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Lope de Vega
La hermosa Ester

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  • Acto tercero
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Acto tercero

Hablan en el acto tercero

 

 

ASUERO

Rey.

AMÁN.

EGEO

Vicente.

MARDOQUEO

Toledo.

MARSANES

Antonia.

ZARES

La S.ª Ju.ª

ADAMATA.

TARSES.

ESTER.

DOS MÚSICOS.

REY ASUERO y gente.



ASUERO.

Toda la noche he pasado

 

sin dormir.

EGEO.

 ¡Extraña cosa!

 

¿Ha sido por calurosa,

 

o en razón de algún cuidado?

ASUERO.

Cuidado y desvelo ha sido

 

de materias diferentes,

 

que a la memoria presentes

 

no permitieron olvido.

EGEO.

Por eso al fin de sus leyes

 

un filósofo decía,

 

gran señor, que no sabía

 

cómo dormían los reyes;

 

es la imagen un pastor,

 

que de noche desvelado,

 

tiene más vivo el cuidado

 

y más despierto el favor.

ASUERO.

Dadme el libro y las historias

 

de los servicios anales.

EGEO.

Cuando a tus manos Rëales

 

lleguen, señor, sus memorias,

 

verás las obligaciones

 

en que te pone el gobierno.

ASUERO.

¡Oh cetro! ¡Oh cuidado eterno!

 

¡Oh bien con tantas pensiones!

 

Aunque en todos los estados

 

se paga censo al favor,

 

nadie le paga mayor

 

que quien le paga en cuidados;

 

y así es mayor nuestra pena,

 

y por justísima ley;

 

porque los que tiene un rey

 

exceden del mar la arena.

 

Saca el libro EGEO.

 

EGEO.

Aquí está el libro.

ASUERO.

Leed,

 

no solamente por gusto,

 

mas porque saber es justo

 

a quién se ha de hacer merced.

EGEO.

¿Por dónde mandas abrir?

ASUERO.

Por los últimos; es bien

 

para que premio les den

 

y se animen a servir.

 

Lea.

 

EGEO.

Memorial de los servicios

 

del mes Tebeth, en el año

 

séptimo del reino tuyo,

 

que dure por siglos largos:

 

Apelino, capitán,

 

venció los rebeldes Partos,

 

que se subieron al monte

 

con tantos robos y daños.

ASUERO.

¿Qué le dieron a Apelino?

EGEO.

Uno de los principados

 

de Persia.

ASUERO.

Adelante.

EGEO.

Celso

 

te presentó diez caballos,

 

los frenos de oro y de lobo

 

marino, y todos bordados

 

de rubíes y de perlas,

 

los paramentos persianos.

ASUERO.

¿Qué le dieron?

EGEO.

 Un oficio

 

que pedía, porque hallaron

 

que era muy digno.

ASUERO.

Adelante.

EGEO.

Mas el médico Alejandro

 

te hizo sangrar a tiempo;

 

que, a opinión de muchos sabios,

 

tu salud, que guarde el cielo,

 

previno e graves daños.

ASUERO.

¿No le di un anillo de oro

 

con un diamante, y seis vasos

 

de mil piedras guarnecidos,

 

y dos ropas de brocado?

EGEO.

Sí, señor.

ASUERO.

Pues adelante.

EGEO.

¿Cómo te acuerdas?

ASUERO.

Reparo,

 

cuando doy poco, en que quedo

 

a quien lo doy obligado;

 

presto le haremos merced.

EGEO.

Mas te dio Lidio Teofrasto

 

un arbitrio para hacer,

 

sin daño de tus vasallos,

 

crecer las rentas de Persia.

ASUERO.

¿Qué le dieron?

EGEO.

 No le han dado

 

hasta que surta el efecto

 

lo que él anda procurando.

ASUERO.

Pues di más.

EGEO.

Tirio, ingeniero,

 

hizo aquellos cuatro baños

 

para la salud.

ASUERO.

¿Pagóse?

EGEO.

Él dice que está pagado

 

con el provecho que dan.

ASUERO.

¿Pues de qué?

EGEO.

 De administrarlos.

ASUERO.

¿Qué más?

EGEO.

Presilo te trajo

 

un monstruo nacido en Tarso,

 

de dos niños en un cuerpo,

 

cuatro pies y cuatro manos.

ASUERO.

¿Qué le dieron?

EGEO.

Otro monstruo

 

que te habían presentado

 

mandaste darle.

ASUERO.

 Y fue bien;

 

que monstruos con monstruos pago.

EGEO.

Albano te trajo un hombre,

 

tirador tan extremado,

 

que con una cerbatana

 

dos mil agujas tirando

 

a un garbanzo, las clavaba

 

todas en el que era el blanco.

ASUERO.

¿Qué mandé dar a ese hombre

 

por un ingenio tan raro?

EGEO.

Ochenta gruesas de agujas

 

y una hanega de garbanzos.

