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Lope de Vega
El marido más firme

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Acto segundo

Sale Eurídice.

 

 

 

   Amor desconfiado,

 

de ti dicen que nadie ha tenido,

 

dichoso o desdichado,

 

sin celos, porque apenas al sentido

 

tocaron tus desvelos,

 

cuando son de tu sol sobra los celos.

 

   Yo sola, de tus iras

 

libre, amando salí libre me veo;

 

sospechas ni mentiras

 

no me han dado temor, ni apenas creo

 

que hay celos más que el nombre,

 

ni que los tiene la mujer del hombre.

 

   Diga quien celos tiene:

 

¿de qué manera son cuando atormentan?

 

¿Cuándo su pena viene?

 

¿De qué nacen y adónde se sustentan?

 

Y siendo infierno celos,

 

¿por qué tienen el nombre de los cielos?

 

Adórame mi esposo

 

con tal pureza de alma y de sentido,

 

que ni él está celoso,

 

ni celos tengo de él, porque no han sido

 

tales nuestros amores

 

que puedan atreverse los temores.

 

   Cuando la noche fría

 

el mundo baña en miedo, en hurto, en sombra,

 

amada esposa mía,

 

y otras veces también mujer, me nombra:

 

¡Quién tan larga la hiciera

 

que dos siglos después amaneciera!

 

   Y cuando el alba hermosa

 

las perlas que le hurtó liberal llueve,

 

y la encarnada rosa

 

en copas de coral aljófar bebe,

 

dice que en mí las mira,

 

y porque vió la luz del sol suspira:

 

   En vida tan contenta,

 

¿qué puede haber que el alma que le adora

 

más tema, ni más sienta,

 

que ser corta la vida, pues agora

 

por gozarle quisiera

 

que fuera cuerpo el alma, y siempre fuera?

FÍLIDA

   Si los jüeces fieros

 

que en el infierno con rigor castigan

 

crueles y severos,

 

a quien jamás las lágrimas obligan,

 

hicieron fuego eterno,

 

celos, ¿cómo no estáis en el infierno?

 

   Quien dijere que pudo

 

amar sin celos miente claramente,

 

o es tan grosero y rudo

 

que las ofensas del amor no siente;

 

que quien sin celos ama,

 

no tiene honor y el de ser hombre infama.

 

   El cisne no permite

 

otro cisne en el agua donde nada,

 

ni que le solicite

 

otro amante su prenda: la sagrada

 

paloma, a Venus bella,

 

que como sabe amar, teme perdella.

 

   Yo muero de celosa,

 

mas no puedo estorbar a quien me quita

 

mi bien, por más dichosa,

 

que no le goce, aunque a morir me incita;

 

que el nombre de marido

 

tiembla el furor que abrasa mi sentido.

 

   ¿Qué importa, amado Orfeo,

 

que me consuma yo por gracias tantas

 

cuantas ve mi deseo,

 

cuando hablas, cuando escribes, cuando cantas,

 

si Eurídice, tu esposa,

 

mujer te quiere, como yo celosa?

EURÍDICE

   Fílida, ¿tú estás aquí?

FÍLIDA

Guárdente, ninfa, los cielos.

EURÍDICE

No qué te de celos,

 

¿es verdad que hay celos?

FÍLIDA

 

 

                Sí.

 

EURÍDICE

   ¿Qué son celos?

FÍLIDA

 

 

    Un temor.

 

EURÍDICE

¿De qué?

FÍLIDA

 

De perder quien ama

 

el bien que tiene.

EURÍDICE

 

 

  ¿Eso llama

 

 

celos la que tiene amor?

FÍLIDA

   Esto pienso.

EURÍDICE

 

      Y ¿a qué efeto

 

teme quien ama perder

 

el bien?

 

FÍLIDA

            Porque puede ser,

 

y así el temor es discreto.

EURÍDICE

   ¿Cómo?

FÍLIDA

 

  ¿No puede mirar

 

otra mujer lo que quieres?

 

¿No hay mil hermosas mujeres

 

que le pueden agradar?

EURÍDICE

   ¿Por qué, queriéndome a mí?

FÍLIDA

Porque no todas las cosas

 

de mil mujeres hermosas

 

estarán juntas en ti.

 

   Si eres blanca, podrá ser

 

que le agrade una morena:

 

si eres compuesta y serena,

 

tan bulliciosa mujer.

 

   Y aunquediscreta seas,

 

otra puede saber más,

 

y hay gracias que no tendrás

 

que se imaginan en feas;

 

   sin esto, lo que se tiene,

 

suele no estimarse tanto.

EURÍDICE

De lo que dices me espanto.

FÍLIDA

Pues de esto que digo viene

 

   a estar la propia mujer

 

celosa de su marido,

 

porque es un bien adquirido

 

qüe no se puede perder.

EURÍDICE

Con no apartarme jamás

 

del bien que el cielo me dió,

 

no seré celosa yo.

FÍLIDA

Más pienso que lo serás;

 

   que si le oprimes, es cierto

 

cansarle, y el que se cansa,

 

en otra parte descansa.

EURÍDICE

De no dejarle te advierto.

