESTER, y SELA, y EGEO.

 

ESTER.

¿Eso ha hecho Mardoqueo?

EGEO.

Desta manera le vi.

ESTER.

¿Con saco?

EGEO.

Señora, sí.

ESTER.

Saber la causa deseo.

EGEO.

No más de que ha rasgado

 

con gran dolor sus vestidos,

 

y por todos sus sentidos

 

el vivo dolor mostrado.

 

La cabeza se ha cubierto

 

de ceniza.

ESTER.

¡Extraña cosa!

SELVAGIO.

Sin duda es dificultosa

 

de remedio.

ESTER.

Y es muy cierto;

 

porque tal demostración

 

no la hiciera sin gran causa.

EGEO.

Pon a las sospechas pausa;

 

que yo sabré la razón.

ESTER.

Con saco ninguno puede

 

por ley en palacio entrar:

 

ropa le quiero enviar

 

para que adornado quede;

 

toma la más rica, Egeo,

 

que puedas hallar.

EGEO.

Ya voy.

ESTER.

¡Ay, Sela! ¡Confusa estoy!

SELA.

¿Qué te importa Mardoqueo?

ESTER.

Téngole alguna afición

 

desde aquel dichoso día

 

que al Rey, que es vida en la mía,

 

descubrió aquella traición.

 

Vamos, que en aquellas rejas

 

le veré, si acaso está

 

en la puerta, o me podrá

 

decir el viento sus quejas.

 

¡Toda estoy muerta! ¿Qué haré?

SELA.

¿Qué te va en este hombre a ti?

ESTER.

Pues que yo lo siento así,

 

¡triste de mí, yo lo !

SELA.

El Rey te adora: imagina

 

que cuanto quieras podrás.

ESTER.

A otro Rey que importa más,

 

mi alma su llanto inclina.

 

Que si no es que amando yerro

 

en esta imaginación,

 

saco y ceniza no son

 

menos que muerte y destierro.

 

Vase.

MARDOQUEO entre con un saco, y EGEO con una ropa.

 

MARDOQUEO.

No tienes que persuadirme.

 

vuélvele, amigo, la ropa;

 

que esta desdicha no topa

 

en adornarme y vestirme.

EGEO.

La causa es justo decirme

 

de tanta melancolía,

 

para que a la Reina mía

 

se la cuente por los dos.

MARDOQUEO.

¡Ay de ti, pueblo de Dios,

 

si no lloras noche y día!

EGEO.

¿Qué le tengo de decir?

MARDOQUEO.

¡Déjame, amigo, llorar!

EGEO.

Bien la pudieras hablar

 

si te quisieras vestir.

MARDOQUEO.

Estoy cerca de morir.

 

¡Déjame!

EGEO.

¡Extraña porfía!

 

Voyme.

MARDOQUEO

  ¡Ay, justa pena mía!

EGEO.

Bien fuera hablaros los dos.

 

Váyase EGEO.

 

MARDOQUEO.

¡Ay de ti, pueblo de Dios,

 

si no lloras noche y día!

 

¡Oh, mísero pueblo hebreo!

 

Hoy vuestros ojos verán

 

triunfar el soberbio Amán

 

del humilde Mardoqueo.

 

Lejos el remedio veo.

 

si no es que el cielo le envía

 

para vuestra dicha y mía,

 

Ester divina, por vos.

 

¡Ay de ti, pueblo de Dios,

 

si no lloras noche y día!

 

¿A quién volveré la cara?

 

¡Señor, si estáis ofendido.

 

por nuestras culpas ha sido.

 

que otra cosa no bastara!

 

Dejad un poco la vara

 

que rayos al mundo envía:

 

pero si la profecía

 

no mueve piedad en vos.

 

¡ay de ti pueblo de Dios,

 

si no lloras noche y día!

EGEO.

La Reina, con gran dolor,

 

te envía a decir por mí

 

que por qué lloras así

 

y no admites su favor.

 

Mira que es mucho rigor

 

negarle cosa tan justa.

MARDOQUEO.

Pues saber la Reina gusta

 

la causa, en este papel

 

la puede ver, y por él

 

sabrá si es justa o injusta.

 

A la puerta se ha fijado

 

de palacio aqueste edito;

 

no porque della le quito,

 

sus letras solas traslado.

 

El rey Asuero ha mandado,

 

por consejos deste Amán.