ASUERO

Su inútil habilidad

 

pagué, con dar que, tuviese

 

qué tirar por muchos años.

EGEO.

Tesenio, ilustre poeta.

 

te dio un libro intitulado

 

hazañas de tus mayores.

ASUERO.

¿Qué le di después de honrarlo?

EGEO.

Oficio de senador,

 

y los cuatro mil ducados

 

que tus coronistas gozan.

ASUERO.

¿Hay más?

EGEO.

Rufino Tebano,

 

mal pintor, te presentó

 

de tu rostro un mal retrato.

ASUERO.

¿Qué le mandé dar?

EGEO.

Hiciste

 

a otro pintor tan malo

 

que le retratase a él.

ASUERO.

Pagué agravio con agravio.

EGEO.

Este día Mardoqueo

 

descubrió, secreto y cauto,

 

la conjuración de Tares

 

y Bagatán.

ASUERO.

¿Qué le han dado?

EGEO.

Ninguna cosa, señor.

ASUERO.

¿Ninguna?

EGEO.

Yo no la hallo

 

en el libro, ni la .

ASUERO.

Pues ¿cómo a un hombre, y extraño,

 

que me libró de la muerte

 

y dio vida, he sido ingrato?

 

¿No ha pedido alguna cosa?

EGEO.

No, señor.

ASUERO.

¡Extraño caso!

 

¿Quién está afuera?

ADAMATA.

Está Amán.

ASUERO.

¿Amán?

ADAMATA.

Sí, señor.

ASUERO.

 Llamaldo.

ASUERO.

A su Dios, a su patria, a sus parientes

 

ofende el que es ingrato al beneficio:

 

de muchos vicios es bastante indicio

 

aunque en maldad parezcan diferentes;

 

es deshonra tomar entre las gentes,

 

y nunca dar, que es del ingrato oficio,

 

y solo con decir aqueste vicio,

 

responden los demás como presentes;

 

es de la yedra un natural retrato.

 

que al árbol que la tiene la desmedra

 

y sale deshojado de su trato,

 

y aunque engaña, amoroso como yedra,

 

jamás perdona agravio; que el ingrato,

 

el bien escribe en agua, el mal en piedra.

 

AMÁN entre.

 

AMÁN.

¿Qué manda tu majestad?

ASUERO.

¡Oh, Amán!

AMÁN.

Mi ventura ha sido

 

llamarme el Rey, si he tenido

 

segura su voluntad;

 

porque ya en la plaza queda

 

hecha de cuarenta codos,

 

para que la vean todos

 

y que los muros exceda,

 

la horca en que hoy ha de estar

 

el infame Mardoqueo:

 

pedir licencia deseo;

 

mas ya el Rey me quiere hablar.

ASUERO.

Amán, si un Rey desease

 

honrar un noble varón,

 

para dar satisfacción

 

del gusto con que le amase,

 

¿qué es lo que haría por él?

AMÁN.

Sin duda soy el que quiere

 

honrar el Rey, porque muere

 

por hacerme igual con él;

 

que ninguno si no yo

 

merece lo que él intenta,

 

¿qué dudas, alma contenta?

 

Mira cómo ayer te honró

 

en que hoy vengas a comer

 

con la reina y a su lado.

ASUERO.

¿Haslo pensado?

AMÁN.

He pensado

 

que si el Rey le quiere hacer

 

honra, le mande vestir

 

sus vestiduras reales,

 

piedras y joyas iguales,

 

y que le mande salir

 

con su cetro y su corona

 

a pasear la ciudad,

 

y por más autoridad,

 

acompañe su persona

 

un príncipe que el caballo

 

lleve de riendas, y que sea

 

del Rey también, porque vea

 

que iguala al Rey el vasallo;

 

este príncipe que digo,

 

dará en la plaza un pregón

 

en la mayor atención

 

del pueblo, al acto testigo,

 

diciendo: «con tal trofeo,

 

honra el Rey quien quiere honrar».

ASUERO.

Bien dices; parte a buscar

 

al hebreo Mardoqueo,

 

que del palacio a la puerta

 

hallarás pobre y echado,

 

y todo lo que has hablado

 

con la ejecución concierta;

 

vístele un vestido mío,

 

y con mi cetro y corona

 

acompaña su persona,

 

templando al caballo el brío

 

con llevarle de la rienda.

 

y da en la plaza el pregón

 

que dices, porque es razón

 

que así la ciudad lo entienda,

 

y guárdate que no dejes

 

de hacer cuanto aquí dijiste.

AMÁN.

Yo voy.

EGEO.

  ¡Qué envidioso y triste!

 

Vase AMÁN.

 

ASUERO.

Si faltares, no te quejes.

 

¿No viene, amigos, Ester,

 

sabiendo que la llamaba?

EGEO.

Ya la ocasión aguardaba

 

en que te pudiese ver,

 

mas díceme que hoy es justo

 

que su convite se haga,

 

para que en él satisfaga

 

humildemente a tu gusto,

 

que pues no se hizo ayer,

 

no es razón que pase de hoy.