FÍLIDA

   ¿Qué importa para ofenderte

 

con el pensamiento, y dar

 

tú en celos de imaginar

 

que es posible no quererte,

 

   y querer a otra mujer?

EURÍDICE

Más claro verlo quisiera,

 

aunque celosa me viera.

FÍLIDA

Pues no es difícil de hacer.

 

   Tu esposo ayer, que salía

 

de tu casa al prado, vió

 

que de buenos aires yo

 

por el arroyo venía;

 

   con las dos manos alcé

 

el faldellín tan igual,

 

que, al pasar, aun el cristal

 

no dió señas de mi pie;

 

   pero diéronla sus ojos,

 

pues me dijo: «Pies tan bellos,

 

bien merecen que tras ellos

 

se vaya el alma en despojos;

 

   menos ligeros quisiera

 

que en el arena saltaran,

 

para que estampa dejaran

 

donde la boca pusiera.

 

   Y así con deseos vanos

 

rogué al amor que después

 

tropezaran vuestros pies

 

para que os diera las manos

EURÍDICE

   ¿Eso te dijo mi Orfeo?

FÍLIDA

Esto me dijo.

EURÍDICE

 

     ¡Ay de mí!

 

¡Muerta soy!

FÍLIDA

 

      ¿Siénteslo?

EURÍDICE

 

 

              Sí.

 

FÍLIDA

¿Mucho?

EURÍDICE

 

Que morir me veo.

FÍLIDA

   ¿Tanto?

EURÍDICE

 

  A la muerte me has puesto.

FÍLIDA

¿Es gran pena?

EURÍDICE

 

        Es rigurosa.

FÍLIDA

Pues eso es estar celosa.

EURÍDICE

¿Esto es celos?

FÍLIDA

 

         No es más que esto.

 

Vase Fílida.

Salen Orfeo y Fabio.

 

 

FABIO

   ¿Tan contento estás?

ORFEO

 

 

           Estoy

 

 

tan contento, Fabio amigo,

 

que es lo menos lo que digo

 

de lo que dichoso soy.

 

   Si me acuesto, no querría

 

que el alba se levantase,

 

para que no me obligase

 

al ejercicio del día,

 

   o pasase, ya que fue,

 

con tanta velocidad

 

que en la misma claridad

 

pusiese la noche al pie.

FABIO

   ¡Qué venturoso casado!

 

Alguno conozco yo

 

que en una noche pensó

 

que ya era el mundo acabado.

 

   Tan larga le parecía,

 

que, cuando el alba salió,

 

a un espejo se miró

 

por ver si canas tenía.

ORFEO

Sería la mujer fea.

FABIO

Sobre que era fea y fría,

 

algo de necia tenía.

ORFEO

Fabio, no hay cosa que sea

 

   más extraña para mí,

 

que a un amigo le sufráis,

 

cuando muy necio le halláis,

 

un año y muchos ansí.

 

   Que una grande calentura

 

o algún terrible dolor,

 

una noche, que en rigor

 

parece que un siglo dura.

 

   Y que no tenga paciencia

 

para sufrir un casado

 

la mujer que Dios le ha dado:

 

o falta honor o prudencia.

FABIO

   ¿Qué dolor o calentura,

 

qué amigo necio se iguala

 

a una mujer?

ORFEO

 

     La más mala

 

servir y agradar procura,

 

   y, en fin, es propia mujer.

FABIO

Eso es lo peor que tiene,

 

porque todo el daño viene

 

de no poderla perder.

 

   La calentura se quita

 

curándola, y el dolor

 

con medicinas, señor,

 

que el médico solicita.

 

   Pero la propia mujer

 

solamente con la muerte,

 

porque es la cosa más fuerte

 

que un hombre puede tener.

ORFEO

   Bienaventurado el hombre

 

que halló mujer a su gusto,

 

sin ocasión de disgusto

 

y sin temor que le asombre.

FABIO

   ¿Qué llamas temor?

ORFEO

 

 

         De ser

 

 

celoso, un bien de los cielos

 

grande, y que no tenga celos

 

de su ofensa su mujer.

FABIO

   No tendrá celos de ti

 

Eurídice, pues desprecias,

 

sean discretas o necias,

 

cuantas se pierden por ti.

ORFEO

   ¡Ay, Apolo! ¿Cómo está

 

triste Eurídice? Mi bien,

 

¿no me habéis? ¿Qué es esto? ¿Quién

 

pena, mis ojos, os da

 

   y los vuestros entristece?

 

O ¿hacéislo, señora mía,

 

para que imagine el día

 

que vuestra luz le anochece?

 

¿Qué accidente padecéis?

 

¡Triste de mí! ¡Yo soy muerto!

EURÍDICE

Allá, del pie descubierto

 

de Fílida lo sabréis.

ORFEO

   ¿Qué pie? ¿Qué Fílida? ¿Cuándo

 

a Fílida vi ni hablé?

EURÍDICE

Cuando le vistes el pie

 

el arroyuelo saltando.

ORFEO

   Celos o engaños han sido

 

si pensáis que yo la vi.

EURÍDICE

Ella me lo ha dicho aquí.

ORFEO

Pues ella lo habrá fingido

 

   para burlarse, mis ojos.

