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ADELINA. -¿Y tú me lo preguntas? ¡Ingrato! ¡Olvidarme por otra mujer!
ADELINA.-Sí, por ella.
CARLOS.-Pero ¿quién es?
ADELINA.-Todavía no se sabe quién será. ¿Cómo quieres que se sepa? Pero yo lo sabré cuando llegue el caso.
CARLOS.-Adelina, vuelve en ti. No llores. Mírame.
ADELINA. -¿De qué sirve que te mire, si ya no te veré más?
CARLOS. -¿Por qué?
ADELINA. -¿No lo sabes? Porque me llevan. Así lo han dispuesto.
CARLOS. - (Con ironía.) Lo sé todo; tanto como tú; más que tú, pobre niña. Don Prudencio acaba de hacerme relación circunstanciada del suceso y de las causas.
ADELINA. -¡Y te veo alegre! ¡Casi risueño! ¡Cuando a mí me ahoga la pena! Bien ha dicho: ¡soñaba! ¡He despertado! ¡Adiós!
ADELINA.-A donde mis protectores han dispuesto. Estoy sola en el mundo, y, claro está, cualquiera dispone de mí. Adelina nació para obedecer, y obedece.
CARLOS. -¡No, no es verdad! ¡Adelina nació para quererme, y no me quiere como yo la quiero!
ADELINA. -¿Que yo... no...? ¡Ahora sí que reiría yo también, si no tuviese tantas ganas de llorar! ¡Yo, más! ¡Mil veces más! Sólo que tú sabes decir esas cosas y yo no acierto a explicarlas; las siento, me ahogan, me enloquecen..., pero se quedan aquí..., en el corazón!
ADELINA. -¿Por qué?
CARLOS.-Porque tú te resignas, y yo no me resigno; porque tú consientes en dejarme, y yo no te dejo; porque tú sólo tienes lágrimas, y yo tengo amor; porque yo te digo: «Ven a mí», y tú, con don Prudencio te vas. ¡Buena prueba de cariño! Porque tú murmuras lánguidamente: «Suframos», y yo te respondo con gritos del alma: «Luchemos»; porque tú piensas que voy a ser de otra mujer, y yo quiero hacerte mía para siempre; porque tú, gimiendo como una niña, me mandas un adiós, muy desconsolado, eso sí, pero muy terminante, y yo loco, como un hombre que ama, te sujeto aquí, a mi lado, entre mis brazos, contra mi corazón, por siempre y para siempre, ¡mi bien, mi ilusión, mi esposa, mi todo, mi Adelina!
MELINA. -¡Calla, calla..., que pierdo el juicio! ¡No hasta que me echen de aquí por mísera; será preciso que me arrojen por demente, si me hablas de ese modo...! ¡Pero, no; sigue, sigue, Carlos, que si esto es la locura, más vale, mucho más, que la razón!
CARLOS.-Y ahora, ¿les obedecerás a ellos o a mí? A ver: escoge.
ADELINA. - (Se acerca a él y le abraza.) Ya está.
ADELINA.-Estando en tus brazos. ¿No estoy en ellos?
CARLOS.-Pues así, así. Y ahora, calma, calma, mucha calma; finge que te resignas; prepárate para el viaje... Sonríe..., y goza de antemano..., y ponte alegre...
ADELINA. - (Sonriendo.) Sí..., ya lo estoy... Acaba.
CARLOS. - (Enumerando con cierta sorna.) Porque vendrán todos, y delante de todos, de doña Visitación, de don Nicomedes...
ADELINA. - (Con espontáneo regocijo.) Sí...
CARLOS.-Y de don Prudencio, ¡tan sabio!
ADELINA. - (Riendo.) ¡Y tan grave!
CARLOS.-Y de Paquita, y de mi padre, diré yo: «¡Adelina es mi esposa...!»
ADELINA. - (Abrazándose a él.) ¡Carlos...
CARLOS.-Y mañana, delante de quien vale más que todos ellos, delante de nuestro Dios, diré otra vez: «¡Adelina es mi esposa...!» Y después a ti sola, también te diré: «¡Adelina, al fin eres mi esposa! ¡Di ahora que tu Carlos mentía!»
ADELINA. - (Separándose de él y cubriéndose el rostro con las manos.) ¡Ay Dios mío, y qué bueno eres para mí! ¡Ay Virgen mía, y qué dichas tan grandes hay en el mundo!