ASUERO.

A darle contento voy,

 

hoy comeré con Ester;

 

que sabe su mismo Dios

 

cuál gracia en mis ojos tiene.

EGEO.

Tal Reina a tal Rey conviene.

 

¡Mil años viváis los dos!

 

Vanse y salen dos personas.

 

UNO.

De tan noble suceso

 

no se ha sabido la causa,

DOS.

Solo que las reales

 

ropas, y corona baja

 

Amán, y que a Mardoqueo,

 

aquel hebreo que estaba

 

a las puertas de Palacio,

 

a tal grandeza levanta,

 

que se las viste, y le ciñe

 

la real corona, y sacan

 

un caballo del rey mismo,

 

que a los del sol aventaja,

 

para que en él Mardoqueo

 

con los soldados de guarda,

 

y llevando Amán del freno

 

a pie, con grandeza tanta

 

le lleven y le paseen

 

por cuantas calles y plazas

 

tiene la corte de Persia.

UNO.

Tan gran novedad me espanta,

 

secretos son que los reyes

 

no comunican ni mandan

 

poner en ejecución.

DOS.

Que ya del real alcázar

 

sale este triunfo y lo dicen

 

las trompetas y las cajas.

 

Música de chirimías, y por un palenque entre grande acompañamiento, y detrás MARDOQUEO con cetro y corona en un caballo, y su palio; traerá al pie de la rienda AMÁN, y en parando en el teatro, dirá.

 

AMÁN.

¿Qué iguala a mi desventura?

 

¿Quién se vio como me veo

 

a los pies de Mardoqueo,

 

y él subido a tanta altura?

 

Que tal su bajeza es

 

y tan vil es su linaje,

 

que no hay lugar donde baje

 

después de estar a sus pies.

 

¡Oh soberbia a qué has traído,

 

mis altivos pensamientos

 

de cuyos atrevimientos

 

estaba el cielo ofendido!

 

¡Cuán mejor puedo decir,

 

soberbia, en este lugar,

 

que es comenzar a bajar

 

no tener más que subir!

 

¿En que tendré confianza,

 

o quien no se pierde en ella,

 

pues un caballo atropella

 

lo mejor de mi esperanza?

 

Como un peso habemos sido

 

este y yo, mas tan pesado

 

de mi parte, que he bajado

 

tanto como él ha subido.

 

En una horca pensé

 

subirle: mi afrenta callo,

 

pues subido en un caballo,

 

pone en mi cabeza el pie.

 

¡Cielos! ¿Quién hay que os entienda?

 

Él parece que me ahoga,

 

pues a quien buscaba soga

 

le voy llevando de rienda.

 

Y aun no en qué ha de parar

 

mi desventura importuna,

 

que no para la fortuna

 

cuando comienza a bajar.

 

Mas ¿qué temo si me veo

 

en la mayor humildad?

 

Que no hay más profundidad

 

que a los pies de Mardoqueo.

MARDOQUEO.

Mil gracias os doy, señor,

 

que esta vuestra humilde hechura

 

levantáis a tanta altura

 

y a tantos grados de honor.

 

Bien que no lo merezca:

 

indigno soy deste bien

 

y desta merced, por quien

 

de nuevo el alma os ofrezco.

 

Vos sois Dios, dais como Dios.

 

que cuando honráis es de modo

 

que conoce el mundo todo

 

la grandeza que hay en vos.

 

Bien puedo ahora cantar

 

fuera de este Egipto fiero,

 

que el caballo y caballero

 

habéis rendido en el mar.

 

Amán, otro Faraón

 

que vuestro pueblo quería

 

matar, porque no le hacía

 

tan injusta adoración,

 

de su caballo cayó

 

en el mar de su arrogancia,

 

donde la misma distancia

 

vuestro poder me subió.

 

Que es blasón que usáis desde antes

 

que ellos fuesen nuestros dueños,

 

levantar a los pequeños

 

y humillar los arrogantes.

 

¿Qué importa que contra vos

 

la soberbia venga armada,

 

pues luego sale la espada

 

que dice: «quién como Dios»?

AMÁN.

Comenzar quiero el pregón

 

de mi afrenta, y no exceder

 

su gusto, por no caer

 

en mayor indignación.

 

Ciudadanos, dad lugar

 

a este pobre caballero;

 

que así honra el rey Asuero

 

a los que pretende honrar.

 

La música, y vuélvanse por su palenque, y salgan ZARES, su mujer de AMÁN, y MARSANES.

 

ZARES.

Con mil imaginaciones

 

anda mi esposo estos días.

MARSANES.

Nacen sus melancolías

 

de pequeñas ocasiones;

 

pero como a la gran nave

 

que va corriendo la mar

 

se suele un pez arrimar

 

y detiene el curso grave,

 

así aqueste vil hebreo

 

detiene el curso de Amán,

 

cuando sus grandezas van

 

por el mar de su deseo.