EURÍDICE

Dijístesle: «Pies tan bellos,

 

bien merecen que tras ellos

 

se vaya el alma en despojos;

 

   menos ligeros quisiera

 

que en el arena saltaran,

 

para que estampa dejaran

 

donde la boca pusiera.

 

   Y así, con deseos vanos,

 

rogué al amor que después

 

tropezaran vuestros pies

 

para que os diera las manos

ORFEO

   ¿Yo dije tal?

FABIO

 

         ¿Ves, señor,

 

que no puede haber casado

 

que no viva, si es amado,

 

sujeto a tanto rigor?

 

   Mal haces, señora mía,

 

en creer una envidiosa

 

que, de tu gusto celosa,

 

poneros en mal quería.

 

   Las galas y el buen marido

 

envidia toda mujer;

 

por esto debe de haber

 

lo del arroyo fingido.

 

   Y pruébolo. Si le viera

 

el pie tu marido, Orfeo,

 

que no la alabara creo,

 

porque ayer en la ribera

 

   de ese nuestro humilde río,

 

una chinela dejó

 

con la fuerza que saltó,

 

que tiene pesado el brío:

 

   halléla, que aquel distrito

 

suelo pescar muchas veces,

 

con cuatro libras de peces

 

como si fuera garlito:

 

   llevéla a darle matraca,

 

y en albricias me dió el pie,

 

donde aquel cesto calcé

 

en una lengua de vaca.

ORFEO

   ¡Ay, Eurídice querida,

 

qué agravio a mi amor has hecho,

 

sabiendo tú que en mi pecho

 

sirves por alma a la vida!

 

   Deja esos vanos recelos,

 

envidia vil de los dos;

 

que no ha hecho gracias Dios

 

con que puedan darle celos.

 

   Envidiando tu hermosura,

 

de su cabeza sacó

 

este embuste quien pensó

 

darte el pesar que procura.

 

   Pero dice mi firmeza

 

que en vano su engaño es,

 

pues aunque entra por los pies,

 

ni tiene pies ni cabeza.

 

   ¡Si los vi, plega a los cielos

 

que me aborrezcas, mi bien,

 

y que mis celos te den

 

causa para darme celos!

 

   Estimo el verte celosa

 

si son señales de amor,

 

y vuelve con su rigor

 

la más tibia, más gustosa;

 

   pero no el ver sin razón

 

que mi inocencia...

EURÍDICE

 

 

   No quiero

 

 

quererte sin que primero

 

me des más satisfacción.

FABIO

   ¿Quieres que vaya, señor,

 

por la chinela que digo?

ORFEO

Mi Eurídice, ven conmigo:

 

verás si es firme mi amor.

EURÍDICE

   Vamos; que ya mis desvelos

 

me muestran, a costa mía,

 

que lo que no sabía.

ORFEO

Pues ¿qué sabes?

EURÍDICE

 

            Lo que es celos.

ORFEO

   Ven, que la satisfacción,

 

te hará olvidar su pesar.

EURÍDICE

¿Cómo los podré olvidar

 

después que lo que son?

 

Vanse Eurídice y Orfeo.

 

FABIO

   No es posible que no sea

 

con causa quejarse aquí

 

Eurídice; yo. mentí,

 

que sólo su paz deseo:

 

   que chinela tan notable

 

en mi vida pienso vella;

 

¡Si apenas cupiera en ella

 

el alma de un miserable!

 

   Calcésela en las orillas

 

del arroyo en que la hallé,

 

y con andarle en el pie

 

sentí en las manos cosquillas;

 

   no qué pueden tener

 

los pies para enamorar,

 

pues ni ellos saben hablar,

 

ni al que habla responder.

 

   Mas no enamoran por vanos

 

cuando por la saya asoman;

 

que como los pies no toman,

 

quiérense más que las manos.

 

   Orfeo debe de haber

 

con aquellos pies topado;

 

que esto de hablar de casado

 

melindres deben de ser.

 

   Celoso estoy; que pues yo

 

la bella Fílida amé

 

cual figura por el pie,

 

lo mismo le sucedió.

 

   No blasone ningún hombre

 

que amare, con posesión;

 

que los hombres hombres son,

 

y es la libertad su nombre.

 

   Aristeo, viene aquí;

 

¿cuánto va que me persigue,

 

sin que el enojo le obligue

 

con que ayer le respondí?

 

Sale Aristeo.

 

ARISTEO

En tu busca, Fabio amigo,

 

ando desde hoy todo el valle.

FABIO

Para lo que tú me quieres,

 

es lo mismo no buscarme.

ARISTEO

Ya no quiero que me quiera

 

aquella nueva Anaxarte,

 

aquella Daphe laurel,

 

y más ingrata que Daphe.

 

Volverme a mi reino quiero,

 

y sólo quiero rogarte

 

que, porque en ausencia suya

 

no venga amor a matarme,

 

hagas de suerte que lleve

 

aquel retrato en que salve

 

la vida, como en el templo

 

de tan soberana imagen.

 

Daréte por él dos joyas

 

que valen cuatro ciudades,

 

aunque para su hermosura

 

menos que estas flores valen.