 

que los hebreos que están

 

en su tierra, que en decillo

 

tiemblo, pasen a cuchillo:

 

ya el día esperando están.

 

¿No escuchas el llanto triste

 

de hombres, niños y mujeres?

 

Pues si esto escuchas. ¿qué quieres?

 

¿Por qué la Reina me viste?

 

Diré que si no resiste

 

a Amán y al Rey, y le ruega,

 

su espada de un golpe siega

 

todos los cuellos que ves;

 

dile que se eche a sus pies,

 

pues ningún favor le niega.

EGEO.

Es ley que no pueda entrar

 

ni aun la Reina a hablar al Rey,

 

pena de la vida, y ley

 

que primero ha de llamar;

 

pero si entra, y da a besar

 

el Rey el cetro, es que quiere

 

que viva; mas nadie espere

 

hallar tanta gracia en él.

MARDOQUEO.

Llévale, amigo, el papel;

 

que ella hará lo que pudiere.

EGEO.

Voy, aunque que ha de ser

 

imposible que le hable.

 

Váyase EGEO.

 

MARDOQUEO.

A tu sangre miserable

 

da remedio, hermosa Ester;

 

que aunque es verdad que mujer

 

fue causa de muchos males,

 

yo que en mujeres tales

 

puso Dios nuestro remedio,

 

y que las toma por medio

 

para el bien de los mortales.

 

Si a la que es mala condeno,

 

la buena me satisface;

 

que de víboras se hace

 

triaca para el veneno.

 

Vaso de virtudes lleno

 

fue Sara, Rebeca y Lía,

 

Raquel, Thamar y María,

 

hermana del gran Moisés,

 

la que cantaba después

 

que Israel del mar salía;

 

Rahab, Débora y Jahel,

 

ilustres mujeres son,

 

y la madre de Sansón,

 

con Ana la de Samuel,

 

Rut y Abigail fiel,

 

Abela y la de Tobías,

 

Judich, que casi en mis días

 

quitó la vida a Holofernes

 

porque a su ejemplo gobiernes,

 

Ester, las desdichas mías.

EGEO.

Grande sentimiento ha hecho

 

la Reina con el papel,

 

y a la muerte más cruel

 

por tu bien ofrece el pecho;

 

que al Rey hablará, sospecho,

 

pero dice que ayunéis;

 

que ella hará lo mismo allá.

MARDOQUEO.

Los pies, amigo, me da.

EGEO.

Gran enemigo os aflige:

 

todo a la Reina lo dije:

 

triste por extremo está.

 

Ten, Mardoqueo, esperanza

 

en lo que la quiere el Rey,

 

aunque más rompa la ley.

MARDOQUEO.

Eso me da confianza.

EGEO.

Mucho una lágrima alcanza

 

que se cae de unos ojos

 

hermosos, en los despojos

 

de un rendido corazón.

MARDOQUEO.

Su gracia y su discreción

 

sabrán templar sus enojos.

EGEO.

Vete y recibe consuelo.

MARDOQUEO.

Avisar quiero que todos

 

lloren, y de varios modos

 

suba nuestro llanto al cielo.

EGEO.

Que el Rey se acerca recelo.

MARDOQUEO.

Voyme, que si Ester porfía,

 

vencerá, mas si la envía

 

sin consuelo de los dos

 

¡ay de ti, pueblo de Dios,

 

aunque llores noche y día!

 

El REY y AMÁN.

 

ASUERO.

Deseo favorecerte.

 

¿Quieres otra cosa, Amán?

AMÁN.

Adorarte, obedecerte.

ASUERO.

¿Cuándo a los hebreos dan

 

justa y merecida muerte?

AMÁN.

Presto, señor, llega el día.

ASUERO.

¿Hay, Egeo, alguna cosa?

EGEO.

El llanto que al cielo envía

 

esta gente lastimosa.

AMÁN.

¡Oh, justa venganza mía!

ASUERO.

¿Mataron a Bagatán

 

y a Tares?

EGEO.

Muertos están

 

por su delito, y sembradas

 

sus casas de sal.

ASUERO.

 ¡Qué honradas

 

hazañas! Siéntate, Amán.

AMÁN.

Beso tus pies, aunque indino

 

de estar de tu trono al lado.

ASUERO.

Mucho a quererte me inclino.