ZARES.

Así dicen que el león

 

se suele espantar del gallo.

MARSANES.

¡Que un hombre que aun no es vasallo

 

le cause tanta pasión!

 

¡Un esclavo, un vil cautivo,

 

mísero pez del Jordán

 

a la alta nave de Amán

 

se quiere oponer altivo!

 

Mas hoy acaba con él,

 

y en la horca fabricada,

 

lo que es indigno a su espada,

 

hará un infame cordel;

 

en quitándole la vida,

 

cesará tan triste enojo.

ZARES.

Infamará su despojo

 

espada tan bien nacida;

 

y así, es justo que un verdugo

 

acabe con su arrogancia;

 

y sin admitir distancia,

 

de la esclavitud el yugo

 

del mísero pueblo hebreo

 

corte quitando las vidas.

MARSANES.

Por tu vida, que le pidas

 

que no entierre a Mardoqueo.

 

¡Cómanle perros!

ZARES.

 Sí harán;

 

que aun no ha de quedar ceniza

 

de hombre que desautoriza

 

los pensamientos de Amán.

 

AMÁN entre.

 

AMÁN.

Acabó ya la fortuna

 

de mostrarme su inconstancia,

 

que una misma consonancia

 

hace con la varia luna.

 

En llegando a desear,

 

la llena se ha de temer;

 

que el estado del crecer

 

es principio del menguar.

 

¡Grandes afrentas me ha hecho

 

Asuero!

ZARES.

Esposo querido,

 

¿qué rostro es ese?

AMÁN.

El que ha sido

 

más viva imagen del pecho;

 

que si el alma se retrata

 

en el rostro, en él verás

 

cómo se parece más

 

lo que piensa y lo que trata.

 

Ya no tengo que temer;

 

que solo este bien me queda,

 

porque no hay qué me suceda,

 

si no es el dejar de ser.

ZARES.

¿No te ha hecho Mardoqueo

 

reverencia?

MARSANES.

Si tú aguardas

 

a ese infame, y te acobardas

 

de ejecutar tu deseo.

 

¿qué mucho que no te estime?

 

Ahórcale. ¿Qué pretendes?

AMÁN.

¡Oh. qué mal, Zares, entiendes

 

la desdicha que me oprime!

 

Y tú, querido Marsanes,

 

ya cesaron mis trofeos:

 

ya ensalza el Rey Mardoqueos:

 

ya desprecia el Rey Amanes.

 

¿Es posible que al oído

 

las voces no os han llegado

 

de lo que agora ha pasado?

MARSANES.

¡Cómo!;¿Qué te, ha sucedido?

AMÁN.

¿Pues no veis la alteración

 

del pueblo?

ZARES.

Habrále pesado

 

ver al hebreo ahorcado.

 

que tan inconstantes son.

AMÁN.

No es eso, ¡triste de mí!

 

Sino que el Rey me mandó

 

vestirle sus ropas yo,

 

y sus ropas le vestí.

 

Su cetro y corona de oro

 

le puse, y como vasallo,

 

de rienda llevé el caballo

 

para su mayor decoro.

 

En la plaza di un pregón

 

y en las más públicas calles.

ZARES.

¡Por Dios, esposo, que calles!

AMÁN.

¡Qué calle! Públicas son.

 

Yo dije por ensalzar

 

al que mataba primero:

 

así honra el rey Asuero

 

a los que pretende honrar.

ZARES.

¿Pues cómo, o por qué?

AMÁN.

No

 

más de que el Rey lo ha mandado,

 

aunque yo he sido el culpado

 

porque ayer no le maté;

 

preguntóme de qué modo

 

el Rey a un hombre honraría;

 

yo pensé que lo decía

 

por darme su imperio todo

 

y di la misma sentencia

 

que se ha ejecutado en mí.

ZARES.

Si el hebreo reina aquí

 

y, tiene la preeminencia

 

que tú de Persia tenías

 

como segunda persona

 

del Rey, y cetro y corona,

 

¿qué aguardas., en qué confías?

 

No escaparás de sus manos.

MARSANES.

No he visto desdicha igual.

AMÁN.

Temiendo estoy mayor mal

 

por los dioses soberanos.

 

Un criado.

 

ADAMATA.

¿Está aquí Amán?

AMÁN.

Aquí estoy.

ADAMATA.

El Rey te espera a comer,

 

porque ya la bella Ester

 

le está esperando.

AMÁN.

Ya voy.

ADAMATA.

No hay ya voy, sino venir.

AMÁN.

Tengo que hacer.

ADAMATA.

Yo no puedo

 

irme sin ti.

ZARES.

¿Tienes miedo?

MARSANES.

¿Vas a comer, o a morir?

AMÁN.

No ; mas si el corazón

 

avisa al hombre primero,

 

mi muerte comer espero:

 

tales mis desdichas son.

MARSANES.

Triste va.

ZARES.

Teme la suerte,

 

y su desdicha adivina,

 

porque si una vez declina,

 

nunca para hasta la muerte.