 

Como ella al sol en belleza,

 

aquí vence al oro el arte,

 

lo falso a lo verdadero,

 

el relieve a los diamantes.

 

Dame, Fabio, este contento;

 

que quiero luego embarcarme

 

a Tracia, de donde quiero

 

otro presente enviarte

 

en que conozcas mi amor.

FABIO

Aristeo, no te canses;

 

ya ves que para ser hurto

 

es aquel retrato grande,

 

y que, echándose de ver,

 

era poco que me maten;

 

tras esto, como en las bodas

 

cayó en tierra y pudo alzarse,

 

está en más veneración

 

que los sagrados Penates;

 

si tú quieres uno mío

 

con que puedas consolarte,

 

yo te le daré; mas es

 

de mala mano.

ARISTEO

 

         ¡Que trates

 

mi amor, Fabio, de esta suerte!

FABIO

Ahora bien, para obligarte

 

una cosa quiero hacer,

 

para tu remedio fácil:

 

bien que me engañas.

ARISTEO

 

 

            ¿Cómo?

 

FABIO

En decirme que ausentarte

 

puede ser posible amando.

ARISTEO

¿No pueden, Fabio, forzarme

 

los desdenes?

FABIO

 

       Los desdenes

 

detienen un firme amante.

 

Si Troya se les rindiera

 

en viendo las griegas naves,

 

no ganara fama Aquiles

 

ni los demás capitanes:

 

diez años de resistencia

 

dieron los hechos iguales

 

al laurel de la victoria.

ARISTEO

La verdad me persuades;

 

pero dime tu consejo.

FABIO

¿Conoces en este valle

 

a Fílida, una pastora

 

que cuando a la tarde sale,

 

hay dos albas aquel día,

 

con salir siempre a la tarde?

ARISTEO

De vista no más.

FABIO

 

           Pues oye:

 

si Medea, Circe, Hecale

 

y las demás hechiceras

 

que historia y fábula saben,

 

resucitaran agora,

 

le rindieran vasallaje;

 

es mujer que escribe letras

 

en la luna, tempestades

 

levanta en cielo sereno,

 

en los más tranquilos mares:

 

a la mujer más helada

 

que quiera, perdida hace,

 

a quien en su vida pudo

 

obligarla que le amase.

 

No hay diablo en el hondo abismo

 

seguro, como le llame;

 

luego, a ver lo que les manda,

 

del negro Aqueronte salen:

 

una vez azotó a uno.

ARISTEO

¿Cómo puede ser, si sabes

 

que son espíritus?

FABIO

 

 

  ¡Bueno!

 

ARISTEO

Pues ¿qué quieres?

FABIO

 

 

     Que repares

 

 

en que es interior la pena.

ARISTEO

Ahora bien, ¿qué podrá darme,

 

para remedio de amor,

 

Fílida cuando le hable?

FABIO

¿Cómo qué? Hierbas, palabras,

 

versos, conjuros...

ARISTEO

 

 

    Pues parte

 

 

y tráeme a Fílida aquí;

 

que si puedo remediarme,

 

diez colmenas te prometo.

FABIO

Pues para desengañarte

 

de que ya sabe tu intento,

 

basta que a buscarte baje

 

Fílida al valle.

ARISTEO

 

      Es verdad.

FABIO

Pues solo quiero dejarte;

 

pero advierte, mayoral,

 

que si es verdad, has de darme

 

las colmenas prometidas.

ARISTEO

Pocas son para pagarte.

FABIO

Estoy bien con las abejas,

 

porque son muy semejantes

 

a los ingenios que inventan,

 

pues de varias flores hacen,

 

con su trabajo y estudio,

 

aquel licor tan suave.

 

Y con los zánganos mal,

 

que dicen que entre ellas nacen

 

y la dulce miel les comen,

 

porque estas bastardas aves

 

parecen a los que hurtan,

 

por mucho que lo disfracen,

 

lo que los otros trabajan.

ARISTEO

Ya llega.

FABIO

 

Apolo te guarde.

 

Vase Fabio y sale Fílida.

 

FÍLIDA

Este es aquel amante de Eurídice

 

tan desdichado como yo, que adoro

 

a quien la adora.

ARISTEO

 

 

  Mucho contradice

 

 

a la opinión que tiene su decoro.

 

Pero si Fabio con piedad me dice

 

que sabe el arte de olvidar, que ignoro,

 

o el de querer, ¿qué más me importa? ¡Ay, cielo!

 

¿Qué temo? ¿Qué pretendo? ¿Qué recelo?

 

   Hermosa ninfa, a quien siempre responda

 

fértil el trigo que en tus eras mides,

 

y Baco tan copioso corresponda

 

que lleguen al lagar las propias vides;

 

y apenas con el tiro de la honda

 

alcances en el monte que resides

 

a la postrera oveja del ganado,

 

tan ancho baje desde el monte al prado:

 

   yo soy un hombre cuyo nacimiento

 

lejos de aqueste valle, es más honroso

 

de lo que te promete el ornamento

 

que disfraza mi intento cauteloso;

 

en fin, un amoroso pensamiento,

 

que basta que le entiendas amoroso,

 

me ha detenido por aquestos sotos,

 

que lleguen al lagar las propias vides;

 

   Apenas de Eurídice la hermosura

 

vieron mis ojos, cuando ya casada

 

la goza Orfeo, aquel cuya ventura

 

no tiene reinos con su gusto en nada.