EGEO.

La Reina a verte ha llegado.

AMÁN.

Sin licencia es desatino.

 

ESTER con un rico vestido y corona en la cabeza y criadas.

 

ESTER.

A tus pies, Rey soberano,

 

se humilla esta sierva tuya.

 

Alargue el cetro y bésele ESTER.

 

EGEO.

Alargó el cetro y la mano,

 

señal de la gracia suya;

 

miróla con rostro humano.

ASUERO.

Por mis dioses, bella Ester,

 

que solo cuando te veo

 

conozco mi gran poder,

 

porque excedes al deseo

 

que no hay más que encarecer;

 

gracia has hallado en mis ojos,

 

Ester, con los tuyos bellos,

 

que me quitan mil enojos.

ESTER.

Si hallé, señor, gracia en ellos,

 

es porque son tus despojos.

ASUERO.

¿Qué quieres? ¿A qué has venido?

 

¿Quieres algo? Pide, Ester:

 

pide a un Rey que no ha tenido

 

desde que te vio, querer

 

más que de haberte querido;

 

no temas, que tardas más

 

en pedir que en concederte.

ESTER.

Pues que licencia me das

 

y tu grandeza me advierte

 

que tan de mi parte estás,

 

hazme una merced, señor:

 

que hoy comas conmigo.

ASUERO.

 Harélo,

 

y lo tendré por favor.

ESTER.

Mil años te guarde el cielo.

AMÁN.

¡Notable muestra de amor!

ESTER.

Otra merced me has de hacer.

ASUERO.

Pide, bellísima Ester;

 

tus dudas pena me dan.

ESTER.

Que hoy tu presidente Amán

 

con los dos ha de comer.

ASUERO.

Como sabes que le quiero,

 

favorécesle por mí:

 

vamos que el convite espero.

ESTER.

¿Irá, Amán?

ASUERO.

  Señora, sí.

ESTER.

¡Viva el poderoso Asuero!

 

Váyanse REY y REINA y EGEO.

 

AMÁN.

¿Hay más honra, hay más favor?

 

Con la Reina he de comer

 

y con el Rey mi señor!

 

¿Qué puedo más pretender?

 

Los dos me tienen amor:

 

a contarlo quiero ir

 

a Zares, mi bella esposa,

 

y mis galas prevenir,

 

que el contento es justa cosa

 

con el amor dividir.

 

MARDOQUEO entre.

 

 

¿Quién es este mal vestido?

 

¡Vive Dios, que es el hebreo,

 

que la sentencia ha sabido!

 

Gracias al cielo que veo

 

este villano rendido;

 

sin duda me viene a hablar,

 

pues ya no importa llorar.

 

Pasa MARDOQUEO por delante de él.

 

 

¡Oigan, el necio arrogante

 

cómo pasa por delante!

 

¡Aún no se quiere humillar!

 

Tendré en esto sufrimiento:

 

estoy por sacar la espada.

 

Vuelve a pasar.

 

 

¡Oigan, con qué atrevimiento

 

vuelve a pasar! ¡Mano airada,

 

¿qué aguardas? Pero ¿qué intento?

 

¿Yo he de ensangrentar la mano

 

en un miserable hebreo?

 

Vuelve a pasar.

 

 

¿Otra vez pasa el villano?

 

Que es loco sin duda creo,

 

y ser temerario es llano;

 

vese cerca de morir

 

y al jüez no reverencia,

 

ni aun en él quiere advertir;

 

pasearse en mi presencia,

 

¿cómo se puede sufrir?

 

Ya se va sin hacer caso

 

más de mí que destas puertas,

 

mano sobre mano y paso

 

sobre paso: muestras ciertas

 

de loco: mas yo me abraso.

 

¿Hay tal cosa que una hormiga,

 

que una mosca miserable,

 

me desprecie y contradiga,

 

que me vea y no me hable?

 

Yo sentencio v él castiga.

 

Parece que yo he de ser

 

el muerto, y él el que hoy

 

ha de comer con Ester.

 

Con el Rey a comer voy:

 

sin gusto voy a comer.

 

Culpa del daño que veo

 

tiene esta guarda bisoña.

 

Comer con el Rey deseo;

 

todo lo vuelve ponzoña

 

la araña de Mardoqueo.