 

Vase.

Criados que saquen una mesa, y los músicos, y EGEO y TARES.

 

EGEO.

Yo pienso que ha de ser notable día

 

para el gusto del Rey.

TARES.

Será notable,

 

porque adora en Ester.

EGEO.

Música envía.

 

¡Qué convite será tan agradable!

TARES.

Para quien ama es dulce melodía

 

dar gusto a lo que quiere.

EGEO.

  Es tan amable

 

la Reina, que ella sola sus sentidos

 

regala, y tiene de su amor vencidos.

MÚSICO.

Apercibe, Nicandro, el instrumento.

 

que ya tienen la mesa apercibida.

SEGUNDO.

Quien come, pocas veces está atento,

 

o no le entra en provecho la comida;

 

por eso los poetas, que del viento

 

tienen la suspensión del alma asida,

 

no saben lo que comen y enflaquecen,

 

y, en fin, porque no comen enloquecen.

MÚSICO.

Bien dices, que un poeta en siendo rico

 

es mal poeta, porque engorda y come.

SEGUNDO.

Ya desde aquí la vista al plato aplico.

MÚSICO.

Yo haré que un plato el maestresala tome.

SEGUNDO.

Si un pajarillo en remojando el pico,

 

aunque la jaula más le oprima y dome,

 

canta que se deshace, yo no quiero

 

hacer pasajes sin beber primero.

 

REINA y damas.

 

ESTER.

Agora, gran Señor de cielo y tierra,

 

que vais cumpliendo mi mayor deseo,

 

ya la soberbia, la humildad destierra

 

cayendo Amán, subiendo Mardoqueo.

 

Conozco el celestial poder que encierra

 

esta virtud que en los pequeños veo.

 

pues aunque a los principios despreciada,

 

se ve de mil laureles coronada.

 

¡Oh, gran Señor, si aquesta esclava vuestra

 

las mujeres ilustres imitase

 

de vuestro pueblo y de la sangre nuestra.

 

y algo de sus desdichas restaurase.

 

si la fuerte Judit con mano diestra

 

queréis que el cuello de Holofernes pase,

 

tiñendo el pabellón de sangre fiera,

 

haced que Amán por estas manos muera.

 

Entren el REY y AMÁN.

 

ASUERO.

Ya con Amán, bella Ester,

 

a ser convidado vengo;

 

de tu cuidado y mi amor

 

dice que seguro puedo,

 

que él viene haciendo la salva

 

a los platos que merezco

 

de la lealtad de tus manos

 

por el amor que te tengo.

ESTER.

A tus pies está tu esclava.

ASUERO.

Levántate, Ester, del suelo;

 

que humillas de un Rey el alma

 

a lo menos, que es su cuerpo.

 

Yo no tengo, y es sin duda,

 

más alma: pues si no tengo

 

más alma, y el alma es más,

 

no la humilles a lo menos.

ESTER.

Hoy vienes de hacer favores,

 

y aquí tu grandeza veo,

 

pues que pagas la comida

 

primero que nos sentemos.

ASUERO.

Siéntate, Amán.

AMÁN.

Desde ayer

 

de tal manera me siento,

 

que no puedo levantarme

 

al asiento que deseo.

 

¡Ay de mí, qué vanas honras!

ASUERO.

Dennos de comer.

MÚSICO.

Cantemos.

SEGUNDO.

A sus pasos de garganta,

 

haré pasos de pescuezo.

 

La comida se descubra y algunos platos que serán los principios, y canten entretanto los músicos al tono de la locura.

 

 

Dios ensalza los humildes

 

y derriba los soberbios.

 

Ciento y treinta años después

 

que con el diluvio inmenso

 

castigó Dios a los hombres,

 

comenzó Nembrot su reino;

 

fabricó muchas ciudades,

 

pero soberbio y blasfemo,

 

persuadía a sus vasallos

 

negasen a Dios eterno,

 

de tan altos beneficios

 

el justo agradecimiento,

 

porque se lo atribuyesen

 

todo a su fuerza e ingenio;

 

obedeciéronle muchos,

 

y porque si acaso el cielo

 

volviese a anegar el mundo,

 

tomaron por buen consejo

 

hacer una inmensa torre,

 

cuyo inaccesible extremo,

 

excediendo las estrellas,

 

tocase al sol los cabellos.

 

Juntáronse tantos hombres,

 

que hicieron en breve tiempo

 

el más notable edificio

 

que antes hubo y después dellos;

 

pero mirándolos Dios

 

desde su alcázar eterno,

 

no castigó su locura

 

con agua, viento ni fuego,

 

sino que por las distancias

 

del primero fundamento,

 

a la altura donde estaban

 

se confundiesen con ellos

 

no entendiéndose las lenguas,

 

con que confusos y ciegos

 

se esparcieron por el mundo

 

fabricándole de nuevo.