 

Lloré, volvíme loco, y por la dura

 

tierra arrojado, me halló el alba helada

 

más de una noche, porque al fin le quiere,

 

y no quiere que yo remedio espere.

 

   Hame dicho un pastor, pastora mía,

 

que tú sola podrás, si puede alguna,

 

o quitarme esta loca fantasía,

 

o remediar tan áspera fortuna;

 

por ti, la condición más dura y fría,

 

más áspera, rebelde e importuna,

 

dicen que tierna y blanda quiere y ama,

 

y que quien ama, lo que amó desama.

 

   ¡Ay, Fílida gallarda! Si a los cielos

 

mueve un amante, imítalos agora:

 

o quítame este amor, o aquestos celos,

 

o de mi amor a Eurídice enamora,

 

o en ella siembra incendios, o en mí hielos.

 

Alábase tu ciencia vencedora

 

de aquel desdén, y ofreceré a tus ojos

 

almas, en vez de inciensos y despojos.

FÍLIDA

   Saber que te han engañado,

 

¡oh generoso Aristeo!

 

puede templar el deseo

 

de castigarte culpado.

 

   ¿Parécete que hay en mí

 

para tal oficio partes?

 

si yo de amar las artes,

 

del cielo las aprendí.

 

   Los hechizos de allá vienen:

 

de ellos, Aristeo, me valgo;

 

que puesto que pueden algo,

 

es corto el poder que tienen.

 

   No hay hechizo en la mujer

 

como merecer amor,

 

porque forzar lo interior

 

no cómo puede ser.

 

   Con mal anda la hermosura,

 

y aun la edad, cuando se vale

 

de hechizos quien ya se sale

 

del mismo bien que procura.

 

   Amor, ¿qué pide? Otro amor;

 

pues si no es amor forzado,

 

claro está que no ha llegado

 

a conseguir su favor.

 

   No quiero, aunque bien pudiera,

 

enojarme, y la razón

 

es tu engaño y mi afición,

 

que la tuya considera.

 

   Si a Eurídice quieres bien,

 

yo me muero por Orfeo;

 

su esposa te da deseo,

 

y a mí su esposo también.

 

   Y aunque has venido engañado,

 

no ha de ser en vano ya;

 

que de tu engaño saldrá

 

remedio a nuestro cuidado.

 

   ¿No es hechicera quien sabe

 

hacer invenciones?

ARISTEO

 

 

     Sí;

 

 

y perdóname si fui

 

contra persona tan grave,

 

   mal informado de Fabio,

 

pastor grosero y burlón;

 

que es todo ingenio bufón

 

dispuesto a cualquier agravio.

 

   Bien yo que quien hechiza

 

no está de sí satisfecha;

 

la edad que ya no aprovecha,

 

busca el fuego en la ceniza.

 

   Pero quien fía de sí

 

lo que puede enamorar,

 

basta dejarse mirar

 

como yo te miro a ti.

 

   Amanecer a la aurora

 

una mujer afeitada

 

de jazmín y de encarnada

 

rosa, altamente enamora.

 

   La que se acuesta clavel,

 

y lirio azul amanece,

 

busque hechizos, pues merece

 

que la aborrezcan por él.

 

   Pero pues es justo dar

 

nombre de hechicera a quien

 

hace una invención, ya es bien

 

que te lo pueda llamar.

 

   Gustos, melindres, amores,

 

regalos y niñerías,

 

en las noches y en los días

 

son los hechizos mayores.

 

   Haz, Fílida, pues que sabes,

 

para los dos, pues pasión

 

propia te obliga, invención

 

con que nuestra pena acabes.

FÍLIDA

   Vete hacia el templo de Apolo,

 

digo, de Venus; que allí

 

la llevaré.

ARISTEO

 

¡Cómo!

FÍLIDA

 

            A mí

 

su amor da crédito sólo;

 

   diréle que quiere hablarme

 

su esposo; celosa irá;

 

saldrás: el lugar está

 

lejos.

ARISTEO

   No hay más que informarme;

 

voy a esperarla.

FÍLIDA

 

          Camina.

ARISTEO

Ahora duélete de mí;

 

y pues por ti me perdí,

 

tu mano piadosa inclina.

 

Vase Aristeo.

 

FÍLIDA

   Ella baja. ¡Qué ventura!

 

Salen Eurídice y Dantea.

 

EURÍDICE

Vuelve, Dantea, al lugar,

 

porque será no le hallar

 

para mí gran desventura.

DANTEA

   ¿De dónde se desató

 

el retrato que perdiste?

EURÍDICE

De aquestas cintas. ¡Ay, triste!

DANTEA

¿No le echaste menos?

EURÍDICE

 

 

           No.

 

DANTEA

   Consuélate con que el vivo

 

ya no te puede faltar.

EURÍDICE

No me puedo consolar

 

del disgusto que recibo.

 

   Cuenta las hierbas, las flores;

 

que entre ellas se habrá escondido.

DANTEA

Yo voy.