 

Zares, mi mujer, es esta:

 

Marsanes, mi grande amigo,

 

debe de saber la fiesta;

 

pero si hay fiesta en castigo,

 

tengo para mí que, es esta.

 

ZARES y MARSANES; ZARES es mujer de AMÁN.

 

 

¿Sabéis ya cómo al convite

 

que Ester, nuestra Reina hermosa,

 

previene al Rey, me ha llamado?

ZARES.

Egeo lo dijo ahora,

 

y Marsanes me traía

 

nueva, esposo, tan dichosa.

MARSANES.

Tu persona lo merece.

 

pues es segunda persona

 

del Rey en todo el Oriente.

AMÁN.

El favor pienso que sobra

 

al oficio, mas también.

 

si mi amor no me apasiona,

 

aunque es grande esta merced,

 

es a mis méritos corta.

ZARES.

Bien es que pienses de ti

 

y tu sangre generosa

 

eso que dices, mas mira,

 

Amán, que tu dicha sola

 

llegar a tan gran fortuna,

 

pues hoy quieren que le pongas

 

un clavo de oro a su rueda

 

cuando con los Reyes comas.

MARSANES.

Ingratitud me parece

 

que estés triste, pues hoy cobras

 

famoso nombre en la Persia,

 

y del ocaso a la aurora:

 

¿ya qué te puede faltar,

 

sino poner la corona

 

del rey Asuero en tu frente?

ZARES.

Si te ha parecido poca

 

esta merced, ¿a qué aspiras?

AMÁN.

No tengo, querida esposa,

 

y tú, mi amigo Marsanes,

 

esta por pequeña gloria;

 

pero ¿veis en el estado

 

que la fortuna coloca

 

mi dicha? ¿veis los favores

 

que las manos generosas

 

de Rey y Reina me hacen?

 

Pues todo me da congoja

 

respecto de ver un hombre

 

que me sigue como sombra,

 

pues en ver que me desprecia,

 

cuanto bien tengo me enoja.

MARSANES.

¿Es acaso Mardoqueo?

AMÁN.

Tal esa fiera se nombra;

 

pues cuando los capitanes

 

y los príncipes se postran

 

a mis pies, él no me mira,

 

antes por empresa toma

 

pasearse en mi presencia;

 

y cuando mil almas lloran

 

de la sentencia que he dado,

 

no solo el Perdón negocia,

 

pero hace el caso de mí

 

que el viento de secas hojas.

 

¿No habéis visto un perro humilde,

 

que con lengua ladradora,

 

alrededor de un mastín

 

pretende que huya y corra,

 

y que el mastín se está quedo,

 

y apenas abre la boca,

 

como que ni ve ni siente

 

que la cabeza le rompa?

 

Pues pensad que Mardoqueo

 

es este mastín. ¿Qué importa

 

que yo le ladre y sentencie,

 

que ni las rodillas dobla,

 

ni aun humilla la cabeza?

MARSANES.

Esa culpa tuya es toda.

 

Quiérote dar un consejo

 

para que mejor dispongas

 

tu gusto al Real convite.

AMÁN.

¡Cómo!

MARSANES.

Haz que dentro de una hora,

 

de cuarenta pies en alto,

 

labre tu guarda una horca

 

tan enfrente de palacio,

 

que la Reina tu señora

 

y el Rey, estando comiendo,

 

la puedan ver, y que pongan

 

les ruega en ella al hebreo.

 

para que muera sin honra,

 

y comas con gusto tú.

ZARES.

Si a los Reyes, que te adoran.

 

les pides esa merced

 

tan humilde y vergonzosa,

 

¿cómo la podrán negar?

AMÁN.

Bien decís; mucho me exhorta

 

vuestro discreto consejo,

 

allí veré si me topa

 

y no humilla la cabeza;

 

que no es justo que interrompa

 

un villano mal nacido,

 

adonde con blancas ondas

 

riega el Jordán a Samaria,

 

las dichas de quien ahora,

 

para ser rey del Oriente

 

lleva la fortuna en popa.

 

Voy a que pongan las vigas,

 

porque villanos conozcan

 

qué respeto se les debe

 

a las doradas coronas;

 

que no hay oro, seda y telas,

 

granas tirias, persas joyas,

 

gobiernos, reinos, imperios,

 

mesas, deleites, aromas,

 

que causen tanta gloria

 

como vengar agravios de la honra.








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