 

En el campo de Senar

 

cuando aquel monstruo, a quien dieron

 

el nombre de Babilonia,

 

que es confusión en hebreo.

 

Dios ensalza los humildes

 

y derriba los soberbios.

ASUERO.

¿Qué quieres, hermosa Ester?

 

Pide, que yo te concedo

 

todo aquello que pidieres;

 

pide la mitad del reino;

 

pide, que si el alma es más,

 

¿quién te ha de negar lo menos?

ESTER.

Si hallé, gracia en esos ojos,

 

poderoso rey Asuero,

 

por esta vida, señor,

 

y la de todo mi pueblo,

 

a la muerte condenado,

 

con mil lágrimas te ruego:

 

ojalá que por esclavos

 

nos vendiesen, que gimiendo

 

calláramos; pero pasa

 

nuestro enemigo sangriento

 

a tal soberbia y crueldad,

 

que en sangre de nuestros cuellos

 

pretende lavar sus pies.

ASUERO.

¡Qué dices, Ester! ¿Qué es esto?

 

¿Cuál bárbaro o cuál poder

 

tiene tanto atrevimiento

 

hoy en el mundo?

ESTER.

 Este Amán,

 

aqueste enemigo nuestro.

ASUERO.

¿Amán se atreve a tu vida?

 

Si del más sutil cabello

 

tuyo depende la mía.

AMÁN.

¡Muerto soy! ¡Su furia tiemblo!

ASUERO.

Quitad aquesto de aquí.

 

Aparten la mesa y métanla de allí.

 

 

¿Hombre puede haber tan fiero

 

que te condene a la muerte

 

yo vivo, yo soy, yo reino?

 

¿A mí me obedece Oriente

 

desde el Indo al Caspio seno?

 

¿A mí Tartaria y Egipto,

 

del mar Grande al mar Bermejo?

 

¿A mí Etiopía, a mí Arabia?

 

¿Soy Artajerjes Asuero?

 

¿Son aquestas las hazañas

 

que mis mayores han hecho?

 

¿Ilustro así sus memorias?

 

¿Doy esta fama a sus templos

 

y cuelgo de sus sepulcros

 

estos infames trofeos?

 

Voyme, Ester, que de corrido

 

a mirarte no me atrevo,

 

pues aun no puedo mostrarte

 

el poco poder que tengo.

 

Váyase.

 

AMÁN.

¡Cielos! ¿Qué será de mí?

 

Que en aquesta confusión,

 

bien me dijo el corazón

 

lo que al principio temí.

 

Ya todos se van de aquí;

 

como que ya visto han

 

que el basilisco de Amán

 

ha dado ponzoña al Rey.

 

¿Qué amor, qué exención, qué ley

 

darme la vida podrán?

 

Fuese el Rey por el jardín,

 

fuese Ester a su aposento,

 

cada cual con pensamiento

 

de mi desdichado fin.

 

El ardiente serafín

 

que este pueblo circunciso

 

escribe en su paraíso,

 

parece que está a la puerta,

 

para mi desdicha abierta,

 

pues mi soberbia lo quiso.

 

¿Podré salir? ¿podré entrar?

 

¿Qué puedo hacer, que sin duda,

 

aunque la guarda está muda,

 

ya me debe de esperar?

 

Mas bueno será pasar

 

al aposento de Ester.

 

Hebrea debe de ser;

 

no lo supe, que a su vida

 

respetara mi atrevida

 

mano, y del mundo el poder.

 

Pedirle quiero la mía;

 

que en tan divina hermosura

 

no ha de haber alma tan dura

 

que no ablande mi porfía.

 

¡Quien el Oriente solía

 

como a rey obedecer,

 

ruega una mujer! ¡a Ester

 

voy a rogar desta suerte!

 

¡Pero qué cosa tan fuerte

 

no se ha rendido a mujer!

 

Éntrese, y salgan MARDOQUEO y ESTER.

 

MARDOQUEO.

El sueño, dulce Ester, se va cumpliendo,

 

y trocándose el llanto en alegría

 

que los cielos estaba entristeciendo.

 

¡Bendito sea para siempre el día

 

que para dar salud a Israel naciste,

 

que el cuchillo feroz de Amán temía!

 

¡Con qué artificio soberano hiciste

 

que el Rey tuviese lástima a tus ojos,

 

y tu cautivo pueblo redimiste!

 

Tuyos serán, Ester, nuestros despojos;

 

a ti, que de las hembras no difieres

 

que templaron del cielo los enojos,

 

vendrán niños, ancianos y mujeres,

 

y echados a tus plantas, darán voces,

 

que su señora y su remedio eres.

ESTER.

Tío y señor, si mi humildad conoces,

 

¿para qué me bendices desa suerte?

 

Mil años, plegue a Dios, el cetro goces;

 

que en más alto lugar espero verte,

 

que aquel en cuya frente el pie pusiste,

 

a quien espera ya violenta muerte.

MARDOQUEO.