FÍLIDA

 

¿Qué te ha sucedido?

 

Vase Dantea.

 

EURÍDICE

Desdichas, siempre mayores,

 

   pues he topado contigo.

FÍLIDA

Mal me debes de querer.

EURÍDICE

Por fuerza te he de tener

 

por el mayor enemigo.

FÍLIDA

   ¿No era yo tu grande amiga.

EURÍDICE

Sí, Fílida; pero es cosa

 

el enseñarme a celosa

 

que aborrecerte me obliga.

FÍLIDA

   ¿No ves que aquello fingí

 

para enseñarte los celos?

EURÍDICE

¡Oh, cuán a mi costo, ¡cielos!,

 

tus lecciones aprendí!

 

   Mas no puedo persuadirme

 

a que no me engañe Orfeo.

FÍLIDA

No me meto en su deseo;

 

yo que soy siempre firme.

EURÍDICE

   Dime, pues me has enseñado

 

esto que nunca supiera,

 

¿quiérete bien?

FÍLIDA

 

         No quisiera

 

darte, Eurídice, cuidado.

 

   Orfeo me quiere bien;

 

eres mi amiga; ¿qué importa?

EURÍDICE

No cuando mi vida acorta,

 

y mi esperanza también.

 

   Pero yo, ¿por qué te creo?

FÍLIDA

En llegando a imaginar

 

que yo te puedo engañar,

 

se correrá mi deseo.

EURÍDICE

   ¿Cómo podré yo saber

 

que te quiere?

FÍLIDA

 

       Ven conmigo

 

para que seas testigo,

 

que es lo más que puedo hacer.

EURÍDICE

   ¿Adónde?

FÍLIDA

 

     Bien cerca es;

 

donde dijo que vendría

 

a buscarme.

EURÍDICE

 

   ¡Y me decía

 

que nunca te vió los pies!

 

   ¡Ah, traidor, no hay que fiar!

 

Llévame contigo.

FÍLIDA

 

           Es cosa

 

injusta.

EURÍDICE

           Ya estoy celosa;

 

que no era posible amar

 

sin celos; miente quien ama

 

si dice que no los tiene;

 

que apenas al alma viene

 

el amor, cuando los llama.

 

   Celos no son diferencia

 

de amor, que en todo rigor

 

sustituyen al amor,

 

si no son su misma esencia.

 

   Pero pues estos enojos

 

a él le entraron por los pies,

 

aunque la muerte me des,

 

éntrenme a mí por los ojos.

FÍLIDA

   Ahora bien, vamos; que quiero

 

hacer dos cosas injustas,

 

pues que tú de entrambas gustas,

 

previniéndote primero:

 

   Una en serle desleal,

 

y otra en pagar mal su amor.

EURÍDICE

No es justo por un traidor

 

decir de los hombres mal;

 

   pero si por tales modos

 

hombre me pudo ofender,

 

¡viven los cielos, de ser

 

fuego que los queme a todos!

 

Vanse, y salen Aristeo y Camilo.

 

ARISTEO

¡Extrañas nuevas son!

CAMILO

 

 

          A mí me pesa

 

 

de ser el portador; más no cumpliera

 

con mi lealtad, señor, si no viniera.

 

Albante se levanta con tu reino,

 

ya es rey de Tracia Albante, y con violencia

 

hace que le obedezcan tus vasallos;

 

entró por la ciudad con mil caballos

 

y cuatro mil infantes, bien seguros

 

de tal traición los mal guardados muros,

 

y apoderóse del alcázar luego,

 

jurando de llevar a sangre y fuego

 

el reino todo: huyeron tus amigos

 

para no ser de tal maldad testigos;

 

y él, viendo que era ya señor de todo,

 

vistió de sus escudos y pendones,

 

plazas, ventanas, casamatas, fuertes,

 

palacios, templos, naves, que aún almenas

 

hizo de sus banderas sus entenas.

ARISTEO

¿Hay tal maldad, hay caso tan extraño?

 

¡Que Albante tuvo tal atrevimiento!

 

¡Que Albante fue traidor a mi corona!

CAMILO

Señor, como a la ausencia llaman muerte,

 

por muerto te ha tenido en esta ausencia;

 

no le faltan amigos: que el delito

 

fundado en interés, oro o gobierno,

 

siempre halló compañía, siempre amparo.

ARISTEO

No puedo responderte, aunque reparo

 

en que la dilación dañarme puede,

 

por quien mil veces mayor mal sucede,

 

y es porque estoy en ocasión agora

 

del premio que mi amor alcanzar trata

 

de la mujer más bella y más ingrata.

CAMILO

¿Ingrata en tanto tiempo?

ARISTEO

 

 

              ¿Tú imaginas

 

 

mujer humana?

CAMILO

 

          No, las hay divinas.

ARISTEO

Casóse cuando apenas te partiste.

CAMILO

Pues ¿qué es lo que casada pretendiste?

ARISTEO

Lo que agora la industria me promete.

CAMILO

¡Que amor a tantos daños te sujete!