¡Oh, bella Ester, la fuente humilde fuiste

 

que yo soñé que en aguas abundaba,

 

y que la verde margen excediste!

 

Aquel dragón feroz que peleaba

 

con el otro dragón menos furioso,

 

era este Amán. Que su poder acaba

 

cante Jerusalén, y el suntuoso

 

alcázar de Sión cante Samaria,

 

y las riberas del Jordán undoso

 

canten en tu alabanza, y la contraria

 

espada rindan a tus plantas bellas,

 

pues tras tanta fortuna incierta y varia,

 

levantas a Israel a las estrellas.

 

Entre AMÁN, y ESTER se siente en un estrado.

 

AMÁN.

Si merece un enemigo

 

que una Reina poderosa

 

temple el rigor del castigo.

 

y que te muestres piadosa

 

en tanta ofensa conmigo.

 

vesme aquí puesto a tus pies;

 

pero dirás que no es

 

humildad de aquel vasallo

 

que lo estuvo del caballo

 

deste que tan alto ves.

 

Nunca el valor generoso

 

fue ingrato, señora, al ruego;

 

abre tu pecho piadoso,

 

a cuya hermosura llego

 

humillado y vergonzoso;

 

mira estos ojos que ayer

 

tuvieron tanto poder,

 

que bañan de llanto el suelo.

 

e imita en piedad al cielo

 

como en hermosura, Ester.

 

Nunca me ha pesado a mí

 

de que fueses mi señora

 

y el Rey dejase a Vastí;

 

entonces, siempre y agora

 

al Rey hablé bien de ti.

 

Airado está; si tú quieres.

 

sola le templarás.

 

Más en perdonarme adquieres

 

que yo en vivir, pues es más

 

que ser yo, ser tú quien eres.

ESTER.

Amán, el Rey está airado;

 

ya sabes que eres culpado.

AMÁN.

¡Señora!

ESTER.

¿Tocasme?

AMÁN.

 Sí,

 

que quiero asirme, de ti

 

como altar de mi sagrado,

 

y no te pienso soltar

 

sin que palabra me des,

 

que el Rey me ha de perdonar.

 

El REY y EGEO, y gente.

 

ASUERO.

¿Qué es esto?

EGEO.

 ¿Ya no lo ves?

ESTER.

Amán, ¿quiéresme dejar?

ASUERO.

¡Por el Dios de Ester sagrado,

 

que oprime a la Reina el fiero

 

a mis ojos y en su estrado!

AMÁN.

¿El Rey es aqueste? Hoy muero;

 

que está por extremo airado.

ASUERO.

Cubrilde.

 

Échenle un tafetán negro.

 

EGEO.

Ya está cubierto.

ADAMATA.

Contarle pueden por muerto.

 

¿No ves, señor, desde aquí

 

aquellos tres palos?

ASUERO.

Sí,

 

y estoy de lo que es incierto.

ADAMATA.

Es una horca que Amán

 

hizo que la viesen todos

 

cuantos hoy en Susa están,

 

porque de cuarenta codos

 

es la altura que le dan.

 

En esta poner quería

 

a quien la vida te dio.

ASUERO.

¿Horca a Mardoqueo hacía?

ADAMATA.

Solo porque no adoró

 

su vana soberbia un día.

ASUERO.

¡Hay tal maldad! Pues, amigos,

 

pase por la misma ley;

 

haya menos enemigos,

 

que iguales tocan al Rey

 

los premios y los castigos.

 

Si tuvo ese mal deseo,

 

hoy los de Susa verán

 

que es de la humildad trofeo

 

ocupar la horca Amán

 

que esperaba a Mardoqueo.

 

Llevalde y ponelde en ella,

 

porque vea mi Ester bella

 

cuánto soy agradecido

 

al favor que he recibido

 

de los hebreos y della.

 

Dejaré en el mundo ejemplo

 

de piedad y gratitud.

 

Llévenle.

 

ESTER.

Juntas en ti las contemplo.

ASUERO.

Por diosa de mi salud

 

quisiera labrarte un templo.

MARDOQUEO.

Háblale, amada sobrina,

 

sobre lo que determina

 

hacer de la sangre nuestra.

ESTER.

A tu poderosa diestra

 

mi humilde pecho se inclina.

ASUERO.

¿Quieres otra cosa, Ester?

ESTER.

Señor, escúchame atento:

 

sabrás, pues que ya es razón,

 

un secreto.

ASUERO.

¿Qué secreto?

ESTER.

Cuando vine a tu palacio

 

obediente al mandamiento

 

de mi Rey y mi señor,

 

callé por muchos respetos

 

el decirte que era hebrea,

 

de aquel desdichado pueblo

 

que Nabucodonosor

 

trajo cautivo a tu imperio.

 

Callé mis padres, que ya

 

en cautiverio murieron,

 

y callé también, señor,

 

que es mi tío Mardoqueo,

 

que viendo al soberbio Amán

 

pretender tu lauro y cetro,

 

y por no adorar un hombre

 

tan ambicioso y soberbio,

 

no le quería ofrecer

 

lo que a solo Dios inmenso

 

debe el que conoce que hay

 

pena y gloria, infierno y cielo.

 

Él, airado, condenó,

 

no solamente su cuello

 

a la muerte, como has visto,

 

pero a todos los hebreos.

 

Cartas están despachadas

 

con tu soberano sello,

 

por orden de Amán, que todos

 

el día décimo tercio

 

del mes Adar, mueran juntos,

 

y así los soldados fieros

 

están aguardando el día

 

para ejecutar sangrientos

 

sus muertes, y saquearlos.

 

Revoca, señor, te ruego,

 

este decreto cruel,

 

por ser de las manos hecho

 

de un hombre tan envidioso,

 

y por ser tu esposa dellos;

 

que si no mandas que cese

 

el riguroso decreto,

 

la primera seré yo,

 

el segundo Mardoqueo;

 

y puesto que soy tu esclava

 

y que esta muerte merezco,

 

por no merecerte a ti,

 

que es delito que te debo,

 

Mardoqueo está inocente,

 

y asimismo muchos buenos

 

que ruegan por tu salud

 

al gran Dios de los ejércitos.

 

Duélate, señor, mi llanto,

 

que aunque soy río pequeño,

 

van al mar de tu piedad

 

estas lágrimas que vierto.

ASUERO.

¡Oh, humilde Ester, cuanto hermosa!

 

No me enternezcas el pecho;

 

que no hay en el mar que dices

 

perlas de tan alto precio.

 

Los nácares de tus ojos.

 

Más para engendrar se han hecho

 

que no lágrimas, estrellas,

 

como esferas de tal cielo.

 

Bien parece que mi amor

 

alumbró mi entendimiento

 

para honrar tu noble tío

 

con el hacha de su fuego;

 

que ensalzarse hasta poner

 

de Oriente en su mano el cetro

 

sin haberle conocido,

 

solo amor supiera hacerlo;

 

en todo acierta quien ama,

 

y si yo en amarte acierto,

 

lo mismo será estimar

 

la sangre de tus abuelos.

 

Hoy verás lo que mereces:

 

dame, Mardoqueo, luego

 

tus brazos.

MARDOQUEO.

Indigno soy.

ASUERO.

Hoy te da merecimiento

 

tu virtud y la de Ester.

 

Esta es mi sortija y sello;

 

despachad cartas al punto,

 

en que revoco el decreto

 

que Amán, soberbio, había dado

 

contra el santo pueblo hebreo.

MARDOQUEO.

¡Oh, soberano señor!

 

Tus pies en su nombre beso,

 

aunque se anticipa el llanto,

 

que quiere llegar primero.

 

Tu voluntad han oído

 

mis amigos y mis deudos,

 

y con alegres canciones

 

y acordados instrumentos,

 

quieren celebrar tu nombre

 

y cubrir, señor, el suelo

 

adonde pones los pies,

 

de oliva, laurel y acebo,

 

y de aromáticas flores.

ASUERO.

Entren; que yo les ofrezco

 

la libertad y las vidas;

 

entrad, dichosos hebreos.

 

Cuantos puedan, con árboles en las manos, echándolos por el suelo con otras flores.

 

Músicos y baile

Hoy salva a Israel

 

la divina Ester.

 

hoy, Ester dichosa,

 

figura sagrada

 

de otra Ester guardada

 

para ser esposa,

 

más pura y hermosa,

 

de más alto Rey.

 

Hoy salva a Israel

 

la divina Ester.

HEBREO.

Danos tus pies, gran señor,

 

y pon de tu nombre el hierro

 

en las almas, que en las caras

 

ya le tenemos impreso.

ASUERO.

La casa y huertas de Amán,

 

y sus tesoros, entrego

 

a Mardoqueo y Ester,

 

porque demos fin con esto

 

a la soberbia de Amán

 

y humildad de Mardoqueo.

LOADO SEA EL SANTÍSIMO SACRAMENTO

En Madrid, a 6 de abril de 1610 años.

Si quid dictum contra fidem et bonos mores tanquam, non dictum et omnia sub correctione S. M. E.

LOPE DE VEGA CARPIO.

Examine la Comedia, Cantares y Entremeses de ella el Secretario, TOMÁS GRACIÁN DE ANTISCO, de la censura, enmendada 10 mayo.

Esta comedia, intitulada La hermosa Ester, se puede representar, reservando a la vista lo que fuera de la lectura se ofreciere, y lo mismo en los cantares y entremeses. En Madrid a 10 de mayo, 1610.

TOMÁS GRACIÁN DANTISCO.

Podráse representar, y la comedia, cantares y entremeses de ella, guardando la censura. Enmendada a 10 de mayo de 1610.

Represéntese esta comedia de La hermosa Ester, reservando a la vista lo que fuera de la lectura se ofreciere, fecha en Sevilla a 6 de mayo 1612.

JOAN DE TORRES.




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