ARISTEO

Por este valle abajo, entre unos juncos,

 

pasa un arroyo, cuya limpia balsa

 

del agua mansa, en apariencia falsa,

 

parece con los lirios y espadañas,

 

con la igualdad de las menudas cañas,

 

de terciopelo verde, fondo en plata;

 

pues vete, y en la margen que remata

 

aguárdame sentado mientras vuelvo

 

con la victoria o con mayor desdicha.

CAMILO

Amor te , señor, o seso, o dicha,

 

aunque suele quitar entrambas cosas;

 

que no quiero, aunque es justo, replicarte

 

que de coro de servir el arte,

 

y la obstinación de los que aman,

 

que los consejos de su bien desaman.

 

Vase Camilo, y salen Eurídice y Fílida.

 

EURÍDICE

   Tarda Orfeo.

FÍLIDA

 

          Habrá venido.

EURÍDICE

Tú me debes de engañar.

FÍLIDA

Para tanto sospechar,

 

mucha paciencia he tenido.

EURÍDICE

   ¡Ay, Fílida, no te quejes,

 

pues me enseñaste a celosa!

FÍLIDA

Quiero dejarte quejosa.

EURÍDICE

Más lo estoy de que me dejes.

FÍLIDA

   ¿No has visto que el cazador,

 

porque en la red la caza,

 

la de otra parte amenaza

 

y así la coge mejor?

 

   Pues voy aquella alameda,

 

porque, si me aguarda allí,

 

venga a la red y en ti.

 

Vase Fílida.

 

ARISTEO

¡Victoria, si sola queda!

 

   Pero en vano me adelanto

 

con la victoria; que, en fin,

 

dicen que se canta al fin,

 

y yo al principio la canto.

EURÍDICE

   En notable confusión

 

me ha puesto Fílida, cielos,

 

pues desengaños de celos

 

mayores engaños son.

 

   No siento pasos, ni veo

 

cosa en tanta soledad,

 

indicio de la verdad

 

que teme y busca el deseo.

 

   Verdad que el sentido ofusca

 

para que se hiele y queme,

 

pues la busca quien la teme,

 

y teme hallar lo que busca.

 

   ¿Para qué averiguo insultos?

 

Celos, si no os quiero hallar,

 

¿para qué os vengo a buscar?

 

Mejor estaréis ocultos.

 

   Una sombra he visto allí,

 

si es justo darle este nombre

 

al cuerpo; mas siendo de hombre,

 

todo es sombra para mí.

 

   Él se esconde en la arboleda.

 

¿Si es mi esposo? Él es. ¿Qué espero,

 

si de ver me desespero

 

que a Fílida esperar pueda?

 

   Llegaré determinada

 

aunque me quite la vida;

 

que una mujer ofendida,

 

ni teme fuego, ni espada.

 

   Traidor esposo, ¿qué importa

 

que estos álamos y fresnos

 

hagas capa, con que dejes

 

ciego el toro de mis celos,

 

si ellos en ti, y en los troncos...

 

¿qué es esto, cielos?

ARISTEO

 

 

       Que el cielo

 

 

te trujo a esta soledad

 

para mi bien y remedio.

 

Aristeo soy; ¿qué miras,

 

pues al Príncipe Aristeo

 

has convertido en pastor,

 

y en tosco cayado el cetro?

 

Por ti mi reino he perdido,

 

pues ya me ha quitado el reino

 

un traidor: espera, escucha.

EURÍDICE

El traidor en ti le veo

 

para el reino de mi honor,

 

que más que el tuyo le precio.

 

¡Viven los dioses, que ha sido

 

de la vil Fílida enredo

 

traerme a la soledad,

 

donde tu violencia temo!

 

Pero primero la vida,

 

y dos mil vidas primero

 

perderá mi honor constante,

 

que te alabes...

ARISTEO

 

        Quedo, quedo;

 

que ya no puedo sufrir,

 

Eurídice, tus desprecios.

 

¿Qué milagro te parece

 

agora en el mundo nuevo,

 

que se rinda una mujer,

 

o con fuerzas o con ruegos?

 

¿Quién es Orfeo, tu esposo?

 

¿Por dicha es Marte soberbio?

 

¿Es Júpiter? ¿Es Apolo?

 

¿No es un hombre? ¿No es Orfeo?

 

¿No soy Rey de Tracia yo,

 

que, fuera de esto, merezco

 

por mí mismo y por mi amor,

 

más que ese músico necio?

 

Si él sabe cantar, yo

 

llorar en el instrumento

 

del alma; si él versos hace,

 

yo también hacer versos;

 

si él mueve piedras cantando,

 

por eso le tengo en menos,

 

pues, sin ser animal ni hombre

 

las piedras mueve el dinero.

 

Y para que a ti te mueva,

 

una nave te prometo

 

con todo el casco de plata,

 

sin otra madera o hierro

 

desde la popa al bauprés,

 

y en vez de jarcias y lienzos,

 

chafaldetes, trizas, trozas,

 

brandales y racamentos,

 

oro y seda, cuyos cabos

 

tremolen de perlas llenos.

 

Diana, esa diosa casta,

 

quiso a Endimión, y vemos

 

que hoy día en el monte Lathmo

 

le baña en profundo sueño:

 

y la causa por que hizo

 

a Anteón forma de ciervo,

 

fue para que no contase

 

que vió desnudo su cuerpo:

 

mira lo que en estas selvas

 

lloró por Adonis Venus.

 

Diosas eran, tú mujer;

 

deja los vanos trofeos

 

del honor, que es invención

 

del mundo, y un vil decreto

 

de los hombres, que se pierda

 

el hombre a mujer sujeto,

 

y no la mujer, si el hombre

 

pone en otra el pensamiento.

 

Pienso que admites mi amor,

 

porque dice tu silencio,

 

que te vence mi razón.

EURÍDICE

Mirando tu atrevimiento,

 

perdí para responderte

 

la lengua; y aunque me veo

 

lejos de mi amado padre,

 

de mi dulce esposo lejos,

 

estoy cerca de quien soy,

 

y de lo que soy me acuerdo:

 

¡Vete, infame; que si pongo

 

una flecha al arco...!

ARISTEO

 

 

       Pienso

 

 

que quieres darme ocasión

 

al más riguroso medio.

EURÍDICE

Si te apercibes, advierte

 

que nunca mis pies ligeros

 

fueron vencidos. ¡Diana,

 

favor!

ARISTEO

           ¡Detenedla, cielos!

 

Eurídice, ¿dónde vas?

 

Cristalinos arroyuelos,

 

en mares os convertid,

 

mis ojos podrán hacerlos.

 

Peñascos, poneos delante,

 

hechos volcanes de incendios,

 

porque una mujer de nieve

 

detengan montes de fuego.

 

Sígala, y Eurídice salga por la otra parte.

 

EURÍDICE

Sagradas ninfas, que fuisteis

 

desde vuestros años tiernos

 

compañeras de Diana,

 

dando vuestros pies ligeros

 

de puntapiés a los aires,

 

Haga que corre.

 

 

que se vengaba en los velos;

 

vosotras, que a todas fieras

 

con los lustrosos aceros

 

del venablo no temistes,

 

antes el oro sangriento

 

daba indicios del valor

 

y del varonil esfuerzo,

 

Caiga.

 

 

valed... ¡Ay, triste! ¡Ay de mí!

 

¿Qué está en la hierba, qué es esto?

 

¡El pie me ha mordido un áspid!

 

¡Ya discurre su veneno

 

al corazón! ¡Muerta soy!

ARISTEO

¡Bien haya el piadoso suelo

 

que te detuvo, Eurídice!

 

Pero, ¿qué esto que veo?

 

Las rosas de las mejillas,

 

cándido jazmín se han vuelto;

 

los claveles de los labios,

 

bañó temeroso hielo:

 

Eurídice, ¡ay, triste! ¡Un áspid

 

ya por las hierbas corriendo,

 

sin duda mordió sus pies!

 

Salen Fabio y Orfeo.

 

FABIO

Por aquí dijo Fileno

 

que le vió bajar al valle.

ORFEO

Aquí suenan tristes ecos.

FABIO

Allí se queja un pastor:

 

¿Qué esto, amigo Aristeo?

ARISTEO

Bajando de la montaña,

 

adonde sabéis que tengo

 

las más guardadas colmenas,

 

oigo en una voz: «¡Ay, muerto

 

Tan tiernamente que el aire

 

fue piedra imán del cabello,

 

y el corazón alterado,

 

llamó a la puerta del pecho.

 

Miré a la voz el origen,

 

y vi, ¡ay, Dios!, que de ella el dueño...

 

Llegad, que para decirlo,

 

ni lengua ni vida tengo.

 

Vase.

 

FABIO

Fuese.

ORFEO

          Miremos quién es.

FABIO

¡Tu esposa!

ORFEO

 

   ¿Qué dices?

FABIO

 

 

           Veo

 

 

su vestido, y no su rostro.

ORFEO

¡Ay, Fabio, aquí está su cuerpo,

 

aquí mi sol eclipsado,

 

y su hermosura en el cielo!

 

¡Eurídice!

FABIO

 

  Con tu voz

 

parece que cobra aliento.

EURÍDICE

¿Eres mi esposo?

ORFEO

 

           Yo soy.

 

Pues mi Eurídice, ¿qué es esto?

EURÍDICE

Mordióme un áspid el pie

 

por esas selvas huyendo...

ORFEO

¡Triste de mí!

EURÍDICE

 

        Del rigor

 

de un hombre.

ORFEO

 

        ¡Extraño suceso!

FABIO

Señor, mira que estos males

 

quieren aprisa el remedio.

ORFEO

¡Ella se me muere, Fabio!

FABIO

Pues haz que tus brazos presto

 

la lleven al sabio Alcino.

ORFEO

Vida mía, ¿quién te ha muerto?

EURÍDICE

Tus celos, esposo mío.

ORFEO

¿Mis celos, mi bien?

EURÍDICE

 

 

        Tus celos.

 

ORFEO

¿Cuándo o cómo?

FABIO

 

 

     No responde.

 

ORFEO

Yo voy; pero aunque la llevo

 

muerta, ella me lleva a mí,

 

que voy en sus brazos muerto.

FABIO

¡Oh, buen áspid, si nacieran

 

muchos que mordiesen luego,

 

no digo las que me escuchan,

 

sino las que mal me han hecho!




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